lunes, 29 de junio de 2020

AGATHA JONES Y EL MISTERIO DEL DIAMANTE HOPE



Está claro que Agatha Christie está detrás de Agatha Jones y el misterio del diamante Hope. Una de las novelas más famosas de la autora es The secret of Chimmeys, obra de misterio que transcurre en una casa solariega de Londres en la que un ladrón esconde una joya. En 2010 esta novela se adaptó como película para televisión en la que se incluyó a una de las detectives más entrañables de Agatha Christie, Miss Marple.

Por otro lado, también de la escritora número uno en novelas de misterio encontramos La aventura del Estrella del Oeste, un relato que pertenece al libro Poirot investiga. En este relato, Christie presenta a Mary Marvell, una estrella de cine belga que, durante su visita a Londres recibe unas cartas para que devuelva el diamante Estrella de Occidente, que le regaló su marido por su boda, al lugar que le corresponde, pues era el ojo de un ídolo. En este caso será Poirot el que resuelva el caso.

En Agatha Jones y el misterio del diamante Hope, Pepa Mayo une datos y situaciones de estas novelas protagonizadas por Miss Marple y Hercules Poirot para crear una nueva trama en la que la detective es una niña, Agatha Jones, que ayudada por la anciana Miss Apple y su sobrino policía George, deberán descubrir lo ocurrido a una famosa actriz de teatro, May Yohe, cuando acude a la localidad de Torquay para representar “Las aventuras del pequeño Cristóbal Colón”. La actriz podrá residir en Torre Abbey, una finca muy importante de la ciudad en la que se ofrece una recepción para todos los habitantes y donde tiene lugar el robo del diamante Hope, joya que llevaba puesta May en el evento y que le regaló su exmarido, Lord Francis Hope, cuando se casaron. Al diamante lo envuelve una maldición, que supuestamente recaerá en sus dueños o familiares, porque «originariamente adornaba el tercer ojo de la diosa Sita en un templo de la India, hasta que un sacerdote hindú lo robó».

No es la primera vez que escritores de literatura infantil y juvenil acuden a personajes consagrados de la literatura para adaptar sus aventuras a los más pequeños. Esto es un arma de doble filo porque en algunos casos el resultado es demasiado simplón o insulso. Pero en otros es un acierto. Se me ocurre, después de leer esta novela, Sherlock Holmes y el caso del diamante desaparecido, escrita e ilustrada por Sam Hearn, londinense que lleva tiempo “interfiriendo” en los libros de otros autores; en el caso citado, los personajes de Holmes y Watson regresan a sus infancias para investigar el robo de un diamante en un museo. Hearn no adapta la obra de Conan Doyle; se inspira en ella y utiliza el nombre y los rasgos de personalidad de los protagonistas (no faltan Moriarty ni Baskerville). Es una buena idea para acercar los grandes a los niños.

En el caso de Pepa Mayo, las alusiones a la escritora británica y a su obra son evidentes, pero también recordamos en el título al aventurero Indiana Jones. Todo un compendio fantástico para atraer a los más pequeños. La novela está ambientada en el siglo XX, la época de Agatha Christie, y la de Enid Blyton, escritora cuyo estilo me ha recordado el de Pepa Mayo. Escritura ágil, sencilla, con personajes infantiles dotados de libertad, seguros de sí mismos, con bastante desconfianza hacia los adultos. De hecho es la propia Agatha la que ofrece las pistas a la policía para dar con el culpable del robo. La niña-detective es la que experimenta en la trama situaciones extremas, que pueden generar en el lector infantil una gran tensión psicológica unida a fuertes deseos de avanzar en la lectura. Agatha es la que ve cómo hablan determinados personajes y cómo actúan de forma sospechosa; así el lector va cambiando, con ella, en la convicción de posibles culpables. Agatha es también la que ha sido amenazada para que deje la investigación. Todo esto la lleva a ser un personaje literario, irreal aunque verosímil, como las protagonistas de Blyton, porque en realidad estos niños, audaces y decididos, están siempre arropados por la familia.

La narrativa de Pepa Mayo inspira a los lectores pero también explica, para poder desmitificar las acciones de la detective aficionada al basarlas en el razonamiento. La obra sigue una estructura lineal; está dividida en veintiún capítulos cuyos títulos nos van guiando sobre lo que va a pasar aunque sin desvelar datos importantes. Así empezamos el recorrido por La invitación, donde la familia Jones queda convocada para la recepción que tendrá lugar en Torre Abbey con motivo de la llegada de May Yohe, y la terminamos en Torquay vuelve a la normalidad, cuando han sucedido los hechos que han revolucionado el lugar por unos días. El lector se ha dado cuenta de las dotes de Agatha para la investigación y la deducción, y se ha enterado de su intención de ser escritora cuando sea mayor. Otro guiño más a Christie.

El libro es entretenido, divertido. Los capítulos no son excesivamente largos, de manera que ningún lector, por principiante que sea, lo deje a medias. La letra y la disposición de lo escrito, como es habitual en Cazador de ratas, son perfectas. Todo facilita la lectura. Uno de los aciertos definitivos son las ilustraciones de Enrique Carlos Martín. Increíbles. Los dibujos tienen tal movimiento que facilitan la comprensión del argumento, no son un acompañamiento al escrito, se trata de información aclaratoria. Las imágenes despiertan en los lectores el gusto por la estética y, sin proponérselo, ayudan a aumentar su memoria y su creatividad.

Los trazos son espontáneos, de diferente grosor; en blanco y negro o a color, da lo mismo, atraen desde el primer momento. A partir de 7 u 8 años los niños pueden leer con facilidad esta aventura de Agatha Jones, aunque siempre es bueno que un adulto los ponga en situación de cuáles son los personajes en los que se inspira la trama. Podrán formarse futuros lectores apasionados por el misterio.

