miércoles, 30 de diciembre de 2020

FELIZ 2021

 

Se va 2020, un año aciago que se ha llevado con él muchas vidas en todo el planeta. Pero como quiero comenzar el nuevo año con optimismo, me gustaría resaltar lo mejor del que termina, y esto ha sido un grupo de escritores que han engrandecido el blog Aurisecular con libros como

La rana verde
Piel de hojalata
El nudo perenne
La última canción de primavera
Gatitos
Cuerpos descosidos
La prodigiosa fuga de Cesia
Cuando la vida te alcance
Confidencias de un apestado
Donde el perdón no llega

Aunque a muchos de ellos no los conozco personalmente, ya los considero amigos y espero seguir leyendo sus obras muchos años.

Junto a ellos tengo que resaltar al bloguero, que maneja con brazo fuerte y pulso firme la fragua de Hefesto, David Morales, que ha sido mi guía a través del mundillo de Instagram, y gracias al que he conocido a muchos de estos escritores.

A ellos muchas gracias, y a todos los lectores un feliz año cargado de salud, paz y buenos libros.




sábado, 26 de diciembre de 2020

VALOR SEGURO

Nos encontramos en Chicago, lugar donde la mafia campa a sus anchas y la corrupción salpica con demasiada facilidad a la policía, a los banqueros, a las compañías de seguros y, por supuesto, a los sindicatos, «huele tan mal tu negocio que si quieres cubrirte las espaldas tendrás que matar a todo Chicago». Mala época, los 80. Y mal lugar para velar por los trabajadores. En realidad el sueño americano se ha convertido demasiadas veces en pesadilla y esta es una de ellas.

Parece que los dirigentes sindicales se encuentran en un callejón sin salida; por un lado han visto la posibilidad de enriquecerse si se avienen a participar en la corrupción que ensucia a las compañías de seguros, por otro, si se dejan llevar por lo que les dicta la moral, la mafia se encargará de hacerlos cambiar de opinión; banqueros, policías, delegados y agentes actúan en connivencia, amparados por la camorra. El problema es que esta organización criminal no puede sentirse amenazada pues a la menor sospecha elimina, sin demasiadas confirmaciones, a todo el que intente abandonar el negocio.

V.I. Warshawski es contratada por el padre de la novia de Peter Thayer, hijo de un banquero, para localizarla pues hace días que no sabe de ella. Pero nuestra detective sospecha que algo no cuadra e investiga hasta encontrar al chico muerto. El caso se complica con la muerte del propio banquero, así que Vic se pone en marcha para descubrir toda la trama fraudulenta que llevaban a cabo entre los agentes de una compañía de seguros y los representantes de los trabajadores. Una conspiración interesante, basada en la realidad, que Sara Paretsky utiliza para sacar a la luz la corrupción social. No hay grandes sorpresas con Vic Warshawski. Tampoco asistimos a escenas demasiado truculentas, pero es una digna sucesora del detective privado Philip Marlowe; como él hace gala de una observación incansable y un pesimismo constante ante la sociedad corrupta en la que se desenvuelve. Una sociedad donde no tiene cabida la ingenuidad y aquellos que la conservan aprenden rápido a punta de pistola.

Afortunadamente para nuestra detective, en Valor seguro los malos son muy malos pero algo torpes, por lo que Vic juega con ventaja «¡Maldita sea! […] ¡Sois unos imbéciles y unos incompetentes!», y cuando no la tiene sabe sacar partido de lo que ha investigado, de forma que es cuestión de tiempo el que pueda desembarazarse de aquellos que la amenazan estando ella desarmada. Y afortunadamente tiene la enorme suerte de rodearse de buenas amistades, sobre todo mujeres solventes y listas que entienden sus deseos con solo mirarlas «Jill me sonrió con disimulo. Había captado el mensaje»

Warshawski es una detective pionera que no defrauda; como sus homólogos masculinos es bebedora, en su caso de whisky, es fuerte, ágil y a pesar de no tenerle miedo al dolor, utiliza la violencia en casos estrictamente necesarios. Prefiere hacer frente a su temeridad ironizando hábilmente con la palabra, burlándose de quien la tiene acorralada para intentar ayudar al inocente, sin pensar que ella misma puede acabar destrozada «¿Por qué crees que lleva una pistola? Porque no se le levanta, nunca se le ha levantado, y se conforma con llevar un enorme pene en la mano».

Lo que verdaderamente cuenta en el estilo de Sara Paretsky es el empleo del lenguaje. Con un ritmo trepidante narra los pasos de una detective que no habiendo quedado satisfecha con el sistema al ejercer la abogacía, sale de él para dedicarse en cuerpo y alma a combatir el crimen como detective privada. Los abogados de oficio no funcionan en Estados Unidos. Tampoco la policía es una apuesta segura siempre. Los bancos y las empresas privadas favorecen a los poderosos. El sueño americano es triunfar y Chicago es el lugar idóneo para quienes vencen a costa de lo que sea. El sueño americano no es el mismo para todos «—Seguro. Es mucho peor que lo mío. Yo era la hija de un líder sindicalista, pero por lo menos no era negra o hispana». Mientras el ideal de unos es vivir bien, el de muchos es sobrevivir. Las leyes no son iguales para todos.

Eso lo sabe bien Warshawski y lo sabe bien Paretsky, por eso ha elegido como heroína de sus novelas a una mujer. La primera detective literaria. Leyendo sus casos tenemos la impresión de que la autora ha utilizado los rasgos más característicos de los antecesores del género y ha conformado a esta hija de policía, insobornable, independiente, con buenos contactos y algo rebelde. De su madre italiana parece haber heredado la fuerza de voluntad y el desdén hacia los poderosos, aunque el lugar donde se crio también ha influido en su comportamiento, «Había muchos polacos […]que no aceptaban a los extranjeros […] En mi instituto reinaba la ley de la selva […] Mi madre no soportaba que me peleara, pero murió cuando yo tenía quince años, y mi padre se alegraba de que supiera defenderme sola».

