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sábado, 26 de julio de 2025

WILT

Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien con una novela; no solo porque es disparatada, divertida, hiperbólica en todos los aspectos, también porque el uso de la lengua es increíble: comparaciones, metáforas, juegos de preguntas y respuestas… El autor no da tregua a las escenas ingeniosas, consiguiendo que para demostrar su inocencia, el protagonista haga brillar su inteligencia hasta lo más alto y deje la de gran parte de los personajes bajo mínimos.

Podríamos decir que Wilt es una novela negra ya que la trama principal es la desaparición de la señora Wilt y el desenterramiento de un cuerpo de mujer, con ropa de la señora Wilt, en la ampliación del instituto donde trabaja Wilt. Pero no hay muerte en realidad, ni violencia; tampoco sufrimiento, a no ser el de la propia policía y del director del instituto, que ven peligrar sus carreras.

Sí hay, prácticamente a lo largo de toda la novela, humor negro, pues Tom Sharpe se vale de la ironía para tratar temas serios como el matrimonio, la investigación policial, el hacer de la Iglesia, la importancia concedida a la enseñanza en la formación profesional y los verdaderos intereses de la clase alta y culta; el pensamiento holístico de los Pringsheim queda como una caricatura mordaz de lo que representó en los años 70 la new age, pues aparecen como humanistas superficiales sin ánimo de trabajar; vividores acostumbrados a tenerlo todo apelando a una falsa espiritualidad.

En Wilt hay tensión y según leemos, la incertidumbre va en aumento. El protagonista se va enredando cada vez más hasta hacernos creer que no podrá salir del atolladero, pero lo hace. Su ingenio llega a límites insospechados mientras confiesa situaciones que, de tan inimaginables, son esperpénticas.

Henry Wilt es un profesor anodino que da clases en la Escuela de Artes y Oficios y, durante 10 años ostenta el cargo de auxiliar. Lleva tiempo esperando un ascenso, pero los intereses de la Escuela van encaminados a convertirse en Politécnico, por lo que, en contra del director de Humanidades, el señor Morris, se priorizarán estudios dobles «licenciatura especial conjunta en Estudios Urbanos y Poesía Medieval […] Y así por quinto año consecutivo se olvidó el ascenso de Wilt».

Su matrimonio tampoco funciona bien. Inmerso en la rutina, se aviene a los intereses de Eva, su mujer, a la que le «influían demasiado fácilmente la riqueza, el estatus intelectual y las nuevas amistades». Wilt acepta todos los cambios y actividades que se busca Eva, mientras piensa que asesinarla sería una buena opción. Tras una fiesta organizada por los intelectuales señores Pringstheim, Wilt tiene la oportunidad de ensayar cómo podría deshacerse del cadáver con una muñeca hinchable. Pero Eva desaparece con los Pringstheim sin que él lo sepa y Wilt es acusado de asesinato.

Tom Sharpe utiliza el humor, la ironía y el sarcasmo para resaltar los vicios de la sociedad. Los lectores reflexionamos sobre la naturaleza humana, tan cambiante cuando pertenece a un colectivo, mientras reímos. Nos reímos de las situaciones, nos reímos de los personajes ridiculizados y nos reímos de sus defectos que vemos como un reflejo de los nuestros.

El estilo de este autor es mágico. Juega con el lenguaje como quiere, con comparaciones antitéticas conclusivas, «Eva Wilt desnuda a las ocho en punto de la mañana era una visión casi tan sorprendente como Eva Wilt borracha, fumando y vestida con un pijama amarillo limón a las seis en punto de la tarde. Y menos excitante incluso». Con antónimos que definen a la misma persona, «saber que Eva, que había sido toda su vida tan insoportable, fuese a soportar una vez muerta el peso de un edificio de hormigón de varias plantas». Con metáforas soeces «—…¿Lustrar su perlita? ¿Dónde demonios aprendiste semejante expresión? —Carne Uno —dijo Wilt, se levantó y se sirvió otra taza de café en la máquina». Con paronomasias expresivas que adquieren significado por sí solas «Estaban todas encadenadas, las condenadas» (las bicicletas). Con la segunda persona objetivadora expresa el estado de ánimo del que se quiere distanciar «Eso, eso, échale la culpa a la ginebra —murmuró Wilt, mientras entraba torpemente en el coche»; de hecho la voz del narrador, en tercera persona, hace uso de interrogaciones retóricas con las que se iguala al protagonista «¿Qué sentido tenía todo aquello? De acuerdo, Eva era una vaca idiota que le hacía la vida imposible…». Con alusiones literarias en conversaciones cotidianas, que ridiculizan más el ambiente intelectual «…nos dejas empantanados donde nadie en su sano juicio metería un barco ¿Quién te crees que va a subir hasta aquí? ¿Juan Salvador Gaviota?».

Con palabras que tienen la misma fonética pero los significados son diferentes, aunque colocados de forma repetitiva aumentan su valor despreciativo «no es un lameculos […] si no lames culos, no vas a ninguna parte». Con evidencias hiperrealistas que, de tan minuciosas, resultan increíbles


—¿Una mujer? —preguntó— ¿Qué? ¿En ese agujero? ¿Y qué hace ahí abajo?

El capataz le miró diabólicamente —¿Que qué hace? —gritó— ¿Qué crees tú que podría estar haciendo? ¿Qué puede estar haciendo si acabas de echarle veinte toneladas de hormigón líquido? Ahogándose, qué coño va a estar haciendo…

No hay desperdicio en los diálogos; son fantásticos. Aportan agilidad a la novela y dejan que la narración adquiera un ritmo dinámico, trepidante, pues las situaciones desesperadas se suceden hasta llegar a lo más desesperante, afiladas caricaturas de la realidad policial, eclesiástica y educativa.

No hay juicios morales en Wilt; los personajes actúan para que el lector ría mientras asume algo totalmente surrealista como parte de la realidad. Es cierto que la referencia es real pero el toque fantástico acerca la novela a la literatura del absurdo. Los personajes son arquetipos: el mal policía, la mujer soñadora que aspira a que su marido le ofrezca una vida confortable, el clérigo borracho, los snobs que viven a costa de los demás, los profesores, más preocupados por su posición social y económica que por los intereses de los alumnos… Todos son predecibles en su comportamiento, apenas cambian a lo largo de la historia. Todos excepto Wilt; el protagonista experimenta un crecimiento personal y social capaz de afrontar los reveses de la vida y salir airoso. La estupidez de unos hace que su ingenio se intensifique hasta quedar como reflejo del propio autor. También Sharpe fue encarcelado, acusado de subversivo, también trabajó como profesor de Historia en la Universidad de Arte y Tecnología en Cambridge, donde tomó notas de alumnos para algunos de sus personajes más necios y brutos.

