martes, 7 de julio de 2026

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE AMOR

Cuando hablamos de amor podemos estar refiriéndonos a engaño, a hartazgo, de la pareja o de la propia vida, a alcoholismo y sexo o imitación, a odio y violencia… No es necesario explicar en profundidad situaciones, no son imprescindibles copiosas descripciones para tener la certeza de que algo no va bien: «Baila conmigo —le dijo la chica al chico, y luego al hombre; y cuando vio que el hombre se levantaba, avanzó hacia él con los brazos abiertos».

Basta la repetición de un término que iguala oraciones y la insistencia de una palabra, para enfatizar la idea que se quiere destacar.

Basta con que no se diga nada para decirlo todo. Leemos a Raymond Carver en una tensión constante, desde la primera línea «Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de mi casa». Y la angustia se instala en nosotros cada vez que empezamos a leer uno de los diecisiete cuentos que componen De qué hablamos cuando hablamos de amor; cuentos sin un final cerrado que, sin embargo no dejan lugar a dudas sobre cómo acaban.

Con pocas palabras, Carver expone, en El señor café y el señor arreglos, engaño, indiferencia, alcoholismo difícil de superar. Choca cómo el hombre se dirige a su mujer y lo que le dice; la falta de interés es evidente. No pedimos permiso para abrazar a la pareja, para besarla, para estar con ella, si todo funciona bien; por eso la respuesta de ella marca con evidencia el final de la relación. Aun así continúan juntos


—Cariño —le dije a Myrna la noche en que volvió al hogar—. ¿Qué tal si nos abrazamos un rato y luego preparas una cena apetitosa de verdad?

Y Myrna dijo:

—Lávate las manos.

Son personas de baja extracción social; viven con lo justo o pasando necesidades pero la mujer no puede independizarse porque no podría hacer frente a los gastos o por convicción social. Estamos en la segunda mitad del siglo XX, en la América profunda. Las dificultades, o alegrías, se celebraban con alcohol. Era la solución más barata que ayudaba a olvidar por momentos para darte de bruces con la realidad una y otra vez, poniendo a prueba, una y otra vez, la resistencia «Por la mañana me echa Teacher’s en la barriga y lo apura a lametones. Y esa misma tarde trata de tirarse por la ventana».

La actitud de los personajes es inquietante, también es turbadora la relación que mantienen con el ambiente, normalmente presidido por el alcohol, aun en las clases más pudientes, por eso Mel, doctor, no tiene problemas en mostrar su tedio hacia su mujer delante de una pareja de amigos e insinuarse a la novia. Todo puede empeorar en un momento determinado porque los personajes no tienen filtro. Beber una y otra vez los hace actuar de manera violenta.

El lector percibe el desencanto, el fracaso que arrastran, difícil de eliminar. Se han destrozado como personas, como sociedad, en un momento en el que “el sueño americano” que nos quisieron vender en películas y series de la época dorada de Hollywood, se deshace en la realidad. Personas acompañadas por sus parejas, hijos, amigos, totalmente incomunicados. Hablan con otros para oírse a sí mismos; la opinión del otro no importa, solo exponen sus miserias. Por eso, aunque no quede escrito el final de la situación, tenemos cierta seguridad sobre cómo acabará. En los personajes no hay comunicación, ni lo intentan siquiera; oyen al otro pero no lo escuchan, tampoco se escuchan a sí mismos, probablemente porque sus cerebros están del todo embotados. En los encuentros beben, de forma desmedida, así que el silencio es lo que marca la circunstancia. Parece que el autor quiere reseñar que no salen las palabras, simplemente no se comunican, da igual saber por qué y cómo han llegado a eso.

Descripciones escuetas, diálogos concisos y un silencio profundo que grita la amenaza latente que nos mantiene en vilo hasta que llegamos al final y nos damos cuenta de que todo termina como empieza. Los personajes están inmersos en una terrible tragedia que Carver expone con una ligereza alarmante «Lo que Bill había querido era follar con ellas. O verlas desnudas. Pero tampoco le habría importado mucho que la cosa no saliera. Nunca llegó a saber lo que quería Jerry…».

Lo que tienen en común los diecisiete cuentos es el alcohol, motor indiscutible de la violencia y decadencia y causa inmediata de decepciones. A través de la bebida, los personajes entran en un bucle de ofuscación irracional que conlleva un ambiente tenso, agresivo, en el que todo es posible excepto la esperanza que buscan.

El lenguaje es directo, escueto. Los lectores vamos dando forma al ambiente, a la personalidad de los protagonistas, conocemos su pasado y estamos seguros de su futuro. No hay empatía entre ellos, no se rigen por códigos morales. Viven en una sociedad marcada por el individualismo. Sociedad que podría representar perfectamente a la actual. ¿Realmente el hombre es un ser social? El hombre de los cuentos de Raymond Carver es el antihéroe americano del siglo XX. No tiene privacidad, lo íntimo y lo público se mezclan; observa y es observado; la violencia queda agazapada hasta que salta consiguiendo que todos sufran furia, traición y desesperanza. Pues eso, que con mínimas diferencias, seguimos igual.