martes, 16 de mayo de 2017

EL RASTREADOR DE CONCHAS



De nuevo un alumno me sorprende. Benjamín, de segundo de Bachillerato, tuvo a bien regalarme, para el Día del Libro, El rastreador de conchas. Es cierto que le tocó en el sorteo que hicimos para el amigo invisible, pero no cabe duda de que él también ha rastreado hasta dar con aquello que sabía me iba a interesar. Aborrezco la violencia, desprecio la mentira. Nunca me han gustado pero ahora, desde hace un tiempo, estoy especialmente sensibilizada con ellas, encuentro muchas mentiras y violencia a mi alrededor. Cuando empecé a leer El rastreador de conchas hacía casi un mes que me lo había regalado Benja, pero otras obligaciones (todas relacionadas con mi profesión), me impidieron leerlo hasta no terminar con lo que llevaba entre manos.

¡Gracias Benjamín! No conocía al autor, no había leído nada de él y me ha encantado; encima está publicado este año, aún mejor para recomendarlo a todo el mundo. En esta sociedad marcada por la envidia, por la apatía, por la falta de esfuerzo, por la violencia gratuita, hay que leer a Anthony Doerr y sentir que el ser humano puede volver a ser eso, ser humano.

He encontrado en estas páginas la huella de Hemingway en la descripción emocional de los seres vivos, de la naturaleza y, sobre todo, de dos tipos de personas, unas llenas de emociones primitivas, casi siempre mujeres valientes como Naima o Bella, la maestra del 4 de julio, Griselda e incluso su hermana Rosemary, valientes desde la adolescencia como Dorotea, valientes desde sus visiones maravillosas como Mary y valientes desde el agradecimiento como Selma; y otras personas que buscan ante todo sus necesidades afectivas y encuentran algo o a alguien que los hace triunfar porque no permite que fracasen, aun al abandonar lo que había sido su forma de vida.

El estilo de Doerr es realista, a veces duro; con escasas descripciones conocemos a los personajes, que consiguen en su mayoría transportarnos a una realidad algo idealizada, pues al estar en contacto continuo con la naturaleza dejan rastros del realismo mágico. Y es en este realismo donde la pluma de Whitman aparece reflejada, al menos, en ocasiones podemos observar a ese dios que reside en el alma de cada uno, en la conciencia individual sin jerarquías, en la democracia absoluta entre todos los seres que pueblan la tierra, hombres, animales o plantas.

Como Hojas de hierba, El rastreador de conchas es una obra épica sobre la muerte, la sexualidad, la vida, la unión de todas en un constante fluir, unas se acaban para dar paso a otras. Nosotros estamos aquí para disfrutar, sentir cada una en su momento.

El rastreador de conchas está formado por ocho cuentos, yo diría ocho relatos, pues los personajes están tratados en profundidad, no son personajes tipo, sino seres de carne y hueso que sufren, se equivocan y gozan, sobre todo gozan con la cantidad de maravillas que nos rodean y no sabemos encontrar.

Si tuviera que caracterizar las 233 páginas del libro con una palabra sería musicalidad.

El ritmo es fantástico. Es cierto que al ser historias cortas parece que vas a poder leerlas con facilidad, sólo por ser cortas; nada más lejos, la cadencia de las palabras, la mezcla de vocabulario técnico y usual, las expresiones poéticas consiguen llenar las páginas de un lirismo absoluto, nacido del sentimiento más profundo del autor.

Doerr ama a sus personajes y los envuelve, como los grandes de la literatura, en un halo misterioso que se forma de sueños, de predicciones que ellos mismos realizan para profundizar en lo básico de la naturaleza humana, en lo inusual, en aquello a lo que nunca, o casi, prestamos atención, pues sobre todo ahora, nos dejamos llevar por el poder contradictorio de la tecnología, en vez de seguir esos impulsos nimios que conectan con el medio.

