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sábado, 10 de diciembre de 2022

LOS ONCE. EL DELANTERO QUE VOLABA AL ATARDECER


¿Es posible que trescientas sesenta y cinco páginas se lean en dos tardes? Sí, si el libro que tienes delante es el de Roberto Santiago y Nacho Velmar: Los Once. El delantero que volaba al atardecer. Fabuloso. Gracias de nuevo a Babelio porque me está descubriendo verdaderas joyas literarias.

No me ha costado nada sentirme niña durante la lectura pues la aventura propuesta por el autor, Roberto Santiago, es tan mágica como las ilustraciones de Nacho Velmar. Los once es más que una novela de aventuras, es una mezcla de los tebeos clásicos, el cómic actual, la lírica atemporal y la fantasía que mezcla realidad, ficción, didactismo y diversión.

Ramón Naya, a punto de cumplir 11 años llega, con su familia, a un pueblo de Cuenca, Nakatomi, con el curso empezado; a su madre la han destinado allí para ejercer de jueza; el traslado no supone un problema en su familia pues su padre, diseñador gráfico, trabaja en casa. Desde que llega al pueblo, Ramón pasará a ser Rana, algo que, si al principio le molesta enormemente aunque lo acepta con resignación, al final le encanta ser el portador de dicho apelativo; este hecho llama la atención del lector sobre el trato ofensivo o elogioso de cualquier apodo, casi siempre depende de la intención con la que se diga.

En Nakatomi, Rana se encontrará con la disyuntiva de poder formar parte de dos equipos de fútbol: El Estrella Polar, nombre del colegio al que asiste o Los Hurones, compuesto por trece niños que sufrieron un accidente relacionado con la central nuclear situada en la frontera con París, pueblo colindante con Nakatomi. Estos niños tienen la característica de llevar implantes de titanio en las partes del cuerpo que se vieron afectadas por la radiación. El Estrella Polar tiene en su equipo diez niños, les falta el número 11, por eso convencen a Rana para que se una a ellos y jugar así un partido que tendrá lugar en pocos días, durante la inauguración de la nueva central reformada y la presentación de Ismael Rata como alcalde conjunto de París y Nakatomi. Hay intereses ocultos en todo el asunto, el alcalde posee acciones de la central y pretende tener el poder en los pueblos que la rodean; por otro lado, el Profeta advierte del peligro radiactivo, así que intenta convencer al pueblo —con amenazas— de que dicha fábrica no debe abrirse.

Pero nadie cuenta con el verdadero poder de los futbolistas. Al cumplir los 11 años adquieren poderes extrahumanos, cada uno el que quiere y durante el partido se convertirán en los verdaderos héroes salvadores.

Lo mejor de Los Once es la historia. Lo mejor de Los Once son las imágenes. Lo mejor de Los Once son los sentimientos que despierta al leerlo. Lo único que podemos reprochar a Los Once es que el final es abierto, faltan situaciones por cerrar y nos quedamos con las ganas de saber qué ocurre con determinados personajes, pero esto también es lo mejor porque nos aseguramos que podremos disfrutar de más entregas de Rana y sus amigos.

El manejo del tiempo de Roberto Santiago es espectacular. La trama comienza in extrema res para ganar la atención del lector, enganchándolo, haciendo que sienta curiosidad por cómo llegaron a esa situación. En el Capítulo 2, mediante una analepsis, volvemos sin dificultad al arranque de la historia para continuar con una narrativa clásica, donde el autor introduce ciertas anacronías derivadas de los poderes de los personajes.

Rana es el narrador en primera persona y advierte desde el principio

Tengo once años recién cumplidos […] todo empezó el 11 de marzo a las 11 en punto de la noche. El número 11 es muy importante en esta historia.

Conviene no olvidarlo.

Y no lo olvidamos. Los adultos observamos sin dificultad la simbología de este número. El 11 alerta sobre posibles cambios:

Despego los pies del suelo…

¡Y echo a volar!

El 11 representa, en la simbología, a los ángeles o a los guías que ayudan a la iluminación espiritual. Es un símbolo dual, en su esencia une lo masculino y lo femenino: 

Y ocurrió lo más increíble que me ha pasado jamás.

Me transformé.

