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jueves, 29 de mayo de 2025

LAS FUERZAS CONTRARIAS

La saga de Bevilacqua sigue su andadura. En esta ocasión el subteniente Vila debe hacerle frente, junto a su compañera Chamorro, a un asesinato, la muerte de dos ancianos que podrían haber sido víctimas del COVID o de cualquier vecino, la desaparición de otra mujer y la preocupación de que sus propios padres quedasen infectados.

A la incertidumbre de la resolución de los crímenes se une la soledad con la que deben afrontar su trabajo, por el confinamiento que sufrimos los españoles para evitar el contagio de uno de los virus que, con más fuerza, asoló medio mundo en los últimos tiempos. La incineración de los cadáveres no ayuda a la resolución de las muertes. Aun así, nuestra pareja veterana cuenta con la ayuda de la Guardia Civil de Toledo. Entre todos sacarán la verdad a la luz, «López estaba allí, dándome soporte desde su destino en Asuntos Internos […] no era de los que andaban escatimando a la hora de poner sus energías […] al servicio de sus compañeros […] lo que ahora me tocaba era corresponderle».

Lorenzo Silva sigue, en Las fuerzas contrarias, denunciando la corrupción; en esta ocasión la pillería en torno a una desgracia natural se pone de manifiesto, como es usual en el hombre. Parece que forme parte de la condición humana aprovecharse de los infortunios ajenos para beneficio individual.

Basada en la situación real que vivió el país al comienzo de 2020, cuando aún no teníamos claro cómo combatir el COVID, cuando los ancianos fueron los más afectados por sus condiciones fisiológicas, cuando los equipos debían trabajar en circunstancias difíciles por miedo al contagio, Rubén Bevilacqua razona cómo la pandemia no actuó para todos de la misma forma, «Esta gente es la que nos crio, la que nos dio una educación, la que nos ahorró el hambre y la injusticia que ellos conocieron […] no solo no acertamos a protegerlos ni a prestarles socorro, sino que los damos por muertos desde el portal». Mientras los asilos y residencias de ancianos fueron un caldo de cultivo o los padres de familia estables debían luchar con las tareas habituales, el trabajo on line desde casa, la formación de los niños también en casa, la falta de mascarillas y el agobio psicológico de no poder salir a la calle, otros apenas sufrieron las consecuencias devastadoras. Ya se sabe, las enfermedades, que no son justas y se ceban con los más necesitados, mientras que enriquecen a los más despreciables «La ruindad y la estupidez de algunos comportamientos […] le ponían difícil a uno estar a bien con la raza humana».

Lorenzo Silva ha confeccionado en Las fuerzas contrarias una novela policiaca en la que predomina la intriga y la crítica social. El trabajo de la Guardia Civil queda ensalzado hasta lo más alto. Ni uno solo olvida su misión; todos saben que están expuestos a un virus silencioso y mortal pero todos se apoyan para combatir, al menos, las muertes que ellos pueden aclarar «…recordarle a alguno que otro que no somos esbirros de nadie sino servidores de todos».

En primera persona Bevilacqua narra los hechos con un lenguaje culto, un tanto poético y refinado. Es un guardia civil no al uso que se enfrenta a la investigación criminal con la convicción de que forma parte de un equipo. El papel de la mujer queda ensalzado, como siempre, en su compañera, la sargento Virginia Chamorro, quien aporta ideas cruciales para la resolución. Tanto Virginia como Rubén son seres humanos antes que policías; con la experiencia, el idealismo de sus primeras andanzas se va transformando en realismo; saben a qué se enfrentan, conocen mejor el comportamiento de los hombres aunque nunca juzgan de antemano.

La narrativa de Silva sigue manteniendo cierta intertextualidad con otros autores y obras. La música es importante para acompañar los estados de ánimo de los personajes. Está claro que el nivel cultural de Bevilacqua no es el usual en un guardia civil. De alta formación, intenta ser una prueba de que la lectura es una buena consejera que influye en la personalidad del hombre.

A Bevilacqua no le hace falta la fuerza, convence con la palabra. Su equipo está alejado de la imagen a que nos tienen acostumbrados las series televisivas en las que, normalmente, alguno se deja corromper por los delincuentes o por el afán de ascender en el cuerpo. Con Bevilacqua y Chamorro no hay problema; todos trabajan siguiendo los cauces oficiales, en el apartado burocrático o en el seguimiento de las pesquisas, «El cabo Arnau era uno de esos idiotas que se creen lo que dicen creer; en su caso, que lo primero es estar donde sea necesario para prestar servicio a los ciudadanos y a la vez que la familia es la primera responsabilidad que tiene quien da el paso de formar una».

La colaboración es esencial para lograr el éxito en la investigación, por lo que las autoridades judiciales, forenses y otros expertos en ningún momento entorpecen sino todo lo contrario.

No cabe duda de que el autor está honrando a la Guardia Civil, cuerpo tan denostado y temido en nuestro país durante el siglo XX, para dar una imagen más moderna y humana.

Los viajes que Vila y Chamorro llevan a cabo, a Toledo y Badajoz en este caso, ayudan a tomar contacto con la Guardia Civil de otros lugares para dar una imagen más global del trabajo de investigación y de campo, ofreciendo al lector un proyecto en el que los ciudadanos podemos confiar plenamente, «—No es un examen, Dios me libre, quiero vuestro criterio […] Lo que no quiero es predisponeros ni condicionar vuestra apreciación; decidme vosotros, libremente y sin indicación de nadie, qué es lo que veis»; la dificultad del trabajo policial es evidente por lo que la intuición también tiene cabida, pero lo fundamental es que parte de su trabajo consiste en ponerse al día con la tecnología o lo que haga falta de forma que la edad no sea un impedimento social sino una ventaja.

