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martes, 19 de mayo de 2026

LAS CARNICERAS

Expresiones serias en la portada. Tres chicas con delantal. La mirada de una de ellas deja ver enfado. Debajo de las figuras femeninas, en semicírculo, una colección de cuchillos rodea el dibujo de un cerdo con las partes comestibles marcadas según el valor de cada pieza. El blanco y negro de la ilustración contrasta con el fondo de la portada en cuadros Vichy Rosas.

Inquieta la oposición entre femineidad y dureza. Y con esa zozobra comenzamos a leer lo que el narrador nos cuenta primero de Anne y, seguidamente, de Stacey. Es el comienzo de la primera parte de Las carniceras. Dividida a su vez en varios apartados cortos que no tienen título ni marca alguna excepto porque cada uno comienza en hoja nueva; esta primera parte termina de la misma forma que comienza «El gesto brotó, instintivo, la hoja del cuchillo carnicero que se hunde en la carne. La sangre que mana. Gritos, luego el silencio, solo el silencio».

Anne y Stacey son dos compañeras de Formación Profesional de carnicería; las dos únicas chicas entre todos los estudiantes y deben andar con cuidado para hacerse valer en un mundo que normalmente ha pertenecido a los hombres. En esta primera parte conocemos a las chicas, su pasado, enturbiado por los hombres que las rodean. Su presente en el que, tras abrir un negocio, deben esforzarse por agradar a la clientela, hacerle ver que el género es de la mejor calidad, que no hay trampa en “Las carniceras”, que todo se despieza, se corta y se sirve a la vista. Contratan a Michelle, una inmigrante que además de mujer es negra, otro inconveniente en ese barrio de clase media de Ruan. Tres mujeres que deben competir por ganarse la aprobación social y que las vean cualificadas, no como subordinadas. Mujeres que han de demostrar que valen no por su belleza sino por su eficiencia. Mujeres que han de dejar a un lado su inseguridad y aprender a quererse «Se quedó un rato aferrada a él, mendigando un gesto de cariño. Él terminó por acariciarle el pelo. Luego se durmió vestido en su cama […] No tenía ni un hematoma, al fin y al cabo, era una simple pelea de pareja».

Son mujeres que buscan consciente o inconscientemente la validación que les puede dar un hombre.

Pero consiguen superar los inconvenientes y llegar a la conclusión de que merecen, como cualquiera, el éxito por su trabajo bien hecho.

En la segunda parte están definitivamente instaladas «En apenas un año habían abierto una carnicería de éxito de la que se hablaba en todo Ruan». Pero son mujeres y los errores que otros cometieron en el pasado las persiguen para hacérselos pagar. No es fácil desprenderse de las garras del hombre, amparado por una sociedad que lo exime de cualquier culpa. Esto lo han vivido en sus madres y la pena de ellas las acecha en lo más oscuro de su mente. Son pensamientos dolorosos que están ahí, en las tres. Sophie Demange refuerza esta idea en su estilo estructural, el final de un capítulo en el que la figura materna es símbolo de sufrimiento para una persona, queda retomado por otra al comienzo del siguiente. La mujer ha representado a lo largo de la historia la descarga de la violencia del hombre «Pensó en un nombre, el nombre de su madre». «Lo que más echaba de menos era el lepi de su madre».

La prosa enunciativa deriva, en ocasiones, a irónica para denunciar la violencia sexual, los abusos que desde la familia aún hoy se llevan a cabo con las niñas; por esa razón, y por miedo, hay mujeres que siguen viendo en el hombre la imagen del protector al que hay que obedecer y perdonar los deslices «propios de su naturaleza».

La memoria pervive en las mujeres de Las carniceras. No se olvidan los abusos sufridos en la infancia sobre todo los que se comenten en la familia, el supuesto refugio que toda niña debe tener.

Demange se posiciona al lado de sus carniceras para aportarles la fuerza necesaria hasta el punto de que la voz narradora aparece femenina, incluso podría ser una reflexión de la propia autora «Tenía aquella sonrisa malvada […] la sonrisa de la impunidad […] ¿Qué problema había? Pagaba bien, se portaba bien con ellas». La interrogación retórica convierte sus reflexiones en reivindicación femenina. La escritura es directa, tanto que algunos pueden encontrar la novela algo incómoda.

Estamos ante asesinas que no quieren ninguna excusa pues sus actos se viven sin dramatismo, sin culpabilidad. Pero la culpa, igual que el dolor, está dentro y brota cuando se sienten incapaces de tener relaciones normales con un hombre porque rechazan la figura masculina

Las carniceras supone la rebelión de la mujer que ha debido soportar una carga denigrante, una infancia que no lo ha sido. Sophie Demange quiere justicia poética por lo que los deseos de las protagonistas, en principio, se hacen realidad. La narración de este trauma constante está exenta de dramatismo, es incluso humorística a veces. La violencia expuesta sin crudeza consigue aumentar la tensión narrativa porque las protagonistas son vulnerables aunque muestren sus heridas en una atmósfera luminosa, rosa, propia de las comedias hollywoodienses del siglo XX.

Las tres son transparentes en la exploración de su identidad, donde recuerdan cierto empoderamiento femenino de las comedias musicales de los 80; pero no se pueden liberar de la presión social por lo que están obligadas a refugiarse en la oscuridad, a ocultar su oscuridad en la fachada rosa que dejan ver.

Anne, Sophie, Michelle son reflejo de la sororidad; juntas son más fuertes, no se juzgan. La novela es el fundamento feminista que pretende la ayuda entre mujeres para terminar con la competencia que llevan a cabo entre ellas para poder figurar en una sociedad machista.

lunes, 8 de abril de 2024

MADRE MÍA. LAS MADRES EN LA FICCIÓN

Los tiempos están cambiando, afortunadamente, aunque es cierto que para las mujeres aún deben dar un giro definitivo. Esto es algo que observando el día a día tenía claro pero, gracias a Babelio y su última Masa Crítica, al leer el ensayo de Alicia Pérez Gil, me he dado cuenta de que en televisión, al menos, y en ciertas obras literarias, el papel de la mujer pide a gritos un cambio.

