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martes, 27 de abril de 2021

HAMNET



Es unánimemente reconocido que Shakespeare fue un genio, lo es. Hace años pensaba que este afán de los españoles por infravalorar lo propio era la consecuencia de tanto alboroto por el bardo de Avon. Acababa de leer la Primera Parte del Quijote y era de la opinión de que nadie podía igualar a nuestro Cervantes. Hasta que leí El sueño de una noche de verano ¿Cómo es posible magia, humor, ingenio, color, en una obra? Luego leí las grandes tragedias. No sabría por cuál decidirme. Puede que por Othelo, pero está claro que mi juicio sobre Shakespeare cambió. Es difícil superarlo. Lo lees y lo vives a pesar de haber escrito para ser representado. La fuerza de la escritura es tal que consigue llevar las palabras a la mente del lector y que estas formen ahí el mundo imaginado por su autor.

He analizado muchas obras de Shakespeare. Su vida está más difusa. No me importaba, probablemente esa imprecisión contribuía a que el mito creciese en mi interior.

No voy a comparar a William Shakespeare con Maggie O’Farrell, no se me ocurre. Pero algo ha sucedido dentro de mí al leer su novela. Sus palabras han conformado una realidad patente que me ha atrapado. Cada vez que abría el libro la angustia crecía, pero era incapaz de dejar de leer. Sabía lo que ocurrió con Hamnet pero nunca me había parado a pensar en cómo sería ese niño, ni en su vida ni, sobre todo, en su madre. Agnes (Anne) es la verdadera protagonista durante toda la novela. Una novela cuyo tiempo externo no coincide con el interno. Hamnet comienza in medias res, cuando el pequeño busca desesperadamente a alguien de su familia para que ayude a su hermana gemela Judith, que se encuentra muy mal.

Mediante digresiones y analepsis vamos sabiendo la historia familiar, la infancia del escritor, la relación con su padre, un fabricante de guantes caído en desgracia ante el pueblo por su corrupción, avaricia y maldad; cómo se enamoró de Agnes, cómo fueron a vivir junto a los padres de él, cómo tuvieron a sus hijos, cómo él se trasladó a Londres y cómo murió el niño. A partir de ahí, la soledad, la muerte de Agnes que, como madre, es incapaz de asimilar que no verá más a su hijo.

Es increíble la capacidad de O’Farrell para introducirnos en el ambiente del siglo XVI, la vida natural del campo, la alta densidad de población en la ciudad, su ajetreo y el ambiente cultural frente a la tranquilidad y primitivismo del pueblo.

Pero es el manejo del léxico y sobre todo la mezcla de tiempos y modos verbales lo que consiguen que mantengamos la tensión en todo momento. No hay nada seguro en la novela, aunque sepamos el final. El narrador intenta establecer, con el uso del futuro, una distancia temporal en la que casi nunca se confirma lo propuesto, a pesar de que ofrezca cierto carácter imperativo, como si los deseos del personaje se transformasen en órdenes en la mente del narrador. Con el futuro, además, la intensidad de los hechos aumenta, por lo que resulta abrumador «Judith estará arropada entre sábanas limpias […] hará una mueca porque el remedio es amargo, pero se lo tomará […] Hamnet llega a la alcoba […] Respira poco y deprisa». Al combinar dos tiempos verbales, el presente es el que aporta la coherencia real al escrito, pero a pesar de ser más dinámico, no consigue relajar la tirantez pues, ha hecho desaparecer parte de la omnisciencia del narrador.

Hamnet supone una relativización del realismo. Ante nosotros aparece un mundo edificado al amparo de la literatura en el que los rodeos a la hora de hacer continuar la acción muestran la relación efectiva con la realidad. El relato imaginario del futuro se coloca frente al del presente. Los cambios bruscos de tiempo y espacio que aparecen contrastan con la profundidad psicológica que denotan las acciones de los personajes o sus diálogos, en los que la repetición anafórica confirma la excitación, la inquietud que ha dominado al protagonista «—¿Alguna vez has visto que […] ¿Alguna vez has visto que se pusiera de mi parte? ¿Alguna vez has visto que […] —A lo mejor si esperas […] —No soporto esperar».

Cuando el narrador quiere que se introduzcan hechos posteriores, o deseos, recurre a una prolepsis difuminada por medio del condicional. De esta manera puede mantenerse en el presente narrativo aunque cuente lo que sucederá en un futuro; el ritmo del relato decelera al tiempo que los personajes van tomando forma, van desnudando su yo íntimo ante el lector; avisan de sus actos y de los cambios surgidos en su evolución. El condicional cambia su valor temporal por otro modal en el instante en que describe acciones efectuadas en un mundo posible, no en el real de la narración. «Eliza no vivirá allí con su marido el sombrerero, desde luego que no, sino ellos […] Su hijo ya sería mayor…».

