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sábado, 7 de octubre de 2023

CUENTOS FRANCESES

La editorial Gadir tiene una joya en formato pequeño y Babelio me la ha regalado en su última Masa Crítica. Gracias. Muchísimas gracias. He saboreado cada uno de los Cuentos franceses que componen este libro. Son cuentos del siglo XIX, tan lejano ya, escritos por seis de las mejores plumas de la historia. En ningún momento tenemos la impresión de estar leyendo algo anticuado; es lo que tienen los genios, que son universales. Y eso que, en su mayoría, forman parte de la corriente realista, pero cada uno tiene sus peculiaridades. La editorial decidido abrir el volumen El arca y el fantasma, de Henry Beyle, Stendhal, nacido en 1783.

En el cuento se observan ya las características que van a marcar a los protagonistas de sus novelas: el héroe moderno, aislado en la sociedad, aparece en la figura de don Fernando que, enamorado de Inés, debe soportar ser encarcelado porque don Blas, el terrible jefe de policía, se encapricha de ella y soborna a su padre para obtenerla en matrimonio. El policía le propone que liberará a D. Fernando si este se va a Mallorca. Tras estar allí dos años vuelve a Granada y los enamorados burlan los celos de D. Blas aprovechando un baúl y la ayuda de Sancha, la amiga de Inés. El ingenio de la mujer es manifiesto; son capaces de mezclar el asunto de la pareja con una riña callejera «Sancha dijo con medias palabras que, nada más llevar Zaga a su casa el arca con sus géneros, había entrado en su cuarto un hombre todo ensangrentado y con un puñal en la mano». Además del ingenio, en la mujer encontramos el uso de la razón, fundamental para salir de las dificultades, pero Inés sabe que su condición está marcada por el determinismo y se lo hace saber a Fernando, «tengo el presentimiento de que nuestra vida no será larga», por lo que ambos ponen en práctica sus ideas avanzadas en el amor. Sin embargo un final sorprendente deja al lector sobrecogido tras leer la historia con gran incertidumbre.

Como su nombre indica, El caballero doble hace gala de inquietante fantasía. Théophile Gautier, nacido en 1811, convierte el principio de su cuento en una descripción lírica de la dama Edwige, enamorada que recuerda, con las interrogaciones retóricas del narrador, a la princesa que Rubén Darío plasmó en su Sonatina «¿Qué es lo que tanto entristece a la rubia Edwige? ¿Qué hace ahí, sentada, sola, con la barbilla apoyada en la mano y el codo en la rodilla…». No cabe duda de que Gautier fue un precursor del Modernismo. Con El caballero doble encontramos una prosa llena de encanto y sensibilidad cargada de léxico romántico «ángel caído», «languidez pérfida». Asimismo otras características románticas van apareciendo en el relato: el epíteto épico «el hijo moreno y rubio de Edwige la triste», la presencia de la muerte «Sobre su tumba hay una estatua tumbada…», el color negro «un ojo de azabache iluminado», el ambiente tenebroso marcado por la condición de los personajes, «Una niebla producida por su sudor y respiración, le envuelve y le persigue». Y no faltan, además, los recuerdos al padre del cuento de terror: «un cuervo negro brillante, con destellos de azabache, posado sobre su hombro». El estilo es depurado, preciso; del que se vale el autor para destacar la ironía de la situación engañosa a la que Edwige somete a su marido. Una circunstancia que acarrea toda una confusión no solo para los padres sino para el niño nacido: «El pequeño conde Oluf tiene una estrella doble».

Gautier se vale de Oluf para destacar la lucha librada cuando alguien arrastra una doble personalidad, de forma que la lírica del comienzo se va doblando en una prosa oscura llena de terror. En El caballero doble distinguimos el conflicto que surge en el hombre cuando se debate entre el bien y el mal.

En Tamango aparece el historiador que, ante todo, fue Prosper Mérimée. Con gran ironía, rayando en ocasiones el sarcasmo, ataca a la sociedad del siglo XIX capaz de tratar a personas peor incluso que a los animales. Mérimée denuncia el comercio de esclavos y los abusos cometidos especialmente con los negros. «Estos aparecieron formando una larga fila, con el cuerpo encorvado por el cansancio y el terror, llevando cada uno en el cuello una larga horca de más de seis pies, con las dos puntas unidas en la nuca por una barra de madera».

La denuncia queda más evidente por la forma de narrar, con fórmulas propias del realismo que dan la impresión de estar contando una crónica más que un relato imaginativo; para ello, el narrador a veces se muestra indeciso, no es omnisciente, no lo sabe todo, es un testigo omnipresente que a veces utiliza el humor, otras la ironía y otras la realidad descarnada para relatar los hechos. Con la primera persona del plural introduce al lector en la narración, lo hace partícipe de lo sucedido «En medio de aquellos hombres desesperados, imaginemos a las mujeres y los niños gritando de miedo». El anticlericalismo es evidente, «invocaban a sus fetiches y a los de los blancos». El estilo de Mérimée, vigoroso, adopta en Tamango un tono violento con el que desmonta cualquier atisbo de afectividad humana. Una historia con tanta fuerza que no nos extraña que fuera llevada al cine para contar la historia de la venta de esclavos.

