sábado, 15 de junio de 2024

BAJO TIERRA SECA

Cuando empezamos a leer Bajo tierra seca vamos intuyendo por qué César Pérez Gellida ha elegido ese título; el pronóstico de una tierra yerma siempre es desolador. Esa desolación la confirma, casi al final, uno de los personajes


—No sufras. Tú ya deberías saberlo […]

—¿Debería saber qué?

—Que bajo tierra seca nada bueno germina

Sin embargo, desde el primer momento tenemos esperanza, bien por la aparición de un moderno quijote para el que no hay términos medios, bien por la narrativa directa capaz de enviarnos un nítido mensaje a través de la descripción de dicho personaje. Está claro, hay un héroe: «Infinidad de partículas de polvo en suspensión cubren las botas de montar […] Bien planchado el uniforme de servicio: azul marino con doble hilera de botones dorados, capa de lana […] Bajo el tricornio, Martín Gallardo».

El argumento de Bajo tierra seca está basado en un hecho real. También alude a enfrentamientos reales en la España de principios del siglo XX, pero no es una novela histórica al uso. Sí es una novela negra. Mucho. Quizás porque, en general, la historia de España haya sido negra durante una larga época, o al menos para la mayoría haya discurrido en blanco y negro.

Tampoco Martín Gallardo es un héroe al uso, a pesar de su valentía e intrepidez es un ser humano debilitado por su dependencia del opio, fruto de haber estado como prisionero de guerra en Filipinas. Esto hace que su humor sea habitualmente malo y que la mayoría de las veces actúe de forma irreflexiva, siendo consciente en todo momento de que hay circunstancias en las que solo los disparates pueden combatir tanta locura. Probablemente por esa razón sus maldiciones son constantes, «Me cago en mi condenada alma», «me cago en mi santa vida», «me cago en mi suerte», «Me cago en mi alma negra». Martín Gallardo es un personaje que conserva el sentido de la justicia del literario Alonso Quijano y el de la amistad del cinematográfico Wyatt Earp. Sin duda es atrayente y sus actos nos mantienen en vilo durante toda la novela.

Pérez Gellida ha sabido retratarlo a la perfección; en el extremo opuesto, uno de sus antagonistas queda descrito como un personaje de cómic por el que no llegamos a sentir empatía alguna, a pesar de ser una víctima; incluso su muerte parece la descripción de una tira de tebeo «Tampoco le ofrece demasiada resistencia el espesor de la pared ósea que la separa del cerebro, donde llega, ahora sí, para quedarse. El estropicio para su dueño resulta fatal».

Por supuesto, la villana mayor de la historia es Antonia Monterroso. Toda ella es una mentira, ni se llama así, ni su sobrenombre, la Viuda, hace justicia a su condición dolorida. Todo en Antonia es exagerado, su corpulencia, su apetito sexual, su ambición de dinero y poder, sus amantes, su odio… Antonia no es la causante directa de la desgracia presente en Zafra pero sí la que desencadena el desastre final.

La narración se va ajustando a cada personaje, más o menos ficticia, más o menos teatral, más o menos cómica; sin embargo hay dos constantes, con el héroe mantiene un punto de ironía al relatar sus actos y con los malvados predomina el sadismo hiperbólico. Sea de una u otra forma, el relato queda marcado por cierta lucidez, algo que permite al autor construir personajes redondos, con firmes caracteres formados por unas convicciones fruto de las circunstancias vividas.

La narración es en tercera persona, pero el narrador cambia de perspectiva, como si estuviésemos leyendo el testimonio de diferentes personas que se han visto involucradas en un hecho. Nosotros somos quienes mejor podemos entender lo sucedido en cada momento porque conocemos los puntos de vista de todos los implicados. Es cierto que no a la vez, para eso se vale de analepsis que van aclarando el argumento con hechos sucedidos tiempo atrás. También las prolepsis contribuyen a explicar la trama mientras en el argumento va aumentando el interés del lector, «Y lo que ocurrió allí dentro, aunque él no pudiera preverlo, sellaría su destino fatal».

Los diferentes tiempos que marcan los flashbacks traen consigo distintos escenarios; tanto unos como otros son explicitados con diferente precisión. Las analepsis son más generales, con lo que el salto atrás en la narración incluye el pasado del personaje. Asimismo cuando la prolepsis se convierte en augurio no aporta una fecha exacta sino que es más bien la predicción de un futuro inmediato.

César Pérez Gellida es un maestro del enfoque no lineal; no le interesa el transcurso del tiempo, por lo que su narrativa queda plagada de acciones paralelas expuestas en diferentes momentos de la trama, protagonizada por diferentes personajes que van creciendo en número para conformar lo sucedido a un pueblo y sus alrededores. Todos los habitantes quedarán estigmatizados. Las dimensiones de la narración son grandiosas; leemos descripciones que nos recuerdan a escenas panorámicas de la gran pantalla, otras son de un primer plano agobiante, del que tratas de apartar la vista pero no puedes porque el enfoque es un punto en concreto. Todo lo que rodea al espacio real es, como el enclave, amplio; un espacio duro, preparado para amenazar a sus habitantes. Todo lo que tiene que ver con Antonia Monterroso es hiperbólico, como ella. Sus pasiones son desmedidas, sus expresiones, resolutivas y sus actos, desorbitados.

El lenguaje, como las perspectivas, fluctúa; si bien es cierto que las expresiones duras predominan, también aparecen metáforas, «deja que sus pestañas se abracen antes de caer inconsciente»; hipérboles, «sobrevivió porque tenía el cuerpo tan destrozado que ni siquiera supo morirse»; refranes, «cuanta menos harina tenga que transportar, más vive el buey»; latinismos, «pertenecer de facto a una España…»; tecnicismos, «discinesia», «morlaco leonado y corniabierto»; términos en desuso, «feral» y vocabulario culto «agibílibus», «inefable», «hético», «ataraxia».

