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miércoles, 29 de octubre de 2025

ESCONDERÉ MI ROSTRO

En la introducción de Esconderé mi rostro, el protagonista se dirige en primera persona a los lectores. O puede que no. Con la segunda persona narrativa aumenta la credibilidad de lo que nos va a contar, nos hace partícipes de sus emociones y nos ofrece su perspectiva, por lo que inmediatamente estamos dispuestos a creerlo. Somos parte del relato. El narrador protagonista se hace, entonces, con las riendas y cuenta su historia. Al momento, nos damos cuenta de que, en realidad sus palabras van orientadas a un narratario, a otro personaje. Otros personajes que no vemos, que no oímos; personajes cuyas palabras intuimos por las respuestas y preguntas que les hace nuestro narrador innominado.

El comienzo de la novela es intrigante «Es la primera vez que alguien confiesa un crimen y, en la misma frase, jura por lo más sagrado su inocencia». ¿Es, entonces, nuestro protagonista o simplemente lo está presentando? No queda claro, porque en la Primera Parte, el narrador es una tercera persona externa que, de forma totalmente objetiva nos introduce en la vida de Rytas desde su nacimiento. A partir de ese momento los dos narradores intercalarán sus roles en los capítulos y los lectores conoceremos la situación mucho mejor que el propio protagonista; sabemos por qué realmente Rytas se crio con Gregor Delmen, sabemos por qué sus vecinos actuaron de manera tal que lo obligaron a realizar actos que no entendía. Pero, ¿es en realidad fiable la voz de este narrador protagonista que cuenta en primera y segunda personas la historia? No relata su vida sino la de Rytas, su íntimo amigo que se la contó a él a su vez, por lo que confluyen en un mismo personaje los tres tipos de narrador. No hay nada claro al comienzo de la novela, Guillermo Borao maneja con la precisión de un relojero los tiempos de actuación de cada uno. De los tres narradores solo conocemos el nombre de Rytas Delmen, por lo que deducimos que él es quien tiene razón. Él es quien aporta a ese narrador omnisciente la categoría de dios omnipotente que lo ve todo y sabe el porqué de todas las cosas.

No cabe duda de que el comienzo de Esconderé mi rostro es intrigante. No sabemos quiénes están hablando, quiénes son los que preguntan ni quién responde. No sabemos en qué espacio se desarrolla, «Las Lomas», pero, ¿qué es? La confusión se adueña de nosotros por momentos, la intriga también; los diálogos sin preguntas se van intercalando en la narración sin ningún tipo de marca. El autor crea con destreza un ritmo introspectivo rápido mientras el narrador conforma un efecto íntimo con nosotros. Los “dialogantes” invisibles justifican la narración; adquieren una función social al tiempo que impulsan al narrador a que vaya actuando. Será en esa actuación donde este narrador se irá caracterizando como alguien que no conoce las expresiones coloquiales, al contrario, habla de forma culta, propia de quien conecta más con lecturas que con personas «…la directora, que nos tenía por residentes muy obtusos», «con un anorak en medio de esa canícula volcánica», «Sara estaba preocupada […] Rytas posaba sus ojos en los míos […] así que figúrense el triángulo isósceles con el que nos aislamos del resto». Tenemos la impresión de que las descripciones, tan exactas, son más propias de una mente que no funciona del todo bien. Más allá de la sonrisa relajada que nos puede surgir al leer estos despropósitos, «sorber el cordón de la sudadera, que es, por encima de todas las manías abominables, la que más asco me produce», se esconde una intriga inquietante «Sara sabía que él no encajaba aquí […] “Esta vez no saldrá bien —me dijo—, no es como nosotros”».

¿Cómo es Sara? ¿Cómo es el narrador? ¿Cómo es Rytas? Hay que seguir leyendo para conocer su historia: Un bebé maldito antes de nacer. Un recién nacido abandonado ese mismo día por su madre que, a última hora no se atrevió a enfrentarse a él, a cuidarlo y educarlo en el camino recto. Un niño criado por un hombre cruel y temeroso que no estaba dispuesto, tras ser abandonado por su mujer y su hijo, a quedarse solo otra vez. Un adolescente consciente de ocupar un lugar que no era el suyo sino del otro. Gregor Delmen le dio su apellido y no dudó en maltratarlo física y psicológicamente hasta doblegarlo.

Rytas Delmen vivió así su niñez y adolescencia, angustiado por pasar desapercibido. El control del tiempo fue crucial; para esquivar aglomeraciones de compañeros que lo acosaban; para coincidir con su vecina Danuté, a la que quería y con la que se sentía a gusto; para no llegar tarde a casa y evitar la paliza que Gregor le daba con su cinturón; para dormir sin la angustia de la pesadilla que una noche tras otra lo martirizaba anulando así su tiempo de descanso. Rytas se levantaba cada mañana sin saber lo que había ocurrido con el tigre que lo acechaba en sus sueños, sin saber que, en realidad, ese tigre que lo espiaba le aportaba la fuerza necesaria física y espiritual; desarrollado de forma desmedida, alto y desgarbado, con una fuerza casi sobrehumana que solo utilizó en una ocasión. En realidad no quería despertar sino ternura aunque su mirada transparente reflejaba el pecado capital de quien se acercara a sus ojos. Determinó mirar al suelo y llevar una capucha. Pero las burlas y el maltrato continuaron hasta que abandonó su pueblo, Timisos y, con 18 años llegó a Madrid. Cumplió su sueño, ahora sería tratado con amor, en una ciudad donde nadie conoce su marca vergonzosa. ¿Podrá Rytas eludir al destino? En Madrid se encuentra con cuatro compañeros de piso en quienes descubre la lujuria de Rebecca, la gula de Lourdes, la pereza de Juan y la avaricia de Pablo. En Madrid conoce el final de su sueño con el tigre y es ahí donde además de la fuerza física y espiritual que lo caracterizaba se da cuenta de que puede convertirse en alguien sanguinario. Rytas es un ser dual que adapta su tamaño, fuerza, agilidad y ferocidad a según qué circunstancia.

