sábado, 21 de enero de 2017

EL CASO DEL ASESINATO DE BENSON


La presentación de esta novela es inmejorable, como todas las de Reino de Cordelia, además viene prologada por toda una autoridad en el mundo de las letras, Luis Alberto de Cuenca y, por si fuera poco, se trata del primer caso del atípico detective Philo Vance, excombatiente de la Primera Guerra Mundial creado por S.S. Van Dine en 1926 con tanto éxito, que fue llevado al cine, interpretado por William Powell, uno de los míticos actores de la Edad Dorada del cine americano.

Lógicamente con estas premisas se hacía superinteresante, y necesaria, la lectura de El caso del asesinato de Benson. No es que, una vez terminada, haya cambiado de opinión; creo que para todo amante de la novela policíaca es obligado conocer alguno de los casos de Philo Vance, pero sí es cierto que el proceso ha resultado en ocasiones algo tedioso. Es una de esas lecturas que, con el tiempo, ha quedado obsoleta en algunos aspectos como la sociedad descrita, el vocabulario empleado o la imagen que ofrece de la policía y demás responsables de hacer cumplir la ley.

Al leerla tenemos la impresión de estar ante una de las películas del cine negro de los años 40, tanto por la ingenuidad con la que se planteaban algunas situaciones como por la minuciosidad de las descripciones que el autor ofrece a lo largo del relato en primera persona, sin duda un recurso más para aportar verosimilitud y realismo al argumento. Otro es la introducción del propio autor para anunciar que será el narrador testigo de la historia que va a contar. Otro recurso que ayuda a aportar realismo es el tiempo de la escritura. La novela está escrita desde un presente en el que Van Dine recuerda casos del pasado, por lo que puede adelantar hechos, ninguno fundamental en el argumento, que avivan el interés del lector puesto que dan a la novela cierto aspecto de crónica periodística «...a partir del célebre caso Benson, y durante casi cuatro años, tuve la suerte de presenciar la más asombrosa serie de casos criminales que jamás desfiló ante los ojos de ningún abogado joven.» S.S. Van Dine, en realidad pseudónimo de Willard Huntington, escribió 20 reglas de la novela policíaca en las que recomendaba no caer en obviedades que todo el mundo en su época, desde Conan Doyle, planteaba. Algunas de esas reglas que, por supuesto, sigue al pie de la letra en El caso del asesinato de Benson son bastante inocentes, de hecho, al compararlas con la novela negra actual nos hacen sonreír, otras continúan vigentes, pero lo curioso es ver cómo, si se tienen en cuenta, el lector puede descubrir al asesino con más facilidad.

Para empezar, el crimen nunca debe ser accidental. Tiene que haber una causa razonable que lo justifique. Los motivos para asesinar han de ser personales, por eso mismo no se buscará al asesino ni por restos de tabaco ni por espiritismo, ni por huellas falsas ni por el perro que no ladra ante alguna presencia, ni por asociaciones de palabras ni por algún código descifrado sólo por el detective.

El asesino no debe ser el criado, tampoco un personaje que apenas aparezca, sino que será más o menos importante y del círculo del asesinado. Las buenas descripciones son imprescindibles para que parezca un caso real.

El enigma siempre debe estar presente aunque las pistas se darán poco a poco. Es aconsejable que haya sólo un culpable y un detective, quien, por supuesto, ni él ni sus ayudantes serán los asesinos.

El detective seguirá un método científico para la resolución del caso.

Éstas no constituyen todas las reglas indicadas por Van Dine pero son las que he encontrado en El caso del asesinato de Benson, y he de confesar que, al ir descartando personajes como sospechosos, la lista quedó reducida considerablemente hasta llegar al criminal de forma razonada, aunque en principio algunas pistas apuntaran hacia otros.

El narrador-autor Van Dine, acompaña a Vance durante todo el tiempo que dura la investigación, además en ocasiones hace aclaraciones a pie de página sobre algún caso ocurrido en la ciudad o sobre cuestiones personales. Es cierto que a veces resulta divertido leer dichas anotaciones pues en su afán por parecer realista destaca algunas características que aportan gracia al relato

«...se lo ponía (el monóculo) [...] como si el hecho de ver con más nitidez le proporcionase una mayor claridad de ideas9

9. El ojo derecho de Vance tenía 1,2 dioptrías de astigmatismo, mientras que el izquierdo era prácticamente normal (Nota de S.S.V.D) »

De esta manera consigue mezclar perfectamente realidad y ficción.

En su afán por exponer un relato real, el narrador desaparece incluso para exponer una situación mediante el diálogo directo, como si se tratase de una representación en la que los protagonistas, Vance y el chico del ascensor, despiertan mayores emociones en el lector, puesto que se va enterando de la resolución del caso como si ocurriese en ese momento. Puesto que toda obra dramática incorpora elementos que están fuera del ámbito literario, la escena contada desde esa perspectiva adquiere mayor verosimilitud. Al informar de lo que va a hacer mediante un paréntesis, el mensaje se muestra como una acotación teatral consiguiendo que aparezca la función apelativa en la comunicación con el lector:

«(Para economizar espacio, reproduzco el resto de la conversación como si de una obra dramática se tratara)
Vance:   Supongo que habló con usted
Chico del ascensor: Sí, señor. Me dijo que había ido al teatro, y que la función era mala. Y que tenía un dolor de cabeza horrible...»

Al principio nos enteramos de la forma de ser de Vance por la minuciosa descripción de Van Dine, aunque es casi innecesaria puesto que tanto por sus actos, movimientos o palabras, el improvisado detective queda retratado a la perfección «Su esnobismo era tanto intelectual como social. Detestaba la estupidez, creo que aún más que la vulgaridad y el mal gusto [...] Vance era claramente irónico [...] era frívolo, de un cinismo juvenaliano [...] sumamente consciente y perspicaz [...] Sus algo quijotescas maneras [...] La frente amplia e inclinada, era una frente de artista más que de investigador...»

