Expresiones serias en la portada. Tres
chicas con delantal. La mirada de una de ellas deja ver enfado. Debajo de las
figuras femeninas, en semicírculo, una colección de cuchillos rodea el dibujo
de un cerdo con las partes comestibles marcadas según el valor de cada pieza.
El blanco y negro de la ilustración contrasta con el fondo de la portada en
cuadros Vichy Rosas.
Inquieta la oposición entre femineidad
y dureza. Y con esa zozobra comenzamos a leer lo que el narrador nos cuenta
primero de Anne y, seguidamente, de Stacey. Es el comienzo de la primera parte
de Las carniceras. Dividida a su vez en varios apartados cortos que no tienen
título ni marca alguna excepto porque cada uno comienza en hoja nueva; esta
primera parte termina de la misma forma que comienza «El gesto brotó, instintivo, la hoja del cuchillo carnicero que se
hunde en la carne. La sangre que mana. Gritos, luego el silencio, solo el
silencio».
Anne y Stacey son dos compañeras de
Formación Profesional de carnicería; las dos únicas chicas entre todos los
estudiantes y deben andar con cuidado para hacerse valer en un mundo que
normalmente ha pertenecido a los hombres. En esta primera parte conocemos a las
chicas, su pasado, enturbiado por los hombres que las rodean. Su presente en el
que, tras abrir un negocio, deben esforzarse por agradar a la clientela,
hacerle ver que el género es de la mejor calidad, que no hay trampa en “Las
carniceras”, que todo se despieza, se corta y se sirve a la vista. Contratan a
Michelle, una inmigrante que además de mujer es negra, otro inconveniente en
ese barrio de clase media de Ruan. Tres mujeres que deben competir por ganarse
la aprobación social y que las vean cualificadas, no como subordinadas. Mujeres
que han de demostrar que valen no por su belleza sino por su eficiencia.
Mujeres que han de dejar a un lado su inseguridad y aprender a quererse «Se quedó un rato aferrada a él, mendigando
un gesto de cariño. Él terminó por acariciarle el pelo. Luego se durmió vestido
en su cama […] No tenía ni un hematoma, al fin y al cabo, era una simple pelea
de pareja».
Son mujeres que buscan consciente o
inconscientemente la validación que les puede dar un hombre.
Pero consiguen superar los
inconvenientes y llegar a la conclusión de que merecen, como cualquiera, el
éxito por su trabajo bien hecho.
En la segunda parte están
definitivamente instaladas «En apenas un
año habían abierto una carnicería de éxito de la que se hablaba en todo Ruan».
Pero son mujeres y los errores que otros cometieron en el pasado las persiguen
para hacérselos pagar. No es fácil desprenderse de las garras del hombre,
amparado por una sociedad que lo exime de cualquier culpa. Esto lo han vivido
en sus madres y la pena de ellas las acecha en lo más oscuro de su mente. Son
pensamientos dolorosos que están ahí, en las tres. Sophie Demange refuerza esta idea en su estilo estructural, el
final de un capítulo en el que la figura materna es símbolo de sufrimiento para
una persona, queda retomado por otra al comienzo del siguiente. La mujer ha
representado a lo largo de la historia la descarga de la violencia del hombre «Pensó en un nombre, el nombre de su madre».
«Lo que más echaba de menos era el lepi
de su madre».
La prosa enunciativa deriva, en
ocasiones, a irónica para denunciar la violencia sexual, los abusos que desde
la familia aún hoy se llevan a cabo con las niñas; por esa razón, y por miedo,
hay mujeres que siguen viendo en el hombre la imagen del protector al que hay
que obedecer y perdonar los deslices «propios
de su naturaleza».
La memoria pervive en las mujeres de Las carniceras. No se olvidan los abusos
sufridos en la infancia sobre todo los que se comenten en la familia, el
supuesto refugio que toda niña debe tener.
Demange se posiciona al lado de sus
carniceras para aportarles la fuerza necesaria hasta el punto de que la voz
narradora aparece femenina, incluso podría ser una reflexión de la propia
autora «Tenía aquella sonrisa malvada […]
la sonrisa de la impunidad […] ¿Qué problema había? Pagaba bien, se portaba
bien con ellas». La interrogación retórica convierte sus reflexiones en
reivindicación femenina. La escritura es directa, tanto que algunos pueden
encontrar la novela algo incómoda.
Estamos ante asesinas que no quieren
ninguna excusa pues sus actos se viven sin dramatismo, sin culpabilidad. Pero
la culpa, igual que el dolor, está dentro y brota cuando se sienten incapaces
de tener relaciones normales con un hombre porque rechazan la figura masculina
Las
carniceras supone la rebelión de la mujer que ha debido
soportar una carga denigrante, una infancia que no lo ha sido. Sophie Demange
quiere justicia poética por lo que los deseos de las protagonistas, en
principio, se hacen realidad. La narración de este trauma constante está exenta
de dramatismo, es incluso humorística a veces. La violencia expuesta sin
crudeza consigue aumentar la tensión narrativa porque las protagonistas son
vulnerables aunque muestren sus heridas en una atmósfera luminosa, rosa, propia
de las comedias hollywoodienses del siglo XX.
Las tres son transparentes en la
exploración de su identidad, donde recuerdan cierto empoderamiento femenino de
las comedias musicales de los 80; pero no se pueden liberar de la presión
social por lo que están obligadas a refugiarse en la oscuridad, a ocultar su
oscuridad en la fachada rosa que dejan ver.
Anne, Sophie, Michelle son reflejo de la sororidad; juntas son más fuertes, no se juzgan. La novela es el fundamento feminista que pretende la ayuda entre mujeres para terminar con la competencia que llevan a cabo entre ellas para poder figurar en una sociedad machista.



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