domingo, 13 de febrero de 2022

DIARIO DE UN GATO ASESINO. EL RETORNO



Desde sus orígenes, el hombre ha contado cuentos para entretener, normalmente, a los más pequeños, para educarlos y transmitirles ciertos valores morales, pero…no cabe duda de que algo ha cambiado el contenido de los cuentos en la nueva sociedad. Y la forma.

El niño ya no es aquel ser minúsculo que obedecía sin pestañear a sus mayores y se creía, inocentemente, todo lo que le contaban. Ahora sigue siendo inocente pero pregunta, cuestiona e incluso llega a acuerdos con sus padres y profesores. La infancia ya no es lo que era. Los gatos tampoco.

Tuffy no es un criminal, tal y como nos quiere hacer creer Anne Fine al titular su cuento, aunque es bastante arrogante, o al menos esa es la imagen que reclama para sí con sus actos y palabras, pero si leemos Diario de un gato asesino. El retorno, nos damos cuenta de que Tuffy es bastante normal, tanto que podría parecer un niño. Puede que por eso el libro sea perfecto para que lo lean los más pequeños; se van a sentir identificados con muchas de las peripecias a las que se enfrenta este gatito, un verdadero torbellino que, como un pequeño dictador de su casa, consigue que su dueña se lo tolere casi todo.

Y en el casi está la cuestión, porque cuando la familia se va de vacaciones Tuffy se las promete muy felices «¿Una semana entera? Fantasía […] Una semana haciendo el vago sobre la tele sin tener que oír las quejas del padre de Ellie: “¡Tuffy! ¡Aparta la cola que no me dejas ver el partido!”». Sin embargo el encargado de cuidarlo será el cura, alguien estricto que no tolerará destrozos en los muebles ni gastos superfluos con la comida «No, Tuffy, no te abro una latita hasta que no termines la de ayer». Nuestro gato decide, por supuesto, escaparse de casa.

Para ello se esconde en el jardín (es un gato doméstico y su visión del mundo es bastante limitada), donde finalmente, tras sufrir algunas contrariedades con el cura, cae por azar en manos de Melanie, amiga y vecina de Ellie, quien confundiéndolo con una gatita la hace suya. Tuffy se acostumbra pronto a la buena vida y se convierte en un gato bastante vago y glotón.

Sus amigos se desconciertan porque no reconocen el él al verdadero Tuffy; por eso se burlan hasta que nuestro protagonista comienza una verdadera pelea de gatos, en la que Melanie cree que el gato de Ellie se ha comido a su dulce gatita, pues no la ve entre tanto pendenciero. Pero no hay que alarmarse, todo vuelve a su cauce (por ahora) cuando la familia regresa de vacaciones.

El protagonista es genial, puede convertirse en el ídolo de los más pequeños porque es un gato que ansía experimentar con la libertad y, cuando tiene la ocasión de vivir como quiere se da cuenta de que es satisfactorio tener un lugar cómodo rodeado de afecto, sin demasiadas responsabilidades. Tuffy aprende de sus errores aunque sea momentáneamente, algo que les ocurre a los niños casi de forma constante.

Además de sentirse identificados, no cabe duda de que desarrollarán la imaginación y, en muchos casos, harán las paces con el otro sexo. Se darán cuenta de que no es tan terrible ser una niña, o ser confundidos con alguna «El camisón de encaje me quedaba un poco grande. ¿Qué vais a hacer? ¿Nombrarme el gato menos fashion del mundo?».

Anne Fine ha escrito un cuento especial, carente de prejuicios, en el que expone acciones atrevidas y, otras, casi faltas de respeto pero que Tuffy, como cualquier gato, lleva a cabo con total normalidad


—Tuffy, no arañes los muebles

Eh… ¿Hola? ¿De quién es la casa, suya o mía? Si me apetece rascar los muebles, pues los rasco


Diario de un gato asesino. El retorno, cautiva a los niños porque expone temas de interés para ellos. Las expresiones irónicas y las acciones rebeldes ayudan a diferenciar lo que está bien y lo que no. Asimismo, con las travesuras del gato, distinguen que todos los actos tienen consecuencias y no todas son beneficiosas, algunas pueden llegar a ponerlos en peligro. No cabe duda de que las ideas ingeniosas contribuyen a organizar la mente y sobre todo, a disfrutar con los amigos, con quienes experimentarán la satisfacción de la amistad y perderán el miedo a romper con lo establecido, si causa deleite y no le hacen daño a nadie «Janet tenía calorcito, la tripa llena y un cojín en el que tumbarse ¡Cómo no iba a quedarme con el nombre de Janet!».

El egoísmo de Tuffy es evidente, al igual que sus engaños ante quien representa la autoridad. Pero su bondad también lo es y su inteligencia. Por eso aprende a evitar a quien puede hacerle daño y a querer incondicionalmente a quien lo protege. Realmente los gatos son como los niños.

La autora emplea en la narración un lenguaje totalmente actual, atrevido, con términos que, por causa de la televisión, se utilizan a menudo cada vez con menos edad, probablemente porque ayudan a exteriorizar las emociones con libertad. Al alargar las vocales o realizar preguntas que no requieren respuesta demuestran el extrañamiento o la sorpresa que les causan algunas órdenes y se reafirman en su negativa: «¿Peeerdona? ¿Pero con quién se pensaba este hombre que estaba hablando?»

El vocabulario es, como vemos, sencillo, algo gamberro en ocasiones pero ideal para atrapar de inmediato a los lectores.

El cuento está diseñado para que los primeros lectores lo lean en solitario, no obstante si los adultos quieren acompañar a los niños será una idea acertadísima pues, al tiempo que se estrechan lazos, contribuirá a que pasen ratos estupendos en familia. Además, siempre es bueno contar con ayuda para entender determinadas expresiones que aún no hayan empleado, «ojo, Ellie, no te vengas muy arriba que a lo mejor lo que te llevas no es un achuchón».