El rastreador de conchas es el relato que da título al libro. El protagonista se mueve con facilidad por un entorno escarpado y difícil; sus grandes conocimientos sobre el mar y los animales que viven en él no pueden venir sólo de vivir allí. Entonces nos enteramos de que el rastreador era un niño de Canadá que se quedó ciego de pequeño, y el médico que se lo confirmó le enseñó a aprovechar los sentidos que le quedaban, así descubrió una concha al tacto. Aprende braille, lee, estudia biología, pero nada lo satisface, hasta que a los 58 años, ciego y solo, se aparta a una cabaña en una playa de Kenia y, como si de un nuevo Tiresias se tratase, actúa como mediador entre la tribu y la naturaleza, hasta que es tomado por un curandero. Un periódico importante quiere hacer un estudio sobre sus costumbres pero es atacado por el veneno de un cónico que lo paraliza durante el tiempo suficiente para que se vayan todos los medios de comunicación que habían llegado y él pueda seguir con su vida sencilla, admirándose a cada momento de que sólo el pleno contacto con la naturaleza nos haga conseguir el respeto necesario para vivir, porque todos nos igualamos en ella

«Antes de una hora dejó de respirar, el corazón dejó de latir y murió. El rastreador de conchas se arrodilló en la arena y se quedó sin habla. Tumaini (la perra), aterrorizada, se tiró sobre las patas observándolo. Lo mismo hicieron los chicos detrás de ellos, acuclillados con las manos en las rodillas.

La historia La mujer del cazador es un relato bello pues representa la inmersión total en el ser humano, en tu pareja hasta entenderla; no importa que cueste veinte años conseguirlo o toda una vida. El relato empieza in medias res, cuando el cazador sale por primera vez de Montana y se dirige a Chicago para ver la actuación de su mujer, de la que se había separado 20 años antes. Una vez en la actuación, el lector queda informado, mediante analepsis y prolepsis de lo que sucedió cuando se enamoraron y de la nueva vida de su mujer.

Durante la historia, las relaciones personales en la civilización se cosifican o quedan ocultas por intereses diferentes «Él le tomó la mano, una cosa pálida, huesuda, ingrávida, como un pájaro sin plumas». Si tenemos esto en cuenta podremos asegurar que el mal en estado puro no existe, sólo tiene que ver con las circunstancias y lo que para algunos es dolor o incluso la muerte, para otros es renacer.

¿Se puede cambiar el punto de vista, de forma que encontremos vida incluso en la muerte? La mujer del cazador experimenta tal empatía con aquellos que la rodean que es capaz de sentir sus experiencias, alegrías y temores y pasarlos, como en una cadena eléctrica, a otros que estén presentes.

Al final no se sabe muy bien quién está experimentando la sensación y cuál es la de cada uno, pues todo se confunde «La primera vez que hicieron el amor, ella chilló tanto que los coyotes se subieron al tejado y aullaron por el tubo de la chimenea. Sudaba y dejaba escapar trinos continuados en distintos tonos. Los coyotes carraspearon y soltaron risas la noche entera».

Ella empatiza con todos, hombres, animales, pero debe lavar las manchas de sangre que trae su marido de las cacerías y sufrir las pesadillas que éste mantiene con lobos, por eso se va, intenta llevar felicidad a otros rincones del planeta; escribe libros dedicados a los animales y enseña a entender la muerte «tan definitiva como la hoja de una espada clavada en el corazón. Pero la naturaleza de la muerte no es en absoluto definitiva; no es un acantilado oscuro del cual saltamos [...] No es más que una transición, como tantas otras». Veinte años después, el cazador lo entiende y al verla actuar no le dice nada, «finalmente, extendió la mano para alcanzar la de su mujer».

Tantas oportunidades es un canto a la esperanza a pesar de paralelismos que anuncian un tiempo circular premonitorio, del que no podrán salir «Llegan, retroceden. Llegan, retroceden». A pesar de la amargura que nos rodea «Mentiras. Tu padre no sabe nada de barcos. Ha trabajado toda la vida como ordenanza. Le miente a todo el mundo. Incluso a él mismo» Lo que nos rodea nos da constantes oportunidades, hay que saber distinguirlas y para ello nada mejor que aunarnos, formar parte, integrarnos en nuestro entorno hasta conocerlo y sólo así llegar a amarlo pues nos sentimos parte de él «Siente sus propios músculos, agotados y fuertes. Se agacha en el mar. Cuenta hasta veinte. Deja nadar al pez».

Durante mucho tiempo Griselda fue la comidilla, fundamentalmente mientras todo el pueblo (y su propia familia) la veían como algo inalcanzable, diferente, alguien que en todo momento hizo lo que quiso sin pararse a pensar a quién podría herir, por eso la veían endiosada, viviendo una vida placentera llena de ilusiones hasta que su hermana Rosemary se enfrentó a todos para que se dieran cuenta de que creemos en los sueños de los demás y no nos damos cuenta de que estamos eliminando los nuestros, esos que están tan cerca que ni los notamos.

