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miércoles, 22 de julio de 2026

DE BAILE Y DE SOMBRA

Muchísimas gracias a Masa Crítica de Babelio por su nuevo obsequio. En este caso se trata de poesía y, estoy totalmente agradecida por haber conocido a una autora venezolana. La poesía de Laura Cracco se mete muy dentro porque es totalmente sensitiva, en la que la memoria es fundamental; nos acompaña y nos transforma.

De baile y de sombra está dividido en dos partes: Y la luz se hizo en el Safari Club y La muerte viaja en las palabras. La primera parte son poemas relacionados con la discoteca Safari, donde se dan cita, al acabar el día, personas que reviven con las drogas y el alcohol. O mueren. Casi todas viven allí malas experiencias pero no pueden abandonar el club.

Un día tras otro se lamentan por la falta de libertad para actuar, pero siguen estando oprimidos mientras esperan una redención


pájaros sin vuelo, cueros de tigre, cebras rellenas de estopa

Son jóvenes y lo ignoran,

la juventud es un cigarrillo que se quema

sin pena ni gloria

[…]

Al fondo, música rock y cajas registradoras

La segunda parte refiere una época en la que también, de forma más generalizada, nos sentíamos oprimidos; nos faltaba libertad, vivíamos malas experiencias pero tampoco podíamos abandonar ese encierro, físico o psicológico. Anhelábamos liberarnos.

Las situaciones externas son muy diferentes. El contexto donde habitan los diferentes yoes es distinto, uno está marcado por las drogas y otro por el Covid; sin embargo en ambos casos salen a la luz vivencias íntimas que conectan el yo con lo sagrado.

Hay un yo en la poesía de Laura Cracco que se siente derrotado y abandonado por su dios, cualquiera que sea el que existe, porque lo único que lo abraza es la opresión, tanto, que no deja salidas para escapar


Los héroes no sobreviven al final de la jornada:

[…]

pulmones infectados de agua maldita

[…]

Al atardecer ojos azules despuntan en la bóveda gris:

¿serán los ojos de algún santo que de tanto ser hombre

se hizo Dios?

Cuando de un ser humano solo quedan despojos deja de ser humano para quienes lo rodean y, sin embargo, sigue teniendo sentimientos, sigue necesitando apoyo y comprensión «La concha de Venus se convirtió en cenicero»; De baile y de sombra es la búsqueda del amor que llevan a cabo esos que son considerados piltrafas y no lo consiguen «¿Está hecho dios a nuestra imagen y semejanza?».

Los poemas de Safari Club suponen un puente entre el yo poético y lo que lo rodea, por eso “relatan” la vida de


Erika le clava jeringas a la luna,

Glenda y Rose fueron a darse unos pases

Laura está hasta el culo de marihuana

el Pelón no es el mismo desde el accidente

Jóvenes que tienen necesidad de un compromiso moral; lógicamente no consiguen llevarlo a cabo; de ahí que el yo poético se comprometa con el lenguaje. El mundo es un espejo y al mirarlo nos devuelve imágenes estremecedoras pero necesarias para despertar conciencias y consciencias.

Son jóvenes que buscan la salvación moral a través del miedo. Laura Cracco encuentra una posible salvación social en poemas que son prosa, mediante los que reflexiona sobre la individualidad de aquellos que experimentan, a pesar de la muchedumbre, una profunda soledad en la vida y en la muerte. 

Las figuras retóricas están encaminadas a producir un choque emocional en el lector; primero nos asombramos con las paradojas, hipérboles, metáforas surrealistas… y luego quedamos sobrecogidos al darnos cuenta de que la fragilidad humana es inexplicable. A veces solo podemos ser testigos de esa fragilidad «Entre los huesos encontré una flor azul que me habló». Solo podemos darnos cuenta de que el mundo de la droga está compuesto de gente herida, pero son personas, tal como refuerzan las epanadiplosis, «Humanos demasiado humanos», son personas a punto de perderlo todo, ya no les quedan opciones; las hipérboles e imágenes imposibles aportan su nivel de insuficiencia «montañas que paren ratones / rascacielos de justificaciones». 

Son personas que se han visto apresadas por lógicas que no lo son para ellas, de ahí que vean como solución desaparecer. El yo poético incide en los oxímoros para exponer su realidad «la bendición del salto», «el mundo rebosa de monstruosos tentáculos de amor».

No hay salida para los alcohólicos, drogadictos, porque han caído en un nivel que solo recoge trozos de ser humano; las metáforas degradantes lo confirman, haciendo de la poesía de Laura Cracco una poética del realismo sucio «las viejas ríen, las carcajadas brotan de los túneles de carne / profundas y desdentadas».

Son personas que se encuentran con experiencias repetidas una y otra vez sin una salida en esa rueda, en la que las anadiplosis, epanadiplosis, derivación y epifora se encargan de agobiar hasta el límite

…pensar,

pensar sobre lo pensado

que es a su vez destruir lo ya pensado

La muerte los va quitando poco a poco «Ahora que ni Ezequiel ni Erika están». No hay redención para ellos. Los poemas se van encadenando para contarnos la historia inevitable de esos jóvenes «Alguien que ya estaba muerto fue asesinado». Jóvenes que van formando una cadena con descendientes quebradizos, nacidos de la nada, sin proyectos «nací por una estafa / el desliz de una píldora que no se tomó».

La formación de sustantivos mediante la unión de adjetivos indica la esencia de estos seres y su fin «Ciegoviejosindestino, no existe mañana». Aunque aún renace la esperanza «Janis es distinta».

Poemas desoladores que nos golpean con lo más frágil.

La segunda parte, La muerte viaja en las palabras, representa otra situación de opresión, de falta de libertad, de muerte: El Covid. Mediante oxímoros la poética se ve fortalecida mientras desafía la lógica racional con una expresividad que capta inmediatamente nuestra atención y nos hace reflexionar y revivir las consecuencias de la epidemia: soledad «dos metros infinitos nos alejan»; paro «SE VENDE, SE ALQUILA»; necesidad «cualquiera puede matar al mensajero»; tranquilidad solo al dormir «y la mente se desembaraza de pensamientos»; acrecentamiento de situaciones xenófobas «fue mucha la sangre»; efectos nocivos de las redes sociales «desde que un dios fue desollado»; culpa, rencor, tristeza, impotencia… Para esto Cracco adopta ejemplos de la Grecia clásica en donde algunas situaciones vividas por Ulises, Áyax, Aquiles, Héctor, Edipo tienen algo que ver con las experimentadas durante la pandemia. Algo que, después de tantos siglos, avergüenza al hombre porque continúa el abandono al hombre


los niños se revuelcan en la tibieza del frío

sábado, 8 de junio de 2024

DESENCAJADA


Desencajada no es una novela aunque tiene argumento: la vida de Daria Kovalenko; en torno a la protagonista se dan cita otros personajes, y hay un tema principal: el desarraigo.

