viernes, 31 de mayo de 2024

THE BUENOS AIRES AFFAIR

Novela escrita en 1973 por Manuel Puig. No cabe duda de que el autor es él, su estilo es inconfundible, pero la he encontrado más complicada de leer que otras del autor. Hay que terminarla para tener una visión de conjunto. Está claro que el amor por el arte, en general, de Puig, reside en cada una de las páginas. Los capítulos están introducidos por una escena de diferentes películas del cine de oro norteamericano. La música también queda como fondo en algunas secuencias y las citas de autores ponen de relieve la cultura del autor, que indudablemente traslada a su protagonista, Gladys.

Hay que leer las casi 300 páginas de The Buenos Aires Affair para conocer realmente a Gladys, y a Leopoldo.

La novela comienza en 1969 cuando Clara descubre que su hija Gladys, de 35 años, a la que cuidaba, ha desaparecido en Playa Blanca. Las voces son diferentes, los puntos de vista, también; a partir de analepsis y prolepsis podremos ir conformando la vida de Gladys, una niña desafortunada, criada por su madre, débil, con poco éxito en el colegio que, a causa de sufrir una violación en la que perdió un ojo, se vuelve más insegura y tímida. Con el tiempo cree que puede tener más oportunidades en Nueva York o California, y decide encontrar trabajo allí. Las circunstancias harán que vuelva con una depresión mayor. El autor narra la vida de Gladys de forma desapasionada, con cierto sarcasmo y pretendido humor que no hace sino inquietarnos más y asegurarnos de que todo irá a peor, «La resistencia de Gladys a los tratamientos psicoterapéuticos tenía una razón fundamental: en su plan de ahorro para comprar una propiedad inmobiliaria no entraban gastos prescindibles». Puig trata la juventud de la protagonista con el mismo interés que pone en el resto de sucesos, lugares o personajes. Es un compendio de minuciosas descripciones. Incluso las escenas violentas, casi siempre sexuales, están carentes de fuerza aunque la contienen; es como si formaran parte normal de unos personajes, de un país.

Aparecen en la escritura diferentes recursos: páginas de prensa, atestados policiales, informes de autopsia, sesiones con un psicólogo, entrevistas que luego llenarán las páginas de revistas, diálogos telefónicos de los que deducimos lo dicho al otro lado de la línea y que son, en realidad, acosos policiales hacia posibles confidentes, para arremeter contra aquellos que no pertenecen al régimen:


Voz:

Oficial: ¿Segura que por lucro no fue?

Voz:

Oficial: Todo lo que sepa, después nosotros haremos ver que llegamos al acusado por otro conducto.

En realidad el distanciamiento del autor es un arma con la que nos alarma; nuestra desazón va en aumento.

La vida de Gladys se va uniendo, casi sin darnos cuenta, con la de Leo Druscovich para formar una pareja de traumatizados en la infancia que desde que se encuentran se hacen daño; no podía ser de otra manera. Aun así se buscan, a pesar de los ultrajes, a pesar de la violencia desmedida de Leo hacia Gladys. El juego de seducción, atracción, rechazo, miedo es constante.

Tampoco sus vidas laborales se mantienen de forma regular. Hay altibajos en los diferentes negocios de Leo y en el éxito que Gladys tienen como artista. Ninguno parece cambiar de actitud; les vaya bien o mal. Gladys acepta lo que le viene con frialdad, lo asume como algo natural; tanto su desgracia física como psicológica. Justo en esa indiferencia es donde sentimos mayor desasosiego, «permanecería quieta en la cama; si se quedaba quieta en su cama, allí moriría porque nadie le llevaría nada de comer».

La vida de Leo plantea muchas preguntas ¿La actitud sexual de un adulto tiene que ver con un trauma sufrido en la infancia? ¿La impotencia va unida a la masturbación excesiva desde época temprana? ¿O es al revés? No lo tengo claro. Lo evidente es que Leo no disfruta con el sexo —casi nunca— y no hace disfrutar de él —nunca—. Todo es fruto de la vergüenza, de la culpa, del dolor, «Ese bebé no es normal. De su pubis poblado de vello encrespado penden órganos sexuales de hombre y del pene enrojecido, algo confundidas con la espuma blanca, chorrean gotas espesas se semen».

