Páginas

martes, 25 de agosto de 2020

BLACK, BLACK, BLACK


He terminado esta novela y estoy hecha un lío. Creí, al comenzarla, que no me iba a gustar y he terminado enganchada. No sé si es novela negra, si se trata de un diario psicológico o si volvemos al perspectivismo múltiple. Creo que es una novela que a la vez son tres, porque son las partes en las que está dividida. Tres puntos de vista. Tres protagonistas principales. Tres localizaciones desde las que se resuelve un caso de asesinato que lleva parado un año.

La policía no pudo detectar al asesino de Cristina Esquivel. Sus padres están convencidos de que su marido, Yalal Huseim, la mató y envió después a la hija de ambos a Marruecos con su familia. Pero la policía no culpa a Yalal, no hay pruebas que lo incriminen, no estaba en casa cuando sucedió. Así que los padres de Cristina contratan a Arturo Zarco como detective, para que encuentre lo necesario que pueda culpar a Huseim.

Partiendo de este hecho, hubo un crimen, la novela adopta en su primera parte, El detective enamorado, el punto de vista de Zarco, quien al llegar a la casa de Yalal se queda prendado de Olmo, un chico de 19 años que vive en otro piso con su madre, Luz. El detective intuye posibilidades y comienza una relación de aproximación al joven. Zarco es consciente de que a Luz, la madre de Olmo, no le gustará la pretendida amistad.

Durante su visita al edificio, pregunta a los vecinos para descubrir que nadie sabe nada, que a nadie le gustaba Cristina Esquivel y que puede haber más de un culpable. Por la noche, el detective habla con Paula, su exmujer, a la que abandonó tras decirle que era gay, para comentarle los avances de la investigación, Y ahora nota que estoy a punto de desmoronarme no sé si a causa de lo que he vivido o por su culpa. Arturo lee el diario que le ha dejado Luz, en el que por orden del doctor Bartoldi apunta cada día lo que hace, lo que piensa y cómo se encuentra con la nueva medicación. El detective encuentra algo raro en ese diario y se lo pasa a Paula para que lo ayude a interpretarlo «—Luz me ha dado algo que quiero que leas. Tú lo harás mejor que yo porque ella y yo nos parecemos demasiado».

La segunda parte, La paciente del doctor Bartoldi, es la autorreflexión que Luz va escribiendo día a día, comentando su vida personal, su fracaso como mujer y madre, y el éxito obtenido con otros propósitos. En el diario no solo se atribuye el asesinato de Cristina sino que describe el de aquellos vecinos a los que hizo desaparecer por diferentes causas.

Pero Marta Sanz da una tercera vuelta de tuerca y en Encender la luz, le da la palabra a Paula. Ahora es ella la que, para ayudar a Zarco, se dirige al edificio y a casa de los padres de Cristina y pregunta, engarza las respuestas que obtiene a las confesiones de Luz hasta llegar a lo ocurrido verdaderamente.

Nada es lo que parece en Black, black, black, una novela en la que lo más negro es el daño que quieren hacerse Paula y Arturo, a sí mismos y al otro. Arturo no se ha perdonado ser homosexual, no ha superado que hay otra vida, que es la que le gustaría llevar, libre de los prejuicios que lo llevaron a un matrimonio convencional para, lógicamente, maltratar psicológicamente a su mujer. Paula no se ha perdonado pensar en que su marido podría cambiar al estar con ella. En realidad no ha superado el defecto físico que la ha traumatizado desde siempre. Paula es coja y, al igual que Arturo, deberá aceptarse como es para poder vivir en paz. El problema es que aunque ambos creen que tienen asumidas sus circunstancias y han podido darse una tregua para entablar cierta amistad, la relación de dependencia-odio no ha terminado, porque si lo hiciera se sentirían completamente solos «es mi manera de seguir jugando con Arturo Zarco, que es un perfecto imbécil al que también le gusta jugar conmigo».