Es triste leer Desencajada, pero no más que si nos paramos a pensar durante un momento en la vida de todos aquellos que deben abandonar su casa, a su familia, a sus amigos para enfrentarse a nuevas costumbres, nueva gente, trabajo y, lo más duro, el idioma, «El significado de la palabra liubov es amor».

Una lengua permite contactar con quienes te rodean, sentir que formas parte de una comunidad porque entiendes lo que dicen, lo que sugieren, lo que puedes o no puedes hacer en según qué momento o lugar. Si es duro tener que abandonar el país de origen, llegar a otro en el que no se consigue interpretar nada de lo que se dice debe ser aterrador. Esto es algo de cajón, cualquier ser humano lo entiende, sin embargo hay que agradecer a Margaryta Yakovenko que nos lo recuerde; que existen personas que se sienten fuera de lugar, desencajadas en un sistema que pretende ayudarlas con mayor o menor interés por parte de ciertas personas que piensan que por haber nacido en un lugar les pertenece; que nadie puede llegar allí y pretender tener los mismos derechos que ellos que, fruto del azar, nacieron ahí; que supondrán una amenaza porque se aprovecharán de sus ventajas, de sus trabajos: «Antes de la migración mi madre era enfermera. Después de la migración mi madre trabajaba en un almacén empaquetando limones».

Para los adultos es duro, la mayoría no tiene facilidad para aprender el nuevo idioma y, sobre todo, cuando consiguen cualquier ocupación que les permita salir adelante, aceptan cualquier condición. El miedo a perder el trabajo hace que todo valga, «A los ocho años mis padres me compraron un móvil […] como sustituto de su propia presencia. Cada día, mi madre me llamaba a las dos y media de la tarde […] En el almacén en el que empaquetaba limones le daban media hora para comerse el bocadillo, media hora que ella aprovechaba para llamar a casa».

Los niños no tienen que trabajar. El Estado les ofrece educación y sanidad, pero les falta el cariño, el roce de su familia, la confianza de sus amigos.

Yakovenko rememora su existencia desde que tuvo que abandonar un país donde les era imposible subsistir, después de haber residido veinte años en España, de haber estudiado, de haber conseguido la nacionalidad, de tener una pareja… Aun así no se siente plenamente española, ni ucraniana, ni preparada para compartir su vida con un español «Después de la migración […] Los días de cuando empecé a ser española y me quedé sola. Los días en los que nunca dejé de estar sola».

¿Por qué es tan difícil que algunos puedan salir adelante? ¿Por qué es tanta la crueldad que nos rodea? ¿Por qué si tienes dinero no eres considerado inmigrante y no tienes problemas de adaptación? ¿Por qué el hombre castiga a los más necesitados y premia a aquellos que no tienen necesidades? Creo que la respuesta a todas estas preguntas es por envidia, algo que aflora para deshumanizarnos por completo «En la frontera entre Ucrania y Polonia mi padre tuvo que meter en su pasaporte un billete de cincuenta dólares para que le pusieran el sello de entrada sin problema. En Madrid, una polaca llamada Jana les pidió ochocientos dólares por conseguirles un puesto de jornalero».

El problema de los verdaderos migrantes es el desarraigo, a pesar de llevar veinte años en un mismo país, a pesar de haber conseguido una relación estable: «Yo me he mudado de casa dieciséis veces». Y el desarraigo conlleva un sentimiento de culpa difícil de eliminar. Te sientes culpable por haber dejado a “los tuyos” en la miseria y culpable por haber salido adelante. Es una situación angustiosa, tienes una nacionalidad que no se corresponde con tu ADN y por la que has tenido que pagar y luchar durante años. Sabes que no todos somos iguales. Todos lo sabemos, aunque la constitución de países democráticos diga lo contrario. Llegados a esta punto, Margaryta Yakovenko concluye, a través de Daria, que la migración es una enfermedad, es un duelo en el que lo has perdido todo, «Lloras los paisajes y el clima». Y los migrantes son aquellos que sufren el síndrome de Ulises, en el que «la verdadera condena es la errancia porque él no sabe cómo vivir en tierra firme […] Y nos hemos vuelto adictos al horizonte».

Aunque Desencajada no sea novela, es un relato autobiográfico que todos deberíamos leer antes de juzgar a los inmigrantes, porque es duro no saber dónde están enterrados los tuyos, «es imposible que les encuentre porque ni siquiera estuve en su funeral», porque es difícil mantener una relación, «cómo vamos a ser familia si ni siquiera estuvo en el lugar en el que empezó a manar la sangre». Es duro, pero hay personas que aún nos hacen creer en el ser humano. La hija de Mª José y Kiko, unos amigos muy queridos, decidió pasar el fin de año, con sus padres y hermanos, en un país remoto de África, de donde es su pareja. Bien por ti, Irene. Os merecéis toda la felicidad del mundo.

sábado, 25 de mayo de 2024

TÚ BAILAS Y YO DISPARO

En Madrid encuentran, en una maleta, el torso de una mujer. No tiene cabeza, ni extremidades. También le han cortado el pecho y un tatuaje al final de la espalda. El asesino se ha querido cerciorar de que no van a encontrar huellas ni restos en los que poder apoyarse para descubrir la identidad del cadáver. Pero lo hacen; poco a poco al grupo X de la Brigada Judicial se unen los de Homicidios, Asuntos Internos, Sistemas Especiales, el GOIT, la UCAO, la UCRIF… Entre todos descubrirán no solo al asesino, también una red de trata de personas con la que el crimen organizado llevaba tiempo extorsionando y lucrándose.

Los protagonistas, Jaime Valle (Jimmy) y Luis Mangas, aunque de diferentes generaciones, tienen en común que son los típicos arrogantes, bravucones, que no están dispuestos a que nadie se salte las normas aunque para ello deban recurrir a cierta violencia que asumen necesaria con algunas personas «Sin darle tiempo a responder, le barre las piernas de una patada y le hace caer de bruces al suelo […] —Cuando al gordito se le pase el susto limpiáis todo esto y os largáis».

Y, curiosamente, las protagonistas, Noa Palacios (su jefa) y Julia Zaldívar (inspectora de la UCRIF) razonan más, investigan, utilizan el cerebro antes que los músculos. Incluso la inspectora Paula Vicente es homosexual. Hay toques de actualidad en el bando femenino de Tú bailas y yo disparo; no tanto en los hombres de la Brigada Judicial. Será que las mujeres tenemos más capacidad de adaptación o que nos sentimos mejor cuando no estamos tan encorsetadas.

Manuel Marlasca escribe su primera novela y, en general, está bien. Está bien escrita, aunque haya párrafos que formen una auténtica loa policial. La novela de Marlasca es negra, no podía ser de otra forma, pero es de un negro absoluto cuando nos presenta a los malos; los policías brillan en las descripciones. Sin embargo, si pensamos en quién puede tener recursos para enfrentarse a los más destacados grupos operativos policiales, los sospechosos se reducen. El malo malísimo debe ser alguien que haya tenido contacto con ellos.