Curiosa pues, la novela, por la importancia histórica que presenta dentro del género y curioso también, descubrir cómo los grandes detectives del siglo XX han sido expertos o apasionados en alguna actividad alejada de las que tienen que ver con su profesión, pues si Carvalho era un reputado gastrónomo, Sam Spade era un gran bebedor de whisky, Poirot, un enamorado de la comodidad y el bien vestir, Sherlock Holmes, predecesor de Van Dine, es un experto apicultor y músico y un entusiasta de la cocaína, Vance es un afamado coleccionista de arte y como Holmes confía en métodos racionales para dilucidar sus casos, basados sobre todo en la psicología humana.

Creo que es precisamente el protagonista quien le resta credibilidad a los sucesos. Vance conoce al asesino desde que se cometió el crimen y, no obstante, es incapaz de decírselo a su amigo, el juez Markham por temor a que éste no lo creyera, o se enfadase

«Si hubiera acusado al comandante desde el principio, me habrías arrestado por scandalum magnatum y difamación criminal [...] dejando todo un reguero de pistas falsas es como he conseguido hoy que lo aceptes»

Algo increíble si tenemos en cuenta que desde el principio lo trata como si fuera estúpido, le hace cambiar los planes, las órdenes que da la policía, le dice las entrevistas que debe hacer, las pistas que ha de guardar y cuáles desechar, y es obedecido en todo momento.

«No puedo permitir que encarceles a Leacock [...] No vas a ordenar que lo arresten mientras yo esté en tu oficina y pueda impedirlo»

Vance está por encima del bien y del mal; lo sabe todo de una persona exclusivamente al mirarla a la cara, y no es exageración. Descartó a una sospechosa porque tan sólo con verla descubrió por el parecido de quién era hija. Lo mejor de todo es que he tenido que buscar algunos términos en el diccionario, y no ha sido la única vez, para poder visualizar correctamente a la madre y su descendiente:

«Es braquicéfala, de pómulos sobresalientes, mandíbula ortognata, estructura parietal plana y nariz mesorrina [...] Luego le observé la oreja, porque [...] tiene oreja puntiaguda, sin lóbulo, oreja de fauno, también llamada oreja de Darwin. Este tipo de oreja es hereditaria»

En fin, en casos como éste, se echan de menos las anotaciones que tan abundantemente aparecen en la novela para explicar los latinismos, traducir frases en francés o inglés, aclarar la procedencia de personajes aludidos de otras obras o informar de personalidades reales pertenecientes al campo de la medicina, política o arte.

Pero no es tan increíble que Vance tenga conocimientos tan vastos como que los exponga constantemente en conversaciones supuestamente coloquiales, con su amigo Markham o con los acusados, pues si ya es raro que dos amigos se hablen con barbarismos: «Escúchame y nota bene» «No podemos aplicar el sus. per coll. a todos los que conocía», lo es más que se dirija de forma hiperculta a los sospechosos; de hecho, me pregunto aún si la cantante Saint-Claire entiende lo que Vance le dice cuando la manda llamar «Lamento informarla de que el capitán Leacock ha confesado ridículamente que mató al señor Benson. Pero no estamos del todo convencidos de su bona fides. Y aquí estamos, ¡ay! flotando entre Escila y Caribdis, sin poder decidir si el capitán es un consumado asesino o un chevalier sans peur et sans reproche.»

En fin, son detalles que dificultan la lectura porque la sitúan en un espacio-tiempo lejano, en el que la policía se dejaba guiar por tópicos, en su mayoría machistas, en los que, sin duda, los métodos psicológicos —aunque hiperbólicos— empleados por Vance ayudaron a equilibrar la balanza de la justicia.

«Las mujeres son demasiado sensatas y prácticas para cometer esas locuras, pero los hombres tienen una gran capacidad para la idiotez»


domingo, 8 de enero de 2017

PASADO PERFECTO


Un libro lleno de contradicciones porque, en realidad, nada es perfecto en él excepto la manera de escribirlo.

Pero la historia no es perfecta. El protagonista, el teniente de policía Mario Conde, aprovecha un caso que le asignan en la comisaría para recapitular lo más importante de su vida. A veces son recuerdos que aparecen como destellos al observar una calle, oler una buena comida o mirar una fotografía; otras, Mario Conde se obliga a recordar para entender el presente.

A través de las numerosas digresiones que encontramos en Pasado perfecto conocemos a su protagonista: un chico cubano de clase media-baja, estudioso y con un alto sentido del compañerismo y la igualdad; que deja de estudiar una carrera a pesar de las buenas notas obtenidas, porque no le gusta; que quiere al Flaco, que ya no lo es, como si fuera su hermano; que tiene un amor desmedido hacia Josefina y sin embargo no es su madre sino la del Flaco; que ansía ser escritor pero no puede escribir; que sus ideas son contrarias a las que tiene de la policía y sin embargo se convierte en uno de los mejores del cuerpo; que siempre odió a Rafael Morín, básicamente porque le quitó a Tamara, de la que ha estado enamorado desde el bachillerato, y ahora debe investigar su desaparición.

El tiempo real, sin embargo, son cuatro días, durante los que Mario Conde acompañado por el sargento Manuel Palacios resuelve el caso.

Cuatro días, en los que se reencuentra con Tamara y tiene la posibilidad de empezar con ella la relación tan anhelada, pero finalmente desecha la opción porque sus vidas son totalmente diferentes y Tamara, de clase superior, no se adaptaría fácilmente a la de un policía.

El caso de Rafael Morín es otro de tantos de los que, por desgracia, se han hecho usuales en la sociedad actual: robo, extorsión, fraude de aquellos que lo tienen todo pero necesitan más. Caso sencillo, sin demasiadas complicaciones, sin vueltas o sorpresas finales y, sin embargo, el Conde aprovecha las entrevistas para, mediante analepsis, ponernos en situación, y llegar a conocer al desaparecido, al Flaco, a Tamara, a él mismo y a Cuba. El lector siente inmediatamente la nostalgia de ese pasado que Mario Conde relata en primera persona, con breves monólogos interiores mezclados con diálogos expuestos en estilo indirecto libre. La narración fluye intimista, con una cercanía que no desaparece en la tercera persona utilizada para el presente, un hoy impregnado de fatalidad incapaz de derrotar a todos aquellos marcados con dureza por el destino.

