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sábado, 17 de junio de 2023

MISERIA

He terminado la segunda novela de Dolores Reyes y me ha transportado no solo a Cometierra sino a todo el continente latinoamericano. Siempre he tenido la sensación de que ese pueblo ha sabido explorar como ninguno el mundo del subconsciente. Dolores Reyes parte en Miseria de una visión fantástica para poder expresar su propia realidad, y la expresa de tal manera que todos la consideramos real porque el contenido lo es, la desaparición de tantas mujeres, y el sentimiento, también (la impotencia de la soledad).

Las imágenes reales y fantásticas se unifican con total normalidad para conseguir que los lectores las asociemos a la intención de la autora: denunciar la situación en la que viven los seres humanos en determinados suburbios en los que nada se tiene, en donde el cariño de un animal es a lo único que, algunos, pueden aspirar, «Paseo por un parque que no pisé nunca. Tanto buscar con Miseria una plaza y ahora se aparece en mis sueños […] Metida debajo de los bancos hay una perrita quieta […] —Susy, no salgas de acá. Enseguida te buscan. —Y cuando escucha su nombre, mueve la cola».

Para entender perfectamente estas imágenes, Reyes introduce a los personajes, representantes de una problemática sociocultural, en un mundo onírico. El espacio real ahoga a los protagonistas con falta de oportunidades, son desarrapados envueltos en una espiral de violencia y animalización cuyas consecuencias son nefastas, sobre todo para las mujeres, aterrorizadas en una sociedad que no pocos interesados aderezan con magia negra.

La mujer en Miseria, es la verdadera protagonista. Mujer que, como la tierra, es símbolo de vida, protección y muerte «Mi mamá tampoco tenía camisones. Ella me contó que cuando volvimos del hospitalito, solas nosotras dos, hacía frío y como ya no tenía nada que ponerme […] envuelta y pegadas, estuvimos esos primeros días juntas ella y yo». La figura del padre también es simbólica de ese machismo ancestral y animalizador. Para Cometierra, Miseria, la Tina, Florensia… el padre es una presencia odiada o ausente. Por eso, probablemente, el Walter es el personaje más entrañable. La autora pide, con él, un cambio. Walter es la nostalgia, el deseo de un padre cariñoso, un hombre capaz de actuar sin violencia, un hombre que no quiere venganza sino justicia.

La relación entre el Walter y el Pendejo marca la aspiración de acabar con el padre destructor de la familia.

No hace falta haber leído Cometierra para seguir el argumento de Miseria; a veces hay alusiones que facilitan al lector el significado que algunos personajes tienen en la historia, o permiten el recuerdo de sucesos anteriores que ahora se entienden como premonitorios, «Vino porque el viejo está enfermo y necesita guita […] Y no quiero que mi hermana se entere de que apareció […] Quiero darle lo que me piden y que se vayan para siempre […] Estoy terminando de juntarlo, se la mando y se acabó».

No hace falta haber leído Cometierra pero sí es aconsejable. En Miseria, Cometierra, que había prometido no comer tierra más, se instala en otro pueblo con su hermano y su cuñada Miseria, embarazada con 16 años. Pero tan necesario se hace el dinero cuando llega el niño y son tantas las niñas y mujeres desaparecidas que, de nuevo, se aviene a buscarlas. Sin embargo ya hay una vidente, una reina de la noche que practica la magia negra y no está dispuesta a que nadie le haga sombra, entre otras razones porque cuenta con gente capaz de aniquilar al que lo intente y con el beneplácito de los gobernantes.

Cometierra no se bastará para parar la barbarie. Las mujeres deberán unirse y reclamar el fin de tanto dolor con un fuego que, simbólico, pretende quemar el daño para que de las cenizas resurja una nueva sociedad. Cuando Aylén es consciente de ello se queda en ese nuevo lugar, se separa de su hermano, de su familia, por primera vez, con la promesa de volver a estar juntos cuando todo se solucione.