No quiero desvelar nada pero sí aludiré a lo que no ha terminado de gustarme. El autor es muy claro a la hora de recomendar escritores de novela negra española y yo estoy de acuerdo con él, pero no localizo a esos «superpolicías que persiguen a barrocos asesinos en serie que llenan las páginas de las novelas negras de los últimos tiempos» porque he leído alguna que otra saga y he disfrutado con la imaginación de sus autores, como Susana Martín Gijón, Arantza Portabales o Javier Marín.

Asimismo, en Tú bailas y yo disparo, «Mangas comprueba espantado que […] teléfonos móviles y graban la escena, unas imágenes que acabarán extendiéndose como células cancerígenas por las redes sociales y que reproducirán los programas de televisión en los que todólogos hablarán sin saber nada de lo ocurrido allí»; es curioso que Marlasca se haga eco del espanto de Mangas cuando él mismo colabora con uno de esos programas televisivos amarillistas de la historia.

El protagonista, Jimmy, es demasiado altanero y con esa arrogancia menosprecia otros trabajos «—Y vamos a quitarnos estos putos disfraces de mensajeros, que no estudié para esto»; su altivez, y la de Mangas, los llevan a un trato deshumanizado con lo que ellos consideran chusma: «…Es tu puñetera madre, que se colgó y se metió en la maleta para no saber nada más de ti, ruinas. Jimmy se ríe al escuchar a su compañero…». Y esa petulancia del que se cree por encima se transforma, con las mujeres, en un paternalismo de otro tiempo «—…Nadie te va a detener. Mis compañeros te van a invitar a desayunar y luego […] nos vas a decir dónde está tu novio. No querrás que se coma este marrón ¿verdad?».

En fin, son fallos en la concepción de la mujer, demasiado tópica «Nota cómo la mujer le lanza una mirada genuinamente femenina, la que sirve para valorar una posible amenaza en caso de disputa por un macho alfa». Y fallos en una concepción machista que, al menos muchas mujeres, esperamos que formen parte de los estereotipos a desaparecer, «Como diría mi cuñado Juanín, el asturiano, “Ye mucha muyer pa ti, nun llegues a los pedales”. Joder con el tapón del abogado sí que quiere picar alto».

En la novela queda claro que el dinero es capaz de corromper a cualquiera, policías, jueces, médicos… Son estratos sociales que dificultan la labor policial porque quien extorsiona tiene poder. Marlasca está bien informado sobre los recursos de comunicación que disponen los diferentes grupos de la policía, así como de sus formas de actuación. Hay un tema claro y es la corrupción, la facilidad que tiene el dinero para corromper. El crimen organizado tiene dinero y poder. Como subtema creo que resalta la importancia de los cuerpos especializados para resolver casos complejos.

El autor describe bastante bien la realidad actual donde hay un grupo de jueces que claramente toman decisiones partidistas, lo que hace que los poderosos sigan actuando impunemente. Es cierto que la mayoría de los jueces trabajan para «hacer justicia» y también lo es que deben soportar «ataques que en los últimos tiempos sufre la judicatura desde distintos grupos políticos». Sin embargo, personalmente, echo en falta que se hable más claro sobre estos grupos políticos porque, indudablemente, son distintos aunque con una línea de pensamiento bastante similar.

En fin, he notado en la novela cierto posicionamiento hacia la derecha que menosprecia a la cultura, a la izquierda y a la igualdad. Y no se puede medir todo con el mismo rasero. Y ya no se puede tratar con cierta frivolidad a los machistas ni a los fascistas. Porque los antifascistas no tenemos traje ni los mentecatos pasan por antifascistas sino por todo lo contrario, «No se sorprende al comprobar el cóctel pijoprogre que compone su discoteca ideal: Aute, Serrat, Sabina […] Ahora, piensa, cualquier mentecato se pone el traje antifascista con unos cuantos twits y stories de Instagram como hoja de servicios».

viernes, 17 de mayo de 2024

CAJA 19

Al terminar este libro me he dado cuenta de que, probablemente, no todos estén dispuestos a leerlo. Tiene muy buenas críticas pero el estilo es algo elevado y, si no se presta la debida atención, hay momentos en los que no sabes muy bien de qué está hablando, si es algo real o imaginado; si la autora es la propia protagonista o esta es un personaje inventado. En realidad no importa, hay que dejarse llevar por la lectura y encontraremos diferentes historias, la de la relación con Dale —real— o la de Tarquin —inventada—. O puede que sea justo al revés. Lo que importa en Caja 19 es que muestra una realidad con la que podemos objetivar nuestra voz interna, conocernos mejor, tal es la reflexión constante a la que nos obliga Claire-Louise Bennett.

Creo que lo que más me ha impactado ha sido leer la época universitaria de la protagonista. En ella recuerda cómo debió trabajar en la caja 19 de un supermercado para pagar sus estudios y la estancia en Londres. Mientras ocupaba su puesto podía fantasear con los clientes en sus relatos, aportándoles una forma de ser que no era la real sino la que a ella le sugería.

La relación con su novio de aquel entonces, Dale, sale a la luz y ella se replantea su actitud, la posición que se le suponía a la mujer en la pareja quien, de manera natural, podía soportar (y hasta no hace mucho) cierto maltrato psicológico, sexual o físico, porque todo quedaba encubierto en el carácter del hombre que, ya se sabe, podía enfurecerse —y con razón, porque había bebido o cualquier otra excusa— hasta provocar cualquier desastre. Como consecuencia, la mujer adoptaba el papel pasivo que en la relación se consideraba normal y, sumisa, permitía que su no se transformase en sí porque, en realidad, ella no debía hacer mucho. Esta relación íntima, violación, es la que con el paso del tiempo se ha percatado de haber vivido. La sumisión ha sido la norma habitual para la mujer, precisamente porque quienes forjaron socialmente la idea de cómo era una mujer eran hombres; por eso, cuando convenía la mujer era fuerte y capaz, «Usé tampones […] difícilmente obstaculizarían todas las actividades a las que según la publicidad se entregaban las chicas que menstruaban […] ni sueñes con salvarte de Educación Física […] sé productiva, no decepciones a nadie»; cuando interesaba, la mujer debía mantener su posición marginal «a una profesora se le volvería en contra en el acto» o aceptar socialmente que no era libre sino propiedad de un hombre «después de dos años llamándola señora Hurly […] tuvieron que llamarla señorita Selby […] El nombre de él nunca cambiaría». Y sobre todo, la mujer era un escaparate en el que todos veían su apariencia unida a su inteligencia y forma de ser «Quién lo diría al verla (a Marilyn Monroe), pero siempre tenía la cabeza metida en un libro». La mujer, con tanta presuposición y obligación, «se le niegan una autonomía y unos ingresos […] si sexualmente está en tinieblas […] pasa horas y horas sola con tres niños…» terminaba algo desequilibrada; de ahí que hubo un tiempo en el que los hospitales psiquiátricos estaban a rebosar de mujeres.

