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sábado, 28 de marzo de 2020

EL DÍA EN QUE MORÍ



El día en que morí es una colección de relatos que forman parte del libro En el vagón, título que los sitúa pues, el espacio en el que se desarrollan es una estación de tren. La metáfora de este medio de transporte se instala en la propia vida para indicar en esta selección, el final del trayecto. Por otro lado, el tren es idóneo en este subgénero narrativo de condensación diegética ya que la velocidad que lleva asociada es espejo de la dinámica vital, espejo de progreso e igualación. El tren y la estación son perfectos para las narrativas ficcionales de Jesica Sabrina Canto. Los aficionados al cuento disfrutarán con estos relatos cortos porque la autora ha llevado al extremo las características narrativas y ha conseguido sorprender a un lector que recibe pocas pistas de un universo ficticio apenas perceptible, por lo que debe elaborarlo en su pensamiento.

En Una historia de fantasmas, el uso del gerundio aporta una continuidad exhaustiva tanto para la actividad de la protagonista como para la del resto de personajes: «meciendo» - «comiendo». Todos quedan igualados en un tiempo circular, eterno que marca impasible las monótonas actividades. Los límites textuales son precisos, el cronotopo queda enmarcado en un día cualquiera de una estación cualquiera, pero el planteamiento egocentrista nos acerca al proceso lírico, por lo que no ofrece la representación de la realidad sino la de una realidad textual. Asimismo la reducción total de los componentes de la exposición, desarrollo y desenlace favorece la mutación estructural hacia el sentimiento poético. Como en un poema, el título alude al tema: todos somos fantasmas, almas errantes en continuidad remarcada en la última afirmación, «es eterno». Los personajes se reducen al desarrollo de acciones, que se reparten en los tres momentos del día. Hay una inexistencia de caracterizaciones, pues son personajes planos —que se enganchan a esas almas errantes— «personas apuradas que se empujan e insultan». Los paralelismos resaltan la realización antitética, circular, de todos «sube - baja» frente a la pasividad constante del yo. En este enfrentamiento la autora trasvasa el relato a otra sugerente expresión artística. Una pintura.

En Adicciones podemos resaltar el valor de la aliteración. La repetición de la oclusiva sorda aporta un ritmo regular «escucho el eco del traqueteo, quiero» que, sin embargo, es engañoso puesto que nos lleva a un final sorpresivo, abierto. El narrador deja la historia en suspenso para que resalte el carácter subjetivo del tema: la imposibilidad de comunicación.

El plan secreto de mamá cambia la estructura, pues el final, regresivo, tiende un puente al principio del relato, con lo que el título adquiere el sentido de la exposición. En esta «estación terminal» encontramos un acoplamiento a la situación de la madre. La aliteración de la vibrante aporta la fuerza necesaria a la acción «se tiró de la terraza». La lítote del pasado refuerza la negación en el presente «no nos reíamos tanto». La subjetividad del yo, como si fuese un poema, adquiere importancia frente al nosotros del comienzo «me suena, me dice» estableciéndose una paradoja que forjará la soledad del narrador frente al impostado «todos juntos».

La antítesis dolor-felicidad que se da en la monotonía es la clave de Recuerdo aquel primer beso. El recuerdo permanece en el tiempo adherido a su piel y a su alma con la fuerza de la vibrante «arrugas. Cargo con un ramo de rosas rojas». La perífrasis durativa mantiene presentes todos los sentidos en la acción repetida de la narración: el tacto (rosas que le regala), el olfato (su colonia), la vista (su sonrisa), el oído (hablarte) y el gusto (mis labios). En este microrrelato aparece la monotonía de la soledad alimentada por los recuerdos, únicas circunstancias que crean una realidad solo posible en su intimidad. La falta de autoconfianza de la narradora nos presenta a un personaje tipo. Una mujer necesitada de un hombre a su lado para que le dé la claridad que no tiene y la excitación que necesita; la elipsis de contenido consigue agrandar el tiempo, «a mitad de la noche» en una situación interior, «calma a mi alrededor». La fortaleza que muestra es la que anuncia en el título, término unido a su pensamiento a través de la aliteración: pregunta, rondando, recuerdo, respondí, tren.