Y ante tal despliegue de imaginación, las ilustraciones no iban a ser menos. Son de gran creatividad. Fantásticas. El gato cobra vida a pesar de estar dibujado con pocos trazos pero totalmente descriptivos, expresando a la perfección diferentes connotaciones placenteras, de indiferencia, de sorpresa, expectación, bondad, alegría, dolor, enfado o miedo. Los ojos lo dicen todo, o casi, porque las líneas expresivas que rodean el dibujo aportan los movimientos del cómic.

Hay varios dibujos en el cuento, pero Alexandre Reverdin solo dibuja la figura completa del protagonista: el gato y del antagonista: el cura. Los gestos de ambos, perfectamente marcados, estimulan la capacidad de observación y concentración del niño; los colores lisos pero brillantes, naranja para el gato, negro para el cura, intensifican la personalidad de cada uno. Las ilustraciones complementan al texto y le aportan dinamismo. Este hecho ayuda a comprobar su finalidad, todo gira en torno a cómo nos comportamos con alguien que no empatiza con nosotros. Lo mejor es alejarnos.

miércoles, 9 de febrero de 2022

QUIÉN PILLÓ AL BOBO FEROZ

Indudablemente estamos ante un libro infantil no al uso. Si tuviera que definirlo con una palabra sería “descabellado”. No es que aporte un adjetivo a los libros que leo pero es que Quién pilló al bobo feroz une, desune, dice, desdice y, sobre todo, sorprende. A cada momento. ¿Realmente es una lectura para niños? Desde luego, los pequeños lo van a pasar bien leyéndolo, se van a reír con el lenguaje irreverente que aparece en ocasiones; los más pequeños podrían leerlo con un adulto que les vaya explicando comparaciones y datos que aún no manejan, para entenderlo mejor. Pero no es necesario. También se divertirán con las andanzas de los personajes; los mayores lo disfrutamos, nos sorprendemos con la imaginación de Sergio Vera, capaz de darle la vuelta a los cuentos tradicionales, a las fábulas y a los dichos populares que, depende de quién los diga y en qué contexto, toman otro sentido.

El protagonista, el lobo feroz, Quentin Pulp para más señas, se humaniza ante los lectores al adquirir nombre y apellidos; no es un lobo cualquiera, es, haciendo deshonor a su nombre, un lobo tranquilo, con dificultades para ver bien, que suplía llevando gafas en su infancia, ahora lentillas, y con problemas desde pequeño, abandonado por su padre, un lobo de mar, y acosado por sus compañeros de clase, los siete cabritillos. Como los profesores del colegio no le hacían caso, Débora, la madre de Quentin, fue a arreglar el asunto con Cabra Solán, la madre de los cabritillos. Y ahí acabó todo «Su cuerpo flotando sin vida en el Colorado, con la tripa llena de piedras fue la portada de Había una vez: “CABRA SALVA A SUS HIJOS DEL LOBO FEROZ”».

Quentin, totalmente solo, decide entonces hacerse narrador para evitar más engaños de la prensa, pero lo que propone no es del gusto del editor Calleja, que va buscando atraer al público con sensacionalismos y moralinas finales «—Veamos… ¿La mala lechera? […] ¡Si no tiene ni moraleja ni final feliz!». Así que Quentin sigue pobre y debiendo el alquiler de una casucha, propiedad del Cerdo Ibérico, banquero mafioso que al final lo echa.

Además tiene que soportar que Esopo le robe algunas ideas para las historias, por lo que no le queda más remedio que convertirse en lo que se espera de él. Menos mal que contará con la ayuda de Pinocho, la abuelita, Caperucita, la rata Ratantino y Gatillo, un gato con botas y espuelas al más puro estilo pistolero del Oeste. Entre todos dejarán las cosas en su sitio, que no es el habitual de los cuentos, y contarán lo que quieran porque si desgranasen lo ocurrido a todos los personajes sería «el cuento de nunca acabar».

No contento con crear este disparate, el autor da a los chicos, al final del libro, la posibilidad de formar parte de la CIA, contestando unas preguntas relativas a la historia que han leído y que seguro las saben, porque Quién pilló al bobo feroz se lee con ganas.

Sergio Vera ha desbrozado los cuentos más conocidos y ha racionalizado la ficción de tal forma que la ha disparatado aún más.

Cuando queremos aludir al origen violento y egoísta del hombre acudimos al consabido dicho de Thomas Hobbes El hombre es un lobo para el hombre. Tras leer este libro nos queda la sensación de que el hombre no necesita comparación pues él solo es quien acosa a los demás, los humilla, los martiriza, los desahucia sin importarle las consecuencias, los mata por orgullo o por venganza, los deja en el paro para que sufran sus rigores y vive a gusto en una sociedad materialista en la que las mentiras de las redes sociales pueden destrozar a los que son diferentes y no se ajustan a la norma.

Todos estos temas quedan tratados en esta novela negra-infantil. Una verdadera locura a partir de un personaje de cuento que, rechazado y menospreciado, intenta hacerse un hueco en la sociedad, por lo que construye una serie de situaciones en las que nada ni nadie son lo que parecen. Y al final es el lector quien decide, algo a lo que ya en la primera página alienta el propio Quentin «¿a qué esperas? Investiga mi historia, como un cuentective, y trata de resolver el misterio…».

Está claro que es una novela diferente; el lenguaje, a veces irrespetuoso, siempre atrevido, es un homenaje a Tarantino; si el director estadounidense conforma películas violentas de narración no lineal en las que mezcla distintos géneros cinematográficos, el autor conquense armoniza una historia no lineal, con diferentes subgéneros como el policíaco, el western, el romántico, el violento, el lacrimógeno y la nivola, pues como Unamuno, Sergio Vera dialoga sobre el futuro del personaje «Me llamo Sergio Vera Valencia y soy el narrador […] No había hecho más que presentarle… ¿Presentarme? ¿A eso llamas tú “presentación”? ¡A mí me parece una impresentación! ¡Una presentación impresentable!». Todo tiene cabida, incluso el posible traslado a otro género, como el dramático o el cinematográfico, pues una vez aclarada la impresentación del Capítulo I, no pasamos al Capítulo II sino



CAPÍTULO I
TOMA 2
UNA PRESENTACIÓN DE FÁBULA

Y ahí es donde Quentin toma las riendas, deja a Sergio a un lado y narra en primera persona su vida; paradójicamente, aunque pretenda ser real, las personalidades hiperbólicas anuncian cierta ficción, la misma que aparece en los cuentos, tan vacíos de violencia que resultan increíbles.