Arturo y Paula no se han aceptado a sí mismos, por eso llenan su realidad de ficciones, de todo aquello que les gustaría vivir. Necesitan contárselo al otro para demostrarle algo que no son, que no es real aunque darían lo que fuera por experimentar sensaciones de victoria «Casi no reconozco mi propia voz. Los nervios me hacen decir tonterías para no tener que acordarme de que no sé cómo voy a salir de aquí». Los reproches entre Zarco y Paula se ven interrumpidos por el resto de habitantes del edificio. Son los que aparecen en la segunda parte, en el diario de Luz. El resentimiento de los vecinos queda de manifiesto. Luz, una mujer sensible a la que le ha tocado vivir rodeada de sufrimiento, el abandono de su marido y el padecimiento consecuente al ser consciente de los cambios en su propio cuerpo «es sarna». El dolor y la repulsión al ver el daño ocasionado a los más débiles, desde las mariposas que colecciona su hijo, hasta los propios vecinos «Quizá, ahora que los armadillos ya están aquí, tiren del hilo y encuentren a la mamá de Abú hecha jabón de Marsella en las buhardillas, y a Piedad escondida bajo la cama de Clemente». También Luz necesita un mundo nuevo, otra realidad «proyecto mi vista circundante alrededor del espacio diáfano de la casa y así me distraigo».

Marta Sanz ha dejado en el centro de la novela toda la verdad de ese mundo real, pero el lector no lo sabe, debe descifrar al terminar la lectura, con Paula, dónde se esconde la mentira, dónde la mentira pasa a ser mera ficción en el escrito, dónde reside el poder de la escritura, capaz de encontrar grandes verdades en un mundo de engaños.

La resolución del asesinato pasa a un segundo plano. Lo más importante de la novela es el ataque a un sistema que acepta y encubre la violencia. Lo más negro de Black, black, black es la impunidad del más fuerte, del más poderoso, capaz de aniquilar al débil, al que está en inferioridad de condiciones haciendo que parezca que todo es normal, que la diferencia entre seres del género humano es lógica y necesaria.

A lo mejor la solución para arreglar esta sociedad corrompida venga de la mano de Olmo, «un elfo daltónico que colecciona mariposas».

Está claro que debemos mirar a los demás desde otro punto de vista. Como ha hecho Marta Sanz con la novela negra, consiguiendo que veamos los entresijos de esta mucho más asequibles de lo que parecen.

Como ha hecho Marta Sanz con su investigador privado, Arturo Zarco, alguien desmarcado del prototipo del detective, nada duro, susceptible de desmoronarse en cualquier momento, poco inteligente y rencoroso.

Como ha tratado Marta Sanz al idolatrado diario, un escrito que puede contener más de lo que le gustaría vivir al que lo escribe que de lo que realmente ha vivido.

La autora hace que observemos el diario desde otro punto de vista, desde una perspectiva que anula las indagaciones de Antonio Zarco, que anula casi por completo al detective del asesinato.

El lector intuye que los puntos de mayor intriga, los momentos de tensión, vienen de la mano de la ficción, el resto, lo real, tiene poco de interesante, es mucho más vulgar.

lunes, 17 de agosto de 2020

EL OLOR DE LA NOCHE



¿Cómo actuaría una mente que se ha visto privada de compañía desde la infancia? ¿Cómo razonaría una persona que ha vivido con la muerte y el aislamiento? ¿Una persona cuya vida se ha limitado casi constantemente al hogar? Probablemente si se alejara de éste sentiría miedo, acaso anhelara ser útil a alguien. Quizá sentiría la soledad y casi con toda seguridad sufriría algún tipo de demencia.

Partiendo de estos supuestos, Andrea Camilleri consigue que el lector intuya un ambiente algo viciado, anormal en la claridad de Vigàta. Lo importante en El olor de la noche es la negación de la soledad y como consecuencia la negación de la propia muerte, incluso cuando tengamos que matar para evitar el abandono.

Para negar la soledad hay que temerla, «había descubierto que su soledad estaba pasando de la fuerza a la debilidad». El comisario Salvo Montalbano teme quedar atrapado en la angustia que ha sentido uno de los personajes de este caso durante toda su vida, hasta el punto que niega la realidad porque le resulta más gratificante vivir la ficción que ha instalado en su mente.

