Hace mucho tiempo que conozco a
Rosalía. Fue alumna mía; no recuerdo el curso ni el año en que le di clase pero,
la sonrisa en su cara ladeada al hablarme no se me olvida. Después seguí
viéndola por la ciudad, incluso coincidí con ella a menudo cuando empezó a
trabajar cerca de donde vivo. Sé que le encanta leer, le apasiona el cine y es
una entusiasta del deporte; cuando empecé a seguirla en Instagram no me
extrañaron las buenas críticas que hace de películas o de novelas. Siempre ha
sido bastante madura. Y de pronto veo que ha escrito una novela.
En ese momento la compré y aquí estoy,
dispuesta a hablaros de Miradas inesperadas. La técnica
empleada no es nueva pero tampoco es usual. La novela comienza in medias res, en un presente en el que
Adriana pretende tranquilidad aunque no lo consiga. Por eso, a pesar de
trabajar en un lugar que adora, una librería, su mundo se viene abajo cuando ve
aparecer por la puerta a Daniela. A partir de ese momento, los capítulos de las
cuatro partes del libro alternan la voz narradora de ambas protagonistas y,
entre las dos van contando su historia. Para ello, la segunda parte supone
retroceder al pasado, diez años antes, de manera que los lectores estemos al
tanto de qué pasó, cómo se conocieron, cómo descubrieron, al conocerse como
profesora y alumna de la universidad, que eran homosexuales, o bisexuales ya
que ambas tenían pareja heterosexual con la que disfrutaban…, hasta que se
encontraron y la atracción pudo más que cualquier otra cosa. Durante el curso
académico se vieron sin que los demás, ni siquiera sus parejas, sospechasen de
sus sentimientos. Y cuando todo parece que se va a normalizar, Daniela se va de
la ciudad sin dar señales de vida hasta ese presente diez años después.
Ahora, Adriana creía haberla olvidado con
su trabajo y su nueva chica, Sara. Será en la tercera y cuarta partes, cuando
asistamos al final de la historia. No quiero desvelar nada para no influir en
la lectura. En este final todo es posible.
Rosalía
Ruiz Gutiérrez ha dejado algo de ella en la novela, pero
eso no es importante, lo bueno es que nos ha ofrecido dos puntos de vista
distintos de una misma historia. Los lectores sabemos más que las
protagonistas, conocemos sus temores, sus dudas, las ilusiones que las embargan
y podemos llegar a una conclusión que puede parecer evidente: Cuando hay
verdadero amor todos esperamos lo mismo. Lo vivimos de distinta forma pero el
objetivo es idéntico: estar con la otra persona a costa de lo que sea «No iba a ser agradable. Tendría que empezar
a sentarme en la última fila y fingir que la asignatura ya no me interesaba».
«Al día siguiente volvería a arrepentirme
y tendría que volver a fingir que nada de aquello había ocurrido».
Nuestra autora ha construido dos
personajes que, en principio parecen distintos pero coinciden en lo
fundamental; Daniela es dieciocho años mayor que Adriana pero esta disfruta con
actividades más relajadas que las que llevan a cabo sus amigas.
El tono de las dos protagonistas
podría confundirse; sin embargo, cada una procesa las emociones de diferente
manera; probablemente Daniela, por su situación y edad, se muestre más cauta
ante el amor que poco a poco se va instalando en ellas; Adriana es más
impaciente «Me aterraba el hecho de que,
a la mañana siguiente, todo hubiese cambiado […] me miró y la besé de nuevo»
«…contemplamos juntas la salida del sol. Solía pensar que los momentos mágicos
no existían pero aquel fue uno de ellos».
El ritmo es constante, Rosalía Ruiz ha
conseguido gestionar el tiempo y la tensión de forma equilibrada. A veces los
diálogos, cortos, parece que lo van a acelerar pero la voz narrativa se
introduce en las réplicas para señalar acciones o pensamientos. Sin embargo
estas acotaciones no lo ralentizan, porque no hay descripciones excesivamente
detalladas ni subordinadas complejas que propongan reflexiones profundas. La
lectura fluye fácilmente, los capítulos suponen básicamente una escena; no son
largos y terminan sin aclarar cuál es la consecuencia de lo contado que
normalmente puntualiza la siguiente narradora, cuando cuenta su impresión sobre
el hecho y alivia la intriga que dejó la anterior. De esta manera las vamos
conociendo a las dos y, sobre todo, podemos contrastar las circunstancias de
cada una.
Rosalía ha escrito una primera novela
de estructura difícil; no es sencillo ir aportando visiones parciales de una
historia que se vayan complementando mientras se relacionan, pero la autora ha
conseguido que entendamos que la vida tiene diferentes perspectivas y que la
vivimos según nuestra forma de verla o de enfrentarnos a ella. No hay que pasar
por alto que una misma situación supone más o menos dificultad según se
experimente, por lo que toda verdad puede llegar a ser cuestionable.
Hay algo que me ha llamado la
atención; tanto Adriana como Daniela tienen pareja heterosexual y están bien.
Daniela lleva viviendo siete años con Alberto y se presentan estables,
disfrutan del sexo y de las salidas. También Adriana, aunque algo más reacia al
principio, disfruta con Román y siente que está a gusto con él como confidente
y amigo. Sin embargo cuando ambas chicas se conocen todo se desborda; la culpa
se instala en ellas aunque no se planteen abandonar a sus respectivos chicos.
Da comienzo una relación con altibajos; es placentera pero no quieren seguir
con ella para no dañar al otro, la confianza que había en la pareja
heterosexual deja paso a la mentira, mientras que ambas mujeres desean que el
tiempo pase rápido y ponga las cosas en su sitio.
¿Pasa esto en todas las relaciones homosexuales al principio? ¿Son más intensas en los aciertos y en los errores? Al leer Miradas inesperadas entendemos que sí y que no pasa nada, que todo el mundo tiene derecho, tenga la edad o la condición que tenga, a disfrutar de una vida sexual y relacional plena y feliz.


