lunes, 8 de abril de 2024

MADRE MÍA. LAS MADRES EN LA FICCIÓN

Los tiempos están cambiando, afortunadamente, aunque es cierto que para las mujeres aún deben dar un giro definitivo. Esto es algo que observando el día a día tenía claro pero, gracias a Babelio y su última Masa Crítica, al leer el ensayo de Alicia Pérez Gil, me he dado cuenta de que en televisión, al menos, y en ciertas obras literarias, el papel de la mujer pide a gritos un cambio.

He de confesar que, al pedir el libro, me equivoqué; leí “es una recopilación de relatos” cuando en realidad ponía “retratos”. Pero no me ha decepcionado, al contrario, ha entrado en mi mente como una corriente que espolea para que sea consciente de algo en lo que no me había fijado. En ¡Madre mía! Las madres en la ficción, se incide en la uniformidad con que somos tratadas las mujeres una vez convertidas en madres; el papel cambia sustancialmente, no así el del padre, que puede mantener su rol infantil, el mismo que sus hijos, o despreocupado porque hay cosas que indiscutiblemente las sigue haciendo la madre, «Esos reflejos dejaban muy claro que todas las mujeres son madres y que, de alguna manera, ser mujer-madre elimina la posibilidad de ser mujer-persona […] Las mujeres de ficción solo son personas cuando eligen de manera activa no ser madres».

La madre real educa, organiza el hogar e incluso trabaja fuera de casa… Y tiene dudas sobre si se está equivocando. Si esto es así, mejor que no vea la televisión porque las madres de ficción son abnegadas, completamente dedicadas en cuerpo y alma a sus hijos, o son malísimas, en el caso de que hayan mantenido una actitud egoísta al seguir pensando en ellas; conducta con la que han traumatizado a sus hijos llevándolos a convertirse en psicópatas o asesinos de mujeres, fruto del odio hacia ellas por el maltrato o el abandono recibidos.

En cualquier caso, la madre real se desmoronará al ver el papel que la ficción le ha otorgado en las series, películas o novelas, tanto si refleja una sumisión completa a las necesidades infantiles, que dista mucho de su comportamiento, como si refleja un empoderamiento que luego redundará en la felicidad de su progenie y de sus desdichas. Siempre será ella la culpable.

Como bien señala Alicia Pérez Gil, esto ha sido así desde siempre porque se trata de una cuestión cultural. No cabe duda de que a la mujer, a lo largo de la historia, se le han negado oportunidades, espacios o incluso la identidad, sin tener en cuenta su papel creador, protector y transmisor de cultura. Porque a la mujer se la ha relegado a una cultura popular, tradicional, en la que ella era cuidadora de aquellos a los que había dado a luz o de quienes la habían traído al mundo y ya no podían valerse por sí mismos. La mujer pues, ha tenido un papel primordial en el hogar y, le gustase o no, era lo que tocaba. Romances, leyendas, cuentos, mitos, refranes conforman nuestra cultura, nuestra estructura de pensamiento y sentimiento. Esta es la cuestión cultural, «Pertenecer a la misma cultura significa que una persona es capaz de expresarse mediante un corpus determinado de palabras de manera que otras puedan comprenderla […] Sin lenguaje no habría madres, ni mujeres ni hombres». Pérez Gil viene a decir que nuestra lengua lo ha determinado todo, sin ella no existirían los conceptos, los conceptos que regulan nuestra mente.

Pues por eso, precisamente, creo que cuesta tanto despojarse de estos papeles, asumidos, que tiene la sociedad de la mujer y del hombre.

Sin género de duda, a esa tradición debemos la cultura de la mujer relacionada con la naturaleza, que ha supuesto avances en medicina, farmacia, botánica o jardinería. Creo que este ensayo reclama esa parte como importante en la ficción.

Aunque en la realidad se hayan dado pasos para conseguir avanzar y que la mujer logre beneficiarse de mejoras en materia laboral y cultural, la ficción parece estancada en clichés que ni siquiera están basados en la realidad, sino que parten de la imaginación de hombres, probablemente por miedo a quedarse sin la protección, la sumisión y la libertad que la mujer les brinda al quedarse en casa.

En la ficción, las mujeres trabajan fuera de casa, son abogadas, juezas, médicas… y llegan a tener éxitos comparables a los de los hombres. Pero en el momento en que son madres se transforman.

