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lunes, 26 de julio de 2021

LA LUNA DE PAPEL

La Luna es un símbolo universal. Desde siempre ha sido considerada la fracción pasiva del todo que representa el firmamento. Es la parte emocional mientras que el Sol, activo, sería la cerebral (pero no vamos a hablar de él). Por encarnar a los sentimientos, la mujer, los gatos y la propia tierra están relacionados con la Luna, que siempre ha traído augurios maternales. Pero esta, la luna de Andrea Camilleri no es real, así que intuimos desde el principio de la novela que algo no va a fluir como debiera.

Si alguien lee este blog sabrá que, de cuando en cuando, necesito volver a Salvo Montalbano. Empezar uno de sus casos y relajarme es lo mismo, así que el título no me ha inquietado en un principio aunque después me ha sorprendido gratamente.

En La luna de papel nuestro dottore cobra tanta importancia que, a veces, es portavoz de su creador. O se confunden. ¿O Salvo ha creado a Camilleri? En fin, esto hay que aclararlo. Todo arranca con la desaparición de Angelo Pardo. Michela Pardo, su hermana, denuncia su falta e insta a Montalbano a que la acompañe a su casa para ver si está. Angelo está, con un disparo en la cara y el pene asomando por la cremallera abierta del pantalón. A lo largo de la investigación otras muertes, relacionadas con la droga y el propio Angelo, salen a la luz, han muerto el senador Nicotra, siete personas más a causa de la cocaína mal cortada y el Subsecretario de Comunicación.

—Ha muerto el honorable Di Cristoforo

[…]

—Oficialmente de infarto […] Oficiosamente de la misma enfermedad que Nicotra.

–¡Coño!

Las averiguaciones sobre Angelo llevan a nuestro comisario a centrar sus sospechas en dos mujeres. Su amante Elena y su hermana, Michela. Dos mujeres bellísimas con las que Montalbano se siente a gusto, aun siendo consciente del despiste que sugiere el estado del muerto, pues el forense descarta «una relación sexual poco antes de que lo mataran». Salvo, tenaz, descubrirá el engaño y dejará ver al lector la luna verdadera después de mantenerlo intrigado hasta la última página.

La luna de papel es una de las novelas más completas de la saga, porque aporta un gran valor a los personajes. Las dos sospechosas se contradicen en sus testimonios; por otro lado ninguna mantiene una relación matrimonial-sexual al uso. Elena es amante de Angelo, y su marido, el profesor Emilio Sclafani, estaba al tanto de todo y no le importaba pues, «no dudaba en proclamar a los cuatro vientos que su esposa se los ponía (los cuernos)». Michela, por su parte, también tiene un comportamiento sospechoso, de hecho «había tenido el valor de recurrir a alguna agencia para obtener información acerca de la amante de su hermano».

Así pues, el comisario intenta profundizar en la mente femenina para poder desvelar las trampas que, está seguro, le están tendiendo. Encontramos a Salvo Montalbano más hecho, ha madurado, por eso no duda en expresarse de forma totalmente desinhibida con sus compañeros, bien con tacos «la lapidaria conclusión de Montalbano fue: —Aquí no hay una puta mierda», o haciendo uso de un falso sarcasmo «—…hace cinco minutos me ha llamado el jefe superior. —¿Y a mí que coño me importan tus llamadas amorosas?».

Sin embargo, conoce a la perfección a todos y cada uno de los componentes del equipo, por eso tiene asumidos determinados comportamientos que indican falta de conexión entre los mandos o despistes establecidos


—…Todo bien?

—Todo bien, dottore, gracias a la Virgen.

—¿Los cachorros?

Pero, ¿de qué coño estaba hablando? ¿De los hijos? […]

—Creciendo, dottore

No cabe duda de que sigue mostrando cierta hostilidad al jefe superior, pero en este caso, para su regocijo, la cita que le programa el jefe se va posponiendo constantemente, por lo que «el día era bueno, pero al colgar se le antojó celestial».