Arrepentimiento. Este sentimiento de pesar consigue, paradójicamente, rejuvenecer a la protagonista en las únicas acciones que realiza: Escucho, lo veo y doy un paso. De nuevo, la capacidad de sugerencia de este relato lo acerca a la expresión lírica.

El amor de un niño es probablemente el relato que esté dotado de una estructura más sencilla; aunque comience in medias res informa al lector de manera superficial, del espacio, los personajes, la intención de la narradora protagonista y la tensión generada por un final inesperado que, sin embargo, actúa de puente con el título. Este final regresivo consigue que dicho título sea el elemento medular del cuento: la esperanza que, en forma de «mano», «aferra la mía». Hay otra característica singular que marca este relato encadenado, el comienzo es igual al del microrrelato anterior, Arrepentimiento y sin embargo ambos son antitéticos en su significado.

La noticia de su muerte expone ya en el título el eje narrativo. Este microrrelato, carente de repeticiones alude al tiempo histórico con la continuidad que aportan el gerundio «chocando» y la reiteración «una y otra vez». La pérdida de la razón del narrador protagonista se explicita con la negación de la perífrasis de posibilidad. Los sinónimos contextuales de estructura paralelística marcan la imposibilidad de comunicación «arrugada en mi mano, encerrada en mi puño». Así, el final totalmente inesperado aparece al igualar a las dos personas referenciales «su muerte – mi pecho» en una imagen caótica de final de una película.

En Rescatista hay tres términos que unen el sentido de la vista, «negra» y el del oído, «llorando» al desastre final que sugiere el espacio, «perforada». La metáfora de la muerte permanece como paradoja explicativa de la incomunicación «el silencio cada vez se siente más», y la negación de acciones nos lleva a una conclusión negativa que contesta al título.

El relato más largo probablemente sea Obligada a huir, también es el más explícito; la metáfora del viaje como paso del tiempo está presente con el matiz pesimista que evocan los verbos finales disfrutaba, golpee, tomé y disparé.

Relacionado con el anterior, Cobardía, es la crítica social hacia la ausencia de solidaridad, de ayuda. No hay expresión de sentimientos, solo verbos que aclaran las acciones del narrador, bajo, camino, rodeo, veo, veo. Esta repetición marca la importancia de lo expuesto que, irónicamente, consigue una reacción antitética: vuelvo, subo, camino. Vivimos acompañados pero solos.

Jesica Sabrina Canto ha conseguido, en estos microrrelatos, una capacidad de sugerencia y evocación tal que los ha convertido en piezas líricas o pictóricas, pues con apenas unas pinceladas ha caracterizado la esencia del tedio social.

lunes, 25 de noviembre de 2019

LA LUZ NEGRA



Parece mentira que quepa tanta poesía en el ambiente de las falsificaciones; esto es lo que rondaba por mi mente mientras leía esta novela bastante atípica. Puede ser que la pintura, el arte en general, embellezca todo aquello que lo rodea. Pienso en algunas imitaciones; lo más probable es que la genialidad no sea exclusiva de quien hemos conocido siempre como extraordinario. Es posible que algunos que residen en la sombra puedan recrear una obra mejor que la existente ¿Por qué no es ético llevarlo a cabo? ¿O sí lo es? ¿Y si juzgamos a un artista por su originalidad y a otro por su perfección? Son preguntas de respuesta, como poco, polémica, porque van destinadas a que reaccionemos desde la deontología.

Lo que no admite ninguna duda es la correspondencia entre la autora, María Gainza y el argumento de La luz negra; así, al igual que esta escritora porteña recibió por la novela el premio Sor Juana Inés de la Cruz, que distingue nombres femeninos de la literatura en español, la trama resalta a varias mujeres importantes por su talento:

La narradora, que muestra en su humildad una clarividencia absoluta y una perseverancia incondicional «La negra construía distancias tan sólidas que después eran imposibles de acortar. Pero incluso esa gente algún rastro deja».

