Páginas

domingo, 28 de marzo de 2021

LA ISLA DE LOS JACINTOS CORTADOS


El año 1981 tiene un significado personal bastante intenso. Hay números, y fechas, que de pronto, sin saber bien la causa, los adoptamos como amuletos de la suerte. Es lo que me ocurre con 1981; la fecha es especial y sé por qué. Además es el año en que le dieron el Premio Nacional de Literatura a Gonzalo Torrente Ballester por escribir esta novela en 1980. Bueno, también tocó el primer premio de la lotería de Navidad en Cartagena, pero mi familia no vio ni una peseta de las de entonces. El caso es que la magia que envuelve a 1981 es la misma que aporta La isla de los jacintos cortados, creo que supone el estilo más erótico de la obra del autor y al mismo tiempo fluye sencillo a veces, otras, barroco.

La trama amorosa es doble también, real y mágico ficticia; en esta novela, Torrente Ballester, haciendo gala de su proverbial maestría y dominio del lenguaje, entremezcla dos historias diferentes pero interrelacionadas; en la de personajes “reales”, el narrador protagonista escribe a su alumna Ariadna, una joven becaria griega, una carta. La carta inventada por el por el narrador (el profesor de Literatura) constituye la otra historia; en ella vamos descubriendo el amor que siente hacia Ariadna y vamos siendo conscientes de la imposibilidad de dicho amor, pues todo acabará al final de las vacaciones en La Gorgona, una isla que el campus alquila mensualmente a profesores y alumnos.

La primera historia ofrece un triángulo amoroso en el que el narrador está enamorado de Ariadna, alumna que a su vez quiere al profesor de Historia, Alan Sidney. Ambos amores son no correspondidos por lo que todos los protagonistas sufren.

En este análisis me voy a centrar en la influencia de la épica griega en la novela actual, pues en el sufrimiento amoroso encontramos la primera semejanza con la poesía erótica clásica, en la que lo importante era describir el padecimiento sexual; los deseos amorosos causantes de júbilo en los amantes eran bastante infrecuentes entre los poetas griegos. Conforme a esto, Ariadna llora su amor imposible y el narrador sufre a lo largo de la novela el desamor de Ariadna. Solo en un breve fragmento parece nacer un sentimiento entre ambos, que desbarata una situación de la otra historia.

El propio nombre de la protagonista, enamorada de (y abandonada por) Alan Sidney, responde al de la mitológica Ariadna, igualmente conquistada y abandonada por Teseo, cuya perversión, capaz de abusar del amor puro de la seducida para lograr sus fines y traicionarla después, es similar a la impotencia que caracteriza al profesor de Historia. Este escribe un libro en el que llega a la conclusión, por procedimientos no científicos, de que Napoleón fue una invención. Lógicamente, la disparatada afirmación desata las críticas de sus colegas, que lo dejan en ridículo, por lo que el profesor enamorado va reinventando el argumento hasta confirmar la conclusión de Sidney para que su prestigio no se vea mermado ante los ojos de su alumna. Curiosamente, aún hoy el personaje de Napoleón atrae a escritores para entretener con él el argumento de sus novelas, como Paco Santos, quien en El mérito de ser detective y no fumar, encuentra en Napoleón una jugosa asociación entre el tabaco, el coñac y su testículo.

Pero en La isla de los jacintos cortados, el narrador enamorado viaja con su mente hasta el siglo XIX para ser testigo de lo que ocurrió en La Gorgona (La isla de los jacintos cortados) y estructurar la invención de Napoleón. Estos viajes se los cuenta en un diario a Ariadna y terminan por acaparar el argumento de la novela, pues con el viaje pretenden otorgar autoridad y la salvación de Alan Sidney, tal como Jasón y los argonautas consiguieron prestigio al dirigirse a la Cólquide para obtener el vellocino de oro; incluso la forma de narrar es parecida pues si en Las argonáuticas «les soplaba con ímpetu el Noto, y a su soplo favorable exponiendo las velas, penetraron en las difíciles corrientes de la hija de Atamante», en La isla de los jacintos cortados «El Artemisa navegaba hacia un temporal en el que se había metido con todo su velamen […] y el barco peleaba contra el viento y las olas».

Fiel a Homero, Apolonio consigue que las divinidades inmortales permitan el camino a los argonautas «Atenea se apoyó contra un poderoso peñasco con su mano izquierda y empujó la nave…».

Y fiel a los clásicos, Torrente buscará la colaboración de inmortales como Cagliostro, que les indicará hacia dónde orientar la investigación del porqué se inventó a Napoleón.

Manejando detalles que podrían pasar desapercibidos, como insertar personajes guardianes de la castidad en la isla de la Gorgona que, identificados con las Parcas, vigilan durante la noche «ya lo habían hecho», o construir personajes de la categoría de dioses, como Nelson «más poderoso que Poseidón, señor de los navíos de tres puentes, campeón de los mares», el profesor de Literatura compone una obra de magnitud comparable a la épica griega: durante una fiesta en honor del almirante Nelson, las damas representan algunas escenas mitológicas, Lady Hamilton, el nacimiento de Afrodita, Marie, desnuda y adormilada es Leda, mientras que la condesa de Lieven, también desnuda, avanza batiendo una túnica para abrirse paso entre sus piernas.

Torrente juega con los lectores mientras nos descubre uno de sus temas clave, la mitología, por eso no duda en sacar a los personajes quiméricos de la historia fantástica y llevarlos a la real para remarcar el amor imposible; de hecho Ariadna, a punto de besar al profesor, se suelta asustada cuando «unos grandes pajarracos pasaron a nuestro lado en vuelo rápido» y, sin dudarlo, cree oír gritar a Aglae «soltaros de ese abrazo, cochinos!».