He de confesar que, al pedir el libro, me equivoqué; leí “es una recopilación de relatos” cuando en realidad ponía “retratos”. Pero no me ha decepcionado, al contrario, ha entrado en mi mente como una corriente que espolea para que sea consciente de algo en lo que no me había fijado. En ¡Madre mía! Las madres en la ficción, se incide en la uniformidad con que somos tratadas las mujeres una vez convertidas en madres; el papel cambia sustancialmente, no así el del padre, que puede mantener su rol infantil, el mismo que sus hijos, o despreocupado porque hay cosas que indiscutiblemente las sigue haciendo la madre, «Esos reflejos dejaban muy claro que todas las mujeres son madres y que, de alguna manera, ser mujer-madre elimina la posibilidad de ser mujer-persona […] Las mujeres de ficción solo son personas cuando eligen de manera activa no ser madres».

La madre real educa, organiza el hogar e incluso trabaja fuera de casa… Y tiene dudas sobre si se está equivocando. Si esto es así, mejor que no vea la televisión porque las madres de ficción son abnegadas, completamente dedicadas en cuerpo y alma a sus hijos, o son malísimas, en el caso de que hayan mantenido una actitud egoísta al seguir pensando en ellas; conducta con la que han traumatizado a sus hijos llevándolos a convertirse en psicópatas o asesinos de mujeres, fruto del odio hacia ellas por el maltrato o el abandono recibidos.

En cualquier caso, la madre real se desmoronará al ver el papel que la ficción le ha otorgado en las series, películas o novelas, tanto si refleja una sumisión completa a las necesidades infantiles, que dista mucho de su comportamiento, como si refleja un empoderamiento que luego redundará en la felicidad de su progenie y de sus desdichas. Siempre será ella la culpable.

Como bien señala Alicia Pérez Gil, esto ha sido así desde siempre porque se trata de una cuestión cultural. No cabe duda de que a la mujer, a lo largo de la historia, se le han negado oportunidades, espacios o incluso la identidad, sin tener en cuenta su papel creador, protector y transmisor de cultura. Porque a la mujer se la ha relegado a una cultura popular, tradicional, en la que ella era cuidadora de aquellos a los que había dado a luz o de quienes la habían traído al mundo y ya no podían valerse por sí mismos. La mujer pues, ha tenido un papel primordial en el hogar y, le gustase o no, era lo que tocaba. Romances, leyendas, cuentos, mitos, refranes conforman nuestra cultura, nuestra estructura de pensamiento y sentimiento. Esta es la cuestión cultural, «Pertenecer a la misma cultura significa que una persona es capaz de expresarse mediante un corpus determinado de palabras de manera que otras puedan comprenderla […] Sin lenguaje no habría madres, ni mujeres ni hombres». Pérez Gil viene a decir que nuestra lengua lo ha determinado todo, sin ella no existirían los conceptos, los conceptos que regulan nuestra mente.

Pues por eso, precisamente, creo que cuesta tanto despojarse de estos papeles, asumidos, que tiene la sociedad de la mujer y del hombre.

Sin género de duda, a esa tradición debemos la cultura de la mujer relacionada con la naturaleza, que ha supuesto avances en medicina, farmacia, botánica o jardinería. Creo que este ensayo reclama esa parte como importante en la ficción.

Aunque en la realidad se hayan dado pasos para conseguir avanzar y que la mujer logre beneficiarse de mejoras en materia laboral y cultural, la ficción parece estancada en clichés que ni siquiera están basados en la realidad, sino que parten de la imaginación de hombres, probablemente por miedo a quedarse sin la protección, la sumisión y la libertad que la mujer les brinda al quedarse en casa.

En la ficción, las mujeres trabajan fuera de casa, son abogadas, juezas, médicas… y llegan a tener éxitos comparables a los de los hombres. Pero en el momento en que son madres se transforman.

Estamos cansados de ver cómo los estereotipos que «han llegado a las pantallas y a las estanterías contribuyen a generar, establecer, mantener y justificar el patriarcado».

Hoy, en la sociedad actual, muchas mujeres deciden no ser madres, sin embargo «En la ficción todas las mujeres son madres: madres futuras, madres sin hijos, madres buenas, malas madres».

Está claro que la ficción se deja llevar por esa cultura popular creada, a través del lenguaje, por el hombre; por eso se espera que su fin sea la maternidad. Apenas sabemos de los trabajos de la mujer en la prehistoria exceptuando el papel de creadora y cuidadora de sus hijos pequeños, en el cine de temática prehistórica «aparecen gran cantidad de personajes masculinos y muy pocos femeninos»; esto ha afectado a la brutalidad con la que se ha tratado a la mujer en películas, chistes, cuentos que «reproducen una imagen archiconocida: la del hombre que arrastra por el pelo a una mujer».

El concepto de fuerza y determinación en el espacio exterior ha calado en la concepción de supremacía masculina en las diferentes sociedades. Y es muy curioso, incluso gracioso, que las mujeres, ficticias, que aparecen adopten un papel erótico antes de ser madres (Raquel Welch en Hace un millón de años), sumiso siempre y violento solo cuando han de defender a sus hijos (Parque Jurásico).

Con el paso del tiempo, en la Edad Antigua o Media, la mujer seguía cuidando a los niños pequeños pero los varones, sobre todo los de buenas familias, eran separados de sus madres a una edad temprana para ser educados por hombres competentes. Las niñas podían quedarse en casa con ellas. Puede que, como consecuencia de esto, los mitos de Grecia, Egipto, Roma escritos —supuestamente— por hombres, hayan dejado un poso de culpabilidad en la mujer, «Pandora, la primera mujer humana, es creación de los dioses y tiene un único propósito: castigar a los hombres por haber robado el fuego».