No puede remediar la antipatía que siente hacia el jefe de la Científica, que por otro lado es recíproca, así que «—Arquá, ¿me buscabas? […] cuando se veían y hablaban prescindían de los saludos». Se le intuye también cierto desprecio hacia el jefe de la Brigada Móvil, Giacovazzo, probablemente porque los de la Brigada no reparan en apropiarse los méritos de lo que sea. Y, por supuesto, nuestro comisario mantiene su aversión hacia el fiscal Tommaseo porque sabe de su naturaleza machista y el sentimiento de superioridad que muestra hacia la mujer, a quien considera un objeto que puede usar cuando quiera. Montalbano, en La luna de papel, no duda en reírse de él enviándole a declarar bellas mujeres con las que lo único que conseguirá será fantasear. 

Por otro lado Montalbano, puede que por ser consciente del paso del tiempo, es más nostálgico y se hace eco de una triste premonición, al estar convencido de que en la vejez deberá renunciar a ciertos placeres sexuales. La nostalgia hace crecer su emotividad, por eso recuerda con cierta melancolía, «Cómo pesa la nieve en las ramas / cómo pesan los años en los hombros que amas…», al poeta y guionista, fallecido en el 2000, Attilio Bertolucci, padre del cineasta Bernardo Bertolucci. No cabe duda de que la voz de Andrea Camilleri está en su personaje protagonista, de hecho este se habla a sí mismo para aclarar las ideas, bien escribiéndose una carta, bien manteniendo un diálogo «Comisario Montalbano, repáselo todo desde el principio. ¿Desde el principio principio? Sí, señor, desde el principio principio».

Otro personaje que adquiere mayor entidad es, sin duda, Catarella, pues no solo ha conseguido que Salvo vea normal su forma de expresarse sino que ha llegado a crear su propio lenguaje. En esta entrega, además, es un punto fundamental a la hora de la investigación; nadie como él en comisaría maneja el ordenador, «Según el complejo lenguaje catareliano, el dativo se refería a él mismo» «¡El guardia de los pasos no me deja entrar! ¡Esto es impenetrabilísimo! […] —Dottori, los fails con guardia de los pasos son tres».

Y si los personajes son el punto fuerte, no cabe duda de que el narrador también lo es. En esta ocasión es conciso, deja que hablen directa o indirectamente los personajes:

—Venid conmigo.

Los condujo al estudio.

—Tú, Cataré, toma el ordenador…

Normalmente el narrador se mete en el propio Salvo adoptando su personalidad, hasta el punto de que no sabemos si se trata de un monólogo interior del personaje «¡Virgen santísima la paciencia que había que tener!», si constituye la explicación humorística literal de algunos calificativos de los que es objeto, o si pretende aclarar el significado implícito de algunas afirmaciones (por otro lado, evidente).

Y por supuesto, encontramos al narrador guionista, que ahora es reflejo del propio autor, así que el homenaje al mundo audiovisual queda patente, y la crítica hacia determinada programación televisiva, también


PP de la cabeza de Angelo, espectáculo espantoso

FUNDIDO LENTO

De acuerdo, era una pésima escena […] Pero igual habría alcanzado el éxito en la televisión…

Andrea Camilleri es un ejemplo de la conexión existente entre la literatura y el ambiente actual. Sus novelas son a la vez motor y reflejo de este clima. Las denuncias a la corrupción policial, política, médica y farmacéutica (en este caso) son una seña de identidad. Sus novelas están enmarcadas en un cronoespacio definido haciendo que su obra no se pueda separar de la sociedad que queda reflejada y, sin embargo, es una sociedad, respecto a determinados aspectos de hoy, estancada. Escrita en la Italia de 2005 podría representar a la España de 2021. ¡Qué poco avanzamos! (Por la corrupción que algunos que ostentan ciertos poderes se empeñan en no abandonar. Por algo será, esto es cierto).

martes, 20 de julio de 2021

FAUSTINO CHACÓN

He terminado de leer una novela desconcertante. Eso, al final del proceso, es bueno porque me he parado, extrañado, buscado, comprobado, imaginado, opinado, cambiado de opinión… pero durante la lectura es un tanto agotador.

No cabe duda de que Nicolás Caicoya sabe de magia, sabe de cine y sabe de literatura. Las constantes alusiones a personajes, autores, series de TV, películas, sobre todo del cine español, convierten a Faustino Chacón en un claro homenaje a la magia y al cine, que también es magia.