En Cuatro de julio encontramos la despersonalización del hombre «salieron a empujones» «se desparramaron» «se apiñaron meditabundos sin decir palabra», el aburrimiento y el afán de obtener premios inútiles. Probablemente sea por esto por lo que localizamos más rasgos de humor que en otros cuentos, humor en la combinación de alimentos «engullendo estupendas costillas con hueso y Doritos», humor en los viajes sin sentido «Después de dos vuelos sobrecargados de Lufthansa [...] un taxista de aspecto fiero que los metió apretujados en una furgoneta japonesa». Humor en las anáforas que resaltan la longitud del viaje «Luego tren rumbo al norte, luego un antiguo autobús, luego la cabina húmeda de un crucero» y la estupidez humana «asomados a la barandilla de proa, parecían mareados».

La animalización y la evidencia de inutilidad se va haciendo más patente conforme avanza la apuesta que están logrando ganar: pescar los peces de agua dulce más grandes de cada continente, para ver quién gana: estadounidenses o británicos. Y cuando todo parece que no va a tener fin surge, para los estadounidenses una carpa «ocre grisácea, como si hubiera absorbido el color de la ciudad en su momento más sombrío», una carpa humanizada «el rizo de los bigotes recordaba a un español huraño y venerable, que hubiera caído herido y jadeara» que consigue que ellos se humanicen y la dejen escapar, aunque, por supuesto, ya tengan planeada la acción en el siguiente continente «No perderían, no podían perder. Eran norteamericanos. Tenían ganada la partida de antemano». Y es que, en el fondo somos así, nos gusta tropezar varias veces en el mismo sitio.

El casero es el relato por excelencia de la esperanza. Cuando el hombre ha conseguido llegar a lo más bajo en la escala de los seres vivos; cuando ha experimentado los horrores más tremendos, cuando el miedo lo persigue atormentando sueños y vigilia, aún puede sacar fuerzas y creer en la vida para experimentar de nuevo los pocos recuerdos agradables que le quedan e intentar vivirlos renovados.

La obsesión de Joseph es que, en esta vida depravada, nada vuelve a su lugar «En tres semanas ve lo suficiente para tener pesadillas durante diez vidas enteras. En esa guerra de Liberia todo queda sin enterrar y cualquier cosa que hubiera estado enterrada se desentierra». Como refugiado de guerra pasa por un calvario similar, al sufrimiento físico se le une el psicológico hasta que consigue empatizar con cinco ballenas moribundas, varadas en la playa, a las que entierra sus corazones en un jardín improvisado del que, pese a todo, salen unos melones estupendos. Joseph descubre que «cuando las cosas se desvanecen, se convierten en alguna otra cosa, muertos volvemos a levantarnos en las briznas de la hierba». Así, ayuda a que Belle, una sordomuda, entienda la luz de la vida y se ayuda a sí mismo, volverá a casa, a su país destruido para enterrarlo todo y poder darle otra oportunidad.

Mkondo, último relato, cuenta la experiencia de Ward Beach, de Ohio, enviado a Tanzania en busca del fósil de un ave prehistórica. Allí se queda prendado de la forma de correr de Naima y consigue que le den más permisos de estancia, aprende a correr y cuando logra alcanzarla le pide que se case con ella. Acepta, pero ella no se adapta a Ohio. Los extraños no la miran a los ojos, los mercados eran asépticos, con todo envasado y el museo la enervaba, todo estaba muerto allí. Ward cambió, empezó a perder forma física, a trabajar todo el día y a estar menos tiempo con ella, que se fue entristeciendo hasta darse cuenta de que la felicidad estaba conectada al paisaje. En Ohio no puede tener animales, lo intenta con abejas y halcones pero los vecinos lo impiden. Cada vez se va consumiendo más en Ohio, también su espíritu, de forma que tras cinco años allí consigue odiar a su marido por haberla enamorado; y de pronto, decide ir a la universidad, a estudiar fotografía y «ver el mundo en términos de ángulos de luz». Consiguió tener éxito porque veía lo que nadie, porque «Estas fotos le recuerdan a uno que cada instante está aquí y ahora, para luego desaparecer por siempre jamás, que no hay dos cielos que vuelvan a ser exactamente iguales».

Naima decide entonces volver a Tanzania y, tras un tiempo, Ward la sigue, pero pasa allí tres años buscándola sin éxito hasta que llega a la cabaña de sus padres y la espera, con la seguridad de que está allí.