Novela sin sobresaltos, es, sin embargo, un testigo directo de lo que supuso la pandemia en nuestro país: vidas diezmadas por el virus, por la acción o la falta de ella que algunos impusieron y que sacaron a la luz la peor cara de ciertos políticos, ávidos en echar tierra a la labor bienintencionada y efectiva de las fuerzas del orden y gubernamentales.

miércoles, 20 de diciembre de 2023

PLANETA

La última novela que he leído es interesante, ágil, escabrosa más por lo sugerido que por lo detallado, con lo cual se puede seguir fácilmente, aunque alguna sorpresa haga renegar del ser humano o al menos cuestionar su humanidad. «…impactada por el contraste entre la fama del chico y lo poco que se prestan sus admiradores a soltar la guita […] El individualismo imperante no perdona».

La reflexión sobre nuestra capacidad para conservarnos y conservar está presente en el argumento de Planeta, la tercera entrega de la inspectora Camino Vargas, creo que una policía indispensable de la novela negra española. No sé cómo se las ingeniará Susana Martín Gijón, pero la saga de Vargas debería continuar.

En esta ocasión, una vez que aún no han cubierto el puesto de la jubilada Teresa, ocupado temporalmente por Evita, en Especie, caso en el que murió asesinada, que Águedo se encuentra de baja con una pierna rota, y que Fito debe ocuparse de graves problemas familiares en los que se ven envueltos su madre, su hermano, su pareja e incluso su suegro, los sucesos que asolan Sevilla tienen desbordado a un equipo de homicidios diezmado. Lupe Quintana y Pascual Molina serán pues, elementos clave en Planeta. Por eso, a pesar de que Camino está conviviendo por fin felizmente con su amor de toda la vida, Paco, ha de posponer las vacaciones programadas para enfrentarse a otra serie de horrores, de los que se creían libres. Los animalistas no han dejado de actuar. Es más, Camino y la comisaria Ángela Mora están en contacto con la policía de Italia y Estados Unidos pues definitivamente el asunto se ha hecho universal, «Tarda unos segundos en reconocer a Taylor, su enlace en Nueva York».

El planeta está en peligro. Los hombres lo están llevando a la quiebra y ahora hay toda una red de defensores que quieren castigar de manera ejemplar a la raza humana para que, por fin, sea consciente de las barbaridades cometidas. El problema es que nada que tenga que ver con el fanatismo puede considerarse ni advertencia ni ejemplo, solo locura, terror y más destrucción.

Los asesinos, no les daremos otro nombre, aprovechan las fuertes lluvias que están asolando Sevilla durante días para idear un plan que llevará a la capital andaluza al apocalipsis. El planteamiento es incómodo, no cabe duda; la denuncia social es patente, también la de la actuación política. Susana Martín llama al compromiso con lo que nos rodea, con lo que es nuestro y, por dejadez, por avaricia lo estamos destrozando. Por supuesto, los primeros a quienes pasa factura cualquier despropósito, son los más necesitados. La autora lo sabe y nos lo hace saber a todos.

El estilo tampoco nos deja indiferentes. La narración hace gala de un lenguaje directo, cargado de expresiones populares, términos usuales del andaluz, «malaje», que se mezclan con ironías y sarcasmos que aun en los momentos más duros nos sacan una sonrisa


—¿A un pescador furtivo? […]

—Y ha aparecido muerto en el tanque de los tiburones. Se lo han zampado […]

—Eso sí es justicia poética

Es este un libro que obliga a reflexionar, con la propia Camino, en el caso Especie y en el que, dos años atrás, dio lugar a las primeras acciones de lo que se consideró un asesino en serie hasta que salió a la luz el caso Progenie relacionado con el maltrato animal.


—¿Te refieres a…?

—El hombre cerdo, el hombre pato y el hombre pulpo. Fueron ellos.

Ahora, en Planeta, «Tiene razón inspectora. No son animalistas. Son ambientalistas».

Los personajes aparecidos en las entregas anteriores continúan en contacto con la inspectora Vargas, por lo que, a pesar de no haberlas leído, podemos intuir lo sucedido. Pero en esta ocasión, las vidas privadas de todos cobran mayor protagonismo, así los lectores somos testigos de cómo la vida no es un camino de rosas para ninguno de ellos: Camino y Paco deberán acostumbrarse a convivir en una realidad, no en el cuento de hadas imaginado al comienzo de una relación. Lupe continúa planteándose si merece la pena seguir en un matrimonio que, de puro rutinario, la asfixia. Fito nos mostrará la valentía y la honradez necesarias para salir, y mantenerse fuera, de un barrio marginado en el que la droga y la delincuencia son un modo de vida; su pareja, Susi, será fundamental en su estabilidad. Y veremos a Pascual, feliz al comprobar que su hija adolescente se siente orgullosa de él. Son datos familiares que consiguen que estos personajes nos sean imprescindibles. Asimismo, la italiana Bárbara Volpe, a pesar de un cáncer de huesos que la está minando, será fundamental en la resolución.

No cabe duda de que Martín Gijón ha sabido aunar la labor policíaca del conjunto con la existencia ordinaria de cada figura en una trama negrísima, que saca lo peor del ser humano. Somos vulnerables, está claro, pero los personajes de Planeta son capaces de convertirse en héroes en un momento, haciendo que no todo esté perdido y que merezca la pena habitar este mundo.

El narrador va cambiando el punto de vista, por eso a veces da la impresión de ser omnisciente «Al pronunciar esas palabras comprende en toda su magnitud lo que eso conlleva. Ni ella está dentro de una de sus pesadillas…», otras veces parece no saber más de lo que ve, por lo que se convierte en testigo «Tiene los ojos cerrados y ni tan siquiera parece haberla oído. Es como si hubiera entrado en un estado inerme…». En ocasiones, a pesar de usar la tercera persona, el narrador no es sino un personaje exponiéndose a sí mismo sus reflexiones, como en un monólogo interior en el que intercala la segunda persona: «Pero a su Dios nada de eso parece importarle. No hay más que ver cómo ha dejado morir a su suegra, qué barbaridad […] En esta vida solo cuenta el maldito dinero […] y nos lo quitas todo, coile, nos lo quitas todo».