A lo largo de la novela vamos descubriendo la personalidad de Vic y nos alegra ver que hay algo en lo que se diferencia de Marlowe, de Philo Vance o de Mike Hammer: necesita relacionarse con los demás. Vive sola pero disfruta de sus amistades, es sarcástica y dura pero tolerante, es implacable con los injustos pero tremendamente altruista con los necesitados.

Valor seguro es una novela entretenida a pesar de que en sus páginas se refleja una sociedad algo obsoleta, típica de algunos estados de USA en el último tercio del siglo XX. Paretsky expone hábilmente una trama en la que los rápidos diálogos y la expresión directa consiguen que se lea con facilidad. Los verbos de movimiento, el lenguaje duro y la frase breve aun en la narración en primera persona aportan la agilidad propia del estilo oral, la inmediatez «…habría ido a buscar mi coche andando; […]Pero ni con el chute me veía capaz de volver a pie, así que caminé hasta Addison y cogí un taxi. Me llevó hasta la oficina […] Tomé otro taxi que me llevó hasta mi piso para coger el coche. La factura de McGraw se estaba desorbitando con tanto taxi y los ciento sesenta y siete dólares del traje azul marino»

No hay profundas reflexiones, la narradora va contando los sucesos según se desarrollan aunque en cualquier momento se pare para proporcionar algún detalle adicional con el que a veces podemos intuir los pensamientos de otros personajes, y en otras ocasiones nos ayuden a desviar la atención de una posible solución, técnica utilizada para crear algo de suspense.

Merece la pena leer Valor seguro, disfrutaremos con un argumento que se va enredando para inmiscuir a distintos personajes de diferentes ocupaciones. Pero sobre todo disfrutaremos con su detective, una mujer que vivió una época en la que lo más importante era concienciar a la sociedad de que la mujer y el hombre podían hacer las mismas cosas. Ya estaba bien de papeles designados


…Carol dice que tendría que casarme con alguien que tenga mucho dinero.

—O cásate con alguien que sepa planchar y cocinar —le dije




sábado, 19 de diciembre de 2020

LOS REINOS DE OTRORA

 

No sé por dónde empezar el análisis de este libro porque no es convencional. En principio tanto su forma como su contenido nos retrotraen a un pasado lejano que podríamos situar en el Renacimiento, a finales de la Edad Media, o en el Siglo de Oro y cuando lo hemos leído y hemos asimilado sus imágenes nos damos cuenta de que Los reinos de otrora es atemporal. Son siete capítulos encuadrados entre un Exordio y una Coda.

En el Exordio nuestro protagonista se presenta, como narrador en 1ª persona, desde su vejez, para relatar una parte importante de su infancia en la que, tras ser internado en un hospicio por haber quedado huérfano, su tío Nicodemo lo toma a su cargo. Y así, en mutua compañía recorren, durante dos décadas, diferentes tierras, viven aventuras y aprenden de la vida y los libros.

A esta presentación-resumen le siguen los siete capítulos, cada uno anunciado en página aparte con el título, evocador de lo más importante del viaje y un dibujo alusivo sencillo, que contrasta con las ilustraciones abigarradas, en blanco y negro, que adornan el texto. Una fantasía realizada por Jesús Montoia. El libro queda cerrado con la Coda en la que el protagonista se despide con la convicción de que su vida ha sido un sueño.

Es una delicia manipular un libro de pezdeplata. El grosor del papel, el color uniforme del interior, que contrasta vivamente con la portada y contraportada, la postal alusiva que encontramos al abrir y el marcapáginas. Son detalles que se agradecen, más si tienen la calidad acostumbrada por esta editorial que, por otro lado parece corroborar la sensación que le despierta a nuestro protagonista el contacto con los libros, «los libros podían ser un espejo del mundo y aprendí a amar su olor y su tacto, a codiciarlos como piedras preciosas». Asimismo Los reinos de otrora refleja ese cronotopo ancestral en las letras capitulares con decoración vegetal que presiden el comienzo del capítulo. Así pues, solo tenerlo entre las manos ya invita a la lectura. Algo que agradecemos cuando nos enfrentamos a esta sátira de Manuel Moyano.

Los reinos de otrora se lee con facilidad, de un tirón, aunque luego volvamos a releerlo porque no es una literatura fácil, las aventuras de Nicodemo y su sobrino están escritas por una mente privilegiada capaz de traer numerosas referencias del pasado literario para que el lector pueda extraer la crítica actual que encierra.

Sus siete capítulos, como los VII Tratados de El lazarillo, pueden leerse por separado pues cada uno representa una aventura diferente. Nuestro protagonista no cambia de amo, ni su tío actúa como tal pero, como eje de la novela, va aprendiendo y madurando con cada aventura.

El estilo de Manuel Moyano destaca sobre todo por el humor, y hace gala de él al relatar las costumbres de diferentes lugares, «y de segundo un potaje de garbanzos regado con babas de caracol, a las que allí atribuyen virtudes casi milagrosas», que no difieren tanto de las modas impuestas en la actualidad. Humor en ironías sobre la incultura de «aquellos lejanos y antiguos países» que solo admiran lo propio sin interesarse por lo que les rodea «presentó a Don Nicodemo como un docto médico venido de las Tierras Bajas del Arinat, que era como decir de ninguna parte».

Humor en ciertas necedades que ocultamos como actitudes políticamente correctas y que revelan la no aceptación de lo que somos, «me aconsejó que, mientras estuviésemos en aquella ciudad, caminara siempre un poco encogido y con la cabeza gacha para no ofender a los xaoríes».