También los cristianos tienen a Eva, condenando a Adán a sufrir y trabajar y a ella misma a parir con dolor. En fin, estereotipos interpretados por hombres que nos dejan pocas opciones o una: atraer a los hombres sexualmente para ser castigadas.

Ya advirtieron los grandes filósofos, como Aristóteles o Jenofonte, que la mujer estaba “hecha” para procrear. ¿Es por eso que ha calado tan hondo?, ¿por lo que en la ficción, la mujer que no tiene hijos «se amarga y se vuelve loca»? La pregunta queda ahí, para que reflexionemos sobre por qué tantas mujeres en el cine han sido causantes de raptos, asesinatos o maltratos cuando se les prohibía tener hijos. Por qué tantas otras se han visto sobrepasadas física o mentalmente al intentar compaginar trabajo fuera y dentro del hogar, pensemos en Glenn Close en Atracción fatal, Rebeca de Mornay en La mano que mece la cuna, Charlize Theron en Blancanieves y la leyenda del cazador o «Blonde (2022), el pretendido biopic sobre Marilyn Monroe en el que se hace hincapié, de forma brutal y en absoluto piadosa, sobre los abortos espontáneos que sufrió y cómo eso afectó a su estabilidad mental».

Y ya puestos, podemos razonar por qué las que exclusivamente son amas de casa mantienen un equilibrio perfecto y cuidan de sus hijos sanos y perfectos «Los ejemplos en los que la relación entre marido y mujer se basa en los sacrificios de ella para que él esté satisfecho, son incontables». Y eso se lo debemos a la Iglesia; los Padres de la Iglesia trasladaron la sumisión de María a Dios a la sumisión de la mujer al hombre. Y ahí se mantienen, afianzando los papeles de mujer-madre sumisa, hombre-dios poderoso.

En fin, Alicia Pérez recuerda que entre todos, con el lenguaje, podemos cambiar la cultura y la tradición, y es necesario. No debemos, ni podemos eliminar lo andado hasta hoy, ni en la realidad ni en la ficción, pero sí podemos transformarlo. Hemos evolucionado y hoy podemos ver y leer historias ficticias de familias monoparentales, con dos madres, con dos padres, «con mujeres trans en el papel de madres con ambiciones, con relaciones adultas, con conflictos ajenos a los que se derivan del cuidado de los hijos». Así que la autora nos pide que leamos, veamos y, sobre todo, pensemos cuándo esos retratos están basados en la actualidad y cuándo representan un sesgo para las mujeres.

sábado, 14 de diciembre de 2019

EL COLOQUIO DE LAS PERRAS



No cabe duda; al tener la oportunidad de elegir un libro para que Masa Crítica me lo enviase (nunca agradeceremos bastante a Babelio los regalos tan valiosos que hacen a los lectores), me decanté por El coloquio de las perras porque me vino a la memoria el sin par Cervantes y sus Novelas ejemplares. En El coloquio de los perros, Berganza aprovecha que ha pasado por diferentes amos para comentar con el perro Cipión la corrupción, los robos y la desfachatez de una sociedad gobernada por hombres de diferentes clases sociales.

Els Joglars adaptó esta novela al teatro para reafirmar que a pesar del tiempo pasado, hoy seguimos envueltos en las fechorías de los poderosos.

La puertorriqueña Rosario Ferré, consciente de las necesidades de una parte de la sociedad, establece, en su cuento El coloquio de las perras, el diálogo que mantienen Fina y Franca, dos perras, una escritora y la otra crítica, sobre la condición femenina en relación con la literatura. A diferencia de Cervantes, Ferré afirma que «No me preocupa tanto el problema de la verosimilitud en la literatura […] me preocupa más bien la equívoca imagen que de las féminas proyectan hoy en sus novelas algunos de nuestros novelistas más famosos».

Y esta preocupación es la que retoma Luna Miguel, por eso ha recopilado a doce mujeres olvidadas socialmente en su libro El coloquio de las perras. Es un regalo leer estos ensayos, entre otras razones por la novedosa estructura; parte de una visión general de cada escritora (vida y obra), reflexiona sobre por qué ha sido olvidada y termina con una carta, a la autora fallecida, como si aún estuviese viva. Con esta técnica nos convoca a todos, por medio de ellas, a leerlas, a que permanezcan vivas entre nosotros, a concederles la importancia que tienen, pues a pesar de ser y escribir diferentes, a todas las une algo en común, la invisibilidad social.

El coloquio de las perras no es sólo una reivindicación de la literatura de Ferré, de Elena Garro, Soust Scaffo, Agustina González y el resto de escritoras que aparecen; la compositora Victoria Santa Cruz está presente, así como el reconocimiento a otras autoras que nos han sacudido para despertarnos del error al pensar que apenas ha habido mujeres capaces, como hicieran Tania Balló con Las sinsombrero, Rosa Montero, con Nosotras, Elvira Lindo con 30 maneras de quitarse el sombrero, María Moreno con A tontas y a locas…, el reconocimiento a diferentes editoriales que se han arriesgado a publicar a “olvidadas”, como Ménades o Laguna libros, entre otras, y la admiración por algunos hombres que han retratado a alguna de ellas en su obra, como hizo Roberto Bolaño con Alcira Soust Scaffo en Amuleto, aunque la valentía de esta uruguaya traspasara sus fronteras al enviarle a Franco, cada aniversario del bombardeo de Guernica, un telegrama, y no se supiera nada de esto en España (ahora tampoco):

Tú no has muerto
Está muerto Franco
Lo cegó la luz
Del loco manchego
De Goya del Greco
Y del nazareno

Por lo general cada año cambiaba alguna dedicatoria o personaje. Y sigue sin ser introducida en los libros de literatura o de ciencias naturales, o de historia. Porque Alcira era una mujer de nuestro tiempo, de ahora, reivindicativa frente a las injusticias, con el feminismo, con la conservación del medio ambiente, con la alegría por la vida, «si quieres oír mi voz, vamos al campo de espigas, allí las flores son soles y son soles las espinas».