Enriqueta, tasadora de falsificaciones, a quien la narradora sucede en su labor, pues de ella aprendió a hablar y a entender la pintura y al artista, y con ella se sintió valorada «mis dos mitades estaban satisfechas —el lado que buscaba protección, el lado que buscaba aventura—».

La Negra, de naturaleza controvertida, buena pintora y mejor falsificadora pues se introducía en la esencia del pintor original «Gambartes, por ejemplo, parecía sencillo pero tenía sus trucos, y por eso la Negra se ofreció como empleada de la limpieza en la casa del pintor».

Anne Burrows, escritora a la sombra de su marido que, a mediados del XIX decidió que iba siendo hora de que la mujer gozase también de justo reconocimiento; por eso, cuando Gilchrits murió, «Nadie hubiera podido hacerlo sino yo, le dijo Anne a su editor al entregarle el manuscrito. “Mientras escribía, el espíritu de Gilchrist estaba siempre conmigo” […] y ya nadie creyó en lo sobrenatural».

Y por supuesto Mariette Lydis, retratista de la alta sociedad bonaerense, de obra y personalidad complejas, pionera en el surrealismo de su pintura, con técnicas que más tarde se han trasladado a otras artes como el cine o el estilismo personal.

Estas cinco mujeres, seis si tenemos en cuenta a María Gainza y la mezcla que ha construido de forma natural, con lo real y lo imaginario sin marcar límites; todo forma parte de La luz negra; es difícil distinguir lo original de la autora y la copia de acciones o personajes. Entre todas revelan que no hay una verdad absoluta.

Hasta los museos están llenos de obras que en un momento se pensó que eran auténticas y luego, al darse cuenta del error, se las quedaron igual por su calidad.

Las seis mujeres demuestran que su posición ética no cede en ningún momento al poder, tampoco se dejan tentar por el éxito, pretenden ser coherentes con sus ideas sobre la belleza en diferentes épocas, y han conseguido por ello el respeto de quienes las conocieron aunque, en realidad, tampoco buscaban respetabilidad social sino libertad de pensamiento y acción, y respeto hacia sí mismas.

En el estilo de la novela destaca la metatextualidad; no es raro encontrar alusiones a Rojo y negro de Stendhal, , al crítico de arte y autentificador Bernard Berenson, al cineasta Orson Welles, al pintor Benito Quinquela, a la actriz Daryl Hanna o a los protagonistas de Los chicos del maíz. Asimismo hay cuentos entre sus páginas, como el del cocodrilo y los animales del bosque, que aluden a la importancia de la sencillez, porque la verdad siempre sale a la luz, como en la fábula de Esopo, La zorra y el cocodrilo. Y entre las reflexiones de las protagonistas se vislumbra la opinión de muchos artistas que consideran el Arte como algo universal innato a la naturalidad del ser humano, «odiaba la magia y la superstición porque decía que creer en eso era creer en el poder y el poder era enemigo del arte», afirmación que viene a resumir, entre otras, la obra teatral Crimen y Telón, de Ron Lalá.

Si la protagonista —sin nombre, ¿alter ego de María Gainza?— actúa en su búsqueda de la Negra, movida por verificar lo que le contó Enriqueta, las referencias textuales variadas operan como una busca de la obra total, aquélla que puede completar distintos significados, porque La luz negra revela la verdad del arte, de la belleza, del amor, del paso del tiempo, de la honestidad, de la alegría. Toda esta verdad reside en la imaginación, cuyo poder es superior a la realidad, no es algo que se pueda considerar un bien material. El Arte está dotado, como la Negra, de contornos imprecisos «se piensa en la Negra y después hay que dejarla ir, porque encontrarla sería arruinar algo que no logro definir pero intuyo importante».

