Mostrando entradas con la etiqueta Las sinsombrero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Las sinsombrero. Mostrar todas las entradas

jueves, 17 de noviembre de 2016

TEA ROOMS. Mujeres obreras

Sorpresa, más que agradable, al leer Tea rooms. Mujeres obreras. El contraste del título es el que vamos a encontrar en la novela. Tea Rooms evoca la modernidad del idioma, lo exótico de la bebida, poco usual en España y una cierta distinción al sugerir una habitación exclusivamente destinada para el sosiego y la charla agradables. Inconscientemente acuden a la mente largas tardes en las que la conversación cotidiana nos hace cómplices al recoger anécdotas o contratiempos de un círculo cercano. Toda esta  exquisitez se desvanece como el humo del cigarro que coronaría tea rooms para mezclarse con otro más denso y grasiento que envuelve la cocina de la que saldrán los pasteles, el chocolate, el té. Un humo que oprime hasta que, esas mujeres obreras que completan el título, quedan empequeñecidas, anuladas por una modernidad que no parece tenerlas en cuenta.

Luisa Carnés es un misterio más de esta España que olvida pronto. La escritora tuvo éxito en su momento, pero una vez exiliada, su obra desapareció de nuestro país y no llegó a formar parte del elenco de escritores de la generación del 27 pese al elevado número de novelas y cuentos escritos tanto en España como en México, y que despertaron bastante interés y sensibilidad en su público coetáneo. Otro ejemplo de mujer invisible. Otro ejemplo de mujer inteligente y comprometida que queda olvidada en una sociedad patriarcal, machista, que teme perder su posición privilegiada.

Tea rooms cuenta, con una narrativa rompedora y vanguardista, una parte de la historia de Matilde, una mujer joven que sufre las crisis socioeconómicas y políticas de principios del siglo XX. Crisis que fueron despiadadas con la gran mayoría del pueblo español, el obrero, y especialmente crueles con la mujer, puesto que será ella la más explotada y humillada aun por la propia mujer.

Matilde no tiene apellidos, está a medio identificar. Tampoco lo tienen, ni les hace falta, Laurita, Marta, Paca, Antonia. Desde que Matilde entra a trabajar en la pastelería pasa a ser “la joven” o “una”, como el resto de compañeras sin identidad «una, a lo suyo» «a ver, una al teléfono»; no son mujeres «aquí no son ustedes más que dependientas», y así son tratadas, sin una pizca de sensibilidad o humanidad. Hay una curiosa diferencia con los empleados, ellos sí tienen apellido; aunque oprimidos no se les priva del todo de una personalización; encontramos al camarero Cañete o al cocinero Pietro Fazziello. Pero no nos equivoquemos, tildados con apellidos sufrirán consecuencias parecidas a las de las chicas si no se atienen, ellos o sus familiares, a la voz del que manda. En el caso de Cañete, sus flirteos con la encargada llevarán hasta la pastelería a su mujer, otra innominada que, como si de un objeto se tratara, pierde hasta el nombre en la sociedad, una vez casada: «la mujer de Cañete». La mujer de Cañete acude allí a denunciar a “la otra” delante de todos por intentar robarle a su marido. Ni por un momento se le pasa por la cabeza que pueda ser él el culpable de la situación «¡Que lo sepan todos que esa mala mujer está robando el pan de mi hija! ¡Esa puta! ¡Una tía golfa!».

No hay sentimientos en el mundo obrero. Es un ambiente que oprime, que despersonaliza, que embrutece. No hay lugar para lamentaciones o denuncias o exigencias; la impotencia es lo que caracteriza a los obreros, paralizados por el miedo y por no saber qué hacer «Fazziello golpea sobre los bloques de hielo lentamente. De pronto, se sienta en el último peldaño de la escalera y llora».

Hay en la novela una certera crítica social dirigida a esa clase acaudalada que temerosa de perder su estatus intenta quitar de en medio a quienes puedan arrebatarle sus privilegios a través del estudio y el razonamiento, por eso «el “ganso” con sus raquíticos once años, aprende a comprar el periódico a las siete de la mañana, a abrirlo por la página de anuncios [...] y [...] a mentir «Tú cuántos años tienes?. Catorce». Y se critica sobre todo a una sociedad con muy poco interés en alfabetizar a la mujer, que sigue «cultivando la religión y soñando con lo que ella llama su “carrera”: el marido probable».

En Tea Rooms observamos una reivindicación social del obrero, pero ante todo de la mujer «Es necesario que las compañeras de trabajo que no estén asociadas se asocien inmediatamente». Si no aflora una conciencia de clase nunca dejarán la miseria, y la miseria las hace miserables «la miseria amodorra tu pudor en esta ocasión», las embrutece «En la búsqueda, un vestido rosa cae sobre un papel pringoso y allí se queda» y les anula cualquier vestigio moral «del modo más indiferente y discreto posible, se agacha e introduce el dinero en uno de sus zapatos».