Humor también al elegir los nombres pues, como en las narraciones antiguas, aluden a la condición de quien los porta «Este sujeto indolente, que atendía al nombre de Sérvulo, resultó ser criado del caballero».

No pasemos por alto las ironías que colocan al mismo nivel situaciones diferentes, incluso antagónicas. Aflora al menos una sonrisa cuando vemos igualados, por contraste con un tercero, los penitentes a los animales: «Los rezos y letanías de los peregrinos hasta altas horas de la noche, la pestilencia que desprendían las aves enjauladas y la fragancia embriagadora del vino me obligaron […] a subir a cubierta».

Las hipérboles resaltan aún más la avaricia sin límite de los poderosos, capaces de destruir todo lo que los rodea por temor a ser privados de lo que consideran sus pertenencias, «tras abandonar a su suerte al infame Malubaro, seguía riendo […] a cada carcajada, amenazaba con hacernos zozobrar en aquel mar poblado de escualos».

El estilo en general es bastante espontáneo. Las descripciones aparecen de forma natural, sin alardes, al contrario, el autor expone los conceptos de forma directa y clara a pesar de alguna metáfora con la que personifica a la naturaleza: «los primeros rayos del sol pintaban las copas de los árboles», o acerca la narración al realismo mágico «…a rescatarla el citado mayordomo quien cayó al agua y salió vestido de nenúfares».

Lo que interesa es la expresión conceptual, de ahí que las descripciones no aparezcan saturadas de elementos secundarios sino con matices, «Bien parecido, fino de rasgos y ronco en la voz, los ojos no le casaban entre sí, pues uno era azul verdemar y el otro del color de la canela». No obstante, a pesar de la exposición sustancial, la narración está salpicada de elementos fantásticos que contribuyen a pintar un ambiente real maravilloso «altos edificios de ladrillo bruñido sostenidos por arbotantes».

El protagonista, sin nombre, acompaña a Nicodemo por el mundo. Los capítulos podrían funcionar como cuentos independientes. El viaje es el motivo central y organiza el relato de forma episódica. Cada episodio supone un viaje y en cada uno de ellos el protagonista adquiere una enseñanza aunque a veces él no lo sepa. Los distintos lugares van llevándolo a nuevas situaciones que le generan respuestas de actuación para el futuro. Nicodemo y su sobrino se ven diferentes de la realidad que los rodea, por lo tanto se encuentran desarraigados, de ahí que deban vagar constantemente, no admiten las desigualdades ni las injusticias.

El primer viaje tuvo su parada en el país de Iramiel donde Nicodemo soluciona el problema del embarazo de la reina aunque no le asegure con ello un final feliz. La crítica a la incultura y al patriarcado son evidentes y quedan impregnadas de la tristeza y el dolor que suponen para quien los sufre. El segundo viaje tiene lugar en Baldrás, donde las flores de antaño aluden a la magdalena de Proust para poner en marcha la memoria, que nos impregna de melancolía al pensar en sucesos que ya no podrán volver.

A la isla de la infamia llegan cuando, a bordo del barco de Abú Ben, recogen a un náufrago, monarca de un país al que ha destruido con todas sus gentes por miedo a que le robaran su tesoro. Ecos de la mitología aparecen en la técnica empleada para entrar al laberinto del tesoro y no perderse, «permanecimos unidos entre nosotros por una larga cuerda cuyo cabo estaba atado a un árbol que se erguía en el umbral». Las resonancias de fábulas antiguas son prodigiosas al final de la aventura.

En Xaor encontramos un guiño a los liliputienses de Gulliver aunque estos xaoríes no se acepten como son ni siquiera entre ellos mismos, «es raro que no calcen una suerte de zancos ni lleven unos sombreros altos y acabados en pico».

En las tierras de Ispaán, el caballero Alamor se adentra en su Purgatorio dantesco particular, «Oh, cielo, cima iluminada…» Este caballero, como el de la triste figura, intenta librar batallas en nombre de su dama. Por eso monta «un jamelgo famélico y comido de moscas» y a pesar de todo llega a dirigirse a Nalarda, una prostituta a la que tiene encumbrada. El guiño a Cervantes, «algunos lo conocían como Cide Hamete», le sirve al autor para exponer los diferentes puntos de vista que asoman de una misma realidad haciendo que incluso lo real se confunda con la fantasía. Todo depende de las circunstancias de cada uno.

Al llegar a Pr, los personajes descubrieron, gracias al eco de la hospedería, la formación de intrigas gubernamentales y la falta de implicación social, causas que desembocarán en un futuro desastre. En esta aventura el autor, en un tono humorístico de extrañeza, expone situaciones exageradamente absurdas mediante las que satiriza la situación social.

El último de los viajes narrados tiene lugar en Beirán, en donde la «fraga nemorosa» recuerda a Garcilaso. Allí van a ser testigos de «la coronación del nuevo rey» que tiene lugar al mismo tiempo que, «el cortejo fúnebre de hombres tonsurados», desea al rey actual «una muerte dulce y breve».

En esta sinrazón media Nicodemo para descubrir el juego de la Iglesia que, amparada en las supersticiones, consigue que todos crean que el tiempo de vida del rey está escrito, cuando en realidad se trata de una artimaña para alcanzar poder y dinero. Sin embargo el rey, una vez libre de su destino aciago, se corrompe por la misma razón, llevando al reino a una constante sucesión de guerras.

Con diferentes comparaciones sarcásticas entre hechos fantásticos y realidades macabras, llega nuestro protagonista a la conclusión de que no hay nada importante en la vida pues todo, como su propio nombre, se desvanece «Me consuela pensar que mi vida no es más que un sueño». Y así, Manuel Moyano consigue que el protagonista se inicie de la mano de su tío para enfrentarse a situaciones que lo lleven a la vida adulta y pueda denunciar el caciquismo, la avaricia, el desprecio a los demás, la violencia, el fanatismo religioso encubridor de horrores y toda una serie de maldades que acompañan al hombre desde los reinos de otrora hasta los actuales.



lunes, 14 de diciembre de 2020

VINDICTAS

Es de todos conocido que el cuento se caracteriza por transmitir, con pocas palabras, un cúmulo de emociones, de hecho algunos de ellos son prácticamente poesía. Pero entre estos sentimientos y a lo largo de veinte cuentos que he leído no hay amor sino desamor, apenas vislumbramos la esperanza, el concepto de honra va asimilado a humillación y el de vida a muerte.