Este espíritu indomable es el que María Gainza le ha asignado, en su novela, a la mujer, al arte, a la vida. La rebeldía de las protagonistas se deja ver en la estructura de la novela; comienza in medias res, el final es el presente y los hechos se van sucediendo entre analepsis, digresiones, transcripción del juicio ¿falso? por estafa, al industrial argentino Federico M. Vogelius, mecenas que impulsó numerosas empresas culturales en su país, y el catálogo de pertenencias, subastadas, de Lydis; a través de los lotes intuimos la sagacidad, el ingenio de la pintora en su estilo novedoso, «el Highland Princess parece un huevo de Pascua recién decorado. O una cebra marina», la falta de romanticismo, su gusto por el reconocimiento, el trauma por los psiquiátricos, su vida apasionada, la fuerza de su libertad, su indistinta sexualidad «tomó lecciones de francés privadas, diabólicamente privadas, con la mismísima Palmyre», sus relaciones con toda la sociedad de comienzos del XIX. La subasta nos hace entender la convivencia entre su homosexualidad abierta y la más absoluta nobleza decorosa, entre su alto status y la insurrección a las normas establecidas

RENÉE: piel morena, labios gruesos. Cuando se fue, esperé su llamado. Yo pensaba: Teléfono, pequeño dios negro, suena o te estrangulo

La autora nos mantiene en vilo durante la lectura porque, constantemente, antes de referir el nombre del personaje, da todos los detalles que lo distinguen, como si supiéramos de quién se trata. A veces utiliza para ello pronombres anafóricos y otras, elipsis, sinónimos, hiperónimos o cualquier elemento de repetición, hasta el punto de que comienza a tratar sobre un personaje y tenemos consciencia de quién es, con certeza, dos páginas después.

Le dije de qué quería hablar […]
—¿Cómo era? ¿Tan linda como dicen? […]
—Tenía algo de la figura de Lilith […]
—A mí me interesan sus obras
—A ella no […]
—Pienso, ahora, que el cocodrilo era menos un deseo de Óscar que de la Negra

Con un procedimiento similar al utilizado en El Lazarillo de Tormes, la narradora protagonista va contando la vida de la Negra según le refieren los numerosos entrevistados; poco a poco las historias son más cortas, pues ya nos hemos hecho una idea de cómo era su vida, qué quería que supiéramos de ella. Las últimas entrevistas no están detalladas, las contestaciones se solapan entre los interrogados hasta que en la mezcla que hacen de ella (sádica sexual, con la personalidad típica de los Escorpión, de afán asocial) llegamos a la verdad «Nunca nadie pudo verla». Ironía, marca de la autora, que maneja como nadie el humor en la prosa poética de la novela. Humor y disfrute que no está reñido con el rigor ni con la melancolía.

El humor aparece en las pretendidas mentiras «el publicista llevó un Lydis a vender pero esta vez en la galería le dijeron “Decile a la Negra que estos no salen más”», en la coquetería innata, en la estupidez también innata «las frases hechas le iban bien a la inteligencia de mi tío», al reírse de uno mismo, al exponer la obviedad que uno mismo no ve «A los setenta, Lydis se quejaba como la reina Isabel: la vejez la había tomado por sorpresa», al unir el arte a la cotidianeidad «Las bocas inflamadas anticipan el uso desaforado del botox que cundirá por la ciudad cincuenta años después». Humor en los tópicos geográficos «Sentí un poco de impresión ante el implacable cinismo, casi francés de mi amigo» y en las historias bíblicas «También al faraón lo agitaban sus sueños, pero él tenía a José siempre dispuesto a interpretarlos».

Y así, con humor y poesía, La luz negra irradia con claridad el concepto de la mujer y del arte.

sábado, 2 de noviembre de 2019

COMETIERRA



En un pueblo de la Argentina más profunda, la violencia machista es lo que domina. Cuando una mujer es asesinada a golpes por su marido, la niña, huérfana, ve lo ocurrido al echarse tierra de la tumba en la boca. Este don maldito queda como característica de esta chica, a quien acuden aquellas mujeres víctimas de alguna pérdida, para que Cometierra les revele la verdad.

Dolores Reyes plasma de forma certera, en una mezcla de realidad y alucinación, la condición de la mujer. Cometierra es casi invisible para todos, de hecho, sólo en el juego virtual consigue realizar su deseo más auténtico «La golpiza le comió un montón de energía y en la pantalla apareció FINISH HIM! Raidem se tambaleaba en el medio de la escena y pude terminar de matarlo».