El tratamiento del amor en esta novela sigue el tópico que Safo expone al evocar Medea a Jasón, así cuando a Ariadna le recuerdan a Alain, el profesor de Literatura le comenta «me pareció que te ruborizabas». Si Medea llora, inquieta, por amor lágrimas compasivas, también Ariadna se apiada de sí misma «el modo de llorar que tienes en mi hombro me anuncia…». La alumna queda derrotada ante el rechazo de Sidney (conocido en el campus como Claire), pues descubre su impotencia. Como alivio, igual que hiciera Medea, solo le queda dormir, «te dejaste caer en la cama».

Si el amor hace temeraria a Medea, también Ariadna elabora un procedimiento de ayuda a Claire contra su impotencia, aunque no dé resultado. El profesor Sidney ha enamorado a Ariadna solo con la palabra, siguiendo otro de los tópicos eróticos griegos.

La novela es una magnífica reflexión sobre la verdad o apariencia en las relaciones. Torrente mezcla ficción y realidad sin pérdida de verosimilitud al exponer un mundo que combina libertad y despotismo, lo verdadero y lo manipulado. El lenguaje engolado que emplea el poeta manifiesta cierto ridículo que causan  quienes se precian de ser expertos en algo.

El diario, o carta, nunca llegará a ser leído por Ariadna; las palabras solo seducen si son escuchadas.

Han pasado más de 40 años desde que fue escrita y La isla de los jacintos cortados sigue siendo actual. Torrente cuestiona la realidad histórica, con personajes fantásticos reinterpretados, y reflexiona sobre los ejes que mueven el mundo y los indecentes que mueven estos ejes.

martes, 23 de marzo de 2021

EL MÉRITO DE SER DETECTIVE Y NO FUMAR



¿Hasta qué punto alguien puede sentirse identificado con el protagonista de una novela, teniendo en cuenta que apenas hay puntos en común? Físicamente nos vemos más favorecidos; sus costumbres, más bien solitarias, tampoco son de desear, no come bien (o no lo hace directamente), no viste bien (o no acostumbra), no vive rodeado de comodidades… Moralmente… ahí está la clave. Su sentido de la justicia, del deber y de la lealtad es lo más preciado que un hombre pueda desear. Por eso no importa que regente una librería a la que apenas entra nadie, tampoco que no quiera desprenderse de según qué libros, ni que viva en la trastienda en un desorden que se va acrecentando poco a poco, porque sus prioridades son otras, reflexiona sobre los problemas sociales hasta dar con soluciones evidentes, enarbola la honestidad como sentimiento innato y la amistad supone para él un valor incondicional. Cuando vamos siendo conscientes de esto es cuando empatizamos con Narcís. En lo más profundo de nosotros quisiéramos ser como él, tener su escala de valores, pero eso es imposible porque Narcís es un ser mítico, «Narcís era un ser de letras y humo, pero sobre todo de humo».

Creo que esta es la característica fundamental de El mérito de ser detective y no fumar. El autor ha creado un personaje redondo que aparece ante nosotros sin pudor, tal como es, despojado de vestiduras y lleno de saber. Leemos cómo se comporta en la trama y tenemos la impresión, o la ilusión, de que hay algo de nosotros en sus ademanes, en su pensamiento, en sus sentimientos, hasta que somos conscientes de que Paco Santos ha dejado algo de Narcís en cada uno de nosotros. Aquí reside la grandeza de este antihéroe: forma parte del ser humano. Es parte de la Historia, la parte buena de la Historia. Desde su pequeño espacio, Fahrenheit 451, viaja por todo el mundo y a cualquier época. Su librería es donde se dan cita personajes reales del siglo XV para enlazarse a los del XVIII y a los del XXI. Y todos conviven con los reales del argumento y los ficticios. Imposible juntar tantos fragmentos de tiempo y espacio. Por eso, cuando la situación llega al caos absoluto, Narcís deberá purificarse en su Fahrenheit 451, el cronotopo cero que le permite resurgir de las cenizas...

De hecho no es la primera vez que el mito renace «Me da por pensar que Narcís es ese indígena reencarnado, y me lo imagino saliendo desnudo del chambao ruinoso de su librería, para regresar a los mares de su paraíso».

Paco Santos no permite que la vida de su personaje cambie en absoluto, de ahí el caos en donde todo queda destruido, Pero los fragmentos de Partagás, de Sherlock Holmes, de Miss Marple, de Vázquez Montalbán, del investigador innominado de Eduardo Mendoza, de Goya… que habían quedado diseminados se reconstruyen purificados


Y cuando la cristalera del escaparate reventó por el calor, una nube densa y negra se vino encima de León y de quienes le rodeaban.

León echó la cabeza atrás y abrió la boca para tragar el humo hasta quedar sin aliento.

Como el título señala, la novela es detectivesca, es una novela negra que gira en torno al tabaco. No es de extrañar que el primer capítulo se desarrolle en la consulta del cardiólogo «—La última calada no se olvida […] y la salita se nubló con el humo de la nostalgia». Será en este primer enclave donde conozcamos a León Hormiga, está claro que es un perdedor. Es interesante y humorística la clasificación de la humanidad que realizan los enfermos, según sus preferencias a la hora de fumar


—¿Y ese quién es?

—Fumador de pipa

—Un maníaco –aclaró Armonía.