Luisa Carnés denuncia, con una lucidez y claridad espectaculares la situación de la mujer de principios del XX, una mujer que siempre dependerá de algo o alguien para subsistir, de quien raramente se aceptará algo de autonomía.

Esta circunstancia viene expuesta de la mano de las protagonistas de la novela como si entre todas formaran una sola, como si conformaran a la mujer que, como Antonia, debió ocultar su estado de casada, hasta que enviudó, para que no la echasen del trabajo. O como la clienta que no es servida por el camarero hasta que «solicitaba con los ojos al esposo un signo de aprobación». O como la mujer de Cañete a quien ya se lo dice su marido «ocúpate de tu hija»; el resto de asuntos, incluidas las infidelidades, son cosa del hombre. O como Laurita, muerta a consecuencia de un aborto clandestino por temor a que su novio la rechace. O como Marta, que «se ha echado a la vida» al ser despedida por robar dinero de la caja para comprarse unos zapatos. Entre todas modelan a la mujer resignada que acepta unas condiciones laborales infrahumanas, unas condiciones que, por malas que sean, siempre serán mejores que quedarse en la calle porque, en el fondo, no pueden hacer otra cosa, no están acostumbradas a pensar. Matilde, la protagonista, recapacita y sabe lo que quiere y no se va a conformar con menos. Exige de la vida un trabajo digno y poder elegir al hombre que quiera, no conformarse con el primero que le pida relaciones. Ambiciona una vida libre, lejos del «embrutecedor trabajo doméstico».

Pero si la lectura se hace interesante al conocer la vida de la España del siglo XX, y casi del XXI, no es menos enriquecedora la narración. Destaca la importancia del narrador que, unas veces es omnisciente, sobre todo cuando expone algún monólogo interior o pensamiento de un personaje «Parece que he estado inspirada, piensa Antonia». Otras veces funciona como narrador testigo «En cuanto a Paca, ¡oh!, esa, con su cara pálida y humildita de beata, cualquiera adivina lo que piensa». Y siempre aporta amenidad a lo narrado, bien mezclando sucesos de forma abrupta o directa para cambiar de tema «Se habla de elevar una queja a la dirección. Probablemente, todo se quedará en palabras. Otra cosa: ingresará en el establecimiento una ahijada del propietario», bien realizando incursiones en la propia narración «le ha valido desde el primer día el respeto de la encargada: “Esa escuerzo” (Antonia es mucho más comedida para colocar adjetivos...)».Incluso, en ocasiones, el narrador se apropia de la voz de Matilde «Matilde va a la cabina lentamente [...] “El que se vaya puede darse por despedido”. Y todas las cabezas [...] se agachan medrosas». Pero aun cuando predomina una narración externa la variedad de técnicas y recursos es admirable.

Los diálogos pertenecen a la modalidad oral, con oraciones incompletas o con localismos, como el laísmo tan típico madrileño, que acercan al lector al ambiente del pueblo «ya ve, Antonia, con quince años en la casa y ganando un duro... y callandito» «la han salido bien las cuentas». Asimismo las onomatopeyas -rrrr-, chist aportan frescura a la narración. Sin embargo encontramos palabras cultas hálito, apotegma, dilecto, conterráneo, préstamos de otras lenguas que se unen al lenguaje vulgar en un sugerente contraste «Cocktail... Ahí va, coño ¿dónde tienes los ojos» «Por diez jodíos reales que gana una [...] los sandwichs [...] como pudding». Y un vocabulario relacionado con los avances modernos, con la tecnología o la ciencia que aporta tintes vanguardistas, incluso surrealista a veces; la personificación del cine frente a la despersonalización de los niños aporta una imagen incitante: «donde comienzan a evolucionar los verdes y blancos del cinema de enfrente [...] han aparecido [...] varias cabezas greñudas y numerosos ojos sin color.» Asimismo la importancia de lo básico queda remarcada en la personificación de los zapatos, que adquieren la personalidad contrastiva de quien los lleva «los zapatos torcidos avanzan rápidos, suicidas, mientras que los zapatos impecables subrayan un paso estudiado, elegante».

La singularidad de las obreras desaparece, todas son una o simplemente cosas «no es más que un aditamento del salón»; mujeres embrutecidas que han  asumido su animalización «Mientras lava, gruñe» «¿Qué harán esas burras?» o su invisibilidad; de ahí que los diálogos señalados no lleven el nombre de quien replica. Da lo mismo. La mujer no tiene voz, no es esencial saber quién dice qué porque lo más probable es que no tenga importancia

—Tanto postín
—Yo me alegro
—Pues vaya una ventaja...
—Bueno, pero de todos modos, me alegro...
[...]
—¡Chist!
—No me da la gana callar...