Es cierto que estamos avanzando; otras voces femeninas suenan rotundas en la literatura pero aún queda una conciencia latente de sufrimiento innato, de dedicación al otro, por eso hacemos nuestro el pensamiento de Marvel Moreno, «estoy convencida de que si las mujeres fueran integradas en la vida social, en lugar de mantenerlas encajonadas como animales de reproducción u objeto de placer, la sociedad se enriquecería espiritualmente».

En el libro de Luna Miguel hay una sororidad implícita necesaria si queremos transformar esta sociedad patriarcal que ha relegado a la mujer a papeles determinados, sin embargo esta hermandad reclamada no debe conducirnos al error de pensar que todas las mujeres debamos tolerarnos, «Feminismo también es el derecho a no soportarnos», podemos amar, admirar a cualquier mujer como a cualquier hombre sin olvidar que «odiar es un acto tan sano y necesario como cualquier otro […] es la elección de lo que amamos lo que nos hace libres. Pero también la elección de lo que detestamos».

Las doce mujeres que entablan un diálogo con Luna Miguel tienen mucho que contarnos, cómo a pesar de ser buenas en lo que hacen tuvieron dificultades para publicar y ser leídas. En algunos casos las editoriales no confiaban en ellas, en otros ellas mismas no se atrevían a dejarse oír, no sentían necesidad o era el temor a ser rechazadas por los lectores, pero lo más duro es el caso de quienes, como Aurora Bernárdez, «considerada una de las mayores traductoras literarias de Argentina […] también fue un ejemplo de entrega absoluta a la creación literaria» hubieron de trabajar a la sombra, para ellas mismas, porque escritores como Vargas Llosa sólo les concedieron el mérito de prestarle a su marido el misterio de su obra «todo eso en gran parte lo creaba la personalidad de Aurora». Pues no, Aurora Bernárdez fue una escritora genial, merecedora de formar parte del Boom latinoamericano, sin ser «la esposa de Julio Cortázar». Puede que Cortázar no hubiese brillado tanto sin Bernárdez, pero ella seguro que sí, con luz propia, sin ayuda

El que se va deja su palabra;
alguien la recoge de la página,
se la lleva al oído,
oye el mar.

El de Aurora Bernárdez no fue un caso aislado: «el (nombre) de Elena Garro no existiría sin el de Octavio Paz, o el de Silvina Ocampo sin el de Adolfo Bioy Casares, o el de Carmen Martín Gaite sin el de Rafael Sánchez Ferlosio […] o el de Concha Méndez sin Manuel Altolaguirre, o el de Norah Lange sin Oliverio Girondo y así hasta la saciedad».

Por cierto, recomiendo Firmado Lejárraga, un texto de Vanessa Montfort que, dirigido por Miguel Ángel Lamata, acabo de ver representado en el Teatro Valle Inclán de Madrid y que no deja impasible a nadie.

Y hay que leer El coloquio de las perras aunque sea demoledor conocer las injusticias por cuestiones de sexo que se han venido cometiendo contra la mujer; pero es necesario, porque el testimonio de estas mujeres, apoyado por Luna Miguel ayuda a conocernos y sobre todo a aceptarnos. No que nos acepten. A vivir sabiendo lo que somos sin que nos importe el concepto que tienen de nosotras.

El coloquio de las perras también es ejemplar.

sábado, 2 de noviembre de 2019

COMETIERRA



En un pueblo de la Argentina más profunda, la violencia machista es lo que domina. Cuando una mujer es asesinada a golpes por su marido, la niña, huérfana, ve lo ocurrido al echarse tierra de la tumba en la boca. Este don maldito queda como característica de esta chica, a quien acuden aquellas mujeres víctimas de alguna pérdida, para que Cometierra les revele la verdad.

Dolores Reyes plasma de forma certera, en una mezcla de realidad y alucinación, la condición de la mujer. Cometierra es casi invisible para todos, de hecho, sólo en el juego virtual consigue realizar su deseo más auténtico «La golpiza le comió un montón de energía y en la pantalla apareció FINISH HIM! Raidem se tambaleaba en el medio de la escena y pude terminar de matarlo».

La novela podría ser un cuento en el que la acción queda sustituida por la emoción, los pensamientos, los recuerdos que aparecen en la mente de la protagonista, que, al llegar de la mano de la videncia extraña de la que hace gala, quedan en una nebulosa de misterio, aunque en la lectura seamos conscientes de asistir a una realidad concreta, una realidad en forma de espiral que atrapa a Cometierra hasta conseguir desvanecerla. El estilo ayuda a agrandar la confusión de la protagonista con hipérboles gradatorias que acrecientan el sufrimiento psíquico; los sentimientos duelen más que el propio cuerpo lacerado. El mundo interior se abre paso en lo material, «Los ojos me ardían, las manos me quemaban, pero lo peor era la tierra de Ian adentro de mi cuerpo».

El lenguaje utilizado por la narradora-protagonista, plagado de localismos y locuciones argentinas refleja su cultura, y combinado con expresiones vulgares evidencia el nivel social al que pertenece «mi personaje saltaba hacia atrás y Hernán se cagaba de la risa». El espacio y los personajes de Cometierra reflejan la problemática social de la mujer y denuncian el estado en el que se encuentra aún hoy, en el siglo XXI. Para que esta acusación sea más efectiva, la autora establece un intento, conseguido, de arruinar la verosimilitud realista y la estructura requerida en una novela a favor de la creación libre.