—Filósofo y matemático

—Lo que yo decía

 

los amigos de la picadura […] fumadores de baja estofa […] desclasados […] en el grupo genérico de los toxicómanos


En este primer encuentro con la novela no dejamos de sonreír, pues el humor es constante en las igualaciones de términos dispares, en las respuestas de doble sentido, en la rendición de nuestros hábitos en favor de la salud «cuando me llegue la hora me iré para el otro barrio con un caramelo de eucalipto», en las imágenes religiosas hiperbólicas, en las citas modificadas de escritores relevantes y, por supuesto, en la triste situación familiar de León, adoptado por la familia Hormiga «Y León nunca había sabido […] si la elección de semejante nombre […] respondía a una burla cruel».

Una vez conocemos a León, aparecen su hermano Rodrigo, al frente de la agencia de detectives Hormiga, un homófobo, machista, intolerante, cuyo único fin es conseguir dinero y poder «Maricones eran León y Narcís, y los fumadores y los que perdían el tiempo leyendo», y su amigo Narcís quien «en adánica desnudez […] su negocio en una de las zonas más céntricas de la ciudad […] exhibiendo ante León su cuerpo desclasado y desgrasado como las lonchas de pavo que enrollaba tan esmeradamente y que tal vez eran las culpables de que su busto recordase a un ave de corral».

Hay otros personajes cuya función principal es afianzar las características de estos tres. Rodrigo chantajea a León para que haga lo que quiere a cambio de la entrega de un sobre azul en el que figura el nombre de su verdadera madre. De esta forma, se encuentra investigando un crimen con la ayuda imprescindible de Narcís que «regentaba una librería pero bien podía haberse dedicado al negocio del tabaco. En lo relativo a puros, no había nada que él no supiera».

El asesinado es Ángel María Poyet, cuya familia estaba fusionada, por negocios en Cuba, con los McNeill. En el siglo XIX un McNeill se unió a Pedro Mató, otro empresario que mandó asesinar a Jaime Partagás, potentado dueño de una fábrica de tabacos que acusó a McNeil de robarle una valiosa caja.


En la actualidad, Ángel Mª muere fumando un partagás procedente de la humidificadora Dunhill en Nueva York, desaparecida en 1985. Los puros fueron devueltos a sus dueños y subastados lo que no se reclamaron. El número del puro de Ángel Mª pertenecía a los McNeill pero la puja de la subasta se la llevó el padre del muerto. Ricardo Hormiga, al tanto del valor de la caja de cigarros quiere hacerse con ellos, y aquí es donde utiliza a su hermanastro León. El asunto se va complicando con nuevos personajes como Conrado, un experto en arte que desvela, sin saberlo, quién es el asesino de Poyet y qué quería, «los filetes de la duquesa». Narcís, soluciona los crímenes y consigue cambiar la suerte de León, que nace a una nueva vida.

La narración en tercera persona está plagada de anotaciones que resuelven las dudas del lector cuando se enfrenta a los comentarios de expertos como Narcís o Conrado. De esta forma, El mérito de ser detective y no fumar está llena de alusiones a escritores admirados por Paco Santos quien, en el contenido de su obra, recuerda al compromiso moral que transmitieron Cabrera Infante o José Martí, ambos luchadores, con la palabra, por la libertad del ser humano. También Narcís se vale de la memoria histórica para reivindicar la libertad y el entusiasmo por saber.

El homenaje a Pérez Galdós es evidente en la descripción de ambientes; la consulta del cardiólogo es un ejemplo, en donde las conversaciones se detallan con expresiones populares, con ilaciones absurdas, en un ambiente distendido y apasionado al mismo tiempo. Santos, como Galdós, encuentra el detalle significativo hasta mostrarnos una pintura realista de la sociedad actual. Intuimos en los protagonistas el alma del ser humano, tanto del perdedor como del que se presiente ganador «Dime cuándo te he mentido. Siempre te he dicho que eres un mierda […] Te crees que todo va a cambiar cuando abras el jodido sobre».

La ironía, en ambos escritores, es el arma más empleada para criticar a una sociedad progresista y desalmada, «las damas de la Corte, allá por la primera mitad del siglo diecinueve, se entregaban a conductas poco decorosas para los preceptos morales de la época, tendencia que ha debido de ser común a los salones palaciegos de todas las épocas». No solo la monarquía… la iglesia, los médicos, los empresarios, los mafiosos, nadie escapa a la prosa cáustica de Paco Santos que ataca con sarcasmo a un gobierno hipócrita que se deja manejar por quienes tienen el dinero, permitiendo barbaridades, como adulterar el tabaco para luego denostarlo cuando las consecuencias son irreparables en la sociedad.

El narrador nos deleita con una composición rigurosa, dinámica y expresiva, con imprecaciones que delatan la ira del protagonista «—A tomar por culo –sentenció», con sinónimos contextuales que desprestigian determinadas profesiones «hombre de las patillas, jayán barriobajero, el bigardo de la puerta, maromo, el portero», con adjetivos equivalentes poco usuales pero totalmente gráficos «blancura marfilina», «la uniformidad ártica», con interjecciones humorísticas y detalladas enumeraciones concatenadas que aportan una espectacular fuerza a Narcís, teniendo en cuenta que su físico y su mente son antagónicos; el librero erudito, amante del tabaco, es rebelde, intrépido a pesar de su escasa acción «—¡Por Partagás, amigo mío! ¡Por Partagás!». Pero como los grandes personajes de la novela decimonónica está abocado al fracaso, es un antihéroe que deja traslucir su pesimismo en la disección que hace de la realidad social a través del tabaco y la lectura, «—No soporto su manera de fumar».