Es increíble como Maggie O’Farrell es capaz de subjetivizar el realismo de la novela, a sus personajes y a su protagonista. Protagonista que es en realidad el dolor de la mujer. El que parece protagonista, el padre de Hamnet, el enfrentado a su familia, el amante de su mujer e hijos, el autor de éxito, que curiosamente no tiene nombre en la novela, es nominado como “El preceptor”, “su hermano”, “mozuelo”, “el marido”, “el hijo”, “el padre”, “su cuñado”, “el joven”, “el hombre ese”. No aparece William Shakespeare en ningún momento, otra causa de la relativización del realismo, de la escritura literaria cuya autora es O’Farrell, y ha querido conceder toda la importancia, el peso de la novela, a la mujer. Joan, la madrastra, será quien eche a Agnes de su lado para que resuelva sola sus problemas. Mary, su suegra, la acogerá, Eliza, su nuera, la querrá como a una hermana. Susanna, su primogénita será querida antes de nacer. Agnes no necesita más. Su sensibilidad y amor por la vida conforman un mundo en el que lo importante es eso, la vida y todo lo que la conecta a ella. Agnes no escapa de la realidad circundante sino que la yuxtapone a la que percibe en su mente «Agnes ve que Mary está pensando en su hija, Anne, que murió de peste a los ocho años […] sabe que la pequeña Anne está ahí, en la habitación». Agnes se mueve en una realidad maravillosa en la que solo encaja aquél que puede encontrar la belleza en la naturaleza que le rodea. Cuando queda embarazada de Hamnet es incapaz de sentir esa seguridad, todo da un giro violento, el parto no es sosegado como el de Susanna y desde el momento en que sucede nos viene a la mente la primera imagen preocupante que leímos en la novela. El dolor de Agnes, su duelo infinito, la oprime hasta el punto de destrozar su vida entera.

Una vida destrozada y un dolor que se intensifican en cada página con una técnica que parece propia del cine. La autora congela la imagen, une tiempos, usa oraciones cortas en las que el gerundio aporta la sucesión continua de acciones, igualando presente a futuro, congelando la imagen descrita en la que los personajes, aunque intenten actuar con rapidez, quedan enfocados por el narrador en una perspectiva estática, hasta dar la impresión de que en realidad están parados, son una fotografía que no pertenece a ese tiempo «Pero, ¿dónde está su madre ahora? Cruza y descruza los tobillos. Correteando por el campo, vadeando estanques, recogiendo hierbajos, saltando cercas […] Estará dando un espectáculo, como de costumbre, parada, contemplando…». Paradójicamente esta suspensión del tiempo capta la atención por encima de cualquier elemento narrativo. Al detener el tiempo, el contraste hace que el movimiento tenga todo el sentido. Las secuencias correlacionadas establecen la trayectoria de los personajes, de ahí que siempre aparezca el presente.

El tiempo no pasa aunque el personaje cambie la acción, aunque varíe el personaje. La narración avanza inmóvil, en una sucesión de imágenes expuestas que se instalan en la mente del lector, hasta que llegan al clímax narrativo en una especie de silencio: «La carta de Eliza se la lleva un muchacho […] El muchacho la guarda […] la lleva a la posta […] El maestro de postas […] El hospedero tiene que esperar […] la carta pasará de mano en mano […] Un niño pequeño […] agita una carta […]Tiene que salir, tiene que irse de ahí […] Percibe una mano en el hombro […] el joven trota calle abajo […] Lo ve marchar entre el bosque de piernas que lo rodean».

No hay un solo clímax, la novela está llena de ellos porque en todas las secuencias el dolor de Agnes es capaz de romper su alegría. Lo que no consiguió la falta de padres, la humillación de su suegro, la abulia de su marido, lo logró la muerte de su hijo, eso es lo que hace que se rompa «ella no encuentra, no localiza el espíritu de su propio hijo». Y de nuevo la literatura es capaz de establecer un puente salvador con la realidad más dura «Su marido lo ha devuelto a la vida de la única forma que podía».

martes, 20 de abril de 2021

INDÓMITA AURORA

Es gratificante leer una novela y darse cuenta de que durante casi cuarenta años hubo mucha gente que no se contuvo, a la que no pudieron refrenar a pesar de utilizar contra ella todo el odio y la violencia imaginables, amparados por el poder. Esto es lo que tienen las dictaduras, que no dejan actuar según lo que cada uno piense sino solo lo que quiera el dictador.