La protagonista recuerda su época con Dale y es consciente de que «quería vigilarme […] detesta que me apoye las gafas de sol en la cabeza […] cree que siempre he elegido mal a los hombres […] necesito protección». Y reflexiona sobre la necesidad de inventar otra realidad. Ahí entra el proceso de la escritura. La memoria de Bennett viaja sin orden para traerle escenas de cuando ella empezó a escribir garabateando los cuadernos escolares, haciendo que los dibujos cobrasen vida para que, una vez en la universidad, intentase escribir una novela.

Comenzó contando las aventuras vividas por unos personajes que, a fuerza de retomarlos a diario, cobraron vida, pero esta obra quedó destruida por su novio «Cuando esa tarde abrí la puerta […] vi de inmediato una pila de papeles rotos en el suelo […] e hice una mueca de dolor…».

La destrucción de libros representa un elemento de censura normalmente por oposición religiosa o política. La autora recuerda cómo los estudiantes alemanes, el 10 de mayo de 1933 arrojaron al fuego libros que podían ser focos de corrupción y atentar contra la moral, la decencia, la familia y el estado nazi. Claire Bennet lo expone claramente en Caja 19, como un adelanto de la barbarie semita y a nuestra memoria acuden las quemas de libros en plena calle durante la dictadura de Franco. Quemar obras tiene que ver con el temor a que sean leídas, a que la gente cambie la opinión impuesta. En el caso del novio de la protagonista, cuando destruye la novela “Tarquin Superbus”, quiere destruir el miedo que siente ante la mujer, su inseguridad su complejo de inferioridad.

Caja 19 es una autorreflexión literaria; la literatura ha formado parte de la vida de la autora, de forma tan íntima que se adentra en la metaliteratura, algo que le permite seguir soñando con historias y descubrir en ellas la posibilidad de otras nuevas que pueden desarrollarse en la realidad o en el sueño, lugar en el que la imaginación trabaja al máximo porque libera las funciones del cerebro para que cuente emociones que le gustaría experimentar. Es literatura en la literatura, «mete las manos con hoyuelos en el agua, las sacude alegre, sus manos son estrellas de mar […] Se ve a sí mismo. Tarquin Superbus levantándose de esa cama digna de un rey…».

En esta autorreflexión literaria encontramos cómo se desarrolla el proceso de la escritura y las consecuencias de la lectura: Recuerdos que creíamos ocultos y aparecen en flash back, creencias de haber vivido lo que estamos leyendo, conexiones extrañas que nos trae la lectura con el tiempo «Y eso es todo lo que logro recordar del libro».

Asimismo experimentamos o deseamos diferentes vivencias personales que cambian a su vez con las diferentes lecturas «La historia se desarrollaba con mucha más rapidez de lo que yo recordaba». Y no cabe duda de que la imaginación se despierta antes incluso de empezar a leer, «pensábamos sin parar en los tipos de palabras que podrían contener».

Puede que Caja 19 no tenga una lectura fácil en cuanto a continuidad de la historia pero es innegable que conectamos con la autora, así que uno de los objetivos de Bennett, al menos, queda cumplido «Escribir podía lograr eso. Era una forma de llegar hasta otra persona».

miércoles, 8 de mayo de 2024

ALES JUNTO A LA HOGUERA

El cerebro funciona de forma simultánea, podemos pensar dos cosas al mismo tiempo, hay pensamientos que se superponen a otros causando en nosotros cierta desazón al no tener claro qué sucedió antes, qué es real y qué imaginado.

Son asociaciones libres que insisten en prevalecer, mezcladas, unas sobre otras o todas a la vez. Cuando esto ocurre, y somos conscientes, lo lógico es intentar que nuestra mente haga una pausa para empezar de nuevo y tratar de entender lo que nos dice. Son momentos en los que aflora nuestro interior, nuestra forma de ser, de ver la vida, de sentirnos en ella.

Es difícil trasladar estos momentos al papel porque la escritura es lineal; es muy difícil escribir y que se entienda el flujo de conciencia. No es un monólogo interior que podemos ordenar. Es introducirse en la psicología de un personaje y extraer toda su verdad emocional.

Jon Fosse lo consigue. Es increíble cómo, en unas cien páginas, no abandona ni un solo momento esta técnica. El lector es testigo de las obsesiones de los personajes; de cómo uno de ellos va sacando de su mente sus pensamientos para unirlos a los de su marido Asle, a los de su abuelo, sus bisabuelos y tatarabuelos. Cinco generaciones unidas en un mismo espacio, la Casa Vieja, por un mismo dolor: la muerte traumática del niño Asle, el día de su séptimo cumpleaños en 1897 y la del adulto Asle, ochenta y dos años después.

Pero estamos en el siglo XXI: «pues debe ser jueves, el mes será marzo, y el año 2002, eso sí que lo sabe, claro, pero la fecha y cosas así, pues no las recuerda». Han pasado 23 años desde que Asle desapareció en el fiordo noruego. Veintitrés años, que Signe, su mujer, vive sola en la Casa Vieja mirando por la ventana, esperándolo, recordando a cinco generaciones unidas por la desgracia. Y, sin embargo, es la voz de Asle la que abre el relato para dar paso, enseguida, a la voz de Signe, «Veo a Signe ahí echada en el banco de la sala, mirando a todas las cosas de siempre […] y las mira sin verlas, y está todo como siempre […] y sin embargo ha cambiado todo, piensa, porque desde que él se marchó y desapareció…».

No somos conscientes, tanto es el embelesamiento en el que nos sentimos inmersos, pero cuando nos damos cuenta, Signe ha conectado con Olav, el abuelo de Asle; con Asle, el niño de 7 años, hermano de Olav, ahogado en el fiordo ante su madre; con Kristoffer y Brita, los bisabuelos de Asle, padres de Olav y Asle; con Ales, la tatarabuela de Asle, por quien recibió su nombre.

Signe conecta con el Fiordo, con la playa, con la Casa Vieja familiar, con la montaña, con la barca… y asocia unos hechos a otros en un dolor heredado hasta llegar a ella, sin descendencia, probablemente para que cese ese dolor.

Cinco generaciones que, rodeadas de frío y soledad, mantienen una dolorosa rutina, aquella que empezó la abuela Ales cuando su nieto murió ahogado y ella quedó sentada junto al fuego recordando.

El espíritu de Ales está presente en la familia un siglo después. Todos han mantenido viva la desgracia en el fuego del hogar, que a su vez ha ido regenerándose, como el propio fuego, hasta confundir a unos con otros y confundirse con el espacio y el tiempo.