Está claro que las mejores novelas salen de mentes abiertas, tolerantes y trabajadas. Mentes que saben reírse incluso de sí mismas «…los profesores de Humanidades no son como los demás hombres. O empiezan ya siendo raros, o acaban siéndolo. Es algo que se debe a la naturaleza de su trabajo».

lunes, 23 de junio de 2025

LA COMEDIA DE LOS ERRORES

Pocas comedias habrán sido más adaptadas que Los gemelos desde que Plauto la escribiera allá por el siglo III antes de nuestra era. En realidad él se basó en otra griega, anterior, de la que no se conserva nada. El éxito de esta obra teatral se debe, probablemente, a que los equívocos que presenta son emblemáticos del ser humano. El problema de la identidad, cómo nos vemos nosotros o cómo nos ven los demás, no tener claro si lo que estamos viviendo pertenece al mundo real o a la imaginación.

En Los gemelos, un mercader de Siracusa va con sus hijos gemelos a unos juegos, donde pierde a Menecmo. Poco después muere de pena. Menecmo ha sido adoptado por otro rico mercader, del que hereda su fortuna. Ahora vive en Epidamno y está casado infelizmente, por lo que tiene una amante. Por su parte, la madre de Sosicles, el otro gemelo, le cambia el nombre en recuerdo del niño desaparecido y al morir ella, Menecmo II viaja para encontrar a su hermano. Cuando llega a Epidamno se suceden las confusiones y los enredos entre los criados de los hermanos Menecmos, la mujer, la amante y los vecinos, hasta que tiene lugar la anagnórisis final y ambos regresan a Siracusa. La obra de Plauto gana en comicidad a la griega; los personajes son jóvenes alocados, alcahuetes y cortesanos.

Esto le dio pie a William Shakespeare en el siglo XVII para escribir La comedia de los errores, donde dobla el enredo con dobles parejas de gemelos. La familia del mercader Egeonte, de Siracusa, tiene gemelos y compran otros gemelos recién nacidos a una familia necesitada, para que sean los sirvientes de los niños. En un viaje en barco, naufragan y cada progenitor queda con un niño y su esclavo.

Egeonte llega a Éfeso siguiendo a su hijo Antífolo que partió en busca de su hermano. Allí debería ser ejecutado, por saltarse la ley que prohibía pisar la ciudad a los de Siracusa, pero al contar su triste historia le dan 24 horas para pagar una multa a cambio de su vida. En este día sucederá todo.

El parecido entre los dos hijos y sus respectivos gemelos, Antífolo y Dromio de Siracusa y Antífolo y Dromio de Éfeso, genera grandes confusiones entre los habitantes y la propia esposa de Antífolo de Éfeso, Adriana, que vive con su hermana Luciana, dando pie al extrañamiento de esta cuando Antífolo de Siracusa intenta enamorarla y ella lo toma por su cuñado. Si la situación de Plauto era descabellada, Shakespeare la complica aún más. El esquema teatral fue respetado sin embargo; lo que afirmó en Inglaterra la perfección  del teatro clásico en su división en cinco actos.

También mantiene el efecto cómico en el uso del doble, algo que permite romper el orden establecido y crear el enredo cuando Adriana cree que ya no le gusta a su marido. Las confusiones son hiperbólicas al coincidir en escena el amo y el criado del otro. Sin embargo, el bardo de Avon sigue siendo fiel a su norma en el teatro: la libertad desenfrenada se castiga con la desgracia. Por eso, los personajes de La comedia de los errores no mienten, se equivocan, llevan buenas intenciones; esto les asegurará un final feliz, aunque nunca antes de experimentar el recurso de la anagnórisis clásica. Cuando se juntan los cuatro en escena es cuando se reconocen y se reencuentran con sus padres. El descubrimiento familiar pone fin a las circunstancias de la separación que habían desembocado en un ritmo trepidante durante la representación.

El desarrollo del enredo es la base de la comedia, sin embargo no podemos dejar a un lado la riqueza de lenguaje exhibida por el gran autor inglés que intercala en el lenguaje cotidiano y hasta soez, bellas metáforas o expresiones poéticas «querellas intestinas y mortales», «desfallecida por la dulce carga que llevan las mujeres».

Los recursos literarios son variados aunque destaquen los antónimos para reforzar las confusiones: «de qué regocijarnos y de qué afligirnos». Estos términos contrastivos e hiperbólicos consolidan el tema principal: El destino del ser humano, «Desventurado Aegón, a quien los hados han marcado para probar el colmo de la desgracia».

Los enredos se suceden encadenándose unos con otros hasta llegar a un encuentro desmedido en el que la ocultación de la personalidad tiene lugar con todos en escena separados por una puerta, por lo que no ven la apariencia del otro. Esto da lugar a un pasaje humorístico exagerado en el que todos insultan a Antífolo de Éfeso pensando que es un impostor.

Destaca, pues, la creación de personajes memorables; la doble identidad permite explorar las virtudes y defectos de los hombres: (Los marineros) «buscaron salvación en nuestro bote y nos abandonaron dejándonos el barco a punto de hundirse». El poder y la ambición también quedan en entredicho, «Tus géneros, vendidos al más alto precio, no pueden subir cien marcos; por consiguiente la ley te condena a morir».

Cuando comparecen en escena Antífolo y Dromio de Siracusa con Adriana y Luciana, surge, en el enredo de la confusión, la relación que solía ser habitual en los matrimonios de la época: Adriana saca a relucir los celos (por la poca confianza en ella misma y la poca libertad de ellas frente a la del hombre), Antífolo muestra el poco interés que tiene hacia “su mujer”, Luciana expone la rabia por cómo está siendo tratada su hermana y Dromio exterioriza la incomprensión hacia los que tienen cierta consideración social:


Adriana.- …si tú y yo somos uno y faltas a tus votos, yo asimilo el veneno de tu carne y me prostituye tu contagio…

Antífolo de S.- ¿Me hablas a mí, bella dama? ¡Si no te conozco!

Luciana.- ¡Vaya, cuñado, cómo cambian las cosas! […] a Dromio le pidió mi hermana que te llevara a comer.

Antífolo de S.- ¿A Dromio?

Dromio.- ¿A mí?