No todo es mérito de las ilustraciones, la narrativa es fluida, el vocabulario es coloquial aunque las oraciones están muy bien construidas. Al ser una literatura enfocada para los pequeños, el narrador en tercera persona no se pierde en explicaciones inacabadas, sino que con las palabras justas, ayudado por alguna imagen o comparación, es capaz de relatar los hechos con bastante acierto para mostrar unos personajes infantiles que no quieren ser manipulados, que reclaman su derecho a que se les tenga en cuenta «Agatha observaba con atención cómo los policías buscaban pistas en el jardín […] Mientras los demás saboreaban su chocolate ella no perdía detalle de todo lo que la rodeaba. Observar cómo la cocinera troceaba zanahorias y ponía a hervir patatas, era relajante».

Los diálogos refuerzan la narración, son abundantes y aportan bastante ritmo a la trama, pero lo más importante es que sirven para establecer relaciones entre los personajes y aportan algo de profundidad a los mismos. No todos son niños, pero los que aparecen usan un lenguaje propio de ellos «—¡Estoy jugando con los soldados que me trajiste de Londres!», por lo que el léxico adulto-infantil se complementa y pasa a ser un recurso con bastantes posibilidades, pues en ningún momento se abusa de los diminutivos ni expresiones simplificadas que empobrecen la narración.

Creo que es difícil valorar la literatura infantil porque consideramos, en general, que el lector al que va dirigida carece de exigencia. No he leído demasiada literatura de este tipo, pero sí literatura, sin adjetivos, por eso puedo recomendar esta novela. Para los más pequeños se abre un mundo de posibilidades a la literatura. La situación y los personajes son atemporales; aunque es obvio que el tiempo del argumento es el siglo XX, cualquier niño puede verse reflejado en la trama. Y lo más importante, la finalidad de Pepa Mayo es conseguir que los lectores se diviertan. No tiene un final moralista ni didáctico, aunque se premie la curiosidad y el razonamiento.

Novela infantil muy completa, divertida, muy bien editada y, dentro de los clásicos, original.

jueves, 25 de junio de 2020

LA CRÍTICA LITERARIA EN LA PRENSA



De vez en cuando la vida te da alegrías. Recibir un paquete con 5 o 6 libros es una de ellas. Y si estos libros son ensayos que tienen que ver con la literatura o la lingüística, la alegría se multiplica. Esto es lo que me sucedió hace poco. Recibí un paquete de mi amigo David con libros de teoría literaria. Me encanta. Me gusta leer, sobretodo novela, teatro o cuento. De vez en cuando poesía, y de vez en cuando ensayo. Siempre aprendo algo nuevo. Muchas gracias, David. No sé cuándo voy a poder “devolverte” alguno de estos detallazos que tienes conmigo.

Pues cuando me llegó el paquete estaba leyendo una novela. Al terminarla se me presentó otra, así que ahora La crítica literaria en la prensa merece que haga un alto en el camino para discurrir en ella. Es una compilación de reflexiones de varios críticos, catedráticos de universidad, escritores que Domingo Ródenas tuvo a bien publicar en Marenostrum. Y después de leer sus opiniones y argumentos creo que debo traerlos aquí, por si alguien me lee y se cuestiona en qué punto está hoy la crítica y hasta qué punto tiene poder sobre la literatura.

Hay que decir que lo mencionado en el libro hace referencia a la crítica del siglo XX, pero el panorama ha cambiado poco y esto es lo que vamos a comentar.

En lo que todos los estudiosos coinciden es que, a pesar de dar por sentado que las apreciaciones críticas son elaboradas por expertos, no todos los lectores las perciben de la misma manera. Por otro lado, algunos escritores no saben reaccionar ante las críticas a pesar de que, en muchas ocasiones pueden aportarles beneficios.

Creo que Ramón Pérez de Ayala definió con bastante precisión lo que debía ser un crítico, «la facultad maestra del crítico consiste en la aptitud para vivir como propia la obra ajena, sintiéndola, por decirlo así, en su sensación íntima, en su génesis sucesiva y esfuerzo de ejecución».

En mi opinión Pérez de Ayala tenía razón. Para comentar un libro, el lector-crítico, debe introducirse en la obra, entenderla y, lo más difícil, intuir porqué está expresada de esa manera y no de otra, solo así la labor del lector habrá trascendido a la de crítico, es decir, alguien que ha construido otra obra a partir de la anterior. Y digo “otra” porque está claro que una crítica no ha de ser un resumen de la novela, eso, valga la redundancia, es un resumen. Si la literatura es un arte, ¿por qué la crítica literaria es diferente a la que se ejerce sobre el resto de artes? Hay verdaderos tratados, poéticos incluso, diferentes sobre un mismo cuadro. Algunos críticos se basan en el trazo del pintor, otros en el color, otros en el simbolismo… De un cuadro pueden salir varias obras de arte que guían al profano y lo ayudan a entender esa pintura. Con el cine ocurre lo mismo. A nadie se le ocurre “contar” la película; el crítico cinematográfico atiende a la música, a la ejecución de planos, al ritmo…

Está claro que para hablar de todo eso hay que saber de música, de color, de ritmo o de planos. No es necesario ser un experto, pero sí haber visto mucho cine, o mucha pintura. Y haberlo razonado, comparado, para estar en condiciones de opinar y dirigir la atención del espectador hacia lo que le descubrirá algo nuevo de la obra.

Quien se adentra en la crítica literaria debe ser consciente de que se va a encontrar con una serie de signos que otorgarán un sentido u otro, que lo llevarán a significados no explícitos, ocultos, esperando salir a la luz. El crítico ha de tener recursos e intuición para buscarlos, hallar el sentido global del libro y exponerlo con las palabras adecuadas. El texto no se explica en una crítica, se descubre mientras se disfruta.