El abandono físico y emocional, el maltrato físico y emocional le provocaron poco a poco una ansiedad constante, un dolor perseverante capaz de aniquilarlo o aportarle agresividad y, lo más importante, hicieron de él alguien asocial con temor a los vínculos afectivos. Alguien que puede cometer un crimen y ser inocente al mismo tiempo.

La dualidad está presente en la novela, el bien y el mal residen a la vez. Experimentamos el bien haciendo mal; Rebecca se lo insinúa citando a Oscar Wilde, «podía resistirlo todo excepto la tentación» y Rytas, como otro personaje de Wilde es capaz de desdoblarse hasta sacar fuera su pecado. Hay que terminar la novela para saber cuál es, el suyo y el de todos. Guillermo Borao evoca, mediante conceptos pictóricos, El jardín de las delicias, o literarios, Insomnio de Hijos de la ira, un conocimiento en los lectores con el que profundizamos en el verdadero significado de una sociedad cruel en la que vive Rytas, que es la nuestra. Una sociedad que se mueve entre la fachada y los deseos ocultos de quienes vivimos en ella.

Rytas quiere esconder su rostro en Timisos para que los demás no se sientan despreciables cuando lo miran, «lo avergonzó aquella expresión de pánico en el rostro del chico». Cuando llega a Madrid se da cuenta de que nada cambiará, por lo que, al igual que hizo Dios con aquellos que adoraban a otros dioses («esconderé de ellos mi rostro y serán consumidos; y vendrán sobre ellos muchos males y angustias»), Rytas esconde su rostro para no ver a nadie. Se siente un cadáver que se pudre en vida junto al mar de cadáveres que es Madrid. La vida ha sido su muerte y el tiempo ha ido marcando su podredumbre desde que nació.

Guillermo Borao nos hace vibrar mientras reflexionamos sobre quién es el verdadero culpable de la situación de Rytas Delmen. Quién es en realidad y quiénes somos nosotros.

sábado, 30 de septiembre de 2023

ZONA MUERTA

 

Hay veces en las que al comienzo de la lectura de un libro da la impresión de que se avecina una larga cadena de muertes horribles.

Otras, empiezas a leer y disfrutas con la inteligencia de su protagonista y cómo consigue, legalmente, ganar un juicio; pero sabes que algo tiene que torcerse porque en eso que estás leyendo ves un final de novela antes que un principio.

Al empezar Zona muerta me vi envuelta en las dos situaciones, me equivoqué con la primera impresión, pero no con la segunda.

Si Tilly Bradshaw es fundamental en la resolución de los casos del sargento Abraham Poe, en este, actuando en la sombra, es la auténtica protagonista; da la impresión de que M. W. Craven escribió la novela pensando en ella.

En la entrega anterior, El procurador, a nuestro protagonista le dieron el ultimátum para abandonar su casa porque estaba en unos terrenos recalificados que no podían ser habitados, pues la cabaña que iba con ellos al comprarlos no debía ser ampliada ni modificada en nada que se pareciese al hogar confortable que Poe se había construido. Una vez en el juicio, nadie contaba con Tilly quien, a pesar de no ser abogada, dispone de una curiosa relación con la ley a la hora de acceder a las bases de datos: la ignora. Esto le permite llegar donde nadie más lo hace y relaciona sucesos y personas hasta dar con lo necesario. En el primer juicio, Poe se queda con su casa, pero algo dará la vuelta más adelante.

El juicio queda pendiente porque ambos deber acudir hasta un burdel en el que ha aparecido asesinado un héroe de la guerra de Afganistán, alguien que fue apresado, torturado y rescatado por los británicos cuando se encontraba a punto de morir. Sin poder dejar de culparse cuando el grupo liberador fue aniquilado poco después, Bierman abandona el país y se refugia en EE. UU. hasta que una cumbre de comercio internacional le hace volver.

En Zona muerta no hay un asesino en serie, tampoco vamos a ser testigos de más muertes violentas, pero ni a Poe ni a Tilly los pueden engañar a pesar de que esta vez hayan sido reclamados por el MI5 y las verdades les sean dichas a medias. Puede que el muerto no se llame en realidad Christopher Bierman, puede que no tuviera nada que ver con las prostitutas. O sí, pero Poe es consciente de los silencios del servicio de inteligencia del Reino Unido y no está dispuesto a que le oculten nada. A pesar de que quedan en que habrá transparencia absoluta, los miembros de la agencia contra el crimen deben reconstruir hechos y nombres una y otra vez, porque las pistas siempre llevan a un asesino falso.

En esta ocasión cuentan con la ayuda de Melody Lee, del FBI, que fue crucial para Poe en El procurador, y de Hanna Finch, del MI5 quien, aunque con altercados, finalmente también les asistirá; además Bradshaw relacionará el caso con otra muerte ocurrida tres años antes, «y ocurrieron en rincones opuestos del país, pero la conexión de la rata es curiosa».

A partir de aquí, para conectar estas dos muertes, tan diferentes en principio, deberán tener en cuenta conectores USB de cables especiales, software maligno que se transfiere a los portátiles, programas grabadores de tecleos… Problemas informáticos que Tilly deberá afrontar hasta que, después de sospechar de todos y cada uno de los que van conociendo, «quiero un análisis detallado de todas las personas involucradas en este asunto […] Mañana por la mañana iremos a hablar con la viuda de Danny North, la que creó la página de Justicia para Tango Dos-Cuatro en facebook».

Está claro que Craven conoce el funcionamiento del ejército; conoce el mundo de la informática y sabe hasta dónde puede llegar la maldad, la venganza humana. Por eso Zona muerta nos sumerge en un ambiente frío, de intrigas, ordenadores, tecnología y las consecuencias cuando todo cae en manos inadecuadas, en mentes que solo buscan ajustes de cuentas. En esta novela, el autor ha vuelto a desplegar un final absolutamente obsesivo, que, por supuesto, llevará a Poe a reconquistar su casa y a formar lazos con nuevas personas conforme va despejando incógnitas.

El lector lo entiende todo al final; no hace falta ser experto informático porque el asunto queda perfectamente aclarado.