¡En Ximena!

En el 11, el bien y el mal se dan la mano, también las fuerzas contrarias hasta que consiguen complementarse

Y así fue como, por primera vez, los once del Estrella Polar y los trece de Los Hurones unieron sus fuerzas.

Por un bien común

Los chicos de Los once desarrollan poderes telequinésicos y psíquicos con los que rompen las reglas físicas del mundo material. El universo del autor es mágico, igual que la fantasía infantil.

Los sentimientos de Rana, el narrador, fluyen a cada momento y somos capaces de percibirlos en la narración, pues puede relatar a tiempo real, consiguiendo que la exposición vaya más rápida que la realidad o que el tiempo de la novela se desarrolle más lento que el real:


5 segundos.

De nuevo tengo a los defensores de Los Hurones pisándome los talones.

Uno me golpea por detrás un tobillo.

La otra…

Me empujan…

Pero aguanto.

4 segundos

El paso del tiempo para Rana es subjetivo y el lector lo percibe con cierta tensión porque debe esperar para enterarse de lo que sucede exactamente hasta cuando el protagonista quiera. Los sentimientos de Rana fluyen asimismo en la forma narrativa, sin ahondar en lo que ocurre alrededor, solo sus emociones separadas del resto, del mundo real, con la misma función expresiva que se utiliza en la lírica, a veces con la misma forma de un poema.

La tensión del lector se acrecienta al final de cada capítulo. Todos son sorprendentes, algunos simplemente onomatopeyas que alargan el paso del tiempo o trasladan el nerviosismo de los personajes a los lectores «Tic-tac, tic-tac […] tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac».


¡PAM!

¡PAM!

¡PAM!

¡PAM!

Y…

¡REQUETEPAM!

No solo la tensión, el humor está presente en la aventura, entre los amigos, en su familia, con la profesora… está claro que Santiago sabe cómo influir en el estado de ánimo de los lectores: los disparates que dice Rober, el hermano pequeño de Rana, las ironías de Rosalía, su hermana mayor, la ingenuidad y bondad del padre consiguen que, a pesar del componente subjetivo del humor, inmediatamente intuyamos que esas situaciones son el contrapunto perfecto para la finalidad de la historia, valorar la amistad, la ayuda, el trabajo en equipo, el amor incondicional de la familia y la dedicación de los padres, sobre todo el esfuerzo que hacen por agradar a sus hijos aunque no siempre lo consigan «Me puse el traje y bajé a desayunar […] —el Tito es Ranamán— dijo Rober. Todos le rieron la ocurrencia […] lo que me faltaba. […] Encima, me habían regalado un traje un poco cutre con el que parecía una rana». Es evidente que el estilo humorístico, tenso, marcado por la acción y los diálogos o monólogos del protagonista, agiliza el ritmo.

Además, el contenido de la novela promueve en los lectores el reciclaje y la conservación del medio ambiente, alerta sobre los peligros de un entorno contaminante y evidencia, con ironía, aquellos intereses privados que algunos pretenden hacer pasar por sociales pero que, en ningún momento se ajustan al objetivo principal sino a las ambiciones de riqueza y poder de aquellos cuyo cinismo y desfachatez están por encima del bien común. «Dos pueblos, un alcalde. ¡Si quieres, puedes».

La historia es perfecta, no tiene ninguna fisura porque anima a los niños a que sepan que no todos somos iguales, a que comprueben que incluso de la desgracia podemos intentar ver el lado bueno. Roberto Santiago (y nosotros con él) está convencido de que ningún niño debería sufrir daños físicos o psicológicos fruto del acoso de otros niños «—No me gusta que me llames chino —dijo Huang» ,o de la violencia encubierta que los adultos podemos ejercer sobre ellos «—Hubo un accidente —dijo— Y estábamos dentro de la central». Por eso los convierte en superhéroes.

Y por supuesto, Los Once llega al nivel sublime con las ilustraciones de Nacho Velmar. Los dibujos son alegres, impactantes, divertidos, con elementos actuales, casi futuristas, hay niños con implantes de titanio en la cara, el hombro, la rodilla… que los hacen más interesantes pues tanto ellos como sus poderes se convierten en extraordinarios.