Bibliomanía, de Gustave Flaubert, nos adentra en el mundo de los libros. Hasta dónde puede llegar nuestra pasión por ellos. En este caso Flaubert confiere al libro, el objeto, el verdadero protagonismo, pues el coleccionista apenas sabía leer, no le interesaba su contenido, «amaba su olor, su forma, su título […] su vieja fecha ilegible, las letras góticas, curiosas y extrañas, los densos dorados que recargaban sus dibujos…».

En Bibliomanía, la realidad contiene la belleza de lo irreal, esto le aporta cierta resonancia romántica al reflexionar sobre los peligros de las obsesiones y adicciones «Era ese: el Misterio de San Miguel […] Saltó por los agujeros, volaba por las llamas, pero no halló la escalera que había llevado hasta el muro […] Se le empezaba a quemar la ropa…». La trama está basada en la historia real de un librero convertido en asesino. Además, las referencias a Dante, añaden misterio y realismo al argumento: «»un hombre que reía amargamente con la risa de los condenados de Dante», y por supuesto, la mención a Hoffmann, unida al entorno calificador del personaje y las constantes oraciones adversativas que terminan en una conclusión nefasta, mantienen rasgos románticos que acentúan la locura del personaje «seres satánicos y extraños a los que Hoffmann desenterraba en sus sueños. […] Era alto […] pero iba encorvado […] su cabello era largo pero blanco […] fisonomía pálida, triste, fea e incluso insignificante».

Con una prosa diáfana y concisa consigue cierta exactitud y musicalidad en la lectura. Las enumeraciones de graduación ascendente y las repeticiones ejemplificadoras definen a la perfección la condición humana que marca, como no podía ser de otra manera, un final espectacular.

La jornada de un periodista americano en 2889 señala los comienzos de la ciencia ficción a pesar de que su autor, Jules Verne afirmase estar más interesado en la ciencia y en lo que en años venideros podía llegar a ocurrir. El caso es que acierta casi con todo lo que aparece en este cuento; no cabe duda de que estaba al tanto de innovaciones científicas y tecnológicas; sus predicciones de «casas de trescientos metros de alto, con la temperatura siempre igual, con el cielo surcado por miles de aerocoches», sobre «energía que proviene de cualquier fuente», sobre el control de la natalidad en China, sobre técnicas de alimentación, sobre la preponderancia de la inteligencia artificial y los avances de la robótica o sobre la criogénesis son asombrosas, y el humor con el que lo afronta todo no resta ni un ápice a su inteligencia y visión de futuro «—¡Nada, no, señor! —respondió Francis Bennett— ¡Les queda Gibraltar!».

Y, por último, la crítica a la burguesía la encontramos en El paraíso de los gatos, una fábula de Émile Zola que le sirve para reflexionar sobre qué es mejor, la seguridad de una vida tediosa o la incertidumbre de la libertad para perseguir los ideales. Además este cuentecillo es una metáfora de la naturaleza del hombre, determinada según el medio y las circunstancias en los que se desarrolla. «Me acordé con amargura de mi triple colcha y mi almohadón de plumas».




Seis autores esenciales de la literatura francesa y universal. Un libro imprescindible de la editorial Gadir.

miércoles, 4 de abril de 2018

LAS ARTES Y EL ARTESANO



Hablar de Oscar Wilde es hablar de El retrato de Dorian Gray, novela de gran éxito en la última década de la literatura decimonónica en la que, probablemente basada en el Fausto de Goethe, destaca la obsesión del hombre por la belleza, por la juventud, por la armonía y por vivir bien, en plena libertad, pero también hay una auténtica reflexión del peligro que entraña todo esto.

Ésta fue la única novela del escritor, grandiosa, perfecta, llevada incluso al cine pero, sin duda, Wilde destacó como dramaturgo; en La importancia de llamarse Ernesto hizo reír a toda Inglaterra, con los equívocos (empezando porque Earnest significa también “serio” en inglés) y los sutiles diálogos de un agudo retrato de la sociedad inglesa.

Asimismo nuestro irlandés ejerció como cuentista de una sensibilidad exquisita, sensibilidad que no le impidió (o quizá precisamente por eso) criticar a toda una sociedad acaudalada que dominaba la época; al leer El príncipe feliz tenemos la impresión de estar ante un presagio de lo que le ocurriría al autor pues él, de familia culta y acomodada de Dublín, terminó en la miseria por diferentes causas, aunque el escándalo de su bisexualidad fue algo que no le perdonó la sociedad y por lo que se le encarceló durante dos años, destinado a trabajos forzados y, lo peor, separado de su mujer quien cambió a sus hijos el apellido para que no los relacionaran con él; sin embargo hasta el final de sus días, como El príncipe feliz, les estuvo pasando dinero para su manutención. Pocas mujeres recibirán de su marido poemas en los que el sentimiento de hacerles el bien esté tan reflejado como el que escribió A mi mujer, del que podemos destacar

Pues si de estos pétalos caídos
uno te pareciera bello,
irá el amor por el aire
hasta detenerse en tu cabello.