Las casi 500 páginas dan para recordar a expertos en ilusionismo, como Alex Stong, o en psiquiatría, como Vallejo-Nágera, en humor como Chumy Chúmez, a artistas homónimos «observaban con detenimiento un cuadro de Leonardo da Vinci. Di Caprio no está a la venta». En esta novela disparatada no podían faltar los maestros. Hay alusiones directas o distorsionadas a los grandes del absurdo como Eduardo Mendoza «Bastante jodido es morirse como para encima morirte viendo cine español» o Gila «no te puedes morir porque estás recién comido y es malo morirse en plena digestión».

Pues a pesar de intentar negar la muerte, en Faustino Chacón se muere gente porque hay un asesino en serie que va dejando cadáveres con una particularidad, la inicial de sus nombres coincide con las letras de los cuatro elementos. La novela comienza in medias res, con el asesinato por combustión espontánea de Cornelius, un paciente de la residencia geriátrica Los Magnolios, en el Madrid de finales de los 80. Las víctimas de FUEGO han sido Francisco, Unax, Eladio, Gabriel y el pobre Cornelio, en realidad, Octavio. Empieza el turno de AIRE con Ana e Ignacio, a los que deja morir en una bolsa de plástico. Los inspectores de policía Juana y Chamorro son los encargados de investigar las muertes, Pero eso es tarea imposible a no ser que toda una concentración de magos venga en su ayuda. El caso se complica tanto que debe intervenir el FBI aunque su participación no sea todo lo deseable que cabría esperar.

El asesino es un psicópata y como tal juega con todos. Y el autor no lo es, pero también juega con el lector. Así que vamos leyendo, tomando notas, mentales y materiales, y nos vamos enterando de hechos cuando Caicoya quiere; porque para eso es un experto en cancamusas. A veces tenemos la impresión de estar ante una historieta gráfica, con anécdotas y diálogos de cine que aportan un ritmo frenético capaz de englobar la magia y los enigmas criminales en cambios constantes; de hecho el tiempo es lo de menos, el espacio tampoco es significativo. El autor no ata la escritura exclusivamente a la forma literaria sino que mezcla elementos heterogéneos del cine, la música, la publicidad, para encontrar en el todo resultante una conexión de las partes: un equipo fantástico de Magos, unos reales, otros imaginarios, un FBI no tan fabuloso, un policía penoso y una policía cansada de trabajar con el machista de turno que, además, es bastante simple «el “conceto” ha rebotado en el cerebro de Chamorro, quien está más blanco que el papel, por llevar toda la sangre al lóbulo frontal sin resultado […] dice el que de seguro suspendió matemáticas en EGB» Nicolás Caicoya desestabiliza los límites del género literario y cuestiona el concepto de personaje ficticio o real, el de autor y narrador, el de lector y vidente para hacernos creer que asistimos a una película donde predomina la zafiedad o el mal gusto escatológico y no a la caricatura esperpéntica, tratada sin piedad, de una sociedad no tan lejana «El agente alopécico […] se está tomando un café, y tras otear a su alrededor abre con disimulo una botella de leche y se echa un chorrito de un extraño líquido de color resina, debe ser brandi Soberano: España es tierra de hombres y sus hombres beben Soberano […] Hoy le daría una apoplejía al departamento de censura publicitaria…».

La novela es un tira y afloja entre mentes privilegiadas y otras que no lo son tanto; el lector asiste impaciente a las desorientaciones, a las asociaciones inverosímiles, hasta que se intuye inmerso en un espacio y tiempo irreales, propios de un estudio cinematográfico que busca la complicidad de un público que, mientas ríe sin parar, se da de bruces con la peor cámara del horror imaginable.

La presencia del mal es habitual en la naturaleza humana y por supuesto en una sociedad en la que presas y depredadores forman una pesadilla constante de dolor y muerte, pero en Faustino Chacón queda mitigada por el humor


Vanessa sigue forcejeando con el payaso tarado […]

—¡Socorro! ¡Soy periodista, mamón!

[…]

Tras un alarido el payaso se aleja dolorido y trastabillando unos pasos.

—Sufre, mamón […] el tipo es atropellado con una violencia inusitada […] la fuerza G, que no los Hombres G, hace el resto

Está claro que el humor predominante es negro.