Son cuentos escritos por mujeres de diferentes países latinoamericanos y he de confesar que no conocía a ninguna. Ni me sonaban los nombres. Son veinte mujeres que pretenden ser escuchadas en una sociedad que sigue con los oídos tapados. Mujeres que al escribir sobre el aborto o la infidelidad fueron censuradas obligándolas a cerrar la boca. Las veinte son mujeres con estudios que ocupaban —aún lo hacen algunas— cargos importantes y, sin embargo, sus voces quedaron silenciadas porque les tocó vivir en esa segunda mitad del siglo XX tan adversa aún para ellas.

Así pues, Vindictas supone una pequeña venganza, un castigo a esos modelos que marginan a la mujer. El libro, editado de manera extraordinaria, como es habitual en Páginas de Espuma, contiene una conversación entre Socorro Venegas y Juan Casamayor en la que, a modo de prólogo, explican la necesidad de sacar a la luz veinte voces olvidadas. La dureza de los relatos se entiende mejor según el apartado Semblanzas que Víctor Cabrera compone, sobre las veinte autoras, al final. Y la crueldad de los relatos contrasta con la delicadeza que sugieren las ilustraciones realizadas por Jimena Estíbaliz, pura lírica.

En Inmóvil sol secreto, María Luisa Puga expone el acoso pasivo del hombre que no se sabe amado e intenta culpar a su pareja, «Me sorprendió que su silencio no fuera la paz que yo había percibido sino un creciente encono que por fin estallaba casi con regocijo», y la desmotivación de quien debe convivir con el reproche callado de los celos hasta que decide poner fin a la situación y abandona al hombre.

Las mujeres vindictas no asumen el papel asociado a ellas en el siglo XX porque hablan de sexo, maltrato, del machismo que hubieron de sufrir y que hoy es inadmisible aunque no se haya erradicado del todo. Los cuentos no reflejan el mundo infantil, tampoco son historias ficcionales, son historias reales, duras, que las autoras exponen bajo una capa literaria. Algunas son contadas en primera persona, otras en tercera, recurso que anula aún más a las protagonistas, como en Ella y la noche, en la que una parturienta da a luz a un niño muerto para, en medio del sufrimiento, ser despreciada por su marido «Esa bestia —y señaló a la madre—, esa bestia no pudo ni siquiera parir bien».

El olor a sexo que empieza a desprender una mujer, para ser rechazada familiar y socialmente por ello, es la consecuencia de darse cuenta de que puede tener un pensamiento propio y ansiar expresarlo con total libertad, algo que hasta el momento tenía prohibido, «eso de que Andrés me dijera que yo pensaba así porque era una mujer y yo contestándole que no, que pensaba así porque era lo correcto».

Marvel Moreno denuncia a una Iglesia que elimina para la mujer cualquier rastro de sensualidad, por lo que las protagonistas de su relato no dudan en buscar el sexo fuera del matrimonio, institución que las quiere castas, «con veinticinco años ya cumplidos mejor era casarse y tener hijos».

Y denuncia, en Barlovento, que la sociedad avanzada no permitiera gobernar a las mujeres por considerarlas inferiores «Aquella hacienda siempre había sido propiedad de las mujeres […] el mejor rendimiento de la región».

Hilma Contreras da un paso más al manifestar cómo la propia mujer se niega a sí misma su homosexualidad.










Susy Delgado lleva a cabo la tan esperada venganza de una anciana que, al saberse contagiada por su marido, lo mata a golpes después de sufrir una vida constante de engaños.

La tristeza y la ira planean en estos cuentos que se dejan leer de manera tranquila como si el lector pudiera asumir la condición paciente que ha caracterizado a la mujer desde siempre. Por eso también sabemos que, a pesar del humor con el que se relatan algunas situaciones, a pesar del recuerdo a ese realismo mágico, a lo real maravilloso, habrá un final violento y esperamos expectantes el aluvión de sentimientos adversos con el que se pone fin a tanta oscuridad, a veces adoptando un papel que no es el adecuado, «tangoneándome yo ahora para atrás y para adelante sobre mis tacones rojos», a veces asumiendo las propias normas para evitar más rechazos «Volvió entonces la cara sin saludarla y desapareció presurosa por la calle».

Vindictas es una recopilación de veinte relatos en los que se mantienen diferentes líneas argumentales. Alguna autora marca un giro inesperado al final, es lo que consigue Mirta Yáñez con Nadie llama de la selva, otras, como Bertalicia Peralta, nos regala el esperado, y la mayoría, como Marta Brunet o Mercedes Durán, aportan un efecto que surge de la propia realidad. Todas logran causar una impresión reflexiva en el lector una vez que ellas han descargado sus emociones.

El ambiente en el que se desarrollan las historias de las protagonistas es escarpado tanto si pretende reflejar un paisaje salvaje como costumbrista. La dureza a la que han sido sometidas las lleva a no identificarse «¿qué es ser? Yo ya no estoy, ¿en dónde estoy ahora? Solo estoy en no estar, solo soy en no ser». La mujer ha estado recluida, lo de menos es residir en un sanatorio o en una amplia casa en mitad de la selva, lo que cuenta es que solo le queda la más absoluta soledad y esta situación, ya se sabe, es parecida a la vivida en un sueño donde no hay lugar para la razón; la mujer está inmersa en una sinrazón fuera de toda lógica a la que se ha ido acostumbrando para poder entender la otra vida, la que le rodea, aquella en la que no tiene cabida pues está cortada según el patriarcado, «Se daba aires de proscrito, barba larga y lento fumado […] con el atractivo de quien parece amenazante y vigoroso […] Por lo demás se enredaba en los amores viejos, y en los del porvenir». Un mundo idílico, poético del hombre que contrasta con el prosaico, recluido y animalizador de la mujer, «Yo, el resto del día, desde la lejanía que impone la ciudad amurallada, daba vueltas en círculos a su alrededor».