Todos los personajes de los cuentos se enfrentan a alguna situación tan adversa que parece insuperable. Con intención catártica Anthony Doerr traza un itinerario de sentimientos para que nos sintamos relajados en la dureza —y belleza— de la existencia. Sólo así podremos buscar lo que verdaderamente importa, aunque cueste trabajo; para ser felices y hacer felices a los demás debemos buscarnos a nosotros mismos.

domingo, 30 de abril de 2017

TODO ES REAL



Hay algo en Todo es real que me fascinó desde el primer poema, puede que sea el ritmo rápido del verso o puede que su vocabulario coloquial, salpicado, sin embargo, de algún término específico, culto, mitológico que paradójicamente consigue una lectura más fluida de la poesía de Misael Ruiz Albarracín.

Ahora viene la mayor incógnita, ¿dónde estaba este poeta hasta ahora? ¿o dónde estaba yo que no había oído hablar de él? De nuevo una alumna me ha sacado de la oscuridad; mi amiga invisible me ha regalado este XXX Premio Internacional de Poesía Antonio Oliver Belmás. Nunca podré agradecer bastante a los alumnos su alegría, disposición y bondad pero, cuando me abren los ojos a lo desconocido el agradecimiento se transforma en reconocimiento, en algo que, aunque a algunos les parezca imposible, nunca olvidaré.

Gracias, Carlota, por este libro, indudablemente merecedor del premio.

Todo es real es una colección de 51 poemas divididos, en principio, en tres partes:

Flujo o materia: 11 poemas
Ida y vuelta: 28 poemas
Todo es real: 12 poemas

Los poemas de Flujo o materia establecen desde el principio la belleza de lo efímero, el milagro de lo que es y deja de ser, lo que creemos que es nuestro verdadero mundo, formado por nuestras palabras, por aquellas que conocemos y en las que nos encerramos para no salir de él; el inesperado paraíso sólo nos acerca a la muerte, por el contrario, la vida nos obliga a sentir la angustia de lo que nos rodea, que, por supuesto, está fuera de ese paraíso. El verdadero no está formado de materia o de nuestro flujo de palabras y pensamientos, el verdadero paraíso mantiene la esencia de lo natural a pesar del paso del tiempo.

Los poemas de Ida y vuelta se recrean más en el individuo, en el ser capaz de penetrar en los demás a través de la naturaleza. El tiempo es circular, todo se repite, sólo hemos de contemplar a nuestro alrededor para darnos cuenta de que no somos dueños de nada

Ya he estado donde estoy,
en otro cuerpo, en otro tiempo.

Lo que somos es un compendio de sensaciones y palabras, que permanecen en la memoria mientras vamos siendo. La verdadera opulencia del ser está en la introspección; es lo que de verdad nos pertenece y es sólo nuestro

la del silencio y el vacío, la
del aire que apenas se mueve,
la del olvido, la de la vida
sin huella, la de lo nunca dicho

Como si fuéramos una ola podemos sentir la formación y el declive a partes iguales, en un momento:

                     ...y, un instante
es la ola en todo su esplendor.
En ese instante nace
su muerte...

Aunque de lo que nos haya hecho conseguir el esplendor sólo recordaremos secuencias, ficciones

Somos como una pequeña tribu de animalillos que disfrutan la vida a través del deseo:

Esta mañana, un petirrojo,
un mosquitero y una curruca
[...]
La abubilla sacude
su áspera corona.
No recuerda su crimen:
ha olvidado al vencejo
...

y lo hacen porque no se sienten más que nadie, no tienen conciencia de su identidad en la sociedad

es el mismo y no es el mismo
de hace un año.

Este tema que trata del ser como individuo social nos recuerda a los versos del maestro:

Creo que una brizna de hierba no es menos
que el camino que recorren las estrellas
y que la hormiga es perfecta
y que también lo son el grano de arena y el huevo del zorzal,
y que la rana es una obra maestra digna de las más altas,
y que la zarzamora podría adornar lo salones del cielo
...

Pues, si Walt Whitman cantó a la maravilla que es la vida humana, Misael Ruiz hace una llamada a que aprendamos a intuir las sensaciones de la naturaleza para que luego puedan calar, hondas, las palabras.

Si aprendemos a identificar las sensaciones que nos manda la vida estaremos también familiarizados con la muerte, como si se tratase de un ciclo natural, nada traumático

                     ...no siento
felicidad ni tristeza; solo
el frío en la yema de los dedos.