Manuel Puig escribe una novela negra en la que el surrealismo y las imágenes oníricas se diluyen en la realidad; a veces somos incapaces de distinguir qué pertenece al sueño y qué no, qué forma parte de una mente perturbada y cuándo la mente está en equilibrio: «y su carne blanca como el tocino ahumado arrumbado durante semanas entre el hielo granizado del congelador abre paso a la negrura de un gorila que habla para darle las gracias por no quejarse, por no gritar, no llamar a un médico».

Los protagonistas divagan en sus recuerdos, no tienen claro qué sucedió en qué momento; viven sus deseos tal como lo hacen con sucesos reales «Leo cerraba los ojos y al rato su semen se mezclaba en el pensamiento con la sangre de la muchacha».

No sabemos con claridad qué puede ocurrirles a los personajes. Cualquier cosa. Pero siempre tememos lo peor. No sabemos, aunque la sospecha es creciente, hasta qué punto las relaciones se van a quedar en el plano personal o pasarán a exponer una situación social-policial en la que valen pistas verdaderas y falsas, en la que las mentiras son habituales en los delatores.

Todo es un despropósito, un infierno: la resolución de un crimen donde no hay cuerpos que lo corroboren; las amenazas constantes; el cuerpo sin vida que no merece investigación; el ambiente sociopolítico confuso y atemorizador.

Es duro enfrentarse a The Buenos Aires Affair porque el autor se expresa de forma libre; es consciente de su denuncia política (y esto en la Argentina de 1973 era jugársela de forma segura), es consciente de la violencia homosexual (probablemente por la negación requerida) y es consciente de la indefensión sexual de la mujer, sometida a los requerimientos del hombre, aun los más abyectos.

Está claro que Manuel Puig vivió y escribió como quiso, con pasión y demostrando ser alguien tremendamente tolerante con los demás y culto consigo mismo. En esta novela, las escenas cinematográficas que abren los capítulos remarcan su formación como cineasta y la exposición de situaciones, a modo de escenas teatrales con diálogos y acotaciones, indican su amor por la literatura en general; algo que los lectores valoramos porque nos permite hacernos una idea precisa de los personajes. El hiperrealismo es evidente, lo corroboran las descripciones minuciosas, una prosa violenta que se torna en poesía cuando menos se espera, el objetivismo exagerado y la confusión de voces. Esto, con el sexo —también violento, defraudante y doloroso— como motor de la actividad humana nos conduce a una actitud propia de los desheredados de la tierra. Gladys busca en su juventud el trabajo perfecto y al hombre perfecto hasta que se da de bruces con la realidad y la violencia sufrida la lleva a aprender a acomodarse a las situaciones posteriores. A un futuro que no es sino una continuidad de presentes, aunque Leo, ese animal desbocado, no figure en él.

sábado, 25 de mayo de 2024

TÚ BAILAS Y YO DISPARO

En Madrid encuentran, en una maleta, el torso de una mujer. No tiene cabeza, ni extremidades. También le han cortado el pecho y un tatuaje al final de la espalda. El asesino se ha querido cerciorar de que no van a encontrar huellas ni restos en los que poder apoyarse para descubrir la identidad del cadáver. Pero lo hacen; poco a poco al grupo X de la Brigada Judicial se unen los de Homicidios, Asuntos Internos, Sistemas Especiales, el GOIT, la UCAO, la UCRIF… Entre todos descubrirán no solo al asesino, también una red de trata de personas con la que el crimen organizado llevaba tiempo extorsionando y lucrándose.

Los protagonistas, Jaime Valle (Jimmy) y Luis Mangas, aunque de diferentes generaciones, tienen en común que son los típicos arrogantes, bravucones, que no están dispuestos a que nadie se salte las normas aunque para ello deban recurrir a cierta violencia que asumen necesaria con algunas personas «Sin darle tiempo a responder, le barre las piernas de una patada y le hace caer de bruces al suelo […] —Cuando al gordito se le pase el susto limpiáis todo esto y os largáis».