Es curioso porque aunque en El show de las marionetas, Poe y Tilly formaban una pareja anómala, conforme hemos ido leyendo las siguientes entregas, se han ido complementando, Poe no es tan impetuoso y Tilly no es tan fría. Van alcanzando el estatus de pareja perfecta.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

EL PROCURADOR

Cuando una pareja funciona bien en la literatura, la lectura de sus peripecias es agradable. Cuando a esa pareja se le añade un equipo, no hace falta que sea numeroso, en el que sus miembros se respetan, creen en ellos, en sus posibilidades y en las del otro y, lo más importante, además de ser buenos compañeros, son amigos, la lectura es amena. Cuando la novela en la que se mueven esos personajes tiene 420 páginas y estás en tensión porque no sabes cómo acabará todo hasta la última línea de la página 420, esa lectura ha sido trepidante.

Esto ocurre cuando abres El procurador. El comienzo es desasosegante, no entiendes bien qué ocurre pero es cruel, de un sadismo absoluto. Es solo una página. Después, la Navidad se instala para darnos un respiro; entonces leemos más relajados aunque tras cada capítulo esperamos que todo cambie para Washington Poe y su equipo, Matilda Bradshaw y Elizabeth Flynn.

M. W. Craven se ha superado. Si en El show de las marionetas, el hombre inmolación nos mantuvo en tensión, El procurador consigue que el estrés nos lleve al desasosiego, aunque en ningún momento podemos dejar la novela. El autor es un maestro del thriller. Ya tengo preparada Zona muerta porque, aun sufriendo, los lectores reconocemos un estilo impecable en el que la presión, a veces, se diluye en el humor; el argumento concebido desde la imaginación más siniestra se nos presenta con una trama espeluznante fruto de una mente perversa.

Cada vez estoy más convencida de que las peores acciones del ser humano son las que derivan de la envidia. El envidioso sufre una tortura psicológica constante por lo que perfectamente puede torturar a quien sea. Sin piedad.

En fin, es Navidad; el clima de Cumbria, un condado inglés fronterizo al norte con Escocia y al oeste con el mar de Irlanda, es en invierno especialmente frío, con temperaturas bajo cero, nieve, viento y lluvias que van a dificultar la solución de tres asesinatos, de los que solo ha aparecido un cuerpo. De los otros dos, dos dedos de cada víctima son la prueba, ya que uno fue cortado ante mortem y el otro, tras morir. En principio las víctimas no tenían nada en común, ni su trabajo, ni su vivienda las vinculaba, «Si lo de Teasdale era una caverna glorificada, esto era un hogar» pero Poe sabe que deben estar relacionadas; por eso no duda en trabajar con la forense Estelle Doyle: probablemente su sarcasmo sea lo único que sobrepasa a su inteligencia, «—Feliz Navidad, Poe […] Inspectora Flynn, me alegro de volver a verla. ¿En qué lío le ha metido esta vez la versión cumbriana de C. Auguste Dupin?». Tampoco Flynn, a pesar de su avanzado embarazo dejará a Poe solo en la investigación «—Me matan los pies y mis tobillos tienen el doble de su tamaño normal. ¿Podemos pasar directamente al momento en que ya hemos discutido y he ganado yo, pero Tilly hace lo que le da la gana igualmente?». Y, por supuesto, Tilly sigue a su lado, «—Matilda Bradshaw —contestó— Trabajo con el sargento Washington Poe y la inspectora Stephanie Flynn, de la Agencia Nacional del Crimen».

La comisaria Jo Nightingale es la encargada de reclutar a Poe y Flynn; Tilly va en el pack, sin ella nada tiene sentido, «Créame es imposible sobrevalorar la aportación de Tilly Bradshaw a la investigación».

Por si fuera poco, en esta ocasión Melody Lee, del FBI, es quien le aporta a Poe una pista fundamental que, en su propio departamento habían desechado por no encontrarle ninguna lógica. Pero Craven ha ideado a un sargento que trabaja bien con las mujeres y se fía de ellas. Son mujeres inteligentes capaces de ocupar cargos importantes; mujeres atractivas cuya forma de ser las hace únicas y cuyo conocimiento las vuelve irresistibles. Esto no cabe duda de que es un añadido para leer a Craven. Otro, por supuesto, es la incertidumbre constante. No se puede parar de leer porque la mente de Craven va por delante de la nuestra, pobres ilusos que creíamos poder resolver el caso; y el intelecto de nuestro escritor va más allá del que posea el asesino más retorcido y degradado. El autor razona como si su mayor pecado fuese la envidia, y con el razonamiento del envidioso es capaz de solucionar los diversos conflictos a los que deben enfrentarse aquellos personajes que han de luchar contra alguien depravado que los pervierte, a ellos y a otros, a través de la informática (cuánto daño está haciendo), mientras los protagonistas se valen de ella para salvar sus vidas (cuánto bien nos proporciona).

No quiero desvelar nada porque el lector va de sorpresa en sorpresa. A cada página surgen nuevos descubrimientos que desatan nuevas preguntas, y son muchas, ¿cómo cortaron los dedos que aparecen?, ¿dónde están los cadáveres?, ¿por qué los oculta el asesino?, ¿cómo entra en los lugares para dejar los miembros amputados sin dejar rastro de él? En fin, seguimos leyendo. Hemos de hacerlo, hasta el final. Entonces se abandona con pena la novela, casi queremos volver a empezar. Estamos pletóricos de la energía con que Craven impregna su prosa; no deja nada al azar, el humor, el ingenio y la tensión son constantes, las alusiones a novelas anteriores ofrecen una continuidad real a Poe «…él había convertido aquella ruinosa cabaña de pastor en un hogar que estaba convencido ya nunca abandonaría», la forma de actuar de Washington Poe, en la que su intuición lo lleva a descubrir en cualquier momento la verdad, tras haber sido engañado más de una vez, lo hacen decidido, con agallas; no lo pensamos solo los lectores, también sus amigas, que lo conocen y valoran, y por eso mismo temen que pueda actuar de manera irracional.

—Estoy en deuda con usted —continuó Doyle— tengo entendido que sacó a este arriscado hombre de un edificio en llamas, ¿no es así?

Bradshaw contestó:

—Es mi amigo

Las alusiones a los maestros de la novela negra ofrecen una continuidad al género «…y lo del final era una cita de Edgar Allan Poe. Es de “El hombre de la multitud”. Poe frunció el ceño. Qué extraño había sido todo».