Los dibujos de Velmar crean lugares espaciados en los que la fábrica los preside, la intención es testimonial en estos casos; en otros, consigue con líneas de movimiento para golpes, caídas, enfado, carreras…, acrecentar la imaginación de los receptores. En las imágenes que ocupan una página, como la de la portada, las líneas diagonales ocupan nuestra atención para centrarnos, sin problemas, en la figura presidencial o la unidad que forma un grupo de niños; el resto no interesa, son manchas que contrastan en una gama cromática intensa, alegre, que nos atrae desde el primer momento.

Asimismo, la creatividad de este ilustrador se muestra en el uso intencional del color oscuro y cálido para Los Hurones: el rojo y negro convocan cierta fuerza que despierta también las simpatías de los lectores. Además, Nacho Velmar dirige nuestras miradas, con puntos de luz, hacia aquello que hace diferentes a los chicos: el implante de Umberto, el gorro de Rana, destacando con ellos el sufrimiento y la inocencia de los niños.

Los dibujos son mágicos, representan el movimiento de cuerpos desgarbados y ágiles de niños de 11 años. Con las ilustraciones, fijamos nuestra atención en las actitudes de los adultos, el gesto atemorizado o relajado de los padres, el movimiento servil de las manos y la espalda encorvada de El Frases contrasta con Rata, el alcalde-accionista de la central, cuya mano adopta un movimiento displicente; su postura erguida, la sonrisa enorme, el color intenso y el tamaño exagerado del pelo; todo habla de la personalidad de cada uno, de ahí las expresiones abiertas de Rata frente a las cerradas de El Frases. Sabemos quién manda.

Y, cada cierto tiempo, Velmar nos regala unas páginas maravillosas al más puro estilo del cómic de superhéroes que aumentan la rapidez con la que ocurre todo.

No soy experta en literatura juvenil, pero creo que esta colección merece un estudio en profundidad. ¡Fantástica!


miércoles, 9 de febrero de 2022

QUIÉN PILLÓ AL BOBO FEROZ

Indudablemente estamos ante un libro infantil no al uso. Si tuviera que definirlo con una palabra sería “descabellado”. No es que aporte un adjetivo a los libros que leo pero es que Quién pilló al bobo feroz une, desune, dice, desdice y, sobre todo, sorprende. A cada momento. ¿Realmente es una lectura para niños? Desde luego, los pequeños lo van a pasar bien leyéndolo, se van a reír con el lenguaje irreverente que aparece en ocasiones; los más pequeños podrían leerlo con un adulto que les vaya explicando comparaciones y datos que aún no manejan, para entenderlo mejor. Pero no es necesario. También se divertirán con las andanzas de los personajes; los mayores lo disfrutamos, nos sorprendemos con la imaginación de Sergio Vera, capaz de darle la vuelta a los cuentos tradicionales, a las fábulas y a los dichos populares que, depende de quién los diga y en qué contexto, toman otro sentido.

El protagonista, el lobo feroz, Quentin Pulp para más señas, se humaniza ante los lectores al adquirir nombre y apellidos; no es un lobo cualquiera, es, haciendo deshonor a su nombre, un lobo tranquilo, con dificultades para ver bien, que suplía llevando gafas en su infancia, ahora lentillas, y con problemas desde pequeño, abandonado por su padre, un lobo de mar, y acosado por sus compañeros de clase, los siete cabritillos. Como los profesores del colegio no le hacían caso, Débora, la madre de Quentin, fue a arreglar el asunto con Cabra Solán, la madre de los cabritillos. Y ahí acabó todo «Su cuerpo flotando sin vida en el Colorado, con la tripa llena de piedras fue la portada de Había una vez: “CABRA SALVA A SUS HIJOS DEL LOBO FEROZ”».

Quentin, totalmente solo, decide entonces hacerse narrador para evitar más engaños de la prensa, pero lo que propone no es del gusto del editor Calleja, que va buscando atraer al público con sensacionalismos y moralinas finales «—Veamos… ¿La mala lechera? […] ¡Si no tiene ni moraleja ni final feliz!». Así que Quentin sigue pobre y debiendo el alquiler de una casucha, propiedad del Cerdo Ibérico, banquero mafioso que al final lo echa.