Y, curiosamente, las protagonistas, Noa Palacios (su jefa) y Julia Zaldívar (inspectora de la UCRIF) razonan más, investigan, utilizan el cerebro antes que los músculos. Incluso la inspectora Paula Vicente es homosexual. Hay toques de actualidad en el bando femenino de Tú bailas y yo disparo; no tanto en los hombres de la Brigada Judicial. Será que las mujeres tenemos más capacidad de adaptación o que nos sentimos mejor cuando no estamos tan encorsetadas.

Manuel Marlasca escribe su primera novela y, en general, está bien. Está bien escrita, aunque haya párrafos que formen una auténtica loa policial. La novela de Marlasca es negra, no podía ser de otra forma, pero es de un negro absoluto cuando nos presenta a los malos; los policías brillan en las descripciones. Sin embargo, si pensamos en quién puede tener recursos para enfrentarse a los más destacados grupos operativos policiales, los sospechosos se reducen. El malo malísimo debe ser alguien que haya tenido contacto con ellos.

No quiero desvelar nada pero sí aludiré a lo que no ha terminado de gustarme. El autor es muy claro a la hora de recomendar escritores de novela negra española y yo estoy de acuerdo con él, pero no localizo a esos «superpolicías que persiguen a barrocos asesinos en serie que llenan las páginas de las novelas negras de los últimos tiempos» porque he leído alguna que otra saga y he disfrutado con la imaginación de sus autores, como Susana Martín Gijón, Arantza Portabales o Javier Marín.

Asimismo, en Tú bailas y yo disparo, «Mangas comprueba espantado que […] teléfonos móviles y graban la escena, unas imágenes que acabarán extendiéndose como células cancerígenas por las redes sociales y que reproducirán los programas de televisión en los que todólogos hablarán sin saber nada de lo ocurrido allí»; es curioso que Marlasca se haga eco del espanto de Mangas cuando él mismo colabora con uno de esos programas televisivos amarillistas de la historia.

El protagonista, Jimmy, es demasiado altanero y con esa arrogancia menosprecia otros trabajos «—Y vamos a quitarnos estos putos disfraces de mensajeros, que no estudié para esto»; su altivez, y la de Mangas, los llevan a un trato deshumanizado con lo que ellos consideran chusma: «…Es tu puñetera madre, que se colgó y se metió en la maleta para no saber nada más de ti, ruinas. Jimmy se ríe al escuchar a su compañero…». Y esa petulancia del que se cree por encima se transforma, con las mujeres, en un paternalismo de otro tiempo «—…Nadie te va a detener. Mis compañeros te van a invitar a desayunar y luego […] nos vas a decir dónde está tu novio. No querrás que se coma este marrón ¿verdad?».

En fin, son fallos en la concepción de la mujer, demasiado tópica «Nota cómo la mujer le lanza una mirada genuinamente femenina, la que sirve para valorar una posible amenaza en caso de disputa por un macho alfa». Y fallos en una concepción machista que, al menos muchas mujeres, esperamos que formen parte de los estereotipos a desaparecer, «Como diría mi cuñado Juanín, el asturiano, “Ye mucha muyer pa ti, nun llegues a los pedales”. Joder con el tapón del abogado sí que quiere picar alto».

En la novela queda claro que el dinero es capaz de corromper a cualquiera, policías, jueces, médicos… Son estratos sociales que dificultan la labor policial porque quien extorsiona tiene poder. Marlasca está bien informado sobre los recursos de comunicación que disponen los diferentes grupos de la policía, así como de sus formas de actuación. Hay un tema claro y es la corrupción, la facilidad que tiene el dinero para corromper. El crimen organizado tiene dinero y poder. Como subtema creo que resalta la importancia de los cuerpos especializados para resolver casos complejos.

El autor describe bastante bien la realidad actual donde hay un grupo de jueces que claramente toman decisiones partidistas, lo que hace que los poderosos sigan actuando impunemente. Es cierto que la mayoría de los jueces trabajan para «hacer justicia» y también lo es que deben soportar «ataques que en los últimos tiempos sufre la judicatura desde distintos grupos políticos». Sin embargo, personalmente, echo en falta que se hable más claro sobre estos grupos políticos porque, indudablemente, son distintos aunque con una línea de pensamiento bastante similar.