Y sin embargo, calla; no puede replicar en el trabajo porque será despedida y no puede participar en conversaciones culturales porque no ha tenido tiempo o interés en preocuparse. Se autoexcluye. Sus problemas son mucho más básicos «Antonia no entiende nada de esto. ¡Qué ganas tienen estas gentes de sofocarse!» El estilo indirecto libre aporta un tinte fresco a la narración, el relato cobra agilidad, así como las frases cortas y las nominales que, sutilmente dan una idea del desconcierto en el que están inmersas las protagonistas; no hay tiempo para sentimientos, lo fundamental es la esencia de las cosas; los momentos de dolor se acortan, como si la mujer no tuviese tiempo de compadecerse. Cuando surgen adjetivos suelen ser valorativos consiguiendo de nuevo acentuar el contraste en el que vive la mujer. Por un lado la modernidad no le aporta el más mínimo consuelo «Marta despacha torpemente [...] se siente muy sola. Átomo en medio de una apretada muchedumbre...». Por otro el surrealismo que envuelve determinadas situaciones adquiere tintes naturalistas que ahondan en el miedo y la desesperación «Enfrente está la encargada, con una fría sonrisa en los labios delgados. Se le ven unas encías descarnadas y pálidas». Las metáforas opresivas contribuyen a intensificar los momentos de monótona tensión «El sopor agobia y sobre los párpados pone plomo el calor. Los ventiladores zumban».

Y, para dejar constancia de que no caben sentimentalismos, la narradora rodea de números a las trabajadoras. Números premonitorios, agoreros «la fecha del día, un negro 13». Números amenazadores «y callandito. Ya hay veinte en la puerta». Números controladores «—Oye Matilde: ¿tú no has visto el regalo? —...treinta, treinta y una —cuidado, está mirando—, treinta y dos, treinta y tres...». Números opresores «—Catorce pesetas kilo —¿Así que, cuarto de kilo valdrá? —Tres cincuenta» —¿Y los cien gramos? —Una cuarenta».

Pero en toda esta miseria hay algo enternecedor; en las descripciones costumbristas encontramos pinceladas de humor «la señora pide una naranjada, y al niño un pastel de crema. No, a mí, un bocadillo de jamón y un vaso de leche. La madre aprueba [...] pero cuando el camarero se aleja le da al chico un puntapié por debajo de la mesa».

Y encontramos ironías denunciantes «intervino la fuerza pública, disparando “al aire” y ocasionando dos bajas entre los obreros».

La pena es que tanto el humor como la ironía certifican más la miseria de un pueblo que, de forma preocupante, se sitúa más cercano a la actualidad de lo que deseáramos.


¡Chapeau! por esta sinsombrero.

sábado, 18 de junio de 2016

TÚ ERES LA PAZ

Tú eres la paz es una novela escrita en 1906. El título parece estar sugerido por Juan Ramón Jiménez; el argumento es, básicamente, la historia de amor de Ana María y Agustín; una historia muy al uso de los melodramas de la época en los que la mujer de una determinada clase social, abnegada y fiel, no debía en ningún momento mostrar enfado por acontecimientos contrarios a sus deseos o expectativas.

Tras una historia familiar truculenta, poblada de enfermedades y muertes, los primos Ana María y Agustín son los que sobreviven y quedan a cargo de la abuela, quien decide que por lo mucho que se quieren deben continuar en la casa y formar un matrimonio. Pero Agustín, antes de la boda, viaja por Europa para estudiar y practicar escultura. Ana lo espera durante años, y al volver ha cambiado la situación. Agustín ha tenido un hijo con Carmelina, una bailarina que los ha dejado a ambos. Ana María no culpa a su prometido, acepta lo ocurrido y se lo oculta a la abuela pues estaba a punto de morir. Una vez que fallece, los primos permanecen en la casa guardando el “luto”. Durante unos días Agustín se comprometerá con Ana y Carmelina alternativamente, hasta que se da cuenta del amor que siente hacia su prima, con quien finalmente se casa.

Indudablemente el título alude a Ana María, la típica mujer que aguarda a quien el destino, la familia o las circunstancias ponen en su camino para desposarla. Debe esperar el tiempo necesario hasta que el supuesto enamorado se digne a dejar sus correrías —necesarias en el hombre— y decida tomarla por esposa. Y evidentemente el argumento apunta a la tópica historia moralista cuya finalidad no es otra que enseñar el comportamiento a una mujer decente y cristiana. Todos los sufrimientos concederán después su recompensa —aunque hoy nos cueste adivinar cuál es—, mientras que un proceder alocado, frívolo y pecaminoso tendrá su castigo; la mujer irreflexiva no será perdonada, al contrario que el hombre, por eso Carmelina queda excluida del paraíso español.

«He aquí que me siento socialista; terreno peligroso y que me apresuro a abandonar; [...] como elemento decorativo no hay nada que se parezca a la realeza. ¡Si vieras qué triste figura hacía en París inaugurando una exposición el señor presidente, vestido de frac y rodeado de señores tan negramente ataviados como él!»