Este segundo apartado de Ida y vuelta nos advierte de que a veces vienen recuerdos, otras se van, a veces acuden imágenes que desaparecen enseguida, otras veces encontramos cosas que son realmente sombras de lo que fueron. Todo va y viene de forma efímera, por eso no debemos olvidar que la muerte está presente, no podemos evitarla aunque intentemos constantemente no hablar de ella

juega con él, deja que huya
allá donde lo espera.

No es traumático el dejar de ser materia puesto que

                                 Quedarán
sus cuerpos inútiles proyectados
hacia el interior de otro cuerpos,
[...]
                     Renacen en un gesto, una
 idea, un afán o un sueño injertado
 
Ruiz Albarracín continúa con el mismo optimismo que embargó a Whitman. Todo renace desde el momento en que una flor nos recuerda a otra que teníamos hace tiempo, en el instante en que una sonrisa o una lucha por conseguir un ideal nos lleva hasta otros que no están presentes pero siguen, como flujo, con nosotros. Sólo quienes olvidamos son los que mueren de nuevo.

La vida son recuerdos y deseos, si nos falta el deseo, el fuego que arde en nuestro interior, nos quedan sólo cenizas, estaremos muertos. El deseo es como un viento, es la potencia que nos empuja, si no hay deseo estamos acabados; nos dejamos llevar por él, por eso, cuando se desvanece porque ya se ha obtenido, se va hacia otros cuerpos

Veo el deseo
[...]
Me acerco
[...]
                     disuelto
ya en su carne, nada soy
sin él.
[...]
errático
hacia otros cuerpos
que se anudan
convulsos...

Nada puede perdurar ni detenerse. Todo pasa, hasta los buenos momentos

Igual que el sol
no puede detenerse a mediodía,

En esta Ida y vuelta la vida, así como la muerte, se encuentran en la naturaleza. Ella nos lo da todo y nosotros somos

         ...como la alimaña
que se oculta entre las zarzas

El secreto está en saber vivir y renacer en cada ocasión, fundiéndose en los demás, disfrutando, sin obsesiones preocupantes, dejando que pase el tiempo de forma constante

Ser la llama y el humo,
extinguirse: arder.

Me gustaría poder afirmar que en estos sentimientos del deseo aparece una gran influencia de los poemas de amor de Cernuda para quien «Donde habite el olvido» es «donde el deseo no exista»

En El pájaro celeste descubrimos gran influencia de la Generación del 27; la o igualadora de Cernuda en «canto o cuerpo», la elisión del verbo para dejar el concepto «tu oro, las estrellas», y por supuesto, «la sombra del paraíso» es como en Vicente Aleixandre, la naturaleza que recuerda a antes de estar mancillada por el hombre, por eso

seas sólo aire y, en el aire,
un tumulto de sueños,...

La voz poética de Misael Ruiz anhela el glorioso cosmos perdido. Asimismo el lenguaje se torna más surrealista aunque sin llegar al de principios del XX

Pájaro —canto o cuerpo—:
tu oro, las estrellas.

El final del libro Todo es real resuelve la disyuntiva del principio, también aquí es igualadora
la conjunción de Flujo o Materia, y viene a certificar lo expresado anteriormente. La realidad va cambiando, lo que se repiten son las sensaciones

                     las palabras
nacen sin saberlo entre los dedos:
nada vuelve, todo
es real.

La realidad, es personal, cada uno tiene su propia realidad y consiste en pasar por la vida como un elemento más sin conciencia de ser algo importante. Formamos parte de un todo desigual —no uniforme— en el que las cosas están porque sí. Si no intentamos sólo poseerlas podremos llegar al fondo de la esencia de cada una, que es la nuestra en realidad. Nosotros estamos en la esencia de las cosas.

El sueño no es sino el eco de la realidad, de la vida. Si el deseo nos hace espíritu todo se iguala, la vida y la muerte

En el vacío de una voz
resuena el eco de los muertos
tan real como el eco de la voz.

Misael Ruiz Albarracín, con un lenguaje totalmente natural realiza una poesía que refleja gran interés por el deseo, del que reafirma su brevedad. En las páginas de Todo es real define el amor y la muerte contrastando sensaciones. La actitud lírica que predomina es carmínica, en una expresión total de sentimientos.

Es cierto que el lenguaje es natural, sin embargo a veces emplea una sintaxis caprichosa con la que consigue aportar cualidades a verbos «¿por qué entonces no amar incontinente?» ;de esta forma el verbo se nominaliza y adquiere presencia de concepto.