Ales junto a la hoguera está formado por diferentes voces narrativas que, de manera anárquica, van exponiendo el sentimiento que los ha unido, el amor a pesar del dolor. Y ese amor prevalece y da orden a las voces; a pesar de la falta de puntuación y de las incongruencias ortográficas; a pesar de la ausencia de párrafos. En esta escritura, formalmente caótica y confundida, descubrimos el estilo de Jon Fosse, anteponiendo, en una modalidad coloquial, aquellas palabras que le interesa marcar, como el paso del tiempo: «varios siglos tienen las partes más antiguas de la casa» o el dolor de una madre fracasada: «hijos nunca tuvieron». Repitiendo términos que señalan el interior de los personajes «No pienso en nada […] no miras nada […] no miro nada». Describiendo acciones que desvelan la tristeza y el dolor «y la vieja Ales se lleva una mano, de dedos cortos y retorcidos, a un ojo y se pasa el costado del índice a lo largo del ojo».

Puede que el flujo de conciencia sea confuso, pero en la narrativa de Fosse destacan claramente las conciencias tranquilas, superpuestas a la desesperación íntima, aferradas a la esperanza de la vida y de la fe religiosa.

Signe se mira a sí misma y se ve como la joven de entonces cuando se enamoró de Asle, una figura que avanzaba hacia ella y ya no hubo dudas entre los dos. Y en esa joven ve el pensamiento de la casada esperando a un marido que se ha adentrado en el mar porque es un hombre, porque necesita respirar aire libre, porque debe traer el alimento a casa, porque no sabe vivir en cautividad.

Signe ve el amor hacia ese hombre y siente intranquilidad ante la inseguridad de su situación. Ve la pena por la maternidad frustrada y experimenta la soledad de la rutina. Ve el tormento por la juventud truncada y percibe la tristeza de la soledad. Ve el suplicio de la memoria y lo padece; y se refugia en ese amor que vivió mientras implora que todo acabe.

Fosse introduce imágenes desconcertantes, asombrosas, que nos alejan del confort de la lectura para atraernos al delirio inconsciente de Signe y conectar con ella en su propia introspección. Es difícil encadenar una serie de sucesos que parecen ilógicos pero el Premio Nobel lo consigue, y al final conocemos a una saga de pescadores que ha amado, ha sufrido y ha aceptado su vida tal como se ha presentado.

El foco de atención es la hoguera. Una que hicieron unos niños al quemar la barca de Asle la noche de San Juan. La hoguera que mantiene a la familia caliente en el hogar. Fuego que destruye aquello que queremos pero purifica los sentimientos a través del sacrificio que nos exige.

Fuego capaz de dar vida a la familia y de transportarnos a través de ella. Mirar al fuego despierta la imaginación, es decir, desrealiza lo que nos rodea y nos abstrae en un mundo nuevo formado por imágenes que crea nuestra mente o por las que asocia a lo que nos han contado.

Signe no ha vivido más de cien años y sin embargo revive una y otra vez una realidad que no es la suya sino la que le fue transmitiendo Asle día tras día durante su matrimonio en la comunicación surgida entre ellos, las experiencias de otros quedaron en la mente de Signe que ahora, sola en la realidad, debe conformar una desrealidad para poder sobrellevar la existencia. La imaginación de Signe se despierta en las llamas de la hoguera de su sala, de la hoguera de la playa, de la hoguera que ve en lo alto de la montaña, una luz que une lo terrenal con lo celestial. Fuego que reconforta a las generaciones de una familia.

Fosse no sigue en su relato un tiempo cronológico sino el que marca la imaginación de Signe. Un tiempo simbólico capaz de dar vida a nuestro interior.

Aún hay otro símbolo importante en Ales junto a la hoguera. El mar. En su inmensidad une el cielo y la tierra, conecta lo divino y lo humano. También es creador de vida y de muerte. El fiordo es el encargado de traer la vida a la familia y de quitarla; de forma caprichosa. Es curioso que el mar se llevara dos vidas de la misma familia y en ambas ocasiones las barcas, frágiles, pertenecientes a los dos Asle, permanecieran intactas a pesar del embate de las olas.

Cuando llegan las embarcaciones a la playa, se restablece un orden familiar que no es el que había hasta entonces, pero a través de ellas la familia mantiene la esperanza. Por eso, cuando solo queda Signe y queman la barca, el fuego purifica a esa familia que ya no pertenece a la tierra sino a su imaginación.

Y cuando terminamos de leer Ales junto a la hoguera tenemos la seguridad de que esos personajes, fruto de la imaginación de Jon Fosse, van a formar parte de nuestra realidad.

miércoles, 1 de mayo de 2024

UN ANIMAL SALVAJE

En Ginebra saltan las alarmas cuando atracan una joyería y se llevan un importante botín. La policía se pone manos a la obra pero las pistas, que en principio apuntaban a los sospechosos, circulan por caminos sorprendentes. Por otro lado el perfecto matrimonio Braun verá resquebrajada su armonía familiar que, al menos desde que viven en un cubo enorme de cristal en medio del bosque, es bastante superficial. La exposición inconsciente de su intimidad, hace que Sophie Braun provoque los celos desatados de su vecina Karine y el deseo obsesivo de su vecino Greg, «Al amanecer, se instalaba allí y observaba a Sophie a través de las cristaleras […] Tras beberse el café, Sophie subió a la planta de arriba y entró en el dormitorio principal. Se desvistió y se deslizó desnuda en la cama donde su marido aún dormía […] Tenía que largarse, volver a casa antes de que Karine y los niños se despertasen». También siente celos Arpad Braun, cuando es consciente de que nada es lo que parece en la vida que pensaba había construido.

En realidad nada es lo que parece en Un animal salvaje, excepto el tatuaje de una pantera que Sophie se mandó hacer en el muslo. Ella es un animal salvaje por lo que, aunque lo intenta, no puede vivir encerrada.

La última novela de Joël Dicker no es una novela negra, en todo caso podría pertenecer al género policial, aunque los protagonistas son los ladrones y la policía, implicada como tal al final del argumento, no esclarece nada. Es cierto que hay un robo (el último de una cadena que no lleva visos de terminar) y también lo es que hay un asesinato, pero nada se resuelve. Hay un implicado que, sorprendentemente, queda sin castigo judicial; es su mujer la que decide castigarlo, aunque es más un premio para ella que otra cosa.

En fin, soy consciente de que debería argumentar más mis afirmaciones pero no quiero desvelar nada, y realmente, ya hay pocas sorpresas en la novela porque, en esta ocasión, Dicker no deja que imaginemos, nos va revelando constantemente lo ocurrido en un pasado, lejano o inmediato.