La doble identidad es perfecta para reflexionar sobre la vida, hasta dónde llega lo real y empiezan los sueños. Antífolo se lamenta de algo que tampoco entendió nuestro Segismundo «¿Qué error nos engaña los ojos y los oídos?».

Lo sensato, para Antífolo, es dejarse llevar por los hados y las circunstancias «Haré lo que digan sin protesta alguna y así, en esta niebla, viviré aventuras».

También entre las dos hermanas describen el papel social del hombre, ansiado por algunas mujeres e ironizado por otras.


Luciana.- Los hombres, más cercanos de la divinidad, dueños de todas esas criaturas soberanos del mundo y de los vastos y turbulentos mares, dotados de alma y de inteligencia, de un rango más elevado que los pájaros y los peces, son los dueños de sus esposas, y sus señores. Que vuestra voluntad sea, pues, sometida a sus acuerdos.

Adriana.- ¿Es esta esclavitud lo que os impide casaros?

En medio del humor y la ironía, la sociedad queda plasmada con sus vicios y sus virtudes, las relaciones entre amo y criado son recurrentes y ayudándose de las reiteraciones alargan las razones, injustas para el más débil


Dromio.- …Pero por gracia, señor ¿Por qué me golpeáis?

Antífolo.- ¿No lo sabes?

Dromio.- No sé nada, señor, sino que soy golpeado.

Antífolo.- ¿Quieres que te diga por qué?

Dromio.- Sí, señor, el por qué. Porque todo por qué tiene su por qué.

Los criados son vapuleados, insultados y animalizados, y Shakespeare no duda en exagerar estos rasgos con degradantes hipérboles que provocan la hilaridad entre el público.


De pies a cabeza mide igual que de cadera a cadera, señor, es redonda como el globo de la tierra, y en ella podríamos hallar varios países.

Todos coinciden en el escenario casi al final del Acto V aún con el enredo sin resolver; deberá aparecer la abadesa del convento con una sorpresa que desembocará en el reconocimiento final y en el restablecimiento del orden.

jueves, 12 de diciembre de 2024

HETTY GRAY. HIJA DE NADIE

¡Cómo he disfrutado con esta novela! Tanto, que me he propuesto retomar obras del siglo XIX que leí hace tiempo.

Hetty Gray. Hija de nadie es un novelón victoriano donde pasamos de la angustia a la sonrisa, de la pena a la alegría, de la rabia por la injusticia social a la paz que nos invade al sentir la justicia poética que entrevemos, aunque estemos seguros de que eso no pertenece a la realidad, o al menos es muy difícil.

Pero Rosa Mulholland fue capaz, en 1883, de retratar una forma de vida en la que la clase social elevada tenía todos los derechos, los pobres solo podían aspirar a la caridad. La protagonista, encontrada en una playa cuando era un bebé, no tiene nombre, no lo saben. El matrimonio Kane supone que fue superviviente de un naufragio. Como nadie la requiere y la niña llevaba bordadas en su vestidito las letras H. G., deciden llamarla Hetty Gray.

A pesar de ser muy pobres, cuidan a la niña, que va desarrollando grandes dotes comunicativas y un amor inmenso por la naturaleza. Hetty vive feliz hasta que la señora Rushton, una viuda de la clase alta, decide quedarse con ella por lo guapa y simpática que es. La presenta en fiestas y la hace que actúe, imite o cante para los demás, quienes le dedican grandes elogios. Hetty sigue feliz, aunque eche de menos la libertad y los abrazos de los que disfrutaba con la señora Kane.

Cuando Rushton muere, Hetty se queda sola y sin nada. La familia de la fallecida decide mantenerla en su casa, en la zona de servicio, y darle una educación para que de mayor sea institutriz.

Hetty deberá tragarse su orgullo, ser humilde y aguantar los caprichos de las que antes eran sus “primas”, «Vivirás en nuestra casa […] disfrutarás de la comodidad y protección de nuestro hogar. Pero claro, no puedes esperar tener el mismo futuro que ellas».

Pero es una novela y tras muchos sufrimientos, al cabo de los años, la vida puede dar un giro. Es cierto que el argumento es previsible. Es la literatura por excelencia de finales del siglo XIX. Pero Mulholland consiguió cautivar no solo a los lectores. Tuvo la aprobación de Dickens y las facilidades que se le presentaron al pertenecer a una familia acomodada.

Hay algo de la autora en Hetty; como a ella, le gustaba el arte en general y en particular la pintura. A pesar de ser un melodrama, lo que se deja ver en la importancia de las relaciones familiares y en las dosis de misterio que van quedando en el argumento, la protagonista tiene un carácter romántico, de espíritu libre, fuerte, no se deja doblegar tan fácilmente y se lamenta de su injusta situación. Una circunstancia marcada por las diferencias extremas entre las clases sociales; la rabia de pertenecer a la más alta hasta que de un día para otro estás abajo de nuevo.

Sin embargo, el buen hacer de la institutriz, su inteligencia y el trabajo bien hecho son el patrimonio de una clase media, por el que la mujer será capaz de mantener autonomía. En esta clase media intentan educar a Hetty y en ella es donde adquiere responsabilidad y sentido del deber que, por supuesto va ligado a la aceptación de la autoridad de la clase alta.

La señorita Davis, institutriz de la familia, está preocupada por el esfuerzo y la moral de Hetty. La autora deja expuestos sus deseos por las mejoras sociales y la compasión, algo que valdrá a algunos desprotegidos para escalar socialmente. La voluntad de transformar el mundo se deja ver aunque puede que Mulholland no se atreviese del todo a retratar a una Hetty artista como era su deseo y solucione su problema con una anagnórisis triunfal digna de las tragedias griegas, sin incluir el fanatismo de aquellas.

La autora utiliza los adjetivos de tal forma que el narrador parece mostrarnos una fotografía de lo que cuenta «Un par de caballos grandes y fuertes, grises y bayos, con crines y cola tupidas, se acercaron a la puerta de la fragua trotando ruidosos».

Las comparaciones populares acercan el pueblo al lector. Todos los campesinos tienen buenos sentimientos frente al egoísmo de los adinerados «¡Esta chiquilla tiene el valor de un ejército! ¡Vete de aquí, mocosa, si no quieres que te asen esos rizos tan bonitos que tienes como si fueran un ganso por San Miguel! Y no necesitas más chispas en los ojos, ya te brillan lo suficiente como para iluminar una fragua por sí mismos».