La novela podría ser un cuento en el que la acción queda sustituida por la emoción, los pensamientos, los recuerdos que aparecen en la mente de la protagonista, que, al llegar de la mano de la videncia extraña de la que hace gala, quedan en una nebulosa de misterio, aunque en la lectura seamos conscientes de asistir a una realidad concreta, una realidad en forma de espiral que atrapa a Cometierra hasta conseguir desvanecerla. El estilo ayuda a agrandar la confusión de la protagonista con hipérboles gradatorias que acrecientan el sufrimiento psíquico; los sentimientos duelen más que el propio cuerpo lacerado. El mundo interior se abre paso en lo material, «Los ojos me ardían, las manos me quemaban, pero lo peor era la tierra de Ian adentro de mi cuerpo».

El lenguaje utilizado por la narradora-protagonista, plagado de localismos y locuciones argentinas refleja su cultura, y combinado con expresiones vulgares evidencia el nivel social al que pertenece «mi personaje saltaba hacia atrás y Hernán se cagaba de la risa». El espacio y los personajes de Cometierra reflejan la problemática social de la mujer y denuncian el estado en el que se encuentra aún hoy, en el siglo XXI. Para que esta acusación sea más efectiva, la autora establece un intento, conseguido, de arruinar la verosimilitud realista y la estructura requerida en una novela a favor de la creación libre.

Dolores Reyes deja su alma en Cometierra pues no se aleja de su ficción sino que se introduce en ella. La presencia de la autora se intensifica, se agranda hasta tomar consistencia de Mujer, como persona que vive a expensas del hombre, como ser cuya sensibilidad se acentúa porque así lo viene experimentando a lo largo de los siglos, como alguien dispuesta a sacrificarse, a sufrir no sólo por ella misma sino en nombre de quienes la rodean, sobre todo si son, a su vez, mujeres.

Por las páginas de Cometierra circulan personajes fácilmente reconocibles en la sociedad actual: la madre, muerta a manos de su marido, de una niña a la que deja desamparada y necesitada de seguir pidiéndole ayuda aunque ya no esté «Sin vos no soy nada, no quiero ser».

La tía de la niña, que no se ve capaz de enfrentarse a la situación de abandono en la que ha quedado su sobrina «—Sucia. Te veo tragando tierra otra vez y te quemo la lengua con el encendedor».

Los propios niños del barrio, acosadores de quien tiene una sensibilidad especial aunque sea fruto del sufrimiento más terrible. «En la escuela, con el tiempo, nos dejaron de joder. No hubo más tierra adentro de mi mochila ensuciándome los cuadernos».

La profesora de la niña, asesinada también, como su madre, y con quien intenta comunicarse para saber qué ocurrió, pues las autoridades, hombres, no se esfuerzan lo suficiente, «y cuando la policía dejó de buscarla […] la busqué al borde del patio, en la tierra donde paraba sus lindas botas para vernos jugar».

Los propios familiares de Cometierra, que la van abandonando cuando temen ser tomados por locos, o brujos; la superstición sigue estando hoy presente en la sociedad, da igual que sea rural o urbana «Cuando al día siguiente encontraron el cuerpo de la seño Ana en el terreno del Corralón Panda, la tía se fue».

Los amigos que, cuando observan el peligro, también desaparecen; nadie quiere enfrentarse a los asesinos, a los violadores, a las mafias que arremeten contra los más débiles «Hernán no hizo como mi hermano. Estaba callado y no se me acercaba».

Las propias mujeres que le piden ayuda, víctimas de violencia machista, también van apareciendo en tinieblas a pedir ayuda a Cometierra. Ella se las dará aunque esté predestinada a la amenaza y la soledad «Cerraba todo. La casa y nosotros, el día entero a oscuras».

Es tal el desamparo al que se ve sometida que ya no se siente una persona. La incomunicación obligada a la que es reducida consigue que ni ella misma se acepte como persona, que vea normal la poca estimación que se le tiene socialmente; de hecho, es la propia mujer quien se observa como un animal herido «Como no podía imaginarme a mí misma muriendo, me imaginaba a una perra que arrastraba una de sus patas».