Estamos cansados de ver cómo los estereotipos que «han llegado a las pantallas y a las estanterías contribuyen a generar, establecer, mantener y justificar el patriarcado».

Hoy, en la sociedad actual, muchas mujeres deciden no ser madres, sin embargo «En la ficción todas las mujeres son madres: madres futuras, madres sin hijos, madres buenas, malas madres».

Está claro que la ficción se deja llevar por esa cultura popular creada, a través del lenguaje, por el hombre; por eso se espera que su fin sea la maternidad. Apenas sabemos de los trabajos de la mujer en la prehistoria exceptuando el papel de creadora y cuidadora de sus hijos pequeños, en el cine de temática prehistórica «aparecen gran cantidad de personajes masculinos y muy pocos femeninos»; esto ha afectado a la brutalidad con la que se ha tratado a la mujer en películas, chistes, cuentos que «reproducen una imagen archiconocida: la del hombre que arrastra por el pelo a una mujer».

El concepto de fuerza y determinación en el espacio exterior ha calado en la concepción de supremacía masculina en las diferentes sociedades. Y es muy curioso, incluso gracioso, que las mujeres, ficticias, que aparecen adopten un papel erótico antes de ser madres (Raquel Welch en Hace un millón de años), sumiso siempre y violento solo cuando han de defender a sus hijos (Parque Jurásico).

Con el paso del tiempo, en la Edad Antigua o Media, la mujer seguía cuidando a los niños pequeños pero los varones, sobre todo los de buenas familias, eran separados de sus madres a una edad temprana para ser educados por hombres competentes. Las niñas podían quedarse en casa con ellas. Puede que, como consecuencia de esto, los mitos de Grecia, Egipto, Roma escritos —supuestamente— por hombres, hayan dejado un poso de culpabilidad en la mujer, «Pandora, la primera mujer humana, es creación de los dioses y tiene un único propósito: castigar a los hombres por haber robado el fuego».

También los cristianos tienen a Eva, condenando a Adán a sufrir y trabajar y a ella misma a parir con dolor. En fin, estereotipos interpretados por hombres que nos dejan pocas opciones o una: atraer a los hombres sexualmente para ser castigadas.

Ya advirtieron los grandes filósofos, como Aristóteles o Jenofonte, que la mujer estaba “hecha” para procrear. ¿Es por eso que ha calado tan hondo?, ¿por lo que en la ficción, la mujer que no tiene hijos «se amarga y se vuelve loca»? La pregunta queda ahí, para que reflexionemos sobre por qué tantas mujeres en el cine han sido causantes de raptos, asesinatos o maltratos cuando se les prohibía tener hijos. Por qué tantas otras se han visto sobrepasadas física o mentalmente al intentar compaginar trabajo fuera y dentro del hogar, pensemos en Glenn Close en Atracción fatal, Rebeca de Mornay en La mano que mece la cuna, Charlize Theron en Blancanieves y la leyenda del cazador o «Blonde (2022), el pretendido biopic sobre Marilyn Monroe en el que se hace hincapié, de forma brutal y en absoluto piadosa, sobre los abortos espontáneos que sufrió y cómo eso afectó a su estabilidad mental».

Y ya puestos, podemos razonar por qué las que exclusivamente son amas de casa mantienen un equilibrio perfecto y cuidan de sus hijos sanos y perfectos «Los ejemplos en los que la relación entre marido y mujer se basa en los sacrificios de ella para que él esté satisfecho, son incontables». Y eso se lo debemos a la Iglesia; los Padres de la Iglesia trasladaron la sumisión de María a Dios a la sumisión de la mujer al hombre. Y ahí se mantienen, afianzando los papeles de mujer-madre sumisa, hombre-dios poderoso.

En fin, Alicia Pérez recuerda que entre todos, con el lenguaje, podemos cambiar la cultura y la tradición, y es necesario. No debemos, ni podemos eliminar lo andado hasta hoy, ni en la realidad ni en la ficción, pero sí podemos transformarlo. Hemos evolucionado y hoy podemos ver y leer historias ficticias de familias monoparentales, con dos madres, con dos padres, «con mujeres trans en el papel de madres con ambiciones, con relaciones adultas, con conflictos ajenos a los que se derivan del cuidado de los hijos». Así que la autora nos pide que leamos, veamos y, sobre todo, pensemos cuándo esos retratos están basados en la actualidad y cuándo representan un sesgo para las mujeres.

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