Tanto los símiles como las hipérboles empleadas por las gentes del campo muestran el cariño y protección que recibe Hetty cuando vive con los Kane. El entorno libre de la naturaleza también cobra su importancia, con personificaciones, frente al opresivo que después experimentará en la mansión, «…saltando entre la hierba, rodeada de margaritas de corazón de oro y cara de luna y de amapolas de ojos negros, con capuchas escarlata».

Los contrastes son evidentes; para dejar constancia, los personajes encargados de Hetty son totalmente antinómicos. El ambiente que respira con la señora Rushton es desolador, por lo que sufre constantemente; le falta el cariño y la atención que todo niño necesita «Era un cuarto de jugar sin madre, sin nada, donde la única cuidadora era la criada […] Acomodaba a Hetty sin muchos miramientos en una silla y la dejaba allí, sola, con la puerta cerrada». Hetty va creciendo temerosa, desconfiada y sintiéndose inferior a todos lo que la rodean.

Sin embargo nuestra protagonista es el prototipo de la bondad por lo que, con ayuda de la institutriz, conseguirá que mediante sus actos, convertidos en lecciones morales, todos se porten correctamente.

La autora regala a Hetty la felicidad y, cuando en su rostro se refleja la esperanza y la alegría, aquellos que la tildaron de arisca ven ahora bondad «—Me alegro de oír que me estoy volviendo buena. Hay algo que me hace muy feliz». Parece que Mulholland no quisiera desviarse del tópico impuesto para las mujeres: solo las guapas y felices son buenas. Sin embargo se resiste a terminar sin una crítica a los poderes que la clase alta asignaba «—Dilo como quieras, Phyllis —repuso— Hetty es una artista y la obligarán a ser institutriz».

Novela fantástica que, basada en la maravillosa edición de Libros de seda, podría ocupar las pantallas como otro de los grandes melodramas del cine.

viernes, 17 de mayo de 2024

CAJA 19

Al terminar este libro me he dado cuenta de que, probablemente, no todos estén dispuestos a leerlo. Tiene muy buenas críticas pero el estilo es algo elevado y, si no se presta la debida atención, hay momentos en los que no sabes muy bien de qué está hablando, si es algo real o imaginado; si la autora es la propia protagonista o esta es un personaje inventado. En realidad no importa, hay que dejarse llevar por la lectura y encontraremos diferentes historias, la de la relación con Dale —real— o la de Tarquin —inventada—. O puede que sea justo al revés. Lo que importa en Caja 19 es que muestra una realidad con la que podemos objetivar nuestra voz interna, conocernos mejor, tal es la reflexión constante a la que nos obliga Claire-Louise Bennett.

Creo que lo que más me ha impactado ha sido leer la época universitaria de la protagonista. En ella recuerda cómo debió trabajar en la caja 19 de un supermercado para pagar sus estudios y la estancia en Londres. Mientras ocupaba su puesto podía fantasear con los clientes en sus relatos, aportándoles una forma de ser que no era la real sino la que a ella le sugería.

La relación con su novio de aquel entonces, Dale, sale a la luz y ella se replantea su actitud, la posición que se le suponía a la mujer en la pareja quien, de manera natural, podía soportar (y hasta no hace mucho) cierto maltrato psicológico, sexual o físico, porque todo quedaba encubierto en el carácter del hombre que, ya se sabe, podía enfurecerse —y con razón, porque había bebido o cualquier otra excusa— hasta provocar cualquier desastre. Como consecuencia, la mujer adoptaba el papel pasivo que en la relación se consideraba normal y, sumisa, permitía que su no se transformase en sí porque, en realidad, ella no debía hacer mucho. Esta relación íntima, violación, es la que con el paso del tiempo se ha percatado de haber vivido. La sumisión ha sido la norma habitual para la mujer, precisamente porque quienes forjaron socialmente la idea de cómo era una mujer eran hombres; por eso, cuando convenía la mujer era fuerte y capaz, «Usé tampones […] difícilmente obstaculizarían todas las actividades a las que según la publicidad se entregaban las chicas que menstruaban […] ni sueñes con salvarte de Educación Física […] sé productiva, no decepciones a nadie»; cuando interesaba, la mujer debía mantener su posición marginal «a una profesora se le volvería en contra en el acto» o aceptar socialmente que no era libre sino propiedad de un hombre «después de dos años llamándola señora Hurly […] tuvieron que llamarla señorita Selby […] El nombre de él nunca cambiaría». Y sobre todo, la mujer era un escaparate en el que todos veían su apariencia unida a su inteligencia y forma de ser «Quién lo diría al verla (a Marilyn Monroe), pero siempre tenía la cabeza metida en un libro». La mujer, con tanta presuposición y obligación, «se le niegan una autonomía y unos ingresos […] si sexualmente está en tinieblas […] pasa horas y horas sola con tres niños…» terminaba algo desequilibrada; de ahí que hubo un tiempo en el que los hospitales psiquiátricos estaban a rebosar de mujeres.

La protagonista recuerda su época con Dale y es consciente de que «quería vigilarme […] detesta que me apoye las gafas de sol en la cabeza […] cree que siempre he elegido mal a los hombres […] necesito protección». Y reflexiona sobre la necesidad de inventar otra realidad. Ahí entra el proceso de la escritura. La memoria de Bennett viaja sin orden para traerle escenas de cuando ella empezó a escribir garabateando los cuadernos escolares, haciendo que los dibujos cobrasen vida para que, una vez en la universidad, intentase escribir una novela.

Comenzó contando las aventuras vividas por unos personajes que, a fuerza de retomarlos a diario, cobraron vida, pero esta obra quedó destruida por su novio «Cuando esa tarde abrí la puerta […] vi de inmediato una pila de papeles rotos en el suelo […] e hice una mueca de dolor…».

La destrucción de libros representa un elemento de censura normalmente por oposición religiosa o política. La autora recuerda cómo los estudiantes alemanes, el 10 de mayo de 1933 arrojaron al fuego libros que podían ser focos de corrupción y atentar contra la moral, la decencia, la familia y el estado nazi. Claire Bennet lo expone claramente en Caja 19, como un adelanto de la barbarie semita y a nuestra memoria acuden las quemas de libros en plena calle durante la dictadura de Franco. Quemar obras tiene que ver con el temor a que sean leídas, a que la gente cambie la opinión impuesta. En el caso del novio de la protagonista, cuando destruye la novela “Tarquin Superbus”, quiere destruir el miedo que siente ante la mujer, su inseguridad su complejo de inferioridad.