Llega un punto en el que, a pesar de encontrar a alguien que la acepta y la trata bien, los fantasmas que la persiguen no la dejan; por eso decide que debe romper con lo que la rodea. No puede seguir ayudando porque precisa vivir, no quiere ser otra víctima más, necesita ser, «un nombre para mí».

Dolores Reyes ha querido, con su escritura, evitar más pena y desolación a la mujer. Para conseguirlo, muchos deberían leer la novela. Es un canto a la igualdad, una llamada para que todos luchemos contra la lenta tortura física y psicológica que supone la violencia machista, una manera elegante y dura, poética y desoladora de decir basta. Imprescindible.

miércoles, 30 de octubre de 2019

LLORA EL CUERVO GRIS



La idea de vender el alma al diablo es muy antigua. Además, sabemos que este ser maléfico, gobernador único de su espacio, no se anda con tonterías, no da segundas oportunidades ni quiere consejo de nadie.

Llora el cuervo gris sería una película de terror estupenda. Comienza con unas escenas inquietantes en la montaña, donde el brujo Unay habla con el viento y con el propio diablo que, en forma de gaucho, llega a avisarle de que un invitado hará su aparición y lo quiere para él. Unay no debe inmiscuirse en lo que ocurra, ni avisar al recién llegado de nada, pues en caso contrario lo pagará durante la eternidad.

El espacio cambia hasta el despacho del abogado Andrés Wisner, quien consigue exculpar a su cliente y amigo, Luciano Aguilar, de violar a una discapacitada que trabajaba para él.

Como premio por su trabajo Luciano propone a Andrés que se haga pasar por él y vaya a ver a su abuelo nonagenario y ciego, que no lo ha visto en su vida para, con sus dotes de orador, tratar de convencerlo a que ponga la hacienda de La Rosalita, un gran terreno escondido en lo más profundo de la sierra, a su nombre. De este modo, cuando muera el abuelo se la repartirán entre los dos. El abogado acepta y llega hasta el señor Rosales, un hombre increíble capaz de correr por las montañas sin ayuda, a pesar de tener noventa años y no ver absolutamente nada. Todo se complica con una salida que hacen al monte Andrés y los trabajadores del señor Rosales, Osvaldo, Manuel y el gaucho Fierro, pues una fuerte tormenta consigue separar a Andrés del resto. De vuelta a la hacienda, lo dan por muerto y el anciano, apenado, acepta que alguien entre a su habitación y lo mate. La tormenta continúa mientras desaparece Martín, el segundo hijo de Manuel, el primero ya lo hizo tiempo atrás y todos pensaron que se lo llevó el diablo. Pero a la mañana siguiente, Andrés llega a la casa, desconocido. Todos se dan cuenta de que ha cambiado así que deciden abandonar La Rosalita por no llamar a más desgracias.

Sólo permanecen Andrés —porque cree estar en su derecho— y Fierro —porque tiene la intención de quedársela—. En un último debate sobre a quién le corresponde, Fierro se abalanza con un cuchillo sobre Andrés.

En la última escena, Luciano va a ver su hacienda y a hacerse pasar por el amigo del nieto del señor Rosales, pero allí no queda ningún ser humano, sólo algo que lo atormentará el resto de su vida.

El cuervo ha estado presente en los mitos y leyendas como mediador entre la vida y la muerte. Es de suponer, por lo tanto, que ni la situación de Luciano Aguilar, el depravado nieto de Rosales, ni la de Andrés Wisner, su abogado sin ética ni moral algunas, va a ser favorable.

El viejo Rosales, ciego, está simbolizado con el cuervo. La oscuridad que lo rodea no impide que se mueva con la agilidad y destreza propias de un hombre joven. Este cuervo tiene siempre a su lado a Fierro quien, como si fuese su sombra, lo cuida, acompaña y aconseja hasta doblegar su voluntad y conseguir que acepte sus condiciones. Fierro es quien da las órdenes en la hacienda y en cuanto ve peligrar lo suyo quita de en medio el peligro, sea lo que sea o quien sea.