Emulando a Norberto Bobbio, Montalbano se ve entrando en la vejez, en la edad del balance. Normalmente los balances vitales están impregnados de melancolía, entendiendo la melancolía, según Bobbio, como «la conciencia de lo incumplido, de lo imperfecto, de la desproporción entre los buenos propósitos y los actos». Así pues, cuando Livia, la eterna novia del comisario, le envía un recorte de periódico, «una entrevista con un viejo filósofo que vivía en Turín […] “Cuando nos hacemos viejos cuentan más los afectos que los conceptos”», Montalbano decide dejarse llevar por un aura esotérica y seguir a su corazón y a la sensación de estar viviendo un cuento de Willian Faulkner, Una rosa para Emilia, en el que este escritor experimental trata las causas y consecuencias de la enajenación mental.

La melancolía invade a Montalbano, así que por una cuestión personal se introduce en el caso, aunque para ello Andrea Camilleri deba remontarse a la tercera entrega de esta serie, El ladrón de meriendas, en la que un niño, François, se ve huérfano por causas del terrorismo internacional, para finalmente ser adoptado por la hermana y el cuñado de Mimí Augello.

En El olor de la noche, de pronto, bastantes habitantes de la provincia de Montelusa han sido estafados por el contable Gargano, quien instaló en Vigàta La Rey Midas, una agencia en la que trabajaban Pellegrino, Michella Manganaro y Mariastella Cosentino, y su finalidad era proponer, a los habitantes más incautos, que depositaran sus ahorros para ir obteniendo altos beneficios todos los meses. Esto funcionó un tiempo hasta que Gargano desapareció con todo el dinero. Sólo quedó en la agencia Mariastella, a pesar de que nadie creyera que el contable volvería.

Montalbano había depositado ante notario una herencia que le dejó a François su madre, para que estudiara de mayor y, temiendo que el niño se quedase sin recursos, decide rastrear el paradero del estafador y la fortuna, aunque el propio notario, ofendido, confirma que no había tocado el dinero para nada. Así es como, de forma extraoficial, nuestro comisario lleva a cabo la investigación. Por supuesto, dejando pistas evidentes para que quienes llevan el caso las vayan encontrando y descubran qué pasó.

Y si ya Montalbano se saltaba las normas cada vez que consideraba oportuno, ahora, dejándose llevar por los afectos, destroza un chalé a medio construir, porque han derribado el árbol donde meditaba, bucea sin oxígeno para comprobar indicios que no han sido contrastados científicamente, pero él los supone en el coche hundido, o lleva a Mariastella a su casa tras ser atropellada, en vez de conducirla al hospital, porque en un déjà vu del cuento de Faulkner siente la necesidad de investigar la casa de la chica.

En esta entrega, el verdadero protagonista, casi único, es Montalbano, el resto, Fazio, Mimí o Catarella no son sino apoyos con los que puede comprobar sus intuiciones, o puntos de relajación a los que nos lleva el autor para distendernos mediante el humor. Livia actúa casi exclusivamente como la conciencia de Salvo; partiendo del jersey que él ha estropeado, y ella le había regalado, el comisario analiza su situación personal, intenta ocultar sus imperfecciones, teme que los fallos estropeen la relación y pretende cambiarla, hasta que su novia se le muestra llena de amor para acogerlo tal como es, para reforzar una situación estable desde la inestabilidad de la distancia, «Y lo abrazaba, desesperada y asustada».

Los nuevos personajes, como Mariastella, ayudan a crear el misterio ontológico que rodea el caso de corrupción «Un lienzo fúnebre, ligero y acre como un sepulcro, parecía cubrir todos los objetos de aquella habitación» o, como Michella, refuerzan el carácter patriarcal de la época. Para leer los casos de Montalbano hemos de situarnos en el siglo XX, cuando los deslices del hombre no eran sino consecuencia de las provocaciones de la mujer, por supuesto de la mujer guapa.