El mérito del autor es que a pesar de que el libro no se puede racionalizar, por la fantasía que lo envuelve, las acciones pertenecen a la cotidianeidad humana, tal como la percibimos los adultos. Cuentown es un mundo secundario que toma como base la realidad del mundo primario para desbancar el mito literario de los cuentos infantiles. Esto permite que personajes como Chorizo Ibérico y sus hijos Chuleta, Jamón y Morcilla, y programas basura como Sílbame, contengan grandes dosis de verdad. El autor renueva lo cotidiano y nos lo acerca de modo diferente con personajes que ayudan al niño a comprenderse a sí mismo, y al adulto a ser testigo de la miseria humana y de su grandeza.

Y si la historia es profunda y descarada, la forma es inusitada y trepidante, los juegos de palabras son constantes, con diminutivos expresivos «Lobobito», con expresiones diferentes en las que se emplea el mismo significante «como no veía ni torta, se me daba muy bien dármelas. Torta detrás de torta», con rimas consonantes que aumentan el humor «Y estaré medio cegato, / ¡pero te pillo y te mato!», con acrónimos que sirven para negar «impresentación», con expresiones que unen forma y contenido: Pinocho tiene «un nudo de narices», con nombres metafóricos «termina asomado al puente del Desenlace».

Todo contribuye a pasar un rato diferente, loco y divertido donde nada es lo que parece excepto Sergio Vera. Un excelente autor.

sábado, 5 de febrero de 2022

Y TODO ESO

Cuesta trabajo identificarse, hoy, siglo XXI, con los personajes de Y todo eso; los entendemos y, en el fondo comprendemos que aunque pertenezcan al comienzo del siglo XX y a Inglaterra, las peripecias que ocurren en la novela podrían pasar en otro lugar y otro tiempo.

De hecho Rose Macaulay ideó una sociedad que surge de las cenizas de la Primera Guerra Mundial, regida por fanáticos que pretenden levantarla utilizando la inteligencia, para conseguir que los hombres sean más listos y no vuelvan a caer en el horror de una contienda tan destructiva. Loable objetivo a no ser porque no todos los ciudadanos van a ser tratados de la misma manera. Las mujeres casadas seguirán cuidando de la casa y los hijos, con lo que apenas tienen tiempo para ejercitar el cerebro. De hecho, quien controla la ciudad es el Ministerio de Cerebros, cuyo ministro, Nicky Chester, dirige con mano dura todos los avances; para ello catalogan a la población según su grado de inteligencia y los ciudadanos solo podrán casarse entre los que difieran en un nivel como mucho, es decir, los A podrán contraer matrimonio con la modalidad alta de los B para asegurar el nivel mental, los C podrán casarse entre ellos pero no tendrán más de un hijo, para evitar la propagación de mentes inferiores. El nivel C lo conformará el proletariado y pagarán impuestos al gobierno por los hijos; impuesto que subirá exponencialmente cada vez que venga un niño nuevo a la familia, de manera que si los tienen quedan arruinados, en la más absoluta miseria.

Esto es solo el principio. La autora, que escribió la novela durante la guerra, expone un costumbrismo afectado por avances científicos que pretenden reforzar una sociedad instalada en grandes cambios, más inteligencia y menos sentimientos. Es un mundo organizado en exceso donde la libertad no existe y el amor, entre quienes quieren evolucionar, tampoco. Es una sociedad sin identidad influenciada por avances que anulan el concepto humanidad, los habitantes no se dan cuenta del papel que pueden jugar sus propias emociones pues no son tenidas en cuenta. De hecho, el estado de ánimo es uniforme, sin altibajos. Sin embargo ahí está Kitty Grammont para describir con delicada ironía cuál es el ambiente embrutecido para la mujer de clase baja, «se limitan a inspeccionarlo todo […]  Constituyen una raza extraña y maravillosa de seres, estas observadoras […] Son la porción de la comunidad que menos evidencia la marca de los acontecimientos públicos». Un ambiente en el que permanecen sin protestar, de acuerdo con lo que les ha tocado en la vida, «la doctora Cross señaló que, si se desarrollara la mente tardaría la mitad en hacer todas esas tareas domésticas. —Lo sé, señora […] la mayoría de las mujeres están demasiado ocupadas, y si no lo están deberían».

Un ambiente que, reconozcámoslo, ha cambiado en un siglo no a la velocidad que se ha desarrollado la tecnología. Y este mundo distópico, o tópico, es el que quiso recrear Rose Macaulay, apoyándose en una sátira ética que, como una profecía, anuncia la falta de sentimientos que traerá consigo el individualismo extremo. De hecho, hoy es fácil renunciar a la libertad individual en favor del desarrollo científico. Hoy, una planificación excesiva elimina la espontaneidad. Hoy exigimos una tremenda preparación de manera que no se ralentice el desarrollo social.

La ironía reside en que en Y todo eso, para demostrar que estamos preparados, se catalogan a los bebés –y a las personas– de forma equivocada «No era inteligente, ni siquiera para el nivel de un B3. De hecho tenía que haber un error con la categoría que se le había asignado. Sus hijos, si es que llegaba a tenerlos, poseerían un calibre mental que quedaría fuera de toda consideración. Lo más probable es que provocaran otra Gran Guerra».

Pues también somos testigos hoy de bastantes titulaciones falsas que catalogan a ciertos gobernantes como aptos para algo que no lo están. Así nos va.

Pero vamos a la novela. La situación es hiperbólica, como la de cualquier dictadura, por eso bastantes padres, agobiados por las tasas que deben pagar, abandonan a los bebés, para evitar que toda la familia muera de hambre, y llevan al Ministerio de Cerebros a un genocidio de niños pobres, en teoría idiotas, porque no saben qué hacer con ellos, no son aprovechables y ponen en peligro el glorioso avance social.