Esta última obra del suizo me ha dado la impresión de que está escrita con prisa. Hay una trama, bastante simple, al estilo de la que podríamos ver en cualquier película “romántica”, protagonizada por una alta sociedad que vive para impresionar. Y aunque Joël Dicker lo que hace, muy bien, es ir dando saltos atrás en el tiempo para que nos enteremos por qué los protagonistas han llegado a este punto «Estaba angustiado […] Ya era hora de confesárselo todo a Sophie. De terminar con esa farsa», en Un animal salvaje las analepsis son tan constantes que no dejan tiempo para que nos metamos en el engaño y recibir de sopetón una sorpresa que nos desmonte la teoría.

Creo sinceramente que son demasiadas páginas y demasiados saltos porque al final viene a decirnos lo maravillosa que es esta vida falaz. Una vida que solo pueden llevar los que pertenecen a la clase alta. Está claro; son los únicos que salen indemnes. Los plebeyos reciben su castigo, unos más duro que otros. En fin, los personajes son bastante planos, y ya es difícil que a lo largo de 446 páginas no evolucionen. Es cierto que Arpad muestra dudas, se contradice, pero termina actuando de la misma manera. Igual ocurre con Sophie, lo mismo pasa con Greg y de forma semejante Fiera mantiene su comportamiento.

Dicker ha construido la personalidad de cada uno en base a un rasgo determinado y así nos encontramos al típico machista que no soporta ser menos que su mujer, que no soporta que sea ella la más inteligente, la más guapa, la más rica, la que brille más… Sabe que sin ella no es nada, por lo que no le importa humillarse para que, cara a la galería, sea él el cabeza de familia, rodeado de gente que lo admira y lo envidia.

Nos encontramos con la clásica niña rica que lo ha tenido todo sin esfuerzo, belleza, dinero, inteligencia, contactos… y le falta experimentar la excitación que el resto de mortales siente en su día a día para encontrar un trabajo o conseguir lo que se propone. No le importa mentir o saltarse la ley con tal de percibir una subida de adrenalina. Por supuesto, contando siempre con el apoyo familiar incondicional.

Nos encontramos con el típico hombre que ha perdido el deseo por su mujer, porque se siente atraído hacia cualquier novedad que se le presente. Sabe que lo que tiene en casa seguirá ahí para ofrecerle un hogar en el que refugiarse cuando esté cansado de probar las innovaciones sexuales que su mujer no tolera, «Greg pensó que hacía mucho tiempo que Karine no lo recibía así. […] —Me apetece hacerlo aquí —dijo sacándose unas esposas del bolsillo de atrás del pantalón».

Nada es lo que parece en Un animal salvaje, pero en realidad pocas cosas sorprenden, aun con tantos cambios, tantas las idas y vueltas. Incluso los diálogos no están a la altura de lo que nos tiene acostumbrados el autor; demasiado lenguaje coloquial.

He echado en falta la metaliteratura de El caso de Alaska Sanders. La narrativa fraccionada de Dicker es su constante, y sin embargo esta vez no he encontrado giros sorprendentes, sí hay sorpresas pero en mi opinión no de la talla de La verdad sobre el caso de Harry Quebert.

La narrativa múltiple a la que nos tiene acostumbrados ha dejado paso a un narrador omnisciente que, de manera testimonial, va contando los hechos ocurridos en diferentes espacios: Londres, Génova, Saint Tropez, y en distintas épocas.

Si en Elenigma de la habitación 622 encontré alusiones al suspense de Alfred Hitchcock, en este argumento, totalmente visual, como es usual en el autor, pueden quedar reflejadas imágenes de cualquier película pretendidamente romántica. No hallamos el sentido de la amistad que rodea sus otras novelas, hay engaño, mentira y un ambiente de falsedad con el que no nos es posible identificarnos. Un ambiente que saca lo peor del género humano: el egoísmo.

Aun así, es Joël Dicker, y espero ilusionada su próxima novela.

miércoles, 6 de enero de 2021

LA NOVIA GITANA

Tensión indiscutible hasta el final de una novela que retrata a una sociedad que no parece de este mundo y que, sin embargo, la tenemos tan cerca. Iluminados, locos, fanáticos nos rodean y no somos conscientes. Vivimos tranquilos sin sospechar que en cualquier momento nuestra vida se puede quebrar. Vivimos confiados hasta que el dolor consigue que suframos unos minutos, horas, días o una vida entera.

Las víctimas de La novia gitana han muerto tras un horrible tormento o viven atormentadas hasta tal punto que cuesta trabajo pensar que se muevan, actúen y se comporten como seres normales.

Hasta dónde pueden marcar las circunstancias. Hasta dónde puede afectarnos un trauma. Hasta dónde llega la fortaleza del ser humano en condiciones extremas y qué débiles somos por naturaleza.

«Susana llevaba años sacándose fotos en la misma postura en la que el asesino dejó a su hermana».

La novia gitana se lee bien. Redactada con ritmo vertiginoso, lleno de giros que nos llevan de un lugar a otro, de un personaje a otro hasta que conforman ese mundo paralelo en el que nadie querría existir. El sadismo se introduce de golpe, aunque es de agradecer que la autora no se recree demasiado en él. La trama se va ampliando con nuevos sospechosos que enlazan a su vez otros crímenes, por lo que el lector descarga la adrenalina de forma desigual, en proporción ascendente según los capítulos leídos. Si al principio es imposible dejar de leer, llega un momento en el que pedimos una tregua, en forma de justicia poética, para esos atormentados. No hay tregua. El caso se resuelve de manera sorprendentemente brutal. Es un final abierto aunque de apertura tan desconcertante que no sé si me atreveré con La red púrpura, organización que se nombra en el argumento y sirve de título para la siguiente entrega de Elena Blanco, inspectora al mando de la Brigada de análisis de casos (BAC). «—¿Has oído hablar de la Red Púrpura? —pregunta Mariajo. Elena no consigue articular palabra. El corazón se le ha acelerado y se lo masajea para intentar atajar un conato de infarto».

En la BAC encontramos lo mejorcito del cuerpo de policía. Creo que es una pena que Carmen Mola haya centrado sus recursos en el argumento pues, al tratarse de profesionales especiales hubiera sido un acierto profundizar más en ellos. De todas formas los datos ofrecidos, algunos con humor, se agradecen, ya que relajan la tensión acumulada en el ambiente del caso y en la mente del lector, «—Una cerveza, un tercio de Mahou —interviene Zárate. Elena se precia de saber mucho de la gente por lo que bebe, pero no tiene ninguna opinión sobre los que piden tercios de Mahou. Que son madrileños. Poco más».