Y por supuesto la trama, donde se van intercalando las pesquisas llevadas a cabo en Italia con las de Sevilla, consigue aumentar nuestra curiosidad. Los capítulos cortos, con finales impactantes, incrementan la tensión que, por momentos, se relaja con vocablos informales, «Al Matasanos se le ha acabado la paciencia […] —Pero sacadme este fiambre de aquí, YA».

Los pretendidos eufemismos dejan de serlo cuando la interpretación que hacemos de ellos deja de ser ambigua, entre otras razones porque el propio narrador los reemplaza por el término correcto, «El local es íntimo y acogedor, que viene a ser lo mismo que minúsculo pero dicho con más márketing». De ahí que los personajes, en especial la protagonista, se decidan a menudo por usar directamente tacos para que su irritación quede de manifiesto, «—A tomar por culo».

Las expresiones propias del lenguaje coloquial, vulgar a veces, tienen, paradójicamente, tintes positivos en la novela. Son disfemismos que aportan a la escritura de Martín Gijón grandes dosis de realismo y a la lectura, cierto humor necesario para relajar la tensión. Por supuesto, hay que leer la trilogía.

martes, 8 de diciembre de 2020

AQUITANIA

 

No suelo leer novela histórica, no es mi subgénero favorito. Acabo de leer Aquitania y lo único que lamento es que haya terminado.

Esta novela me ha supuesto un descubrimiento, una nueva incursión a la lectura. He asistido a la revitalización de una época, que yo creía oscura, en la que el reflejo social no consigue anular el carácter de los personajes. Nadie queda indiferente ante las acciones de cualquiera de ellos pues hasta el más insignificante constituye un engranaje para conseguir los objetivos de la novela: iluminar la Edad Media, denunciar el papel que jugó la mujer en una época en la que su único derecho era asentir, y ensalzar la inteligencia y estrategia de una mujer que aspiró a lo que solo le estaba permitido a los hombres.

No solo he leído esta novela, el interés que ha despertado en mí ha hecho que busque en enciclopedias y libros de historia datos de sucesos que parecían ficticios, y me he llevado la sorpresa con otros que creía reales y forman parte de la imaginación de la autora. Esto es lo bueno de la novela histórica, que conjuga la realidad y la ficción de tal forma que da igual si lo que leemos pertenece a una u otra existencia; lo que importa es que partiendo de una base real se construye un universo que permite soñar, que despierta la imaginación, que aviva la curiosidad, que estimula la capacidad de asombro y de intriga.

Todo esto consigue Eva Gª Sáenz de Urturi con Aquitania. Y más, porque la novela es un despliegue de aventuras, intrigas de palacio, traiciones, acuerdos y amor. ¿Cómo es posible en un mundo tan cruel emanar tanta ternura sin una muestra de sensiblería? ¿Cómo puede una persona contener tanto miedo y rencor sin manifestarlo durante gran parte de su vida, esperando el momento seguro para la venganza?

Magistral la forma en que Sáenz de Urturi va destapando amor, odio, pasión, abulia, venganza, arrepentimiento, dolor, alegría, éxito y fracaso en pequeñas dosis alternando hechos y alternando voces. Tres puntos de vista narran esta historia, el de Eleanor y Luy, reyes de Francia y duques de Aquitania y el del Niño, un personaje entrañable que, con el tiempo, llegará a intervenir de manera decisiva en la vida de los reyes y del propio reino.

Todos los personajes esconden un secreto que se irá desvelando según considere oportuno el narrador correspondiente, emulando en ocasiones las llamadas de atención que el juglar de la Edad Media dirigía a los oyentes, «Creo que es el momento de hablar de los gatos aquitanos. Son importantes en esta historia». Otras veces el protagonista anticipa, mediante un dato catafórico, una confidencia sin llegar a descubrirla, pero el lector ya ha quedado atrapado en la advertencia, «Ninguno de los dos lo sabía, pero aquel infame atardecer en la sacristía no estábamos solos. […] una presencia escuchó la charla que cambió el devenir del reino de Francia, oculta tras las cortinas de un viejo confesionario».

Los personajes son numerosos, los hechos también. Además unos y otros se van mezclando en el tiempo y en diferentes espacios según sea el narrador, que a lo largo de las cuatro partes de la novela se va alternando.

La primera narra la infancia de Eleanor y la relación que mantiene con Rai, su tío carnal y amante. Las analepsis aportan una visión más completa del pasado, pues ha llegado el momento de separarse con el fin de aunar territorios sin exponerlos a futuras guerras. Los poitevinos deben anteponer su nombre a su intimidad: Sólo Sé Subir, es la máxima que no debe olvidar. Asimismo asistimos a la presentación de Luy VII, futuro rey de los francos, a quien Eleanor se entrega para llevar a cabo una venganza.

Finalmente conocemos al tercer narrador, Niño, de quien más tarde sabremos su nombre, su verdadera personalidad y el alcance que llegará a tener en el reino de Francia.

Los datos históricos se mezclan con costumbres sociales y con intrigas palaciegas de tal calibre que van desde las amenazas hasta los más crueles asesinatos, «Creo que habéis perdido al heredero de Francia. Nadie os va a perdonar en la corte vuestra necia imprudencia, si decido contarla». En esta primera parte, a pesar de las otras voces narrativas en primera persona, Eleanor se convierte en protagonista absoluta desde que se desvela como una estratega sorprendente, «“Estoy en la corte de París, estoy más cerca de saber qué hicieron contigo, padre” me dije».

Por supuesto, la inteligencia de Eleanor es real, su fuerza mental y resistencia física también, pero las intrigas se agrandan en la novela por los finales en suspense de los capítulos


Qué letal combinación.
Todavía, para mi desgracia, no sabía cuánto.

El ritmo de la lectura se agiliza con hipérboles tan desmedidas que confieren un inequívoco tinte de narración de aventuras, «Otros afirmaban, después de santiguarse, que podía romper los huesos de un hombre hasta reducirlos al tamaño de una taba».