Caja 19 es una autorreflexión literaria; la literatura ha formado parte de la vida de la autora, de forma tan íntima que se adentra en la metaliteratura, algo que le permite seguir soñando con historias y descubrir en ellas la posibilidad de otras nuevas que pueden desarrollarse en la realidad o en el sueño, lugar en el que la imaginación trabaja al máximo porque libera las funciones del cerebro para que cuente emociones que le gustaría experimentar. Es literatura en la literatura, «mete las manos con hoyuelos en el agua, las sacude alegre, sus manos son estrellas de mar […] Se ve a sí mismo. Tarquin Superbus levantándose de esa cama digna de un rey…».

En esta autorreflexión literaria encontramos cómo se desarrolla el proceso de la escritura y las consecuencias de la lectura: Recuerdos que creíamos ocultos y aparecen en flash back, creencias de haber vivido lo que estamos leyendo, conexiones extrañas que nos trae la lectura con el tiempo «Y eso es todo lo que logro recordar del libro».

Asimismo experimentamos o deseamos diferentes vivencias personales que cambian a su vez con las diferentes lecturas «La historia se desarrollaba con mucha más rapidez de lo que yo recordaba». Y no cabe duda de que la imaginación se despierta antes incluso de empezar a leer, «pensábamos sin parar en los tipos de palabras que podrían contener».

Puede que Caja 19 no tenga una lectura fácil en cuanto a continuidad de la historia pero es innegable que conectamos con la autora, así que uno de los objetivos de Bennett, al menos, queda cumplido «Escribir podía lograr eso. Era una forma de llegar hasta otra persona».

sábado, 30 de septiembre de 2023

ZONA MUERTA

 

Hay veces en las que al comienzo de la lectura de un libro da la impresión de que se avecina una larga cadena de muertes horribles.

Otras, empiezas a leer y disfrutas con la inteligencia de su protagonista y cómo consigue, legalmente, ganar un juicio; pero sabes que algo tiene que torcerse porque en eso que estás leyendo ves un final de novela antes que un principio.

Al empezar Zona muerta me vi envuelta en las dos situaciones, me equivoqué con la primera impresión, pero no con la segunda.

Si Tilly Bradshaw es fundamental en la resolución de los casos del sargento Abraham Poe, en este, actuando en la sombra, es la auténtica protagonista; da la impresión de que M. W. Craven escribió la novela pensando en ella.

En la entrega anterior, El procurador, a nuestro protagonista le dieron el ultimátum para abandonar su casa porque estaba en unos terrenos recalificados que no podían ser habitados, pues la cabaña que iba con ellos al comprarlos no debía ser ampliada ni modificada en nada que se pareciese al hogar confortable que Poe se había construido. Una vez en el juicio, nadie contaba con Tilly quien, a pesar de no ser abogada, dispone de una curiosa relación con la ley a la hora de acceder a las bases de datos: la ignora. Esto le permite llegar donde nadie más lo hace y relaciona sucesos y personas hasta dar con lo necesario. En el primer juicio, Poe se queda con su casa, pero algo dará la vuelta más adelante.

El juicio queda pendiente porque ambos deber acudir hasta un burdel en el que ha aparecido asesinado un héroe de la guerra de Afganistán, alguien que fue apresado, torturado y rescatado por los británicos cuando se encontraba a punto de morir. Sin poder dejar de culparse cuando el grupo liberador fue aniquilado poco después, Bierman abandona el país y se refugia en EE. UU. hasta que una cumbre de comercio internacional le hace volver.

En Zona muerta no hay un asesino en serie, tampoco vamos a ser testigos de más muertes violentas, pero ni a Poe ni a Tilly los pueden engañar a pesar de que esta vez hayan sido reclamados por el MI5 y las verdades les sean dichas a medias. Puede que el muerto no se llame en realidad Christopher Bierman, puede que no tuviera nada que ver con las prostitutas. O sí, pero Poe es consciente de los silencios del servicio de inteligencia del Reino Unido y no está dispuesto a que le oculten nada. A pesar de que quedan en que habrá transparencia absoluta, los miembros de la agencia contra el crimen deben reconstruir hechos y nombres una y otra vez, porque las pistas siempre llevan a un asesino falso.

En esta ocasión cuentan con la ayuda de Melody Lee, del FBI, que fue crucial para Poe en El procurador, y de Hanna Finch, del MI5 quien, aunque con altercados, finalmente también les asistirá; además Bradshaw relacionará el caso con otra muerte ocurrida tres años antes, «y ocurrieron en rincones opuestos del país, pero la conexión de la rata es curiosa».

A partir de aquí, para conectar estas dos muertes, tan diferentes en principio, deberán tener en cuenta conectores USB de cables especiales, software maligno que se transfiere a los portátiles, programas grabadores de tecleos… Problemas informáticos que Tilly deberá afrontar hasta que, después de sospechar de todos y cada uno de los que van conociendo, «quiero un análisis detallado de todas las personas involucradas en este asunto […] Mañana por la mañana iremos a hablar con la viuda de Danny North, la que creó la página de Justicia para Tango Dos-Cuatro en facebook».

Está claro que Craven conoce el funcionamiento del ejército; conoce el mundo de la informática y sabe hasta dónde puede llegar la maldad, la venganza humana. Por eso Zona muerta nos sumerge en un ambiente frío, de intrigas, ordenadores, tecnología y las consecuencias cuando todo cae en manos inadecuadas, en mentes que solo buscan ajustes de cuentas. En esta novela, el autor ha vuelto a desplegar un final absolutamente obsesivo, que, por supuesto, llevará a Poe a reconquistar su casa y a formar lazos con nuevas personas conforme va despejando incógnitas.

El lector lo entiende todo al final; no hace falta ser experto informático porque el asunto queda perfectamente aclarado.

Es curioso porque aunque en El show de las marionetas, Poe y Tilly formaban una pareja anómala, conforme hemos ido leyendo las siguientes entregas, se han ido complementando, Poe no es tan impetuoso y Tilly no es tan fría. Van alcanzando el estatus de pareja perfecta.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

EL PROCURADOR

Cuando una pareja funciona bien en la literatura, la lectura de sus peripecias es agradable. Cuando a esa pareja se le añade un equipo, no hace falta que sea numeroso, en el que sus miembros se respetan, creen en ellos, en sus posibilidades y en las del otro y, lo más importante, además de ser buenos compañeros, son amigos, la lectura es amena. Cuando la novela en la que se mueven esos personajes tiene 420 páginas y estás en tensión porque no sabes cómo acabará todo hasta la última línea de la página 420, esa lectura ha sido trepidante.