Cuando alguien que tiene intactas sus facultades mentales lee sucesos de lo ocurrido en cualquier posguerra no puede dejar de sobrecogerse, de sentir pena, dolor por lo que las personas debieron pasar para empezar de cero y, en algunos casos, solos. Son los horrores inevitables de la contienda. Cuando leemos sucesos de lo ocurrido en una dictadura, nos espantamos al comprobar que, haber vivido el trauma de la guerra, no todos tienen el derecho a vivir, a sobreponerse.

Esto es lo que nos ocurre cuando reflexionamos sobre Indómita Aurora, se encienden las alarmas, cierto regusto amargo nos viene a la memoria. Conviene leer este testimonio para comprobar la capacidad de sufrimiento que tiene el ser humano, solo comparable a las ansias de libertad.

La novela es la historia que protagonizaron tantas familias en España, desde los años 40 hasta los 80. Una vez terminó la guerra civil, los que pudieron, o quisieron, adherirse al régimen vivieron más o menos bien, aun siendo conscientes –o no– de que tampoco ellos eran realmente libres. Los que mantuvieron una actitud contraria al bando vencedor entraron en el infierno.

Indómita Aurora me ha tocado de cerca. Por la proximidad con Murcia, Valencia estuvo presente en mi niñez, mi familia materna tenía amigos (de la guerra) en Algemesí. En realidad no sé si eran parientes, pero cuando venían era motivo de alegría extrema para mis abuelos. Siempre traían naranjas. En fin, no es lugar para contar nada de esto, daría para escribir otra novela, pero sé que todo lo que relata Estela Melero es cierto, el rencor de las familias enfrentadas, la justicia ejercida por aquellos que nunca habían sido defendidos, las delaciones, las violaciones de los señoritos, impunes, el ocultamiento de la mujer, el silencio.

La autora pretende que en esta novela destaque la función referencial cuando relata lo que ocurrió en un lugar y un tiempo determinados. Aunque Indómita Autora se desarrolla a principios de los años 70, el narrador, en tercera persona, cuenta a modo de flash back, hechos habituales de 1936, «Amanecía el pueblo con los primeros fríos del otoño […] Los concejales y el alcalde, republicanos, habían huido a los montes, otros se encontraban ocultos en sus propios hogares, dentro de tinajas o en las cuevas de las casas».

Pero esta finalidad referencial no dura mucho; ante un suceso de ese tipo es difícil mantener la imparcialidad, por lo que Estela Melero toma las cartas de Carmen, una activista del PCE, para, desde su punto de vista, transformar la labor intelectual objetiva, en labor artística. Los pensamientos de la joven, en 1945, rebosan plasticidad con imágenes naturales que hoy han desaparecido. Así pues la función expresiva deriva asimismo en referencial. Es maravilloso asistir a sentimientos propios de cualquier época a través de expresiones hoy algo anticuadas, olvidadas «Ya nos hemos besado, sin que nadie lo vea. Besar a un hombre es como cuando te comes una fruta madura y la boca se te llena de jugo, los labios te arden y todo explosiona en tu cerebro». Creo que en las novelas que hacen referencia al siglo XXI no he leído eso. ¿No hay frutas maduras ya? ¿No saben igual? Es una delicia leer expresiones de este tipo, y vocablos propios de la zona «palangana, aldaba, una palometa, a la taula, melguizo, la casquera,…».

El fondo de la novela, según quien la lea, puede gustar más o menos no cabe duda, pero merecen la pena los comentarios, las reflexiones sobre cierto costumbrismo que nos trae términos locales y actos de un tiempo concreto, no tan lejano y tan diferente al actual «Le fascinaban los toros de Osborne, pues le recordaban a los primeros viajes que hicieron ella y su primo con el abuelo a Valencia […] siempre les retaba a ver quién lo veía primero […] en los trayectos surgía siempre una conversación entrañable, una canción bonita, una broma divertida, una parada exprés debido al mareo de uno de ellos…».