Hay otros temas que aparecen con la misma carga de humor crítico, como la intransigencia de la religión, la separación entre los evangelistas y católicos y la desavenencia entre Estado e Iglesia, por razones obvias. Por eso, Pansy, una actriz que vive con su compañero sin estar casados, no puede entrar en la iglesia


—La religión organizada no reconoce vuestra situación, ahora mismo.

—Ah, no, él sí la reconoció, ya lo creo –explicó ella– Ese es el problema; que no le gustó

Por eso, la fe juega a veces malas pasadas a los párrocos convirtiéndolos en el hazmerreír de quienes tienen un mínimo de cultura


¿Qué es un impío inteligente sino un necio desde el punto de vista de la eternidad? ¿Qué es un necio devoto sino un triunfo celestial?

—Lo que dice es sedición –le susurró Kitty a Prideaux– Haría mejor en ceñirse a los trenes.

Y en este mundo que no deja pensar por sí mismos a los ciudadanos, «patéticos e incultos hijos del momento que no miraban ni hacia atrás ni hacia delante», se abre una posibilidad que ridiculiza más si cabe a ese Estado, con un «cartel de la plaza del mercado. ¡DESARROLLAD VUESTRO CEREBRO! Así amanecía aquel Domingo de Cerebros sobre un mundo que realmente parecía necesitarlo». Con una concentrada y cáustica ironía, la autora consigue acercar al lector a lo que es un adoctrinamiento, que impide al hombre sublevarse utilizando técnicas de persuasión coercitivas. El Domingo de Cerebros recoge con humor irónico, para deleite del lector, los efectos de la publicidad engañosa, el ambiente machista y opresivo para la mujer, los chantajes que deben realizarse entre los medios de comunicación y el Ministerio… todo está comprado y todo es un sinsentido.

Como tal, llegará a su final cuando alguien de ese Ministerio de Cerebros incumpla sus propias normas y llegue a oídos del pueblo.

La autora realiza una novela que se adelanta a Un mundo feliz y a 1984, y con gran valentía denuncia la vigilancia tecnocrática y eclesiástica y el control de la información como medios para aniquilar al ser humano como individuo. Denuncia, con visión premonitoria, cualquier tipo de limpieza étnica.

Y todo eso no es un libro de ciencia ficción al uso, el subtítulo Una comedia profética lo dice todo. Es una ficción postmoderna que crea un mundo regido por un sistema cerrado, independiente, derivado de la realidad de una guerra que lo destrozó todo, «Irlanda había sido excluida de las leyes mentales […] incluirla en ellas cuando considerasen que era seguro».

Al leer la novela nos distanciamos de la realidad empírica y somos testigos de un espacio ficticio que se sostiene a sí mismo a pesar de ser divergente con la realidad. Asimismo reflexionamos sobre nuestra realidad actual, sobre lo que es o no moral o ético, a partir de la ficción que se establece.

Y todo eso, una comedia profética escrita con cierto humor irónico y elegante que se deja leer aun hoy, después de haberse publicado hace más de un siglo. A lo mejor resulta que el hombre no avanza tan rápido como debiera. O que tropieza una y mil veces en la misma piedra.

sábado, 29 de enero de 2022

LAS ALAS DE LA ESFINGE


Andrea Camilleri lo ha vuelto a conseguir. No sé cuántos libros llevo leídos de la serie Montalbano y no me canso, al contrario, estoy poniéndome nerviosa porque me deben quedar pocos. Tendré que buscarme a alguien que, al igual que este empedoclini, me aporte ratos agradables y diversión asegurada en la lectura.

La esfinge es ese ser mitológico que, en la Antigüedad, tenía aterrorizados a los habitantes de Tebas pues, como su nombre indica, “cerraba” el paso del aire a quienes caían en sus manos.

También en Las alas de la esfinge aparece un personaje que, como cualquier ave rapaz percibe a sus presas desde la distancia para destruirlas.

Igualmente el pánico envuelve, desde la Grecia antigua a Sicilia, en un ambiente que cierra el aire de los que viven allí, por las erosiones naturales y la contaminación: «En la época de los griegos, el Salsetto era un río […] en la época de los romanos se convirtió en un torrente, en un riachuelo […] en la unificación de Italia, después, en la época del fascismo, en un arroyo de mierda […] en la democracia, en un vertedero de basura ilegal […] los americanos construyeron sobre el lecho ya seco, un puente metálico […] desapareció de la noche a la mañana […] por los ladrones de hierro»; y por supuesto, por la acción de la mafia


—…¿quién controla la zona? ¿A quién se paga el pizzo?

—A los hermanos Stellino.

Las condiciones de vida han ido empeorando y Camilleri, como en todas sus novelas, deja constancia de ello con cierta ocurrencia elegante.

Esta entrega es una de las más entretenidas de la serie y considero que tiene uno de los argumentos más ingeniosos porque Salvo Montalbano, que no debe vérselas con los asesinos en ningún momento, trata con el mismo tesón un asesinato, un secuestro y una ruptura amorosa. La suya.

En un momento de su vida en el que empieza a encontrarse cansado, en parte por la edad, en parte por la riña que mantiene con Livia, a Montalbano le sobreviene un asesinato por resolver, de una chica de la que apenas se sabe nada, excepto que llevaba tatuadas unas alas de mariposa en el omoplato. Un encuentro con su amiga Ingrid lo pone en la pista de algo más grave, pues esta le confiesa que tuvo una asistenta con el mismo tatuaje, pero se esfumó. Ingrid y su marido solo contratan a chicas que vienen recomendadas por una asociación sin ánimo de lucro, dirigida por personas importantes de los negocios y la Iglesia, que en realidad es una tapadera; La buena voluntad es una entidad regentada por estafadores que se aprovechan de las buenas intenciones de algunos curas y seglares para llevar a cabo una trata de mujeres de países del este, maltratadas y arruinadas en su país de origen, trayéndolas con engaños para que roben en las diferentes casas a las que van a servir.