Además tiene que soportar que Esopo le robe algunas ideas para las historias, por lo que no le queda más remedio que convertirse en lo que se espera de él. Menos mal que contará con la ayuda de Pinocho, la abuelita, Caperucita, la rata Ratantino y Gatillo, un gato con botas y espuelas al más puro estilo pistolero del Oeste. Entre todos dejarán las cosas en su sitio, que no es el habitual de los cuentos, y contarán lo que quieran porque si desgranasen lo ocurrido a todos los personajes sería «el cuento de nunca acabar».

No contento con crear este disparate, el autor da a los chicos, al final del libro, la posibilidad de formar parte de la CIA, contestando unas preguntas relativas a la historia que han leído y que seguro las saben, porque Quién pilló al bobo feroz se lee con ganas.

Sergio Vera ha desbrozado los cuentos más conocidos y ha racionalizado la ficción de tal forma que la ha disparatado aún más.

Cuando queremos aludir al origen violento y egoísta del hombre acudimos al consabido dicho de Thomas Hobbes El hombre es un lobo para el hombre. Tras leer este libro nos queda la sensación de que el hombre no necesita comparación pues él solo es quien acosa a los demás, los humilla, los martiriza, los desahucia sin importarle las consecuencias, los mata por orgullo o por venganza, los deja en el paro para que sufran sus rigores y vive a gusto en una sociedad materialista en la que las mentiras de las redes sociales pueden destrozar a los que son diferentes y no se ajustan a la norma.

Todos estos temas quedan tratados en esta novela negra-infantil. Una verdadera locura a partir de un personaje de cuento que, rechazado y menospreciado, intenta hacerse un hueco en la sociedad, por lo que construye una serie de situaciones en las que nada ni nadie son lo que parecen. Y al final es el lector quien decide, algo a lo que ya en la primera página alienta el propio Quentin «¿a qué esperas? Investiga mi historia, como un cuentective, y trata de resolver el misterio…».

Está claro que es una novela diferente; el lenguaje, a veces irrespetuoso, siempre atrevido, es un homenaje a Tarantino; si el director estadounidense conforma películas violentas de narración no lineal en las que mezcla distintos géneros cinematográficos, el autor conquense armoniza una historia no lineal, con diferentes subgéneros como el policíaco, el western, el romántico, el violento, el lacrimógeno y la nivola, pues como Unamuno, Sergio Vera dialoga sobre el futuro del personaje «Me llamo Sergio Vera Valencia y soy el narrador […] No había hecho más que presentarle… ¿Presentarme? ¿A eso llamas tú “presentación”? ¡A mí me parece una impresentación! ¡Una presentación impresentable!». Todo tiene cabida, incluso el posible traslado a otro género, como el dramático o el cinematográfico, pues una vez aclarada la impresentación del Capítulo I, no pasamos al Capítulo II sino



CAPÍTULO I
TOMA 2
UNA PRESENTACIÓN DE FÁBULA

Y ahí es donde Quentin toma las riendas, deja a Sergio a un lado y narra en primera persona su vida; paradójicamente, aunque pretenda ser real, las personalidades hiperbólicas anuncian cierta ficción, la misma que aparece en los cuentos, tan vacíos de violencia que resultan increíbles.

El mérito del autor es que a pesar de que el libro no se puede racionalizar, por la fantasía que lo envuelve, las acciones pertenecen a la cotidianeidad humana, tal como la percibimos los adultos. Cuentown es un mundo secundario que toma como base la realidad del mundo primario para desbancar el mito literario de los cuentos infantiles. Esto permite que personajes como Chorizo Ibérico y sus hijos Chuleta, Jamón y Morcilla, y programas basura como Sílbame, contengan grandes dosis de verdad. El autor renueva lo cotidiano y nos lo acerca de modo diferente con personajes que ayudan al niño a comprenderse a sí mismo, y al adulto a ser testigo de la miseria humana y de su grandeza.