—Usted es muy astuto. Y yo he caído en su trampa. Tendría que haber permitido que siguiera adelante a ver cómo salía de este lío
—…¿Tanto te divierte provocar?
[…]
Aquella chica lo tenía todo, hasta inteligencia.

Estos nuevos personajes ayudan a que Montalbano reflexione sobre el papel de la razón en el desarrollo de la vida, la transformación que puede sufrir la naturaleza humana en una situación crítica. Partiendo de un hecho normal ficticio, la desaparición de un estafador, el profesor Tommasino le exige al comisario, y al lector, el ejercicio de pensar, de poner en marcha la capacidad interpretativa. La noche es el momento propicio para combinar diferentes realidades que después, con el día, consolidarán un sentido; en la noche no hay límites «Yo de noche camino», las formas desaparecen, de ahí que el profesor Tommasino recomiende no ver las cosas tal cual se nos muestran sino analizarlas desde nuestro interior, solo así podremos notar los cambios, «Según la hora, la noche cambia de olor».

jueves, 13 de agosto de 2020

EL ENIGMA DE LA HABITACIÓN 622


He terminado la novela y no he podido resistir la tentación de releer determinados episodios. En realidad empecé de nuevo por el Prólogo pero comprendí que, si me dejaba llevar, podría llegar de nuevo hasta el final. Probablemente lo haga, pero en otro momento; es un gozo, sabiendo lo que sabemos al terminar, leer todos los sucesos que presentaban un enigma, o no, y descubrir la grandeza de la trama y la ironía de los diálogos que aunque se manifestaba en la primera lectura, en la segunda aparece como toda una declaración de intenciones.

En principio, El enigma de la habitación 622 parece contener un argumento simple, el editor de Joël Dicker, Bernard de Fallois, fallece a los 91 años; la pena del escritor se agranda por una pelea que tiene con su novia Sloane, lo que provoca que él vaya a pasar unos días de descanso a un hotel de los Alpes suizos, el Palace de Verbier. Cuando lo hospedan en la habitación 623 se da cuenta de que no existe la 622. Scarlett Leonas, que conoce de oídas a Dicker, también está hospedada en esa planta y deciden investigar un asesinato que ocurrió tiempo atrás en la habitación fantasma.

Nada es lo que parece. No hay simplicidad en el argumento que se va expandiendo como una tela de araña para acoger a cuatro, cinco tramas diferentes, o más. En el fondo El enigma de la habitación 622 es un homenaje al editor Bernard de Fallois, todo gira en torno a él, no solo el capítulo 20; la erudición de la que hacía gala este editor aparece en el personaje de Lev Levovitch, la pasión por los payasos se deja intuir en el personaje, casi infantil, Macaire Ebezner, la pasión por Proust se encuentra en el simbolismo que suponen personajes como Tarnogol y, por supuesto, en las digresiones de la novela, portadoras de la memoria involuntaria, que nos llevan al convencimiento del poder que el paso del tiempo ejerce sobre las personas; precisamente esta marcha inevitable consigue que entendamos a los demás desde una perspectiva diferente. Asimismo de Fallois era, según nos enteramos en la novela, un apasionado del cine «Le hablé de lo erudito que era. Le hablé de su pasión por los payasos. Le hablé de su pasión por el cine. Le hablé de su pasión por Proust». Y, por supuesto, El enigma de la habitación 622 aparece como una extraordinaria película del mago del suspense, Alfred Hitchcock.

Así pues, este argumento simple del que hablábamos va creando uno de los mayores suspenses posibles a base de recursos narrativos que se reformulan en visuales, porque Joël Dicker tiene la capacidad de expresarse por medio de imágenes que se subordinan al impacto dramático, con lo que construye el suspense, de hecho, toda la novela es un espectáculo dirigido a un público entregado desde la primera página.