Pues, con esta tragedia de fondo, Andrea Camilleri consigue una trama divertida al poner a prueba las dotes de Montalbano para la escenificación y al llevar al lector al borde de los nervios en un final trepidante, ávido y abierto que nos deja aún más sorprendidos. Hay pocas mentes como la del desaparecido escritor quien, ante una sociedad corrupta en todos sus estratos, realiza un profundo análisis implacable y nos lo presenta con forma de comedia ágil y ocurrente.

Las alas de la esfinge es una de las novelas más interesantes, estilística y ontológicamente, porque conforme el comisario ha ido cumpliendo años, el narrador le ha transferido su voz, y Montalbano, a su vez, se la ha pasado al autor; de esta forma, el protagonista se ha visto con total libertad para adoptar a sus dos yoes, que dialogan, cuando lo estiman oportuno, a modo de diferentes resoluciones útiles al personaje, para acallar su conciencia o para reflexionar en un monólogo interior en segunda persona a tres bandas: «Era una cuestión que afectaba a Livia y, si acaso, a él […] ¿Sabes por qué te has ido de la lengua con Ingrid? Porque eres viejo y ya no aguantas el vino mezclado con whisky, dijo Montalbano primero. […] no tiene nada que ver —terció Montalbano segundo—…».

Está claro que en este argumento, muchas situaciones olían a quemado al autor, por lo que se permite, a través de su protagonista, no dejar títere con cabeza. Desde su posición de escritor, Camilleri trató de combatir la corrupción, al menos la sacó a la luz en todos sus escritos. Las actuaciones ralentizadas de los altos cargos policiales contrastan con los actos espontáneos de un comisario atípico:


—¡No se trata de decir sino de hacer! ¡Las órdenes se las doy yo […] exijo una exhaustiva respuesta por escrito para mañana por la mañana.

[…]

La policía pensaba que el que había prendido fuego a la tienda era el propio Ninnio […] en Licata […]

Montalbano […] escribió en un papel con membrete “Ilustre señor Jefe Superior, no siendo Vigàta Licata y tampoco Licata Vigàta, está claro que ha habido una errata…

Es cierto que Salvo, a veces, imparte justicia más humana que legal, pues conoce a la gente solo con tenerla delante, pero los corrompidos no tienen nada que hacer ante él.

El ritmo de la novela es dinámico y fresco, incluso comenta algunos temas secundarios, sobre el cambio en la estructura de las ciudades y el comportamiento ciudadano, que no dejan de tener su interrogante general, «Porque en un abrir y cerrar de ojos se habían formado legiones de fanáticos enemigos de los fumadores», o particular, «Pero ¿no fue ayer cuando Francisco jugaba con él a policías y ladrones?».

Esta ligereza no impide, a quien quiera leer entre líneas, reflexionar sobre la prostitución, los problemas de la inmigración «Desde Lampedusa habían llegado cuatrocientos inmigrantes para ser enviados a los campos de concentración, perdón, los centros de acogida», la hipocresía y corrupción de las altas esferas, incluida la Iglesia, los negocios y trapicheos con chicas desprotegidas «—Se trata de establecer cuál de las chicas disponibles cumple los requisitos para satisfacer las necesidades especiales de quien se dirige a nosotros», el poder de los mass media y, por supuesto, la dificultad de las relaciones a distancia.

No cabe duda, a pesar de todo, de que la historia es entretenida. Al unir el caso del asesinato de la chica con el secuestro de un comerciante y el enfado de Livia, el enredo se va agrandando; nada puede transcurrir de forma normal para Montalbano, que se confirma en esta entrega como un consumado actor, guionista y director, poniendo en escena algunas secuencias propias del cine de oro americano


—Oiga, Morabito, quiero echarle una mano…

[…]

—¡Que el incendiario no se incendiara a su vez! ¡Ah, Ah! ¡ Esta sí que es buena!---

[…]

—…¿Usted lo vio?

—¿A quién?

—Al incendiario

—Pero, ¿qué dice?

—¿Está seguro?...

No solo el humor deriva de estas representaciones, encontramos preguntas que no corresponden a quien se le hacen, diálogos irónicos con los que se burla de algunas series policíacas de televisión


—He encontrado dos cosas

—¿Piensa decírmelas a plazos mensuales?

—Dos trocitos de lana negra en el interior de la cabeza

—¿Y eso qué significa?

¿Usted qué cree? ¿Qué eran trocitos de lana congénitos?

Augurios de Catarella que actúan a modo de coro griego


—¡Ah, dottori, dottori!

—Espera, ¿está Fazio?

—Todavía no está. ¡Ah, dottori, dottori!

—…

—¡El siñor jefe superior llamó! ¡Dos veces llamó! Estaba fuera de sí ¡Y la segunda vez más fuera que la primera!

Confusiones entre expresiones metafóricas y literales,


Montalbano apagó el cigarrillo y se lo metió en el bolsillo […]

—Huelo a quemado

—¿Metafóricamente hablando?

—No señor, realmente hablando

En fin, Camilleri se muestra ingenioso con todo, exceptuando la comida, hecho que se lleva a cabo, como siempre, como un ritual. Por cierto, la receta de la pasta a la Sicilia es para repetir.

Termino agradeciendo a Camilleri sus novelas, como siempre y apuntando una curiosidad pues, en esta entrega es la primera vez que se comenta el estado civil de Fazio. Ya sé algo nuevo de esta gran familia.



sábado, 22 de enero de 2022

LA CURVA DEL OLVIDO




A finales del siglo XIX, Hermann Ebbinghaus fue uno de los primeros psicólogos en estudiar la memoria humana. Durante 22 años experimentó consigo mismo, hasta descubrir que tras memorizar una serie de sílabas iba recordando cada día que pasaba un porcentaje menor, sin embargo tras un pequeño repaso la pérdida de memoria disminuía, por lo que lo aprendido en el tiempo se consolidaba.

Pedro Zarraluki, tras nueve años sin escribir, saca a la luz esta novela en la que sus personajes principales, Vicente y Andrés recuerdan, durante los dos meses de verano, lo acaecido en sus vidas. Para ello eligen un lugar casi paradisíaco, una cala de Ibiza, en 1969, donde veranean en el único hotel, regentado por Josefa Martínez. La tranquilidad del entorno invita a la relajación, a reflexionar, y las voces del resto de personajes suponen para los lectores un recuerdo de lo ocurrido en aquella época, para que no lo olvidemos.