El problema es que cada vez hay menos lectores profundos y más críticos. Ya lo advertían en el siglo XX, y poco ha cambiado hoy en ese aspecto. El entorno actual en el que nos movemos es muy diferente. Ahora hay más medios especializados de crítica “seria” que en el siglo pasado, pero hay una nueva crítica observada por la gran mayoría, y es la que se realiza a través de redes sociales o de blogs, lugares en los que todos podemos participar. Esto tiene ventajas e inconvenientes, porque si Sanz Villanueva se lamentaba del escaso interés social por la cultura, está claro que hoy, la crisis económica, el descontento y la desmotivación llevan al español medio a buscar entretenimientos que hagan pensar poco (solo hemos de echar un vistazo a los programas con más audiencia de televisión). Este crítico literario advirtió del peligro (uno de ellos) del crítico: el compromiso con el autor. Hoy se añadiría el compromiso con las editoriales, responsables en ocasiones de premios y publicidad que pueden llevar a equívocos al lector. Está claro que las grandes editoriales son las que marcan novedades y creo que no todos los escritores (buenos) tienen acceso a ellas, al igual que no todos los críticos que trabajan para ellas son del todo honestos.

También Fernando Valls ataca a los premios ofrecidos en cuyo jurado no ha participado ningún crítico literario y sí «gente que apenas nada sabe de literatura». Asimismo es cierto que todo artista está afectado por la vanidad, de ahí que «el malestar, la irritación e incluso la amenaza forman parte de las reacciones más frecuentes ante una crítica adversa», por lo que el crítico de las grandes editoriales también está condicionado por la satisfacción del autor o del editor, quienes pueden no contar con él en el siguiente trabajo. Y está claro que, en general, necesitamos un sueldo. Por todo esto, Sanz Villanueva opina que la crítica debería ser imparcial, estar basada en lo literario y argumentada. Puede que tenga razón. Son interesantes las propuestas que ofrece para conseguir ser un buen crítico. Las resumo:

1.    La crítica es un oficio […] El crítico ha de poseer saberes retóricos, lingüísticos, de historia de la literatura y estéticos. Todo ello sirve para la contextualización de la obra…
2.      El crítico […] criterios estéticos y sensibilidad
3.      Ha de pensar exclusivamente en el lector medio
4.      Intencionalidad informativa y descriptiva
5.      Enjuiciamiento valorativo (de lo hecho por el autor, no de lo que le hubiera gustado al crítico)
6.      Sencillez y claridad en la exposición
7.      Respeto debido en todo momento al esfuerzo del autor
8.      Respeto a todo tipo de lectores
9.      Objetividad
10.   Comunicación entusiasmada

Casi nada. Ricardo Senabre aconseja la relectura para captar la percepción y el juicio valorativo del autor, que serán diferentes a los del crítico. Es fabuloso tenerlo en cuenta, porque entender el punto de vista del escritor es una de las razones de por qué la lectura nos hace más tolerantes. Para Senabre, una buena crítica ha de ser veraz, objetiva y analítica, de manera que ayude a la formación del lector.

Miguel Sánchez-Ostiz profundiza sobre la crítica y llega a la conclusión de que es un “subgénero”, o un “género dentro de un género” porque no es un ensayo, ni una mera crítica, ni un acto de creación, aunque es obvio que al escribir sobre un libro se deja parte de lo que es quien escribe, porque «soy lo que soy gracias a lo que he leído». Así pues, aunque una crítica sea algo personal el que escribe debe haber leído bastante, «las recensiones no tienen por qué ser del género lerdo». Todos los críticos que escriben en La crítica literaria en la prensa están de acuerdo en que para opinar hay que haber leído, ir contra la ramplonería, contra la cicatería y el amiguismo, y poder contagiar a los demás el gozo de ser lector.

Es tarea difícil pero se me ocurre que las redes sociales pueden mejorar el panorama al que se enfrentó la crítica periodística en el XX. Ahora, libres de condicionamientos económicos o de censura, podríamos ejercer una crítica más segura, dispuesta a argumentar lo que se aprecia o deplora de una obra escrita.

Interesante libro, y recomendable para tener otros puntos de vista sobre la crítica y, sobre todo, para aprender de los grandes de la literatura.

domingo, 21 de junio de 2020

CERVANTES & COMPAÑÍA



Hace casi un mes, Inma, una exalumna de la UNED y ahora compañera de profesión y amiga, me hizo llegar el último ensayo que Ignacio Padilla escribió sobre Cervantes.

En España, hablar de Cervantes es hablar de Francisco Rico, o de Avalle Arce, o viceversa. Son nombres que van asociados. En realidad hay miles de estudiosos sobre el Manco de Lepanto, pero no debemos olvidar a Padilla. La voz del mexicano, uno de los fundadores del Crack, fallecido en un terrible accidente de tráfico meses después de publicar Cervantes & compañía, se levanta para analizar con polémica, según su estilo, la figura ética y estética del autor del Quijote. Y nos recuerda que, ante todo, fue un ser humano y no la figura deificada que se nos ha presentado. Don Quijote no es una metáfora de nada; en el Romanticismo quedó consagrado como símbolo del ideal y Sancho, de la realidad. Pero no son tan simples, ni el escudero ni el caballero. Don Quijote posee un carácter humano, complejo, como su autor y así, como en un espejo, aparecen la vida y el pensamiento de uno reflejados en los del otro. En don Quijote vemos la lucha del propio Cervantes ante la propia vida en la época que le tocó existir, ante el amor, ante el gobierno, ante sus ideales.