Sagamore no entendía nada […]
—Puede marcharse.
—¿De verdad? —Dijo Macaire, extrañado, al tiempo que se ponía de pie.
–He hablado por teléfono con la pareja de jubilados a la que asesinó salvajemente. Están muy bien de salud. Le mandan recuerdos, por cierto.
[…]
Hasta que de pronto, se le iluminó la mente.
Se quedó de una pieza.
Acababa de entenderlo todo.

La incertidumbre, de personajes y lectores, es constante. Recibimos la información poco a poco, pero de forma constante. La tensión viene de lugares insospechados, y de personajes más insospechados aún, que además aportan pistas falsas falsamente evidentes, de forma que siempre vamos a sospechar de quien no es culpable; no sabemos si está jugando o no con nosotros. Ningún personaje es lo que parece. Da igual que sea principal o secundario, protagonista o antagonista. A veces nos encontramos con alguno anecdótico que despierta las sospechas de otro personaje principal, creando en el lector una sensación de indefensión tal que termina sospechando de todos. La focalización cambia constantemente para que solo veamos a través de los ojos que le interesan al autor, dando como resultado que quedemos contagiados de las preocupaciones de un personaje determinado. A veces, cuando creemos que el problema está solucionado y la historia avanzará sin sorpresas, aparece un hecho fortuito (una intoxicación en masa, otro personaje inesperado, unas instrucciones desconocidas...) que arruina el hilo argumental y da la vuelta a la historia, tantas veces como quiera Dicker, con lo que impide que algunos personajes lleven a cabo sus objetivos,

Odiaba cenar sola. Odiaba estar sola. Sacó el teléfono del bolso y estuvo un buen rato sin llamar a Lev.
[…]
—…¿Cómo se encuentra?
—Bien, Alfred —contestó Anastasia, turbada.
Se subió al asiento de atrás sin pararse a pensarlo […] le preguntó
—¿Cómo se las apaña Lev?

Los momentos de tensión se acentúan, paradójicamente, con secuencias de contraste humorístico (que resultan hilarantes al releer la novela). El registro ligero utilizado puede introducir detalles irónicos que intensifican los momentos cruciales. El suspense de este mago de la literatura no consiste en que aparezca en el lector alguna pregunta de vez en cuando, sino en la cantidad de información que este recibe, tanta que es necesario, a veces, parar de leer para que las acciones tomen forma en nuestra mente, para ordenar épocas, lugares, personajes. Sabemos de antemano que hay un asesinato, que hay una intoxicación, que hay una pérdida de acciones, pero no conocemos el porqué.

Los diferentes puntos de vista aportan intriga. Dicker no duda en subvertir el orden cronológico, en intercalar datos en un relato que percibiremos como incoherencias, capaces de contener la propia incoherencia del espíritu humano, la indisciplina mental de algunos personajes que por falta de decisión, como Anastasia, se ven abocados al sufrimiento, o el pensamiento turbio de otros que por ineptitud, como Macaire, se ven consagrados a la envidia.

Una de las técnicas utilizadas, con un resultado sorprendente, es investigar el asesinato sustituyendo lo observado por lo oído, de manera que la ironía queda renovada con la parodia en más de una ocasión y la descripción de algunos personajes, como Tarnogol o Kazan, se ve reemplazada por el simbolismo.

Otra técnica interesante es dejar pistas para que el lector avezado las asocie con satisfacción, hasta que al pasar la página se derrumban sus conclusiones.

Las expresiones son a veces casi infantiles, esto ayuda a relajar al lector y consigue que luego permanezca en su mente la situación inesperada, los gestos de los personajes que se agolpan como si los viese en una película.

Contrasta la localización espaciotemporal tan exacta en algunos momentos «A, principios de verano de 2018, cuando acudí al Palace de Verbier», ante la indefinición de otros sucesos. No sabemos el año del asesinato, sí el día, incluso la hora. Esta técnica acrecienta el suspense, como también lo hace el intercalar historias que podrían funcionar por separado:

Empezamos con la historia de amor, actual, entre Joël y Sloane. Historia que termina el 22 de junio para dar paso a otra  el 23. Una trama que Joël lleva a cabo con Scarlett, otra huésped del hotel Palace de Verbier. Entre los dos investigan un asesinato que ocurrió allí, mientras van detallando el proceso de la escritura.