Y las oraciones bimembres mantienen la agilidad necesaria que debe llevar el ritmo del thriller.

Nada es lo que parece en las novelas de Craven, los secretos están agazapados hasta que el autor quiere revelarlos, poco a poco. Seguro que los protagonistas también esconden algunos de los que nos enteraremos en las siguientes entregas.

El show de las marionetas nos descubrió la fragilidad del ser humano. Verano negro pone de manifiesto hasta dónde puede llegar la ambición. El procurador evidencia el poder de la envidia. Todas estas transgresiones conscientes transforman al hombre en un absoluto psicópata.

¿Qué se reserva Craven?

Sea lo que sea sus personajes son los suficientemente fuertes como para impulsar la historia y su pluma lo suficientemente clara como para denunciar aspectos de la realidad ocultos en su ficción.

miércoles, 9 de agosto de 2023

VERANO NEGRO

Hace algo más de tres años quedé atrapada en una de las tramas más complicadas e inteligentes de la novela negra. El show de las marionetas consiguió que superase la aversión que tengo al sufrimiento (propio y ajeno) para engancharme completamente a una historia en la que incluso conocer quién era el torturador y asesino no restó ni un ápice del interés por seguir leyendo; al contrario, aumentó la intriga que M. W. Craven supo imprimir al argumento.

Así pues llevaba altas expectativas al empezar Verano Negro. Ni siquiera cuando leí la macabra primera página, a modo de preámbulo, me intranquilicé; estaba segura de que antes o después leería por qué la persona que habla, derrotada, desaparece para dar paso al Capítulo 1 en el que in medias res nos enteramos de que Washington Poe ha sido detenido. Tranquilos. Como en una película, un cartel anuncia cómo hemos llegado a ese extremo. Así que, con el corazón encogido comenzamos a leer qué pasó dos semanas antes. Y lo sabemos día a día. Y de nuevo Craven consigue, con un estilo totalmente natural, sorprendernos, a pesar de saber que alguien está muriendo, o muerto; a pesar de ser conscientes de que el sargento de policía más carismático ha podido cometer un asesinato, «El agente de uniforme se arrodilló sobre su espalda y empujó su cabeza sobre las baldosas de piedra para esposarle».

Para entender cómo llega Poe hasta aquí hemos de remontarnos seis años atrás, los que lleva en la cárcel Jared Keaton cuando Washintong Poe investigó la desaparición de su hija Elizabeth Keaton y resolvió que el propio padre la había asesinado. Pero las cosas se ponen feas para el sargento al aparecer, supuestamente, la propia Elizabeth asegurando que la han tenido secuestrada y ha conseguido escapar. Mientras la policía intenta agilizar la libertad del reputado chef Keaton, Elizabeth vuelve a desaparecer consiguiendo que todas las sospechas de asesinato recaigan sobre el policía. Pero nuestro sargento cuenta con dos mentes brillantes, la de la inspectora Stephanie Flynn y la empleada, de altas capacidades, de la Agencia Nacional del Crimen, Tilly Bradshaw. No solo son compañeras, son amigas en las que Poe confía plenamente para que lo ayuden a salir de un embrollo que le puede costar la libertad y su trabajo.

El planteamiento de Verano negro es espectacular. El asesino posee una mente totalmente paranoica, de manera que incluso estando en la cárcel logra implicar a todo el que haga falta para llevar a cabo su plan: debe continuar siendo el mejor chef de Cumbria aunque para ello tenga que eliminar a quien pueda impedirlo. Lo que ocurre es que Keaton no se imagina que la mayor red mafiosa de Europa vaya a por él. Hasta que no le quede claro, los lectores continuaremos leyendo en vilo.

La investigación de Poe, Flynn y Tilly es inmejorable, épica, porque, además de demostrar que estamos ante profesionales inteligentes, como los grandes héroes enarbolan la lealtad, la confianza y la amistad en los otros aun jugándose el puesto «Algo cambió en la mirada de Flynn […] —Pues cambiemos las reglas […] ¿y si no jugaban al juego de Keaton? ¿Y si jugaban al suyo propio?».

Creo que la tercera entrega de Poe es El procurador. Tengo que leerla porque además de esperar un nuevo ingenio sangriento, que seguro queda resuelto por las mentes más agudas de la novela negra, la evolución de los protagonistas promete cambios. A Poe se le puede complicar algo su vida familiar, aunque en este segundo caso lo he encontrado menos abrumado; también la inspectora Flynn guarda un as en la manga que ha quedado sin desvelar; y Tilly ha aprendido a controlar sus emociones, aunque nuestra científica preferida sea única y para dejarlo claro, Craven haya debido inventar un término para definir su personalidad «Bradshaw no entendía el concepto de respetar el rango. No, cuando se hablaba de ciencia. Soltó una pedorreta socarrona. […] A Van Zyl se le había quedado la misma cara que a cualquiera después de ser bradshawado». Los personajes han evolucionado y se nota, por lo que Verano negro tiene un plus añadido para los que leímos El show de las marionetas.

Me gusta leer a Craven porque además de desarrollar tramas increíbles nos deja con alguna que otra reflexión filosófica. En este caso, queda clara la diferencia entre respeto al superior y miedo a las represalias; entre realizar un trabajo porque es obligación o hacerlo porque queremos ayudar al que nos lo pide, «Ese era el problema de los jefes […], que exigían una lealtad que no se habían ganado […] A la mínima oportunidad de joderlos, lo hacían».

La diferencia laboral existente entre hombres y mujeres también queda expuesta. Poe cae en la cuenta y al hacerlo invita a los lectores a reflexionar sobre el hecho de que, en unos trabajos más que en otros, la maternidad influye en la carrera de casi todas las mujeres. «Sabía que no estaba bien pero la discriminación en ese aspecto existía […] la realidad era que las mujeres que se cogían la baja de maternidad quedaban estadísticamente en desventaja […] se daba por hecho que tenían otras prioridades».