Por contraste, la inspectora queda retratada casi en su totalidad. Conocemos sus miedos, su angustia, y entendemos por qué canta temas específicos, por qué bebe grappa hasta caer redonda y por qué conduce un coche algo anticuado. Sabemos, por veladas prolepsis, que la vida privada de Elena está anclada en un hecho del pasado que la mortifica constantemente, algo que no le impide ser eficaz a la hora de resolver crímenes como el que se le presenta, cuando el cuerpo de una chica medio gitana aparece muerto con el cerebro comido por los gusanos. Susana Macaya muere además, de la misma manera que su hermana, Lara Macaya, siete años atrás, también pocos días antes de casarse. La investigación no apunta al asesino de Lara, encarcelado desde entonces, pero su compañero de celda, ya en libertad, el padre de las chicas, así como el novio de Susana y el propio investigador del caso de Lara, el policía, ahora retirado por Alzhéimer, Salvador Santos, se convierten en sospechosos. Cualquiera puede ser. El lector va oscilando entre la empatía y la animadversión hacia estos personajes hasta que es imposible no llevarse una sorpresa con el desenlace


—No parece un preso.

—No, pero estoy seguro de que no está por casualidad. Aunque los funcionarios le describen como un tipo apocado e inofensivo, incapaz de matar a una mosca…

—Y, sin embargo, mató a esa chica llenándole la cabeza de gusanos… ¿O no sería él?

Con Carmen Mola conocemos datos sobre las costumbres de la raza gitana, apuntes que intentan una desestigmatización de la opinión que prevalece sobre su forma de vida; nos planteamos si existe la posibilidad de una normalización social entre gitanos y payos, de una convivencia sin que nadie tenga que cambiar sus tradiciones, de una sociedad tan amplia que dé cabida a todos. Mientras tanto nublan nuestra mente conclusiones a las que vamos llegando sin tener del todo claro si son o no racistas, «Moisés que fue feliz a su lado, notó muy pronto el alivio de alejarse del clan […] la llamaba “mi paya favorita” y la cubría de besos […] Hasta la muerte de Lara […] todo empezó a cambiar».

Asimismo conocemos algo sobre sectas religiosas, no mucho, lo suficiente como para temerlas, pues está claro que valiéndose de sutiles amenazas reclutan a gente desamparada, que vive en condiciones extremas, que hará lo que sea para no sufrir más.

Somos testigos del horror y la tortura que suponen determinadas enfermedades, como el Alzhéimer, para el paciente y quienes cuidan de él

—Hablamos con mucha gente. Yo sospechaba del hermano de la chica.

—¿Cómo? No tiene hermanos, Salvador.

E intuimos, por comparación con EE.UU., una llamada general a la sociedad para que valore más la actuación de determinados grupos especiales de la policía.

Todos estos temas aparecen en La novia gitana, sin profundizar demasiado, lo justo para que no perdamos de vista las dos tramas que, apareciendo paralelas, se superponen al final produciendo un caos aún mayor que en el que nos encontrábamos, reflejo de un argumento sólido, sin fisuras que engancha desde la primera página. La lectura es ágil, interesante, escrita con rigor aunque no apta para personas demasiado sensibles.

Lo que no conocemos de La novia gitana es la identidad de la autora. Era usual que las escritoras firmasen sus obras bajo seudónimo masculino, para evitar la censura machista en algunos casos, por pudor en otros; las hermanas Brönte, Böhl de Faber o Lucila Godoy son un ejemplo de esto. Pero hoy, los ejemplos arriba mencionados no tienen sentido, así que solo se me ocurre que el sobrenombre Carmen Mola pueda ser en realidad un heterónimo o una tapadera para crear, paradójicamente, el halo de misterio necesario para obtener mayor publicidad. Probablemente muchos hayan leído a Carmen Mola con la intención de descubrir en su estilo algún autor conocido. Mola ha actuado de forma inteligente al generar a su alrededor toda una serie de elucubraciones. Aunque no sea lo importante, también he caído en la trampa y me ha sido imposible no detectar ciertas pistas. He localizado giros por los que creo que Mola es una mujer, «mientras calibraba […] ha notado la vigilancia de Moisés todo el rato, como una aliento pegajoso en la nuca que no le permitía pensar con libertad». Creo que es seguidora de Berna González Harbour; veo un homenaje a la comisaria María Ruiz en El sueño de la razón. Como ella, la inspectora Elena Blanco obtiene pistas de la pintura, en este caso de Lempicka «Era bisexual…». Ambas se debaten en la eterna duda de seguir las normas o la intuición para resolver sus casos «Quizá un buen policía se las tiene que saltar de vez en cuando». Y las dos deben enfrentarse a la locura obsesiva de sus asesinos… En fin, esto es lo de menos en el análisis de La novia gitana, pero me apetecía aportar un granito de arena, aun equivocado, a la polémica.

miércoles, 14 de octubre de 2020

FALSTAFF


Debe ser fabuloso llegar casi a nonagenario con la mente tan lúcida como la de Harold Bloom, y más aún que este miembro de la Academia estadounidense de Artes y Letras dedicase sus últimos años a seguir investigando sobre una de sus pasiones, Shakespeare. Debe ser fabuloso disfrutar de la vida hasta el final; si tenemos en cuenta el subtítulo de este libro Lo mío es la vida, encontraremos el sentido a las comparaciones que el propio Bloom se hace con Falstaff, uno de los personajes con más personalidad que el bardo de Avon extrajo de su pluma.

Después de leer Falstaff queda claro que Harold Bloom, como excelente crítico, reclamó los valores que corresponden a la ficción literaria, entre ellos, aportar beneficios al ser humano pues, según qué personajes u obras pueden iluminar inseguridades al ofrecernos otra idea de la vida. La imaginación queda como la principal cualidad del hombre en general y del artista en particular, pues gracias a ella, los lectores en este caso, podemos reflexionar sobre el mundo real que nos rodea; y en esta reflexión llegamos a descubrir el alma de los autores. Ya en el primer capítulo de Falstaff encontraremos el concepto que este personaje, o Shakespeare, tenía del honor «¿Quién lo tiene? El que murió el otro día. ¿Lo siente? No […] ¿no vive con los vivos No ¿Por qué? Porque no lo permite la calumnia […] El honor es un blasón funerario, y aquí se acabó mi catecismo». Idea similar a la de Pedro Crespo, nuestro Alcalde de Zalamea cuando sentencia «El honor es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios». Similar, aunque está claro que el inglés se burla de la fe, no admite deber la muerte a Dios. Falstaff es la imagen de la vida. En el capítulo 5, ¿De quién es Falstaff?, Bloom reclama para Shakespeare el invento del sketch satírico al recordarnos la escena entre Falstaff con el príncipe Hal mientras ensayan la entrevista que éste tendrá con su padre, Enrique IV, en la que mientras Hal descubre su aspecto malvado, Falstaff la toma como una diversión y se permite (como Enrique IV) recomendar a «uno de espléndida mirada y mucho cuerpo […] con él quédate y destierra a los demás». Bloom advierte de que este entretenimiento es, ante todo, emotivo pues encierra el deseo (vano) de Falstaff de convertirse en un padre para Enrique IV. Para nuestro crítico, ese ingenio de Shakespeare lo eleva a genio, capaz de conseguir que el mundo gire en torno a este personaje y se desdibuje ante él hasta parecer ficticio. Un genio con alma privilegiada, de gran inteligencia emocional y dotado de una imaginación superior.