Dolores Reyes deja su alma en Cometierra pues no se aleja de su ficción sino que se introduce en ella. La presencia de la autora se intensifica, se agranda hasta tomar consistencia de Mujer, como persona que vive a expensas del hombre, como ser cuya sensibilidad se acentúa porque así lo viene experimentando a lo largo de los siglos, como alguien dispuesta a sacrificarse, a sufrir no sólo por ella misma sino en nombre de quienes la rodean, sobre todo si son, a su vez, mujeres.

Por las páginas de Cometierra circulan personajes fácilmente reconocibles en la sociedad actual: la madre, muerta a manos de su marido, de una niña a la que deja desamparada y necesitada de seguir pidiéndole ayuda aunque ya no esté «Sin vos no soy nada, no quiero ser».

La tía de la niña, que no se ve capaz de enfrentarse a la situación de abandono en la que ha quedado su sobrina «—Sucia. Te veo tragando tierra otra vez y te quemo la lengua con el encendedor».

Los propios niños del barrio, acosadores de quien tiene una sensibilidad especial aunque sea fruto del sufrimiento más terrible. «En la escuela, con el tiempo, nos dejaron de joder. No hubo más tierra adentro de mi mochila ensuciándome los cuadernos».

La profesora de la niña, asesinada también, como su madre, y con quien intenta comunicarse para saber qué ocurrió, pues las autoridades, hombres, no se esfuerzan lo suficiente, «y cuando la policía dejó de buscarla […] la busqué al borde del patio, en la tierra donde paraba sus lindas botas para vernos jugar».

Los propios familiares de Cometierra, que la van abandonando cuando temen ser tomados por locos, o brujos; la superstición sigue estando hoy presente en la sociedad, da igual que sea rural o urbana «Cuando al día siguiente encontraron el cuerpo de la seño Ana en el terreno del Corralón Panda, la tía se fue».

Los amigos que, cuando observan el peligro, también desaparecen; nadie quiere enfrentarse a los asesinos, a los violadores, a las mafias que arremeten contra los más débiles «Hernán no hizo como mi hermano. Estaba callado y no se me acercaba».

Las propias mujeres que le piden ayuda, víctimas de violencia machista, también van apareciendo en tinieblas a pedir ayuda a Cometierra. Ella se las dará aunque esté predestinada a la amenaza y la soledad «Cerraba todo. La casa y nosotros, el día entero a oscuras».

Es tal el desamparo al que se ve sometida que ya no se siente una persona. La incomunicación obligada a la que es reducida consigue que ni ella misma se acepte como persona, que vea normal la poca estimación que se le tiene socialmente; de hecho, es la propia mujer quien se observa como un animal herido «Como no podía imaginarme a mí misma muriendo, me imaginaba a una perra que arrastraba una de sus patas».

Llega un punto en el que, a pesar de encontrar a alguien que la acepta y la trata bien, los fantasmas que la persiguen no la dejan; por eso decide que debe romper con lo que la rodea. No puede seguir ayudando porque precisa vivir, no quiere ser otra víctima más, necesita ser, «un nombre para mí».

Dolores Reyes ha querido, con su escritura, evitar más pena y desolación a la mujer. Para conseguirlo, muchos deberían leer la novela. Es un canto a la igualdad, una llamada para que todos luchemos contra la lenta tortura física y psicológica que supone la violencia machista, una manera elegante y dura, poética y desoladora de decir basta. Imprescindible.

domingo, 9 de julio de 2017

HOMO ERECTUS


El narrador, Romualdo Holgado Cariño, terapeuta aficionado postfreudiano aprovecha su clientela de la consulta así como a sus amigos, parroquianos del bar La Inmaculada Concepción de María’s (regentado por Mohamed, quien gracias al Corán dispone de tres esposas y, a pesar de él, no le hace ascos ni al alcohol ni al jamón serrano), para encubrir un ensayo divertidísimo sobre el sexo y su evolución. Tras un concienzudo análisis basado en estudios psicológicos, médicos o sociológicos, encuestas y noticias reales, Juan Eslava Galán reflexiona con humor lo ocurrido al homo erectus. Por supuesto, este humor no está exento de lo que es una seña de identidad en su escritura, el sarcasmo para, de manera mordaz y desenfadada, hacernos ver que la sociedad no tiene el arreglo que nos gustaría. Las notas a pie de página forman por sí solas un segundo libro, en principio mucho más real que la ficción de nuestro terapeuta, y sin embargo, a veces no se distingue bien el chiste o el chascarrillo de la noticia.

Estructuralmente, Homo erectus se divide en tres partes: El libro primero: Evolución, está compuesto por 43 capítulos en los que se repasa el proceso sexual del ser humano en una sociedad que también ha avanzado. Partiendo de una base científica, se razona sobre la forma de ser del hombre y la mujer desde la prehistoria; cómo curiosamente ésta está preparada para tener el orgasmo más retrasado que el hombre, por el sencillo hecho de poder asegurarse el embarazo tras varios coitos sucesivos, debido a que el mono ancestral sólo copulaba cuando la mona estaba en celo, en el periodo de ovulación.

Una vez que se va desarrollando el cerebro, el mono quiere asegurarse de que la progenie le pertenece, por lo que sale a cazar mientras la mona guarda la prole y se encarga de todo lo demás. Ha nacido la familia y, desde siglos, la mujer ha venido soportado cualquier capricho del marido por miedo al abandono, debido a la falsedad, tanto tiempo en marcha, de que el hombre era más inteligente porque su cerebro pesaba más «El de la mujer es algo menos voluminoso que el del hombre, pero sus dos hemisferios presentan un 30 por ciento más de interconexiones nerviosas, lo que determina mayor operatividad y una media de inteligencia ligeramente superior».

La mujer había de tener cuidado; todavía hoy, desgraciadamente, porque lo que es cierto es que el hombre es más fuerte, y si ella topaba con un «macho alfa, debido a su tosquedad mental, se rinde y cede o [...] zanja la discusión con un tortazo».