La curva del olvido contiene algo de autorreferencialidad; el paso del tiempo y los desgastes que produce en el hombre son evidentes. Andrés y Vicente son amigos, ambos han sufrido reveses en la vida pero cada uno los ha asimilado de distinta manera, porque los caracteres difieren bastante, Vicente es extrovertido, piensa que hay que aprovechar cada momento y disfrutarlo. Su hija, Sara, tiene una forma de ser parecida, decidida, alegre, sensual, goza casi constantemente, entre otras razones porque tiene lo que desea, no sabe qué son problemas económicos ni prohibiciones familiares. Por el contrario, Andrés es retraído, de natural pesimista, inseguro; sabe que se aprovecha de Vicente, de su dinero y de sus contactos y, aunque sufre por ello no puede dejarlo porque es más cómodo sentirse protegido y vivir bien, sin embargo cierto rencor hacia él mismo le impide disfrutar de casi cualquier cosa. Su hija, Candela, tiene asimismo un carácter indeciso. No se siente cómoda en la sociedad, ni en la universidad, ni consigo misma. Mantiene cierta envidia hacia Sara por su alegría y despreocupación.

Ambas conservan una amistad que dura más de 10 años, tan estrecha, que el trato es familiar, y al tener la misma edad, unos 20 años, van quedando envidias, celos derivados de que ambas se sienten infravaloradas respecto de la otra «Sara […] la fastidiaba estar allí en un entorno tan familiar. Candela no era desde luego la persona más jovial del mundo», hasta que se deciden a hablar y cada una ve las cualidades de la otra.

También Andrés y Vicente se sinceran entre ellos, sacan el rencor que llevan dentro y entienden el porqué de lo ocurrido en sus vidas. En realidad, ayudan poco a sus hijas porque ellos se sienten más perdidos. Un suceso catastrófico hizo que Andrés se quedase viudo y Vicente se separase de su mujer. Ni uno ni otro lo han encajado bien por lo que, a modo de defensa hacia ellos mismos dejan ver el peor lado de cada uno. Vicente, arquitecto mediocre, raya en la prepotencia, la mala educación ante los empleados y ante cualquiera que él considerara de un nivel socioeconómico menor. Es un inconsciente y bebe casi de continuo, conduciendo incluso borracho y poniendo en peligro la vida de su familia «Aunque Vicente conducía despacio, el Dos Caballos se bamboleaba en las curvas. Candela, tumbada en el asiento de atrás, se había quedado dormida».

Por su parte, Andrés, anticuario, se piensa un culto hombre de negocios cuando en realidad es otro de aquellos a quienes desprecia, un usurpador de cualquier parte del mundo, «Aquellos tipos necesitaban compradores como él, profesionales serios, y no expoliadores aventureros llegados de cualquier parte del mundo».

La corrupción, en un país gobernado por corruptos, era usual. Andrés es el modelo que ocupa el escalafón más alto. En el más bajo estaría Sebastián, el que encuentra las ánforas y otras antigüedades enterradas en la isla y, aunque no entienda de arqueología, sabe que son caras, y las vende con el beneplácito de Tomás, su cuñado, un guardia civil que quiere buena parte del botín «—Sin embargo –confirmó el guardia civil–, todo al final es cuestión de precio. Y de discreción». La desfachatez que hoy nos viene a la mente al contemplar escenas como esta, eran la normalidad de la época tardofranquista en la que abundaron expoliadores desalmados, aun en nombre del país.

El realismo de La curva del olvido es evidente, hay referencias periodísticas de la desproporción entre las acciones del caudillo y las de los españoles, y todas tratadas con la misma intrascendencia, «Franco había estado el día anterior en el club de golf La Zapateira y por la tarde había salido a pescar; seis sacerdotes habían sido detenidos en Vizcaya por negarse a que entrara la bandera española en su iglesia».

El paso del tiempo es el arma utilizada por el gobierno para reforzar el en pueblo la curva del olvido y que diera la impresión de que España era un país afortunado «nadie quería recordar […] El Régimen empezaba a relajar su despiadada venganza y celebraba ya los años de paz en lugar de los años de victoria». Las calamidades del resto del mundo no nos incumbían ni nos afectaban y era usual, sobre todo en lugares de costa, el contrabando. Los objetos arqueológicos no servían para investigar en nuestras raíces, tan era la cultura de los gobernantes, así que el expolio estaba a la orden del día, otro negocio cualquiera para algunos afortunados mientras la clase baja debía conformarse con realizar trabajos de todo tipo sin ninguna preparación. Era mano de obra barata que no pretendía mejorar en el trato obtenido ni en sus expectativas «la dueña se ha encerrado en la cocina. Y encima me ha dicho que para pagar todo esto me tiene que rebajar el sueldo. Estamos buenos».

Todo era distinto a finales de los 60; la naturalidad en el trato empresario-cliente era confundida con el trapicheo y con un servicio que hoy nadie toleraría. De nuevo encontramos la falta de acceso a la cultura por el impedimento de las barreras sociales.

El registro usado por Zarraluki es coloquial aunque (siguiendo en su línea) el narrador usa metáforas y comparaciones poéticas que dejan la marca del autor quien, en su recuerdo, intensifica la percepción de la realidad.

Asimismo los diálogos, las referencias a otros autores literarios como Juan Marsé, Jack Kerouac o Thomas Mann, directamente, o Françoise Sagan, a través de su novela más famosa, «Tiene una melancolía agresiva, a lo Bonjour tristesse», referencias a actrices famosas de la época «el pelo a lo Jean Seberg», cantantes «canciones de Joan Baez», políticos del momento «Parece ser que Fraga está abriendo la mano…» o la agente literaria, probablemente, más famosa de la época «Se llama Carmen Bacells y esta mañana he hablado con ella», inundan de realismo la narración aportando la sensación de que estamos ante un recordatorio de la época. Zarraluki se vale de estas técnicas para contribuir, con informaciones extratextuales, a difuminar sus lazos con el narrador, quien a su vez deja al descubierto a los personajes cediéndoles todo el protagonismo.