En fin, he notado en la novela cierto posicionamiento hacia la derecha que menosprecia a la cultura, a la izquierda y a la igualdad. Y no se puede medir todo con el mismo rasero. Y ya no se puede tratar con cierta frivolidad a los machistas ni a los fascistas. Porque los antifascistas no tenemos traje ni los mentecatos pasan por antifascistas sino por todo lo contrario, «No se sorprende al comprobar el cóctel pijoprogre que compone su discoteca ideal: Aute, Serrat, Sabina […] Ahora, piensa, cualquier mentecato se pone el traje antifascista con unos cuantos twits y stories de Instagram como hoja de servicios».

viernes, 17 de mayo de 2024

CAJA 19

Al terminar este libro me he dado cuenta de que, probablemente, no todos estén dispuestos a leerlo. Tiene muy buenas críticas pero el estilo es algo elevado y, si no se presta la debida atención, hay momentos en los que no sabes muy bien de qué está hablando, si es algo real o imaginado; si la autora es la propia protagonista o esta es un personaje inventado. En realidad no importa, hay que dejarse llevar por la lectura y encontraremos diferentes historias, la de la relación con Dale —real— o la de Tarquin —inventada—. O puede que sea justo al revés. Lo que importa en Caja 19 es que muestra una realidad con la que podemos objetivar nuestra voz interna, conocernos mejor, tal es la reflexión constante a la que nos obliga Claire-Louise Bennett.

Creo que lo que más me ha impactado ha sido leer la época universitaria de la protagonista. En ella recuerda cómo debió trabajar en la caja 19 de un supermercado para pagar sus estudios y la estancia en Londres. Mientras ocupaba su puesto podía fantasear con los clientes en sus relatos, aportándoles una forma de ser que no era la real sino la que a ella le sugería.

La relación con su novio de aquel entonces, Dale, sale a la luz y ella se replantea su actitud, la posición que se le suponía a la mujer en la pareja quien, de manera natural, podía soportar (y hasta no hace mucho) cierto maltrato psicológico, sexual o físico, porque todo quedaba encubierto en el carácter del hombre que, ya se sabe, podía enfurecerse —y con razón, porque había bebido o cualquier otra excusa— hasta provocar cualquier desastre. Como consecuencia, la mujer adoptaba el papel pasivo que en la relación se consideraba normal y, sumisa, permitía que su no se transformase en sí porque, en realidad, ella no debía hacer mucho. Esta relación íntima, violación, es la que con el paso del tiempo se ha percatado de haber vivido. La sumisión ha sido la norma habitual para la mujer, precisamente porque quienes forjaron socialmente la idea de cómo era una mujer eran hombres; por eso, cuando convenía la mujer era fuerte y capaz, «Usé tampones […] difícilmente obstaculizarían todas las actividades a las que según la publicidad se entregaban las chicas que menstruaban […] ni sueñes con salvarte de Educación Física […] sé productiva, no decepciones a nadie»; cuando interesaba, la mujer debía mantener su posición marginal «a una profesora se le volvería en contra en el acto» o aceptar socialmente que no era libre sino propiedad de un hombre «después de dos años llamándola señora Hurly […] tuvieron que llamarla señorita Selby […] El nombre de él nunca cambiaría». Y sobre todo, la mujer era un escaparate en el que todos veían su apariencia unida a su inteligencia y forma de ser «Quién lo diría al verla (a Marilyn Monroe), pero siempre tenía la cabeza metida en un libro». La mujer, con tanta presuposición y obligación, «se le niegan una autonomía y unos ingresos […] si sexualmente está en tinieblas […] pasa horas y horas sola con tres niños…» terminaba algo desequilibrada; de ahí que hubo un tiempo en el que los hospitales psiquiátricos estaban a rebosar de mujeres.

La protagonista recuerda su época con Dale y es consciente de que «quería vigilarme […] detesta que me apoye las gafas de sol en la cabeza […] cree que siempre he elegido mal a los hombres […] necesito protección». Y reflexiona sobre la necesidad de inventar otra realidad. Ahí entra el proceso de la escritura. La memoria de Bennett viaja sin orden para traerle escenas de cuando ella empezó a escribir garabateando los cuadernos escolares, haciendo que los dibujos cobrasen vida para que, una vez en la universidad, intentase escribir una novela.