Miseria es una novela de sentimientos. Sus protagonistas son mujeres reducidas a un espacio seguro, la casa y sus inmediaciones. Cuando alguna falta, salta la alarma y comienza a imperar el miedo. Apenas hay acción; solo Marta, al ser consciente de que su hija lleva muerta varios años, convoca a todas las mujeres para quemar el Corralón, donde durante tanto tiempo las niñas, las jóvenes han sido torturadas, violadas, asesinadas, enterradas sin que las autoridades pusieran fin a esa atrocidad. La quema del Corralón es símbolo de la destrucción de la opresión. La mujer de Dolores Reyes pide libertad, pide la unión de todas para que se alce en una única voz que no está dispuesta a tolerar más abusos:

—Nosotras también tratamos de que nos devuelvan a las pibas, pero lo hacemos de otra forma […] Nuestra fuerza depende solo de nosotras. De organizarnos para salir a meter presión

En cuanto al estilo, la autora mantiene una perspectiva dual, Miseria y Cometierra se turnan para contar sus sentimientos mediante algún monólogo interior que se intercala en diálogos, capaces de dar fe del instinto de protección de ambas. A veces el flujo de conciencia da paso a una narración dura y espontánea, reflejo de la lengua oral. Los lectores empatizamos con ellas desde el principio, tanto que, el final nos sabe a poco; queremos más. Cometierra puede ser la protagonista de una serie de novelas dirigidas a concienciar de la situación que viven los desamparados y denunciarla. Dolores Reyes escribe novela negra testimonial de los barrios más desprotegidos de Argentina, representantes universales de cualquier lugar deprimido, «Mamá, acá estoy bien. Tengo agua, una pieza, heladera y amigos […] La enfermera pregunta por qué no vine antes. Suspiro y no digo nada».

En la historia, el límite entre lo real y lo imaginado se desvanece, es fácil pasar de uno a otro porque Reyes trata lo extraordinario como algo natural, usual, mezclando superstición, premonición, sueño e imaginación.

El lector no es testigo de todo lo que ocurre, hay sucesos que se quedan fuera de lo narrado y nos vemos obligados a imaginar, de esta forma quedamos implicados en la trama. Cometierra deforma las imágenes percibidas; su sensibilidad es tal, que puede convertir cualquier hecho en sueño y vivirlo, irrealizándose, para poder actuar en él: «¿En qué lado de la habitación estoy ahora? El sueño me dobla las rodillas. Madame escupe humo como el caño de escape de una moto y después apoya el pucho para quemar mi ojo izquierdo. Me caigo de dolor».

Cometierra es la creadora, espectadora e intérprete de sus sueños, pero las imágenes que percibe no solo son parte de su imaginación sino que pertenecen a una realidad deformada coherentemente para que ella pueda proyectar ahí su vida, porque la vida de Cometierra es la muerte de las demás mujeres. Creo que la novela es testigo del sentimiento real de Miseria y del onírico de Aylén «Ni bien cierro los ojos, la escucho […] Mañana te vengo a buscar […] y al final me da un beso hermoso, como si fuera una bendición y sale de mi sueño»; entre ambas surge el día a día de mujeres invisibles. Mujeres inexistentes en la sociedad, sin personalidad, sin nombre. Mujeres que, entre ellas, también se conocen por el apodo que las representa. El niño nacido de Miseria, el Pendejo, será nombrado así, como vulgarmente son llamados los muchachos en Argentina, pero su madre lo consagra con una seña de identidad que pertenecerá solo a él y a su familia, «Y ahí sí lloro mientras le digo su nombre despacito, mi boca pegada a su frente, porque él también viene a mí llorando y se lo repito dos veces […] Al oírme se queda tranquilo».

Espero que Cometierra, Miseria, el Walter y el Pendejo sigan luchando hasta hacerse visibles en una sociedad que los trate con justicia. Espero que en algún momento Aylén pueda dar fe del significado de su nombre.

sábado, 2 de noviembre de 2019

COMETIERRA



En un pueblo de la Argentina más profunda, la violencia machista es lo que domina. Cuando una mujer es asesinada a golpes por su marido, la niña, huérfana, ve lo ocurrido al echarse tierra de la tumba en la boca. Este don maldito queda como característica de esta chica, a quien acuden aquellas mujeres víctimas de alguna pérdida, para que Cometierra les revele la verdad.

Dolores Reyes plasma de forma certera, en una mezcla de realidad y alucinación, la condición de la mujer. Cometierra es casi invisible para todos, de hecho, sólo en el juego virtual consigue realizar su deseo más auténtico «La golpiza le comió un montón de energía y en la pantalla apareció FINISH HIM! Raidem se tambaleaba en el medio de la escena y pude terminar de matarlo».