En realidad la novela es un homenaje al acto de leer y escribir, en las anotaciones a pie de página circulan todos los grandes literatos, artistas en general que tienen que ver con la novela negra o la industria del tabaco. En cuanto a las imágenes, aportan calidad a la cuidada edición tanto las fotos de grandes fumadores que abren cada capítulo, como las que aluden a la fabricación del tabaco. Muy acertado presentarlas en blanco y negro pues terminan de envolver la historia en el aire decadente, mágico-real que predomina.

Por supuesto, las alusiones al título refuerzan la magia, «como si el hecho de no fumar resultase incongruente con la labor detectivesca», y el guiño a la anterior novela del autor confirma una de sus preocupaciones, «el olor a tabaco que desprendía León […] y que provocaba que, apenas ponía un pie en la sala, todos los pacientes torcieran el gesto…».

Leí Confidencias de un apestado, y al analizar El mérito de ser detective y no fumar encuentro que ambas novelas exponen la capacidad de Paco Santos para reflejar en sus personajes el conocimiento profundo que tiene del ser humano. Narcís es un amante de la justicia que a través de los libros recorre el mundo y puede descubrir lo que había detrás del asesinato de Ángel Mª Poyet y detrás del asesinato de Partagás en 1868. Sabe también el comportamiento que han desarrollado determinadas instituciones, por lo que se nos escapa una sonrisa (y un improperio y una lágrima de impotencia) ante la ironía que lanza a la actualidad, similar a la de Goya en sus pinturas «la escena muestra un alto en el camino de varios guardas de rentas de tabaco […] Goya retrata sin ningún género de dudas a un grupo de contrabandistas».

Novela redonda de un escritor completo, intrigas, amor, amistad, cultura, asesinatos, filosofía, humor… Determinados libros deberían ser lectura obligatoria en los institutos para que los adolescentes se formen imágenes ajustadas a la realidad.

martes, 16 de marzo de 2021

UN GIRO DECISIVO

Cuando hay niños de por medio, los sentimientos (de quienes tienen sentimientos) asoman con facilidad. Cuando los niños son torturados, sacrificados o esclavizados la tristeza, la ira, el dolor más absoluto nos embarga. Hace poco leí la historia de Iqbal Masih y quedé destrozada, porque aun siendo consciente de la situación tan horrorosa en la que viven los niños más necesitados, Miguel Griot le pone nombre y apellido, nos acerca esa condición hasta conseguir desestabilizarnos.

Andrea Camilleri consigue lo mismo con una novela de ficción, aunque los hechos narrados son ciertos, y los datos sobre la inmigración clandestina de menores (el comercio infantil) están extraídos de la prensa de 2002. El ser humano no deja de avergonzar al hombre.

Un giro decisivo es, probablemente por esto, una de las novelas más duras de la serie Montalbano. El comisario se enfrenta, sin saberlo, a dos muertos que, en realidad, será uno y al atropello intencionado de un niño que, de forma inesperada, está relacionado con el caso anterior.

Casi en su línea, el caso del muerto doble, lo investiga por su cuenta, al margen de la Jefatura provincial, con ayuda de Fazio, Mimí, Catarella y, sorpresivamente, su amiga Ingrid, que en esta entrega tiene un papel decisivo. Los jefes de la policía no están de acuerdo en que el ahogado sea quien dice ser Salvo Montalbano, pues ese hombre ya constaba como atropellado al caer a las vías del tren. Poco a poco irán atando cabos y seguirán la pista que les brinda Ingrid.

El atropello de un niño africano asalta al comisario de la forma más brutal, pues estuvo con él al bajar del barco que recogía a los inmigrantes. Montalbano se siente hundido, más si cabe al ver por televisión la denuncia de casos de corrupción policial. Todo confluye para querer dimitir, pero antes tiene que resolver la muerte del pequeño, sin saber que una cosa llevará a las demás y podrán salvar a los siguientes niños que llegarán, como no, a Spigonella, una de las urbanizaciones que (en la realidad) obtuvo amnistía urbanística como consecuencia de la corrupción.

—Dottore, los pueblos son ocho. A esos cinco hay que añadir Spigonella, Tricase y Bellavista.

Montalbano inclinó la cabeza sobre el mapa y la volvió a levantar.

—Este mapa es del año pasado, ¿Por qué no aparecen?

—Son pueblos que han surgido de manera ilegal

[…]

Los propietarios de las casas pagan al municipio […] jamás serán derribadas, ningún político quiere perder votos.

No es raro que sea Fazio quien ponga al tanto a Montalbano, es una técnica de Camilleri para denunciar la corrupción política y urbanística. Como también lo es que sea un periodista free lance quien desvele al comisario lo que hacen con los niños que traen, desprotegidos, de otros países. Montalbano se muestra en la conversación totalmente inocente para dejar que Sozio Melate descubra al lector todo el horror que la realidad oculta «Son una mercancía exportable […] para trasplante de órganos […] tortura y muerte de la víctima […] la mendicidad organizada…».

En Un giro inesperado (2003), Camilleri, pleno de dimensión humana, como siempre, grita su desesperación contra el mundo y despliega —a los 87 años— su ira contra quienes se resignan ante lo que pasa mirando hacia otro lado. Otra voz que ya no está pero pasó el relevo a su personaje, inmortal.