Es evidente que las narradoras incorporan la perspectiva ficcional de las propias autoras, por eso podemos descubrir cierta crueldad en algunos casos que se une a una manipulación aleatoria, «Al comienzo ella se mantuvo un tanto alejada, dándome a entender que reconocía y respetaba mi territorio. Pero ya se puede suponer usted lo que pasó después…».










Sin embargo esta maldad no llega a la perversión puesto que la mujer guarda una imagen absurda de sí misma, que no es otra que la que el gusto del hombre le ha impuesto, los deseos masculinos han quedado por encima incluso de la propia naturaleza femenina, «Cuando resulté embarazada me daba pena engordar porque sabía que él amaba mi aire de niña desvalida y frágil». De esta forma la mujer se ha ido anulando como individuo hasta igualarse en un colectivo para el hombre. Una vez todas iguales es difícil distinguir personalidades, es difícil distinguir decisiones, es fácil no distinguir si vivimos en el cielo o el infierno.

Una vez leídos los cuentos el lector considera hasta qué punto adquirimos en el siglo XX la voz propia, o continuamos sin saber por qué predominan determinadas actitudes que anulan las necesidades privadas y las igualan a un genérico sumiso, delicado y de pensamientos altruistas.

Cuando reflexionamos sobre las necesidades del ser humano encontramos, en las páginas de Vindictas, el reconocimiento a las miles de mujeres reprimidas por el hombre o por el punto de vista masculino, hasta que han tenido la impresión de haber dejado de existir; pueden respirar pero no son, porque son tratadas como la nada, son algo más triste que la muerte, son ese momento en el que una vez se deja de existir, con el tiempo, la sociedad lo va entendiendo como que no se ha existido, «cuando todo ha quedado a oscuras y el espejo es solo una sombra opaca, se escucha un grito dentro de él».

¿Dónde es realmente la mujer? ¿Ha de traspasar continuamente al otro lado? ¿Qué supone la realidad?

Desde siempre ha intentado legitimar, a costa de lo que fuera, aquello que ha vivido no por voluntad propia sino porque era lo que debía hacer. Daba igual no entenderlo porque de alguna forma siempre ha sabido encontrar un resquicio por donde entraba luz en su vida, recuerdos de la niñez, ilusiones juveniles que probablemente se rompan después al lado de un hombre que le aportará lo más duro de la soledad: sentirse utilizada en todo momento, «y había que casarse, según decía la madre sonriente y persuasiva, y según ordenaba el padre con voz tonante que no aceptaba disensiones». Esta frase encierra el recurso aplicado por ambos sexos para subsistir: ellas, persuasivas, ellos tonantes, ellas están para convencer y ellos para vencer ordenando.

Por eso el momento de la venganza, para quien puede llevarla a cabo, es catártico. La mujer se siente movilizada a actuar porque se siente viva. Querer apartarse de quien hace daño es connatural al ser humano, por eso, cuando se tiene la certeza de que huir es imposible, aparece el deseo de que desaparezca el otro. No siempre es posible conseguirlo, por barreras morales o legales, pero intentarlo supone querer superar esa situación dolosa, violenta. A veces, paradójicamente, la venganza conlleva una eliminación de represalias, un dejar las cosas como es debido. En ese caso no se puede hablar de venganza como tal sino de la supresión del dolor emocional que implica vivir constantemente herida. Es una liberación. «La mañana amaneció clara y radiante. Dorinda fue temprano a la quebrada a lavar sus sábanas».

Creo que este es el tipo de venganza que quiere Vindictas.












martes, 8 de diciembre de 2020

AQUITANIA

 

No suelo leer novela histórica, no es mi subgénero favorito. Acabo de leer Aquitania y lo único que lamento es que haya terminado.

Esta novela me ha supuesto un descubrimiento, una nueva incursión a la lectura. He asistido a la revitalización de una época, que yo creía oscura, en la que el reflejo social no consigue anular el carácter de los personajes. Nadie queda indiferente ante las acciones de cualquiera de ellos pues hasta el más insignificante constituye un engranaje para conseguir los objetivos de la novela: iluminar la Edad Media, denunciar el papel que jugó la mujer en una época en la que su único derecho era asentir, y ensalzar la inteligencia y estrategia de una mujer que aspiró a lo que solo le estaba permitido a los hombres.

No solo he leído esta novela, el interés que ha despertado en mí ha hecho que busque en enciclopedias y libros de historia datos de sucesos que parecían ficticios, y me he llevado la sorpresa con otros que creía reales y forman parte de la imaginación de la autora. Esto es lo bueno de la novela histórica, que conjuga la realidad y la ficción de tal forma que da igual si lo que leemos pertenece a una u otra existencia; lo que importa es que partiendo de una base real se construye un universo que permite soñar, que despierta la imaginación, que aviva la curiosidad, que estimula la capacidad de asombro y de intriga.

Todo esto consigue Eva Gª Sáenz de Urturi con Aquitania. Y más, porque la novela es un despliegue de aventuras, intrigas de palacio, traiciones, acuerdos y amor. ¿Cómo es posible en un mundo tan cruel emanar tanta ternura sin una muestra de sensiblería? ¿Cómo puede una persona contener tanto miedo y rencor sin manifestarlo durante gran parte de su vida, esperando el momento seguro para la venganza?