Esta mezcla de vocabulario, junto a expresiones vulgares, es perfecta para escribir una novela en la que las narraciones derivadas del delirio y las oníricas conviven con las pragmáticas, donde el terror da la mano de forma natural al humor, al amor, al dolor y la felicidad.

Al final, como en la vida, tiene lugar una justicia parcial. Probablemente se eche en falta un desenlace más poético pero entonces se habría resquebrajado el tema predominante: el valor de la amistad por encima de todo. Toda una lección de honor por parte del autor.

sábado, 8 de junio de 2024

DESENCAJADA


Desencajada no es una novela aunque tiene argumento: la vida de Daria Kovalenko; en torno a la protagonista se dan cita otros personajes, y hay un tema principal: el desarraigo.

Es triste leer Desencajada, pero no más que si nos paramos a pensar durante un momento en la vida de todos aquellos que deben abandonar su casa, a su familia, a sus amigos para enfrentarse a nuevas costumbres, nueva gente, trabajo y, lo más duro, el idioma, «El significado de la palabra liubov es amor».

Una lengua permite contactar con quienes te rodean, sentir que formas parte de una comunidad porque entiendes lo que dicen, lo que sugieren, lo que puedes o no puedes hacer en según qué momento o lugar. Si es duro tener que abandonar el país de origen, llegar a otro en el que no se consigue interpretar nada de lo que se dice debe ser aterrador. Esto es algo de cajón, cualquier ser humano lo entiende, sin embargo hay que agradecer a Margaryta Yakovenko que nos lo recuerde; que existen personas que se sienten fuera de lugar, desencajadas en un sistema que pretende ayudarlas con mayor o menor interés por parte de ciertas personas que piensan que por haber nacido en un lugar les pertenece; que nadie puede llegar allí y pretender tener los mismos derechos que ellos que, fruto del azar, nacieron ahí; que supondrán una amenaza porque se aprovecharán de sus ventajas, de sus trabajos: «Antes de la migración mi madre era enfermera. Después de la migración mi madre trabajaba en un almacén empaquetando limones».

Para los adultos es duro, la mayoría no tiene facilidad para aprender el nuevo idioma y, sobre todo, cuando consiguen cualquier ocupación que les permita salir adelante, aceptan cualquier condición. El miedo a perder el trabajo hace que todo valga, «A los ocho años mis padres me compraron un móvil […] como sustituto de su propia presencia. Cada día, mi madre me llamaba a las dos y media de la tarde […] En el almacén en el que empaquetaba limones le daban media hora para comerse el bocadillo, media hora que ella aprovechaba para llamar a casa».

Los niños no tienen que trabajar. El Estado les ofrece educación y sanidad, pero les falta el cariño, el roce de su familia, la confianza de sus amigos.

Yakovenko rememora su existencia desde que tuvo que abandonar un país donde les era imposible subsistir, después de haber residido veinte años en España, de haber estudiado, de haber conseguido la nacionalidad, de tener una pareja… Aun así no se siente plenamente española, ni ucraniana, ni preparada para compartir su vida con un español «Después de la migración […] Los días de cuando empecé a ser española y me quedé sola. Los días en los que nunca dejé de estar sola».

¿Por qué es tan difícil que algunos puedan salir adelante? ¿Por qué es tanta la crueldad que nos rodea? ¿Por qué si tienes dinero no eres considerado inmigrante y no tienes problemas de adaptación? ¿Por qué el hombre castiga a los más necesitados y premia a aquellos que no tienen necesidades? Creo que la respuesta a todas estas preguntas es por envidia, algo que aflora para deshumanizarnos por completo «En la frontera entre Ucrania y Polonia mi padre tuvo que meter en su pasaporte un billete de cincuenta dólares para que le pusieran el sello de entrada sin problema. En Madrid, una polaca llamada Jana les pidió ochocientos dólares por conseguirles un puesto de jornalero».

El problema de los verdaderos migrantes es el desarraigo, a pesar de llevar veinte años en un mismo país, a pesar de haber conseguido una relación estable: «Yo me he mudado de casa dieciséis veces». Y el desarraigo conlleva un sentimiento de culpa difícil de eliminar. Te sientes culpable por haber dejado a “los tuyos” en la miseria y culpable por haber salido adelante. Es una situación angustiosa, tienes una nacionalidad que no se corresponde con tu ADN y por la que has tenido que pagar y luchar durante años. Sabes que no todos somos iguales. Todos lo sabemos, aunque la constitución de países democráticos diga lo contrario. Llegados a esta punto, Margaryta Yakovenko concluye, a través de Daria, que la migración es una enfermedad, es un duelo en el que lo has perdido todo, «Lloras los paisajes y el clima». Y los migrantes son aquellos que sufren el síndrome de Ulises, en el que «la verdadera condena es la errancia porque él no sabe cómo vivir en tierra firme […] Y nos hemos vuelto adictos al horizonte».

Aunque Desencajada no sea novela, es un relato autobiográfico que todos deberíamos leer antes de juzgar a los inmigrantes, porque es duro no saber dónde están enterrados los tuyos, «es imposible que les encuentre porque ni siquiera estuve en su funeral», porque es difícil mantener una relación, «cómo vamos a ser familia si ni siquiera estuvo en el lugar en el que empezó a manar la sangre». Es duro, pero hay personas que aún nos hacen creer en el ser humano. La hija de Mª José y Kiko, unos amigos muy queridos, decidió pasar el fin de año, con sus padres y hermanos, en un país remoto de África, de donde es su pareja. Bien por ti, Irene. Os merecéis toda la felicidad del mundo.