Y, sin embargo, ese ritmo extremo se ralentiza en los pensamientos emotivos o en comparaciones tan poéticas que consiguen un lector entregado completamente al personaje, «El niño obedeció, con una sonrisa como un universo».

En la segunda parte, el matrimonio de la duquesa de Aquitania con el rey de Francia está consolidado. Eleanor, empleando toda su astucia ha logrado alejar de la corte —al menos momentáneamente— a quien la puede dañar; sin embargo su reino pasa por constantes «miradas desaprobadoras por la ausencia de herederos en el horizonte». Estamos en un lugar y una época en los que prima el interés, no existen los favores, solo son meros intercambios para que las partes implicadas salgan beneficiadas, «—Confío en que logréis lo que os proponéis, y yo cumpliré mi parte, con agrado además».

La tercera parte nos muestra a una reina fuerte que hace valer sus derechos como soberana y como mujer; es ella quien entabla acuerdos con la Iglesia y quien anima a su marido a llevar a cabo contiendas aterradoras ocultándole el verdadero motivo. Amor y desamor que no son más que consecuencias inevitables de no disponer con normalidad de una vida íntima, sino la marcada por los intereses del reinado «Eran demasiados silencios como para disimularlos en una sola mirada».

Llama la atención la exposición de la locura del soldado, algo que a pesar de los siglos sigue afectando al ser humano, otra muestra más de lo poco que hemos cambiado con el transcurrir del tiempo: «muchos de nosotros hemos comido alguna vez carne humana por necesidad […] A veces no hay villa a la que retornar ni señor a quien demandar la paga».

En la cuarta parte el ejército francés, con Eleanor a la cabeza, pierde la Segunda Cruzada contra Nuredín. En una hábil mezcla de realidad y ficción, Eleanor descubre al asesino de su padre gracias al romance de don Gaiferos, que según una de las interpretaciones alude a la muerte del duque de Aquitania al llegar a Compostela.

Con el ritmo vertiginoso, propio de la novela de aventuras, los sucesos se agolpan al final: Eleanor anuncia públicamente su intención de pedir la nulidad matrimonial, es secuestrada y mandada liberar por su propio marido, lleva a cabo de forma épica, magistral, la venganza tan esperada una vez resueltos los asesinatos de los dos hombres más poderosos de Francia y convierte su antiguo lema en Sólo Sé Seguir.

Y en un guiño a la novela bizantina, Eva García nos regala la anagnórisis de los dos personajes más queridos de la trama:


—¿Cómo habéis dicho?

—Que sois mi sobrina, querida Eleanor

Fabulosa Eleanor y fabulosa Aquitania.

Pero no cabe duda de que el verdadero mérito de esta ficción maravillosa es de la autora. Sáenz de Urturi consigue mantener intenso, aunque encubierto con recursos literarios, el cariño que se profesan los protagonistas. La personalidad paciente, buena, pacífica de Luy es capaz de calmar cualquier rencor de Eleanor y transformar en amor su deseo de venganza. El temperamento activo, fogoso de Eleanor aporta ilusión a un rey desengañado con el mundo terrenal

Las metáforas sensuales no son más que el resultado de la relación que se forja entre ambos «yo era mujer de luna creciente, mi sangre siempre bajaba cuando el disco blanco dibujaba sus contornos afilados contra el cielo oscuro». Los diálogos nos acercan salvajes estrategias, sucesos horrendos que al ir salpicados de cierto humor consiguen relajar la tensión, como también lo logran las metáforas cotidianas que encubren el verdadero cariño. Asimismo los diálogos son portadores de réplicas inolvidables, dignas de ser recordadas como parte de la representación de una saga en la que el amor se convierte en fenómeno de masas


—Dejad que os busque en la oscuridad, mi reina. Quiero que la corte de Francia vea que sois inconfundible. No hacen falta los cinco sentidos cuando se está frente a la duquesa de Aquitania.

Otras veces, en las réplicas se impone el humor capaz de acrecentar la emoción del momento


“Bienvenido” murmuré, conmovida
“Bienvenida”, contestó él
—Vuestra  loca  estrategia  resultó  —me susurró al
cuello, creo que pensó que lo hacía al oído.

Asimismo con el empleo de refranes mezclados a expresiones humorísticas se encubre el maltrato dado a las mujeres, el horror de ser mujer cualquiera que fuese su estatus «Pero dice el refrán que vieja que baila mucho polvo levanta».

La autora hace acopio de comparaciones cotidianas, anáforas, epíforas, anadiplosis y paralelismos que poetizan los diálogos. Los constantes contrastes del oxímoron llenan de sentimientos una época catalogada como oscura


Era verano, lo sé. El cielo ardía, lo sé. Mas cayó sobre nosotros una ligera nieve negra

La exposición concatenada de los hechos constata una presencia tenaz de la preocupación solo liberada por la ironía necesaria para afrontar tanto dolor, un dolor ante el que la Iglesia (y sus intereses) se comporta de forma efectista, ávida de masas que le sirvan en sus objetivos, «Bernardo lanzó al aire un pañuelo con el que se había secado el sudor de la frente y […] se arrojaron sobre aquel trozo de tela»

«Tomó aire con la solemnidad de un resucitado […] y se dejó caer desde el púlpito hacia los brazos de sus entregados fieles».

Eva García consigue que, tras leer Aquitania, los lectores quedemos entregados a su prosa esperando una continuación de la vida de Eleanor.



domingo, 7 de abril de 2019

CARVALHO: PROBLEMAS DE IDENTIDAD



Voy a empezar la crítica de esta novela con algo que no tiene que ver con ella, pero sí con la escritura. Y es que, de vez en cuando, se cuelan faltas de ortografía que, por ser cada vez más habituales, llegará un momento en que no se vean como faltas. Probablemente el culpable sea el corrector del ordenador, no digo que no, pero precisamente por eso debemos tener cuidado al escribir expresiones que suenan igual pero se escriben diferente. Es el caso de «si no» y «sino». La conjunción sino contrapone la negación dicha con una afirmación, es fácil utilizarla puesto que podemos sustituirla por pero, incluso si se elimina de la oración no pasa nada «No quiero esto, (sino) lo otro». Pero la expresión si no refleja una condición en la que la negación de un concepto depende de otro (y no se puede quitar). Dicho esto, en la oración «Una buena réplica a tiempo alarga los sentidos, sino de qué Moriarty» hemos de ser conscientes de que debiera escribirse separado. Tenemos que esforzarnos un poco para preservar nuestra lengua, poco a poco menos rica en acepciones.

