sábado, 29 de enero de 2022

LAS ALAS DE LA ESFINGE


Andrea Camilleri lo ha vuelto a conseguir. No sé cuántos libros llevo leídos de la serie Montalbano y no me canso, al contrario, estoy poniéndome nerviosa porque me deben quedar pocos. Tendré que buscarme a alguien que, al igual que este empedoclini, me aporte ratos agradables y diversión asegurada en la lectura.

La esfinge es ese ser mitológico que, en la Antigüedad, tenía aterrorizados a los habitantes de Tebas pues, como su nombre indica, “cerraba” el paso del aire a quienes caían en sus manos.

También en Las alas de la esfinge aparece un personaje que, como cualquier ave rapaz percibe a sus presas desde la distancia para destruirlas.

Igualmente el pánico envuelve, desde la Grecia antigua a Sicilia, en un ambiente que cierra el aire de los que viven allí, por las erosiones naturales y la contaminación: «En la época de los griegos, el Salsetto era un río […] en la época de los romanos se convirtió en un torrente, en un riachuelo […] en la unificación de Italia, después, en la época del fascismo, en un arroyo de mierda […] en la democracia, en un vertedero de basura ilegal […] los americanos construyeron sobre el lecho ya seco, un puente metálico […] desapareció de la noche a la mañana […] por los ladrones de hierro»; y por supuesto, por la acción de la mafia


—…¿quién controla la zona? ¿A quién se paga el pizzo?

—A los hermanos Stellino.

Las condiciones de vida han ido empeorando y Camilleri, como en todas sus novelas, deja constancia de ello con cierta ocurrencia elegante.

Esta entrega es una de las más entretenidas de la serie y considero que tiene uno de los argumentos más ingeniosos porque Salvo Montalbano, que no debe vérselas con los asesinos en ningún momento, trata con el mismo tesón un asesinato, un secuestro y una ruptura amorosa. La suya.

En un momento de su vida en el que empieza a encontrarse cansado, en parte por la edad, en parte por la riña que mantiene con Livia, a Montalbano le sobreviene un asesinato por resolver, de una chica de la que apenas se sabe nada, excepto que llevaba tatuadas unas alas de mariposa en el omoplato. Un encuentro con su amiga Ingrid lo pone en la pista de algo más grave, pues esta le confiesa que tuvo una asistenta con el mismo tatuaje, pero se esfumó. Ingrid y su marido solo contratan a chicas que vienen recomendadas por una asociación sin ánimo de lucro, dirigida por personas importantes de los negocios y la Iglesia, que en realidad es una tapadera; La buena voluntad es una entidad regentada por estafadores que se aprovechan de las buenas intenciones de algunos curas y seglares para llevar a cabo una trata de mujeres de países del este, maltratadas y arruinadas en su país de origen, trayéndolas con engaños para que roben en las diferentes casas a las que van a servir.

Pues, con esta tragedia de fondo, Andrea Camilleri consigue una trama divertida al poner a prueba las dotes de Montalbano para la escenificación y al llevar al lector al borde de los nervios en un final trepidante, ávido y abierto que nos deja aún más sorprendidos. Hay pocas mentes como la del desaparecido escritor quien, ante una sociedad corrupta en todos sus estratos, realiza un profundo análisis implacable y nos lo presenta con forma de comedia ágil y ocurrente.

Las alas de la esfinge es una de las novelas más interesantes, estilística y ontológicamente, porque conforme el comisario ha ido cumpliendo años, el narrador le ha transferido su voz, y Montalbano, a su vez, se la ha pasado al autor; de esta forma, el protagonista se ha visto con total libertad para adoptar a sus dos yoes, que dialogan, cuando lo estiman oportuno, a modo de diferentes resoluciones útiles al personaje, para acallar su conciencia o para reflexionar en un monólogo interior en segunda persona a tres bandas: «Era una cuestión que afectaba a Livia y, si acaso, a él […] ¿Sabes por qué te has ido de la lengua con Ingrid? Porque eres viejo y ya no aguantas el vino mezclado con whisky, dijo Montalbano primero. […] no tiene nada que ver —terció Montalbano segundo—…».