Creo que esto es lo fundamental de esta novela. El resto tiene pocas sorpresas para los lectores habituales de Salvo Montalbano. Recuerdo La forma del agua, Elperro de terracota, El ladrón de meriendas, Lavoz del violín, La excursión a Tindari, Elolor de la noche… Estamos ante la séptima entrega y, a pesar de que sabemos desde un principio que Montalbano no va a dimitir, a pesar de que estamos seguros de que Catarella no puede abrir una puerta en condiciones, a pesar de que estamos acostumbrados a la inconsciencia del comisario, a los enfados de Livia, no podemos dejar de leer a Camilleri.

Yo seguiré comprando sus entregas porque, a pesar del machismo circulante, propio del siglo XX, me devuelve a la magia del escritor y de la literatura, y consigue que una sonrisa, al menos, se me dibuje en la cara. No podemos tomar como una falta de respeto las comparaciones que el comisario piensa al ver a alguien que viste o actúa saltándose las normas sociales. Es más bien un extrañamiento que le hace gracia y la traslada al lector, «le había parecido un enorme ramo de lirios andante. Sin embargo se trataba de un hombre de unos cincuenta años, enteramente vestido de distintos matices de azul violáceo».

Tampoco podemos tomar demasiado en serio los ímprobos esfuerzos que debe hacer Montalbano ante las provocaciones de Ingrid, una sueca de costumbres liberales en cuanto a las relaciones. Nunca será capaz de ser infiel a Livia por mucho que lo desee, otro de los tópicos sociales (que creo están obsoletos), «Empapado en sudor […] se levantó de la cama y, soltando palabrotas, se fue a tumbar en el sofá. ¡Qué demonios! ¡Ni San Antonio habría podido resistirse!».

Porque aun en las escenas más trágicas encontramos un rasgo de humor


—El tráfico de niños –contestó Sozio Melato, al tiempo que abría la puerta y abandonaba el despacho

[…]

—Detén al periodista

[…]

Alguien gritaba (probablemente Catarella):

—¡Detente, Poncio Pilato!

Otro decía (debía ser el periodista):

—¿Pero qué he hecho yo? ¡Déjenme!

Un tercero se aprovechaba (evidentemente un cabrón que pasaba por allí):

—¡Abajo la policía!

Crep que con las escenas de humor el autor pretende ahuyentar los miedos, los suyos ante la realidad, los del lector ante el desenlace. Es como esas películas del oeste, totalmente asalvajadas pero en las que siempre había un rescate final que establecía el orden. Camilleri utiliza el humor porque le permite mantenerse en contacto con la realidad y aprender de ella, de sus fracasos.

En un conflicto trágico no somos capaces de dominar la situación, es lo que le ocurre a Montalbano en los momentos decisivos «se sentía tan exhausto, y tan a gusto de permanecer con los ojos cerrados, que no quiso reaccionar». Por eso requiere la llegada de su caballería particular; en esta ocasión, y no es la primera, será Fazio quien le salve la vida y le haga ver que el trabajo en equipo es fundamental para cambiar lo más detestable del mundo.

El humor no solo anda en los equívocos de Catarella, también las hipérboles descriptivas del narrador nos recuerdan que estamos ante una obra literaria, aunque la denuncia forme parte de la finalidad primordial del autor al escribir la novela «Por un instante desapareció incluso la sonora música de fondo del mundo. Hasta una mosca que se dirigía decididamente hacia la nariz del comisario se paralizó y se quedó con las alas abiertas».

Y, por supuesto, la última novedad de la comisaría, que alerta de la imaginación de algunos para conseguir, como pueden, llegar a final de mes: una especie de bazar, grandes almacenes, que el guardia Torreta tiene en la delegación.


—Cataré, ¿puedes preguntarle a Torreta si tiene unos alicates y un par de botas de goma, de esas que llegan hasta medio muslo?

Tenía ambas cosas. Alicates y botas hasta medio muslo.

El disparate, casi un guiño a los grandes del humor, como eran los hermanos Marx, consigue que hasta los epítetos con los que pretende insultar sean un reflejo del buen talante de Salvo Montalbano y su creador.

Seguiré leyendo aunque las sorpresas sean cada vez menores, seguiré aconsejando la lectura de la vida en Vigàta aunque presente una sociedad un tanto anticuada, y seguiré insistiendo en que nadie mejor que Camilleri para hacernos reflexionar mientras pasamos un buen rato.

A ver si aprendemos, «Y, con la cara dura de que solía hacer gala en ciertas ocasiones, Montalbano el usurpador ni se ruborizó».

miércoles, 10 de marzo de 2021

OJOS VERDES, NEGRA SOMBRA

Hace tiempo que no disfrutaba tanto con un libro. Es de los que he leído dos veces, una por puro placer, porque no podía dejar de leer y no quería, siquiera, marcar ni una palabra. Después sí, después me he detenido en los grabados, en las fotografías que abren algunos capítulos, en las páginas negras que separan otros capítulos y que llevan pegadas una fotografía de Fernando Villanueva en el anverso y una frase de la novela en el reverso, que alude a la foto y al título del capítulo…

Pero hay más, la edición de Dilatando mentes incorpora dibujos a plumilla (o carboncillo), partituras, poemas, fotogramas de películas, carteles, cuadros, fotografías costumbristas de la España de los años 20 y 30, explicaciones de mitos de José Ángel de Dios… Seguro que me olvido de algo. Ahora tengo el libro en la mano y Ojos verdes, negra sombra se me antoja una joya barroca, y su autor, Javier Quevedo, un artista en el más pleno sentido de la palabra, porque escribe una novela y sentimos la música que nombra, porque escribe un texto y vemos las imágenes descritas como si estuviésemos delante de una pantalla de cine.