El lector se entera del argumento a través del narrador, testigo a veces,

«quédase de rodillas mirando a la señora y le habla ¿Qué le dice? ¡Quién sabe! Cosas pueriles y dolorosas; tal vez le da quejas por haberse marchado a los cielos dejándole en tanta vejez y soledad»

omnisciente la mayoría del tiempo

«¡Qué sería —piensa al oírle Ana María— si todas las almas que están despiertas dijeran a cada hora su emoción como esos relojes»

La voz narrativa desaparece para dejar paso a alguna página del Diario de don Francisco Estrada, poeta enamorado de Ana María, que ayuda a conformar la descripción de la protagonista «Está más pálida y debe haber llorado mucho. El dolor, cosa peregrina, la rejuvenece, tal vez porque las lágrimas han dulcificado la fiera acometividad de sus ojos...»

Y otro recurso, usual desde el Romanticismo son las cartas que escriben algunos personajes a otros, para que puedan seguir los acontecimientos. Así el lector se hace una idea del carácter

«Agustinito: Recibo tu carta cuando esperaba recibirte a ti; tú te lo pierdes [...] si a vuelta de correo no estás aquí tomo el tren, alma mía, y vuelvo a visitarte en tu jardín encantado»

«Te quiero más que nunca. Salud. Dime a qué hora llegas, y saldré a esperarte [...] Dicen por aquí que heredas millones. Si es así te felicito y me felicito. Hasta pasado mañana, ingrato. —Carmelina.»

En cualquier caso es una novela lenta, plagada de un sentimentalismo almibarado que en ocasiones cuesta digerir; incluso los diálogos son en su mayoría alegóricos. Nada ocurre de forma clara entre los protagonistas, no se hablan sinceramente, guardan sus sentimientos por orgullo como si decir la verdad supusiera una humillación.

Novela realista que no hace sino acrecentar la intransigencia e incultura de cierta burguesía española de principios de siglo

«—No digas —interrumpe la abuela, indignadísima— que mi jardín te recuerda nada a aquella tierra (Londres); con aquellas nieblas, aquel trajín y aquel humazo. Dicen que hay días que no amanece.»

y por supuesto, la inocencia e incultura del proletariado

«De veras asusta —dice Manuela— pensar que hay un país donde nadie le llama al pan, pan.»

El papel de la mujer honesta, relegado casi hasta la desaparición, contrasta con el de aquélla que intenta salir del rol clásico y que no puede ser otra cosa que una insensata egoísta. Así, mientras Ana Mª se adapta a los quehaceres de Agustín «Agustín ha encendido un cigarro, y Ana María sigue con interés el subir perezoso de las columnitas de humo», Carmelina busca su propio interés que va, por supuesto, dirigido a hacer daño a todo aquél que no le dé la vida disipada que quiere «sin duda el plan no es malo; entre la borrasca de sollozos Carmelina oye cómo Agustín se pone en pie, [...] cómo [...] se va aquietando; cómo le pone la mano en el hombro. Casi se le escapa un grito de triunfo.»

Sin embargo, todo sufrimiento cristiano tendrá su recompensa, y no sólo en el más allá; Ana Mª consigue, sin hacer absolutamente nada, sin luchar por el hombre que quiere, que Agustín se dé cuenta del verdadero valor de la vida y la elija por fin a ella, justo antes de partir a Madrid en busca de Carmelina quien, también en el último momento y siguiendo con su modo disoluto y cuestionable de vivir, encuentra otro hombre millonario que convenientemente se casará con ella en Nueva York.

Todos los personajes quedan conformes con su final, algo apresurado; prácticamente desaparece el narrador y nos enteramos del desenlace por el “diario de don Francisco
Estrada, poeta” y por la carta de “Ana Mª Aldana a Juanita, su amiga”. Del primero sabemos que dicho poeta, enamoradísimo de Ana Mª, acepta, con gratitud incluso, la boda de Ana Mª con Agustín y no se permite pensamiento ofensivo hacia ella, tal es la felicidad que derrocha. Por la carta conocemos cómo prepararon la boda de un día para otro, de ahí que no hubiera invitados, cómo decidieron hacerse cargo del hijo de Agustín y Carmelina, cómo comieron casi en familia y partieron por España a París y Londres; por supuesto remarcando a nuestro país como extraordinario y la capital del amor, decepcionante: la pobreza y vicio de Montmartre, el tedio del palacio de Versalles, la justificación de la guillotina de Mª Antonieta por haber dilapidado, la maravilla del Louvre porque alberga a Velázquez, Goya y el Greco...