La novela podría ser un cuento en el que la acción queda sustituida por la emoción, los pensamientos, los recuerdos que aparecen en la mente de la protagonista, que, al llegar de la mano de la videncia extraña de la que hace gala, quedan en una nebulosa de misterio, aunque en la lectura seamos conscientes de asistir a una realidad concreta, una realidad en forma de espiral que atrapa a Cometierra hasta conseguir desvanecerla. El estilo ayuda a agrandar la confusión de la protagonista con hipérboles gradatorias que acrecientan el sufrimiento psíquico; los sentimientos duelen más que el propio cuerpo lacerado. El mundo interior se abre paso en lo material, «Los ojos me ardían, las manos me quemaban, pero lo peor era la tierra de Ian adentro de mi cuerpo».

El lenguaje utilizado por la narradora-protagonista, plagado de localismos y locuciones argentinas refleja su cultura, y combinado con expresiones vulgares evidencia el nivel social al que pertenece «mi personaje saltaba hacia atrás y Hernán se cagaba de la risa». El espacio y los personajes de Cometierra reflejan la problemática social de la mujer y denuncian el estado en el que se encuentra aún hoy, en el siglo XXI. Para que esta acusación sea más efectiva, la autora establece un intento, conseguido, de arruinar la verosimilitud realista y la estructura requerida en una novela a favor de la creación libre.

Dolores Reyes deja su alma en Cometierra pues no se aleja de su ficción sino que se introduce en ella. La presencia de la autora se intensifica, se agranda hasta tomar consistencia de Mujer, como persona que vive a expensas del hombre, como ser cuya sensibilidad se acentúa porque así lo viene experimentando a lo largo de los siglos, como alguien dispuesta a sacrificarse, a sufrir no sólo por ella misma sino en nombre de quienes la rodean, sobre todo si son, a su vez, mujeres.

Por las páginas de Cometierra circulan personajes fácilmente reconocibles en la sociedad actual: la madre, muerta a manos de su marido, de una niña a la que deja desamparada y necesitada de seguir pidiéndole ayuda aunque ya no esté «Sin vos no soy nada, no quiero ser».

La tía de la niña, que no se ve capaz de enfrentarse a la situación de abandono en la que ha quedado su sobrina «—Sucia. Te veo tragando tierra otra vez y te quemo la lengua con el encendedor».

Los propios niños del barrio, acosadores de quien tiene una sensibilidad especial aunque sea fruto del sufrimiento más terrible. «En la escuela, con el tiempo, nos dejaron de joder. No hubo más tierra adentro de mi mochila ensuciándome los cuadernos».

La profesora de la niña, asesinada también, como su madre, y con quien intenta comunicarse para saber qué ocurrió, pues las autoridades, hombres, no se esfuerzan lo suficiente, «y cuando la policía dejó de buscarla […] la busqué al borde del patio, en la tierra donde paraba sus lindas botas para vernos jugar».

Los propios familiares de Cometierra, que la van abandonando cuando temen ser tomados por locos, o brujos; la superstición sigue estando hoy presente en la sociedad, da igual que sea rural o urbana «Cuando al día siguiente encontraron el cuerpo de la seño Ana en el terreno del Corralón Panda, la tía se fue».

Los amigos que, cuando observan el peligro, también desaparecen; nadie quiere enfrentarse a los asesinos, a los violadores, a las mafias que arremeten contra los más débiles «Hernán no hizo como mi hermano. Estaba callado y no se me acercaba».

Las propias mujeres que le piden ayuda, víctimas de violencia machista, también van apareciendo en tinieblas a pedir ayuda a Cometierra. Ella se las dará aunque esté predestinada a la amenaza y la soledad «Cerraba todo. La casa y nosotros, el día entero a oscuras».

Es tal el desamparo al que se ve sometida que ya no se siente una persona. La incomunicación obligada a la que es reducida consigue que ni ella misma se acepte como persona, que vea normal la poca estimación que se le tiene socialmente; de hecho, es la propia mujer quien se observa como un animal herido «Como no podía imaginarme a mí misma muriendo, me imaginaba a una perra que arrastraba una de sus patas».

Llega un punto en el que, a pesar de encontrar a alguien que la acepta y la trata bien, los fantasmas que la persiguen no la dejan; por eso decide que debe romper con lo que la rodea. No puede seguir ayudando porque precisa vivir, no quiere ser otra víctima más, necesita ser, «un nombre para mí».

Dolores Reyes ha querido, con su escritura, evitar más pena y desolación a la mujer. Para conseguirlo, muchos deberían leer la novela. Es un canto a la igualdad, una llamada para que todos luchemos contra la lenta tortura física y psicológica que supone la violencia machista, una manera elegante y dura, poética y desoladora de decir basta. Imprescindible.