miércoles, 25 de octubre de 2023

NO TE FÍES

Si observamos la portada de No te fíes podemos pensar, equivocadamente, que la novela va a ser un tanto superficial. Es cierto que los personajes son jóvenes, que beben —mucho— y que la noche les depara diferentes sorpresas. Pero hay algo más. También estudian, trabajan, intentan labrarse un futuro y se enfrentan a situaciones que muchos adultos no soportarían.

Si nos fijamos en el nombre de la autora, Sarah Miller, creeremos, equivocadamente, que se trata de una mujer anglosajona o estadounidense. Sarah Miller es el nombre de la protagonista que, a su vez es el pseudónimo con el que firmaron tres autoras en 2019 al escribir conjuntamente esta novela.

El argumento es sencillo, Sarah Miller, una chica adinerada venida a menos al arruinarse sus padres, debe cambiar sus planes de estudiar en una universidad privada de Atlanta e ir a Maryland a la pública, donde cursará Criminología «Sé que fuimos unos inconscientes y sé que tú nos habías avisado, pero nadie se imaginaba esta hecatombe. Te prometo que no queríamos esto para ti y que nuestra frustración acabamos pagándola contigo».

Curiosamente, en el campus se suceden una serie de asesinatos con un mismo modus operandi: las víctimas son chicas y todas quedan marcadas con un signo en la frente, el mismo que se le quedó a Sarah cuando, en sus primeros días, fue drogada en una fiesta y atacada. Esto hará que ella misma investigue, porque los asesinatos, ¡hasta siete!, se producen en sitios en los que ella está presente, incluso es ella la que descubre alguna víctima, «…mientras contemplo el cuerpo de Tina que flota sobre el lago como si fuese una muñeca abandonada con una gran placidez en la mirada de sus ojos abiertos». Por supuesto, la policía sospecha de ella pero también del resto de sus nuevos amigos.

Todos se comportan de forma extraña; reaccionan con naturalidad ante sucesos que en ningún momento son corrientes. Todos tienen algo que ocultar. Matt, un reconocido mujeriego es en realidad un desconocido homosexual; Ross, gay declarado, encubre y oculta su amor por Matt disfrazándolo de amistad; Jane, compañera de habitación de Sarah, le demuestra un cariño excesivo aunque a veces le juegue malas pasadas; Blake confiesa a Sarah que está enamorado de ella y, ante su negativa, camufla ese sentimiento con amistad, tanta, que en ocasiones da la impresión de acosarla, «Yo soy el que juzgo si vale la pena o no una cosa. Y esta lo vale. No te preocupes tanto por mí. Te esperaré a la salida de la biblioteca. Iremos a cenar»; Ashton, el centro del deseo de todas las chicas, es repelido por Sarah, por su prepotencia, por sus tatuajes, por su presunción, hasta que cae en sus brazos enamorada, pero Sarah también cree querer a Blake. En el fondo confunde amor y deseo. Es el principio de la juventud; ha entrado en ese periodo en que debe madurar y pensar qué quiere para el futuro. Este curso no lo tendrá fácil. Al verse envuelta en los asesinatos, como víctima y posible asesina, al verse imbuida en circunstancias ajenas a su forma de vida hasta ese momento, consigue que su salud se resienta y sus nervios le jueguen malas pasadas «íbamos a fiestas, pero no como las hacéis de emborracharos y acostaros todos con todos, no»

Nada es lo que parece, ya no tiene claro si su mejor amiga lo es, si ella es homosexual, heterosexual o bisexual. Sarah descubre nuevas sensaciones ante los amigos, ante el sexo, ante los estudios y ante el mundo adulto. Conforme van sucediendo hechos, ella se va fortaleciendo hasta terminar ayudando a la policía y al FBI a resolver los crímenes, «Me viene a la cabeza ahora lo ordenados que tenía los cedés y el grito que dio cuando fui a poner uno fuera de su sitio. Recuerdo que eso es típico de ciertas patologías».

El ritmo de la novela también es irregular. No te fíes empieza algo lenta hasta que, cuando pensamos que es otra novela más, exclusivamente para jóvenes no avezados en lecturas, da un giro espectacular que hace que el lector se interese de verdad por la trama, enredada a cada paso con un nuevo personaje, con un nuevo descubrimiento, hasta que llegamos al final, un final bastante realista que pone un broche adecuado a los entresijos inquietantes por los que pasa Sarah Miller.