Esto ocurre cuando abres El procurador. El comienzo es desasosegante, no entiendes bien qué ocurre pero es cruel, de un sadismo absoluto. Es solo una página. Después, la Navidad se instala para darnos un respiro; entonces leemos más relajados aunque tras cada capítulo esperamos que todo cambie para Washington Poe y su equipo, Matilda Bradshaw y Elizabeth Flynn.

M. W. Craven se ha superado. Si en El show de las marionetas, el hombre inmolación nos mantuvo en tensión, El procurador consigue que el estrés nos lleve al desasosiego, aunque en ningún momento podemos dejar la novela. El autor es un maestro del thriller. Ya tengo preparada Zona muerta porque, aun sufriendo, los lectores reconocemos un estilo impecable en el que la presión, a veces, se diluye en el humor; el argumento concebido desde la imaginación más siniestra se nos presenta con una trama espeluznante fruto de una mente perversa.

Cada vez estoy más convencida de que las peores acciones del ser humano son las que derivan de la envidia. El envidioso sufre una tortura psicológica constante por lo que perfectamente puede torturar a quien sea. Sin piedad.

En fin, es Navidad; el clima de Cumbria, un condado inglés fronterizo al norte con Escocia y al oeste con el mar de Irlanda, es en invierno especialmente frío, con temperaturas bajo cero, nieve, viento y lluvias que van a dificultar la solución de tres asesinatos, de los que solo ha aparecido un cuerpo. De los otros dos, dos dedos de cada víctima son la prueba, ya que uno fue cortado ante mortem y el otro, tras morir. En principio las víctimas no tenían nada en común, ni su trabajo, ni su vivienda las vinculaba, «Si lo de Teasdale era una caverna glorificada, esto era un hogar» pero Poe sabe que deben estar relacionadas; por eso no duda en trabajar con la forense Estelle Doyle: probablemente su sarcasmo sea lo único que sobrepasa a su inteligencia, «—Feliz Navidad, Poe […] Inspectora Flynn, me alegro de volver a verla. ¿En qué lío le ha metido esta vez la versión cumbriana de C. Auguste Dupin?». Tampoco Flynn, a pesar de su avanzado embarazo dejará a Poe solo en la investigación «—Me matan los pies y mis tobillos tienen el doble de su tamaño normal. ¿Podemos pasar directamente al momento en que ya hemos discutido y he ganado yo, pero Tilly hace lo que le da la gana igualmente?». Y, por supuesto, Tilly sigue a su lado, «—Matilda Bradshaw —contestó— Trabajo con el sargento Washington Poe y la inspectora Stephanie Flynn, de la Agencia Nacional del Crimen».

La comisaria Jo Nightingale es la encargada de reclutar a Poe y Flynn; Tilly va en el pack, sin ella nada tiene sentido, «Créame es imposible sobrevalorar la aportación de Tilly Bradshaw a la investigación».

Por si fuera poco, en esta ocasión Melody Lee, del FBI, es quien le aporta a Poe una pista fundamental que, en su propio departamento habían desechado por no encontrarle ninguna lógica. Pero Craven ha ideado a un sargento que trabaja bien con las mujeres y se fía de ellas. Son mujeres inteligentes capaces de ocupar cargos importantes; mujeres atractivas cuya forma de ser las hace únicas y cuyo conocimiento las vuelve irresistibles. Esto no cabe duda de que es un añadido para leer a Craven. Otro, por supuesto, es la incertidumbre constante. No se puede parar de leer porque la mente de Craven va por delante de la nuestra, pobres ilusos que creíamos poder resolver el caso; y el intelecto de nuestro escritor va más allá del que posea el asesino más retorcido y degradado. El autor razona como si su mayor pecado fuese la envidia, y con el razonamiento del envidioso es capaz de solucionar los diversos conflictos a los que deben enfrentarse aquellos personajes que han de luchar contra alguien depravado que los pervierte, a ellos y a otros, a través de la informática (cuánto daño está haciendo), mientras los protagonistas se valen de ella para salvar sus vidas (cuánto bien nos proporciona).

No quiero desvelar nada porque el lector va de sorpresa en sorpresa. A cada página surgen nuevos descubrimientos que desatan nuevas preguntas, y son muchas, ¿cómo cortaron los dedos que aparecen?, ¿dónde están los cadáveres?, ¿por qué los oculta el asesino?, ¿cómo entra en los lugares para dejar los miembros amputados sin dejar rastro de él? En fin, seguimos leyendo. Hemos de hacerlo, hasta el final. Entonces se abandona con pena la novela, casi queremos volver a empezar. Estamos pletóricos de la energía con que Craven impregna su prosa; no deja nada al azar, el humor, el ingenio y la tensión son constantes, las alusiones a novelas anteriores ofrecen una continuidad real a Poe «…él había convertido aquella ruinosa cabaña de pastor en un hogar que estaba convencido ya nunca abandonaría», la forma de actuar de Washington Poe, en la que su intuición lo lleva a descubrir en cualquier momento la verdad, tras haber sido engañado más de una vez, lo hacen decidido, con agallas; no lo pensamos solo los lectores, también sus amigas, que lo conocen y valoran, y por eso mismo temen que pueda actuar de manera irracional.

—Estoy en deuda con usted —continuó Doyle— tengo entendido que sacó a este arriscado hombre de un edificio en llamas, ¿no es así?

Bradshaw contestó:

—Es mi amigo

Las alusiones a los maestros de la novela negra ofrecen una continuidad al género «…y lo del final era una cita de Edgar Allan Poe. Es de “El hombre de la multitud”. Poe frunció el ceño. Qué extraño había sido todo».

Y las oraciones bimembres mantienen la agilidad necesaria que debe llevar el ritmo del thriller.

Nada es lo que parece en las novelas de Craven, los secretos están agazapados hasta que el autor quiere revelarlos, poco a poco. Seguro que los protagonistas también esconden algunos de los que nos enteraremos en las siguientes entregas.

El show de las marionetas nos descubrió la fragilidad del ser humano. Verano negro pone de manifiesto hasta dónde puede llegar la ambición. El procurador evidencia el poder de la envidia. Todas estas transgresiones conscientes transforman al hombre en un absoluto psicópata.

¿Qué se reserva Craven?