Y si la historia es profunda y descarada, la forma es inusitada y trepidante, los juegos de palabras son constantes, con diminutivos expresivos «Lobobito», con expresiones diferentes en las que se emplea el mismo significante «como no veía ni torta, se me daba muy bien dármelas. Torta detrás de torta», con rimas consonantes que aumentan el humor «Y estaré medio cegato, / ¡pero te pillo y te mato!», con acrónimos que sirven para negar «impresentación», con expresiones que unen forma y contenido: Pinocho tiene «un nudo de narices», con nombres metafóricos «termina asomado al puente del Desenlace».

Todo contribuye a pasar un rato diferente, loco y divertido donde nada es lo que parece excepto Sergio Vera. Un excelente autor.

lunes, 2 de noviembre de 2020

UN CUENTO PARA CADA LETRA

De nuevo he leído un cuento infantil. Me ha gustado tanto que no he podido resistirme a leer 28 más. Esto, que puede parecer exagerado, es debido al propio libro, Un cuento para cada letra. La editorial SM, en su línea, no defrauda sino que con un papel de primera calidad y un formato cuadrado de pastas duras a prueba de niños, ha recogido la labor de dos artistas increíbles para que vean la luz estos cuentos.

Los argumentos, lógicamente, difieren unos de otros, sin embargo todos están expuestos con absoluta claridad. Muy bien desarrollados, de manera que todos hacen gala de un comienzo, un desarrollo y un final, pero la lectura no se hace pesada puesto que todos cuentan con la concisión necesaria para que los primeros lectores no se cansen demasiado. Cada cuento pueden leerlo de un tirón. Las historias remiten a un sentimiento rápidamente distinguible por el lector pues es fácil que comparta dicha sensación; así, la amabilidad de la A conecta con su alegría, mientras que el espíritu aventurero de la Bucanera Berta fomenta la necesidad de ayuda. El entusiasmo de la CH no se entiende sin la diversión que la D experimenta en Duendilandia, y la curiosidad de la pequeña g se ve satisfecha por la giganta Greta, pues cargándola sobre sus hombros le enseña todo lo que ella no podía ver. La letra LL consigue que el gallo Lillo se acepte como es, aunque no pueda volar, y se valore en su justa medida ya que su canto ha conseguido salvar a todos los habitantes de la granja de un incendio.

Los animales del bosque se unen para alertar a la bromista J de que no es broma cuando a quien se la gastamos no se ríe, todos han de divertirse con las chanzas, no solo quien las lleva a cabo.

No quiero desvelar todas las tramas, pero seguro que los niños quedan encantados con la R, que nos descubre la importancia de ser agradecidos, por eso nos presenta a Ramona, una bruja que, a pesar de no ser eficiente con sus hechizos, es fundamental para quienes la conocen gracias a su buena intención, por eso

por donde pasa deja
sonrisas de oreja a oreja

Y la Z es especialmente interesante pues desvela una característica bastante común de la infancia, la tozudez. Así, esa Z subida en sus zancos nuevos, sin querer quitárselos ni para dormir, desoye los consejos de los más expertos, hasta que sus zapatos quedan estropeados al atravesar un río con ellos.

Cuentos que exponen lo evidente pero además, de forma natural, los niños van adquiriendo la conciencia de igualdad entre los sexos. No importa ser chico o chica, todas las letras ostentan gramaticalmente el género femenino, así que podemos encontrar a la W, una letra con apariencia de niña que maneja la informática como nadie, mientras que la T adopta la figura de un chico capaz de asustarse con las sombras que forman en la pared los títeres de su abuelo. No importa qué somos sino lo que sentimos, y está claro que los niños y las niñas experimentan las mismas sensaciones y todos necesitan ser felices con su familia y amigos.

Creo que este es el tema de Un cuento para cada letra. El eje que une a todas las historias y da sentido al libro. Cualquier acción debe ir encaminada a ayudar a que los niños experimenten la felicidad, por eso deben tener presentes el esfuerzo, la solidaridad, la alegría, el cariño, la pena, la música, la sorpresa y la decepción

—¿Dónde está la luna?
Ha desaparecido del cielo —se lamentaba entre lágrimas

Cualquier sentimiento que experimentemos contribuye a formar buenas personas, inteligentes, razonables y creativas, por eso, aunque sean cuentos fantásticos están basados en la realidad, de hecho la N experimenta con el muñeco de nieve toda una lección de física «El calor me convirtió en agua y después me evaporó. ¡Ahora soy una nube! ¡Es emocionante!». Todos los cuentos encierran a su vez un valor ético que representa una situación personal o colectiva