En fin, debido a las diferencias físicas, psicológicas e intelectuales, el estado del matrimonio es peliagudo porque lo que a las mujeres les gusta, a los hombres no tanto «La extraordinaria inteligencia emocional de la mujer capta pequeños detalles, sutiles señales, imperceptibles cambios emocionales, descifra el lenguaje corporal, advierte afectos y desafectos. Los hombres, mucho me temo, carecemos de esas cualidades».

La testosterona es la causante de que durante la juventud el hombre sea más agresivo, cuando disminuyen los niveles se debilita la agresividad. La progesterona y los estrógenos son responsables de mayor grasa corporal en la mujer y de la sensibilidad excesiva sobre todo durante la ovulación, por eso, si un matrimonio sabe adaptarse a las diferencias logrará funcionar relativamente bien. A partir de ahí, de la base científica, la irreverencia se mezcla con la acidez para convertir todo el razonamiento en una lectura ágil, agradable y divertida. Algunos capítulos empiezan con chistes, sobre todo si la reunión tiene lugar en el bar, que aunque suelen ser malos imponen una sonrisa al lector «—Madre-de-siete-hijos, ¿tienes preparada la cena? —Aquí la tienes calentita, Padre-de-cuatro-hijos». Otros sucesos, sin embargo, son tan divertidos que no estamos seguros de que hayan ocurrido realmente, aunque ya se sabe: la realidad supera a la ficción en muchas ocasiones «Es notorio [...] la mamá del que hace de Niño Jesús intimó con uno de los padres presentes genéticamente superiores a su marido [...] Las monjitas comenzaron a cantar “Dime niño, ¿de quién eres?” [...] —Vámonos hijo, que son todas unas bichos».

Cuando Romualdo Holgado alude irónicamente a los engaños matrimoniales y al posible amante, aún no estaba la LOMCE, de ser así, los mejores colegios se hubieran convertido en colegios privados multilingües desde parvulario, para aquellos amantes que pretenden hacer creer a la mujer objeto de su deseo que «su marido no la merece, “Incluso tus hijos están mejor conmigo, seré como un padre para ellos y los matricularemos en los mejores colegios, nada de LOGSE analfabeta”».

Sin embargo hay capítulos que, más que humor, o datos científicos, son un compendio de normas para las parejas que, aunque evidentes, no viene mal recordar a menudo, o saber: El beso o morreo (capítulo 24), El clítoris y el punto G (capítulo 27) y Rutinas de mantenimiento (capítulo 33).

En esta evolución, el hombre ha ido subiendo con celeridad hasta llegar a lo más alto del mal llamado patriarcalismo, vulgarmente machismo, para caer no tan de repente como a él le parece, pues la mujer también ha ido evolucionando aunque más despacio, y se ha dado cuenta de qué es lo que se espera de ella en la sociedad «conservar la apariencia de una veinteañera genéticamente idónea para la procreación que atrae al macho proveedor-protector», por lo que, como al final eso es imposible decide, la que puede, dejar a su marido. Así se ha formado el club de las segundas esposas.

El segundo libro: Revolución, lo componen 18 capítulos, del 44 al 62, en los que la importancia recae sobre todo en la mujer y, como su nombre indica, en la revolución que ha ido emprendiendo desde que fue consciente de su valía. Es curioso que el capítulo 44 comience con una expresión que va tomando más fuerza cada día en el significado, tanto literal como metafórico «¡Las mujeres se nos han encimado!»; de hecho la palabra va siendo sustituida por el préstamo empowerment de las feministas americanas.

Creo que en esta parte, más si cabe que en la primera, es en las expresiones de algunos personajes de la tertulia o de su consulta, o en las notas a pie de página, donde el humor toma más fuerza «Quieren que seamos o todos moros o todos cristianos5. O sea no aceptan que el orden natural, de toda la vida ha sido que les exijamos fidelidad sexual mientras nosotros dispersamos nuestros genes por todo el hembrerío.
5 Es un dicho que no tiene más alcance, pero si lo tomamos al pie de la letra va a ser que todos moros, por ese camino vamos»

Es cierto que el recuerdo de los años 60 nos hace sonreír, ¡qué lejano lo vemos! «exigieron cocinas alicatadas hasta el techo con un fridge y horno para guardar sartenes»; la mordacidad de los comentarios no quita un ápice de verdad; al menos en la mayoría de casos, aunque la mujer tuviese cocina con horno, seguía llevando los asados a la panadería más cercana. Pero en realidad el día a día funcionaba de otra manera y, como casi siempre no fueron los españoles, sino en este caso los norteamericanos, quienes se dieron cuenta y lo dejaron por escrito «Si la sociedad española posee un mínimo de estructura, lo debe a los esfuerzos y sufrimiento cotidianos de las mujeres españolas [...] en caso contrario sería un paisaje de insensata anarquía (España pagana. R. Wright, Pléyade, Buenos Aires, 1970)».

Donde encontramos más acidez es en lo relativo a nuestra época, ¿es que no hemos cambiado tanto como creemos? ¿o es que, en nuestra evolución hemos experimentado una regresión? «—¿Cómo voy a darte tetas y culo —protesta la Naturaleza hecha un lío— si las tetas y el culo son acumulaciones de grasa y tú insistes en mantenerte esquelética».

A lo largo de todo el libro hay fotos y láminas —miserables algunas de ellas— que recogen visualmente el terrible testimonio de varias épocas de la Edad Contemporánea; después de verlas nos quedamos bloqueados al llegar a la conclusión de que hoy experimentamos nuevas situaciones desastrosas por satisfacer el instinto antes que el cerebro «Gracias al turismo sexual, enfermedades que se consideraban erradicadas en Occidente, la sarna entre ellas, han regresado».