Estoy convencida de que este pensamiento chovinista va unido no tanto a la época como al analfabetismo (papel que la mujer acató con gusto) «Por mucho que pueda saber la mujer, es preciso que guarde un rinconcito de ignorancia donde el marido pueda ser maestro; cada cosa prendida es un lazo entre quien la aprende y quien enseña; hay mucho agradecimiento y una dulce misión: el orgullo del hombre halla satisfacción cumplida en ir iluminando una ignorancia de mujer.» Creo que aquí sobran los comentarios. La pena es que la novela, escrita por la mujer del supuesto famoso escritor, está plagada de sumisión y aceptación de inferioridad, incluso de alegría «Acabo de cumplir veinticuatro, y esto, que soltera es casi vejez, casada puede parecer juventud extraordinaria; además el trato con los hombres rejuvenece a las mujeres y desde que estamos aquí, Agustín, que no es nada egoísta, me ha presentado a bastantes de sus amigos.»

Me niego a pensar que esta novela esté escrita por María de la O Lejárraga, a no ser que su marido, Gregorio Martínez Sierra, el firmante de toda la obra de su primero mujer, luego exmujer, la obligara a redactar novelas dirigidas al público femenino con el propósito de mantenerlo sin ganas de pensar, feliz y satisfecho con lo que la vida, España, le puso delante, encerrado en su casa de muñecas.


Según un estudio de Roberta Johnson, Tú eres la paz sería escrita cuando se inició el triángulo amoroso entre María, Gregorio y la actriz Catalina Bárcena. Según la propia escritora afirmó, Ana Mª representa la liberación femenina de su época. Es cierto que la protagonista es el alter ego de su autora. Es cierto que hay una similitud entre la vida de ambas, la desesperación, y el vaivén amoroso del hombre (parece ser que María Lejárraga intentó suicidarse al enterarse de la relación entre la actriz y su marido), pero encuentro una diferencia fundamental que hace que Ana María no me diga nada y María suponga un referente: El final de la protagonista es el matrimonio y un plan de felicidad mutua (¿fruto del interés de la autora para ella misma?) y el final de María fue la separación, el activismo político, la formación de la mujer, la independencia. Esta diferencia ha causado mi sorpresa; probablemente la novela fuera escrita “para dar gusto al público”, de hecho fue un best-seller en la época, como también lo fue Canción de cuna, escrita en 1911 y llevada al cine hasta en cuatro ocasiones (en Hollywood, Argentina y España). Su labor como escritora culminó con la creación de dos libretos a los que Falla puso música: El amor brujo y El sombrero de tres picos.

viernes, 3 de junio de 2016

MARTINITO, EL DE LA CASA GRANDE

Martinito, el de la casa grande es un cuento maravilloso. En todos los aspectos; porque ahí lo enmarcamos según la clasificación de Todorov, si atendemos a que hay elementos sobrenaturales que no provocan reacciones de extrañeza en el lector ni en los personajes, sino que lo extraño, lo maravilloso es la naturaleza de los acontecimientos. Su escritura también consigue formar un cuento extraordinario pues es a la vez tradicional y moderno; toda una originalidad de Carmen Baroja. De hecho, el comienzo ya produce asombro en el lector «Se encontraba en un sitio obscuro…» ¿Dónde están Érase una vez… o Hace muchos años…? que nos llevan a lo lejano, a lo fantástico. Aquí hay datos reales; el narrador refleja con verosimilitud todo lo que observa, las descripciones son detalladas, exhaustivas, para guiar al lector a que pueda reconocer su mundo cercano, aunque a veces se introducen otras irreales de forma tan sutil que cuesta diferenciarlas. En general la autora nos cuenta una historia contemporánea, con ambientes reconocibles y personajes reales que conviven de manera normal con seres sobrenaturales y mágicos entornos «La cocina de hierro, puesta al rojo, se cubría de cacerolas, cazos y marmitas […] La cocinera, gorda y mofletuda, sudaba y se volvía loca para resolver los conflictos […] Los chicos de los caseríos […] lamían, chupeteaban y rascaban los moldes de los bizcochos […] Los invitados, con toda la comitiva, subieron de la capilla […] Juan salió un momento […] escribió una esquelita “Martinito: Hoy, el día más feliz de mi vida me acuerdo de ti con el cariño de siempre. Rosa te ha cosido este traje […] aunque a vosotros los duendes, no os gusta el pago de lo que hacéis por cariño. Moshi” La metió en un sobre, tomó dos paquetes, uno con el traje y otro con chocolatines, y lo subió al desván de su casa, dejándolos en un rinconcito, junto a la pared.»

La verosimilitud de Martinito el de la casa grande tiene un carácter ficcional que admite en esa realidad elementos sobrenaturales. Esto consigue que el lector se impresione, que vacile entre la explicación lógica o la mágica.