Dicho esto hay que reconocer que Carvalho: problemas de identidad ha superado con creces las expectativas que tenía de este personaje. Es la parte más emotiva de la novela. El personaje. Carvalho cobra vida propia, o mejor dicho Carlos Zanón convierte a este personaje de Vázquez Montalbán en un ser real que, en su día conoció a El Escritor, vivió en su mismo edificio y le aportó ideas sobre él mismo y los casos que llevaba, para crear al detective más famoso de la ficción española durante casi cuatro décadas.

Está claro que Manuel Vázquez Montalbán fue un genio, culto, comprometido, buena persona y valiente, pues no dudó en denunciar mediante artículos periodísticos, ensayos, poemas y novelas todos los desmanes del franquismo y la democracia. Mediante el detective Pepe Carvalho compuso una crónica sociopolítica y cultural del momento. Así, pudo denunciar la crisis del partido comunista en Europa, la desmesura en los gastos de la olimpiada celebrada en Barcelona o el poder del dinero y las sectas.

Por todo esto, porque Pepe Carvalho tenía una identidad, y su autor también, veía difícil acometer la empresa de traerlo de nuevo a las letras. Y Carlos Zanón lo ha conseguido. Carvalho regresa tomando vida propia y recordando constantemente a aquél que lo creó «Muy a menudo me pregunto qué pensaría El Escritor de esto y aquello. ¿Qué diría de todo esto que sucede ahora en esta ciudad […] Hablar con él me tranquilizaba».

Regresa, si cabe, más duro. El estilo áspero, cortante, refleja con toques naturalistas la desapacible vida del detective y los casos a los que debe enfrentarse; leídos tienen un punto de hiperrealismo que se convierten en descripciones esperpénticas a veces. Reflexionados, son un triste reflejo de la realidad actual

”—¿usted qué piensa, señorpepecarvalho?”—, pero sólo sé todo lo que me callo.
Como, por ejemplo, que las putas de la montaña no son material deseable para locales de alterne en red alguna […] producto nacional, la mayor parte […] que se quedaron atrás […] demuestran que a esta maravillosa ciudad siempre se le ha dado muy bien guardar el barrido bajo la primera alfombra que se le presentara, ya fuese el colaboracionismo franquista, Andorra o el Palau de la Música.

Este es el punto de unión entre los dos catalanes y hay que reconocer que Zanón ha concebido un homenaje épico para su antecesor.

Pepe Carvalho sale de las páginas literarias y recuerda a su creador, con alegría pues le dio buenos ratos, con nostalgia pues hace veinte años que no tiene en quién apoyarse, «Felices en Roma, Siria o en Bankok, pero lejos del aeropuerto, que allí se me quedó un amigo». Este dativo ético puede ser engañoso. Sí es nostálgico. Sin embargo, a pesar de sus 63 años, de su enfermedad, posiblemente grave, que no lo deja comer, de su soledad desde que decidió dejar a Charo para no hacerle daño, sigue siendo inteligente, culto y lúcido. Precisamente por eso comienza poniendo al lector sobre aviso de quién fue su autor, continúa aludiendo a obras de Vázquez Montalbán y a cómo ese personaje llegó a la televisión «Conocí a Poncela y a Charo López, eso sí, con la que intimé y sufrí, y con la que también sufrió la otra Charo».

Puede que debido a la edad, o al bagaje que lleva a sus espaldas, su cinismo ha alcanzado cotas insospechadas, pero esto es superficial, cara a la galería; en su intimidad está cansado, ha perdido parte de la ilusión por vivir «Solo tengo unas tremendas y apabullantes ganas de estar solo […] Esconder la cabeza entre las manos y tratar de recolocar las cosas, la información, las cartas escondidas, y luego borrarlo todo, borrarme a mí, borrar hasta el recuerdo de haber querido entender algo».

La integridad que aún mantiene pretende ocultarla bajo una capa de sarcasmo que sacude a quienes quiere y les hace daño, aunque el gran corazón que lo ha caracterizado siempre aparece tímidamente, como sin querer, para mantener la fama de su personaje, que reconoce la buena comida aunque ahora no disfrute con ella, que le sigue gustando beber y lo hace, a pesar de que no le sienta bien.

Pepe Carvalho ha vuelto más solo que nunca, no tiene a El Escritor, «Ojalá estuviera aquí ahora», no tiene a Bromuro, no tiene a Charo y Biscúter, más adaptado socialmente, se ha enrolado a Master Cheff. «—Ya sé lo que es. Sé perfectamente lo que es. Lloros, publicidad, risas, competición, vejaciones, vanidad, escarnio, montaje, cretinismo, fama, estupidez: o sea, pura televisión».

Es cierto que Estefanía, su nueva secretaria, lo espolea de cuando en cuando y lo hace sentir vivo, pero básicamente se enfrenta solo a los dos casos que se le presentan, el de una prostituta retrasada a la que han asesinado y enterrado en Montjuic y el del homicidio de la abuela y la hermana de Amèlia, actriz frustrada que mantiene una doble relación, con Max, posesivo e hiperprotector y con Manel, guardia imputado por violencia. Además lleva a sus espaldas el caso de su novia Zombie, una drogadicta, mujer de un asesor presidencial, que le exige verla o dejarla según su conveniencia o la de su marido. Mala relación en la que, a pesar de saber que lleva las de perder, se mete hasta el fondo porque confunde atracción o pena con amor. Pero ya se sabe, el gobierno es intocable.

