Cuando hablamos de amor podemos estar
refiriéndonos a engaño, a hartazgo, de la pareja o de la propia vida, a alcoholismo
y sexo o imitación, a odio y violencia… No es necesario explicar en profundidad
situaciones, no son imprescindibles copiosas descripciones para tener la
certeza de que algo no va bien: «Baila
conmigo —le dijo la chica al chico, y luego al hombre; y cuando vio que el
hombre se levantaba, avanzó hacia él con los brazos abiertos».
Basta la repetición de un término que
iguala oraciones y la insistencia de una palabra, para enfatizar la idea que se
quiere destacar.
Basta con que no se diga nada para
decirlo todo. Leemos a Raymond Carver
en una tensión constante, desde la primera línea «Un hombre sin manos llamó a mi puerta para venderme una fotografía de
mi casa». Y la angustia se instala en nosotros cada vez que empezamos a
leer uno de los diecisiete cuentos que componen De qué hablamos cuando hablamos
de amor; cuentos sin un final cerrado que, sin embargo no dejan lugar a
dudas sobre cómo acaban.
Con pocas palabras, Carver expone, en El señor café y el señor arreglos,
engaño, indiferencia, alcoholismo difícil de superar. Choca cómo el hombre se
dirige a su mujer y lo que le dice; la falta de interés es evidente. No pedimos
permiso para abrazar a la pareja, para besarla, para estar con ella, si todo
funciona bien; por eso la respuesta de ella marca con evidencia el final de la
relación. Aun así continúan juntos
—Cariño —le dije a
Myrna la noche en que volvió al hogar—. ¿Qué tal si nos abrazamos un rato y
luego preparas una cena apetitosa de verdad?
Y Myrna dijo:
—Lávate las manos.
Son personas de baja extracción
social; viven con lo justo o pasando necesidades pero la mujer no puede
independizarse porque no podría hacer frente a los gastos o por convicción
social. Estamos en la segunda mitad del siglo XX, en la América profunda. Las
dificultades, o alegrías, se celebraban con alcohol. Era la solución más barata
que ayudaba a olvidar por momentos para darte de bruces con la realidad una y
otra vez, poniendo a prueba, una y otra vez, la resistencia «Por la mañana me echa Teacher’s en la
barriga y lo apura a lametones. Y esa misma tarde trata de tirarse por la
ventana».
La actitud de los personajes es
inquietante, también es turbadora la relación que mantienen con el ambiente,
normalmente presidido por el alcohol, aun en las clases más pudientes, por eso
Mel, doctor, no tiene problemas en mostrar su tedio hacia su mujer delante de
una pareja de amigos e insinuarse a la novia. Todo puede empeorar en un momento
determinado porque los personajes no tienen filtro. Beber una y otra vez los hace
actuar de manera violenta.
El lector percibe el desencanto, el
fracaso que arrastran, difícil de eliminar. Se han destrozado como personas,
como sociedad, en un momento en el que “el sueño americano” que nos quisieron
vender en películas y series de la época dorada de Hollywood, se deshace en la
realidad. Personas acompañadas por sus parejas, hijos, amigos, totalmente
incomunicados. Hablan con otros para oírse a sí mismos; la opinión del otro no
importa, solo exponen sus miserias. Por eso, aunque no quede escrito el final
de la situación, tenemos cierta seguridad sobre cómo acabará. En los personajes
no hay comunicación, ni lo intentan siquiera; oyen al otro pero no lo escuchan,
tampoco se escuchan a sí mismos, probablemente porque sus cerebros están del todo
embotados. En los encuentros beben, de forma desmedida, así que el silencio es
lo que marca la circunstancia. Parece que el autor quiere reseñar que no salen
las palabras, simplemente no se comunican, da igual saber por qué y cómo han
llegado a eso.
Descripciones escuetas, diálogos
concisos y un silencio profundo que grita la amenaza latente que nos mantiene
en vilo hasta que llegamos al final y nos damos cuenta de que todo termina como
empieza. Los personajes están inmersos en una terrible tragedia que Carver
expone con una ligereza alarmante «Lo que
Bill había querido era follar con ellas. O verlas desnudas. Pero tampoco le
habría importado mucho que la cosa no saliera. Nunca llegó a saber lo que
quería Jerry…».
Lo que tienen en común los diecisiete
cuentos es el alcohol, motor indiscutible de la violencia y decadencia y causa
inmediata de decepciones. A través de la bebida, los personajes entran en un
bucle de ofuscación irracional que conlleva un ambiente tenso, agresivo, en el
que todo es posible excepto la esperanza que buscan.
El lenguaje es directo, escueto. Los lectores vamos dando forma al ambiente, a la personalidad de los protagonistas, conocemos su pasado y estamos seguros de su futuro. No hay empatía entre ellos, no se rigen por códigos morales. Viven en una sociedad marcada por el individualismo. Sociedad que podría representar perfectamente a la actual. ¿Realmente el hombre es un ser social? El hombre de los cuentos de Raymond Carver es el antihéroe americano del siglo XX. No tiene privacidad, lo íntimo y lo público se mezclan; observa y es observado; la violencia queda agazapada hasta que salta consiguiendo que todos sufran furia, traición y desesperanza. Pues eso, que con mínimas diferencias, seguimos igual.