En cuanto al resto de personajes, la atención de las autoras no ha sido uniforme, algunos no aportaban demasiado, otros, como en el caso de Ashton o de Blake, nos han dejado la sensación de que estaban incompletos, que, seguramente, podrían haber dado más juego porque las personalidades de ambos tenían los requisitos para profundizar más en ellos. Pero en general es una novela recomendada para iniciarse en el género policiaco. Lo lectores más experimentados en novela negra puede que echen en falta una investigación policial más basada en pruebas y menos en sospechas, «Lo he tachado de cobarde. Esto seguro que lo hace reaccionar». Asimismo, la reputada abogada Marin tiene un papel bastante exiguo; no es comprensible que se le pasen por alto datos que pueden exculpar a determinados personajes. Pero No te fíes es una novela para entretener, una novela que deja en los jóvenes la sensación de que pueden ser capaces de enfrentarse a lo que quieran y de que, aunque piensen que lo tienen todo controlado, el apoyo familiar es fundamental.

La novela, aunque está ambientada en la universidad, está aderezada con historias de amor, desamor, sexo y alcohol, en la que los personajes hacen lo posible para encajar en el grupo. «Jane, Tina, Ross y yo nos dirigimos, junto al resto de la muchedumbre, que nos empuja, hacia afuera. Allí, diez jóvenes beben sin parar mientras son jaleadas por chicas de mi edad». Los lectores más jóvenes pueden verse identificados con alguno de los personajes o situaciones; además, al no profundizar demasiado en la psicología, Sarah Miller construye una novela perfecta para desconectar y dejarse llevar.

sábado, 14 de octubre de 2023

ME VOY

¿Cómo es posible decir tanto con tan poco? Esta es la sensación que me ha quedado con la última novela que he leído. Porque lo es, aunque a veces tengamos la impresión de estar ante una reflexión-ensayo sobre el hombre; no del ser humano en general, más bien del protagonista, Ferrer, alguien que ha llegado a su madurez sin haber madurado, alguien que se deja engañar fácilmente porque, en el fondo, su único interés, si es que en realidad lo tiene, es sobrevivir a costa de engañar; pero tampoco tiene la maldad suficiente para hacer daño a quien no le da lo que necesita; cree que tendrá otras oportunidades, que la vida lo espera con los brazos abiertos porque es él.

Ferrer es un mediocre, indolente, que a veces parece que se mueve porque no le queda más remedio, aunque él no ponga reparo ninguno a sus dificultades. Se deja engañar fácilmente y aun así, asombrosamente, va sorteando los obstáculos.

Él quería ser artista pero no lo es, así que abre una galería de arte con la misma ilusión que afronta su matrimonio, ninguna. Su mujer, Suzanne, lo deja y el encargado que lleva su galería proyecta un desfalco, por lo que lo anima a ir al Polo Norte en busca de un tesoro escondido en el Nechilik después de que hubo naufragado.

El título de la novela, Me voy, lo dice todo, porque Ferrer marcha al Polo en busca del tesoro mientras se van de su lado todos los que lo rodean.

No había leído nada del autor, Jean Echenoz, y fue Humilde lector (de Babelio) quien me lo recomendó a través de esa plataforma. Leer a Echenoz ha sido todo un descubrimiento; si Ferrer encuentra «una armadura de marfil con lazos, un aparato de reventar ojos de caribú hecho con asta de caribú […] cráneos con las bocas rellenas con barras en forma de raíz de obsidiana, las órbitas con bolas de marfil y pupilas de azabache incrustado. Una fortuna», yo he encontrado la verdadera riqueza en la prosa de este escritor. Con un estilo sencillo, casi minimalista, apuesta por resoluciones sorprendentes; la trama, no cabe duda de que es desmesurada, sin embargo podría tratarse de una biografía real. Ferrer es la viva imagen de la soledad; es verdad que él abandona a quienes lo rodean, pero también es abandonado.

El caso es que cierto humor melancólico predomina en esta novela, «ayudado por una joven llamada Elisabeth —a quien ha contratado en plan de prueba en sustitución de Delahaye— […] ya veremos cómo funciona […] le propone ir a buscar uno o dos al taller, haremos un ensayo con ellos […] así verá lo que quiero decir, Elisabeth. Acto seguido se dirige al fondo de la galería, abre la puerta del taller y qué ve: forzada, abierta […] Para qué plantearse si llamar o no a Sonia».