Esto es lo esencial de Carvalho, y el de Carlos Zanón no lo ha perdido; casi más que los casos que lleva entre manos importa la autopsia certera que realiza a la sociedad actual «Mantiene el menda una dignidad afectada, del tipo “nada de lo que dicen de mí es cierto y el tiempo me dará la razón”, muy habitual en políticos corruptos, banqueros a la defensiva y monarcas eméritos».

Una de las técnicas más oportunas para conseguir el pertinente análisis es el uso del monólogo interior cargado de intención crítica, «del que fui guardaespaldas mientras bajaba a pillar heroína a los negratas, perdón negros».

Las digresiones se introducen en los casos actuales para ponernos al día de su ausencia «Rechacé lo de Ámsterdam y acabé en Nueva York», al tiempo que recuerdan a una pintura de diferentes entornos en la que la documentación artística destaca sobre todo «Decían que Elvis en persona llamaba a Doc cuando alguna frase en alguna canción no le parecía adecuada». Casi siempre contienen un flujo de conciencia en segunda persona que se mezcla en la primera para, con efecto ambiguo, describir el estado del personaje y el del ambiente «todo el mundo grita por todo, así que no sabes qué está pasando hasta que ya no pasa nada o es demasiado tarde para evitar que pase».

El estilo es indudablemente ágil, a pesar o precisamente por las digresiones, sugerente, en donde la expresividad, siempre presente es a veces tierna, incluso cuando está revestida de una capa dura. De esta forma, mediante pinceladas sueltas define a los personajes, «La Briongos. Ahora no recuerdo si la he despedido o se ha marchado ella o ha sido una de las broncas de siempre con Biscúter […] chaleco antibalas de uno y otro».

La narración también cobra dinamismo cuando elide palabras, incluso frases, consiguiendo que quede lo más escueta posible, casi descriptiva, lo que unido al diálogo parece un guión cinematográfico «Carcajada. Aguanto el chaparrón. Hace que lee una noticia. Mira por debajo de su flequillo donde yo debo tener los ojos pero yo opto por evitarla. Son sus maneras de coquetear».

El realismo está presente de forma constante, las largas descripciones en las que se unen sin transición personas, tiendas, anuncios, despersonalizan a la sociedad; asimismo, en medio de tanto realismo las metáforas abandonan su sentido figurado y dan impresión de realidad «Una virgen pagana, en tres azules, hermosa hasta para cambiarse uno de religión, sale del Súper barato». Las comparaciones imposibles devienen en enumeraciones que concluyen de forma rotunda antes de dar paso a la crítica mordaz social, política o educativa «vejaciones, insultos, palizas, acoso por las redes, en los recreos, en las salas de gimnasio, tierra, mar y aire. Linchamiento y escarnio».

La dureza se vuelve más cruda cuando, en esta polifonía narrativa, la primera persona es tomada por otro personaje que además está muerto y, desde su más allá hace sentir aquí el dolor, la humillación, la angustia hasta que el lector empatiza y se da cuenta de que también le falta el aire. De hecho, las narraciones, a veces naturalistas, rozando lo esperpéntico por la inclemencia reinante, retratan a una sociedad de tercera en la que el personaje manifiesta su desprecio y rencor hacia quienes blanquean sus actos con grandes eventos o miran hacia sí mismos:

Estamos aquí esperando a un tío que mató a un desgraciado que atravesó todo el puto continente africano para vender mantas y mandar dinero a su puta tribu […] y tú me preguntas de qué modo puedes superar ese dolor tan grande que tu novia uruguaya te produce porque igual tiene un lío con otro tipo

Igualmente la mezcla de personas narrativas provoca un efecto hipnotizador en el lector; al pasar de la primera persona al narrador autodiegético consigue hacernos partícipes de lo que ocurre al tiempo que el protagonista adquiere mayor profundidad psicológica «Temo que ella haya llamado y temo que no lo haya hecho. ¿Cómo te encerraste en su mundo desquiciado?».

Y si el estilo es perfecto, no cabe duda de que el uso variado del lenguaje ayuda. Los términos poéticos catalanes, virolai, se unen a otros científicos, glucógeno, y a otros actuales pertenecientes a la informática, troles; incluso a veces los acrónimos están expuestos tal como se usan «con su PIN, su PUK y su santísima madre». En un mismo diálogo puede darse la mezcla de ambas lenguas, catalán y español (¿en un intento de certificar la convivencia?)

—Quina edat té?
—Muchos

Hay metonimias que recuerdan constantemente su soledad «me tienta acompañarme de algún crianza, pero hoy quiero anestesia rápida y escocesa». Y metáforas cosificadoras que inciden en su falta de ganas de existir «no soporto tanta profundidad. No sin estar macerado».

La falta de civismo queda perfectamente retratada en las metáforas animalizadoras y empequeñecedoras «unos cuantos semáforos que ni las manadas de turistas ni los indígenas respetan, como si […] los coches se convirtieran en inofensivas sillas de ruedas de lisiados». Por otro lado, las personificaciones aportan importancia a la ciudad como personaje «empieza a tiritar el alumbrado eléctrico». Y abundan las metáforas irónicas que devienen en nostálgicas «Saco mi viejo Focus color plateado con todas las estelas posibles de las columnas del parking».

Mediante elipsis agiliza el ritmo narrativo para recobrar su protagonismo con el estilo indirecto; todos los recursos son válidos si afianzan la importancia de la situación, incluso el polisíndeton con el que ralentiza la noche hasta que influye en el estado de ánimo del personaje «y me intercalo y me barajo entre un bar gay y otro bar menos gay y otro abiertamente no gay y en cada uno me meto un Ardbeg…».

La ironía cargada de crítica hacia determinados espacios televisivos se refuerza con neologismos populares «Es barricidio».