Comenzó contando las aventuras vividas por unos personajes que, a fuerza de retomarlos a diario, cobraron vida, pero esta obra quedó destruida por su novio «Cuando esa tarde abrí la puerta […] vi de inmediato una pila de papeles rotos en el suelo […] e hice una mueca de dolor…».

La destrucción de libros representa un elemento de censura normalmente por oposición religiosa o política. La autora recuerda cómo los estudiantes alemanes, el 10 de mayo de 1933 arrojaron al fuego libros que podían ser focos de corrupción y atentar contra la moral, la decencia, la familia y el estado nazi. Claire Bennet lo expone claramente en Caja 19, como un adelanto de la barbarie semita y a nuestra memoria acuden las quemas de libros en plena calle durante la dictadura de Franco. Quemar obras tiene que ver con el temor a que sean leídas, a que la gente cambie la opinión impuesta. En el caso del novio de la protagonista, cuando destruye la novela “Tarquin Superbus”, quiere destruir el miedo que siente ante la mujer, su inseguridad su complejo de inferioridad.

Caja 19 es una autorreflexión literaria; la literatura ha formado parte de la vida de la autora, de forma tan íntima que se adentra en la metaliteratura, algo que le permite seguir soñando con historias y descubrir en ellas la posibilidad de otras nuevas que pueden desarrollarse en la realidad o en el sueño, lugar en el que la imaginación trabaja al máximo porque libera las funciones del cerebro para que cuente emociones que le gustaría experimentar. Es literatura en la literatura, «mete las manos con hoyuelos en el agua, las sacude alegre, sus manos son estrellas de mar […] Se ve a sí mismo. Tarquin Superbus levantándose de esa cama digna de un rey…».

En esta autorreflexión literaria encontramos cómo se desarrolla el proceso de la escritura y las consecuencias de la lectura: Recuerdos que creíamos ocultos y aparecen en flash back, creencias de haber vivido lo que estamos leyendo, conexiones extrañas que nos trae la lectura con el tiempo «Y eso es todo lo que logro recordar del libro».

Asimismo experimentamos o deseamos diferentes vivencias personales que cambian a su vez con las diferentes lecturas «La historia se desarrollaba con mucha más rapidez de lo que yo recordaba». Y no cabe duda de que la imaginación se despierta antes incluso de empezar a leer, «pensábamos sin parar en los tipos de palabras que podrían contener».

Puede que Caja 19 no tenga una lectura fácil en cuanto a continuidad de la historia pero es innegable que conectamos con la autora, así que uno de los objetivos de Bennett, al menos, queda cumplido «Escribir podía lograr eso. Era una forma de llegar hasta otra persona».

miércoles, 8 de mayo de 2024

ALES JUNTO A LA HOGUERA

El cerebro funciona de forma simultánea, podemos pensar dos cosas al mismo tiempo, hay pensamientos que se superponen a otros causando en nosotros cierta desazón al no tener claro qué sucedió antes, qué es real y qué imaginado.

Son asociaciones libres que insisten en prevalecer, mezcladas, unas sobre otras o todas a la vez. Cuando esto ocurre, y somos conscientes, lo lógico es intentar que nuestra mente haga una pausa para empezar de nuevo y tratar de entender lo que nos dice. Son momentos en los que aflora nuestro interior, nuestra forma de ser, de ver la vida, de sentirnos en ella.

Es difícil trasladar estos momentos al papel porque la escritura es lineal; es muy difícil escribir y que se entienda el flujo de conciencia. No es un monólogo interior que podemos ordenar. Es introducirse en la psicología de un personaje y extraer toda su verdad emocional.

Jon Fosse lo consigue. Es increíble cómo, en unas cien páginas, no abandona ni un solo momento esta técnica. El lector es testigo de las obsesiones de los personajes; de cómo uno de ellos va sacando de su mente sus pensamientos para unirlos a los de su marido Asle, a los de su abuelo, sus bisabuelos y tatarabuelos. Cinco generaciones unidas en un mismo espacio, la Casa Vieja, por un mismo dolor: la muerte traumática del niño Asle, el día de su séptimo cumpleaños en 1897 y la del adulto Asle, ochenta y dos años después.