Magistral la forma en que Sáenz de Urturi va destapando amor, odio, pasión, abulia, venganza, arrepentimiento, dolor, alegría, éxito y fracaso en pequeñas dosis alternando hechos y alternando voces. Tres puntos de vista narran esta historia, el de Eleanor y Luy, reyes de Francia y duques de Aquitania y el del Niño, un personaje entrañable que, con el tiempo, llegará a intervenir de manera decisiva en la vida de los reyes y del propio reino.

Todos los personajes esconden un secreto que se irá desvelando según considere oportuno el narrador correspondiente, emulando en ocasiones las llamadas de atención que el juglar de la Edad Media dirigía a los oyentes, «Creo que es el momento de hablar de los gatos aquitanos. Son importantes en esta historia». Otras veces el protagonista anticipa, mediante un dato catafórico, una confidencia sin llegar a descubrirla, pero el lector ya ha quedado atrapado en la advertencia, «Ninguno de los dos lo sabía, pero aquel infame atardecer en la sacristía no estábamos solos. […] una presencia escuchó la charla que cambió el devenir del reino de Francia, oculta tras las cortinas de un viejo confesionario».

Los personajes son numerosos, los hechos también. Además unos y otros se van mezclando en el tiempo y en diferentes espacios según sea el narrador, que a lo largo de las cuatro partes de la novela se va alternando.

La primera narra la infancia de Eleanor y la relación que mantiene con Rai, su tío carnal y amante. Las analepsis aportan una visión más completa del pasado, pues ha llegado el momento de separarse con el fin de aunar territorios sin exponerlos a futuras guerras. Los poitevinos deben anteponer su nombre a su intimidad: Sólo Sé Subir, es la máxima que no debe olvidar. Asimismo asistimos a la presentación de Luy VII, futuro rey de los francos, a quien Eleanor se entrega para llevar a cabo una venganza.

Finalmente conocemos al tercer narrador, Niño, de quien más tarde sabremos su nombre, su verdadera personalidad y el alcance que llegará a tener en el reino de Francia.

Los datos históricos se mezclan con costumbres sociales y con intrigas palaciegas de tal calibre que van desde las amenazas hasta los más crueles asesinatos, «Creo que habéis perdido al heredero de Francia. Nadie os va a perdonar en la corte vuestra necia imprudencia, si decido contarla». En esta primera parte, a pesar de las otras voces narrativas en primera persona, Eleanor se convierte en protagonista absoluta desde que se desvela como una estratega sorprendente, «“Estoy en la corte de París, estoy más cerca de saber qué hicieron contigo, padre” me dije».

Por supuesto, la inteligencia de Eleanor es real, su fuerza mental y resistencia física también, pero las intrigas se agrandan en la novela por los finales en suspense de los capítulos


Qué letal combinación.
Todavía, para mi desgracia, no sabía cuánto.

El ritmo de la lectura se agiliza con hipérboles tan desmedidas que confieren un inequívoco tinte de narración de aventuras, «Otros afirmaban, después de santiguarse, que podía romper los huesos de un hombre hasta reducirlos al tamaño de una taba».

Y, sin embargo, ese ritmo extremo se ralentiza en los pensamientos emotivos o en comparaciones tan poéticas que consiguen un lector entregado completamente al personaje, «El niño obedeció, con una sonrisa como un universo».

En la segunda parte, el matrimonio de la duquesa de Aquitania con el rey de Francia está consolidado. Eleanor, empleando toda su astucia ha logrado alejar de la corte —al menos momentáneamente— a quien la puede dañar; sin embargo su reino pasa por constantes «miradas desaprobadoras por la ausencia de herederos en el horizonte». Estamos en un lugar y una época en los que prima el interés, no existen los favores, solo son meros intercambios para que las partes implicadas salgan beneficiadas, «—Confío en que logréis lo que os proponéis, y yo cumpliré mi parte, con agrado además».

La tercera parte nos muestra a una reina fuerte que hace valer sus derechos como soberana y como mujer; es ella quien entabla acuerdos con la Iglesia y quien anima a su marido a llevar a cabo contiendas aterradoras ocultándole el verdadero motivo. Amor y desamor que no son más que consecuencias inevitables de no disponer con normalidad de una vida íntima, sino la marcada por los intereses del reinado «Eran demasiados silencios como para disimularlos en una sola mirada».

Llama la atención la exposición de la locura del soldado, algo que a pesar de los siglos sigue afectando al ser humano, otra muestra más de lo poco que hemos cambiado con el transcurrir del tiempo: «muchos de nosotros hemos comido alguna vez carne humana por necesidad […] A veces no hay villa a la que retornar ni señor a quien demandar la paga».

En la cuarta parte el ejército francés, con Eleanor a la cabeza, pierde la Segunda Cruzada contra Nuredín. En una hábil mezcla de realidad y ficción, Eleanor descubre al asesino de su padre gracias al romance de don Gaiferos, que según una de las interpretaciones alude a la muerte del duque de Aquitania al llegar a Compostela.

Con el ritmo vertiginoso, propio de la novela de aventuras, los sucesos se agolpan al final: Eleanor anuncia públicamente su intención de pedir la nulidad matrimonial, es secuestrada y mandada liberar por su propio marido, lleva a cabo de forma épica, magistral, la venganza tan esperada una vez resueltos los asesinatos de los dos hombres más poderosos de Francia y convierte su antiguo lema en Sólo Sé Seguir.

Y en un guiño a la novela bizantina, Eva García nos regala la anagnórisis de los dos personajes más queridos de la trama:


—¿Cómo habéis dicho?

—Que sois mi sobrina, querida Eleanor

Fabulosa Eleanor y fabulosa Aquitania.