Puede que algún escéptico elimine ciertos diagnósticos que se dan por ciertos en la trama. Puede que encontremos un discurso filosófico, poco profundo, sobre la postura adoptada para el momento, puede que alguien piense que faltan argumentos de autoridad. Pero la Historia se ha encargado de eliminar razones. En una guerra civil no se buscan culpables. El caos vivido debe ser de tal calibre que atrape a los combatientes en un vórtice temerario. No hay culpables entre quienes luchan en una guerra. No hay culpables en Indómita Aurora (no aparecen quienes provocaron el levantamiento). Es una novela escrita desde el punto de vista del perdedor, pero Estela Melero no es demasiado severa a la hora de juzgar las tropelías de la posguerra «–Arturo entró en la cárcel por adulterio, como tu tía […] Mas tarde su padre apareció muerto […] tu abuelo siempre sospechó de Arturo». La autora sabe que cuando se instaura una dictadura el hombre deja de serlo y se convierte en animal aterrado. Y no hay nada peor que el miedo «Según a quien preguntes te dirá una cosa u otra».

Esta novela es representativa del quehacer social del libro a través de las cartas. Actúan como transmisoras de mensajes que salvan las distancias aparecidas entre los personajes y al mismo tiempo funcionan como análisis psicológico para que el lector entienda las razones de la actuación que llevan a cabo. Las cartas, o la variante en forma de diario de Carmen, constituyen el grueso de la novela. Aurora y Carlos son meros artífices que nos leen la situación por la que pasaron los protagonistas, Carmen y Paco primero, Lola y José después. El miedo, la ocultación, el dolor, la culpa son compañeros habituales de aquellos que tuvieron mala suerte en el reparto al no encontrarse en el lado adecuado, estaban al otro lado y debieron vivir ocultos para siempre.

El narrador intercala escenas, de la misma época en diferentes lugares, de diferentes épocas de los mismos personajes. Con esto se convierte en el enunciador ficticio de una historia que plasma una situación conflictiva ficticia pero con capacidad para asumirse como autobiográfica. La mitad de España se ve reflejada de alguna manera en los hechos; los personajes se dejan llevar por la interpretación de las cartas, voces del pasado que advierten del horror «Paco trabajó mucho mientras yo estaba en la cárcel […] la casera se enteró de nuestra condición y nos tiró. Era una fascista acomodada que no quería saber nada de presos rojos».

La autora intenta permanecer entre su yo y la interpretación del mundo no vivido aunque certificado. Los hechos ocurridos en la década de los 70 representan el presente, la verdad de Aurora y Carlos, por lo que ambos –de diferente formación política– quieren tomar distancia crítica para interpretar esa experiencia que, a punto de terminar la dictadura, los lleva a seguir huyendo del régimen temerosos de lo peor. Las cartas exponen una serie de cuestiones vinculadas a la memoria individual, puede que formen parte de una historia real o no, pero son un reflejo de los testimonios sociales que aun hoy corroboran algunos, pocos ya, que los vivieron en primera persona.

Deberíamos haber sido testigos del pensamiento de los dos bandos en Indómita Aurora, si consideramos las cartas como voces del pasado que nos avisan del miedo a la deshumanización, a la animalización. Probablemente, pero Estela Melero ha levantado la voz de los perdedores sociales (triunfadores éticos). Para proclamar en lo que devino el bando ganador ya tenemos bastantes libros de historia, y algunos confirman detalles que nunca debieron ocurrir y que empiezan a asomar en consignas pensadas por monstruos antes que por seres humanos. Algunos deberían revisar –no hace falta leer un gran libro, solo el DRAE– el concepto de “libertad” para no incluirlo en contextos inadecuados… o leer a Estela Melero.

martes, 13 de abril de 2021

TOMÁS NEVINSON


Esta novela ha conseguido que surjan pensamientos escondidos, recordatorios de culpa que me intimidan hasta que, inmediatamente, una u otra justificación consigue aplacar la conciencia por momentos. La duda sigue ahí. Tomás Nevinson cala hasta lo más hondo del lector, espolea éticas y plantea situaciones con las que podemos no estar de acuerdo si no adoptamos otro punto de vista. El protagonista expone las obsesiones, recuerdos, obsesiones, alegrías, obsesiones, lamentos y obsesiones que lo han acompañado, y atormentado, toda su vida.

Como un moderno Ulises, Nevinson partió dejando a su mujer e hijos y estuvo diez años luchando contra dioses portadores del mal, a veces en brazos de comprensivas Circes, otras, interesadas Calipsos; ejerciendo en ocasiones de Escila impía y, frecuentemente, de navegante a punto de ser tragado por Caribdis. Una vez regresó a casa, la moderna Penélope apenas cree lo que ocurre. Berta Isla esperó pacientemente, sufrió por él, lo dio por muerto. Así se lo comunicaron. De nuevo lo tiene a su lado sin saber exactamente su “aventura”. «Ella, milagrosamente, no me había rechazado del todo tras una ausencia continuada de unos doce años, no solo ausencia sino también silencio».