El cuento es largo; otra originalidad es que está dividido en dos partes (a veces podríamos pensar que nos encontramos ante una novela corta, de hecho el realismo mágico pudo estar influido por cuentos maravillosos o fantásticos). En la primera parte conocemos a Moshi; la escena simboliza el nacimiento, metafórico, del que se augura el protagonista, desde el fondo de una alberca, bajo tierra cenagosa, cuidado por topos y musarañas «Descansó un momento y cuando la tierra dejó de caer, se puso en cuclillas y, dando una violenta sacudida en el techo, se halló fuera en medio de un montón de tierra…» Moshi es un niño diminuto, vestido de verde tornasol que tiene la propiedad de ser invisible cuando se quita el traje «Yo recuerdo —terció la musaraña […]— que una tía abuela mía, contaba cómo en una ocasión había tenido en casa una niña tan pequeña que dormía en la cáscara de una nuez». Conocemos el espacio, la Casa Grande, y a sus dueños, apenados porque un día desapareció su hijo Juanito para no volver, a Rosita, hija de una criada a quien la malvada ama de llaves chupa su energía todas las noches, a Martinito, el duende que vive allí cientos de años, que muere para resucitar tiempo después, rejuvenecido, y echar a la vieja infame, salvar a Rosita y traer a Juanito, que se había caído en la alberca para ser Moshi durante años, hasta que Rosita lo encontró.

La segunda parte es la historia de Lily, la hija de Juan y Rosa que también desaparece, por envidia de un hada malvada que no había sido elegida como madrina de la niña. Lily llega hasta un bosque donde convive con un niño carbonero, que resultará ser un príncipe, un ogro bueno, un osito y un burro, quienes ayudados por las lechuzas de la Casa Grande regresan a casa años después cual músicos de Bremen.

Cuento maravilloso por donde se mire, no sólo el tema, el argumento, los personajes son fantásticos o reales, sino que toda la historia está llena de guiños a los autores consagrados. Si la niña que dormía en la nuez nos recuerda a Pulgarcita, de Andersen, a Lily intentan matarla con una manzana envenenada, o clavándole un alfiler que la duerme en el acto, aunque el viento la haga estornudar y echar el trocito de fruta o unos pajarillos le saquen el alfiler; la reina de las hadas, Maya, es la misma que la de El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, de hecho el título del capítulo III de la segunda parte toma ese nombre, homenajeando explícitamente al autor «Martinito durmió en el tronco de un árbol hueco y quizá aquella noche, que era de verano, sucedieron en el bosque cosas que un genio narró después», sin olvidarnos de la piel protectora de Moshi, que no era de asno sino de topo, pero el guiño a Perrault, queda en todo el libro.

Carmen Baroja, homenajea asimismo a la épica medieval pues alude al cantar alemán anónimo del siglo XIII, Los Nibelungos «dos pájaros que iban saltando de rama en rama delante de él, como Sigfrido», y a la leyenda de Bretaña, con el ciclo artúrico «…estaba Titania, vestida con un suntuoso traje de perlas de rocío. A su lado se hallaban sus hermanas Morgana, Loreley, Vibiana, el sabio Merlín […] Todos estaban muy emocionados por haber sido retratados por los grandes genios». En estas palabras del narrador observamos la mezcla de tiempos, quizás uno de los aspectos más llamativos, pues conviven a la perfección seres humanos con duendes, trasgos, gusanos, brujas en la universalidad; los seres fantásticos son de épocas diferentes, corresponden a los románticos Heine (alemán) y Andersen (danés), al barroco inglés Shakespeare, al clasicista francés Perrault e incluso a nuestro Segismundo calderoniano; sin embargo,los reales son contemporáneos a la autora. El padre de Lily comenta una mañana, después del desayuno, con el periódico en la mano, la estupidez de algunos de los artículos que se insertan. Y todos conservan un punto de modernidad que, años después, hemos visto en algunas adaptaciones de los cuentos, pero no en la generación del 98, lo que convierte a Baroja en una adelantada a su tiempo «Martinito quedó un poco desconcertado al ver que (las hadas), en lugar de pétalos de rosa, cuentas de rocío y alas de mariposa, vestían gruesas telas, chaquetas de piel, y el pobre Lubri un “mono” azul lleno de manchurrones de grasa. Tampoco llevaban varitas de virtudes. El hada Mecaní llevaba un vástago de hierro con dos dientes que se separaban por medio de una tuerca […] Electra […] unos alambres […] Gaso […] traía unos bidones de aquí para allá…». Tanto los nombres como las profesiones de las hadas aluden a la incorporación laboral de la mujer.

No cabe duda de que Martinito, el de la casa grande, es un cuento divertido, apasionante, fantástico, que, además está escrito con una prosa ágil aunque plagada de metáforas poéticas «Nubes, nubes, nubes […] Éstas corrían, se alargaban o se apelotonaban como enormes grumos de algodón en rama, para convertirse otra vez en sutiles y alargados vapores».