Destacan metáforas «palabras labradas en el aire», algunos oxímorons que confieren el punto surrealista «autómatas animados», «el soplo de los muertos». Las sinestesias nos unen a la naturaleza «se alimentó del color de la tierra»; de hecho el vocabulario coloquial  se torna específico al tratarse de la naturaleza: páramo, zarzas, pastor-poeta, jacarandá, zarzaparrillas, encinas, algarrobos...

A veces incluso compara órganos del ser humano con elementos de la naturaleza para darles vida propia, libertad o fugacidad «El ojo [...] alza el vuelo como un ala». Otras veces  animaliza el mundo vegetal mediante perífrasis tan largas que se hacen imposibles «brisas / que llegan con la tarde a desovar / su tierra, su color, su aroma extraño».

Las imágenes mitológicas también aparecen: Aracne, Orión, Femio, el Cielo estigio de Caronte pueblan las páginas para recordarnos amores y muertes proyectados a través de sueños o ideas.

Todo es fluir, la vida fluye, los sentimientos, los deseos, y nada los podrá parar, se irán recomponiendo, reestructurando en otros para conseguir que la vida y la muerte sean imperdurables en el amor.

Bello Todo es real
Bella la poesía

Bella la amistad

miércoles, 12 de abril de 2017

LA CASA DE BERNARDA ALBA


Si hay alguna obra que tiene trascendencia universal es sin duda La casa de Bernarda Alba. García Lorca consiguió elevar a tragedia un drama rural. La función coral de María Josefa o de la Poncia en ocasiones, es premonitoria del trágico final, y otras veces sitúa con sus comentarios al espectador en el porqué de esa realidad que se está representando.

Poco podemos aportar a los numerosos estudios de esta obra, conocemos la disposición fotográfica de unos personajes que, por mucho que lo intenten, no pueden salir de ese marco que las oprime, y que funciona como una cárcel que limita sus movimientos o como un convento que limita sus pensamientos.

Conocemos el realismo que impregna el argumento, lleno de recuerdos infantiles del autor. Conocemos el simbolismo que envuelve la obra, desde los nombres de las protagonistas hasta el color (blanco-negro-rojo-verde) pasando por metáforas simbólicas de la vida, la muerte o el sexo.

Conocemos los temas predominantes de la obra: la opresión, la dictadura, el sometimiento, las habladurías la hipocresía, el conflicto autoridad-libertad, la envidia...

Conocemos, en fin, la fuerza inequívoca de Federico García Lorca y su determinación tan valiente al denunciar una situación intolerable para el ser humano en general y para la mujer en particular.

Por ello, ahora, intentaremos la realización del comentario crítico de una escena:

Adela:      Por eso procuras que no vaya con él. No te importa que abrace a la que no quiere. A mí, tampoco. Ya puede estar cien años con Angustias. Pero que me abrace a mí se te hace terrible, porque tú lo quieres también, ¡lo quieres!
Martirio:  (Dramática.) ¡Sí! Déjame decirlo con la cabeza fuera de los embozos. ¡Sí! Déjame que el pecho se me rompa como una granada de amargura. ¡Le quiero!
Adela:      (En un arranque, y abrazándola.) Martirio, Martirio, yo no tengo la culpa.
Martirio:  ¡No me abraces! No quieras ablandar mis ojos. Mi sangre ya no es la tuya, y aunque quisiera verte como hermana no te miro ya más que como mujer. (La rechaza.)
Adela:      Aquí no hay ningún remedio. La que tenga que ahogarse que se ahogue. Pepe el Romano es mío. Él me lleva a los juncos de la orilla.
Martirio:  ¡No será!
Adela:      Ya no aguanto el horror de estos techos después de haber probado el sabor de su boca. Seré lo que él quiera que sea. Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por los que dicen que son decentes, y me pondré delante de todos la corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre casado.
Martirio:  ¡Calla!
Adela:      Sí, sí. (En voz baja.) Vamos a dormir, vamos a dejar que se case con Angustias. Ya no me importa. Pero yo me iré a una casita sola donde él me verá cuando quiera, cuando le venga en gana.
Martirio:  Eso no pasará mientras yo tenga una gota de sangre en el cuerpo.
Adela:      No a ti, que eres débil: a un caballo encabritado soy capaz de poner de rodillas con la fuerza de mi dedo meñique.
Martirio:  No levantes esa voz que me irrita. Tengo el corazón lleno de una fuerza tan mala, que sin quererlo yo, a mí misma me ahoga.
Adela:      Nos enseñan a querer a las hermanas. Dios me ha debido dejar sola, en medio de la oscuridad, porque te veo como si no te hubiera visto nunca.