El lector tampoco lo sabe aunque lo intuye. Ahora, Tomás Nevinson se desdobla en dos personas diferentes, aunque en el fondo sean la misma, dos narradores que van alternando la tercera y la primera personas para, en un monólogo interior casi constante, abrirse a nosotros. La lectura de Tomás Nevinson no implica solo estar al tanto del trabajo de quien ha firmado la Official Secrets Act, supone conocer las dudas, los temores y desalientos de quien es consciente de las ventajas de ser invisible, una de ellas, la principal, es que permite renacer, reencarnarse en otro sin ninguna carga, «Sabes que lo único seguro es estar muerto. Por eso lo estuviste durante tanto tiempo, para que nadie te buscara con veneno ni acero».

Con la misma facilidad que el protagonista cambia de personalidad, el narrador no duda en alternar su voz para que las opiniones de Tomás Nevinson se unan a las de Miguel Centurión a la hora de exponer los principales temas de la novela, las cinco dolencias causantes de una de las épocas más duras por las que puede atravesar una sociedad con consecuencias irreparables, los ataques terroristas. Son dolencias porque son contagiosas: «—La crueldad […] El odio […] La fe es contagiosa… se convierte en fanatismo a la velocidad del rayo […] La locura [...] La estupidez…».

Javier Marías se vale de datos históricos, pasados o actuales, datos literarios o cinematográficos para retratar el terrorismo feroz que durante años castigó a España por un lado, a Irlanda por otro, con ayuda casi siempre, de los intereses económicos y armamentísticos de las grandes potencias. Pero no es una novela negra aunque su fondo sea negrísimo, como un pozo vacío. No predomina en ella el misterio, aunque algunos de los capítulos o episodios terminen de manera expectante. De hecho, el narrador se permite la licencia de adelantar acontecimientos (a veces obvios) con pequeñas prolepsis, «Tupra había calculado que la misión me ocuparía unos meses a lo sumo, pero sabía por experiencia que todo se alarga y se enreda y se anuda».

Mientras, el autor, inimitable, prolonga el final hasta el último momento (en algún instante, desechado, he sentido la tentación de ir directamente a la última página).

Tomás Nevinson es una novela reflexiva que destila sarcasmo hacia determinadas organizaciones, trata con ironía la actuación de personajes identificativos de una colectividad e incide con humor en hechos, pensamientos que representan al grueso de la sociedad, protagonizados por los personajes, «En mala hora me habían puesto ese nombre. Allí estábamos los dos, Centurión y Comendador, parecíamos una pareja de cómicos anticuados», o por aquellos individuos extraídos de las leyendas, como la de San Dionisio quien, según un cardenal recorrió nueve kilómetros con su cabeza en la mano, a lo que «una ingeniosa dama […] rebajando con una sola frase la hazaña: ¡Ah, señor —le dijo—. En esa situación, solo el primer paso cuesta». Pero todo tiene un porqué en la escritura de este autor, hasta la última palabra.

He leído muchos artículos de prensa de Javier Marías y veo en las cavilaciones de Nevinson las de su creador. He leído bastantes novelas de Javier Marías; cada vez que termino una solo pienso, ¿cómo no le han dado el Nobel todavía a este hombre? Ahora, que empiezo a estar desencantada con esta sociedad, tras haber leído Tomás Nevinson exijo, si eso puede hacerlo cualquiera, el Premio Nobel de Literatura y el reconocimiento absoluto para Javier Marías. Un hombre que, al contrario que su personaje no se ha respaldado en el ocultamiento, siempre ha dicho lo que pensaba aun a costa de herir sensibilidades o granjearse enemistades.

En su última novela ataca las consecuencias del fanatismo, da lo mismo que nos dejemos llevar por una idea política, social o religiosa, cuando esa idea es única y no estamos dispuestos a razonarla, a entender el porqué de otras, cuando nos creemos dioses en posesión exclusiva de la verdad, actuaremos como dioses, orgullosos, egoístas que se piensan dueños de los pobres mortales, con poder y razón para disponer de sus vidas.

Es lo malo de los dioses, es lo malo del terrorismo, que son capaces de castigar a quienes no han hecho nada, porque lo importante no son las vidas destrozadas, lo que importa es el miedo que instalan en los demás, conseguir que se agachen ante sus exigencias por el terror de la venganza.