Quevedo no estuvo considerado como el genio que fue, durante algunas épocas, porque incidía en escenas grotescas del ser humano. La carcajada que provoca el humor negro aún hoy se tiene por diabólica. Pero a veces es necesario este tipo de humor, como mecanismo de defensa en un mundo en el que la moral no tiene sentido. Casi todos los actos pueden ser motivo de risa o de enfado. Depende del punto de vista. Caicoya se centra en asuntos serios, tristes, injustos, horribles, y los mira desde una perspectiva sarcástica. El resultado son escenas aparentemente machistas, racistas, homófobas aunque en el fondo, y a pesar de las burlas, no quede poso de racismo o machismo sino una crítica a ambos, un homenaje a los hombres y mujeres buenos y por supuesto un reconocimiento a la enorme inteligencia de magos, prestidigitadores, médiums y demás personas que consiguen, aun solo por momentos, cambiar el feo aspecto de la sociedad por otro más divertido.

Hace falta la risa y el ingenio que el hombre descubrió en otro tiempo en los magos, a quienes «les otorgaba una credibilidad y eficacia fuera de dudas para un pueblo menos leído. Ahora se lee más, pero casi siempre posverdades, así que pronto volveremos a liarla parda». Efectivamente, los conflictos nos rodean. Todo tiene normas estrictas sobre lo políticamente correcto, que quedan abolidas en según qué casos. Podemos hacer chistes sobre la religión musulmana o judía, por ejemplo, pero no se puede nombrar al dios cristiano. Faustino Chacón no deja títere con cabeza. Todo es fiesta, todo susceptible de risa, incluso la muerte y la tortura. Con ello prueba, una vez más, que podemos reír «El improvisado altar está adornado con coronas de flores de algún que otro entierro, pues Cornelius no era mujer […] “Recuerdo de tu esposo, hijos, nietas y biznieta “Rosa, te queremos”. Unos trillizos pelirrojos se acercan y depositan otra corona “Te querremos siempre, abuela”. El lugar es sin duda una chabola...».

No solo hay humor negro. Hay alusiones geográficas que despiertan la carcajada, otras recuerdan los piropos casposos de determinados individuos; el humor obvio, cotidiano, está presente, así como el resultante de unir personajes históricos a chascarrillos actuales.

Un argumento bien traído pues nada es lo que parece. Incluso el asesino, Sombra, es una a la que, como a todas, le corresponde alguien real.

Dicho esto, contra la novela conspira el alargamiento pues, a pesar de la habilidad del autor para enlazar unos casos con otros, es algo cansado leer una chanza continua, aunque las burlas saquen a flote los verdaderos sentimientos.

Creo que si Faustino Chacón leyese Faustino Chacón estaría contento. Aquí en España, no tuvo el reconocimiento debido. Qué raro ¿no?

domingo, 11 de julio de 2021

DICCIONARIO DE AMORES Y PESARES

El título del libro lo dice todo, al menos, mucho sobre lo que vamos a leer. No hay engaños. Aun así merece la pena, como todo lo escrito por Espido Freire. Hace más de veinte años leí Diabulus in musica y quedé enganchada a su forma de contar, a la inteligencia que se desprendía de sus páginas. Luego leí datos sobre la autora y terminé de sentirme atraída por ella.

En su última Masa Crítica, Babelio propuso el último libro de Laura Espido Freire y no dudé en elegirlo. He de confesar que hacía tiempo que no leía nada de ella. De hecho, incomprensiblemente, aún tengo Llamadme Alejandra esperando en mi librería. Así que de nuevo, gracias, Babelio, pues me sentí totalmente afortunada cuando me anunciaron que me enviarían Diccionario de amores y pesares; además, llegó enseguida. Algo rarísimo para los que no vivimos en grandes ciudades.

El caso es que al recibirlo quedé maravillada. La ilustradora, Paola Grande, ha sabido captar en cada dibujo el concepto de la palabra definida. En la A, de Aullido, una mano de mujer araña con fuerza una almohada y en la Z, de Zarpazo, figura aquella almohada del principio, rasgada. Son imágenes sencillas, apenas con líneas simples, pero de significado complejo. Imágenes que encierran, y cierran antes de leer los relatos, algo de sus contenidos y de su autora. Después conviene detenerse en las definiciones de cada concepto del Diccionario porque no son al uso, y en las que descubrimos: Metáforas «Cosas: Plumaje que se acumula en las esquinas tras las rupturas». Evidencias sociopolíticas «Guerra: …Se aplica también al momento en el que no se han cruzado las fronteras, pero sí los límites interiores». Greguerías, «Historia: huella de tinta que deja el caracol de la memoria». Filosofía sarcástica, «Juventud: …el momento presente. Claro que los filósofos también defienden que no existe otro momento». Humor egocéntrico, «Lógica: Dícese de mi punto de vista». Paradojas, «Mirada: el lenguaje de lo invisible». Humor, «Nevera: Libro donde se lee el apetito y se refugia la ansiedad». Contraste, «Yo: Palabra demasiado grande».