Y por supuesto el humor está presente en todas sus variedades, siempre escondiendo, o no, la crítica pertinente: El triste, que se refleja en metáforas esperpénticas «dice una de las mujeres pintarrajeada por su peor amiga del Imserso y vestida por la peor de EGB». El negro, con el que critica la falta de implicación social «debe estar poniendo multas en rotondas o lanzando a manteros por terraplenes». El irónico, del que se vale para retratar a un amigo «Su mujer se llama Josefina y es procuradora. Nunca he conocido a la tal Josefina. Igual es la Chica de la Curva». Humor en el empleo de conectores que advierten el cambio en la función de algunos establecimientos «Paso al lado del quiosco, abierto, donde se vende de todo, y también revistas y periódicos». Humor en los hipocorísticos, «Biscu», en los motes sugerentes «Jeremías de plastilina» y en los acortamientos «píllamelo en el Paqui». Humor en los diálogos con Biscúter pues consigue el efecto contrario que pretende, marcar el cariño que se tienen

—¿Le dijiste que cobramos primera visita?
—No. Me dio mucha pena. No paraba de llorar.
—Genial. El mes que viene te pagaré yo con lágrimas.

Sarcasmo para que no olvidemos quién es ni lo que piensa de la sociedad «...a la mitad de los catalanes que aún no se decidían a arrancarse de sus cuerpos la posesión diabólica que supone ser españoles con lo sucio, pobre y chillón que es ser español». Y humor al más puro estilo de los Hermanos Marx con el que se define a la perfección

—Y al parecer no tienes coartada
—No
—Vaya
—Estuve viendo el culebrón de TV3. Si eso te sirve
—Si cuando te juzguen somos independientes, sí
—Joder, Pepe
—¿Pepe?
—Ovidio es Pepe en latín

Y así, rodeado de humor, ironía, sarcasmo, nuestro Pepe Carvalho honra no sólo a Vázquez Montalbán en todo momento; otros escritores aparecen abiertamente, o a través de sus obras, como reconocimiento a la buena literatura: Galdós «galdosiano», Gabriel Celaya «un arma cargada de futuro», Baudelaire «hastío o esplín», Tomas Mann «mientras se me derrite el maquillaje bajo sol cubano», Marsé «la oscura historia de la prima Amelia» o Bécquer «poseerla después de abatirla […] encerrada ella en una torre».

Excelente novela, excelente Carvalho de otro excelente escritor.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

EL SÉPTIMO CÍRCULO DEL INFIERNO


La última novela de Santiago Posteguillo, si es que podemos considerarla novela, es apasionante, aunque ciertamente su encuadramiento en un género literario sea difícil —esta sociedad nuestra que ha conseguido tenerlo todo estructurado, incluso nuestra mente—.

¿Por qué, entonces, El séptimo círculo del infierno la he incluido como tal? Puede que porque consta de una serie de personajes ficticios, u obras literarias que conviven con sus autores en cada capítulo y que, aunque no tengan una trama en común los veintinueve capítulos que la componen, sí estén regidos por un mismo tema, todos son personajes malditos pues la sociedad los ha incluido en ese círculo dantesco al que iban los criminales o los blasfemos. Y sin embargo, Santiago Posteguillo encierra en este séptimo círculo del infierno de la Divina Comedia, el río Flegetonte, de sangre hirviente, guardado por el Minotauro y centauros, en el que las harpías y perras famélicas devoran o lanzan piedras a quienes quieran abandonarlo, a todos los perseguidores de la literatura, sacando a la luz, como si de un Orfeo se tratase, a esos libros que nunca han debido estar prohibidos por ser considerados pecado.

El autor califica al libro de «viaje literario» por el que la Historia pasa, y en la que los autores deben sortear «persecuciones, enfermedades, pérdidas de seres queridos, prisiones, intolerancia, campos de exterminio, servicios secretos, dictadores y hasta corruptos». Realmente es un infierno, y lo más grave es que no ha terminado. En pleno siglo XXI y en plena democracia sigue estableciéndose una censura sutil, por eso Posteguillo critica abiertamente los libros catalogados, en la web de la librería del Museo del Prado, desde LA1, moralmente aceptables, hasta LC3, censurables del todo por sexo o cuestiones religiosas; lista a la que le gustaría pertenecer pues están, entre otros «Goytisolo, Benedetti, John Irving, José Luis Sampedro […] por mencionar algunos autores inmortales y perversos. Un dulce infierno». Asimismo, Posteguillo, ataca la reducción  de «las asignaturas de humanidades. Eliminan horas de historia, arte, latín, griego, literatura, filosofía y tantas otras materias claves en la evolución del pensamiento humano». Está claro que el gobierno tiene miedo, como lo han tenido los gobernantes de todos los tiempos, de que llegue un momento en el que aparezca la revolución más temida «la de la inteligencia». Gracias Santiago por ser tan directo, gracias por apoyar, de manera indirecta —o directísima— a tantos profesores que, consternados, ven impotentes cómo no pueden educar a sus alumnos por el simple hecho de que no hay horas disponibles.

Pero no es momento ahora de analizar la buena, mala o pésima situación educativa por la que atraviesa nuestro país, sino de profundizar en esos autores que este escritor ha rescatado del olvido e insta a que los leamos, que reflexionemos sobre lo que ellos ya hicieron tiempo atrás.

En el siglo VIII a.C., Safo queda unida, mediante la escritura, a la actualidad, en este capítulo aparece el padecimiento que, al separarse de su adorada Atis, dejó escrito en un poema. Para insistir en su dolor pero también en sus ganas de luchar por los derechos de la mujer, no me cansaré de recomendar Atardecer en Mitilene, obra teatral de Andrés Pociña.

Es curioso cómo Horacio, tan conocido por sus odas, en el año 42 a.C. dejó por escrito el miedo que sintió en la batalla de Filipos y su huida

Contigo compartí el desastre de Filipos y una huida poco honorable, abandonando mi escudo de forma innoble…

Y es curioso porque, a pesar de su vergüenza, si no lo hubiese hecho probablemente no habríamos podido leer los mejores versos de la poesía latina.