Asimismo son totalmente originales, no cabe duda de que despiertan la creatividad de los lectores porque son creativos. La principal novedad son las letras. Las mayúsculas forman el cuerpo de un niño o niña, solo se les añade la cabeza, brazos y pies, las minúsculas adoptan la forma de animales, vegetales u objetos. Esto nos lleva a las ilustraciones. Sin duda entre los dibujos y el cuento existe una unidad total. Las ilustraciones ayudan a seguir el hilo conductor de la historia, a conocer a los personajes y a asociarles una letra determinada por lo que son fundamentales a la hora de aprender a leer; llenas de colorido, colaboran en la definición de la personalidad y el estado de ánimo; Natascha Rosenberg es consciente de que la imagen comunica sentimientos y favorece la capacidad de entendimiento en los más pequeños. Todo contribuye a promover la diversión y, por supuesto, el interés por la lectura.

Otra originalidad de Un cuento para cada letra es que la forma y el contenido están unidos en el sustrato poético; tanto las imágenes como las historias expresan sentimientos y, si la estética de Rosenberg es impactante, el estilo natural de Carmen Gil consigue reflejar su personalidad. Ambas podrían pertenecer al campo de la educación. Las dos destilan naturalidad, tanto en el movimiento que captan las imágenes como en la musicalidad de las palabras. Los cuentos son ideales para primeros lectores y para aquellos que aún no saben leer. Es cierto que cualquier ilustración contribuye a educar en el gusto por la belleza, pero se trata de SM, una editorial pionera en libros didácticos, así que da un paso más con Natascha Rosemberg quien plasma con facilidad la percepción infantil; la ilustradora sabe que, antes de aprender a leer los niños aprenden a distinguir formas, se relacionan con el entorno a través de imágenes. Los personajes letras sugieren diferentes formas para futuros dibujos; además de ayudar a memorizar enriquecen la imaginación. El paso de querer “ver” un libro atractivo a querer leerlo es muy pequeño por lo que esta colección de cuentos es ideal para formar nuevos lectores.

Aún hay otra singularidad en la expresión del texto. El prólogo-justificación está escrito en verso, por lo que contribuye a activar la memoria (en este caso auditiva) al mismo tiempo que estimula el gusto por la estética. Carmen Gil es consciente de la importancia del ritmo, por eso a veces incluye la rima consonante en pareados finales que dan sentido a la aventura «Pone la gallina Honoria / huevos color zanahoria».

También las oraciones que forman la historia destilan armonía, siempre ajustándose a la aventura de cada cuento. La variedad de formas es notable, encontramos diálogos, adivinanzas inteligentes en negrita, para destacar sobre el resto de la narración                                             

   Esta anciana tiene gracia:
cuando hay en Egipto boda,
con vendas de la farmacia
se hace un vestido a la moda.

onomatopeyas, «Quiquriquí»; expresiones populares, «a troche y moche»; expresiones infantiles, «¡Yupi!»; metáforas sencillas respaldadas por comparaciones sugerentes, «B sintió que el corazón se le hinchaba como un globo y se le llenaba de burbujas. Y sonrió»; o canciones que irrumpen en el cuento para inundarlo de musicalidad

                                      La duende Dada, sin duda                                      
                                      es la duende más menuda 
                                    ¡Duerme dentro de un dedal!
                                   que hay en el mundo mundial.                                 

Y totalmente original la idea de marcar con otro color, la letra a la que se refiere el texto. En cada cuento encontramos una gran cantidad de palabras que contienen dicha letra fácilmente distinguible, por lo que supone una ayuda extra con la ortografía. Además, para aumentar el vocabulario, las palabras son variadas, desde muy sencillas a más complejas, que quedan explicadas en la trama del cuento: «Verano, ventilador, ave, vampiro, veleta, vecino, vueltas, pavor, gaviota, efusivo, Valeria, divina, revés […] fueron a ver al serval, una especie de gato muy veloz».

Por todo esto, Un cuento para cada letra es una joya. Gracias a Babelio, a SM y a las dos responsables de que todos pasemos un rato agradable aprendiendo.