Y, por supuesto, también queda sobre el papel el poder de las redes sociales cuando las manejan quienes las usan para algo más que subir “histories”; en el fondo da algo de miedo porque parece que al final todos estamos controlados, «Ahora que Bradshaw ya tenía un nombre, encontraría a Chloe Boxwich en las redes sociales».

En fin, una novela totalmente recomendable, tanto si se quiere profundizar como si lo que pretendemos es dejarnos llevar por una trama negra con sus momentos de humor regalados, por supuesto, por Tilly, «se enfrascaron en una de esas largas conversaciones unilaterales donde la única contribución de Poe era mantenerse despierto».

viernes, 16 de septiembre de 2022

LA SASTRERÍA DE SCARAMUZZELLI


Qué acertada la cita de Javier Marías que ha escogido Guillermo Borao para presentar su novela, pues lo ha homenajeado doblemente: Javier Marías, por desgracia para las letras, nos dejó el pasado domingo, 11 de septiembre, consiguiendo que esta fecha sea aún más fatídica aunque, en un guiño a Borao, parece que se haya ido respetando la norma que William Langhorne anotó en su cuaderno: «nadie puede morir un domingo antes del mediodía».

¿Son presagios? ¿Coincidencias? ¿Dos estrellas de la literatura han unido ficción y realidad para conseguir que esta sea un poco menos amarga? Puede ser. Habrá que preguntarle al autor zaragozano si cree en el destino. Por ahora nos quedamos con lo que afirma un cochero, al principio de la novela, sobre el final de una obra de teatro, «la vida es, después de todo, un propósito de repetición».

Cuando leemos La sastrería de Scaramuzzelli nos embarga un ánimo ilusorio; parece que estuviésemos presenciando una obra teatral en la que representan lo sucedido en el pueblo de Tonleystone, «Barros miró al cielo y sintió su acoso constante, la persecución discreta que hace un foco en el teatro para iluminar, en esa acción, a los protagonistas».

Las alusiones a que estamos ante una función quedan implícitas durante la lectura; como si se tratara de un cambio de escena, «Las mañanas de verano en Tonleystone cambiaban de estación por la noche». Todo es posible en la novela porque el narrador nos introduce en un mundo mágico en el que las alucinaciones febriles de un niño se mezclan con el «proceso fabulador» del padre y la fantasía del escritor para conseguir, incluso, que los personajes no sean lo que parecen y mucho menos parezcan imprescindibles para la obra «—Por eso el señor Bernard aparece tan poco y nunca con gente ¡solo sale si William lo necesita!».

La sastrería de Scaramuzzelli es una deliciosa quimera y aun así se lee sin dificultad. No hay problema en distinguir personajes reales de los imaginarios, aunque nos llevemos más de una sorpresa y la tensión permanezca hasta que «Se cierra el telón». Entonces nos preguntamos sobre nosotros mismos y lo que somos: ¿Personajes en busca de autor? ¿Personajes del Gran Teatro del Mundo?, «y como si estuviera entre bastidores, se esfumó».

La novela se desarrolla en un pueblecito en el que destaca, imponente, la fábrica de tejidos de William Langhorne. Al pueblo llega Barros Scaramuzzelli, un sastre diferente, acompañado por Leonardo, un niño de seis años, y Mercedes, su hermana, algo mayor. Barros los rescató del hospicio para darles amor y un posible futuro. Leonardo se hará imprescindible para William y Patty Gallant, quienes terminarán tratándolo como al hijo que no tuvieron, pues William quedó estancado en los seis años, al quedarse huérfano, y desde entonces teme cualquier tipo de cambio en su vida. Barros compra el taller de confección de la fábrica e inaugura una sastrería que, desde el primer momento, es un éxito. El sastre propone una manera de vivir feliz, usando vestidos únicos que reflejen la personalidad de cada uno. Pero surgen envidias entre unos vestidos y otros, surgen ambiciones por dar prioridad al dinero y al poder frente a la honestidad y surgen enfrentamientos bélicos con La Corona a causa de mentiras que pretendían ocultar.

Los personajes son extraordinarios; como en un cuento de hadas, los dibujos que realiza Barros cobran vida en determinados momentos para que, en los lectores, asombrados, surjan dudas sobre si el contenido pertenece a una novela del siglo XIX o a un clásico de Perrault «Barros […] arrancó la lámina y rompió lentamente el papel verjurado. William no oyó la rotura de las hojas, sino el derrumbamiento de la torre de la iglesia».

A veces no podemos asegurar con certeza si lo que leemos forma parte de las acciones de los personajes o son sus vivencias oníricas, «Habría jurado que era el mismo de su pesadilla».

La narrativa de Guillermo Borao es ilusoria; en la historia distinguimos en ocasiones características del más puro estilo romántico, en otras, del género fantástico. Puede que entre ambos se den coincidencias. El paisaje y el ánimo de los personajes van en comunión, tanto que casi constantemente la naturaleza se personifica para adquirir importancia de protagonista «la luz deslumbrante se agitó con el estruendo de la campana de la iglesia […] hasta que recuperó la cordura, se paró y descubrió la presencia de un hombre». La naturaleza persigue de forma implacable no solo a los protagonistas sino a ella misma, «con las nubes a punto de reventar por asfixia». Da igual de dónde vengan; las emociones son lo más importante. Emociones surgidas del miedo real, de un mundo aterrador que se vuelve espacio de aventuras cuando un padre lo transforma en cuentos capaces de ser vividos. El problema surge cuando no hay nadie que construya ese mundo esperanzador y mágico, porque entonces nos limitaremos a preservar recuerdos, costumbres y objetos que nos recuerden lo que hemos perdido y acrecentaremos el individualismo y las obsesiones.

William tiene miedo de Barros aunque lo respete; teme perderse en la belleza que representa porque sabe que es efímera y no quiere sorpresas; se adapta a la luz del día y moldea sus sentimientos según la naturaleza que lo rodea, o adapta esa naturaleza a su yo: «Bale […] En medio del porche (de William) halló unas ruinas silentes». Llega a convertirse en un problema para quienes lo quieren, para sus socios, para el pueblo y para él mismo cuando se abandona al dolor y la soledad. William es una persona extremadamente pesimista; su melancolía, la tragedia que soportó de niño consiguen que broten sentimientos encontrados al experimentar momentos felices, dando como resultado un dolor constante. William necesita un espejo en el que mirarse, por eso aparece Barros en su vida. Patty se da cuenta de que, a pesar de parecer tan diferentes, tienen mucho en común, «la espalda fornida, el vello en los antebrazos, los ademanes de un caballero seguro, convencido y meticuloso. En aquella habitación, se dijo, se encontraban su pasado y su presente».