De la historia del asesinato se deriva la trama ocurrida en el Banco Ebezner, donde aparece el análisis crítico de una sociedad moderna. Las intrigas de banqueros y altos cargos, la falta de escrúpulos para conseguir cualquier deseo. De aquí deriva el matrimonio entre Anastasia y Macaire Ebezner, pero este realismo social se diluye en la novela romántica protagonizada por Lev Levovitch y Anastasia, capaces de crear una fantasía en la que vivir y donde quedan retratados sus sentimientos más profundos. El realismo psicológico se expone también en los personajes que interactúan con ellos. La ambición de Olga y la presión que ejerce sobre sus hijas para que asciendan en la sociedad a costa de lo que sea, contrasta con la presión que Sol ejerce sobre su hijo para que se mantenga en sus raíces.

También por separado podría funcionar la vida de Levovitch, su infancia, su relación con su padre, sus acercamientos al Banco Ebezner hasta desembocar en el triángulo de intrigas, celos y amor que protagoniza junto a Macaire y Anastasia.

En un giro inesperado estas historias toman cuerpo, a través de la metaliteratura, en una trama nueva en la que Joël Dicker, como hiciera Unamuno con su nivola, habla con sus personajes para quedar todos integrados en El enigma de la habitación 622. Magistral.

Entre los recursos de estilo predomina el humor, desde la exposición de engaños casi infantiles hasta la mezcla de recuerdos con la realidad «lo vio encima de ella, besándola, susurrándole: ¿Un poquito más de zumo de naranja, señorita? Ay, no, vaya, eso lo decía Arma, que venía a molestar».

Las situaciones pueden dar un vuelco tras un diálogo intrascendente, consiguiendo dejar más intrigado al lector. Otras veces la intriga viene del propio narrador que pregunta de forma retórica para contestar humorísticamente él mismo «Deseaba ver a la dueña de ese carmín y abrazarla muy fuerte. ¿Dónde estaba? Estaba en el armario empotrado, allí mismo…».

Además del humor y referencias metaliterarias, encontramos asociaciones con otro tipo de literatura en las alusiones al cuento de la lechera «La policía iría volando a trincarlo […] Igual hasta le cargaban el asesinato […] Levovitch con una cadena perpetua y Anastasia, ahora sola, arrastrándose de vuelta», o a la tragedia de Otelho «el pañuelo bordado con el nombre de Sinior Tarnogol, que Macaire le robó aquella noche». Y si esto no es suficiente, a veces los personajes escenifican lo que dice el narrador, de manera que ambas voces interactúan aportando un tinte dramático a la novela hasta conseguir que el lector se sienta como ante una pantalla por la que van pasando estos personajes «Anastasia llegó al Palace […] Llamó a las puertas pero ninguna se abrió. Gritó desesperadamente “¡Lev! ¡Lev!” pero solo le respondió el silencio».

El recuerdo de Bernard, su pasión por el cine, se trasluce incluso en el nombre de los personajes. El chófer de Levovitch es Alfred. Lev es el “Conde Romanov” que además está enamorado de Anastasia (hija superviviente de la matanza perpetrada contra la familia real rusa en 1918, llevado a la gran pantalla en varias ocasiones). El psicoanalista Kazan nos recuerda, irónicamente, al director de películas de calado social que reflejó la crisis de identidad en El compromiso.

Y, por supuesto, como Hitchcock venía haciendo en sus películas para desviar la atención y quitar tensión al suspense, también Joël Dicker tiene algún cameo en la novela.