Pero no cabe duda de que el verdadero mérito de esta ficción maravillosa es de la autora. Sáenz de Urturi consigue mantener intenso, aunque encubierto con recursos literarios, el cariño que se profesan los protagonistas. La personalidad paciente, buena, pacífica de Luy es capaz de calmar cualquier rencor de Eleanor y transformar en amor su deseo de venganza. El temperamento activo, fogoso de Eleanor aporta ilusión a un rey desengañado con el mundo terrenal

Las metáforas sensuales no son más que el resultado de la relación que se forja entre ambos «yo era mujer de luna creciente, mi sangre siempre bajaba cuando el disco blanco dibujaba sus contornos afilados contra el cielo oscuro». Los diálogos nos acercan salvajes estrategias, sucesos horrendos que al ir salpicados de cierto humor consiguen relajar la tensión, como también lo logran las metáforas cotidianas que encubren el verdadero cariño. Asimismo los diálogos son portadores de réplicas inolvidables, dignas de ser recordadas como parte de la representación de una saga en la que el amor se convierte en fenómeno de masas


—Dejad que os busque en la oscuridad, mi reina. Quiero que la corte de Francia vea que sois inconfundible. No hacen falta los cinco sentidos cuando se está frente a la duquesa de Aquitania.

Otras veces, en las réplicas se impone el humor capaz de acrecentar la emoción del momento


“Bienvenido” murmuré, conmovida
“Bienvenida”, contestó él
—Vuestra  loca  estrategia  resultó  —me susurró al
cuello, creo que pensó que lo hacía al oído.

Asimismo con el empleo de refranes mezclados a expresiones humorísticas se encubre el maltrato dado a las mujeres, el horror de ser mujer cualquiera que fuese su estatus «Pero dice el refrán que vieja que baila mucho polvo levanta».

La autora hace acopio de comparaciones cotidianas, anáforas, epíforas, anadiplosis y paralelismos que poetizan los diálogos. Los constantes contrastes del oxímoron llenan de sentimientos una época catalogada como oscura


Era verano, lo sé. El cielo ardía, lo sé. Mas cayó sobre nosotros una ligera nieve negra

La exposición concatenada de los hechos constata una presencia tenaz de la preocupación solo liberada por la ironía necesaria para afrontar tanto dolor, un dolor ante el que la Iglesia (y sus intereses) se comporta de forma efectista, ávida de masas que le sirvan en sus objetivos, «Bernardo lanzó al aire un pañuelo con el que se había secado el sudor de la frente y […] se arrojaron sobre aquel trozo de tela»

«Tomó aire con la solemnidad de un resucitado […] y se dejó caer desde el púlpito hacia los brazos de sus entregados fieles».

Eva García consigue que, tras leer Aquitania, los lectores quedemos entregados a su prosa esperando una continuación de la vida de Eleanor.



martes, 1 de diciembre de 2020

LA HORA DE LOS HIPÓCRITAS

Cuando compramos una novela negra que no refleja el mundo profesional del crimen y cuya trama no consiste principalmente en la resolución de un misterio criminal puede que nos extrañe, al menos en un principio. Si además el argumento no resulta del todo violento sino que se lee con cierta complacencia, nos vamos arrellanando en el sillón tranquilamente, incluso con una sonrisa preparada para aflorar en cualquier momento. Si esa novela negra es de Petros Márkaris seguro que nos encontramos en la situación descrita antes y seguro que la leemos encantados, sin sentirnos defraudados en lo más mínimo. Acabo de leer el último suceso de Kostas Jaritos, el recurrente policía griego que Márkaris ha llevado a la fama. Kostas es más que un personaje de ficción. Su personalidad discreta, el amor por su familia, los entretenimientos sencillos que llenan su escaso tiempo libe y su espíritu tolerante y generoso consiguen acercarlo al mundo real. Lo percibimos parte de nosotros.

Leemos los casos de Jaritos y nos sentimos inmersos en una comisaría real, con sus fallos, sus triquiñuelas para conseguir información, sus bromas más o menos acertadas, sus deducciones más o menos científicas, «El acuerdo es unánime y el tema queda zanjado. A continuación cojo el bolso femenino de la silla de al lado […] Karambestos tira del bolso y lo abre […] —Puedo afirmar que soy veterano en temas de antiterrorismo, pero es la primera vez que veo un comunicado escrito con letra caligráfica y entregado dentro de un bolso de mujer».

Pero es que, además, sentimos a Kostas como un conocido, alguien al que le deseamos todo lo bueno porque es una buena persona, que vive según sus escasas posibilidades «descarto la idea de ir en coche patrulla. No quiero que mi ascenso se me suba a la cabeza. Mejor seguir fiel a mis viejas costumbres. Bajo al garaje para coger el Seat.»

En ocasiones recuerda a otro entrañable del género, el teniente Colombo, aunque Jaritos no incorpora el aire inocente y despistado; su forma de actuar es directa; se enfada o ríe según las circunstancias, se emociona con las muestras de amor y lo observa todo mientras no duda en alabar las ideas que aportan quienes trabajan con él «—Ha hecho muy bien, director, en decirle que es la policía la que determina qué datos son confidenciales y cuáles no— le digo». Como tampoco teme pedir ayuda en sus razonamientos, tanto a sus compañeros como a los ciudadanos o incluso a la prensa. Ahí está lo bueno, Kostas Jaritos es tan humano que parece ficticio.

En La hora de los hipócritas los asesinatos terroristas se convierten en las espadas justicieras que ansía el pueblo, y no solo de Grecia. También en nuestro país oímos noticias de blanqueo de dinero, de pobreza, de envejecimiento de la población sin que los jóvenes se atrevan a traer más hijos, a no ser los guiados por una creencia religiosa o aquellos potentados que alardean, de forma casi ofensiva, de familias numerosas. Esto forma parte ya de un retrato de la sociedad actual en la que los trabajadores miran el panorama pero no ven, absurdamente cargan contra quienes pretenden cambiar la normalidad instalada; son aquellos asalariados que se conforman con las migajas sobrantes de los impostores, a los que adoran agradecidos como si se tratase de salvadores «Formaba a los jóvenes que luego empleaba en sus hoteles con sueldos de miseria […] eran la tapadera que ocultaba sus intereses económicos».