Tanto Barros como William ansían expresarse con libertad, ambos sufrieron, de niños, una brusca ruptura familiar; los dos se han formado sin premisas regladas, como héroes románticos, dejándose llevar por sus emociones. En ambos impera el yo; la realidad externa no les interesa tanto como el mundo interior, causante de la exaltación de su imaginación y fantasía y, sin embargo, ambos defienden un mundo libre y justo.

No solo hay coincidencias entre Barros y William. También entre Barros y Joseph (padre de William), entre William y Leonardo, «los cochambrosos calcetines eran iguales a los que Glenn le tejió una vez», entre Bernard y Joseph, «Oyó a su vecino igual que a su padre bajo el aguacero, en la misma frase…» y entre Bernard, Barros y Joseph «El pañuelo enviado por Barros era una réplica del que había usado Bernard para envolver, meses atrás, la novela de su padre». En realidad los personajes son quienes proclaman el tiempo circular (por eso una horrible tuberculosis en el siglo XIX pudo causar los mismos estragos que un “virus coronado” en la actualidad —que en la novela es, asimismo, el siglo XIX—

Los temas también pertenecen al Romanticismo —o son universales—. La muerte está presente desde el comienzo a pesar del colorido reinante. Los dibujos de Barros son agoreros, pero en el sueño traen la esperanza porque el sastre es la voz que nos anima al cambio, a luchar por un futuro mejor a pesar de las más graves adversidades; nos ayuda a guardar los infortunios en el corazón y a seguir adelante porque «El problema de vivir en el pasado es que siempre se llega tarde al futuro».

También el amor ocupa constantemente las páginas: entre William, Emily y Patty, entre Barros, Mercedes y Leonardo, entre William, Christopher y Patty… En todos los casos es un amor imposible, trágico: «era consciente de que su hermana mantendría la maldición hasta la hora de su muerte, presumiblemente lejana».

Y el otro tema importante es el destino, el fatum. Si Edgar Allan Poe sitúa un cuervo en el dintel de la puerta, para recordarle al desconsolado amante de Leonor la angustia que sufrirá por la muerte de esta, Guillermo Borao consigue que la muerte sea inexorable en la casa de los Langhorne cuando «El graznido de un cuervo rebotó en el tejado» y logra que Barros sea la figura prototípica del Romanticismo alemán al describirlo como El caminante sobre el mar de nubes, de Friedrich: «sus zapatos hollaban la tierra húmeda, dejando unas huellas que el agua, en la siguiente crecida, no tardaría en devorar […] se subió a las piedras […] Una ráfaga de aire le removió el pelo, abombó su capa impoluta y pareció un enorme cuervo negro a punto de batir las alas».

Es el destino, la muerte planea sobre nosotros pero el amor se nos presenta en múltiples variantes, que hemos de aprovechar mientras podamos «Alguien miró a William […] exclamó: —Los sustos no cuentan».

Pero nuestro autor no se queda en esto. En la novela aparecen diseminados otros temas como el enfrentamiento religioso, la avaricia empresarial por encima de la amistad, la mentira por miedo a perder fama o dinero… temas que pierden valor ante lo realmente importante, la lucha por la felicidad, y en ella encontramos el verdadero sentido de la paternidad «Barros pensaba que padre no es quien da la vida. Tampoco quien firma unos papeles […] Padre es quien quiere serlo, y William no compartía su sangre, pero se habría vendido al diablo por él». Y en esta ópera prima (¿¡en serio!?) de Borao, el lenguaje es de tal precisión con la época que no nos extraña vernos rodeados de «abordaje de corsarios, aya, papel verjurado, piel atezada, comisiones de madapolán, espuertas de tres palmos, redingote, chalina, pensil, perlesía, color almagre, molicie, jeme, várgano, leontina, pericones, polisón, almádena, sandio, hopeara en la Gran Avenida…».

Si esta es su primera novela, Guillermo Borao puede llegar a lo más alto, aunque tampoco reciba el Nobel.

sábado, 9 de julio de 2022

LA COSECHA PÁLIDA

De nuevo mi más sincero agradecimiento a Babelio por tenerme en cuenta para esta Masa Crítica sobre La cosecha pálida. He disfrutado la novela desde la primera hasta la última página. No conocía al autor y me ha fascinado; creo que una de las claves del éxito que Josan Mosteiro ha alcanzado con este thriller está en su enérgica localización geográfica; la misteriosa población gallega le da pie para introducir giros mágicos que permiten contextualizar la trama y confrontar una serie de situaciones que quieren quedar en el misterio y lo desconocido.

La voz narrativa de la protagonista es potente, se trata de una mujer con un pasado traumático que no puede olvidar, de ahí que su maniobra estratégica de posicionamiento social haya sido la ruptura; necesita buscar su identidad y lo seguirá intentando al finalizar la novela, «Incluso algunos medios me llamaron para entrevistarme, pero rehusé. Nunca he querido estar al otro lado de la noticia». Asunta es periodista de un diario virtual que no tiene problemas en abordar lo que todo el pueblo intenta encubrir, incluso debiendo salvar la dificultad que entraña el entorno, donde los movimientos son limitados. Por eso viaja, en busca de luz, a Oporto y a Santiago, pero también allí se le cierran las puertas de la información. Asunta quiere esclarecer los hechos ocurridos en Calixe, su pueblo, sin embargo, oculta todavía su propia violación, cuando era adolescente, hecho que la obligó a abandonar su tierra natal. Esto permitió que su prima Agripina malinterpretase el hecho, levantando un muro de odio y rencor entre ella y su familia.