Padilla, aprovechando el cuarto centenario de los dos grande la literatura, establece en este libro de ensayos una comparación entre Cervantes y Shakespeare y observa alguna diferencia fundamental. Cervantes es más humano, por imperfecto, que el Bardo de Avon; es cierto que cultivaron géneros distintos (el teatro de Cervantes no está entre sus mayores logros), pero el inglés supo desligarse de su obra tanto que casi se hizo invisible, tanto que es discutida su autoría e incluso su existencia, por eso la figura de Shakespeare se ha mitificado. A él no le importó buscar ayuda, en la realización de sus obras, del resto de la compañía. Es normal que los actores opinen sobre el texto, y los tramoyistas, y los músicos… El teatro es algo vivo, cambiante en cada representación, y el Bardo, además, fue consciente de que no era buen forjador de historias. Pero está claro que, con todo, Shakespeare aportó a su lengua más términos de los que introdujo Cervantes en el castellano. Igualmente, el trato que experimentan los personajes femeninos es diferente en cada autor; las mujeres de Cervantes no son de admirar, sí las de Shakespeare. Asimismo, mientras este reflexiona como nadie, de manera universal, sobre el amor, la maldad, el sexo y el poder, el alcalaíno lo hace sobre el proceso de la escritura.

Ambos son tan grandes, han llegado tan lejos, que apenas se leen. Cervantes incluso menos. Padilla, en la última parte de Cervantes & compañía, Cervantes Incorporated, recuerda con humor e ironía desmedida el márketing que ha tenido la figura de don Quijote. Todos hablan de él sin haberlo leído. Desde el momento en que fue endiosado quedó reducido a una imagen plana que entra en cualquier sitio, en una canción, una película, un prólogo… cada uno puede elegir, entonces, lo que más le apetezca saber del caballero sin necesidad de leer la novela. Nuestro escritor mexicano arremete con sarcasmo acertado contra las barbaridades puestas a la venta sobre don Quijote, como un supuesto «CD-Room de Paulo Coelho», «Cervantes Reloaded», en el que cuenta la historia del caballero tal y como nos habría gustado que ocurriese, complementado por versiones musicales inauditas, calendarios de la época cervantina, muñecos para niños o niñas (según sean hombres o mujeres los protagonistas) que crean ilusiones imposibles, falsos juegos de magia, disfraces y hasta una subasta con objetos “reales” de la propia obra.

Antes de llegar a este final hiperbólico, que aunque parezca mentira es fiel reflejo del tratamiento otorgado a la novela, Padilla ha comparado a los dos genios responsables de que el Día del libro sea universal. Mientras que uno era ante todo un narrador que no tuvo conciencia de su talento narrativo, el otro supo en todo momento qué era la representación teatral, no pretende revolucionar el teatro, por eso profundiza en lo que quiere llevar a las tablas. Cervantes transforma la narrativa, se da cuenta y especula con su éxito, por eso introduce metatextos y explica errores.

En cuanto a la construcción de personajes, Ignacio Padilla es de la opinión, totalmente acertada, de que Shakespeare es el maestro de los villanos; nadie como él para proporcionarles ocultas intenciones, inteligencia y astucia para llevar a cabo las maldades más extremas. Son personajes complejos de interior atormentado, movidos por razones que, incluso, podemos entender. Cervantes tiene malos bastante planos, no son ingeniosos sino maliciosos, están sometidos al mundo que habitan, sin posibilidad de grandeza por lo que resultan antipáticos al lector. Asimismo los “locos” de Shakespeare se van formando tras un proceso gradual en el que les falla la voluntad. Los de Cervantes reclaman su libertad de ser locos. Situación, ésta, totalmente contraria a la ocurrida con las mujeres; mientras que las del español están supeditadas a la época, los hombres y las circunstancias, las del inglés se mueven libres hasta alcanzar protagonismo. Los diferentes caracteres de los personajes shakesperianos, modelados a lo largo de cada obra, han conseguido dotar a sus dramas con diferentes significados. Esto, unido a la incógnita que supuso el autor, ha atraído al público a lo largo de los siglos. Es cierto que, en general, es más fácil ver una representación que leer, finalidad para la que fue escrita la novela; por eso la gran mayoría habla, incluso opina sin saber, porque leer cuesta trabajo.

Los aciertos de Shakespeare son indiscutibles pero Cervantes, con sus impurezas, sus expresiones grandilocuentes y el humor instalado en un mundo que nada tenía de gracioso, consiguió recordar a sus contemporáneos, y a todos, que la lengua está viva, nace en un momento determinado y muere en otro.

La primera parte del Quijote es distópica, imperfecta. El autor titubea, asume que está inconclusa, muestra el patetismo y la perfección del hombre. Cervantes intenta hacer un relato corto pero le ve posibilidades, le introduce cuentos, más relatos y hasta un conato de obra teatral. Esto desemboca en algo excelente, inusual, aunque para Padilla, el verdadero nacimiento de la novela moderna tiene lugar en 1615 con la segunda parte, cuando el autor quiere escribir, y lo consigue, una novela distópica que solo cree en la realidad imperfecta y en sí misma. Es difícil entender al Quijote porque es completamente humano. Como su autor, es tierno y despótico (se sabe de Cervantes su afición al juego, a la bebida y a las peleas), cobarde y valiente (hubo de vivir de su hermana y su sobrina que ejercían de prostitutas), necesitado y estafador (se confesó culpable de malversar fondos públicos). Sin embargo tanto el Quijote como Cervantes han quedado retratados por la literatura como héroes porque han sido juzgados como mitos o dioses. Y El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (¡cuánta razón tiene Ignacio Padilla!) es un monumento al fracaso, a la duda, a la decadencia, a la contradicción de la vida misma. Si nos damos cuenta es una novela moderna, ahí reside la grandeza del autor y del personaje.

Padilla recuerda seguir el consejo de Borges cuando afirmó que no hemos de admirar menos a Cervantes, sino leerlo más para entender mejor su obra y poder admirarlo más.