De hecho, las alusiones cinematográficas juegan hasta el final con la realidad y el argumento de la novela. En 2008, en Bullas (¡qué ironía!) fue encontrado el cadáver de un hombre en una tinaja de una bodega. En 2012, en la serie televisiva Los misterios de Laura, el cadáver de la supuesta inspectora Lebrel es descubierto en una cuba de vino. Más tarde, en Olmos y Robles (2015) también aparece el cuerpo de un hombre en un tonel. Los personajes de Ojos verdes… llevan a cabo también esta estrategia porque la consideran la más segura, «¿quién en sus cabales pondría en duda que una barrica de vino solo contiene vino?».

No solo son estos guiños a escenas determinadas, los diálogos se insertan en la narración con descripciones de movimientos tan detallados que parecen escenas de película, por momentos las palabras se vuelven imágenes y adquieren una dinámica de alta carga emocional


—Aurelia…

La sevillana se dio la vuelta, y con una soltura […] adoptó la pose servil pero regia que había caracterizado sus años de servidumbre.

—Usted dirá.

Rosalía compuso una mueca de reproche […] lo que su voz dijo fue otra cosa.

—Que estoy muy contenta de tenerte aquí.


Es un estilo vitalista más que realista, un estilo que capta el ambiente en el que las protagonistas están condicionadas por unas circunstancias que las obligan a actuar de forma concreta. Nos encontramos ante una narración tridimensional que tiene siempre presente el cortijo andaluz, el pazo gallego y el pasado largo e incierto de ambas tierras que viene a instalarse en un futuro rápido y feliz. Es una narración metáfora de la condición de la mujer y de la condición de la mujer homosexual. La finalidad de esta técnica cinematográfica es ofrecernos el alma de los personajes en sus gestos y palabras.

Hacía tiempo que no leía algo así, con el ritmo apasionado de la Andalucía más honda y el misterio sugerente de la Galicia más profunda. La novela es una mezcla de géneros entre los que sobresale el costumbrismo, pero no debemos pasar por alto el misterio, terror y, por supuesto, el romanticismo más puro. Javier Quevedo consigue un efecto impresionante en el lector, pues abre de forma continua sentimientos de ira, de desencanto, de alivio, incluso de gozo total ante escenas de violencia extrema. A lo largo de la lectura la incertidumbre y la ansiedad se apoderan de nosotros porque no encontramos claro el final, parece evidente pero todo pude ocurrir porque el autor, como los buenos guionistas de cine o dramaturgos del Siglo de Oro, alarga la resolución hasta el último momento.

Entonces todo cobra sentido y la profecía que las tres hermanas Heredia le hacen a Aurelia al principio, cierra la historia enlazando a todos los momentos con los personajes que la protagonizaron.

La profecía es ambigua porque lo irreal intensifica la realidad, las leyendas se introducen en los hechos sucedidos para desembocar en un realismo mágico especial, un nuevo realismo mágico local, fruto de temores irracionales, «Aquellos minutos finales eran la sublimación del sentimiento de derrota que había ido espesando desde la primera mañana que la Bruta dio sangre en vez de leche».

Javier Quevedo expone una sociedad rural de principios del XX (que llegará mucho más allá) en la que la mujer tiene un papel sumiso y denigrante. En Ojos verdes, negra sombra hay mujeres que han sufrido la violencia masculina, incluso de aquellos cuya función era cuidarlas y quererlas. La figura del padre cae desde su pedestal para mostrarse cobarde, ruin e incluso depravada. No es de extrañar la ironía con la que se dibuja a una mujer acomplejada que llega a ser la peor enemiga de la propia mujer, pues no duda en cosificarse, en ponerse fecha de caducidad «¿Qué buscas? ¿Que se pase la edad? […] ¿Y cuando se te caigan las carnes, qué?». La voz de Gudelia se revuelve y nos llega hoy, sarcástica ¿Es por eso por lo que necesitamos sentirnos jóvenes a costa de lo que sea? ¿A quién queremos atraer? ¿Se pierde la capacidad de atracción con la edad?

La condición de la mujer, sometida a los caprichos del hombre si no quería ser relegada socialmente, duele no solo por tener conciencia de los malos tratos «El bofetón, tan seco que hizo que se golpeara la cabeza contra la pared, la dejó aturdida». La mujer debía mantenerse en su papel cosificado para poder sobrevivir, por eso los consejos que el refranero tenía para el sexo femenino eran advertencias aprendidas y asimiladas por todas porque, en general, no podían tener personalidad, eran parte de un colectivo infantilizado al que constantemente había que enseñar. Papel asumido hasta el punto de que, aun hoy, las propias mujeres se hacen eco de los refranes, se sienten inseguras y variables. La ironía del autor está en el giro con el que cambia un refrán y que representa una esperanza, «“Suerte tenemos de que se haya interesado por ti” Lo cual significaba que en boca cerrada no entran moscas […] Que la mujer honrada, la pierna quebrada y en casa, Rosalía “y que a quien mal árbol se arrima, mal rayo le parta”».

La tensión aumenta en ambientes relajados cuando aparece la presión y rigidez del cacique, machista, todopoderoso, amenazante, ante cuya alusión todos se sienten coaccionados por miedo a quedar desprotegidos «El sacerdote sonrió con un nerviosismo impropio en él». Sin embargo la ira del hombre no es más que el fruto de su impotencia, necesita de otros estímulos para sentirse por encima: maltrato físico, comentarios viciosos o humillantes, o actos que menosprecian para que nadie olvide quién es el supremo.