El argumento transita por el universo errante en el que se mueve Ferrer mientras aspira a mucho y obtiene muy poco. Ferrer, aunque esté acompañado, se encuentra solo, por lo que consigue que el narrador, omnipresente, testigo sobre todo de lo que hace el protagonista, exponga su visión personal del mundo, no una realidad social. Nos encontramos al llegar al aeropuerto, en el Polo Norte, en Biarritz, en España…, cierto realismo irónico con el que destaca diferentes tipos de humor, desde el sarcasmo al humor negro o escatológico.

Las digresiones del narrador son frecuentes y a veces se vale de ellas para aportar, con estructuras paralelísticas, cierto ritmo al escrito, «Los habitantes de estas mansiones parecen coincidir en […] Por ejemplo, en un despacho azul, una rolliza joven tocada con dos gruesos auriculares […] Por ejemplo, un hombrecillo pelirrojo de mirada distraída […] Por ejemplo una corresponsal de guerra de la televisión […] Pero por el momento no ve a nadie».

El narrador hace gala de una frase corta, musical, con la que describe con esmero términos técnicos, aunque su prosa no explique sino todo lo contrario, más bien apunta; a veces incluso deja las frases sin terminar para que el lector, a quien tiene siempre en mente, las acabe, porque se entienden, como si estuviéramos presentes ante él para mantener una conversación coloquial. La función conativa es constante, llama nuestra atención con la idea de provocar diferentes reacciones, a veces usa el vocativo «Y mira, qué decíamos, no han pasado dos días y ya aparece otra». Otras veces, el uso de la primera persona del plural es efectivo para lanzarnos guiños sobre la continuación del argumento, «estaría entonces estupendamente sin ninguna mujer en absoluto, pero ya lo conocemos». Y en otras ocasiones, el narrador no duda en utilizar una orden para que cambiemos nuestra atención a algo que requiere más urgencia en la puesta al tanto de la trama «Pero no podemos desarrollar este punto de manera inmediata […] una novedad más urgente: en efecto, nos enteramos en este instante de la trágica desaparición de Delahaye».

Los lectores tenemos constantemente la impresión de que el narrador es un amigo que nos está exponiendo los hechos para que opinemos, por eso él a veces opina sobre el personaje, causando en nosotros extrañeza o adhesión a lo que dice, «Hélène no había dejado dirección ni teléfono alguno dado que el otro idiota no se lo había pedido nunca».

Nos encontramos en una paradoja constante, los personajes presentados para tener cierto papel, van desapareciendo de la vida del protagonista, todos se van volviendo invisibles consiguiendo la desorientación del lector y del propio protagonista que, aunque avisa al principio y al final de que «me voy», en realidad no lo hace; la vida continúa para él acumulando pasados; de hecho, las analepsis constantes, intercaladas, van describiendo a un ser capaz de acaparar un descalabro tras otro con cierta dejadez, «Lo que no funcionaba tan bien, seis meses atrás, era la galería, […] el último electrocardiograma de Ferrer dejaba también bastante que desear […] como trepar indefinidamente por una cuerda, pero lisa».

Llegados a este punto somos conscientes de que Jean Echenoz es un maestro en el uso de la lengua; juega como quiere con las palabras, que indefectiblemente, siempre acompañan al ritmo que le interese imprimir. Si usa las estructuras paralelísticas para dar una cadencia perfecta, el significado de las palabras le ayuda a crear un ritmo lento cuando le interesa: «envolvente, apaciguar, acomodándose, dispuestos, somnífero, espera pacientemente, mirada ausente poniéndose en movimiento imperceptiblemente…».

La ralentización de movimientos ayuda a resaltar la soledad absoluta de Ferrer a pesar de llegar a convivir con Delahaye y Victoire al mismo tiempo, sin haberlo decidido él personalmente.

Usa el polisíndeton para aumentar lo exhaustivo de una descripción o prefiere el asíndeton cuando quiere remarcar la rapidez. Une lenguas diferentes y códigos distintos para estimular la disposición humorística de situaciones con las que llegamos a enjuiciar la esencia de Ferrer, «al poco pasa a hallarse en un estado de media erección: pero lastrado, casi desequilibrado por ese apéndice perpendicular a la combada vertical de sus vértebras […] añadiendo una nueva sedimentación a la papelera pero que, mutatis mutandis si no nolens volens, hace que su aparato recobre un tamaño normal».

El humor es visual, construye con el lenguaje verdaderas imágenes que aportan en más de una ocasión la ilusión de estar ente una obra teatral. Incluso la personificación de todo lo que rodea a Ferrer, los animales, la naturaleza, se confabula para perjudicarlo, «No contentas con enturbiar la trasparencia del aire y hurtar los objetos a la mirada, las nieblas podían agrandarlos de modo considerable», «El cielo […] expectorando, zafio».