Está claro que en este argumento, muchas situaciones olían a quemado al autor, por lo que se permite, a través de su protagonista, no dejar títere con cabeza. Desde su posición de escritor, Camilleri trató de combatir la corrupción, al menos la sacó a la luz en todos sus escritos. Las actuaciones ralentizadas de los altos cargos policiales contrastan con los actos espontáneos de un comisario atípico:


—¡No se trata de decir sino de hacer! ¡Las órdenes se las doy yo […] exijo una exhaustiva respuesta por escrito para mañana por la mañana.

[…]

La policía pensaba que el que había prendido fuego a la tienda era el propio Ninnio […] en Licata […]

Montalbano […] escribió en un papel con membrete “Ilustre señor Jefe Superior, no siendo Vigàta Licata y tampoco Licata Vigàta, está claro que ha habido una errata…

Es cierto que Salvo, a veces, imparte justicia más humana que legal, pues conoce a la gente solo con tenerla delante, pero los corrompidos no tienen nada que hacer ante él.

El ritmo de la novela es dinámico y fresco, incluso comenta algunos temas secundarios, sobre el cambio en la estructura de las ciudades y el comportamiento ciudadano, que no dejan de tener su interrogante general, «Porque en un abrir y cerrar de ojos se habían formado legiones de fanáticos enemigos de los fumadores», o particular, «Pero ¿no fue ayer cuando Francisco jugaba con él a policías y ladrones?».

Esta ligereza no impide, a quien quiera leer entre líneas, reflexionar sobre la prostitución, los problemas de la inmigración «Desde Lampedusa habían llegado cuatrocientos inmigrantes para ser enviados a los campos de concentración, perdón, los centros de acogida», la hipocresía y corrupción de las altas esferas, incluida la Iglesia, los negocios y trapicheos con chicas desprotegidas «—Se trata de establecer cuál de las chicas disponibles cumple los requisitos para satisfacer las necesidades especiales de quien se dirige a nosotros», el poder de los mass media y, por supuesto, la dificultad de las relaciones a distancia.

No cabe duda, a pesar de todo, de que la historia es entretenida. Al unir el caso del asesinato de la chica con el secuestro de un comerciante y el enfado de Livia, el enredo se va agrandando; nada puede transcurrir de forma normal para Montalbano, que se confirma en esta entrega como un consumado actor, guionista y director, poniendo en escena algunas secuencias propias del cine de oro americano


—Oiga, Morabito, quiero echarle una mano…

[…]

—¡Que el incendiario no se incendiara a su vez! ¡Ah, Ah! ¡ Esta sí que es buena!---

[…]

—…¿Usted lo vio?

—¿A quién?

—Al incendiario

—Pero, ¿qué dice?

—¿Está seguro?...

No solo el humor deriva de estas representaciones, encontramos preguntas que no corresponden a quien se le hacen, diálogos irónicos con los que se burla de algunas series policíacas de televisión


—He encontrado dos cosas

—¿Piensa decírmelas a plazos mensuales?

—Dos trocitos de lana negra en el interior de la cabeza

—¿Y eso qué significa?

¿Usted qué cree? ¿Qué eran trocitos de lana congénitos?

Augurios de Catarella que actúan a modo de coro griego


—¡Ah, dottori, dottori!

—Espera, ¿está Fazio?

—Todavía no está. ¡Ah, dottori, dottori!

—…

—¡El siñor jefe superior llamó! ¡Dos veces llamó! Estaba fuera de sí ¡Y la segunda vez más fuera que la primera!

Confusiones entre expresiones metafóricas y literales,


Montalbano apagó el cigarrillo y se lo metió en el bolsillo […]

—Huelo a quemado

—¿Metafóricamente hablando?

—No señor, realmente hablando

En fin, Camilleri se muestra ingenioso con todo, exceptuando la comida, hecho que se lleva a cabo, como siempre, como un ritual. Por cierto, la receta de la pasta a la Sicilia es para repetir.

Termino agradeciendo a Camilleri sus novelas, como siempre y apuntando una curiosidad pues, en esta entrega es la primera vez que se comenta el estado civil de Fazio. Ya sé algo nuevo de esta gran familia.



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