martes, 22 de septiembre de 2026

BAJO EL CIELO INFERNAL

¿Es posible que conforme cumplimos años tengamos menos reparos a decir la verdad? Puede ser. ¿Es posible que la edad sea un plus en las personas? Es probable. Lo que está claro es que lo fundamental es la mente. Si funciona, una serie de experiencias aparecen entonces ante nosotros para generar, o no, empatía que, unidas al temperamento consiguen nuestra atracción o repulsión hacia esa persona, porque la vemos según es, no según el físico que ostenta y tanto parece importar ahora.

Al terminar Bajo el cielo infernal adoro, más si cabe, a Alicia Giménez Bartlett. Siempre he disfrutado las novelas de la inspectora Petra Delicado, alguien tan contradictorio como su nombre indica, pero en esta última entrega, la voz Petra-Alicia está presente; de hecho, sería incapaz de marcar una línea divisoria entre dónde termina el personaje y empieza la autora. La fuerza de Giménez Bartlett está presente en la inspectora. Nunca ha tenido miedo a enfrentarse a las autoridades. Esta novela es una prueba de ello: la autora critica la actuación de la policía cuando se trata de relacionarse con la iglesia; critica, con una fuerza arrasadora, al estamento eclesiástico porque es capaz de hacer lo que le viene en gana, las leyes terrenales no le afectan, tiene a su dios encargado de perdonar cualquier barbaridad porque ya sabemos que dios es misericordioso y bueno, aunque solo sea con algunos.

También Petra se opone a los deseos de los altos cargos policiales y religiosos y lleva la verdad a sus últimas consecuencias. Alicia Giménez usa la voz de Petra para criticar la incultura social que nos envuelve y los estamentos despiadados que están instalados desde tiempos casi inmemoriales; estamentos intocables, o eso parece, porque en Bajo el cielo infernal, nuestra inspectora no tiene miedo de investigar; de hecho, tirando del hilo del asesinato del jesuita Lorenzo Santos, descubre dos asesinatos más. El problema, cuando víctimas, asesinos y la mayoría de testigos están muertos, es que apenas hay pruebas, por lo que Petra y su fiel amigo y colaborador, el subinspector Garzón, deben hacer uso de suposiciones y presentarlas como ciertas hasta que los criminales confiesen.

Petra pasa por un mal momento, se ha quedado viuda; Marcos tuvo un accidente de coche tras una discusión matrimonial en la que él le pidió que aceptase una situación por la que Petra no pensaba pasar. Ahora, el recuerdo de su marido la atormenta; lo echa de menos y no sabe cómo afrontar la vida sin él. También Alicia Giménez ha debido aprender a vivir sola, sin su marido, por lo que esta novela ha supuesto otra herramienta para superar su duelo. Imagino que el recuerdo queda ahí, para siempre, aunque espero que la autora sepa gestionar sus emociones para llevar una vida feliz. Todos lo merecemos; las personas buenas, fuertes, valientes y comprometidas, más.

El estilo de la novela es el propio que Giménez Bartlett utiliza con la novela policiaca. Plagada de diálogos ingeniosos, los refranes aparecen con afluencia, así como las expresiones populares. Son una seña de identidad de Fermín Garzón: fiel a su superiora, verdadero amigo antes que subordinado, algo anticuado más que tradicional, por lo que aunque en sus actos no lo demuestre, en sus palabras vemos a veces rastros de la educación patriarcal machista imperante en España, que a mí me parecía superada pero veo con auténtico horror que vuelve. Pero esta reflexión pertenecería a otro lugar.

A Petra la define el humor irónico, a veces irreverente, la rapidez para encontrar la réplica certera en las discusiones; por contra, cuando ejerce como voz narradora aparece su intensa reflexión, algo que influye en los lectores y nos permite conocer en profundidad a los personajes: gestos faciales, posturas, tics, contestaciones, acciones… todo es visto con lupa, con un calado psicológico que expone de forma objetiva sin impedimentos. De igual modo, Petra muestra su forma de ser en esas reflexiones, por lo que no abandona del todo la ironía, a veces revestida de humor negro «Coronas no estaba contento, el juez Riaza no estaba contento, yo no estaba contenta y el muerto mucho menos que ninguno de nosotros».

El asesinato de Lorenzo Santos tiene lugar en el barrio de La Mina, plagado de drogadictos, necesitados y personas que, en principio son marginales, pero Petra y Fermín se encargarán de devolverles su dignidad. Otra lección social, no debemos juzgar sino comprometernos de verdad con los más desprotegidos.

Las reservas hacia la Iglesia aparecen desde el primer momento en los dos protagonistas

—[…] La diplomacia hay que extremarla con la Iglesia, siempre ha sido así.

—No sé si estoy en disposición de practicar el guante blanco.

—Pues esfuércese Petra.

[…]

—Pues yo, ya puestos, hubiera preferido que se cepillaran a un cardenal con todos los arreos encima. ¿El arma homicida? ¡Un Winchester como los de John Wayne! La cosa hubiera pintado bien, mucho más original.

Que la autora es filóloga se nota por su estilo, caracterizado con un vocabulario culto, lleno de comparaciones literarias o cinematográficas, saber con el que dota a sus protagonistas «El párroco era un remedo no tan lejano del dómine Cabra: feo, malcarado y con manchurrones en la pechera. Su alzacuello presentaba un sospechoso color marfil matizado en varias intensidades»

Por supuesto, las comparaciones bíblicas están a la orden del día: «me he movido entre un chorreo como el diluvio universal y la expulsión de los mercaderes del templo a hostia limpia». Asimismo son frecuentes las metáforas literarias, concretamente las teatrales, que utiliza para dar expresividad a los juicios de Petra y aportar movimiento a su pensamiento «todo lo demás es ópera, tragedia griega subida a unos coturnos, gesticulación y demanda de protagonismo».

Y por supuesto, nuestra pareja, a pesar de la amistad continúa con un trato respetuoso, aunque plagado de coloquialismos «Está bien, Garzón, deje de darme el turre». Que Petra es una mujer culta lo demuestra en el diferente uso de registros, según a quién va dirigida su locución o en qué contexto «…temía que el caso se enrocara […] entre los mismos peces, con la misma caña, el mismo anzuelo e idéntico cebo […] ¿la omertá de los habitantes debía darse por sabida».

Los diálogos cobran vitalidad especial cuando las palabras toman un doble sentido, cuando los refranes se igualan a expresiones literarias


—[…] me dieron las aguas bautismales y se acabó.

—Sí, a mí también, pero esas son aguas pasadas.

O cuando cambia el sentido de lo dicho al variar de forma irreverente un texto religioso «—¡Madre mía que estás en los cielos! ¡Qué astucia la de ese cura! ¿no?».

La narración va aumentando en intriga conforme van apareciendo nuevos personajes que, encima, apenas han sido vistos un momento, que nadie dice conocer pero luego son elementos fundamentales.

Y entre tanto coloquialismo, cultismo, tecnicismo aparecen llamando profundamente la atención términos anticuados, casi en desuso, expresiones vulgares o irreverentes: gañán, el quinto coño, los plumillas, forajido, humor jupiterino, llorar a tumba abierta, ni monseñor ni monsepollas, sus derechos y todo el copón, la picha un lío, éramos pocos y parió la abuela…

Términos y expresiones con los que logra que leamos casi en un suspiro las casi 450 páginas de la novela que dan, además, para reflexionar sobre la moral. Perfecta Petra y perfecta Alicia.