Javier Marías ha recordado en esta novela los hechos sufridos en España durante los años 1997 y 98 a causa de la banda terrorista ETA y padecidos en Irlanda a manos del IRA. Una época de horror que muchos han olvidado y conviene recordar, como todo lo ocurrido en la historia. Conviene saber qué pasó, el espanto de los damnificados e incluso de algunos criminales, meros espadas ejecutores que no piensan, solo obedecen al que mueve los hilos pues, si no lo hacen otra espada se levantará sobre ellos.

El horror del terrorismo. La frialdad de actuación. La impotencia de quien intenta combatirlo porque teme convertirse en un verdugo, sin sentimientos ni simpatías hacia nadie, solo es un trabajo. Nevinson se enfrenta a una duda crucial en su último encargo. Debe eliminar a una mujer, de entre tres, que supuestamente es una organizadora de la ETA y el IRA. Una mujer presuntamente infiltrada en una ciudad del noroeste español, que ha cambiado de vida pero posiblemente volverá a actuar como terrorista, que está agazapada esperando saltar sobre quien sea. No hay pruebas fehacientes. Nevinson, ahora como Miguel Centurión, se introducirá de incógnito en un colegio de la ciudad, Ruán, como sustituto temporal del profesor de inglés. Nadie sospechará de él pero él sí debe sospechar de una de las tres y matarla, para evitar males mayores.

A lo largo de casi 700 páginas asistimos a la convivencia pacífica, tranquila de la ciudad. Nada que, en principio, delate directamente a ninguna de las tres mujeres, dos de ellas muy queridas, la tercera muy respetada y admirada. Aquí está el problema. Centurión pasa en Ruán casi nueve meses y no tiene nada claro, no sabe si por haber estado fuera de lugar dos años, porque se ha enternecido con el paso del tiempo o porque ha conocido a esas personas, no a quienes fueron en un pasado, poco sabemos de él, todas ocultan algo; las conoce en el presente y, al tratarlas, surgen sentimientos de simpatía, de empatía, de admiración, de atracción e incluso de querencia. ¿Podrá decidirse a eliminar a alguna? En la entrevista con su superior inmediato, Tupra, señalan a una de ellas como probable. No hay nada contrastado, solo existen posibilidades más o menos evidentes. En esos momentos aparece el verdadero Tomás Nevinson, no el perteneciente al MI5 cuya misión es obedecer, por miedo también a las represalias, sino la persona de 46 años que ha madurado, ha leído, ha experimentado diferentes realidades que pueden afectar al hombre.

Nevinson se encuentra en una situación parecida a la que relata al comienzo de la novela. Desde su presente de 2020 recuerda una película de Fritz Lang en la que un cazador localiza a Hitler y tiene la oportunidad de matarlo cuando aún se desconocen las atrocidades que será capaz de cometer, aunque ya apuntaba maneras. El personaje cinematográfico no lo mata, obviamente, pero nuestro narrador comienza a preguntarse cuándo es lícito matar a una persona, si será justo asesinarlo sabiendo que en un futuro causará muchas muertes y, sobre todo, si uno es capaz de llevar a cabo un crimen de forma fría sin nada que dé pie en ese momento al atentado.

El protagonista reflexiona sobre la memoria, la venganza, el miedo, la ocultación, el amor o la culpa, «sentí aquel mismo ligero reproche hacia el orden del universo, que es el que nos lleva a todos a apostar y a perder». No hay mayor pérdida que la vida, por eso la muerte está presente también en las minuciosas descripciones cargadas de figuras retóricas, sobre todo repetitivas para hacer hincapié en que el tormento infligido es consecuencia de una decisión que a veces no es tan individual como podría parecer, pero deviene privativa del ejecutor «interviene la voluntad […] una voluntad apremiada […] una voluntad demediada […] no es posible que ya no vaya a ver […] que esa cabeza que aún funciona […] que ya no vaya […] que mi cuerpo despida […] de quien me ha matado […] careceré de conciencia…».

Javier Marías utiliza las reflexiones para introducir citas de otros escritores o de sus propias obras anteriores, acciones de personas reales que fueron invisibilizadas, privadas de la vida de forma violenta. Da igual la época, nuestra memoria, nuestra percepción es tan cruel que consigue ocultar los hechos feroces para que nos sacudan de nuevo a salir a la luz, recordando el lamento de Quevedo en sus versos «Soy un fue y un será / y un es cansado», «el tiempo no avanza y nunca olvidamos nada. Lo de hace diez años es ayer para nosotros. Es hoy mismo incluso, está pasando».