Otro dato extraordinario de este “viaje” es el del escritor Rustichello da Pisa quien, en el siglo XIII, conoció a Marco Polo en la misma celda y redactó sus viajes, asombrado de que hubiese visitado Asia, porque Marco Polo no sabía escribir y, curiosamente fue Rustichello quien lo dio a conocer a la posteridad, aunque él, que «ya tenía algunos romances en lengua provenzal sobre los caballeros del rey Arturo […] fue un escritor tan genial como invisible».

Si hablamos de escritores invisibles no debemos olvidar a Cristina de Pizán quien, muertos su padre y su esposo, siguió adelante, sola, escribiendo, y en el siglo XIV fue capaz de entregar todo un manifiesto en favor del reconocimiento de los derechos de la mujer «germen de ideas feministas» La ciudad de las damas, leída o conocida por muy pocos en el siglo XXI.

Creo que a estas alturas queda clara mi admiración por el Siglo de Oro, por eso me ha encantado recordar ese Hombres necios con el que sor Juana Inés de la Cruz burló a la censura de la Inquisición, la misma que le prohibió ir a la universidad sólo `por ser mujer «siempre tan necios andáis / que, con desigual nivel, / a una culpáis por cruel / y a otra por fácil culpáis».

En el siglo XIX, nuestro donjuán por excelencia, José Zorrilla, intentó enamorar a Emilia Serrano a golpe de verso y, una vez que lo consiguió se zafó de ella como si fuese el propio Tenorio. Pero Emilia no quedó maltrecha, llegó a ser baronesa de Wilson y escribió numerosos artículos, obras literarias y el primer libro de viajes sobre el continente americano que existe, aun así todos recordamos los versos ripiosos y machistas de Zorrilla y pocos se acuerdan de la baronesa.

En fin, El séptimo círculo del infierno está plagado de sorpresas, la mayoría de ellas referidas a mujeres que han debido luchar contra el intrusismo, la ignorancia o el olvido, como Concha Espina que no llegó a conseguir el Nobel por un voto, y que a pesar de ser feminista, liberal y católica en el siglo XX, pocos han leído su novela El metal de los muertos, sobre los mineros en Córdoba, donde fue y convivió un tiempo para escribir con plena conciencia y denunciar las condiciones en las que trabajaban.

Sin embargo a Pearl S. Buck sí le concedieron el Nobel de literatura y, aun así estuvo proscrita en China desde que llegó el comunismo por haber tomado «una actitud distorsionada y vil hacia la gente de la nueva China y sus líderes», a pesar de haber luchado por la discriminación de los chinos en EE.UU. y haber constituido una agencia de adopción para niños mestizos que nadie quería.

Otra que fue vetada por el Comité de Actividades Antiamericanas, por haber simpatizado en algún momento de su vida con los comunistas, fue Vera Castany quien, a pesar de que sus novelas adaptadas al cine supusieron verdaderos éxitos de taquilla, no pudo escribir durante 10 años.

Son mujeres que han combatido el horror, que han superado su miedo al maltrato, la tortura, y se han impuesto sobre todos aquellos que sí han caído en el olvido como el marido de Buchi Emecheta, nigeriana que hubo de separarse para poder escribir, al tiempo que trabajaba, sacaba a sus hijos adelante y recibía el premio de la Orden del Imperio Británico. Premios que, a veces y a pesar de ser siempre justos y merecidos, no trascienden lo que debieran. En ocasiones, alguna famosa y aceptada, como Doris Lessing, llegó a utilizar un pseudónimo, a modo de experimento, sin obtener reconocimiento; de hecho al firmar como Jane Somers en obras similares a las que tuvieron éxito, éstas fueron catalogadas como «un precioso suéter tejido por una mujer con artritis», mientras que utilizando su nombre real consiguió el Nobel de 2007.

Todos conocemos, o al menos hemos oído hablar del spanglish pero pocos saben que este idioma puede que se deba a Dolores Prida, cubana que tuvo que exiliarse a Nueva York donde escribió su teatro de esa forma. Probablemente la cátedra de spanglish de la universidad de N. Y. se formó gracias a ella.

Merece la pena leer El séptimo círculo porque no sólo expone anécdotas o sucesos de otros tiempos sino otros totalmente actuales que todos deberíamos conocer, como que en 2004 se estrenó en Londres Romeo y Julieta en O.P. “original pronuntiation” y resultó que, teniendo en cuenta los cambios fonéticos surgidos desde hace años, los chistes del genio universal sonaban mejor y eran más atrevidos, pues al pronunciar como se hacía en el barroco, no se traducía «De hora en hora, maduramos y maduramos, / de hora en hora, nos pudrimos y nos pudrimos» sino «De puta en puta, maduramos y maduramos, / De puta en puta, nos pudrimos y nos pudrimos». No cabe duda de que este verso haría reír mucho más a un público ávido de morbo en los juegos de palabras y que hoy podemos recuperar en el Teatro Globe.


Y merece la pena llegar al final del viaje para ser testigos de la feroz crítica que Posteguillo hace no sólo a estos culpables del abandono de la cultura humanística; también arremete contra los gobernantes que, incultos e incapaces de pensar en algo que no sean ellos mismos y su bienestar, realizan experimentos con seres vivos sin saber nada de ciencia o de otra cosa que no sea corrupción, como el caso de Ana Mato que decidió matar a Excalibur, el perro de una enfermera contagiada de ébola, por si su animal de compañía lo transmitía al resto de la sociedad, en vez de preocuparse, como han hecho en otros países, de promover laboratorios y científicos en condiciones que puedan resolver estos problemas. Ya ha pasado un tiempo, y España sigue a la cola de la ciencia, así pues, nuestro autor nos ofrece una lista de perros que, a través de la literatura, lo han dado todo por sus dueños: Pilot, en Jean Eyre, Argos y Ulises, Buck, en La llamada de la selva, Crab, de Los caballeros de Verona, Laska, de Ana Karenina, Fang, de Harry Potter… o Cujo, el perro con rabia de Stephen King, que le regalaría a la ex ministra, Ana Mato.