Las reflexiones sociales nos ponen en nuestro sitio; es cierto que la vida hay que tomarla con humor, pero determinadas condiciones aberrantes se siguen dando actualmente y no hacemos lo suficiente por eliminarlas, como la ablación del clítoris de culturas «supuestamente respetables distintas a la occidental», como permitir que las niñas occidentales irrumpan en el mundo adulto maleadas, gracias a internet, o como aprobar que la mujer de hoy siga estando obligada a «embutirse en tallas inferiores de las que necesitan» para sentirse integrada en una sociedad que no ha dejado aún que la mujer sea valorada por lo que es y no por su aspecto físico. Con el sexo, tanto en hombres como en mujeres, sucede algo parecido, queremos ser tan perfectos que al final caemos en el hastío por comparación.

Homo erectus es un libro recomendable, yo diría que desde la adolescencia, no perdemos la sonrisa, incluso caemos a veces en la carcajada, pero tampoco perdemos el punto de vista mordaz que Eslava Galán siente ante los humanos en general, algunas instituciones, como la Iglesia, quedan denostadas sin problema, «...no podía practicar su afición los domingos y fiestas de guardar dado que, a la hora en que la comunidad travesti celebraba sus saraos, él tenía que estar oficiando para los feligreses de su parroquia» y ante las incongruencias particularísimas de muchos de nosotros, más de los que pensamos, no sólo de los que están cara a la galería, de ellos hay citados ejemplos de Tita Cervera, Isabel Preysler o Ana Obregón, quien como «ha observado agudamente: “Fíjate que las más tontas tienen a los listos más maravillosos y las listas e independientes están solas.” En efecto, tú que te creías tan lista y que siempre has tenido hombres con los que “salir” descubres, de pronto, que has alcanzado cierta edad y no tienes un hombre con quien “entrar”»; también el español de a pie debe olvidar sus fanfarronadas y conectar con mujeres rusas o latinas, vía internet porque «la mayoría tienen alguna tacha que les impide acceder por una vía normal».


La tercera parte, el Apéndice, son datos reales, escalofriantes y humillantes en los que queda constancia del machismo imperante desde las sociedades ancestrales hasta las actuales. Es cierto que hemos cambiado (y mucho) en las formas, pero en el fondo siguen dándose situaciones que están desamparadas por las leyes, o las ignoran, tanto humanas como divinas.

sábado, 18 de junio de 2016

TÚ ERES LA PAZ

Tú eres la paz es una novela escrita en 1906. El título parece estar sugerido por Juan Ramón Jiménez; el argumento es, básicamente, la historia de amor de Ana María y Agustín; una historia muy al uso de los melodramas de la época en los que la mujer de una determinada clase social, abnegada y fiel, no debía en ningún momento mostrar enfado por acontecimientos contrarios a sus deseos o expectativas.

Tras una historia familiar truculenta, poblada de enfermedades y muertes, los primos Ana María y Agustín son los que sobreviven y quedan a cargo de la abuela, quien decide que por lo mucho que se quieren deben continuar en la casa y formar un matrimonio. Pero Agustín, antes de la boda, viaja por Europa para estudiar y practicar escultura. Ana lo espera durante años, y al volver ha cambiado la situación. Agustín ha tenido un hijo con Carmelina, una bailarina que los ha dejado a ambos. Ana María no culpa a su prometido, acepta lo ocurrido y se lo oculta a la abuela pues estaba a punto de morir. Una vez que fallece, los primos permanecen en la casa guardando el “luto”. Durante unos días Agustín se comprometerá con Ana y Carmelina alternativamente, hasta que se da cuenta del amor que siente hacia su prima, con quien finalmente se casa.

Indudablemente el título alude a Ana María, la típica mujer que aguarda a quien el destino, la familia o las circunstancias ponen en su camino para desposarla. Debe esperar el tiempo necesario hasta que el supuesto enamorado se digne a dejar sus correrías —necesarias en el hombre— y decida tomarla por esposa. Y evidentemente el argumento apunta a la tópica historia moralista cuya finalidad no es otra que enseñar el comportamiento a una mujer decente y cristiana. Todos los sufrimientos concederán después su recompensa —aunque hoy nos cueste adivinar cuál es—, mientras que un proceder alocado, frívolo y pecaminoso tendrá su castigo; la mujer irreflexiva no será perdonada, al contrario que el hombre, por eso Carmelina queda excluida del paraíso español.

«He aquí que me siento socialista; terreno peligroso y que me apresuro a abandonar; [...] como elemento decorativo no hay nada que se parezca a la realeza. ¡Si vieras qué triste figura hacía en París inaugurando una exposición el señor presidente, vestido de frac y rodeado de señores tan negramente ataviados como él!»

El lector se entera del argumento a través del narrador, testigo a veces,

«quédase de rodillas mirando a la señora y le habla ¿Qué le dice? ¡Quién sabe! Cosas pueriles y dolorosas; tal vez le da quejas por haberse marchado a los cielos dejándole en tanta vejez y soledad»

omnisciente la mayoría del tiempo

«¡Qué sería —piensa al oírle Ana María— si todas las almas que están despiertas dijeran a cada hora su emoción como esos relojes»

La voz narrativa desaparece para dejar paso a alguna página del Diario de don Francisco Estrada, poeta enamorado de Ana María, que ayuda a conformar la descripción de la protagonista «Está más pálida y debe haber llorado mucho. El dolor, cosa peregrina, la rejuvenece, tal vez porque las lágrimas han dulcificado la fiera acometividad de sus ojos...»

Y otro recurso, usual desde el Romanticismo son las cartas que escriben algunos personajes a otros, para que puedan seguir los acontecimientos. Así el lector se hace una idea del carácter

«Agustinito: Recibo tu carta cuando esperaba recibirte a ti; tú te lo pierdes [...] si a vuelta de correo no estás aquí tomo el tren, alma mía, y vuelvo a visitarte en tu jardín encantado»

«Te quiero más que nunca. Salud. Dime a qué hora llegas, y saldré a esperarte [...] Dicen por aquí que heredas millones. Si es así te felicito y me felicito. Hasta pasado mañana, ingrato. —Carmelina.»