El vocabulario sencillo, coloquial, convive sin problemas con términos fantásticos para los conjuros o los sobrenombres de algunos personajes «Mozorro», «Mamur». Las descripciones minuciosas, realistas, se dan la mano con otras poéticas por los recursos literarios empleados como el diminutivo afectivo, el asíndeton o las comparaciones «La tía Ambroshi era una viejecita monísima, muy pulcra, muy chiquita, muy bonita. Tenía todo el pelo blanco, la tez sonrosada y toda ella parecía hecha como de nácar.»

Podría contar el cuento, es maravilloso, pero aquí dejo esta reseña para invitaros a leerlo, a disfrutar, y a pensar en todas las mujeres que han quedado ocultas tras su literatura. Es hora de que salgan y formen parte de los libros de texto, porque además… ¡qué ironía! la finalidad de Martinito el de la casa grande es hacer que comprendamos una serie de valores, como el agradecimiento, tan difícil de entender hoy día y tan escaso.


¡Gracias Carmen!

sábado, 23 de abril de 2016

LAS SINSOMBRERO

Merece la pena leer Las sinsombrero. Ensayo sobre diez mujeres de la Generación del 27, diez artistas olvidadas en los libros de texto, olvidadas en los estantes de las librerías y, en algunos casos, olvidadas en las memorias de ciertos compañeros a pesar de haberles servido de inspiración o de influencia artística; a pesar de haber formado parte de su círculo de amigos; a pesar de haber mantenido con ellas una relación de amor.

El libro tiene la lectura que cada uno le quiera dedicar, es decir, la escritura es fluida, segura y pretendidamente objetiva, centrada en los conceptos que quiere resaltar de las artistas. Si nos quedamos ahí, la lectura es continuada y ligera. Pero Tània Balló es otra artista, cineasta, ofrece con su pluma una serie de imágenes que permiten ver entre líneas más allá de lo que está escrito; en esos instantes el lector queda atrapado en una época histórica, en una generación que aspiró a ser libre y creativa y vio cómo sus esperanzas se desvanecieron, cómo la creación quedó modificada en ocasiones y destruida en otras, cómo la libertad se transformó en dependencia, prisión o aniquilación, cómo la espontaneidad e independencia derivaron en el ostracismo y el silencio. Y en esos momentos la lectura de este libro no fluye; no se puede permanecer en esos diez nombres porque aparecen muchos otros y la curiosidad lleva a investigar en ellos.

El libro es apasionante; descubre a mujeres desafiantes que consiguieron, aunque fuera durante un tiempo efímero, realizar sus sueños al tiempo que fueron conscientes de que el futuro no les estaba permitido, de que sus ambiciones no eran suyas sino que formarían parte de las de otros, o ni siquiera eso. Cuando el lector profundiza en esto se da cuenta de que una tristeza, derivada de la soledad de estas mujeres, engloba las páginas y se convierte en rebelión ante el ser humano como máximo depredador del propio ser humano.

Porque la mujer ha debido luchar contra una sociedad perjudicial en la que tienen cabida no sólo amigos o conocidos, a veces incluso hombres a los que admiramos, sino también familiares, otras mujeres, y su propio mundo interior en el que «Se encerraron en él, como refugio de una vida que sentían que no las contemplaba. Y su arte fue el único vínculo con el que conseguirían entrar en contacto con su entorno.» Y como es lógico, quien debe encerrarse en sí mismo está abocado a la ocultación, a la tristeza, la angustia, la rabia y la opresión, porque uno mismo es muy pequeño.

La mayoría de estas mujeres, y esto es lo más triste, fueron aniquiladas por sus propios compañeros de generación, lo que dice mucho de la misoginia de esa Edad de Plata de la cultura española, porque es cierto que Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Jorge Guillén nos hacen vibrar con su poesía, Dalí con su pintura o Buñuel con su cine, pero no debemos olvidar que ellos no formaron ese Grupo del 27 que ha traspasado épocas y fronteras; ellos son sólo una parte que se completa con Mª Teresa León, Rosas Chacel, Ángeles Santos, Maruja Mallo o Concha Méndez entre otras. Lo más triste es que algunos de esos compañeros no sólo las ignoraron o intentaron subestimar su obra durante la República, sino que en los tiempos en los que los exiliados empezaron a regresar a España, a finales de los 70, en que las multitudes se agolpaban para vitorear a aquéllos que debieron refugiarse en otras latitudes, ninguno puso por delante de sus éxitos el de alguna de sus compañeras.