La fuerza de los débiles, de los escuálidos, es lo que sustenta ese Pasado perfecto que en realidad no lo fue pero que, desde el punto de vista del futuro, lo será porque se habrá luchado a diario por conseguirlo.

Leonardo Padura nos muestra un argumento simple, una historia sin complicaciones: la desaparición de un funcionario corrupto y la implicación de su jefe de despacho.

Pero debajo de esa historia, contada de forma casi minimalista, se encuentra la verdad, una Cuba oprimida , unos ciudadanos sin libertad, sin posibilidad de expresar sus verdaderos sentimientos, sin oportunidades para dialogar y mucho menos para exigir; unos ciudadanos con grandes carencias que, a pesar de encontrarse con un sistema dictatorial, intentan coger la felicidad, a pellizcos, de donde pueden.

...y por suerte guardé cinco ejemplares de La Viboreña, que jamás llegó al número uno, que iba a ser de la democracia, porque la profe Olguita, tan buena gente y tan linda, pensó que lo podríamos hacer escogiendo a votación los mejores materiales de nuestra abundante cosecha literaria

Padura se convierte así en un maestro de la técnica del iceberg, por cuyo creador, Hemingway, siente verdadera admiración. Al reducir la prosa hasta límites insospechados consigue un protagonismo absoluto de la historia, de ahí que, a pesar de quedar ocultos bajo «la punta del iceberg» son perfectamente legibles los comentarios sobre la vida en Cuba; de hecho, a veces tenemos la impresión de estar ante una crónica de la realidad concreta, de la defensa de los valores tradicionales como el honor, la amistad o la lealtad

Al dorso de la foto dice junio de 1975, y todavía éramos muy pobres —casi todos— y muy felices. El Flaco es flaco [...] El Conejo sueña con cambiar la historia y yo voy a ser escritor, como Hemingway. La cartulina se ha puesto amarilla con los años [...] y cuando la miro siento muchísimo complejo de culpa porque El Flaco ya no es flaco y porque detrás de la cámara, invisible pero presente, ha estado siempre Rafael Morín.

El acercamiento a la Generación Perdida no sólo se distingue en el estilo minimalista de Hemingway, el estadounidense está presente en la defensa de valores éticos que Padura expone en su Adiós a las armas particular reflejado en la figura de El Flaco: «cada día el Flaco amanecía con un dolor inédito, un nervio muerto u otro músculo inmóvil para siempre».

La prosa coloquial, con expresiones duras a veces y cargada de metáforas poéticas, otras, también vincula a este escritor con los americanos de la primera mitad del siglo XX; se aprecia un paralelismo entre el rechazo a su realidad cercana y el expresado por los novelistas malditos, el polisíndeton alarga las descripciones para poder ver más allá de lo que se percibe, ese mar que intuye, mediante la sinestesia, como puerta a la libertad: «Detrás de los árboles una iglesia de rejas altas y paredes lisas y algunos edificios apenas entrevistos y muy al fondo el mar, que sólo se percibía como una luz y un perfume remoto».

El antihéroe que crece tras la guerra, enfrentado a un mundo amoral, relaciona los personajes de Salinger y los de Padura, sin embargo las ganas de vivir de Mario Conde y El Flaco superan el miedo al futuro y las obsesiones peligrosas del protagonista de Un día perfecto para el pez plátano: «...y leyó la historia del hombre que conoce todos los secretos del pez plátano y quizá por eso se mata, y se durmió pensando que, por la genialidad apacible de aquel suicidio, aquella historia era pura escualidez».

Padura consigue asimismo una historia escuálida, tanto que podríamos hablar de simbolismo. Es una novela policíaca y no importan tanto las acciones sino el interior, lo más hondo del protagonista y de los otros personajes. Es una novela negra y el asesinato apenas tiene repercusión, no hay crudas imágenes del caso y sí del día a día, de lo vivido en la ciudad por gente corriente, de lo que entendemos por “la naturalidad”. El determinismo del pueblo cubano en general se une al fatalismo encarnado en el Flaco y al existencialismo de Mario Conde. Entre todos conforman la condición humana y la introducen en un nuevo concepto de novela negra en la que las pesquisas no son sino excusas para reflexionar sobre la vida y la situación en Cuba: extorsiones, corrupción, falta de libertad y gran desigualdad entre clases sociales.

Una tendencia absolutamente natural en la que no llaman la atención la irreverencia de ciertos vulgarismos utilizados en situaciones estresantes: «porque yo me cago en las casualidades y amén», ni las frases inacabadas del registro popular, o los refranes: «Ponme ahí al Flaco, despiértalo, que se levante, borracho de mierda ...
 –Dime con quién andas...—se rio Josefina y dejó el teléfono» .

Una tendencia en la que las metáforas adquieren toda la fuerza de los sentimientos, lo primario del ser humano «Los ojos son dos almendras pulidas, clásicas, un poco humedecidas. Justo lo necesario para sugerir que en verdad son dos ojos y hasta pueden llorar».

Un estilo en el que las ironías pierden su fuerza al estar arropadas por la melancólica nostalgia de un pasado y la dureza de un presente «su estómago vacío bailaba [...] Pensaba en Tamara, en Rafael, en el Flaco Carlos, en Aymara [...] pensaba en sí mismo, dentro de aquella oficina fría en invierno y tan caliente en verano, mirando las hojas de un laurel y empeñado en encontrar a alguien a quien nunca hubiera querido buscar. Todo perfecto».

Un estilo en el que el humor también hace acto de presencia, como parte de la cotidianeidad «...nació el Cojo [...] y fue al que se le ocurrió hacer una revista del taller literario y formó sin quererlo la descojonación» y como homenaje a sus maestros «pues se me ocurrió escribir el cuento, pero sin ser anticlerical expreso, sino sugerido, mejor dicho, sumergido, como el iceberg del que habla Hemingway».