Pero estamos en el siglo XXI: «pues debe ser jueves, el mes será marzo, y el año 2002, eso sí que lo sabe, claro, pero la fecha y cosas así, pues no las recuerda». Han pasado 23 años desde que Asle desapareció en el fiordo noruego. Veintitrés años, que Signe, su mujer, vive sola en la Casa Vieja mirando por la ventana, esperándolo, recordando a cinco generaciones unidas por la desgracia. Y, sin embargo, es la voz de Asle la que abre el relato para dar paso, enseguida, a la voz de Signe, «Veo a Signe ahí echada en el banco de la sala, mirando a todas las cosas de siempre […] y las mira sin verlas, y está todo como siempre […] y sin embargo ha cambiado todo, piensa, porque desde que él se marchó y desapareció…».

No somos conscientes, tanto es el embelesamiento en el que nos sentimos inmersos, pero cuando nos damos cuenta, Signe ha conectado con Olav, el abuelo de Asle; con Asle, el niño de 7 años, hermano de Olav, ahogado en el fiordo ante su madre; con Kristoffer y Brita, los bisabuelos de Asle, padres de Olav y Asle; con Ales, la tatarabuela de Asle, por quien recibió su nombre.

Signe conecta con el Fiordo, con la playa, con la Casa Vieja familiar, con la montaña, con la barca… y asocia unos hechos a otros en un dolor heredado hasta llegar a ella, sin descendencia, probablemente para que cese ese dolor.

Cinco generaciones que, rodeadas de frío y soledad, mantienen una dolorosa rutina, aquella que empezó la abuela Ales cuando su nieto murió ahogado y ella quedó sentada junto al fuego recordando.

El espíritu de Ales está presente en la familia un siglo después. Todos han mantenido viva la desgracia en el fuego del hogar, que a su vez ha ido regenerándose, como el propio fuego, hasta confundir a unos con otros y confundirse con el espacio y el tiempo.

Ales junto a la hoguera está formado por diferentes voces narrativas que, de manera anárquica, van exponiendo el sentimiento que los ha unido, el amor a pesar del dolor. Y ese amor prevalece y da orden a las voces; a pesar de la falta de puntuación y de las incongruencias ortográficas; a pesar de la ausencia de párrafos. En esta escritura, formalmente caótica y confundida, descubrimos el estilo de Jon Fosse, anteponiendo, en una modalidad coloquial, aquellas palabras que le interesa marcar, como el paso del tiempo: «varios siglos tienen las partes más antiguas de la casa» o el dolor de una madre fracasada: «hijos nunca tuvieron». Repitiendo términos que señalan el interior de los personajes «No pienso en nada […] no miras nada […] no miro nada». Describiendo acciones que desvelan la tristeza y el dolor «y la vieja Ales se lleva una mano, de dedos cortos y retorcidos, a un ojo y se pasa el costado del índice a lo largo del ojo».

Puede que el flujo de conciencia sea confuso, pero en la narrativa de Fosse destacan claramente las conciencias tranquilas, superpuestas a la desesperación íntima, aferradas a la esperanza de la vida y de la fe religiosa.

Signe se mira a sí misma y se ve como la joven de entonces cuando se enamoró de Asle, una figura que avanzaba hacia ella y ya no hubo dudas entre los dos. Y en esa joven ve el pensamiento de la casada esperando a un marido que se ha adentrado en el mar porque es un hombre, porque necesita respirar aire libre, porque debe traer el alimento a casa, porque no sabe vivir en cautividad.

Signe ve el amor hacia ese hombre y siente intranquilidad ante la inseguridad de su situación. Ve la pena por la maternidad frustrada y experimenta la soledad de la rutina. Ve el tormento por la juventud truncada y percibe la tristeza de la soledad. Ve el suplicio de la memoria y lo padece; y se refugia en ese amor que vivió mientras implora que todo acabe.

Fosse introduce imágenes desconcertantes, asombrosas, que nos alejan del confort de la lectura para atraernos al delirio inconsciente de Signe y conectar con ella en su propia introspección. Es difícil encadenar una serie de sucesos que parecen ilógicos pero el Premio Nobel lo consigue, y al final conocemos a una saga de pescadores que ha amado, ha sufrido y ha aceptado su vida tal como se ha presentado.