Después de esta reflexión he llegado a una conclusión importante, el protagonista es un antihéroe, un pobre hombre que a veces nos causa desprecio; otras, pena; otras, indiferencia; pero sabemos que está ahí, como el resto de personajes, para ensalzar las posibilidades de la lengua que ya de por sí, es suficiente para conformar una novela maravillosa. «Luego articula […] que no va para Toulouse sino a Toulouse, que resulta lamentable y curioso que se confundan esas preposiciones cada vez más frecuentemente».

sábado, 7 de octubre de 2023

CUENTOS FRANCESES

La editorial Gadir tiene una joya en formato pequeño y Babelio me la ha regalado en su última Masa Crítica. Gracias. Muchísimas gracias. He saboreado cada uno de los Cuentos franceses que componen este libro. Son cuentos del siglo XIX, tan lejano ya, escritos por seis de las mejores plumas de la historia. En ningún momento tenemos la impresión de estar leyendo algo anticuado; es lo que tienen los genios, que son universales. Y eso que, en su mayoría, forman parte de la corriente realista, pero cada uno tiene sus peculiaridades. La editorial decidido abrir el volumen El arca y el fantasma, de Henry Beyle, Stendhal, nacido en 1783.

En el cuento se observan ya las características que van a marcar a los protagonistas de sus novelas: el héroe moderno, aislado en la sociedad, aparece en la figura de don Fernando que, enamorado de Inés, debe soportar ser encarcelado porque don Blas, el terrible jefe de policía, se encapricha de ella y soborna a su padre para obtenerla en matrimonio. El policía le propone que liberará a D. Fernando si este se va a Mallorca. Tras estar allí dos años vuelve a Granada y los enamorados burlan los celos de D. Blas aprovechando un baúl y la ayuda de Sancha, la amiga de Inés. El ingenio de la mujer es manifiesto; son capaces de mezclar el asunto de la pareja con una riña callejera «Sancha dijo con medias palabras que, nada más llevar Zaga a su casa el arca con sus géneros, había entrado en su cuarto un hombre todo ensangrentado y con un puñal en la mano». Además del ingenio, en la mujer encontramos el uso de la razón, fundamental para salir de las dificultades, pero Inés sabe que su condición está marcada por el determinismo y se lo hace saber a Fernando, «tengo el presentimiento de que nuestra vida no será larga», por lo que ambos ponen en práctica sus ideas avanzadas en el amor. Sin embargo un final sorprendente deja al lector sobrecogido tras leer la historia con gran incertidumbre.

Como su nombre indica, El caballero doble hace gala de inquietante fantasía. Théophile Gautier, nacido en 1811, convierte el principio de su cuento en una descripción lírica de la dama Edwige, enamorada que recuerda, con las interrogaciones retóricas del narrador, a la princesa que Rubén Darío plasmó en su Sonatina «¿Qué es lo que tanto entristece a la rubia Edwige? ¿Qué hace ahí, sentada, sola, con la barbilla apoyada en la mano y el codo en la rodilla…». No cabe duda de que Gautier fue un precursor del Modernismo. Con El caballero doble encontramos una prosa llena de encanto y sensibilidad cargada de léxico romántico «ángel caído», «languidez pérfida». Asimismo otras características románticas van apareciendo en el relato: el epíteto épico «el hijo moreno y rubio de Edwige la triste», la presencia de la muerte «Sobre su tumba hay una estatua tumbada…», el color negro «un ojo de azabache iluminado», el ambiente tenebroso marcado por la condición de los personajes, «Una niebla producida por su sudor y respiración, le envuelve y le persigue». Y no faltan, además, los recuerdos al padre del cuento de terror: «un cuervo negro brillante, con destellos de azabache, posado sobre su hombro». El estilo es depurado, preciso; del que se vale el autor para destacar la ironía de la situación engañosa a la que Edwige somete a su marido. Una circunstancia que acarrea toda una confusión no solo para los padres sino para el niño nacido: «El pequeño conde Oluf tiene una estrella doble».

Gautier se vale de Oluf para destacar la lucha librada cuando alguien arrastra una doble personalidad, de forma que la lírica del comienzo se va doblando en una prosa oscura llena de terror. En El caballero doble distinguimos el conflicto que surge en el hombre cuando se debate entre el bien y el mal.