Personalmente admiro al autor de Cervantes & compañía desde que lo conocí a través del Crack; sus integrantes también cometieron fallos y aciertos, introdujeron novedades y adaptaron a los clásicos —entre ellos a Cervantes—. Leí Si volviesen sus majestades y descubrí un espacio y un tiempo distópicos, personajes ambiguos que retratan el absurdo de la condición humana. Leí a Ignacio Padilla y me declaré seguidora total. Por eso agradezco a Inma que me haya obsequiado con la última obra de este grande de la literatura, del que espero que sea él la compañía de Cervantes por toda la eternidad.


domingo, 14 de junio de 2020

LA RANA VERDE


Hay cosas que, como profesora, llegan muy adentro. Tener una buena alumna. Que sea muy buena persona. Formar parte del elenco en la representación de Malas y que resulte un éxito. Disfrutar de ratos hablando sobre temas diversos. Comentar ante un café cómo va la vida, ya en la Universidad. Todas estas experiencias las he vivido con Aida, pero además, el 5 de junio me enseñó su primera novela. La Rana verde. Con veinte años ha escrito una novela profunda, difícil. Una novela que se desarrolla en una Cartagena, o en los barrios de esta ciudad, que apenas queda descrita porque lo que importa es La Rana verde, un local de copas y alterne por el que los personajes, allá en la década de los 70, se mueven al compás de Ray Charles, Van Morrison, The Rolling Stones, Cat Stevens… Los grandes de la música entran a formar parte de la historia.

La novela está dividida en tres partes desiguales. La primera, compuesta por 53 apartados, bastante cortos, alude a otras tantas canciones o iconos de la música Rock. La segunda parte hace referencia al siglo XXI, han pasado 40 años y el lector participa de los cambios que han tenido lugar en las vidas de Arturo, Amalia, Paco o María. Las drogas, el alcohol, los reproches, la culpa y el rencor han ido minando a unos seres que de alguna manera no están supeditados a la realidad «Contemplemos, por instante, su extensa inocencia. Sí, por delicadeza perdería la vida».

La tercera parte, sin divisiones, muy corta, es una reflexión sobre el proceso de creación de un artista, «tiró uno a uno los cigarros que quemaba, las fotografías que se rompieron […] los recuerdos ahogados en canciones y en café […] ¡Adelante!, llegó al final». Eric Clapton le recuerda a un autor metaliterario que nadie se va a desvanecer; todos los personajes quedarán en su memoria y, por supuesto, en la del lector que asiste, asombrado, a este Bell Botton Blues. Asombrado, a pesar de que antes haya cruzado por nuestra mente la posibilidad de estar ante una nivola unamuniana, en la que los personajes, disconformes, hablan con su autor, «Te mato, y me mato. Sin ti, Arturo Román no existe, al igual que tú no podrías existir con él».

Aida Isabel Arce
no escribe una nivola. Su madurez extraordinaria la ha hecho capaz de aportar un giro cultural a las letras. Las palabras se interrelacionan para formar una estructura compleja, una red de situaciones y estrategias vividas fuera de toda norma en las que se unen personajes reales y ficticios, lugares internos que pueblan la memoria para competir con los que nos rodean, realidades diferentes que transforman la personalidad de los protagonistas en un cúmulo de contradicciones.

Arturo, Paco, Amalia, se cuestionan normas morales que se desvanecen pronto para aparecer de nuevo en cualquier momento. Son personajes atormentados, malditos, creados para dañar lo que tocan al ritmo de blues, de la cadencia lírica de la poesía o de los recursos literarios narrativos.

Está claro que, a pesar de ser una novela intimista el humor se asoma en ocasiones mediante la animalización, simplemente para mostrar una reacción distanciadora del narrador frente a la penosa situación que establece en las relaciones humanas, «ante la mirada atenta de algún cansado gato callejero que se convencía de querer escucharlas».

Las repeticiones se multiplican; en ocasiones encontramos el grado superlativo como introductor de la hipérbole y la anáfora para reafirmar los sentimientos que el propio narrador le atribuye al personaje, al tiempo que emplea estos recursos para viajar a un pasado que intenta descartar las posibilidades actuales, «Sus labios eran de un carmín sobresaliente y se movían brillantes, ansiosos, gruesos… y tanto había crecido, tanto habían crecido […] era ella, tenía que serlo…».

A veces la narración pasa a primera persona dejando al personaje que se exprese libremente, dejando que las asociaciones caóticas que pueblan su pensamiento le sirvan de vehículo para organizar sus ideas. El lector se enfrenta a alguien despojado de cualquier convencionalismo social, alguien que puede retroceder por momentos al pasado para ofrecernos su caos ordenado «ya no me queda nada, ni mucho, ni poco, ni familia […] Creo que debería dejar de fumar y la verdad es que es bastante gratificante darse cuenta de la lejanía de los edificios».

A través de la sinestesia vincula con facilidad sensaciones internas a algún sentido físico. Las aliteraciones y la paranomasia se suman aportando un ritmo específico, que nos recuerda al creador de estas asociaciones. El ritmo de La Rana verde se intensifica entonces, «melodías indebidas e indecentes llevaban a su mente viejos a la par que dulces recuerdos», pero cuando estas impresiones se reúnen con el cine «aquella Mae West» y el simbolismo más típico de la literatura del XIX, «A, negro; E, blanco; I, rojo; V, verde; O, azul», aparece la intensificación de la imaginería sensual que Arthur Rimbaud empleó en su poema Voyelles.

El sentido ordinario de las palabras se transforma en un círculo de evocaciones trascendentes. También a Arturo, como a Arthur, le gusta humillar a los demás, también se siente maldito y está enganchado a las drogas y al alcohol, también tiene una concepción dual de la mujer, alguien que sugiere sexo y muerte, vida y decadencia. El ritmo es evidente en la prosa de Aida Arce, a veces las personificaciones aparecen como paranomasias para formar versos de los renglones, «Las copas que llevaba sobre aquella vieja bandeja medio oxidada bailaban inocentes e inconscientes». Y otras veces es la propia poesía, que el propio Arturo inserta en la narración en tercera persona, la que convierte los poemas en relatos autobiográficos del personaje; la soledad, el miedo al fracaso, el desamparo de Arturo eliminan cualquier rastro de dependencia moral y muestran a un ser no tan indiferente como quiere aparecer ante los demás

Tratemos de deshojar el momento de nuestras vidas en esa humareda de gris y humo que nos adelanta
[…]
Antes de cuestionar hay que presentarse.
Yo no tengo nombre, ni a lo mejor espejo.