Tomás Nevinson ha actuado amparado en el ocultamiento, en el desdoblamiento. Cuando tiene claro quién es en realidad sustituye al narrador de tercera persona por el intimista de la primera, el propio protagonista no duda en culparse si es necesario para salir de lo camuflado y vivir de forma manifiesta «Centurión hizo otra pausa a sabiendas de que no debía […] Ese es tu verdadero nombre, como el mío es Tomás Nevinson y no Miguel Centurión, como tampoco fue MacGowran ni Fahey, ni…».

La muerte acecha en cada página de Tomás Nevinson, su llegada, a modo de sueño que permitirá no despertar, supone un constante desasosiego aunque normalmente la leamos con tranquilidad, razonando con Centurión, razonando con Nevinson hasta estar nosotros convencidos de qué postura hubiésemos adoptado en su lugar, hasta conocer a Tomás como persona, no como perteneciente a un grupo, hasta que vemos a Javier Marías en Centurión, en Nevinson y en la propia Berta Isla y nos consideramos honrados de descubrir denuncias políticas (que muchos de nosotros exponemos solo en nuestro círculo más cercano y nos rebelamos con lo que presagiamos más efectivo, el voto), «no era el Führer, nadie lo puede ser, o quizá sí, hoy creo ver alguno en ciernes», y sentimos gratitud porque intuimos, de nada podemos estar seguros, que Marías se ha abierto algo más hacia nosotros y estamos orgullosos de ser coetáneos de otro universal de las letras.

domingo, 4 de abril de 2021

EL ASESINO SILENCIOSO


¿Qué ocurriría en un planeta infestado por un virus letal?

¿Quiénes resistirían al virus y cómo?

Estas cuestiones las estamos viviendo, no hay que pensar demasiado. La humanidad está siendo asolada por un tipo de coronavirus que siega la vida de miles de personas. Da igual la riqueza o la posición, la enfermedad no respeta nada. Pero en El asesino silencioso, Juan Martín va un paso más allá y plantea una situación de ciencia ficción en la que «En una ubicación secreta» la corporación Ámbar Negro planea acciones ilegales, asesinas, amorales, con total impunidad, «por ese motivo, cada uno utiliza un apodo». Esta organización, formada por personas acaudaladas e influyentes de todo el mundo, maneja los hilos para que sus arcas sigan llenándose indefinidamente con sus beneficios, sin importarles las consecuencias. En esta ocasión, desde China, extienden un virus altamente letal de proporciones hiperbólicas que causará la muerte de forma masiva. Por supuesto, la corporación se ha hecho con los mejores científicos y tiene preparada la vacuna, que lanzará al mercado y con la que obtendrá mayores ganancias, al igual que con la venta de mascarillas y desinfectantes. Todo lo controlan. El mundo les pertenece. Cuando alguien se interpone en su camino no dudan en aniquilarlo, sea de la propia corporación o ajeno a ella «—Adiós, Sr. Hiena. Una vez que el hombre malhumorado sobrepasó a Slater, este se olvidó de su actitud sumisa, sacó su pistola y le pegó un tiro en la nuca a Hiena».

Este complot dirigido es lo que marca la novela. El tema principal es la acción de la corporación. El lector quiere saber qué pasará con Ámbar Negro. ¿Serán capaces de hacerse con el control mundial? Hay que leer el libro para saberlo, aunque las circunstancias que rodean a esta asociación de asesinos las conozcamos: confinamiento, uso de mascarillas, picaresca para librarse del aislamiento y poder salir así de las casas, desabastecimiento en los supermercados al comienzo de la pandemia ante el desconocimiento de lo que ocurriría después, hospitales abarrotados, multitud de muertes, problemas con los enterramientos… Todo esto lo estamos viviendo, o lo hemos vivido, así que no supone leer nada nuevo. Sin embargo es una novela que podrían leer los jóvenes porque tiene todo lo necesario para ser un cómic sobre el coronavirus. La idea está, y los personajes se ajustan a la perfección. Por un lado los malos, malísimos, millonarios criminales que ni siquiera se conocen entre ellos, aunque sí el origen, puesto que cada uno adopta un apodo que, de alguna manera lo define. Nos encontramos con el traidor Hiena, por eso es liquidado por el jefe Boss, Lobo siberiano, quien por ser demasiado viejo deja a su hijo Lobito, para que represente «mis intereses como si yo estuviera presente», Flor de Loto, la Viuda Negra… Todos harán lo que haga falta para que su poder siga en aumento.