De repente, interrumpo mi novela. Solo en mi habitación, en el sosiego de la noche, pienso en Ginebra […] Que acogió a los míos y nos dio una patria

Y, por supuesto, como ocurría con Hitchcock, esto no hace sino que leamos con más interés porque queremos saber más hasta que, por fin, llegamos a la última página, respiramos y no podemos dejar de rendir un homenaje tremendo a este monstruo de la narrativa, a este nuevo Fénix de los ingenios. Y volvemos atrás, y releemos, y disfrutamos casi tanto como tuvo que hacerlo Dicker mientras escribía la novela. Creo que el homenaje a Fallois está presente en cada línea. Si el editor pudiera leerla estaría orgulloso no solo del autor sino de él mismo, porque creyó en Dicker desde el primer momento.

sábado, 1 de agosto de 2020

CUANDO LA VIDA TE ALCANCE



He terminado un libro que he seguido con interés creciente, es decir, conforme avanzaba en su lectura, esta se hacía más interesante, probablemente porque la trama no se expone de forma lineal sino por puntos de interés.

La novela comienza in medias res. Estamos en el año 2000. La narradora, en tercera persona, nos introduce en un momento clave de la vida de Helena Sabater «mientras pensaba dónde comenzó todo, dónde se había roto esa relación con su madre» y después nos lleva hacia atrás o hacia delante en el tiempo, hasta que somos capaces de construir la vida de la protagonista. Y entenderla. ¿Por qué hablo de narradora? No lo sé, pero en la novela se impone la voz de la mujer, una voz que pide ayuda desde el principio porque teme lo peor, morir por dentro mientras el cuerpo sigue con vida. Esta narradora, abandona en alguna ocasión la tercera persona para hacerse eco, en una segunda totalmente íntima, del pensamiento de Helena, el
que constantemente la martiriza y calma a la vez, «Se dejaba llevar mientras en su cabeza martilleaba un único mensaje: con lo que él hace por ti… Después de todo, aunque no te diga que te quiere, siempre acaba por hacerte el amor».

La protagonista no se dirige en primera persona a los lectores y sin embargo nos habla. La autora no se introduce en ningún momento en la novela aunque podamos seguir su rastro a lo largo de la narración. La presencia de Helena cuenta sobre el alma de Rosa. Al menos es lo que yo he sentido cuando, al llegar a un final demoledor, asistimos a unas expectativas totalmente esperanzadoras para la protagonista. Y descubrimos, al seguir leyendo, el optimismo vital, la fuerza que Rosa Sanmartín ha dejado en su historia.

Asimismo los diálogos constituyen una eficaz estrategia mediante la cual la voz de la narradora desaparece para que hablen directamente los personajes. El intimismo de Cuando la vida te alcance aflora en estos diálogos, normalmente entre dos interlocutores. Helena y Carlos introducen en sus conversaciones algunas circunstancias clave para entender las acciones que llevan a cabo otros personajes. Conocemos y comprendemos a Fifín según hablan sus hijos. La espontaneidad que marca las charlas entre Helena y María revela las sensaciones de impotencia e invisibilidad que atormentan a las lesbianas. Y en las palabras que David le dirige a Helena sabemos que la relación no tendrá nada que ver con aquella tan tóxica por la que pasó con Andrés.

Cuando la vida te alcance es, a pesar de la dureza que encierra, una novela bella. Desde el primer momento surge una complicidad entre autora y lectora (continúo hablando en femenino porque las experiencias de sus personajes son el reflejo de una clase oprimida). La narración es el testimonio de la lucha contra el silencio y contra determinados patrones que aún hoy impone la sociedad. Por razones de sexo la mujer siente que ha sido oprimida desde la infancia, debe demostrar que es superior en todos los aspectos si quiere tener las mismas oportunidades que el hombre. «…mientras su jefe se limitaba a pasar por la oficina a recoger los cheques que ella iba peleando día tras día».

Miramos a Helena, miramos a María y vemos, como en un espejo, la frustración, el encierro que la tradición social y familiar ha supuesto para la mujer, sentimos la asfixia, la necesidad de salir para poder respirar sin dificultad.

También la protagonista se adentra en su conciencia al mirar la fotografía familiar de la boda de su hermano, «esa chica, con traje de chaqueta beige y pelo recogido, lloraba por dentro». La foto le devuelve su imagen destrozada, carente de autoestima que, sin embargo, reclamaba la presencia de aquél que la había castigado, nuevamente, con su ausencia «Echó de menos a Andrés», sin darse cuenta de que lo que realmente pedía era no sentirse sola.