El argumento de la novela desvela una Grecia en crisis que no superó el desastre financiero de Europa. Esto hace que Jaritos no disfrute como es debido de su recién estrenada condición de abuelo ni de su ascenso (merecido) a subdirector, aunque gracias a la promoción puede contactar directamente con los ministerios europeos, después de que un supuesto comando terrorista asesinara a un empresario intachable, al querido director general del Instituto Nacional de Estadística, responsable de asuntos laborales, a tres políticos europeos que celebraban la subida del Producto Interior Bruto, y pretenda lo mismo con una de las directivas de un conocido banco.

Los dos primeros casos se llevan a cabo de la misma manera, mediante una bomba en el coche. En un principio no parecían tener nada en común, aunque luego veremos que el punto de unión entre los asesinados residía en el dinero: «relacionar los dos asesinatos. No me siento muy esperanzado aunque la pasión de ambos por la economía podría abrir una grieta en el muro».

Por supuesto, el tercer atentado también tiene que ver con el falseo de datos económicos y el cuarto es el detonante para que los propios asesinos se entreguen pues la víctima no fue la directiva bancaria sino el aparcacoches que intentaba sacarle el vehículo. El comando pretendía hacer justicia con todos los hipócritas que se jactan de que todo va bien cuando en realidad sigue existiendo el paro y solo les va bien a los poderosos, a determinados empresarios y políticos.

La trama no es muy original, tampoco la línea de investigación pues cumple todos los pasos a seguir en riguroso orden. Kostas no se salta las normas ni se permite excesos. Sin embargo el argumento tiene la intriga justa para involucrar al lector. Al ser una mezcla de drama y misterio lo de menos son los asesinatos que, por otro lado, y a pesar de la violencia que conllevan, quedan expuestos sin detalles siniestros; cuenta más la intensidad de lo ocurrido puesto que compromete al funcionamiento de un país, de los países desarrollados. El lector se mantiene interesado y motivado para seguir investigando con la policía en un caso del todo realista, basado en hechos totalmente actuales, «Lo matamos porque sus estadísticas decían que el paro se ha reducido […] pretenden que ganar cien euros al mes te convierte en trabajador, cuando hasta los mendigos ganan más que eso».

Indudablemente yo calificaría a La hora de los hipócritas de novela roja, más que de novela negra.

Lo mejor, como siempre en Petros Márkaris, es la narración. El humor asoma para quitar gravedad a los hechos y contribuir a una lectura ágil, al mismo tiempo que aporta una visión amable de la existencia «—Rápido, le está esperando —me dice el agente en la antesala, como si le supiera mal no poder prestarme un monopatín». No cabe duda de que el humor también es una excusa para denunciar algunas situaciones de la vida en Grecia (¡tan familiares en España!) y para resaltar la buena relación de una pareja que no puede ocultarse nada:


Maldigo ser tan cenizo […] tener que circular bajo los grifos abiertos del cielo en una ciudad donde el tráfico se colapsa con las primeras gotas de lluvia.

 

—¿qué vas a hacer con todo esto? —Pregunto.

Deja la bolsa y me echa una de aquellas miradas que te clasifican como discapacitado mental.


En el proceso lector reconforta la fluidez con la que pasamos de conocer, emocionados, la vida íntima del comisario a observar, conmocionados, la hipocresía social y el daño que supone al ciudadano medio el que los potentados dispongan de paraísos fiscales que custodian su comodidad, holgura de vida y placeres, «A una familia de asalariados le resulta imposible no ya comprar, sino siquiera alquilar una vivienda en una gran ciudad».

La realidad queda al descubierto con una sencillez impecable, porque todo ocurre de forma natural sin que nadie se duela por ello. La acción de La hora de los hipócritas no es trepidante. Los asesinatos no son escabrosos y sin embargo presenta una sociedad macabra en la que la normalidad discurre entre las diferencias económicas de sus habitantes. La desigualdad se va acentuando cuando los recursos de la mayoría se tambalean. Y nadie reacciona. Nos dejamos llevar por la burocracia, que nos ahoga y por los aplausos de los hipócritas, que nos seducen. Nuestra realidad se parece más al mundo ficcional que la propia novela.

Petros Márkaris aprovecha el entorno político de izquierdas en el que se mueve su protagonista para delatar las injusticias y los desmanes que comenten ciertos poderosos y cuya consecuencia es la ruina del país «No podemos descartar que las finanzas de la familia Fokidis oculten más trapos sucios».

Márkaris no tiene ningún problema en desmontar ciertas imágenes arquetípicas a través de la denuncia social, mientras esos modelos son utilizados para comprender los conflictos del ser humano.

En esta novela no hay crímenes refinados ni mentes retorcidas. Tampoco encontraremos ambientes sórdidos que deban ser liberados por el héroe. Aquí el enigma es descubierto por los propios asesinos aunque esto hace que se instale en el lector y en el comisario Jaritos una inquietud mucho mayor, al ser conscientes de dónde está lo verdaderamente malsano y de que los “idiotas” se han cansado de serlo.

Márkaris ha conseguido su objetivo: Denunciar la realidad vergonzosa que ocurre en pleno siglo XXI


Somos la clase media en su conjunto […] quienes corremos el riesgo de quedarnos sin trabajo […] los que hemos cotizado toda la vida a la Seguridad Social […] trabajamos duro y el Estado nos recompensa cargando el mayor peso sobre nuestras espaldas.

No se puede decir más claro. ¡Bravo por Petros Márkaris!