Solo las definiciones con los dibujos de las ideas merecen formar un libro. Pero hay más. La editorial Mueve tu lengua, ha estado a la altura de Espido. Colores neutros para un volumen de portada dura y páginas blanquísimas y satinadas en las que brillan las palabras invitando a la lectura. Confieso que estuve un tiempo acariciando el libro e imaginando los relatos sobre Vecinas, Perdón, Yo, Boda, Fin, Mirada, Ñoñerías, Wolframio…En algunos capítulos podemos incluso no leer, pues los códigos QR incluidos al inicio de los mismos, nos llevan a podcast con la narración en audio.

Los relatos forman un conjunto de cajas chinas que guardan algo sugestivo y débil, la vida en pareja. Creo que la inconsistencia en las relaciones define la escritura de la autora; también la redacción circular, propia de algunas de sus novelas, aparece en estos relatos, de manera que, al quedar expuestos por orden alfabético, no podía ser de otra forma tratándose de un diccionario, la A de aullido, en donde la protagonista se alegra porque ha sido abandonada por quien la hacía sufrir, aunque lo sigue queriendo «me encadenaría a ti para siempre», conecta con la Z de zarpazo; relato en el que es ella la que decide renunciar a un marido que siempre se ha creído superior, que ha conseguido hacerla sentir culpable. Pero se da cuenta y lo maldice con todo el odio acumulado «Y ojalá yo ni siquiera me entere de ello». En estos dos relatos tenemos posturas antagónicas de la mujer, ambas han sufrido pero la debilidad de la primera la deja expuesta a seguir siendo víctima, mientras que la fuerza de la última la predispone a tomar las riendas de su vida. La mujer debe aprender a valorarse y quererse. Es lo más importante, en cualquier relación, y en la vida.

Entre los relatos existe cierto vínculo, desde el momento en que la vida aparece como un viaje circular que vuelve sobre sí mismo, para darnos la oportunidad de interpretar señales oscuras que no habíamos sabido descifrar. En esas señales encontramos el sentido de la vida. Al leer los relatos somos conscientes de la reflexión de la autora sobre el paso del tiempo y el efecto que produce en una relación de pareja cuando la posesión es el objetivo, o cuando la finalidad no está basada sino en el sueño que anhelamos. El lenguaje empleado en su razonamiento es sencillo y al mismo tiempo de gran contenido poético, con premoniciones de fracaso insertas en él, «apareciste tú […] como si la música se hubiera encarnado en una única persona […] y todos tuviéramos que elevar la mirada para admirarte».

Con cierto sentido del humor avisa de que seamos conscientes de la fragilidad del amor, nada es eterno, «Tendré, a su debido tiempo, que hablar con mi novio, una llamada corta y quirúrgica para que no haga un viaje largo en balde y sin sentido».

Con gran sensatez, recuerda que la mujer tiene otro papel en el matrimonio que el de ocuparse de la casa, porque aún hay hombres que no se han enterado «No sé ya quién eres, pero esta no eres tú». Espido Freire ahonda en la relación de pareja hasta llegar a intuir que cuando esta falla, lo mejor es afrontarlo y dejarlo, aun con dolor, para no seguir viviendo en una ilusión, a pesar de que lo nuevo, lo desconocido, la soledad, asuste «estoy ahora pensando en quiénes seremos». El análisis se centra en el interior de la persona, desde donde puede observar el entorno que planea a su alrededor y llega a influir en sus pensamientos, en sus sentimientos, en sus actos. El contenido de los relatos se orienta hacia lo más profundo desde donde, a veces, sale a la superficie con cierto tono irónico «no me queda más para ti. Aunque continúes ante mí, mi amor, yo ya te he olvidado».