(Se oye un silbido y Adela corre a la puerta, pero Martirio se le pone delante.)

Martirio:  ¿Dónde vas?
Adela:      ¡Quítate de la puerta!
Martirio:  ¡Pasa si puedes!
Adela:      ¡Aparta! (Lucha.)
Martirio:  (A voces.) ¡Madre, madre!
Adela:      ¡Déjame!

Es una de las escenas finales de La casa de Bernarda Alba en la que Adela y Martirio se enfrentan, pues finalmente sale a la luz el conflicto surgido entre ambas. Las dos quieren a Pepe el Romano pero mientras Martirio lo ama de forma platónica, Adela es la que está con él, y él va todas las noches a verla a pesar de que se casará con Angustias sólo por su dinero. Angustias es la mayor, la que ha heredado más a la muerte de su padre primero y de su padrastro después.

El luto, que le viene durando toda la juventud, parece terminar con su boda inmediata, sin embargo esta escena es el preludio de la continuación del dolor que oprime a las cinco hijas de Bernarda.

Martirio sabe que Pepe el Romano se ve con Adela y está dispuesta a evitarlo por celos; no le importa que Angustias se case pues sabe que él no la ama, ni siente pasión por ella (las perlas que le regala como anillo de compromiso son evidentes), pero con Adela es diferente, Martirio siente celos de su hermana pequeña, no puede soportar saber que otra lo gozará y le advierte que no la dejará. Sin embargo Adela no está dispuesta a obedecer a Martirio, le dan igual las malas lenguas del pueblo y engañar a su hermana pues se ha enamorado. Adela ha determinado salir de su casa y vivir libre con Pepe el Romano. Martirio, desesperada, llama a su madre cuando comprende que Adela se irá tras su enamorado.

A las voces acuden todas, Bernarda dispara aunque Pepe logra huir, pero Martirio afirma que lo ha matado. Adela, rota de dolor, se suicida dejándolas sumidas a todas en el luto perenne. Bernarda avisa del silencio al que seguirán sometidas todas, después de amenazar con dar muerte a Pepe el Romano en cuanto lo vea.

Así pues, nos encontramos ante una escena decisiva para el desenlace de esta obra por lo que se convierte en una de las más trágicas. En ella salen a la luz el odio, el rencor, la rivalidad, los celos entre las hermanas y el ansia de libertad que tienen todas.

Asimismo aunque Bernarda no aparece, las connotaciones de la represión que ejerce hacia sus hijas, se explicita en la llamada de Martirio: necesita a su madre para que la ayude a controlar a su hermana y ponga fin a sus deseos.

A pesar de ser un diálogo realista, en el que podemos apreciar alguna expresión popular «mientras yo tenga una gota de sangre en el cuerpo», la poesía lorquiana aparece en el texto, bien en forma de símbolo erótico, de libertad sexual «Él me lleva a los juncos de la orilla», bien como metáfora «no quieras ablandar mis ojos» o como imagen dramática metaliteraria «Déjame que el pecho se me rompa como una granada de amargura» o bíblica «me pondré delante de todos la corona de espinas».

El tono que emplean las dos hermanas es desesperado, ambas quieren que sus deseos prevalezcan y ninguna está dispuesta a dar su brazo a torcer. A pesar del dramatismo la entonación se adivina contenida, pues en principio no quieren despertar a nadie, sobre todo para no ser descubiertas y por lo tanto, para dejar sus sentimientos encerrados como hasta ahora. Pero la decisión de Adela «yo me iré a una casita sola donde él me verá cuando quiera» y la llamada de Pepe «(Se oye un silbido...)» consiguen que Martirio se asuste de verdad y grite buscando ayuda «(A voces) ¡Madre, madre!».

Los gestos son fundamentales en toda la tragedia; en esta escena encontramos que los movimientos de Martirio son de acentuado dramatismo, por lo que al avisar a su hermana de que quiere a Pepe podría realizar un gesto ilustrador como abrirse el pecho, para dar credibilidad a los celos que siente.

Igualmente apartaría a Adela, en un gesto regulador para indicarle que no quiere su abrazo, no quiere seguir interactuando con ella. Al final de la escena compondría otro gesto regulador, al impedirle el paso por la puerta. Con los gestos, el carácter  rencoroso de Martirio y su odio hacia Adela quedan patentes. Sin embargo, la hermana pequeña, en medio de la discusión tiene un momento de ternura y mediante el gesto emotivo del abrazo pretende unirse a ella; tampoco quiere ser la causante del encontronazo familiar, por lo que ante la orden de Martirio «¡Calla!» podría encogerse de hombros, en un gesto adaptador con el que pueda manejar la tensión del momento «(En voz baja) Vamos a dormir». Sus gestos indican que Adela no ha acumulado aún desprecio por su familia, sólo lucha por su libertad.