Bloom, dedicado a reflexionar sobre la fantasía literaria, consiguió acercarnos a personajes que, como Falstaff, no tuvieron en principio un protagonismo principal, pero todo palidecía a su alrededor. El propio caballero inglés advierte al príncipe que si lo hiciera desaparecer solo quedaría en el mundo «política y violencia», aunque la envidia y la venganza de Hal no lo tienen en cuenta, «Pues lo hago; lo haré».

Harold Bloom fue otro genio, por eso reconforta leer sus conclusiones, aprender de unas interpretaciones que llegan a constituir otra obra de arte, otro reflejo mejor acabado de la realidad. No nos extraña el diagnóstico que nuestro crítico, también de alma privilegiada, hace del personaje al compararse con él, «yo lo valoro más, ya que no es fácil ser viejo y alegre».

No había leído Enrique IV, así que me he puesto al día cuando empecé a ver el estudio que Bloom lleva a cabo en Falstaff. Al principio este personaje nos recuerda al Miles gloriosus, un fanfarrón que solo dispone de ingenio para sacar del apuro a sus amigos, aunque estos se burlen de él, sin embargo, en la escena del reclutamiento, vemos que Falstaff no es cobarde aunque «se ríe de la teoría y práctica militares con el entusiasmo y la fruición que esperamos de la personalidad más pletórica de vida de todo Shakespeare». Por eso, sir John no mira la fuerza o apariencia de los soldados sino «el espíritu», es capaz de llevar por bandera la alegría y la amistad y, en su jocosidad, esconder como casi todos los divertidos una gran sensibilidad. Por eso a Bloom no le extraña que muera al verse traicionado por su antiguo amigo, el príncipe Hal. El crítico estadounidense se da cuenta de que con Falstaff, Shakespeare exploró la conciencia del ser humano: enérgico aunque perezoso, inteligente, por lo que cínico, íntimo y abandonado, tramposo aunque sensible. En esta moral del hombre se halla «La espinosa relación entre Hal y Falstaff» y representa «el centro de las dos partes de Enrique IV».

La ética de sir John es la de un hombre cualquiera que aspira a conquistar el afecto; ahí reside su riqueza, no quiere más, y si no lo consigue no le interesa seguir en el mundo.

En Falstaff encontramos afirmaciones decisivas, seguras, fruto de la experiencia como conocedor de Shakespeare. La investigación aflora constantemente en las páginas; aparecen argumentadas, en relación con la obra de 1597, citas bíblicas y pasajes como la parábola de Lázaro «si puede haber una resurrección secular, sería la de Falstaff levantándose de entre los muertos», obras cinematográficas como Campanadas a medianoche (1965) de Orson Welles, piezas musicales como la ópera de Verdi de 1893, o novelas «En Cumbres borrascosas, Catherine Earnshaw es la fragua turbulenta atrapada entre los mundos antitéticos de Heathcliff y Edgar Linton». Estas afirmaciones de Bloom van cubiertas por una sensibilidad tal que condiciona la forma en la que conoce a Falstaff y nos lo transmite como verdad universal.

Los juicios de Bloom se hacen necesarios para todos los que nos sentimos atraídos por Shakespeare, imprescindibles para interpretar correctamente las causas de la crítica subyacente en la obra teatral «La rimbombancia de Pistola se vuelve teatral cuando Shakespeare satiriza a los dramaturgos George Peele, Thomas Kyd y más llamativamente, a Christopher Marlowe». Los pareceres de Bloom se convierten en verdades razonadas que aportan el conocimiento necesario para relacionar las ideas que connotan algunos términos. Su crítica pasa a ser una matemática exacta, una objetividad que no plantea dudas porque él mismo es quien propone la discusión.

Falstaff supone, por lo tanto, un tratado sobre el mito de Shakespeare; un ser humano real que no se para en moralidades ni en posturas personales que lo desvíen de su ánimo sublime hacia el hecho literario «desconocemos la causa de su muerte. En Medida por medida, Troilo y Crésida y Timón de Atenas, así como en sus últimos sonetos, hay una creciente preocupación por la enfermedad venérea. En el tratamiento contra la sífilis entraba una amplia dosis de mercurio. ¿Fue eso lo que aceleró el fallecimiento de Shakespeare?». Shakespeare no tuvo interés en dosificar miserias ni en inducir en mayor o menor grado a la violencia en su obra.

Asimismo, Falstaff es un hombre que vuelca en la ficción delirios de grandeza, dudas, complejos, vergüenzas, hasta que se apropia de todas ellas, hasta que vemos en él al propio autor y somos incapaces de distinguir lo real de lo ficticio, «¡Loco mundo, locos reyes, loca alianza!». La confusión entre sueño-realidad es usual en las grandes tragedias y sin embargo extraña en los dramas históricos. Al leer Enrique IV surge la gran pregunta ¿Acaso la realidad no existe? Todos los personajes están basados en personas reales y, sin embargo, imbuidos de la frescura de la literatura en general y de la influencia del autor en particular, por lo que Bloom encuentra rasgos del brío y del verbo de Falstaff «en el bastardo Falconbrige», de El rey Juan.

Leer este tratado supone un privilegio pues uno de los hombres más cultos del mundo combina la crítica especializada con un estilo asequible, dirigido a todos, que acopla con total acierto lo sublime y lo humanizador que encontramos en la obra de arte.

Al leer Enrique IV podemos asegurar que hemos vibrado mientras aprendíamos algo de la historia de Inglaterra, aunque lógicamente con algunos cambios efectivos.

Después de leer Falstaff, queda en nosotros el beneficio de la duda que nos ofrece la literatura, pues no hay una lectura política, y la certeza de que queremos la vitalidad del personaje, el empuje de Harold Bloom y la concepción de la ficción de Shakespeare pues, no sólo el contenido de sus obras, sino su maestría en el lenguaje nos atraen. Bloom nos muestra cómo seducen los juegos homófonos «—ahí están tus señales —¿por qué, hijo mío, tantos te señalan?», las cosificaciones «¡Tú cállate, jarra! ¡Cállate, aguardiente!», las comparaciones sarcásticas «Estáis tan gordo, sir Juan, que a la fuerza estáis sin medida», los malapropismos «conmigo tiene infinitivas cuentas», los neologismos «¡ah, ruin hombricida! ¡sois un mataseres, un matahombres, un matahembras!», el humor polisémico «aquí no dejaré que te dispares. Pistola, descárgate de nuestra compañía» o las personificaciones, «No hables como una calavera. No me recuerdes mi fin».

Así pues, con el permiso de Harold Bloom, me apropio de sus palabras «Nunca he tenido claro cómo un profesor y crítico de Shakespeare puede evitar ser absorbido por él».