Otras veces los actos cotidianos envían claros indicios de amor aunque la otra persona no se dé cuenta y busque palabras halagadoras, «Me llevo a tu madre cada jueves a la peluquería, y juego con ella la partida […] Soy un ogro, soy un cactus, soy todo lo que me digas. Y seguiré sin decirte cosas bonitas». La vida diaria nos manda señales de decadencia, testigos de la vorágine en la que podemos convertir el día a día al otorgarle importancia a lo que no la tiene tanto. Nos enfrentamos al misterio que supone la identidad personal, a lo complejos que somos y a nuestros complejos; somos seres inseguros, previsibles. Espido Freire observa y analiza la realidad para percibirla desde el interior de sus personajes, prestando especial atención a la conciencia que aparece entre lo que reflejan en el mundo que los rodea, donde paradójicamente queda diferenciado lo que dicen de lo que piensan, lo que advierten y los efectos de esa apreciación.

El contraste entre la apariencia y la realidad es evidente. En esa disparidad encontramos la incomunicación de la pareja, la monotonía, la violencia, la manipulación, el odio. Porque estamos ante seres desvalidos, atormentados, decepcionados, con baja autoestima y grandes ansias de que en su vida surja un cambio. Cuando se llega a ese extremo hemos de pararnos y darnos cuenta de que solo si nos separamos de esa persona podremos dejar de ser fantasmas y encontrar nuestra verdadera identidad. Otra cosa es que nos guste; pero mantener esa relación superficial solo trae pasiones subterráneas de traición y rivalidad que al final serán las causantes de nuestra destrucción.

El Diccionario de amores y pesares es un repaso a cualquier tipo de relación, en la que normalmente las voces más débiles son las de las mujeres, en cualquier condición, pero mucho más desde la homosexualidad o la transexualidad, porque se han de enfrentar, todavía, a comentarios insidiosos o ignorantes que no admiten la libertad de sentimientos, la libertad de opciones, que no toleran la ruptura del orden establecido hasta ahora, para poder conformar otra comunidad con una estructura en la que el sexo de una persona no sea motivo de dolor ni ocultamiento «Yo sabía tu historia. Solo que tú ni sospechabas la mía».

lunes, 5 de julio de 2021

LA OTRA GENTE

Siempre nos han atraído las fuerzas misteriosas, esas que han estado asociadas a los sueños, allá donde la imaginación no tiene límites ni nuestro control de los hechos tampoco. De pequeña me atraían las vidas de santos, a quienes les sucedían hechos tan extraordinarios que se acercaban a lo paranormal. Es la base de la religión, donde las aguas pueden levantarse y provocar tragedias horribles para algunos mientras que otros son beneficiados. Las historias del Antiguo Testamento son fabulosas. Ahora, de vez en cuando, me gusta leer sobre sucesos oníricos paranormales. En el fondo siempre he creído que podría comunicarme con el más allá. O lo he deseado.

Por eso agradezco a Juani, una exalumna, ahora amiga, que me regalase La otra gente, una novela de ambientación siniestra, desoladora, amenazante que te engancha desde la primera página porque en su trama oscura, donde ¡cómo no! la religión está muy presente, «Éxodo 21: 23-25», no dejan de aparecer datos que modifican lo anteriormente expuesto, «Vivimos en un estado de negación permanente»; por ello el argumento se hace adictivo desde el principio.

El narrador, en tercera persona juega como quiere con la narración, contando lo que va sucediéndoles a los diferentes protagonistas, de manera que cuando venimos a darnos cuenta tenemos tres historias eje que, si bien parecen distintas, al final quedarán enlazadas a la perfección, y dotadas (las tres) de sentido. La historia de Gabe parte in medias res y, mediante oportunas analepsis vamos conociéndolo mejor. La historia de Katie, en principio anodina, va cobrando importancia con la trama hasta que ella es protagonista fundamental del argumento. Por otro lado está la historia de la chica en coma, de la que vamos obteniendo datos muy poco a poco. Unidas a ellas aparecen otras no menos inquietantes como la de Fran y Alice que, por momentos, nos corta la respiración, o la del Samaritano, de la que sólo conoceremos lo que él nos deje conocer, «Su blanca dentadura emite un destello. —Tengo muchos nombres». Entre todas las historias surgen otros personajes que van conformando y agrandando el misterio y, por supuesto, la historia de la otra gente, esa que circula entre nosotros sin que sospechemos nada.