Todo es un misterio por descifrar en los personajes de La Rana verde, el mayor interés radica en el subconsciente individual que va marcando el proceso de la escritura, hasta establecer una absoluta relación entre los protagonistas y su creadora. No hay una lectura única puesto que es una narración intimista, no está supeditada a la realidad. Cartagena, el Barrio de La Concepción, Las casas de Corea, son espacios reales pero no determinantes. Arturo y Amalia traspasan el contexto en el que se mueven y se instalan en otro más complejo, mucho más profundo. La soledad, el dolor, las drogas, imprimen un sentido trágico a sus vidas hasta potenciar la dimensión dramática de los sucesos cotidianos. La narración se convierte en pragmática de aquello que sugieren las canciones que abren los capítulos «las notas se movían con un delicioso vaivén por todo el local, casi vacío, desfilando como la prometida muerte ante los ojos de los presentes… “got a black magic woman…”».

El lenguaje intuitivo conjuga perfectamente la precisión del vocablo con la reflexión existencialista del ser humano, que aparece implacable en la relación entre autora–narrador–personajes. Todos esperan en lo más profundo de sus sentimientos la decadencia. Ninguno reconoce su individualidad por lo que han de volver a su conciencia para poder explicarse, bien sea mediante recuerdos con los que articulan su identidad, bien con referencias musicales o literarias que marcan el discurrir de sus remordimientos.

Si Unamuno aborda la inseguridad del hombre en Niebla y difumina la línea entre la realidad y la ficción, Alice Cooper siente, en Lov’s A Loaded Gun, que el amor puede acrecentar el miedo que se introduce en nosotros cuando se difumina la línea entre la vida y la muerte. Y Aida Arce, sin embargo, adquiere toda la confianza como autora al crear unos personajes cargados de temores, condenados a vivir inseguros en una ficción que mira al pasado, para poder construirse un futuro.

Pesadilla, escoria, horror… ¡puta!, mi princesa cada noche había urdido un plan en secreto con la luna […] mientras te señalo con mi pluma asesina.

Una primera novela profunda que constituye el salto definitivo de su autora hacia la literatura.

domingo, 7 de junio de 2020

LO MUCHO QUE TE AMÉ



La última novela de Eduardo Sacheri posee una característica común con el resto de novelas escritas por este argentino, se lee con la misma facilidad. La pasión por el cine es otra constante que aparece aquí, así como el amor por la literatura. Esto último se observa tanto en referencias intertextuales como en la cantidad de recursos utilizados con los que consigue un lirismo extraordinario en su prosa.

La novela está contada en primera persona por Ofelia, la tercera de cuatro hermanas de una familia burguesa de los años 50. Esta familia está compuesta por el padre, la madre, las cuatro hijas y una tía soltera, hermana del padre, que vive con ellos. Está claro que el punto de vista de la mujer será el que predomine, precisamente en un momento en el que la mujer de determinada posición social empezaba a cuestionar su papel en la familia, y en una sociedad que le negaba formarse como persona para tomar decisiones que, hasta ese momento, eran asumidas por los hombres.

Ofelia ha conseguido estudiar y trabajar fuera de la empresa de su padre; feliz al ejercer su derecho a elegir cómo ganarse la vida, no se imagina la zozobra que va a sentir durante muchos años al tener que enfrentarse a uno de los sentimientos más primarios y contradictorios para una mujer del siglo XX: el amor.

A pesar de estar ambientada en Argentina, durante las revueltas peronistas, no es difícil poder identificar a cualquier mujer con Ofelia en una época en la que, una vez comprometida, resultaba difícil romper ese compromiso sin estar en el punto de mira de los demás, sin ser objeto de habladurías y descalificaciones. Ofelia representa a la mujer luchadora, derrotada una y otra vez, por ella misma antes que por nadie, al asumir una serie de convencionalismos que modifican, de forma natural, la actuación y el pensamiento.

La voz de Ofelia nos acerca, a través de las mujeres de su casa, a la concepción que se tenía de la mujer —y aún hoy se mantiene en determinados ámbitos—. Alguien criada para ser feliz y hacer feliz a un único hombre, aunque su primer objetivo ha de ser la maternidad «–Madres– dice mamá, como si el sustantivo fuese explicación suficiente».

Nos acerca, con analepsis, a las dificultades que entrañaba ser mujer si quería salir de la norma «Papá ni siquiera lo había considerado (el que estudiara) posible o conveniente. No. Así pasó con las más grandes. Rosa terminó la escuela primaria. Mabel […] no quería ser maestra sino bióloga. Al final pasó lo que pasó y esos detalles quedaron de lado».

Mediante estos flashback literarios con los que altera la cronología del relato, Ofelia puede conectar diversos momentos de su vida hasta que asistimos a un presente en el que todo cobra sentido. Asimismo, en la narración de la historia, la protagonista se permite a menudo hacer digresiones con las que alarga la extensión del relato, pero al mismo tiempo genera grandes expectativas en el lector, que quiere conocer hasta el último recoveco de su pensamiento. En las digresiones aparece la verdadera Ofelia, sus sentimientos y la perspectiva desde la que afronta lo que sucede «Hasta me siento más cerca de Delfina. Mucho más cerca».

Hay ocasiones en las que el inciso narrativo implica la expresión de una sucesión de sensaciones, que brotan directamente del subconsciente para que la protagonista reflexione en un monólogo interior, que la llevará directamente a la verdad, a lo que siente a pesar de todo, «Estoy sonriendo, y los ojos se me achinaron, y las lágrimas que sobrenadaban en mis ojos ahora se derramaron todas juntas».