Y merece la pena destacar, aunque es difícil decisión, el papel de Mª Teresa León durante la Guerra Civil, pues su aportación a la escena español no sólo resultó encomiable sino innovadora, utilizó técnicas escenográficas que no se habían visto hasta ese momento como la mezcla de proyecciones cinematográficas con los decorados teatrales; creó y dirigió el Teatro de Arte y Propaganda, representando durante una temporada completa en el Teatro de la Zarzuela; regeneró el teatro al convertirlo en manifestación cultural y educadora del pueblo; estrenó a Lorca, a Alberti, a Arconada, a Valle-Inclán y a Dieste, entre otros, y la crítica se rindió a sus pies valorando su labor como autora, gestora, directora y actriz y ensayista de distintos proyectos escénicos. No debemos pasar por alto la reflexión de Tània Balló, «La acción de las Guerrillas del Teatro me hace pensar que mientras en otros países se levantaba el ánimo de los soldados con vistas de actrices de cuerpos seductores, en España, el gobierno de la República manda al frente a Shakespeare.»

Con la entrada de la democracia la sociedad había cambiado, la mentalidad franquista había ensanchado, la mujer formaba parte de puestos importantes, y, sin embargo, parece como si esos hombres en particular y todos en general, dieran por sentado que la obra de sus compañeras ocupaba el lugar que les correspondía, oculta tras la de ellos. Es doloroso, mucho, saber que grandes poetas, es cierto, han estado respaldados en ocasiones por una mujer que además de escritora podía ser filóloga, investigadora, profesora y precursora de los derechos de la mujer —como el caso de María Teresa León—, que si quería ser oída debía utilizar algún pseudónimo, renunciar a sus hijos y soportar groserías sobre su talento por parte de compañeros incluso.

No sólo esto resulta llamativo, el libro está plagado de curiosidades entre las que se podría destacar la educación esmerada que recibieron casi todas las mujeres de las que trata, debido entre otras razones, a que formaron parte de los círculos culturales de la época «No debemos olvidar que Rosa Chacel era sobrina nieta de Zorrilla y desde los tres años recitaba algunos de su poemas.»

Concha Méndez, «campeona de natación, poeta, guionista, dramaturga, editora, impresora, vendedora de libros…» y sin embargo «Buñuel nunca mencionó nada al respecto de su noviazgo con ella en ninguno de sus posteriores textos autobiográficos. Un desliz claramente intencionado que dice mucho de la personalidad del archiconocido director de cine». Aun así, apenas se oyó su nombre o su obra, sólo que fue la mujer de Manuel Altolaguirre.

También Josefina de la Torre mantuvo un apasionado romance con Luis Buñuel tras haber trabajado juntos. Su nombre no es tan conocido como el de su hermano, Claudio de la Torre, a pesar de constituir una figura indispensable en la poesía en el cine, en el teatro y en la ópera.

Maruja Mallo, pintora espléndida fue novia de Miguel Hernández entre 1925 y 1930 y de cuya relación se vislumbra una mutua influencia en la obra de cada uno. Asimismo A cal y canto de Alberti refleja la extraordinaria compenetración con Verbenas y Estampas, de Mallo.

Mª Teresa León “aconsejó” a su nuevo amante que no volviera a nombrar a la pintora y él le hizo caso hasta el final de sus días. Es cierto que María Teresa, sobrina de Menéndez Pidal, fue cautivadora; desde Primo de Rivera hasta Salinas quedaron rendidos al talento y encanto «de esta escritora, ensayista, dramaturga, guionista, periodista, feminista y activista en favor de la libertad y los derechos sociales», aun así tuvo que escribir con pseudónimo durante una temporada.

María Zambrano fue la primera filósofa de la historia de nuestro país, aunque según ella misma dijo, «Pensar por pensar no está bien visto en España»; a pesar de todo, la filosofía de la mejor discípula de Ortega y Gasset es indispensable para entender la evolución del pensamiento occidental del siglo XX.

La pedagoga María de la O Lejárraga vivió casi 100 años luchando por el socialismo, el feminismo y la República a la vez que escribió las obras con las que su marido primero, después exmarido, Gregorio Martínez Sierrra, se granjeó una fama nacional al firmarlas.


 Y es que, estas mujeres Sinsombrero decidieron quitárselo, aunque no lo consiguieran del todo, porque las oprimía y ocultaba sus pensamientos, su obra, su vida.

Resulta irónico que al buscar en una enciclopedia Julio Caro Baroja encontremos: Hijo del editor Rafael Caro y de [ ? ] Carmen Baroja, sobrino del novelista Pío Baroja y del pintor Ricardo Baroja, y hermano del documentalista, etnógrafo y escritor Pío Caro Baroja. Y resulta irónico, si no ofensivo, porque su madre, Carmen Baroja, que aparece sin oficio, la “hermana” de Pío Baroja, estudió Artes en París para dedicarse a la orfebrería artesana; sus primeros trabajos, a los 15 años, tratan sobre temas etnográficos y es poeta y autora de cuentos infantiles.


Pues, porque va siendo hora de cambiar muchas entradas de diccionarios y muchos pensamientos y actitudes, gracias, Tània Balló; esta nueva aportación es valiosísima tanto por el contenido como por la forma en que está narrado, ágil y visual.