Una tendencia en la que las constantes digresiones se aprovechan de las descripciones para filosofar sobre las formas de vida, las ocupaciones o el transcurrir de la ciudad «Le hubiera gustado ir al estadio, necesitaba aquella terapia de grupo, que tanto se parecía a la libertad, en la que se podía decir cualquier cosa, desde putear a la madre del árbitro hasta gritarle comemierda al manager [...] y salir de allí [...] relajado, afónico y vital.»

Un estilo en el que el caos en el que se ve envuelta la policía para resolver los casos, y la propia ciudad, para resolver la vida, se ve acrecentado por la manera de transcribir las entrevistas: las preguntas de la policía no aparecen, sólo encontramos una sucesión de respuestas, algunas inacabadas, que desconciertan y confunden «...me parece mentira eso de que Rafael no aparezca por ningún lado, yo todavía no lo creo [...] tiene que haberle pasado algo [...] y cómo Rafael se portó conmigo, mejor que si hubiera sido el padre del niño, que si carne, que si un carro para el hospital [...] El pobre ... Una llamada. ¿Una llamada el día primero? No, no, si la última vez que yo lo vi fue el día 30.»


Una tendencia nueva, fantástica, como casi todo lo que surge del acoplamiento entre lo tradicional y lo actual.

sábado, 31 de diciembre de 2016

FELIZ AÑO


AURISECULAR quiere desear a todos los lectores un feliz 2017. Ojalá durante el próximo año, leamos más en los diarios sobre grandes libros que vengan a enriquecernos y menos sobre maltrato a la mujer, violencia sexual, corrupción o guerras.

Termina un año cervantino y para este que inicia, dedicaremos nuestro recuerdo al sin par poeta Ovidio, de cuyo fallecimiento se cumplen dos mil años y cuya magna obra ha tenido una decisiva influencia en toda la literatura posterior

¡Seguimos leyendo durante 2017!

martes, 27 de diciembre de 2016

LA HABITACIÓN DE NONA

La cita de Einstein, que abre el libro de relatos por el que se ha otorgado a su autora, Cristina Fernández Cubas, el Premio Nacional de Narrativa, condensa en pocas palabras el contenido de los mismos: «La realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente».

El tema sueño-realidad ha sido motivo de preocupación desde siempre. Shakespeare lo llevó constantemente al teatro, aunque probablemente fuese Hamlet quien se erigiera como máximo representante de las consecuencias que acarrea la confusión entre verdad-ficción; lo pensado y lo vivido pueden jugar malas pasadas si nos ofuscamos con el poder de la mente, si nos centramos en el deseo y no percibimos lo que realmente tenemos para poder valorarlo en su justa medida, para cambiar lo que no nos convence con mucha fuerza de voluntad. Si no conseguimos separar «lo que me gustaría» de «lo que es» podemos vivir en la melancolía de «que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son», de Calderón, o torturarnos constantemente con el «ser o no ser» shakesperiano.

Otro tópico literario que aparece en los cuentos nos retrotrae a los clásicos grecolatinos. A través del espejo la ficción se funde con la realidad idealizada para confundirnos. Desde el mito de Narciso, el hombre ha sentido la necesidad de traspasar el espejo y vivir en lo ansiado, en la armonía sugerida de la imagen estática, pero, como en las aventuras de Alicia, el equilibrio se puede convertir en inseguridad, en caos, en desengaño: «la luna del espejo le devolvió su imagen y ahí se quedó. Atónita. Inmóvil. Fascinada. Porque era ella. Quién sabe cuántos años atrás, pero ella».

Está claro que para llegar a estos extremos hemos de tener una mente distorsionadora, que siempre o a intervalos sea capaz de fabricar una realidad a nuestro gusto; lo malo es que esta realidad no nos envuelve de forma constante sino a ratos para, con despótica crueldad, presentarnos en ocasiones aquello que odiamos e intentamos evitar. Creo que esto podría resumir el libro de relatos La habitación de Nona. El título apunta al primer cuento y consigue erigirse como título general porque los cuentos están relacionados; aunque no tengan nada que ver unos con otros, la autora establece algún guiño que los conecta, pero lo fundamental es que todos están construidos desde ese espacio cerrado que supone la mente y por donde nos movemos con total naturalidad. Nona es, asimismo, la protagonista del primer cuento y se va convirtiendo en la metáfora del resto de protagonistas, todas femeninas, todas, probablemente, alter ego de Cristina Fernández. La narradora, en primera persona, va pues intercalando espacios abiertos que aluden a la realidad, con otros cerrados que invocan a la mente, al pensamiento, para adentrarse en el sueño y vivirlo feliz, mucho más feliz que cuando debe afrontar lo tangible, hasta que consigue olvidar el no ser y utilizar la imaginación como arma para poder enfrentarse a la vida.

De esta forma, el pesimismo, la crueldad, la angustia que va quedando como poso de las lecturas se transforma en optimismo al final, con los Wasi-Wano, aun a costa de que sea el cuento menos impactante o inquietante de los seis.

Los personajes femeninos están en continuo enfrentamiento para conseguir un efecto turbador en el lector.

En La habitación de Nona, sobrecoge la relación entre Nona y su hermana.

La vejez frente a la juventud se convierte en algo amenazante en Hablar con viejas. El problema de Interno con figura está en el enfrentamiento de la autora, que aparece como protagonista ahora, ya de forma evidente, con ella misma al observar el cuadro Interno con figura, que alude asimismo a Nona.

El desafío de El final de Barbro supone la competición entre esposa-hija por conseguir que el hombre se quede con ellas. Con este deseo, las hijas creerán ver al padre ausente en otros.

La colisión de La nueva vida se da entre la propia autora en el tiempo actual y ella misma en su juventud; la protagonista desea volver a un pasado feliz en el que aún estaba junto a su marido.