En Tamango aparece el historiador que, ante todo, fue Prosper Mérimée. Con gran ironía, rayando en ocasiones el sarcasmo, ataca a la sociedad del siglo XIX capaz de tratar a personas peor incluso que a los animales. Mérimée denuncia el comercio de esclavos y los abusos cometidos especialmente con los negros. «Estos aparecieron formando una larga fila, con el cuerpo encorvado por el cansancio y el terror, llevando cada uno en el cuello una larga horca de más de seis pies, con las dos puntas unidas en la nuca por una barra de madera».

La denuncia queda más evidente por la forma de narrar, con fórmulas propias del realismo que dan la impresión de estar contando una crónica más que un relato imaginativo; para ello, el narrador a veces se muestra indeciso, no es omnisciente, no lo sabe todo, es un testigo omnipresente que a veces utiliza el humor, otras la ironía y otras la realidad descarnada para relatar los hechos. Con la primera persona del plural introduce al lector en la narración, lo hace partícipe de lo sucedido «En medio de aquellos hombres desesperados, imaginemos a las mujeres y los niños gritando de miedo». El anticlericalismo es evidente, «invocaban a sus fetiches y a los de los blancos». El estilo de Mérimée, vigoroso, adopta en Tamango un tono violento con el que desmonta cualquier atisbo de afectividad humana. Una historia con tanta fuerza que no nos extraña que fuera llevada al cine para contar la historia de la venta de esclavos.

Bibliomanía, de Gustave Flaubert, nos adentra en el mundo de los libros. Hasta dónde puede llegar nuestra pasión por ellos. En este caso Flaubert confiere al libro, el objeto, el verdadero protagonismo, pues el coleccionista apenas sabía leer, no le interesaba su contenido, «amaba su olor, su forma, su título […] su vieja fecha ilegible, las letras góticas, curiosas y extrañas, los densos dorados que recargaban sus dibujos…».

En Bibliomanía, la realidad contiene la belleza de lo irreal, esto le aporta cierta resonancia romántica al reflexionar sobre los peligros de las obsesiones y adicciones «Era ese: el Misterio de San Miguel […] Saltó por los agujeros, volaba por las llamas, pero no halló la escalera que había llevado hasta el muro […] Se le empezaba a quemar la ropa…». La trama está basada en la historia real de un librero convertido en asesino. Además, las referencias a Dante, añaden misterio y realismo al argumento: «»un hombre que reía amargamente con la risa de los condenados de Dante», y por supuesto, la mención a Hoffmann, unida al entorno calificador del personaje y las constantes oraciones adversativas que terminan en una conclusión nefasta, mantienen rasgos románticos que acentúan la locura del personaje «seres satánicos y extraños a los que Hoffmann desenterraba en sus sueños. […] Era alto […] pero iba encorvado […] su cabello era largo pero blanco […] fisonomía pálida, triste, fea e incluso insignificante».

Con una prosa diáfana y concisa consigue cierta exactitud y musicalidad en la lectura. Las enumeraciones de graduación ascendente y las repeticiones ejemplificadoras definen a la perfección la condición humana que marca, como no podía ser de otra manera, un final espectacular.

La jornada de un periodista americano en 2889 señala los comienzos de la ciencia ficción a pesar de que su autor, Jules Verne afirmase estar más interesado en la ciencia y en lo que en años venideros podía llegar a ocurrir. El caso es que acierta casi con todo lo que aparece en este cuento; no cabe duda de que estaba al tanto de innovaciones científicas y tecnológicas; sus predicciones de «casas de trescientos metros de alto, con la temperatura siempre igual, con el cielo surcado por miles de aerocoches», sobre «energía que proviene de cualquier fuente», sobre el control de la natalidad en China, sobre técnicas de alimentación, sobre la preponderancia de la inteligencia artificial y los avances de la robótica o sobre la criogénesis son asombrosas, y el humor con el que lo afronta todo no resta ni un ápice a su inteligencia y visión de futuro «—¡Nada, no, señor! —respondió Francis Bennett— ¡Les queda Gibraltar!».

Y, por último, la crítica a la burguesía la encontramos en El paraíso de los gatos, una fábula de Émile Zola que le sirve para reflexionar sobre qué es mejor, la seguridad de una vida tediosa o la incertidumbre de la libertad para perseguir los ideales. Además este cuentecillo es una metáfora de la naturaleza del hombre, determinada según el medio y las circunstancias en los que se desarrolla. «Me acordé con amargura de mi triple colcha y mi almohadón de plumas».




Seis autores esenciales de la literatura francesa y universal. Un libro imprescindible de la editorial Gadir.