La religión está unida a la superstición y al hombre, la mujer no puede esperar ayuda, por eso aparece la Pastoriña, figura de virgen pagana que de alguna manera será la desencadenante de la situación final; no es extraño que sea la portadora de las características que conforman el título, «Una virgen preciosa de piel oscura como una sombra y con un par de ojos más verdes que los tuyos».

Tampoco es raro que las tres hermanas Heredia estén presentes en el argumento como una nueva Santísima Trinidad que, por ser femenina, ayuda a la mujer dándole fe para conseguir lo que más desea; un sutil cambio en la precepción de la religión, otro punto de vista para reflexionar sobre la importancia de imágenes omnipotentes con las que sentirnos identificados, «en el patio sevillano de tres hermanas que en realidad parecían una sola».

y tres mujeres se unen sin saberlo para cambiar la situación humillante que las circunda, Balbina, que decide vivir sola sin ver a la comunidad de su entorno, Clara, que olvida el qué dirán y el dinero para vivir con quien ama de verdad y Aurelia, que se enfrenta a quienes la rodean sin avergonzarse de su sexualidad. Tres mujeres que aportan una esperanza al futuro. También aparecen dos hombres diferentes en la historia (no en vano sus nombres son significativos), Barrabás incluye en su diálogo una parte del título de la novela para adelantar, de forma premonitoria, su papel; su intento de suicidio se transformará en crimen con el que hará justicia a las hermanas Quiroga y a Aurelia «Se me había metido esa idea en el entrecejo, como una negra sombra».

La otra mitad del título aparece en la descripción de Liberto, otro personaje masculino fundamental para el desenlace de la novela y para la sociedad real «Ojos verdes tenía Liberto, no enjuiciadores».

Ojos verdes, negra sombra es un canto a la libertad, a la igualdad, y Javier Quevedo Puchal lo expone con un estilo en el que amalgama expresiones propias del lenguaje vulgar con apócopes, contracciones, síncopas, aféresis… «pué, pa’l, saboría, jamía, picás, no ni ná», con expresiones del lenguaje castizo «A mí me palpita […] Eso, mal agüero que no falte», onomatopeyas «el frufrús de los helechos», con expresiones humorísticas por contraste entre el significante y el significado «No querrás que lo llame don Pepón, con el medio metro mal contao que tiene», con palabras vulgares formadas por semejanza en los significantes «criticaciones», expresiones populares «alma de cántaro» y típicas gallegas «abelurio, cheirón, cacholán».

En un alarde barroco, Quevedo une la concatenación con antónimos, oxímoron, sinestesia, elipsis y epanadiplosis para reflejar el sentimiento caótico y dramático de la situación, un sentimiento armónico a pesar de la falta de razonamiento «Tanto que, cuanto más la miraba más distinta la veía. Y cuanto más distinta… Así fue como empezó todo. Así, mirando y mirando, empezó su ceguera […] La boca latía granas maduras. El vestido, fuego […] Virgen y sacerdotisa, virtud y pecado. Deseo, Ay, deseo…».

Las hipérboles aportan matices peyorativos al papel del hombre en la sociedad machista «Liberto encontró la habitación tan abotargada de testosterona que enseguida dedujo lo que era: el despacho del señor Vidal».

El diminutivo enfatiza las supersticiones, «toditas las noches». Las descripciones minuciosas adquieren agilidad con comparaciones humorísticas y a veces la prosa se torna poesía con anáforas que abren paralelismos quiasmáticos que refuerzan la igualación de sus significados sinestésicos. De esta forma el autor consigue que el silencio comunicativo sea una muestra de cariño


Por primera vez en su vida, el mutismo de su hermana le provocó cierta ternura. Por primera vez, agradeció en silencio la opacidad de los secretos.

Con las digresiones, el autor puede interrumpir el curso de la narración para reflexionar sobre la realidad, y que el lector se distancie de la ficción. En el diálogo entre Balbina y Clara, aparecen las reflexiones y deseos de ésta en los que, en una autoguiño, la voz de Quevedo Puchal se implica del todo «Que sus deseos se convirtieran en una caligrafía caótica pero libre. Que su voluntad fuera la suma cuyo resultado jamás era el mismo».

Leí Cuerpos descosidos y vi en el caos estructural un orden argumental perfecto con el que Javier Quevedo me atrapó. Leo Ojos verdes, negra sombra y he de confesar que me rindo como lectora ante la claridad, la pasión y la valentía que este caótico desprende.

lunes, 1 de marzo de 2021

REBANADAS DE VIDA

Ante todo quiero agradecer a Babelio las constantes muestras de interés que tiene con sus seguidores. Cada cierto tiempo aparece una Masa Crítica, una puja en la que quienes queremos participar solicitamos, entre una lista considerable de libros, aquellos que nos gustaría leer (y luego comentar). Hasta ahora he disfrutado con los libros y me han hecho revalorar la literatura infantil y juvenil, género que tenía olvidado. También he descubierto autores increíbles de relatos, algo con lo que siempre me he sentido cómoda pues considero que escribir un buen relato entraña cierta dificultad. Por eso, en esta edición de Masa Crítica me decidí por Rebanadas de vida. Creí que eran relatos. Pero son observaciones que las autoras realizan sobre determinados temas. Los comentarios van dirigidos, ante todo, a los adolescentes. Es como un libro de autoayuda para los chavales.

Hay algo que me gustaría destacar del volumen: Los caligramas que aparecen en muchos de los relatos formando la imagen más representativa del mismo. Son ilustraciones formadas por palabras que expresan visualmente lo que dicen las propias palabras.