Asimismo la anciana de Días entre los Wasi-Wano recuerda cómo un hombre —su tío— le dio la clave para controlar su mente y ser feliz.

En esta dualidad mente-existencia juega un importante papel el paso del tiempo, todo es relativo según la propia experiencia, el poder de sugestión consigue reordenar nuestros recuerdos hasta modelarnos de nuevo. Sólo así la ternura y la crueldad se dan la mano en los actos que llevamos a cabo con los demás y con nosotros mismos «Y enseguida, después de la natural sorpresa, comprendí que Nona era, además de lista, mala. Muy mala».

En ese momento, la línea que separa lo moral de lo amoral se desdibuja, se va convirtiendo en invisible a nuestros ojos hasta que somos incapaces de percibir sus límites, sólo intuimos el temor que se ha instalado y que martillea sin cesar hasta dejar al pensamiento sumido en una profunda oscuridad que lucha por ver la luz. Pero a veces el azar es caprichoso. «No quiso ver más. Cerró los ojos. Sintió un aliento fétido muy cerca de su boca y deseó morir. Pero ya el hombretón la había alzado en el aire y la mecía».

El interés del lector se mantiene constante porque la narradora va generando suspense mediante frases lapidarias, de doble sentido, perfectas para despertar la curiosidad «Después de todo, tú eres la responsable de su existencia». Asimismo mediante la repetición, dirige la atención del lector hacia donde le interesa para que la sorpresa sea más impactante «Nooonaaa, Nooonaaa, Nooonaaaa... Siempre el mismo. Nona».

Contribuye también el ritmo rápido, fruto del uso de la oración corta, para que el interés por la lectura no decaiga «Y aquí está, claro y nítido. El camino. Lo demás no nos importa. ¿Qué pasa con los cadáveres que nadie ha identificado? ¿Van a la fosa común?». La función fática, habitual en estos cuentos, consigue que el lector participe de la narración, se implique, por lo que su interés va creciendo con el paso de los hechos.

El estilo directo y el uso del condicional marcan el ahora y van poniendo en situación al lector que, en ocasiones, se entera de lo que va a ocurrir antes de que suceda, pero sobre todo, describen el pensamiento caótico de la protagonista cuando los diálogos tienen lugar en su mente, que se desdobla en dos personalidades «¿y me lo sueltas así, de un día para otro, después de dos años sin vernos? ella, enseguida le tendería papel y pluma. “Es sólo un préstamo”». El estilo indirecto libre contribuye, por supuesto con el monólogo interior, a retratar a la protagonista. «Mañana, antes de que la sacaran de casa, ella pagaría. Y no se trataría de un robo. Sólo de un préstamo».

Las metáforas animalizadoras ayudan a idealizar la realidad «Tenía un cuello de toro, que curiosamente arqueaba como un flexo». La función expresiva es evidente, sobre todo, en los retratos de los personajes, detallados en extremo pero con expresiones valorativas que los colocan en el plano literario, aunque pretenda una verosimilitud mediante la metaliteratura «Es más, probablemente está tan asustada, que sin dejar de sujetar con fuerza el fardo, ha cerrado los ojos [...] Me recuerda a un personaje de cuento que escribí hace poco y al que llamé Nona».

Nunca tenemos la certeza absoluta de estar frente a la realidad o la ficción. La mezcla de espacios consigue que las mismas palabras adquieran diferentes sentidos; el poder de la palabra en la situación comunicativa es evidente y el poder del silencio en el acto de la comunicación, totalmente relevante «No necesitamos de las palabras para saber que esta vez Barbro (le pertenezca o no el cuerpo que nos aguarda) no va a salirse con la suya».


Al terminar La habitación de Nona he llegado a la conclusión de que, cada vez más, me apasiona el cuento. Con éstos no sólo he disfrutado con su lectura sino que he profundizado, releído, investigado sobre hechos o datos que me parecían inquietantes; en definitiva, he aprovechado la sorpresa que supone ir sorprendiéndome a cada página.

viernes, 23 de diciembre de 2016

CRÍMENES

Crímenes es un libro de relatos que se desvía de los relatos al uso, porque están basados en casos reales de procedimientos penales. El título es mostrativo de lo que vamos a encontrar, sin embargo al leerlos nos damos cuenta de que lo que interesa, más que el asesinato en sí o en cómo se llevó a cabo, es por qué el ser humano tiende a un determinado comportamiento, qué ocurre para que un hombre tome decisiones que pueden cambiar el rumbo de su vida y, con seguridad, el de otros.

Ferdinand Von Schirach se desvía, asimismo, de los autores al uso, pues es el abogado que en uno u otro momento tuvo que defender a los imputados que conforman este libro. No encontraremos los pasos que dio hasta conocer plenamente a sus defendidos; eso no interesa. Lo llamativo, para Schirach, es analizar las circunstancias en las que se desenvolvían dichas personas y las posibles causas de actuación

...obtuvo el título de secundaria por los pelos. Nadie en su familia había llegado tan lejos. Pidió prestados a Walid 8.000 euros [...] Karim, que conocía muy bien la Bolsa por haberla estudiado a conciencia, invirtió en el mercado de divisas por internet. En el trascurso de un año ganó cerca de 700.000 euros.

El autor se sumerge en la historia como narrador protagonista, por lo que relata en primera persona, aunque es normal encontrarlo como externo, en tercera persona, hasta que se convierte en omnisciente. Con estos cambios de focalización, que se dan incluso en un mismo relato consigue dotar de un punto literario a la narración:

El hombre estaba tumbado boca abajo; el policía le había hincado la rodilla en la espalda y le apretaba la cara contra el césped. La tierra estaba caliente.

Efectivamente, en El etíope, relato al que pertenece el párrafo anterior, es donde mejor podemos observar la función poética y la expresiva. El narrador-autor deja en Michalka, su protagonista, toda la admiración y cariño que siente hacia él.