El foco de atención es la hoguera. Una que hicieron unos niños al quemar la barca de Asle la noche de San Juan. La hoguera que mantiene a la familia caliente en el hogar. Fuego que destruye aquello que queremos pero purifica los sentimientos a través del sacrificio que nos exige.

Fuego capaz de dar vida a la familia y de transportarnos a través de ella. Mirar al fuego despierta la imaginación, es decir, desrealiza lo que nos rodea y nos abstrae en un mundo nuevo formado por imágenes que crea nuestra mente o por las que asocia a lo que nos han contado.

Signe no ha vivido más de cien años y sin embargo revive una y otra vez una realidad que no es la suya sino la que le fue transmitiendo Asle día tras día durante su matrimonio en la comunicación surgida entre ellos, las experiencias de otros quedaron en la mente de Signe que ahora, sola en la realidad, debe conformar una desrealidad para poder sobrellevar la existencia. La imaginación de Signe se despierta en las llamas de la hoguera de su sala, de la hoguera de la playa, de la hoguera que ve en lo alto de la montaña, una luz que une lo terrenal con lo celestial. Fuego que reconforta a las generaciones de una familia.

Fosse no sigue en su relato un tiempo cronológico sino el que marca la imaginación de Signe. Un tiempo simbólico capaz de dar vida a nuestro interior.

Aún hay otro símbolo importante en Ales junto a la hoguera. El mar. En su inmensidad une el cielo y la tierra, conecta lo divino y lo humano. También es creador de vida y de muerte. El fiordo es el encargado de traer la vida a la familia y de quitarla; de forma caprichosa. Es curioso que el mar se llevara dos vidas de la misma familia y en ambas ocasiones las barcas, frágiles, pertenecientes a los dos Asle, permanecieran intactas a pesar del embate de las olas.

Cuando llegan las embarcaciones a la playa, se restablece un orden familiar que no es el que había hasta entonces, pero a través de ellas la familia mantiene la esperanza. Por eso, cuando solo queda Signe y queman la barca, el fuego purifica a esa familia que ya no pertenece a la tierra sino a su imaginación.

Y cuando terminamos de leer Ales junto a la hoguera tenemos la seguridad de que esos personajes, fruto de la imaginación de Jon Fosse, van a formar parte de nuestra realidad.

miércoles, 1 de mayo de 2024

UN ANIMAL SALVAJE

En Ginebra saltan las alarmas cuando atracan una joyería y se llevan un importante botín. La policía se pone manos a la obra pero las pistas, que en principio apuntaban a los sospechosos, circulan por caminos sorprendentes. Por otro lado el perfecto matrimonio Braun verá resquebrajada su armonía familiar que, al menos desde que viven en un cubo enorme de cristal en medio del bosque, es bastante superficial. La exposición inconsciente de su intimidad, hace que Sophie Braun provoque los celos desatados de su vecina Karine y el deseo obsesivo de su vecino Greg, «Al amanecer, se instalaba allí y observaba a Sophie a través de las cristaleras […] Tras beberse el café, Sophie subió a la planta de arriba y entró en el dormitorio principal. Se desvistió y se deslizó desnuda en la cama donde su marido aún dormía […] Tenía que largarse, volver a casa antes de que Karine y los niños se despertasen». También siente celos Arpad Braun, cuando es consciente de que nada es lo que parece en la vida que pensaba había construido.

En realidad nada es lo que parece en Un animal salvaje, excepto el tatuaje de una pantera que Sophie se mandó hacer en el muslo. Ella es un animal salvaje por lo que, aunque lo intenta, no puede vivir encerrada.

La última novela de Joël Dicker no es una novela negra, en todo caso podría pertenecer al género policial, aunque los protagonistas son los ladrones y la policía, implicada como tal al final del argumento, no esclarece nada. Es cierto que hay un robo (el último de una cadena que no lleva visos de terminar) y también lo es que hay un asesinato, pero nada se resuelve. Hay un implicado que, sorprendentemente, queda sin castigo judicial; es su mujer la que decide castigarlo, aunque es más un premio para ella que otra cosa.