Ahora, Asunta, en primera persona, con la única visión íntima de la novela, cuenta lo sucedido en algo menos de cinco meses en Calixe. Pero ella no lo sabe todo, el recurso del desplazamiento, incluso el de la tecnología no son efectivos, así que será necesario otro narrador, en tercera persona, testigo de diferentes voces, para que el lector pueda armar una historia que dura cuatro años. Mas. «…podían ser celos, venganza, frustración o años de humillaciones, quizás una mezcla de todo eso; pero nunca amor»

La cosecha pálida es la historia de un pueblo tradicional donde sus habitantes se conocen; rodeado de bosques idóneos para construir casas aisladas, «bosques para esconderse de miradas ajenas». Bosques en cuyo suelo viven los mouros, seres de estricta y peculiar moralidad, capaces de ofrecer premios o castigar duramente a quienes no cumplen el trato acordado por ellos.

Josan Mosteiro define a la perfección a los personajes, de hecho la novela se cuenta desde el punto de vista de cada uno de ellos. La alternancia de voces evita que la condición particular quede relegada a un hecho aislado, «¿cómo la habrían mirado en el pueblo?». El narrador va retratando día a día lo que ocurre en la trama con un personaje determinado. Así nos vamos enterando de sus sentimientos y lo que le sucede durante una jornada. El autor construye una novela coral y el lector puede ir reconstruyendo los hechos. Somos testigos de que el choque cultural supone una desazón para los que son de ciudad porque pretenden buscar razonamientos lógicos a lo ocurrido, mientras que los oriundos mantienen el secreto de ciertos entresijos que solo ellos aceptan como parte de la vida.

Normalmente las novelas negras se abren con un hecho agresivo. En La cosecha pálida, la primera parte comienza el 24 de junio de 2019, cuando Crucita, una joven que desapareció de Calixe cuatro años atrás, vuelve al pueblo sola, andando por la carretera y con un mensaje para todos, «mañana daré una rueda de prensa para contar qué pasó y dónde estuve […] Mis secuestradores me salvaron la vida».

Pero los lectores sabemos más; en una especie de prefacio, nos habíamos enterado de un acto violento: una chica, Silvina, aparece muerta en el bosque y marcada en la espalda con un mensaje inquietante «Mala semilla».

La novela comienza in medias res; al seguir leyendo, en orden cronológico, llegamos al fatídico 2 de julio de 2019, día en que la propia hermana de Silvina encuentra su cadáver mientras está siendo comido por un cerdo. ¿Están unidos los dos hechos?

La violencia de la novela es rápida, inmediata, no hay recreaciones retorcidas, es como si el rencor acumulado durante años saliera de repente. Incluso los personajes que, como Asunta, parten de Calixe en busca de una ciudad cosmopolita, en busca de libertad, cuando regresan se encuentran con un pueblo rencoroso que se venga por haberlo abandonado. Las brujas, meigas, trasgos y mouros están agazapados y juegan en el entorno, y, a su manera, advierten que son ellos quienes deciden la felicidad de los humanos, «Aliviada y derrotada al mismo tiempo. Porque ha intentado jugar a su manera y ha perdido».

Puede que por eso no sea fácil descubrir quién ha sido el asesino. Nada es lo que parece. Durante casi trescientas páginas todo apunta a personajes equivocados. Los lectores vamos cambiando de sospechoso según la perspectiva que ofrece Mosteiro: «Hay algo en ese hombre que le inquieta […] La carretera es un vaivén de curvas, un río de asfalto que fluye entre bosques y colinas, campos con vacas y casas con depósito de agua».

Ha pasado un mes desde que apareció el cadáver de Silvina, desde que Crucita reapareció en Calixe asombrando a todos con la identidad de sus secuestradores, desde que Asunta y su jefa, La Duquesa, deciden que Crucita no está loca y la verdad es más oscura de lo que aparenta, desde que Manuela, la única que se atrevió a increpar a Crucita por defender a la mujer dependiente del hombre, también ha desaparecido.

Ante esto sucesos extraños Asunta se va desanimando pues no ve la forma de continuar con la investigación. Además ella queda señalada en el pueblo por el inesperado giro violento que sucede en su familia.

Tras casi cien días de silencio, el 31 de octubre, Juana Subiela, desaparecida de una aldea de Calixe en 2016, vuelve: «Una muchacha camina despacio por la cuneta de una carretera paralela al bosque […] Al doblar una curva, ve Calixe asomándose en la niebla».

Crucita manifiesta claramente el síndrome de Estocolmo al desarrollar cierta complicidad con sus secuestradores, pues cree que la han liberado de tener que aceptar una vida que no quería y la han premiado al otorgarle una existencia tranquila; no es consciente de que su precepción es falsa, de que su trastorno se acrecentará hasta afectar a quienes la rodean.

La actitud de Juana al aparecer es diferente, teme a sus secuestradores y apunta, sin querer, a quién puede estar implicado. Esto supondrá un peligro para Asunta, aunque evitado por dos buenos amigos que hace en el pueblo.

El final de la historia se desliga de todos los personajes como individuos y los une como consecuencia de la naturaleza asfixiante del pueblo, el verdadero protagonista. «Se ha ahorcado en el bosque». Los personajes no se salvan realmente porque es el ambiente opresor el que les quita la libertad y les impone la oscuridad del trauma que deberán acarrear. En La cosecha pálida diferentes historias se van tejiendo con hilos que mueven los mouros. Puede ser. «Se pone en pie y le parece verla, su cabello rubio al viento. […] Esa maldita loca». Pero la vida de los del pueblo estaba condenada a la desgracia desde el principio «Ha llorado, ha dado vueltas en la cama. La misma cama que desde hace unos días ya no comparte con Xenaro». Nada puede funcionar bien cuando quien urde secuestros o crímenes está en posesión de una mente narcisista, psicopática, que sabe obtener lo que quiere mediante la manipulación.

