¿Es posible que conforme cumplimos
años tengamos menos reparos a decir la verdad? Puede ser. ¿Es posible que la
edad sea un plus en las personas? Es probable. Lo que está claro es que lo
fundamental es la mente. Si funciona, una serie de experiencias aparecen
entonces ante nosotros para generar, o no, empatía que, unidas al temperamento
consiguen nuestra atracción o repulsión hacia esa persona, porque la vemos
según es, no según el físico que ostenta y tanto parece importar ahora.
Al terminar Bajo el cielo infernal
adoro, más si cabe, a Alicia Giménez
Bartlett. Siempre he disfrutado las novelas de la inspectora Petra
Delicado, alguien tan contradictorio como su nombre indica, pero en esta última
entrega, la voz Petra-Alicia está presente; de hecho, sería incapaz de marcar
una línea divisoria entre dónde termina el personaje y empieza la autora. La
fuerza de Giménez Bartlett está presente en la inspectora. Nunca ha tenido
miedo a enfrentarse a las autoridades. Esta novela es una prueba de ello: la
autora critica la actuación de la policía cuando se trata de relacionarse con
la iglesia; critica, con una fuerza arrasadora, al estamento eclesiástico
porque es capaz de hacer lo que le viene en gana, las leyes terrenales no le
afectan, tiene a su dios encargado de perdonar cualquier barbaridad porque ya
sabemos que dios es misericordioso y bueno, aunque solo sea con algunos.
También Petra se opone a los deseos de
los altos cargos policiales y religiosos y lleva la verdad a sus últimas
consecuencias. Alicia Giménez usa la voz de Petra para criticar la incultura
social que nos envuelve y los estamentos despiadados que están instalados desde
tiempos casi inmemoriales; estamentos intocables, o eso parece, porque en Bajo el cielo infernal, nuestra
inspectora no tiene miedo de investigar; de hecho, tirando del hilo del
asesinato del jesuita Lorenzo Santos, descubre dos asesinatos más. El problema,
cuando víctimas, asesinos y la mayoría de testigos están muertos, es que apenas
hay pruebas, por lo que Petra y su fiel amigo y colaborador, el subinspector
Garzón, deben hacer uso de suposiciones y presentarlas como ciertas hasta que
los criminales confiesen.
Petra pasa por un mal momento, se ha
quedado viuda; Marcos tuvo un accidente de coche tras una discusión matrimonial
en la que él le pidió que aceptase una situación por la que Petra no pensaba
pasar. Ahora, el recuerdo de su marido la atormenta; lo echa de menos y no sabe
cómo afrontar la vida sin él. También Alicia Giménez ha debido aprender a vivir
sola, sin su marido, por lo que esta novela ha supuesto otra herramienta para
superar su duelo. Imagino que el recuerdo queda ahí, para siempre, aunque
espero que la autora sepa gestionar sus emociones para llevar una vida feliz.
Todos lo merecemos; las personas buenas, fuertes, valientes y comprometidas,
más.
El estilo de la novela es el propio
que Giménez Bartlett utiliza con la novela policiaca. Plagada de diálogos
ingeniosos, los refranes aparecen con afluencia, así como las expresiones
populares. Son una seña de identidad de Fermín Garzón: fiel a su superiora,
verdadero amigo antes que subordinado, algo anticuado más que tradicional, por
lo que aunque en sus actos no lo demuestre, en sus palabras vemos a veces
rastros de la educación patriarcal machista imperante en España, que a mí me
parecía superada pero veo con auténtico horror que vuelve. Pero esta reflexión
pertenecería a otro lugar.
A Petra la define el humor irónico, a
veces irreverente, la rapidez para encontrar la réplica certera en las
discusiones; por contra, cuando ejerce como voz narradora aparece su intensa
reflexión, algo que influye en los lectores y nos permite conocer en
profundidad a los personajes: gestos faciales, posturas, tics, contestaciones,
acciones… todo es visto con lupa, con un calado psicológico que expone de forma
objetiva sin impedimentos. De igual modo, Petra muestra su forma de ser en esas
reflexiones, por lo que no abandona del todo la ironía, a veces revestida de
humor negro «Coronas no estaba contento,
el juez Riaza no estaba contento, yo no estaba contenta y el muerto mucho menos
que ninguno de nosotros».
El asesinato de Lorenzo Santos tiene
lugar en el barrio de La Mina, plagado de drogadictos, necesitados y personas
que, en principio son marginales, pero Petra y Fermín se encargarán de
devolverles su dignidad. Otra lección social, no debemos juzgar sino
comprometernos de verdad con los más desprotegidos.
Las reservas hacia la Iglesia aparecen desde el primer momento en los dos protagonistas
—[…] La diplomacia hay que extremarla con la Iglesia, siempre ha sido así.
—No sé si estoy en disposición de practicar el guante blanco.
—Pues esfuércese Petra.
[…]
—Pues yo, ya puestos, hubiera preferido que se cepillaran a un cardenal con todos los arreos encima. ¿El arma homicida? ¡Un Winchester como los de John Wayne! La cosa hubiera pintado bien, mucho más original.
Que la autora es filóloga se nota por
su estilo, caracterizado con un vocabulario culto, lleno de comparaciones
literarias o cinematográficas, saber con el que dota a sus protagonistas «El párroco era un remedo no tan lejano del
dómine Cabra: feo, malcarado y con manchurrones en la pechera. Su alzacuello
presentaba un sospechoso color marfil matizado en varias intensidades»
Por supuesto, las comparaciones
bíblicas están a la orden del día: «me he
movido entre un chorreo como el diluvio universal y la expulsión de los
mercaderes del templo a hostia limpia». Asimismo son frecuentes las
metáforas literarias, concretamente las teatrales, que utiliza para dar
expresividad a los juicios de Petra y aportar movimiento a su pensamiento «todo lo demás es ópera, tragedia griega
subida a unos coturnos, gesticulación y demanda de protagonismo».
Y por supuesto, nuestra pareja, a
pesar de la amistad continúa con un trato respetuoso, aunque plagado de
coloquialismos «Está bien, Garzón, deje
de darme el turre». Que Petra es una mujer culta lo demuestra en el
diferente uso de registros, según a quién va dirigida su locución o en qué
contexto «…temía que el caso se enrocara
[…] entre los mismos peces, con la misma caña, el mismo anzuelo e idéntico cebo
[…] ¿la omertá de los habitantes debía darse por sabida».
Los diálogos cobran vitalidad especial
cuando las palabras toman un doble sentido, cuando los refranes se igualan a
expresiones literarias
—[…] me dieron las
aguas bautismales y se acabó.
—Sí, a mí también,
pero esas son aguas pasadas.
O cuando cambia el sentido de lo dicho
al variar de forma irreverente un texto religioso «—¡Madre mía que estás en los cielos! ¡Qué astucia la de ese cura! ¿no?».
La narración va aumentando en intriga conforme van apareciendo nuevos
personajes que, encima, apenas han sido vistos un momento, que nadie dice
conocer pero luego son elementos fundamentales.
Y entre tanto coloquialismo, cultismo,
tecnicismo aparecen llamando profundamente la atención términos anticuados,
casi en desuso, expresiones vulgares o irreverentes: gañán, el quinto coño, los plumillas, forajido, humor jupiterino,
llorar a tumba abierta, ni monseñor ni monsepollas, sus derechos y todo el
copón, la picha un lío, éramos pocos y parió la abuela…
Términos y expresiones con los que logra que leamos casi en un suspiro las casi 450 páginas de la novela que dan, además, para reflexionar sobre la moral. Perfecta Petra y perfecta Alicia.