Por otro lado, los buenos, también con características habituales y socorridas: Marcos, «el joven ricachón», «el apuesto joven que ayudaba a Jaime en el laboratorio», Ricki, el informático «gordito y no muy alto», Karen, la espía «de sensual movimiento […] su velocidad era superior a la de Slater», el youtuber «un chaval de unos quince años, flacucho» y el Dr. Echegoyen, «un experto en coronavirus». Sin saberlo serán los verdaderos héroes de la historia pues llegarán a realizar acciones increíbles como respuesta a los criminales actos de los miembros de Ámbar Negro, quienes no se oponen a la prepotencia excesiva de su jefe: 


—A mí me preocupa una cuestión importante –intervino Lobito, levantando la mano como si fuera un colegial.

—Adelante. Qué te perturba, chaval 

El lenguaje utilizado por los malos es propio del cómic, (el de los buenos también) por eso, aunque somos conscientes del daño que están causando estamos seguros de que perderán la batalla. 


Podéis estar tranquilos, será suficientemente elevado como para que cada uno de nosotros se pueda comprar un país para él solito.

—Bravo, bravo y bravo! –exclamó Lobito, mientras en su mente intentaba dilucidar qué país se compraría.


En general el autor utiliza expresiones coloquiales, del lenguaje oral, basadas a veces en los tópicos, destinadas a un público masivo, que aportan cierta relajación con el uso de enunciados cortos y sencillos en los que predominan la función expresiva con palabras poco precisas de intención humorística «…echar espuma por la boca. Todo el mundo […] salen escopetados del vagón del metro. —¡Qué cabrones”».

Las escenas podrían integrar elementos icónicos que ayuden al fin principal del libro, entretener al mismo tiempo que aporta alguna instrucción didáctica. De hecho cada acontecimiento de El asesino silencioso está encuadrado perfectamente en un ambiente nombrado al principio de los capítulos cortos: Wuhan, el primer foco. El funeral. Rumbo a Italia. Especial la gripe española. Aislamiento. La última reunión…

Los ambientes participan de la realidad y la ficción.

La corporación se mueve por ambición, es un reflejo de una sociedad en la que los jóvenes apenas tienen futuro. El régimen autoritario creciente se impone en el sistema sociopolítico y económico. No hay oportunidades y la corrupción se muestra impúdica, segura y orgullosa. Los gobiernos no toman medidas que dignifiquen la vida de todo, por eso las actitudes de desafecto aumentan. En este momento es cuando hacen su aparición “los buenos” de la novela, los héroes que se rebelan frente a este régimen opresivo mundial para impedir que los acaudalados, que se mueven en la sombra, continúen eliminando cualquier intento de subversión «Respondiendo a Flor de Loto, ahora nos dedicamos a difundir fake news».

Este grupo de buenos, estos héroes, son quienes protagonizan diversas escenas al más puro estilo de un género de novelas gráficas, con las expresiones que suelen acompañarlas, «—Vais a morir todos, ratas asquerosas!» «¡Enhorabuena, Doc» «¡Detente, matón!» y una apariencia exagerada según la profesión que desempeñen. En estas escenas, las grandes proezas y las empresas más serias y heroicas están salpicadas de cierto erotismo mezclado con algo de peligro y apropiada violencia para provocar una clara fascinación en el sector masculino. De hecho es la chica la que demuestra sus dotes físicas ante el riesgo y los chicos aportan la mente, el dinero y el carácter dominante. Estas escenas se combinan con otras propias de la ciencia ficción, el humor y cierto machismo nada encubierto, «venía vestida con un mono negro ceñido a su escultural cuerpo, con el pelo suelto y un andar sensual, pero sin parecer exagerado. Al hacker le recordaba a la mujer del anuncio de “Busco a Jack”».

Puede que, debido a la profusión de datos actuales, abrumadores en ocasiones, por parte de los medios de comunicación, el autor combine teorías y análisis situados dentro del rigor con anécdotas presumiblemente humorísticas, que también circularon por las redes sociales, y que se llevaron a cabo para saltarse, como fuera, las normas del confinamiento 


—… ¡Son trescientos cincuenta euros, cincuenta por perro! Ya lo hablé con Riki […] están muy cotizados como salvoconducto.

En ese momento apareció Riki, que todavía llevaba media ensaimada en la boca. Saludó al falso amante de los animales…

 Pues sí, creo que sería un acierto, en una posible futura edición, la inclusión de dibujos y viñetas.