En otras, el paréntesis narrativo desemboca en una prolepsis con la que adelantará lo que va a ocurrir en el futuro. La protagonista no engaña al lector, aunque se engañará a sí misma casualmente, «…la primera mentira que le dije a mi novio. La primera de unas cuantas».

Con todos estos giros, Sacheri encauza hacia el futuro el título. Lo mucho que te amé, de manera perfectamente ordenada, conduce a Ofelia a una sensación caótica, anacrónica, en la que teme y desea ciertos efectos y experiencias que no quisiera vivir nunca, aunque sea feliz siempre al imaginarlos.

Cuando Ofelia abandona la primera persona y adopta la tercera para referirse a ella misma, lo hace con la intención de eludir responsabilidades, es como si justificara una actitud que reprocharía en los demás mientras que para ella solicita benevolencia, «Y el amor de su vida se ha dedicado a hacerse la linda y la simpática con otro tipo».

Asimismo, hay momentos en los que intenta negar la culpa que la atormenta mediante un distanciamiento de sí misma a través de la segunda persona, aunque con la interrogación retórica exponga lo que realmente opina de la circunstancia «Veamos, Ofelia. Te cayó bien el novio de tu hermana […] ¿Está mal que hayas disfrutado de su compañía?».

La habilidad narrativa del autor se incrementa con diversos recursos literarios que convierten el lenguaje coloquial en algo sublime comparable a la lírica. Es lo que ocurre cuando la naturaleza se alía a las sensaciones de Ofelia hasta quedar totalmente integradas: «El sol debe estar bajando porque la tarde, de repente, se me ha vuelto menos agradable. Más fresca, supongo».

Con el polisíndeton remarca la condición amargada de la tía Rita, multiplica su malestar, propio del resentimiento, y lo extiende a todas aquellas mujeres destinadas a formar parte de hogares ajenos, a vivir con la culpa de no haber cumplido con las expectativas que la sociedad tenía para ella, el matrimonio y la maternidad, «manda encerar una vez, y otra vez, y otra vez, los escalones de roble».

También con la anáfora, Ofelia refuerza el caos que habita en su cerebro donde no es posible que convivan la realidad y el deseo. Los sentimientos se adueñan de sus actos en la mente, aunque no permite que se manifiesten, por eso la protagonista, incapaz de expresar lo que hace, concreta mediante metáforas las abstracciones vividas, «proferido no ya desde mi montaña de imbecilidad sino desde la cordillera de cinismo».

Las antítesis unidas al polisíndeton, al paralelismo, a la anadiplosis y los sinónimos refuerzan la complejidad del amor, las emociones encontradas que ocuparán para siempre su mente, la ansiedad constante frente a la felicidad inmediata, «Siento vértigo, siento miedo, siento vergüenza. Pero lo que siento sobre todo es alegría. Una alegría feroz, una alegría volcánica».

Y en este ir y venir Ofelia va madurando. Su voz se une a la de Mabel, su hermana desaparecida, para actuar como una sola en el enfrentamiento a las reglas impuestas a la mujer, una normativa cargada de odio y de hipocresía moral que toma voz en la tía Rita. Normativa intransigente a la que no le valen los razonamientos, por lo que solo se puede vencer con acciones.

En un primer momento el amor de Ofelia toma contacto con la realidad exterior para percibir la vergüenza. Después los sentimientos se replegarán hacia ella misma para advertir el dolor de la tensión entre lo que quiere y lo que debe ser «sin que palabras como traición, engaño o deslealtad me asalten». Finalmente, le basta unir su deseo a los recuerdos para tomar una determinación en la que se encuentra cómoda, realizada, «A mi alrededor gira el mundo».

La memoria juega un papel fundamental en su decisión final, el recuerdo de cómo ha vivido su tía Rita, de cómo lo han hecho sus hermanas le ha servido para tomar consciencia de qué es lo que quiere. El final de la novela es apoteósico, una metáfora de la liberación de la mujer en la que, en la mente de Ofelia, se unen las voces de sus tres hermanas, de la amiga Mechita y de la tía, curiosa alegoría del machismo tiránico que se mantiene, como un parásito, con la aceptación de todos.

Estas voces han ido ocupando su pensamiento hasta aplastarla como mujer, hasta que la domina una culpa que no la deja respirar. La mentira se ha instalado en ella para suplantar a la verdad, al igual que en Lo mucho que te amé el cine se introduce en la vida, la ficción en el sueño y la realidad en la literatura para conseguir que Ofelia viva angustiada en una dualidad que va encerrando otras, «como si fueran esas muñequitas rusas», hasta que no puede más; «no puedo evitar que en mi cabeza se formen, concluyentes, las palabras que me gritan que Gene Kelly, Debbie Reynols, Donald O’Connor y Jean Hagen se pueden ir bien, pero bien, a la mierda».

Genial, como siempre, Eduardo Sacheri, que también en este caso ha escrito una novela que, «En el fondo es eso. Una cuestión de libertad».

martes, 2 de junio de 2020

EL EUNUCO



Si hay una comedia representativa de Terencio es El eunuco y, sin embargo, creo que es la que menos lo define como autor y como persona. El argumento es bastante conocido. Un joven está locamente enamorado de una meretriz, hoy diríamos prostituta pero los romanos se ajustaban más al significado de “merecer”; meretriz era la que se ganaba la vida por sí misma y teniendo en cuenta que las mujeres se dedicaban a ser esposas, o hijas de, y las sirvientas eran de condición baja, o esclavas, realmente no quedaban demasiadas opciones. Pues bien, Fedria (el joven) le va a regalar una esclava y un eunuco a Tais en prueba de su amor, pero ella quiere obtener a Pánfila para dársela a Cremes, pues se ha enterado de que son hermanos, separados desde que unos piratas la secuestraron de niña para venderla como esclava. Quien tiene a Pánfila es el militar Trasón y se la va a regalar a Tais para obtener sus favores, provocando los celos de Fedria. Su esclavo, Parmenón, idea una plan que se va enredando hasta conseguir burlar los intereses de Trasón y hacer que el enamorado de Pánfila, Querea, se haga pasar por el eunuco para entrar en casa de Tais y obtener a su amada.