La intención de Lorca al escribir la obra fue poner de relieve la condición inferior de la mujer en general y lo que se puede conseguir al privarla de libertad de acción, libertad de palabra, libertad sexual o incluso libertad de pensamiento, que no es otra cosa que obtener seres sumisos pero llenos de odio y de ansias de venganza, seres embrutecidos incapaces de razonar. En esta escena, Martirio es la que representa estas consecuencias. Asimismo la actitud de Adela tiene la función dramática de advertir que lo importante para el ser humano no está en la realidad, si ésta se presenta rodeada de cadenas.

El espacio de actuación es reducido. Ambas hermanas están juntas, no tanto por las leyes universales de la proxémica, que regulan la distancia denotativa de intimidad, sino por la situación: es de noche y no quieren despertar al resto de la casa. Así pues, la distancia entre ellas es mínima, excepto cuando se oye el silbido de Pepe el Romano; entonces Adela corre hacia la puerta con gesto abierto y liberador, siente que la opresión experimentada hasta ese momento desaparece y corre hacia la libertad pero Martirio se lo impide invadiendo ese espacio que ella busca y por el que incluso se decide a luchar, olvidando por momentos su naturaleza pacífica.

El peinado será también connotativo de la situación de cada una. Martirio llevará el pelo recogido, como todas en la casa, cubierto por un velo, según ordena Bernarda al principio de la obra, mientras que Adela lo lleva suelto (tal y como podemos leer en la acotación que abre la escena) y algo despeinado, índice evidente de haber estado en el establo con Pepe. El contraste entre las hermanas es notorio, Martirio es el símbolo de la represión sexual mientras que Adela representa el amor, el goce y la pasión erótica.

A pesar de ser durante la noche la diferencia en el vestuario refuerza lo anteriormente comentado. Ambas hermanas habían oído llegar a Pepe el Romano, ambas salen en camisa de dormir, pero mientras Adela va de blanco, color que llevará puesto hasta el final de la obra, Martirio se echa por encima de las enaguas un mantón negro. (En ese momento aparecerá María Josefa que entretendrá a Martirio dando lugar a que Adela pueda estar con Pepe y a la discusión que ocupa esta escena.) Así pues el contraste entre la pureza y sencillez de carácter de Adela y la oscuridad y complejidad del resto queda puesto de manifiesto en el escenario por los movimientos, por las palabras, el gesto, peinado o vestuario. Si tenemos en cuenta que el escenario, con las puertas cerradas, representa la opresión sufrida por la mujer en su propia casa, podemos concluir que ese espacio es símbolo de la sumisión y dominio a los que se ve sometida tanto física como psicológicamente.

Por todo lo analizado podemos evidenciar que la iluminación de la escena es escasa, no sólo por encontrarnos de noche sino también por las puertas cerradas y por el temor a ser descubiertas. En esta oscuridad se hará patente un juego de luz y sombra, ilusión y realidad, reforzado por el efecto de la luna, que será connotativo de la muerte según afirma Adela «Ya no aguanto el horror de estos techos», y denotativo del ahogo opresor que se deduce de las palabras de Martirio «Déjame decirlo con la cabeza fuera de los embozos». Es la denuncia de Lorca a la soledad de la mujer, que ni siquiera encuentra consuelo en la religión «Dios me ha debido dejar sola en medio de la oscuridad».

De hecho, y como curiosidad, el estreno mundial de L C B A fue el día internacional de la mujer de 1945, en Buenos Aires, con Margarita Xirgu en el papel de Bernarda.

Aquí, en España, Ángel Facio dirigió con éxito en 1976 a Ismael Merlo representando a Bernarda.

Algo más tarde, en 1987, Mario Camus realizó una versión cinematográfica con Irene Gutiérrez Caba como protagonista.


Por último, en 2010, podemos destacar la representación que, en el Teatro Español de Madrid, llevaron a cabo las mujeres analfabetas, y de etnia gitana, del poblado chabolista de El Vacíe de Sevilla; dirigidas por Pepa Gamboa estas actrices no profesionales llevaron la obra a las tablas con gran autenticidad y energía.