En fin, soy consciente de que debería argumentar más mis afirmaciones pero no quiero desvelar nada, y realmente, ya hay pocas sorpresas en la novela porque, en esta ocasión, Dicker no deja que imaginemos, nos va revelando constantemente lo ocurrido en un pasado, lejano o inmediato.

Esta última obra del suizo me ha dado la impresión de que está escrita con prisa. Hay una trama, bastante simple, al estilo de la que podríamos ver en cualquier película “romántica”, protagonizada por una alta sociedad que vive para impresionar. Y aunque Joël Dicker lo que hace, muy bien, es ir dando saltos atrás en el tiempo para que nos enteremos por qué los protagonistas han llegado a este punto «Estaba angustiado […] Ya era hora de confesárselo todo a Sophie. De terminar con esa farsa», en Un animal salvaje las analepsis son tan constantes que no dejan tiempo para que nos metamos en el engaño y recibir de sopetón una sorpresa que nos desmonte la teoría.

Creo sinceramente que son demasiadas páginas y demasiados saltos porque al final viene a decirnos lo maravillosa que es esta vida falaz. Una vida que solo pueden llevar los que pertenecen a la clase alta. Está claro; son los únicos que salen indemnes. Los plebeyos reciben su castigo, unos más duro que otros. En fin, los personajes son bastante planos, y ya es difícil que a lo largo de 446 páginas no evolucionen. Es cierto que Arpad muestra dudas, se contradice, pero termina actuando de la misma manera. Igual ocurre con Sophie, lo mismo pasa con Greg y de forma semejante Fiera mantiene su comportamiento.

Dicker ha construido la personalidad de cada uno en base a un rasgo determinado y así nos encontramos al típico machista que no soporta ser menos que su mujer, que no soporta que sea ella la más inteligente, la más guapa, la más rica, la que brille más… Sabe que sin ella no es nada, por lo que no le importa humillarse para que, cara a la galería, sea él el cabeza de familia, rodeado de gente que lo admira y lo envidia.

Nos encontramos con la clásica niña rica que lo ha tenido todo sin esfuerzo, belleza, dinero, inteligencia, contactos… y le falta experimentar la excitación que el resto de mortales siente en su día a día para encontrar un trabajo o conseguir lo que se propone. No le importa mentir o saltarse la ley con tal de percibir una subida de adrenalina. Por supuesto, contando siempre con el apoyo familiar incondicional.

Nos encontramos con el típico hombre que ha perdido el deseo por su mujer, porque se siente atraído hacia cualquier novedad que se le presente. Sabe que lo que tiene en casa seguirá ahí para ofrecerle un hogar en el que refugiarse cuando esté cansado de probar las innovaciones sexuales que su mujer no tolera, «Greg pensó que hacía mucho tiempo que Karine no lo recibía así. […] —Me apetece hacerlo aquí —dijo sacándose unas esposas del bolsillo de atrás del pantalón».

Nada es lo que parece en Un animal salvaje, pero en realidad pocas cosas sorprenden, aun con tantos cambios, tantas las idas y vueltas. Incluso los diálogos no están a la altura de lo que nos tiene acostumbrados el autor; demasiado lenguaje coloquial.

He echado en falta la metaliteratura de El caso de Alaska Sanders. La narrativa fraccionada de Dicker es su constante, y sin embargo esta vez no he encontrado giros sorprendentes, sí hay sorpresas pero en mi opinión no de la talla de La verdad sobre el caso de Harry Quebert.

La narrativa múltiple a la que nos tiene acostumbrados ha dejado paso a un narrador omnisciente que, de manera testimonial, va contando los hechos ocurridos en diferentes espacios: Londres, Génova, Saint Tropez, y en distintas épocas.

Si en Elenigma de la habitación 622 encontré alusiones al suspense de Alfred Hitchcock, en este argumento, totalmente visual, como es usual en el autor, pueden quedar reflejadas imágenes de cualquier película pretendidamente romántica. No hallamos el sentido de la amistad que rodea sus otras novelas, hay engaño, mentira y un ambiente de falsedad con el que no nos es posible identificarnos. Un ambiente que saca lo peor del género humano: el egoísmo.

Aun así, es Joël Dicker, y espero ilusionada su próxima novela.