Helena Sabater ha disfrutado de una infancia feliz, ha gozado del cariño y la complicidad de su hermano, del cariño y la libertad que le permitían sus abuelos, del cariño y la protección de su hogar. Cuando decide llevar a cabo sus sueños ve como esa protección se transforma en coacción. La falta de comunicación familiar será el detonante para que ella busque la libertad fuera de casa. No quiere repetir el patrón seguido por su madre y por tantas mujeres que dejan «su trabajo para dedicarse a la casa y al cuidado de su hijo». Y cae en las redes sibilinas de Andrés, que la atrapa y la rompe en mil pedazos hasta conseguir que abandone a su familia, a sus amigos y a ella misma.

El machismo de Andrés se va alojando en el subconsciente de Helena. Desde el principio está implícito en todos los momentos de su relación. La manera de pensar, sentir y actuar de Andrés consigue el pensamiento, el sentimiento y la actuación de Helena. Ella deja de ser persona para ocupar el lugar de una marioneta vulnerable. Ambas identidades, la de Andrés y la de Helena, se van forjando a ojos del lector, que ve en el maltratador a un acomplejado, alguien que se considera inferior aunque nunca lo reconozca, alguien que necesita demostrar una falsa supremacía, manipula a la mujer para que se sienta culpable y agradecida de contar con su protección, por eso sus técnicas venenosas están disfrazadas de paternalismo.

A punto de ser anulada del todo, Helena reacciona y aun contando con la oposición familiar, abandona a Andrés aunque esto conlleve abandonarlo todo «Fifín estuvo encantada de que su hija, aunque fuera con otro filósofo, saliera con alguien que la cuidara tanto»

Helena se siente confusa ante la actitud de Andrés, el lenguaje que emplea con ella es más duro, incluso violento, algunas reacciones le resultan incomprensibles, pero él sabe muy bien lo que sucederá después, está seguro de las respuestas que va a obtener y sabe bien cómo vengarse sin que lo parezca. Porque Andrés es el retrato perfecto del maltratador, posesivo, inútil, acomplejado y cobarde. Pero todo tiene un límite que no queremos cruzar, por miedo o por valoración personal, y cuando Helena se da cuenta de que su vida peligra se aleja de todo, buscando en el Pirineo su propia independencia, no es consciente de que en ese momento su identidad no le pertenece, es la que ha querido forjarle Andrés. Sin autonomía no podrá sobrevivir sola. El espacio inclemente, el clima extremo son metáforas de su circunstancia personal en la que la busca de la personalidad, de la madurez, se convierte en algo imposible si no es con ayuda. Y la tiene. Tara y María se encargarán, desde dos posiciones diferentes, de conseguir que Helena vaya saliendo a la superficie. Cuando se da cuenta de que está preparada para caminar sola, cuando por fin la ha alcanzado la vida sabrá en qué consiste, momentos duros, terribles que podrán superarse mediante la comunicación hasta que queden ocultos por el amor.

Los temas que aparecen en Cuando la vida te alcance son universales, el amor, la amistad, la condición de la mujer, la violencia de sexo han sido tratados desde el comienzo de la literatura. Sin embargo Rosa Sanmartín consigue, con su estilo sencillo, directo, que pertenezcan al ámbito privado. Y el lector va descubriendo, tras cada página, la grandeza de lo cotidiano.

Cuando la vida nos alcance hemos de estar preparados. Es un proceso, largo, de construcción de la personalidad, que se lleva a cabo a través de la palabra. Cada vez que hablamos, con sinceridad, construimos parte de un camino que nos llevará a la verdad de nosotros mismos.

La palabra es un instrumento que le sirve a Rosa Sanmartín para hurgar en nuestro interior. Helena lo utiliza para profundizar en ella misma hasta que encuentra su propia identidad.

Ambas rompen con los mitos y los estereotipos haciendo oír la voz de las discriminadas.