Sea lo que sea sus personajes son los suficientemente fuertes como para impulsar la historia y su pluma lo suficientemente clara como para denunciar aspectos de la realidad ocultos en su ficción.

miércoles, 9 de agosto de 2023

VERANO NEGRO

Hace algo más de tres años quedé atrapada en una de las tramas más complicadas e inteligentes de la novela negra. El show de las marionetas consiguió que superase la aversión que tengo al sufrimiento (propio y ajeno) para engancharme completamente a una historia en la que incluso conocer quién era el torturador y asesino no restó ni un ápice del interés por seguir leyendo; al contrario, aumentó la intriga que M. W. Craven supo imprimir al argumento.

Así pues llevaba altas expectativas al empezar Verano Negro. Ni siquiera cuando leí la macabra primera página, a modo de preámbulo, me intranquilicé; estaba segura de que antes o después leería por qué la persona que habla, derrotada, desaparece para dar paso al Capítulo 1 en el que in medias res nos enteramos de que Washington Poe ha sido detenido. Tranquilos. Como en una película, un cartel anuncia cómo hemos llegado a ese extremo. Así que, con el corazón encogido comenzamos a leer qué pasó dos semanas antes. Y lo sabemos día a día. Y de nuevo Craven consigue, con un estilo totalmente natural, sorprendernos, a pesar de saber que alguien está muriendo, o muerto; a pesar de ser conscientes de que el sargento de policía más carismático ha podido cometer un asesinato, «El agente de uniforme se arrodilló sobre su espalda y empujó su cabeza sobre las baldosas de piedra para esposarle».

Para entender cómo llega Poe hasta aquí hemos de remontarnos seis años atrás, los que lleva en la cárcel Jared Keaton cuando Washintong Poe investigó la desaparición de su hija Elizabeth Keaton y resolvió que el propio padre la había asesinado. Pero las cosas se ponen feas para el sargento al aparecer, supuestamente, la propia Elizabeth asegurando que la han tenido secuestrada y ha conseguido escapar. Mientras la policía intenta agilizar la libertad del reputado chef Keaton, Elizabeth vuelve a desaparecer consiguiendo que todas las sospechas de asesinato recaigan sobre el policía. Pero nuestro sargento cuenta con dos mentes brillantes, la de la inspectora Stephanie Flynn y la empleada, de altas capacidades, de la Agencia Nacional del Crimen, Tilly Bradshaw. No solo son compañeras, son amigas en las que Poe confía plenamente para que lo ayuden a salir de un embrollo que le puede costar la libertad y su trabajo.

El planteamiento de Verano negro es espectacular. El asesino posee una mente totalmente paranoica, de manera que incluso estando en la cárcel logra implicar a todo el que haga falta para llevar a cabo su plan: debe continuar siendo el mejor chef de Cumbria aunque para ello tenga que eliminar a quien pueda impedirlo. Lo que ocurre es que Keaton no se imagina que la mayor red mafiosa de Europa vaya a por él. Hasta que no le quede claro, los lectores continuaremos leyendo en vilo.

La investigación de Poe, Flynn y Tilly es inmejorable, épica, porque, además de demostrar que estamos ante profesionales inteligentes, como los grandes héroes enarbolan la lealtad, la confianza y la amistad en los otros aun jugándose el puesto «Algo cambió en la mirada de Flynn […] —Pues cambiemos las reglas […] ¿y si no jugaban al juego de Keaton? ¿Y si jugaban al suyo propio?».

Creo que la tercera entrega de Poe es El procurador. Tengo que leerla porque además de esperar un nuevo ingenio sangriento, que seguro queda resuelto por las mentes más agudas de la novela negra, la evolución de los protagonistas promete cambios. A Poe se le puede complicar algo su vida familiar, aunque en este segundo caso lo he encontrado menos abrumado; también la inspectora Flynn guarda un as en la manga que ha quedado sin desvelar; y Tilly ha aprendido a controlar sus emociones, aunque nuestra científica preferida sea única y para dejarlo claro, Craven haya debido inventar un término para definir su personalidad «Bradshaw no entendía el concepto de respetar el rango. No, cuando se hablaba de ciencia. Soltó una pedorreta socarrona. […] A Van Zyl se le había quedado la misma cara que a cualquiera después de ser bradshawado». Los personajes han evolucionado y se nota, por lo que Verano negro tiene un plus añadido para los que leímos El show de las marionetas.

Me gusta leer a Craven porque además de desarrollar tramas increíbles nos deja con alguna que otra reflexión filosófica. En este caso, queda clara la diferencia entre respeto al superior y miedo a las represalias; entre realizar un trabajo porque es obligación o hacerlo porque queremos ayudar al que nos lo pide, «Ese era el problema de los jefes […], que exigían una lealtad que no se habían ganado […] A la mínima oportunidad de joderlos, lo hacían».

La diferencia laboral existente entre hombres y mujeres también queda expuesta. Poe cae en la cuenta y al hacerlo invita a los lectores a reflexionar sobre el hecho de que, en unos trabajos más que en otros, la maternidad influye en la carrera de casi todas las mujeres. «Sabía que no estaba bien pero la discriminación en ese aspecto existía […] la realidad era que las mujeres que se cogían la baja de maternidad quedaban estadísticamente en desventaja […] se daba por hecho que tenían otras prioridades».

Y, por supuesto, también queda sobre el papel el poder de las redes sociales cuando las manejan quienes las usan para algo más que subir “histories”; en el fondo da algo de miedo porque parece que al final todos estamos controlados, «Ahora que Bradshaw ya tenía un nombre, encontraría a Chloe Boxwich en las redes sociales».

En fin, una novela totalmente recomendable, tanto si se quiere profundizar como si lo que pretendemos es dejarnos llevar por una trama negra con sus momentos de humor regalados, por supuesto, por Tilly, «se enfrascaron en una de esas largas conversaciones unilaterales donde la única contribución de Poe era mantenerse despierto».

viernes, 14 de octubre de 2022

EL HOMBRE QUE SABÍA DEMASIADO

Hay que leer a Chesterton. Aunque no nos guste la política. Aunque no confesemos con ninguna religión. A pesar de eso, todos deberíamos leer, al menos, uno de los ocho relatos que conforman Elhombre que sabía demasiado. Son relatos independientes, pero de alguna manera, vamos siendo testigos en ellos de cómo la amistad entre Horne Fisher y Harold March va creciendo, desde que se encuentran en La cara en el blanco hasta que se separan en La venganza de la estatua. Una amistad en la que prima, sobre todo, el respeto y la confianza por lo que la fidelidad está asegurada.