La escritura de Josan Mosteiro, sin embargo, funciona de maravilla.

lunes, 27 de enero de 2020

EL SHOW DE LAS MARIONETAS



Es difícil superar a Michael Connelly como escritor de novela negra. Es complicado igualarlo, no solo porque su vena periodística late en cada historia sino por el simple hecho de que dos de sus protagonistas, Harry Bosch y el abogado Lincoln, han dado un salto a la pantalla para dejarse ver en sendas series televisivas. Ante estas expectativas, el británico M. W. Craven sale perdiendo (se espera demasiado de él, el listón lo tiene casi en el tope). En cuanto a la serie Luther, empezó siendo muy original, además contaba con Idris Elba como actor principal, uno de los hombres más guapos que han pasado por televisión, que junto a su personalidad carismática, atormentada, nos enganchaba desde el primer momento. Pero en la segunda temporada el argumento dio un giro progresivo hacia la violencia gratuita y el sadismo incisivo, al menos así lo viví yo, o no pude hacerlo, porque tuve que dejar de ver la serie. En fin, sensibilidad extrema —la llaman— para ciertos asuntos.

Así pues compré El show de las marionetas con cierto escepticismo (ya que las citadas eran las referencias que aparecían en la portada del libro). Incluso al comienzo de la lectura estuve a punto de cerrar la novela, demasiado cuerpo torturado para mi gusto, pero esta vez la recomendación venía de dos grandes lectores, Rosa Sanmartín y Hefesto, compañero de Babelio, la mejor página lectora de la red, por lo que las alabanzas y elogios debían tenerse en cuenta. Seguí, por lo tanto, adentrándome en sus páginas y llegó un momento en el que no podía parar de leer.

La novela tiene un enfoque sociopolítico en el que el ambiente sórdido queda reflejado de tal manera que, aunque al principio parece hiperrealista y exagerado, conforme se van argumentando hechos y modos de actuar, va apareciendo la sociedad real en toda su ruindad. Aun así, el protagonista, Washington Poe, engancha porque es un personaje literario. Está claro que M. W. Craven ha dibujado unos personajes que van a dar mucho que hablar porque están dotados de un perfil irresistible, que se va marcando más según van transcurriendo sucesos:

 Tilly Bradshaw es impetuosa, un genio de altísimo coeficiente intelectual que presenta déficit de asertividad y habilidades sociales

—Tilly, no tienes por qué levantar la mano. ¿Qué pasa?
—Yo no soy detective, Poe. Soy empleada de la Agencia Nacional del Crimen, pero no tengo capacidad de detener, como usted, el sargento Reid y la inspectora Stephanie Flynn
—Eh…, gracias por aclararlo, Tilly. Es bueno saberlo.

Washington Poe es el sargento indomable a quien no le importa transgredir las normas para imponer justicia «Mi jefa le diría que la diplomacia no es uno de mis fuertes».

Kylian Reid, el sargento de incidencias graves, es sagaz y competente, «Evidentemente no puedo decir si se aplica a la cuarta víctima: todavía no ha sido identificada».

Stephanie Flynn es la inspectora decidida y organizada a la que no le importa jugarse el puesto por apoyar a su equipo «acudí directamente a mi director para obtener un permiso rápido. Por suerte, él fue capaz de salvar un par de obstáculos y ahorrarnos varios días».

Y con este póker de ases da comienzo una de las tramas más inteligentes de la novela negra actual.

Una serie de personas con alto poder adquisitivo, y de diferentes ámbitos sociales van apareciendo asesinadas en algunos de los sesenta y tres crómlech situados en Cumbria. Las víctimas han sido torturadas, mutiladas y quemadas hasta hacer casi imposible la identificación. No hay un móvil aparente que pueda unirlos, excepto la edad que tienen, todos rondan los sesenta años. El asesino en serie solo deja una pista, el nombre del sargento Washington Poe grabado en el pecho de uno de los sacrificados, por lo que deben investigar en todos los estamentos antes de que continúe la cadena de horrores. Sin embargo todo terminará cuando lo decida el ejecutor.

Como dato a favor de este argumento, es justo señalar que conocemos al asesino bastante antes de terminar la novela, y esta información no hace sino añadir más intriga a la historia. Lo de menos es saber quién ha cometido los crímenes, esto es anecdótico, importa, sobre todo, el perfecto análisis social que se lleva a cabo. El relato está estructurado con una maestría inigualable; no hacen falta giros excesivos, todo va encajando a la perfección, con normalidad. El asesino puede explicar de manera impecable las causas que lo movieron a actuar de esta forma determinada, el porqué de todas las muertes que aparecen en El show de las marionetas. Y una vez interiorizadas, el lector está en condiciones de pensar en la integridad de los poderes económicos, policiales y eclesiásticos. La moral social, o amoralidad, queda al descubierto, y para ello nadie mejor que el protagonista; incluso el criminal lo tiene claro «Era para asegurarse de que vendríamos a por este Washington Poe».

El estilo es relajado, no hay demasiados sobresaltos a pesar de que el ritmo vertiginoso del final nos lleva a cambiar de punto de vista casi constantemente, pero el autor huye de cualquier artificio y busca, hasta el final, la naturalidad, la meditación, dejando al descubierto al verdadero Craven, o por lo menos mostrando su forma de comportarse en determinadas situaciones. No solo la personalidad de los protagonistas queda latente en el argumento, también advertimos al autor «A pesar de sus deseos, Poe no estaba dispuesto a dejarle morir. Tampoco estaba preparado para detenerle, pero en eso ya pensaría más tarde».

Creo que Craven posee un don capaz de hacer que la simplicidad brille con fuerza a través del componente estético. El trasfondo filosófico se ve reforzado, a veces, por ágiles diálogos que nos transportan al dramatismo de la obra teatral

—Esperemos, señor —dijo Poe
—¿No está convencido?
—Como usted mismo dice, señor, hay que escuchar lo que tenga que decir
—A pesar de nuestras diferencias, sé que, de no haber sido por usted, ahora mismo no lo tendríamos […]
—… lo único que he hecho es aportar un punto de vista distinto.

Asimismo el pensamiento profundo se consolida con la libertad del estilo festivo, en el que las expresiones más modestas se enlazan a la grandeza de sentimientos. Es la relación que se establece entre Poe y Tilly, tierna, irónica, humorística y sublime.

—… Y esta vez nos ponemos el mono de pensamiento lateral.
Bradshaw levantó rápidamente la mano.
—Lo decía en sentido figurado —dijo Poe sin perder comba.

Ha sido toda una experiencia leer El show de las marionetas, un torrente de sensaciones que han cubierto con éxito mis expectativas, así que espero con ganas la segunda entrega del sargento Poe.