Gabe circula por la autopista, en dirección a su casa, cuando cree ver en el coche que va delante a su hija. No puede alcanzar a ese coche que lo precede y, como lleva el móvil descargado, para en una estación de servicio para llamar a su casa. Desde allí, descuelga el teléfono la policía y le dice que su mujer y su hija han sido asesinadas. Una vez termina con el juicio, y sale absuelto, se dedica a recorrer la autopista en su caravana, una y otra vez, en busca de Izzy, parando de vez en cuando para descansar en estaciones de servicio.

Por otro lado, Fran y Alice también viajan constantemente, pero no buscando sino huyendo de alguien a quien no conocemos. Sólo sabemos que ambas tienen miedo y que Alice sufre episodios de narcolepsia, lo que en ocasiones dificulta su huida.

Las dos historias confluirán con facilidad en la de una chica cuyo cuerpo descansa, en coma, durante más de veinte años y su mente viaja sin descanso, atemorizada, en busca de alguien que le aporte paz.

La autora, C. J. Tudor, ha escrito una novela que parece impulsada por el cine americano de terror, donde lo paranormal planea por el argumento hasta posarse definitivamente en la resolución, por lo que el caso queda en realidad, sin resolución racional, envuelto en el misterio. Algunos personajes actúan como ángeles para otros personajes, pero desafían su condición al vivir fuera de lo considerado común, mostrando un lado oscuro, tanto para sí mismos como para el resto. La base de la historia no es sino una cadena de perjuicios perfectamente posibles, en la que somos conscientes de que si se rompe, el odio puede multiplicarse y las posibilidades de salir ileso son casi inexistentes. Aun así entramos en la cadena. Todos los personajes sienten en algún momento la emoción más ancestral: el miedo. Cuando este se produce por algo inexplicable, el protagonista no intenta entenderlo, por eso deja abierta una posibilidad a las fuerzas sobrenaturales que escapan de cualquier explicación y control «Alice sonrió y un escalofrío de miedo le bajó a Fran por el espinazo […] Cada vez que a Alice le daba un ataque despertaba con un guijarro en la mano».

El espíritu de la chica casi muerta vaga por la mente de Izzy, alguien que, debido quizás a la narcolepsia, tiene una sensibilidad especial para conectar con la chica a través de espejos. El espejo se encarga de cuestionar los elementos reales y la traslada al mundo de los sueños, donde puede detener el tiempo; Izzy abandona su cuerpo para ir tomando consciencia de quién es y cuál es su situación. Probablemente esta huida corpórea la ayude a proveerse de lo que más tarde le servirá como salvación.

Las mentes torturadas confluirán para ayudar al espíritu de la chica en coma a liberarse por completo «Algunos empleados empezaron a hacer conjeturas sobre fantasmas […] Miriam no quería oír hablar de estas tonterías […] Deslizó la palma sobre las sábanas […] No era suciedad. Era arena».

Para analizar la novela de Tudor es necesario evadirnos de lo cotidiano, olvidarnos de cualquier argumentación racional e intentar conectar con el más allá. Si no lo conseguimos experimentaremos cierto desasosiego ante Gabe y un estremecimiento absoluto ante la chica en coma.

La otra gente nos sitúa como posibles receptores de una violencia terrenal, fruto del odio desmedido y la venganza y recapacitamos, alarmados, sobre nuestra responsabilidad ante las desgracias que se ciernen sobre nosotros y creíamos fruto del destino. C. J. Tudor escribe una novela envuelta en una atmósfera de ansiedad y temor ante lo desconocido y el más allá, pues un personaje real posee poderes imposibles en un entorno real. El relato sugiere la existencia de lo sobrenatural, de lo fantástico. Aunque, claro, esto es relativo. Antes, imaginarnos en un mundo redondo que daba vueltas era fantasía y conformar un ser humano con órganos de diferentes seres, también…

En La otra gente, los personajes no son buenos ni malos. Es fácil ponernos en la situación de cada uno y entender sus actos «Pero no es lo mismo ser pobre cuando eres blanco que cuando eres negro». Si somos capaces de planear las venganzas más frías e inhumanas, debemos ser capaces de creer en dimensiones alternativas. Como ocurrió con el Boom hispanoamericano, es fácil pasar del realismo mágico al realismo trágico.