Los relatos constituyen una paradoja sobre la condición de la sociedad y están construidos desde el humor y el espíritu crítico. Cada uno comienza con la exposición de un ambiente determinado en el que las intenciones que llevan los agrupados allí se verán malogradas por un asesinato. El nexo de unión de los relatos es Horne Fisher, un político que no ejerce pero sí su familia y sus conocidos. El narrador, en tercera persona, expone cada caso como un acertijo de lógica aunque Fisher se valga también, para resolverlo, de excelentes razonamientos filosóficos.

Harold March es un periodista político cuyos conocimientos sobre el funcionamiento del gobierno son extraordinarios pero tiene poca intuición sobre la manera de pensar de los demás y se deja convencer fácilmente; para eso está asistido por Fisher, alguien que se dedica a observar a los demás, llegando a conocer perfectamente al ser humano. Esto, lejos de contentarlo, lo ve como una fatalidad; tiene la impresión de que sabe demasiado. Probablemente sea esa la causa de su apatía ante lo que lo rodea. Entre estos dos personajes retratan, a lo largo de los ocho relatos, las pasiones humanas: el complejo de inferioridad en La cara en el blanco, el fanatismo religioso o político en Las fugas del príncipe, la avaricia en El alma del colegial, la extorsión en La fuente insondable, la deslealtad hacia la propia profesión en El agujero en la pared, la culpa en Manía de pescador, los intereses personales por encima de la familia en El loco de la familia y la honradez pese a la familia en La venganza de la estatua.

Estos arrebatos consiguen hacer del ser humano alguien atroz, sin escrúpulos para agraviar de forma oculta, mientras intenta que los demás no distingan su evidente incapacidad. En todos los relatos la hipocresía humana es evidente y universal; a pesar de estar escritos en 1922 el mal funcionamiento político es bastante actual.

Como Sherlock Holmes y Watson, en 1887, Fisher y el bueno de March forman una pareja entrañable y aguda a quien no confunden las apariencias por muy engañosas que sean. A pesar de su aire despistado, la lógica con la que Fisher encara las desapariciones es aplastante; Chesterton se vale de ella para proclamar, ante todo, el sentido común como único recurso para mantener en paz una sociedad, algo que si en 1922 estaba en entredicho, en 2022 también.

Hay otro punto que une estos cien años, y es la falta de ética general. En realidad leer a Chesterton supone la desilusión que lleva el confirmar el escaso razonamiento del ser humano cuando se trata de pensar como colectivo frente a las excesivas reflexiones si queremos sacar provecho de manera individual. El sentido común de Fisher va unido al sentido del humor del narrador. Los relatos tienen gran inventiva, son agudos e ingeniosos, tanto que en pocas páginas consiguen resolver un crimen o un robo «me parecía que en ese asesinato había un error […] Un hombre había llevado allí a otro con intención de precipitar su cuerpo en el pozo; pero nadie había caído finalmente en él […] una fea sospecha sobre cierta posible sustitución, sobre un cambio de papeles»

El método que usa es casi siempre deductivo, parte de dos o tres premisas para llegar a la conclusión, o bien parte de unos hechos con los que elabora una hipótesis, la enfrenta a la realidad y la confirma «…Pero si estaba muerto y usted tenía una razón para matarlo, pudo callarse por miedo […] —Sí, yo tenía un motivo. —Entonces está a salvo —repuso Fisher…».

Para el detective aficionado la búsqueda de la verdad está siempre en la virtud del ser humano, por eso los inocentes quedan a salvo; pero en general, los ocho cuentos de El hombre que sabía demasiado suponen una visión amarga y desesperanzada «Gané la elección, pero jamás entré en los Comunes. Mi vida se ha desarrollado en aquel cuartito de una isla solitaria. […] Probablemente moriré allí» El apático Horne Fisher, relacionado con las altas esferas políticas, se ve envuelto en diferentes asesinatos que consigue resolver, a pesar de que en la resolución permanece el tono amargo del fracaso; el asesino puede quedar libre porque sería improbable que la sociedad creyera su culpabilidad de tan absurda que resulta. Los asesinos planean crímenes perfectos y sólo Fisher está en posesión de la verdad, «La inteligencia contemporánea no acepta nada que se le imponga por autoridad, pero en cambio acepta cualquier cosa sin autoridad».

El humor y los planteamientos asombrosos son una excusa para exponer la psicología del ser humano y la clave de su comportamiento, algo que se aprende a base de escuchar y observar, «En realidad todos nosotros vivimos en la más absoluta dependencia y sin embargo hablamos sin cesar de independencia».

Fisher está atento a todo lo que ocurre a su alrededor: cambios, estructuras, opiniones… a veces una palabra es la clave para dar con el asunto; de esta manera se mete en la piel del asesino y puede entender su punto de vista; interpreta lo que ve y llega a asombrosas paradojas que aparecen en el relato como metáforas, «el lápiz de plata de la luna…», ironías o juegos de ingenio «si hay algún animal viviente que detesto es un valet».

Asombra encontrar, en una narración repleta de duras críticas a la hipocresía humana y a la realidad sociopolítica, la gran imaginación visual de las descripciones en las que aparecen, con tintes nostálgicos, conjunciones en desuso de origen medieval, «Horne Fisher, maguer su afectada indiferencia…», sustantivos americanos «había escuchado esas futilezas con íntima impaciencia» o locuciones preposicionales típicas en Argentina, indudable fruto del magnífico traductor, Julio Cortazar, «Y luego de atravesar el césped pasó al otro lado…».

Además, en esta maravillosa edición de Alma Clásicos Ilustrados, podemos leer otros relatos en los que quedan confrontadas la lógica y la superstición para llegar a la conclusión, como en El relato de los árboles pavo real, de que las apariencias engañan y la verdad puede residir donde no se la espera, «Todas las lánguidas maneras del esteta lo abandonaron de pronto». La confrontación de La torre de la traición complica un espacio onírico hasta que es capaz de ordenar el caos, de sacar a la luz el enigma sin violencia, algo que dice mucho del optimismo de Chesterton «En la soledad de aquel callado y frondoso desierto el joven andaba hacia atrás […] Cuando este muro miraba hacia el oriente, las piedras relucían como pálidos mármoles».

Y por supuesto, las ilustraciones de Natalia Zaratiegui aportan otro valor añadido a este clásico. Es increíble cómo láminas tan sencillas, en rojo y negro, exponen la reflexión que el autor realiza en sus cuentos.

El relato y la ilustración quedan unidos como muestra del arte contemporáneo.