sábado, 14 de diciembre de 2019

EL COLOQUIO DE LAS PERRAS



No cabe duda; al tener la oportunidad de elegir un libro para que Masa Crítica me lo enviase (nunca agradeceremos bastante a Babelio los regalos tan valiosos que hacen a los lectores), me decanté por El coloquio de las perras porque me vino a la memoria el sin par Cervantes y sus Novelas ejemplares. En El coloquio de los perros, Berganza aprovecha que ha pasado por diferentes amos para comentar con el perro Cipión la corrupción, los robos y la desfachatez de una sociedad gobernada por hombres de diferentes clases sociales.

Els Joglars adaptó esta novela al teatro para reafirmar que a pesar del tiempo pasado, hoy seguimos envueltos en las fechorías de los poderosos.

La puertorriqueña Rosario Ferré, consciente de las necesidades de una parte de la sociedad, establece, en su cuento El coloquio de las perras, el diálogo que mantienen Fina y Franca, dos perras, una escritora y la otra crítica, sobre la condición femenina en relación con la literatura. A diferencia de Cervantes, Ferré afirma que «No me preocupa tanto el problema de la verosimilitud en la literatura […] me preocupa más bien la equívoca imagen que de las féminas proyectan hoy en sus novelas algunos de nuestros novelistas más famosos».

Y esta preocupación es la que retoma Luna Miguel, por eso ha recopilado a doce mujeres olvidadas socialmente en su libro El coloquio de las perras. Es un regalo leer estos ensayos, entre otras razones por la novedosa estructura; parte de una visión general de cada escritora (vida y obra), reflexiona sobre por qué ha sido olvidada y termina con una carta, a la autora fallecida, como si aún estuviese viva. Con esta técnica nos convoca a todos, por medio de ellas, a leerlas, a que permanezcan vivas entre nosotros, a concederles la importancia que tienen, pues a pesar de ser y escribir diferentes, a todas las une algo en común, la invisibilidad social.

El coloquio de las perras no es sólo una reivindicación de la literatura de Ferré, de Elena Garro, Soust Scaffo, Agustina González y el resto de escritoras que aparecen; la compositora Victoria Santa Cruz está presente, así como el reconocimiento a otras autoras que nos han sacudido para despertarnos del error al pensar que apenas ha habido mujeres capaces, como hicieran Tania Balló con Las sinsombrero, Rosa Montero, con Nosotras, Elvira Lindo con 30 maneras de quitarse el sombrero, María Moreno con A tontas y a locas…, el reconocimiento a diferentes editoriales que se han arriesgado a publicar a “olvidadas”, como Ménades o Laguna libros, entre otras, y la admiración por algunos hombres que han retratado a alguna de ellas en su obra, como hizo Roberto Bolaño con Alcira Soust Scaffo en Amuleto, aunque la valentía de esta uruguaya traspasara sus fronteras al enviarle a Franco, cada aniversario del bombardeo de Guernica, un telegrama, y no se supiera nada de esto en España (ahora tampoco):

Tú no has muerto
Está muerto Franco
Lo cegó la luz
Del loco manchego
De Goya del Greco
Y del nazareno

Por lo general cada año cambiaba alguna dedicatoria o personaje. Y sigue sin ser introducida en los libros de literatura o de ciencias naturales, o de historia. Porque Alcira era una mujer de nuestro tiempo, de ahora, reivindicativa frente a las injusticias, con el feminismo, con la conservación del medio ambiente, con la alegría por la vida, «si quieres oír mi voz, vamos al campo de espigas, allí las flores son soles y son soles las espinas».

Es cierto que estamos avanzando; otras voces femeninas suenan rotundas en la literatura pero aún queda una conciencia latente de sufrimiento innato, de dedicación al otro, por eso hacemos nuestro el pensamiento de Marvel Moreno, «estoy convencida de que si las mujeres fueran integradas en la vida social, en lugar de mantenerlas encajonadas como animales de reproducción u objeto de placer, la sociedad se enriquecería espiritualmente».

En el libro de Luna Miguel hay una sororidad implícita necesaria si queremos transformar esta sociedad patriarcal que ha relegado a la mujer a papeles determinados, sin embargo esta hermandad reclamada no debe conducirnos al error de pensar que todas las mujeres debamos tolerarnos, «Feminismo también es el derecho a no soportarnos», podemos amar, admirar a cualquier mujer como a cualquier hombre sin olvidar que «odiar es un acto tan sano y necesario como cualquier otro […] es la elección de lo que amamos lo que nos hace libres. Pero también la elección de lo que detestamos».

Las doce mujeres que entablan un diálogo con Luna Miguel tienen mucho que contarnos, cómo a pesar de ser buenas en lo que hacen tuvieron dificultades para publicar y ser leídas. En algunos casos las editoriales no confiaban en ellas, en otros ellas mismas no se atrevían a dejarse oír, no sentían necesidad o era el temor a ser rechazadas por los lectores, pero lo más duro es el caso de quienes, como Aurora Bernárdez, «considerada una de las mayores traductoras literarias de Argentina […] también fue un ejemplo de entrega absoluta a la creación literaria» hubieron de trabajar a la sombra, para ellas mismas, porque escritores como Vargas Llosa sólo les concedieron el mérito de prestarle a su marido el misterio de su obra «todo eso en gran parte lo creaba la personalidad de Aurora». Pues no, Aurora Bernárdez fue una escritora genial, merecedora de formar parte del Boom latinoamericano, sin ser «la esposa de Julio Cortázar». Puede que Cortázar no hubiese brillado tanto sin Bernárdez, pero ella seguro que sí, con luz propia, sin ayuda

El que se va deja su palabra;
alguien la recoge de la página,
se la lleva al oído,
oye el mar.

El de Aurora Bernárdez no fue un caso aislado: «el (nombre) de Elena Garro no existiría sin el de Octavio Paz, o el de Silvina Ocampo sin el de Adolfo Bioy Casares, o el de Carmen Martín Gaite sin el de Rafael Sánchez Ferlosio […] o el de Concha Méndez sin Manuel Altolaguirre, o el de Norah Lange sin Oliverio Girondo y así hasta la saciedad».

Por cierto, recomiendo Firmado Lejárraga, un texto de Vanessa Montfort que, dirigido por Miguel Ángel Lamata, acabo de ver representado en el Teatro Valle Inclán de Madrid y que no deja impasible a nadie.

Y hay que leer El coloquio de las perras aunque sea demoledor conocer las injusticias por cuestiones de sexo que se han venido cometiendo contra la mujer; pero es necesario, porque el testimonio de estas mujeres, apoyado por Luna Miguel ayuda a conocernos y sobre todo a aceptarnos. No que nos acepten. A vivir sabiendo lo que somos sin que nos importe el concepto que tienen de nosotras.

El coloquio de las perras también es ejemplar.

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