No siempre el malo es el que ha cometido el delito, o al menos el lector empatiza tanto con él que lo entiende, lo disculpa o incluso lo aplaude, como en el caso de Fanher, pero una vez que razonamos la situación observamos que normalmente es precisamente la falta de raciocinio lo que lleva a estos hombres a actuar de forma desmedida, pues se encuentran en situaciones en las que actúan como verdugos aunque antes han sido las propias víctimas.

Encontramos personajes buenos que pueden llegar a cometer locuras tras pasar años presionados, manipulados, o incluso torturados psicológicamente por alguien cercano. Encontramos criminales que extorsionan hasta que se encuentran con otro aún más cruel, más frío, más sádico. Y personas que han sufrido tanto durante toda su vida que cualquier evento considerado como horroroso por la mayoría de mortales es para ellas un obstáculo más del que hay que salir como sea. Son perdedores, modelados por la vida cruel que no sabemos por qué se ceba en unos y pasa por al lado de otros sin inmutarse.

Fanher podía haber resuelto su situación fácilmente mucho tiempo atrás, pero por un falso sentido del honor es capaz de sacrificarse durante toda una vida; y eso es malo; los sentimientos hay que dejarlos aflorar porque lo que se queda dentro se va enquistando, hasta que un día se decide cortar sin pensar en las consecuencias. Entonces, al mirar atrás, todo se ve triste, como el propio Fanher.

Acarició con el pulgar el rostro de Ingrid. Hacía mucho tiempo que la capa de barniz se había desprendido de la foto, la cara de Ingrid estaba casi blanca.

En general no son asesinatos al uso, al menos no con las características que suelen tener los asesinatos, no hay un culpable claro aunque sí exista un ejecutor. Posiblemente Tackler, de El violonchelo, así lo entienda y por eso decide terminar con la historia que él mismo empezó años atrás.

Los relatos cuentan historias amargas. Aunque el protagonista tenga, en algunos, el final feliz que se merece, el lector queda salpicado por una pesadumbre infinita al darse cuenta de lo inhumano que puede ser el ser humano. Son casos que destrozan con una dureza ostensible el honor y la moral de los hombres.

Las narraciones están bien construidas. A veces obtenemos al principio algún pormenor sobre el protagonista principal, pero nunca lo conocemos hasta que no llegamos al final, cuando la prosopografía inicial se ha ido llenando de etopeyas, de actos, para ofrecer un retrato perfecto;

El hombre pálido estaba sentado en medio del césped. Tenía un rostro singularmente asimétrico, orejas de soplillo y cabello pelirrojo. Tenía las piernas estiradas, las manos en el regazo agarrando un fajo de billetes. Miraba fijamente una manzana que se estaba pudriendo a su lado.

La extensión del argumento no es muy larga, tampoco lo son las oraciones que lo forman; el tiempo juega un importante papel en estos relatos, los tiempos verbales fluctúan entre el aspecto perfectivo para que las acciones se vayan encadenando conforme van acabando y el imperfectivo, de forma que los hechos puedan desarrollarse con detalle; el estilo de Von Schirach se caracteriza por la agilidad en la narración, con lo que consigue que tardemos poco tiempo en leer cada episodio, sin embargo la lectura permanece en la mente intentando aclarar preguntas suscitadas, realmente puede que necesitemos meditar bastante antes de pasar al siguiente informe. El desenlace a veces no lo es, aunque normalmente tienen un final cerrado, como corresponde a los casos que se llevan a juicio. En Crímenes, como en la realidad, nunca mejor dicho, no siempre culmina la trama, así ocurre en La espina, relato que adopta más la categoría de cuento de Allan Poe, que el de testimonio basado en una experiencia judicial, pues aunque es cierto que a veces la realidad supera a la ficción, lo normal es que lo corriente sea menos sensacionalista.

Llevaba una lupa en el bolsillo. Poco menos que se precipitó en su sala y, con la lupa, examinó la estatua milímetro a milímetro. No encontró ninguna espina [...] Se deslizó de rodillas en torno a la estatua y rebuscó por el suelo. Luego se sintió indispuesto y fue a vomitar al baño.

Aun así, aunque es literatura no deja de aparecer inquietante el concepto de verdad y, sobre todo el de castigo, término que encierra las peores connotaciones en la mente.

Y nuestros protagonistas son seres atormentados; se han visto abocados a llevar dos vidas, una exterior cuya impresión que dan a los demás es de calma, de despreocupación, de normalidad y otra interior, la que los atormenta continuamente, la que martillea sin cesar sus débiles juicios hasta destruirlos. Son personas que se debaten entre la fuerza que muestran a la sociedad, el éxito incluso, y el abatimiento angustioso que los va ahogando desde dentro hasta que sale afuera con consecuencias irremediables, espantosas.

En Amor, la personalidad psicótica del protagonista hace que cuestionemos la actuación de los abogados; el asunto del secreto profesional no se sostiene, o al menos no debería hacerlo en aquellos casos en los que, con certeza, corre peligro un ser humano. Debería existir alguna cláusula que permita a los profesionales usar sus informaciones para evitar desgracias mayores.

—Los abogados tenemos el deber de mantener el secreto profesional –dije–. Todo lo que me digas quedará entre nosotros. Sólo tú decides si puedo contarlo a alguien. Tampoco tus padres sabrán nada de esta conversación.