El autor escucha las voces de sus personajes y remite al lector sus traumas, al tiempo que nos recuerda la importancia de limpiar esas heridas que nos laceran desde el exterior o desde nuestra propia intimidad, y dejar al aire las cicatrices para que se vean, hasta que no hagan daño. Nunca debemos dejarlas pasar desapercibidas porque permanecerán para siempre


—Esto es un establecimiento muy decente –contestó ella, plantándose ante el hombre– Y yo soy la dueña, claro que sí. Josefa Martínez Sasa, viuda de caballero mutilado.

viernes, 14 de enero de 2022

LA MADRE DE FRANKENSTEIN



En la calle Villalba, donde yo vivía cuando era una niña, había dos chicas a las que admiraba; estudiaban bachillerato y todos los días las veía ir al colegio y volver, hablando. Una era más bajita, rubia y pizpireta, siempre reía. La otra, más alta, morena, delgada y tímida, sonreía. Yo no sabía a quién quería parecerme de mayor aunque me decantaba por mi vecina la morena; era listísima. Se fue a estudiar a Madrid y volvía en vacaciones, muy moderna, con abrigos maxi y una mirada prometedora. La admiraba. Una Navidad no llegó a Cartagena, mi madre me dijo que la habían internado. Se había vuelto loca de estudiar tanto y lavarse la cabeza durante la menstruación. Cuando la volví a ver, yo era una adolescente y ella no era nada. Dejó de estudiar y sus ojos no miraban, su expresión era la de alguien sin voluntad, sin vida. Desde entonces he sentido una rabia tremenda por aquellos monstruos capaces de torturar a enfermos.

He leído La madre de Frankenstein con una herida que se me ha vuelto a abrir, pero agradezco a la autora la prosa sencilla, atractiva, con la que ha creado una bella historia en medio del terror que supuso estar en un manicomio durante el franquismo, aun en su última época.

Almudena Grandes explica al final de la novela, cómo se le ocurrió la idea, qué hay de cierto y qué de inventado. Por supuesto, la belleza surge de la mente de esta autora, con la que quiere compensar a tantas mujeres sacrificadas, tantos hombres mancillados y tantos niños arrancados del amor de sus familias para evitar que siguieran engrosando las filas de los parias de la tierra.

Almudena, de humanidad insuperable, agradece a los médicos, monjas, periodistas, escritores y cineastas que la ayudaron a investigar para escribir esta novela. Y los españoles agradecemos a Almudena que, una vez más, haya sacado la belleza de la miseria, denunciado, al dar a conocer hechos vergonzantes, a todos aquellos exaltados de derechas que se sintieron dueños de un país que nos les pertenecía e intentaron que fuera una cárcel para los que no pensaban como ellos, «no nos dejan salir de España, ni siquiera tres días, ni siquiera para ir a tu boda, no podemos. Mamá es la viuda de un rojo que se suicidó en la cárcel».

La madre de Frankenstein es una novela histórico-ficticia cuyo protagonista múltiple está formado por todos aquellos desgraciados que conformaron el bando perdedor de una guerra ganada y acaudillada por locos desalmados, que convirtieron a España en un manicomio del que era difícil escapar, «El manicomio de Ciempozuelos era […] una miniatura patológica de un país enfermo». Esta vergüenza forma parte de nuestra historia y en la historia de Almudena Grandes, la desolación de Germán es la que padecieron quienes debieron exiliarse a Europa en busca de un futuro, aunque no resultó sencillo evadirse de los perseguidores, «quiero que te salves tú […] porque si no subes a ese barco fracasaré después de fracasar, volveré a perder la guerra después de haberla perdido». Veinte años más tarde, el asombro de Germán al encontrarse con un país estancado en el analfabetismo y la represión como norma para los ciudadanos, «donde nadie era libre en absoluto, ni siquiera para enamorarse fuera del carril social al que estaba asignado desde su nacimiento», es comparable al temor y la lucha clandestina de los liberales que intentaron instaurar un orden lógico y científico.

El trauma de Ernesto no es sino el de quienes se vieron encerrados en un cuerpo que no les correspondía o en una mente que difería de la implantada por la iglesia: «Que tenían mucho éxito entre los jóvenes, porque estaban adoctrinados desde la infancia, y con los hombres mayores, a los que el cuerpo ya no les daba de sí para grandes tentaciones». Todos debieron ocultar su homosexualidad en matrimonios desgraciados, en el sacerdocio, supresor de cualquier sospecha sobre la soltería, o en un apasionamiento desmedido hacia su profesión, garantía de no pensar en otra cosa «Le dije a mi madre que estaba curado, que había perdido el apetito sexual, que había decidido practicar la castidad».

La angustia de Pepe Sin Apellidos es la de todos los comunistas que hubieron de vivir sin expresar su opinión en público, con el temor de ser delatados por alguien que buscara congraciarse con el régimen, «y no dejó de hablar en un susurro, que no se entere tu abuelo, a tu madre la mataron los rojos, doña Aurora es una loca, no le hagas caso…».

La humillación de María es la de las mujeres engañadas, tratadas como animales para obedecer sin poder elegir, sin levantar la voz, sin quejarse, resignadas, aleccionadas para agradecer cualquier migaja de quien quisiera regalársela; niñas educadas en un régimen eclesiástico para no ser nada en la sociedad, peones de fácil repuesto que las propias mujeres apartarían si eran pilladas disponiendo libremente de su cuerpo o de su mente. 

La tortura de Aurora es la de quienes tuvieron la desgracia de necesitar cuidados especiales. Si la mujer era un estorbo, la enferma era una fatalidad, no servía para nada, solo daba trabajo, por lo que era normal violarla, torturarla o negarle las atenciones básicas. El problema es que cuando un marido se cansaba de su mujer no tenía más que declararla enferma, «mujeres de hombres poderosos que consiguieron ingresarlas aquí para quitárselas de en medio, inhabilitarlas y vivir tranquilamente con sus queridas».