Al leer el texto, y ver al lado la lámina, aparece en la conciencia del lector cierta tranquilidad que relaja al tiempo que aporta una sensación de bienestar. Asimismo la imagen refuerza la idea, es la propia imagen la que enuncia el significado, por lo que ayuda a la comprensión.

Con esta estrategia, utilizada hace cientos de años por otras culturas diferentes a la nuestra, como la árabe, las autoras rompen la estructura narrativa y ayudan a que despierten en el lector diferentes sensaciones que alimentarán su inspiración o reflexión sobre el tema abordado.

En cuanto a la forma de los textos, Malen Agirrezabala e Isabel Eguía no escatiman recursos literarios hasta el punto en que, en ocasiones, parece que estamos ante poesía. Abundan las metáforas que incrementan el valor de los significados a los que se refieren, «nadie es tampoco esencialmente puro y somos, en cambio, cordillera». Las personificaciones conceden gran importancia a la naturaleza, avisando de hacia dónde deben derivar la atención los lectores, «Las montañas, como de costumbre, pese a ser pleno verano, yacían verdes». Las sensaciones que despierta la naturaleza se comparan con algo cercano a los jóvenes, como el cine, para que se sientan atraídos por ella, «como si de una secuencia de fotogramas se tratara». Y mediante epanadiplosis, se iguala la naturaleza a la felicidad «Olía a mar. A infancia, a libertad, a libertad. Pero sobre todo olía a mar».

El oxímoron es perfecto para expresar la pasión, «la gélida ventisca arde», y el estado caótico en que a veces se encontrarán esos jóvenes se adapta perfectamente a la acumulación de recursos, como anadiplosis, similicadencia, derivación y personificación en una misma oración: «El mar golpea los salientes, salientes como dientes que le salen a la tierra y la hacen llorar».

Los términos coloquiales «colonia barata», «kit» ayudan a la comprensión aunque encontremos algunos cultos «plétora» con los que aumentarán su vocabulario. El análisis que las autoras realizan de situaciones diarias cuenta con una voz en primera persona que atestigua lo gratificante que nos puede resultar un simple saludo y una sonrisa «me sentí tranquila, protegida e incluso feliz». Destacan lo importante y necesario de que nos demos cuenta de los efectos del paso del tiempo, algo que resulta inevitable y que nos hace ser más individualistas, egoístas incluso, por lo que es bueno hacer un alto en el día a día para reflexionar y recordar un pasado que es la base de la personalidad. En la sociedad actual vivimos de forma impetuosa y competitiva, por lo que estamos pendientes de gustar a los demás. Esta sensación nos agrada tanto que se convierte en una necesidad, «parecía recién salida de la pasarela», hasta que nos damos cuenta de que hemos perdido lo que realmente nos gusta, lo que nos hace felices, «le cogí la mano. Me miró extrañado. Se la apreté con fuerza. Sonrió. Sonreí».

Las autoras apuestan por una sociedad cuya educación no coarte la libertad de los niños, para que aprendan a ser independientes y necesiten buscar probabilidades que los hagan reflexionar; reclaman colegios abiertos que acaben con los métodos que cohíben. No es bueno encontrar a niños «despersonalizados, desposeídos de su fantasía innata y despojados de su yo» porque estos niños serán los adultos que seguirán manteniendo el sistema cerrado en el que vivimos. Un sistema que permite violar los derechos de algunas personas, siempre las más débiles; un sistema cargado de derechos «que no son los de todos sino de los que pueden». Un sistema que consigue sacar lo peor de nosotros, «cuando encendemos el televisor, porque nuestro intelecto sufre una dolorosa penetración que nos perfora las entrañas y nos hace violadores».

Por eso, Agirrezabala y Eguía proponen una sociedad en la que predominen las bibliotecas, lugares en los que «Entre las baldas se esconden universos repletos de realidades».

Los adolescentes viven preocupados por ser parte activa de un grupo, quieren triunfar y que los compañeros reconozcan sus éxitos, no desean mantenerse aislados, para ello se identifican con los modelos que suelen bombardear desde los mass media y, como en la mayoría de casos esos modelos no son reales sino inalcanzables, lo que consiguen es entrar en conflicto con esa irrealidad y con ellos mismos. Los antónimos ayudan a reflejar este sinsentido «prójimo-desconocido», «diestro-siniestro», «me regañase-me quería».

Debemos ser conscientes de que el mundo real es antagónico del ideal al que aspiramos, un ideal que despierta la mala conciencia, el malestar y la irritación que arrastramos en la realidad. Es muy difícil abandonar esos ideales, por lo que hemos de tener en cuenta que nos movemos entre ensayo y error. Si conseguimos mejorar nuestra autoestima, controlando nuestros actos, nos respetaremos más a nosotros mismos, nos valoraremos mejor, y esto hará que seamos capaces de respetar más a los otros, por lo que mejorarán las relaciones sociales.

Es difícil controlar la propia vida porque los desequilibrios entre las aspiraciones que se tienen y las oportunidades reales son evidentes, de ahí que las autoras propongan ayuda familiar, emocional y personal, es decir una autoayuda que podemos obtener al participar en diferentes eventos sociales para reflexionar sobre qué hace que nos sintamos bien, acontecimientos deportivos, literarios, científicos, manuales… Porque a veces vamos buscando algo y encontramos otra cosa que nos llena por completo, nos ayuda a sentirnos mejor, a ser felices, y hemos de tener en cuenta que en la vida hay pocas casualidades, lo que descubramos no será sino el fruto de un trabajo, un experimento, una lectura o una reflexión. «Este es el hálito que consigue reforzarnos para seguir».