Pero así es la vida y con esta crudeza la relata Von Schirach. Asusta pensar en el ser humano como un no-humano, como alguien regido por instintos, incapaz no ya de razonar sino de hacerlo de manera distorsionada. ¿Cuándo se enciende ese interruptor en el cerebro capaz de deformar la percepción de los hechos? ¿A quién le ocurre? ¿Por qué sucede? son preguntas inquietantes que van surgiendo con la lectura de los relatos

No sabía de donde venía la pregunta; sencillamente estaba allí y no conseguía quitársela de la cabeza.


jueves, 17 de noviembre de 2016

TEA ROOMS. Mujeres obreras

Sorpresa, más que agradable, al leer Tea rooms. Mujeres obreras. El contraste del título es el que vamos a encontrar en la novela. Tea Rooms evoca la modernidad del idioma, lo exótico de la bebida, poco usual en España y una cierta distinción al sugerir una habitación exclusivamente destinada para el sosiego y la charla agradables. Inconscientemente acuden a la mente largas tardes en las que la conversación cotidiana nos hace cómplices al recoger anécdotas o contratiempos de un círculo cercano. Toda esta  exquisitez se desvanece como el humo del cigarro que coronaría tea rooms para mezclarse con otro más denso y grasiento que envuelve la cocina de la que saldrán los pasteles, el chocolate, el té. Un humo que oprime hasta que, esas mujeres obreras que completan el título, quedan empequeñecidas, anuladas por una modernidad que no parece tenerlas en cuenta.

Luisa Carnés es un misterio más de esta España que olvida pronto. La escritora tuvo éxito en su momento, pero una vez exiliada, su obra desapareció de nuestro país y no llegó a formar parte del elenco de escritores de la generación del 27 pese al elevado número de novelas y cuentos escritos tanto en España como en México, y que despertaron bastante interés y sensibilidad en su público coetáneo. Otro ejemplo de mujer invisible. Otro ejemplo de mujer inteligente y comprometida que queda olvidada en una sociedad patriarcal, machista, que teme perder su posición privilegiada.

Tea rooms cuenta, con una narrativa rompedora y vanguardista, una parte de la historia de Matilde, una mujer joven que sufre las crisis socioeconómicas y políticas de principios del siglo XX. Crisis que fueron despiadadas con la gran mayoría del pueblo español, el obrero, y especialmente crueles con la mujer, puesto que será ella la más explotada y humillada aun por la propia mujer.

Matilde no tiene apellidos, está a medio identificar. Tampoco lo tienen, ni les hace falta, Laurita, Marta, Paca, Antonia. Desde que Matilde entra a trabajar en la pastelería pasa a ser “la joven” o “una”, como el resto de compañeras sin identidad «una, a lo suyo» «a ver, una al teléfono»; no son mujeres «aquí no son ustedes más que dependientas», y así son tratadas, sin una pizca de sensibilidad o humanidad. Hay una curiosa diferencia con los empleados, ellos sí tienen apellido; aunque oprimidos no se les priva del todo de una personalización; encontramos al camarero Cañete o al cocinero Pietro Fazziello. Pero no nos equivoquemos, tildados con apellidos sufrirán consecuencias parecidas a las de las chicas si no se atienen, ellos o sus familiares, a la voz del que manda. En el caso de Cañete, sus flirteos con la encargada llevarán hasta la pastelería a su mujer, otra innominada que, como si de un objeto se tratara, pierde hasta el nombre en la sociedad, una vez casada: «la mujer de Cañete». La mujer de Cañete acude allí a denunciar a “la otra” delante de todos por intentar robarle a su marido. Ni por un momento se le pasa por la cabeza que pueda ser él el culpable de la situación «¡Que lo sepan todos que esa mala mujer está robando el pan de mi hija! ¡Esa puta! ¡Una tía golfa!».

No hay sentimientos en el mundo obrero. Es un ambiente que oprime, que despersonaliza, que embrutece. No hay lugar para lamentaciones o denuncias o exigencias; la impotencia es lo que caracteriza a los obreros, paralizados por el miedo y por no saber qué hacer «Fazziello golpea sobre los bloques de hielo lentamente. De pronto, se sienta en el último peldaño de la escalera y llora».

Hay en la novela una certera crítica social dirigida a esa clase acaudalada que temerosa de perder su estatus intenta quitar de en medio a quienes puedan arrebatarle sus privilegios a través del estudio y el razonamiento, por eso «el “ganso” con sus raquíticos once años, aprende a comprar el periódico a las siete de la mañana, a abrirlo por la página de anuncios [...] y [...] a mentir «Tú cuántos años tienes?. Catorce». Y se critica sobre todo a una sociedad con muy poco interés en alfabetizar a la mujer, que sigue «cultivando la religión y soñando con lo que ella llama su “carrera”: el marido probable».

En Tea Rooms observamos una reivindicación social del obrero, pero ante todo de la mujer «Es necesario que las compañeras de trabajo que no estén asociadas se asocien inmediatamente». Si no aflora una conciencia de clase nunca dejarán la miseria, y la miseria las hace miserables «la miseria amodorra tu pudor en esta ocasión», las embrutece «En la búsqueda, un vestido rosa cae sobre un papel pringoso y allí se queda» y les anula cualquier vestigio moral «del modo más indiferente y discreto posible, se agacha e introduce el dinero en uno de sus zapatos».

Luisa Carnés denuncia, con una lucidez y claridad espectaculares la situación de la mujer de principios del XX, una mujer que siempre dependerá de algo o alguien para subsistir, de quien raramente se aceptará algo de autonomía.

Esta circunstancia viene expuesta de la mano de las protagonistas de la novela como si entre todas formaran una sola, como si conformaran a la mujer que, como Antonia, debió ocultar su estado de casada, hasta que enviudó, para que no la echasen del trabajo. O como la clienta que no es servida por el camarero hasta que «solicitaba con los ojos al esposo un signo de aprobación». O como la mujer de Cañete a quien ya se lo dice su marido «ocúpate de tu hija»; el resto de asuntos, incluidas las infidelidades, son cosa del hombre. O como Laurita, muerta a consecuencia de un aborto clandestino por temor a que su novio la rechace. O como Marta, que «se ha echado a la vida» al ser despedida por robar dinero de la caja para comprarse unos zapatos. Entre todas modelan a la mujer resignada que acepta unas condiciones laborales infrahumanas, unas condiciones que, por malas que sean, siempre serán mejores que quedarse en la calle porque, en el fondo, no pueden hacer otra cosa, no están acostumbradas a pensar. Matilde, la protagonista, recapacita y sabe lo que quiere y no se va a conformar con menos. Exige de la vida un trabajo digno y poder elegir al hombre que quiera, no conformarse con el primero que le pida relaciones. Ambiciona una vida libre, lejos del «embrutecedor trabajo doméstico».