Una España de locos, un manicomio donde gritaban las desdichas sin ser escuchados. Esto es parte de nuestra historia, pero en La madre de Frankenstein también aparecen los homosexuales que llegaron a ocupar cargos importantes, acallando voces, los comunistas que fueron hadas madrinas de muchos desarraigados, ayudándolos a salir del país, las mujeres que, señaladas con el dedo del odio, consiguieron rehacer su vida en otro lugar, los médicos y eclesiásticos que ayudaron a hacer la vida y la muerte más agradable para los desahuciados. Porque, aunque todos enloquecieron de dolor, formaban parte de los inteligentes que supieron despistar a los que pretendían imponer su beneficio personal, «y me demostró que no solo era el hombre más simpático que había conocido en mi vida […] también era el más generoso. Agradéceselo a tu hermana, si acaso».

Almudena Grandes plantea en esta novela el problema de la identidad ¿Quiénes somos realmente? ¿Por qué vivieron de determinada manera en la posguerra? Porque los personajes son reales. Los ficticios deambulan tan armoniosamente que cuesta reconocerlos: actúan en hechos reales, pero tan duros y terroríficos que parecen ficticios. Los temas son un referente para quienes vivimos en los años 50, 60, incluso 70 en nuestro país, pero la novela se dirige a un público general. Está bien que los más jóvenes sean conscientes de a dónde lleva el fanatismo. Estamos ante una proyección realista de una época que no debemos olvidar, para agradecer el vivir en un estado democrático que hace uso de avances obtenidos por quienes lucharon por la paz y la igualdad. La novela contiene una gran carga crítica donde los personajes no exponen hechos individuales, son representantes de clases específicas. Da igual si son reales o no, lo que representan lo fue. La autora pone en duda, en el contenido, valores tradicionalmente admitidos. La forma también se aleja de lo tradicional, las voces narrativas se mezclan; aparece el narrador testigo en tercera persona, el narrador en primera persona con cambio de personaje, o incluso en primera persona en forma de monólogo interior o de diálogo con un personaje ausente.

Con todo, consigue el tono realista de una multiperspectiva coral, pues aporta el punto de vista de todos los que formaron el elenco de la España franquista. Todas las voces son relevantes para formar el puzle que sugiere la historia. Al final, reconstruimos perfectamente la guerra, la posguerra y la vida dentro y fuera de España.

Las técnicas empleadas son variadas, la reflexión del monólogo interior sustituye a la narración del personaje y al dirigirse al lector hace que la reflexión pase a nosotros. Almudena Grandes siempre tiene presente al lector, que es capaz de conectar con cualquier personaje, entender cualquier situación. Incluso a veces expone la falta de realidad en la que vivían las mujeres de la clase media-alta, contrastando el día a día con un cambio de letra, con el que ironiza lo aconsejado en las revistas: «los señoritos son más listos que el hambre y no dejan una viva. Tú ya me entiendes. Ya no vivimos en la Edad Media, Chica insegura. La posición social es importante […] pero si él te quiere de verdad, no representará un obstáculo insalvable… ¡Ay, Rosarito!, no me digas esas cosas».

La narración fragmentada ayuda a visualizar la trama en diferentes historias, espacios y tiempos, con esto la autora consigue un ritmo ágil y favorece, con analepsis y vueltas al presente, que el lector mantenga la intriga. Asimismo las largas presentaciones de un personaje, sin decir en el momento de quién se trata, aumentan la curiosidad por seguir leyendo y despiertan la empatía.

Los enlaces causales anafóricos ofrecen las infinitas razones por las que se necesitaba la ciencia en la vida diaria «Porque la ciencia española […] en manos de los segundones. Porque los segundones […] fascistas. Porque […] familiarizado con la clorpromacina. Porque […] si volvía a España. Porque mi carrera… Porque […] estancia temporal. Porque […] en la Dirección General de Seguridad… Porque no iba a trabajar para Franco sino para varios cientos de mujeres abandonadas».

Asimismo las coordinadas enlazadas mediante anáforas refuerzan la oscuridad en la que se sumía el pensamiento de muchísimas familias «Que el doctor Robles […] miedo […] Que muchas mujeres se casaban sin conocer las ideas del novio […] Que por las mañanas […] no contar a sus amigos […] Que por las noches […] apagar la luz […] Que hablar, leer […] actividades sospechosas […] Que […] no te signifiques».

No hay burla en la narración de Grandes, solo franqueza. Únicamente se permite alguna ironía hacia la supremacía y el (falso) orgullo español «España es […] el país escogido por Dios, la más católica de las naciones, la hija predilecta del Espíritu Santo […] y por eso lo que está pensando todo el mundo es que estás loco por acostarte con María».

Es una pena que Almudena Grandes nos haya dejado ahora, tan pronto. Después de oír a la extrema derecha siento que el país se tambalea y puede caer hacia atrás. Hacen falta personas como esta madrileña capaces de hacer frente a la injusticia y poner al pueblo en su lugar.

Gracias, Almudena, porque no solo combatiste la injusticia, sino que has dejado testimonio de ella en tus libros.

sábado, 1 de enero de 2022

FELIZ 2022

Otro año, me parece imposible, pero cuando veo la cantidad de libros leídos me doy cuenta de que sí, ya ha pasado otro año, y de él quiero resaltar el proyecto, (compartido con David y Antonio) que ya es una flamante realidad: la web El yunque de Hefesto. Hemos trabajado mucho, pero el resultado ha sido espectacular, y para el año que comienza partimos con la ilusión intacta, crecidas las ganas de seguir trabajando y nuevos retos para poner en marcha.

En 2021 hemos publicado 33 textos, entre relatos y poemas y unas ilustraciones maravillosas, de grandes artistas y ya amigos, y de nuestra rotativa han salido 4 números del cuaderno El relator.

Así pues, a todos los que habéis mantenido vivo el fuego de nuestra fragua, muchísimas gracias, y a todos los que alguna vez os asomáis por aquí, feliz año, que 2022 venga lleno de paz, salud, felicidad y preciosas lecturas.

¡Ah! este año presidirá Aurisecular desde nuestro rincón del recuerdo la genial escritora, que se nos fue demasiado pronto, Almudena Grandes.