No desvelo el final porque da un giro sorprendente según nuestra forma de pensar, pero todo termina bien, a gusto de todos y del público, que agradeció esta comedia más que ninguna otra de su autor pues, aunque es la típica fábula palliata, es decir al estilo de Grecia, y desarrollada allí (para que ningún aristócrata romano se ofendiera con las críticas.), el humor que deviene de los habituales problemas familiares es más bullicioso, no vemos tantos juegos con el lenguaje y sí más acción salpicada de términos grotescos, muy del gusto popular. El insulto y la irreverencia son habituales entre los personajes y su condición da igual, meretriz, criadas, esclavos, jóvenes o ancianos.

TAIS.- ¿Y si me da la gana?
                   […]
CREMES.- ¿Dices tuya, hijo de puta? […] ¡Tú vete a la mierda! […] lo que te voy a dar es una patada en la boca si no te callas.
GNATON.- ¿A quién vas a pegar tú, perro?

A pesar de exponer un ambiente algo más escandaloso de lo habitual en el autor, el doble sentido es propio del esclavo; cuando Tais asegura a Fedria que siempre se lo cuenta todo y nunca le oculta nada, el esclavo Parmenón le confirma lo dicho introduciendo el aspecto sexual «¡Ella te lo ha contado siempre todo! ¡Nunca te ha ocultado nada! ¡¿Alguien lo duda?».

Asimismo Parmenón parodia la forma de hablar con Tais, provocando la risa del público, incluso se dirige a él a través de la respuesta que le da Tais y no en un aparte como era habitual.

TAIS.- ¿Quién habla […] ¿Por qué te quedas fuera? ¿Por qué no entras?
PARMENÓN.- “¿Por qué te quedas fuera?” Porque tú le has echado ¿No te acuerdas?
                   […]
TAIS.- Lo hice porque en aquel momento no tenía más remedio
PARMENÓN.- Pobrecita, lo quería tanto que le dio una patada en el culo

Parmenón es el ingenioso, un personaje que después se convertirá en uno de los tipos propios de la comedia de capa y espada; el criado listo, quien inventa las tretas. Otros “tipos” de la palliata, que el público requería y que aparecen en El eunuco son: el joven enamoradizo,

QUEREA.- Consíguemela. Por la fuerza, con engaños, con súplicas, con lo que sea. No me importa cómo. Pero consíguemela.

Está claro que la epanadiplosis asegura que va a obtener su deseo y que éste, no cuadrará con el de Pánfila, una doncella honesta como era debido, por lo que tras la violación encubierta por amor, «la muchacha no para de llorar y ni siquiera sabe decir qué le pasa…».

La cortesana desenvuelta es otro de los tipos teatrales que tanto juego han aportado a nuestro teatro

TAIS.- Cógelas. Y si usa la fuerza, lo detienes y lo llevas ante la justicia ¿Lo has comprendido? […] Procura decirlo con energía […] Estamos buenos. Y éste es mi defensor…

El viejo avaro requiere un lugar en la palliata, aunque en El Eunuco apenas se note por el escaso papel, más que nada representativo, que tiene el padre de Querea y Fedria, quien lamenta más lo que ha costado el eunuco que el que su hijo esté con una meretriz

ANCIANO.- ¿A esa…? Estamos perdidos ¿Por cuánto?
PARMENÓN.- Por veinte minas de plata
ANCIANO.- ¡Vaya ruina!

No podía faltar el miles gloriosus, el soldado fanfarrón y cobarde que, con sus andanzas exageradas causaba entre el público, y el resto de personajes, gran hilaridad al poder reírse de él por el miedo hiperbólico que mostraba «Espera, espera. Antes de llegar a la fuerza, hay que probar la diplomacia. Con sola mi autoridad, harán lo que yo les mande».

Y, por supuesto, encontramos al parásito, que en esta obra es definido como tal y en realidad vive a costa de adular a alguien para obtener todo lo necesario

PARMENÓN.- …¡Toma! ¡Es el mismo Gnatón, el parásito del militar del que hablaba Tais…
GNATÓN.- …El secreto consiste en buscar un buen patrón que te alimente… yo me pego a ellos como una lapa y admiro su ingenio. Si dicen algo, yo lo alabo

Está claro que El Eunuco es una obra cumbre de la palliata romana, que aún hoy admite interpretaciones, como la del propio Terencio, y es aceptada por el público; el autor romano se inspiró para escribirla en El eunuco y en El colax del griego Menandro; ni siquiera cambió el nombre, antes no era esencial, pero sí lo fue tomar como ejemplo a uno de los mejores comediógrafos que supo impregnar sus obras de solidaridad, y de personajes virtuosos. También Terencio considera la virtud algo sustancial para el género humano tal como afirma Querea al final, aunque el acuerdo suponga que algunos de los personajes vivan en adulterio. Pero no olvidemos que en el siglo XV también nuestro Lázaro valoró, más que el amor, una mejor situación socioeconómica,

QUEREA.- Opino que siempre es mejor un mal acuerdo que un pleito

Y si de aciertos geniales para el teatro estamos tratando, no podemos olvidar la enseñanza que Aristóteles transmitió a los romanos, entre ellos a Terencio, y luego Lope de Vega lo impuso como norma para ocupar las tablas hasta entrado el siglo XX. Hablamos de la verosimilitud, no es real lo que el público ve y éste debe saberlo, aunque será verosímil

FEDRIA.- …¿Por qué no verla? Verla un poco, aunque sea a distancia, siquiera como me ve a mí aquel de la última fila

Después, Stanislavski o Artaud romperán la cuarta pared. Siglos después.