Pero si la lectura se hace interesante al conocer la vida de la España del siglo XX, y casi del XXI, no es menos enriquecedora la narración. Destaca la importancia del narrador que, unas veces es omnisciente, sobre todo cuando expone algún monólogo interior o pensamiento de un personaje «Parece que he estado inspirada, piensa Antonia». Otras veces funciona como narrador testigo «En cuanto a Paca, ¡oh!, esa, con su cara pálida y humildita de beata, cualquiera adivina lo que piensa». Y siempre aporta amenidad a lo narrado, bien mezclando sucesos de forma abrupta o directa para cambiar de tema «Se habla de elevar una queja a la dirección. Probablemente, todo se quedará en palabras. Otra cosa: ingresará en el establecimiento una ahijada del propietario», bien realizando incursiones en la propia narración «le ha valido desde el primer día el respeto de la encargada: “Esa escuerzo” (Antonia es mucho más comedida para colocar adjetivos...)».Incluso, en ocasiones, el narrador se apropia de la voz de Matilde «Matilde va a la cabina lentamente [...] “El que se vaya puede darse por despedido”. Y todas las cabezas [...] se agachan medrosas». Pero aun cuando predomina una narración externa la variedad de técnicas y recursos es admirable.

Los diálogos pertenecen a la modalidad oral, con oraciones incompletas o con localismos, como el laísmo tan típico madrileño, que acercan al lector al ambiente del pueblo «ya ve, Antonia, con quince años en la casa y ganando un duro... y callandito» «la han salido bien las cuentas». Asimismo las onomatopeyas -rrrr-, chist aportan frescura a la narración. Sin embargo encontramos palabras cultas hálito, apotegma, dilecto, conterráneo, préstamos de otras lenguas que se unen al lenguaje vulgar en un sugerente contraste «Cocktail... Ahí va, coño ¿dónde tienes los ojos» «Por diez jodíos reales que gana una [...] los sandwichs [...] como pudding». Y un vocabulario relacionado con los avances modernos, con la tecnología o la ciencia que aporta tintes vanguardistas, incluso surrealista a veces; la personificación del cine frente a la despersonalización de los niños aporta una imagen incitante: «donde comienzan a evolucionar los verdes y blancos del cinema de enfrente [...] han aparecido [...] varias cabezas greñudas y numerosos ojos sin color.» Asimismo la importancia de lo básico queda remarcada en la personificación de los zapatos, que adquieren la personalidad contrastiva de quien los lleva «los zapatos torcidos avanzan rápidos, suicidas, mientras que los zapatos impecables subrayan un paso estudiado, elegante».

La singularidad de las obreras desaparece, todas son una o simplemente cosas «no es más que un aditamento del salón»; mujeres embrutecidas que han  asumido su animalización «Mientras lava, gruñe» «¿Qué harán esas burras?» o su invisibilidad; de ahí que los diálogos señalados no lleven el nombre de quien replica. Da lo mismo. La mujer no tiene voz, no es esencial saber quién dice qué porque lo más probable es que no tenga importancia

—Tanto postín
—Yo me alegro
—Pues vaya una ventaja...
—Bueno, pero de todos modos, me alegro...
[...]
—¡Chist!
—No me da la gana callar...

Y sin embargo, calla; no puede replicar en el trabajo porque será despedida y no puede participar en conversaciones culturales porque no ha tenido tiempo o interés en preocuparse. Se autoexcluye. Sus problemas son mucho más básicos «Antonia no entiende nada de esto. ¡Qué ganas tienen estas gentes de sofocarse!» El estilo indirecto libre aporta un tinte fresco a la narración, el relato cobra agilidad, así como las frases cortas y las nominales que, sutilmente dan una idea del desconcierto en el que están inmersas las protagonistas; no hay tiempo para sentimientos, lo fundamental es la esencia de las cosas; los momentos de dolor se acortan, como si la mujer no tuviese tiempo de compadecerse. Cuando surgen adjetivos suelen ser valorativos consiguiendo de nuevo acentuar el contraste en el que vive la mujer. Por un lado la modernidad no le aporta el más mínimo consuelo «Marta despacha torpemente [...] se siente muy sola. Átomo en medio de una apretada muchedumbre...». Por otro el surrealismo que envuelve determinadas situaciones adquiere tintes naturalistas que ahondan en el miedo y la desesperación «Enfrente está la encargada, con una fría sonrisa en los labios delgados. Se le ven unas encías descarnadas y pálidas». Las metáforas opresivas contribuyen a intensificar los momentos de monótona tensión «El sopor agobia y sobre los párpados pone plomo el calor. Los ventiladores zumban».

Y, para dejar constancia de que no caben sentimentalismos, la narradora rodea de números a las trabajadoras. Números premonitorios, agoreros «la fecha del día, un negro 13». Números amenazadores «y callandito. Ya hay veinte en la puerta». Números controladores «—Oye Matilde: ¿tú no has visto el regalo? —...treinta, treinta y una —cuidado, está mirando—, treinta y dos, treinta y tres...». Números opresores «—Catorce pesetas kilo —¿Así que, cuarto de kilo valdrá? —Tres cincuenta» —¿Y los cien gramos? —Una cuarenta».

Pero en toda esta miseria hay algo enternecedor; en las descripciones costumbristas encontramos pinceladas de humor «la señora pide una naranjada, y al niño un pastel de crema. No, a mí, un bocadillo de jamón y un vaso de leche. La madre aprueba [...] pero cuando el camarero se aleja le da al chico un puntapié por debajo de la mesa».

Y encontramos ironías denunciantes «intervino la fuerza pública, disparando “al aire” y ocasionando dos bajas entre los obreros».

La pena es que tanto el humor como la ironía certifican más la miseria de un pueblo que, de forma preocupante, se sitúa más cercano a la actualidad de lo que deseáramos.


¡Chapeau! por esta sinsombrero.