Y cuando el viento y el invierno endurezcan
toda la tierra sin amor
dirá un susurro algo del jardín
y tú lo entenderás

Poeta, novelista, dramaturgo, periodista y, ensayista; de esta última faceta es de la que me gustaría comentar un librito sobre las artes. Libro compuesto de breves ensayos sobre arte que aún hoy continúan en plena vigencia, porque el arte es algo ligado a la vida, y nadie mejor que Oscar Wilde para hablar de ella, pues a pesar de morir a los 46 años, incomprendido por muchos, admirado por otros tantos, adquirió de todos una total “experiencia”, «nombre que damos a nuestras equivocaciones».

El libro Las artes y el artesano es un tratado sobre el buen gusto, algo presente, o que debería estarlo, en todo lo que nos rodea, pues «Todas las cosas son bellas o feas, y la utilidad siempre se encontrará en el lado de las cosas bellas».

Esta filosofía de la existencia me parece increíble, fantástica, pues según ella, cualquier profesión, cualquier oficio puede estar dotado de belleza y nosotros, los hombres, estamos obligados a crearla ¿cómo? «Génova fue construida por sus negociantes, Florencia por sus banqueros y Venecia, la más preciosa de todas, por sus nobles y honestos mercaderes».

Estamos obligados a crear belleza porque «No queremos que el rico posea cosas más bellas sino que el pobre cree cosas más bellas» para dejar de serlo; esto es cierto, cuando alguien hace su trabajo con pasión, ya sea descargar cajas en el muelle, reponer en un supermercado, atender al público, administrar un medicamento o inventarlo, intentar formar personas morales o conseguirlo… Cuando alguien trabaja con afecto hacia lo que realiza consigue en quienes lo vemos lo mismo que un pintor al exponer su obra, un músico al tocar ante su público, un escritor al permitirnos leer su obra, o un cineasta al entretenernos. Consigue despertar en nosotros un sentimiento de admiración pues vemos en sus movimientos la elegancia que conlleva cualquier acción ejecutada con entusiasmo y nobleza. Hay unidad en todas las artes porque todas constituyen «distintas expresiones del pensamiento y emociones humanas ante las cosas bellas, trasmitidas a través de modos visibles o audibles».

En realidad para Wilde sólo hace falta una cualidad: tener naturaleza receptiva para reconocer un estilo y una verdad cuando nos son mostrados. Desde este punto de vista la unidad de las artes reside en el hecho de que «todas portan el mismo mensaje y hablan el mismo lenguaje con diferentes lenguas».

No debemos contentarnos con reproducir a la naturaleza, el arte no es una repetición sino una “re-creación”. Tampoco deberíamos contentarnos con distinguir entre lo útil y lo bello puesto que, siempre que se conecte al sentimiento, veremos belleza en lo útil; la belleza «tiene un valor ético y un efecto espiritual “Haciendo buenos trabajos elevamos la vida a un plano superior”». De esto se trata, de no conformarnos con un mundo mediocre poblado de gente mediocre que realiza trabajos mediocres. Hay que poner el alma en lo que hacemos para poder expresar nuestro júbilo, nuestro temperamento, nuestra personalidad, nuestra propia belleza, porque los demás, al igual que nosotros, no ven sólo con los ojos, «El sentimiento y el pensamiento son parte de la mirada». Para estar rodeados de belleza hemos de huir de labores monótonas y mecánicas realizadas en entornos aburridos y estos aparecen «cuando las ciudades y la naturaleza se sacrifican a la codicia comercial, cuando lo ordinario es el dios de la vida».

Todos, hasta los acróbatas o los gimnastas necesitan de un «cálculo matemático de curvas y distancias […] del conocimiento científico del equilibrio de fuerzas y de un perfecto entrenamiento físico» para ofrecer un bello espectáculo.

El autor se adelantó a su tiempo en todo, incluso en la moda, abominaba del corsé, del verdugado, el miriñaque, el alza bustos, porque no sólo coartaba la libertad de movimientos y salubridad en la mujer sino que, por eso mismo, eliminaba la gracia en el andar; deberíamos una vez más, aprender de los griegos y «colgar todas las prendas de los hombros y confiar la belleza al efecto […] del exquisito juego de luces y líneas que se consiguen gracias a la ondulación de los pliegues». Óscar Wilde en ningún momento quiere retroceder en el tiempo sino aunar la gracia clásica con la realidad de cada momento. Si lo pensamos bien no iba desencaminado viendo cómo ha evolucionado la moda… En fin, todo, «Las artes [como las ciencias] están hechas para la vida y no la vida para las artes».

Al leer Las artes y el artesano llegamos a la conclusión de que la belleza está en cualquier disciplina pues la esencia del arte está en la aceptación de los hechos de la vida.