En cualquier caso es una novela lenta, plagada de un sentimentalismo almibarado que en ocasiones cuesta digerir; incluso los diálogos son en su mayoría alegóricos. Nada ocurre de forma clara entre los protagonistas, no se hablan sinceramente, guardan sus sentimientos por orgullo como si decir la verdad supusiera una humillación.

Novela realista que no hace sino acrecentar la intransigencia e incultura de cierta burguesía española de principios de siglo

«—No digas —interrumpe la abuela, indignadísima— que mi jardín te recuerda nada a aquella tierra (Londres); con aquellas nieblas, aquel trajín y aquel humazo. Dicen que hay días que no amanece.»

y por supuesto, la inocencia e incultura del proletariado

«De veras asusta —dice Manuela— pensar que hay un país donde nadie le llama al pan, pan.»

El papel de la mujer honesta, relegado casi hasta la desaparición, contrasta con el de aquélla que intenta salir del rol clásico y que no puede ser otra cosa que una insensata egoísta. Así, mientras Ana Mª se adapta a los quehaceres de Agustín «Agustín ha encendido un cigarro, y Ana María sigue con interés el subir perezoso de las columnitas de humo», Carmelina busca su propio interés que va, por supuesto, dirigido a hacer daño a todo aquél que no le dé la vida disipada que quiere «sin duda el plan no es malo; entre la borrasca de sollozos Carmelina oye cómo Agustín se pone en pie, [...] cómo [...] se va aquietando; cómo le pone la mano en el hombro. Casi se le escapa un grito de triunfo.»

Sin embargo, todo sufrimiento cristiano tendrá su recompensa, y no sólo en el más allá; Ana Mª consigue, sin hacer absolutamente nada, sin luchar por el hombre que quiere, que Agustín se dé cuenta del verdadero valor de la vida y la elija por fin a ella, justo antes de partir a Madrid en busca de Carmelina quien, también en el último momento y siguiendo con su modo disoluto y cuestionable de vivir, encuentra otro hombre millonario que convenientemente se casará con ella en Nueva York.

Todos los personajes quedan conformes con su final, algo apresurado; prácticamente desaparece el narrador y nos enteramos del desenlace por el “diario de don Francisco
Estrada, poeta” y por la carta de “Ana Mª Aldana a Juanita, su amiga”. Del primero sabemos que dicho poeta, enamoradísimo de Ana Mª, acepta, con gratitud incluso, la boda de Ana Mª con Agustín y no se permite pensamiento ofensivo hacia ella, tal es la felicidad que derrocha. Por la carta conocemos cómo prepararon la boda de un día para otro, de ahí que no hubiera invitados, cómo decidieron hacerse cargo del hijo de Agustín y Carmelina, cómo comieron casi en familia y partieron por España a París y Londres; por supuesto remarcando a nuestro país como extraordinario y la capital del amor, decepcionante: la pobreza y vicio de Montmartre, el tedio del palacio de Versalles, la justificación de la guillotina de Mª Antonieta por haber dilapidado, la maravilla del Louvre porque alberga a Velázquez, Goya y el Greco...

Estoy convencida de que este pensamiento chovinista va unido no tanto a la época como al analfabetismo (papel que la mujer acató con gusto) «Por mucho que pueda saber la mujer, es preciso que guarde un rinconcito de ignorancia donde el marido pueda ser maestro; cada cosa prendida es un lazo entre quien la aprende y quien enseña; hay mucho agradecimiento y una dulce misión: el orgullo del hombre halla satisfacción cumplida en ir iluminando una ignorancia de mujer.» Creo que aquí sobran los comentarios. La pena es que la novela, escrita por la mujer del supuesto famoso escritor, está plagada de sumisión y aceptación de inferioridad, incluso de alegría «Acabo de cumplir veinticuatro, y esto, que soltera es casi vejez, casada puede parecer juventud extraordinaria; además el trato con los hombres rejuvenece a las mujeres y desde que estamos aquí, Agustín, que no es nada egoísta, me ha presentado a bastantes de sus amigos.»

Me niego a pensar que esta novela esté escrita por María de la O Lejárraga, a no ser que su marido, Gregorio Martínez Sierra, el firmante de toda la obra de su primero mujer, luego exmujer, la obligara a redactar novelas dirigidas al público femenino con el propósito de mantenerlo sin ganas de pensar, feliz y satisfecho con lo que la vida, España, le puso delante, encerrado en su casa de muñecas.


Según un estudio de Roberta Johnson, Tú eres la paz sería escrita cuando se inició el triángulo amoroso entre María, Gregorio y la actriz Catalina Bárcena. Según la propia escritora afirmó, Ana Mª representa la liberación femenina de su época. Es cierto que la protagonista es el alter ego de su autora. Es cierto que hay una similitud entre la vida de ambas, la desesperación, y el vaivén amoroso del hombre (parece ser que María Lejárraga intentó suicidarse al enterarse de la relación entre la actriz y su marido), pero encuentro una diferencia fundamental que hace que Ana María no me diga nada y María suponga un referente: El final de la protagonista es el matrimonio y un plan de felicidad mutua (¿fruto del interés de la autora para ella misma?) y el final de María fue la separación, el activismo político, la formación de la mujer, la independencia. Esta diferencia ha causado mi sorpresa; probablemente la novela fuera escrita “para dar gusto al público”, de hecho fue un best-seller en la época, como también lo fue Canción de cuna, escrita en 1911 y llevada al cine hasta en cuatro ocasiones (en Hollywood, Argentina y España). Su labor como escritora culminó con la creación de dos libretos a los que Falla puso música: El amor brujo y El sombrero de tres picos.