Las creencias de la Pampa quedan inmersas en la novela. Los personajes están atrapados por el monte y viven atemorizados por las supersticiones, sin saber que donde verdaderamente está el peligro es en la realidad en la que se mueven. Uno de ellos, encarna al diablo y los tiene a todos a su disposición, obtiene el respeto y temor de los adultos, el cariño de los niños y el sexo de las jovencitas. Todos viven en un mundo paralelo dominado por el Huayra Moyoj que no dejará a nadie entrar en sus dominios. La perversión de la ciudad no impregnará el monte, éste se rige por otras crueldades.

Rubén Risso ha pretendido sobre todo sembrar el miedo en el lector; sin embargo las emociones asociadas a este sentimiento no aparecen durante la lectura ya que a ésta le falta fuerza. Está claro que visualmente, con escenas de la naturaleza hostil, la historia ganaría en tensión, pero a la escritura le falta un clima intenso, necesario para que los capítulos se conecten con la angustia requerida en una novela de terror.

El lector de Llora el cuervo gris no termina de imbuirse de la sensación terrorífica capaz de paralizarlo al mismo tiempo que lo hacen los personajes. Apenas reaccionamos con la desaparición de Martín o la muerte del señor Rosales, da la impresión de que todo estaba previsto, por lo que las expectativas iniciales decaen en el transcurso de la trama.

¿Por qué no está conseguida la intriga? El autor omite información significativa por no desvelar ningún misterio que pueda estropear el final. En realidad, la novela podría ser un perfecto manual de los elementos necesarios en una novela de terror: protagonista antihéroe que pasa por situaciones comprometidas; con un objetivo claro y una resolución del conflicto justo al final. Pero le falta gancho. Al leerla no se nos acelera el corazón. La clave está en el lenguaje. El narrador no sólo cuenta con un estilo culto sino que, a veces, los términos empleados son algo rebuscados; las descripciones pretenden tal precisión que eliminan cualquier trabajo a la imaginación, al tiempo que ralentizan el ritmo y aportan relajación a la lectura, «Se enjugó la transpiración con el puño de su camisa […] una innumerable cantidad de enredaderas reptaba por las paredes, ocultando la pintura casi en su totalidad, reemplazando el blanco por un verde vivo. También eran plantas duras, casi imposibles de arrancar […] Maldijo groseramente y luego caminó por la galería. Esperaba que la puerta no estuviera igual.
La puerta mosquetero lucía su grisácea y oxidada tonalidad, libre de hiedras o enredaderas…».

Además hay alguna errata (eso espero) en la escritura, como la utilización de la conjunción adversativa en vez de la partícula introductoria condicional, «¿Qué iba a hacer sino?» El mal empleo del número gramatical se cuela en ocasiones, «Había hecho negocios disparatados y obtenidos resultados». Asimismo encontramos algún término no registrado en el diccionario, «carnero desgollao…» y uso del adjetivo en vez de el sustantivo correcto, «Preso de la incomodidad».

Si estas incorrecciones dificultan la lectura, también le quitan fuerza los vocablos demasiado cultos o las expresiones algo edulcoradas pues exponen una visión un tanto machista o anticuada

Danzaban una danza siniestra y macabra, y se detenían solo para pelearse o fornicar entre ellos.

Fierro.[…] el héroe más suertudo, pues las hijas de Osvaldo no dejaban de abrazarlo, besar sus mejillas y seguirlo a todas partes […] Osvaldo fue quien le advirtió que volviese a ser el mismo antes de que lo retara a un duelo de facones.

Pero la historia es interesante, la solitaria vida del gaucho se adivina entre la superstición y las creencias malignas, sólo falta algo de madurez en la escritura.

sábado, 19 de enero de 2019

FRACTURA




Leer a Andrés Neuman siempre es un placer, aunque consiga hacernos sufrir, espolearnos hasta que nos sintamos parte de un todo o increparnos por creer que hay diferentes tipos de personas. En ese dolor que se va apoderando de nosotros conforme avanzan sus páginas hay también alegría, no sólo porque no renuncie al humor sino porque nos va inundando de esperanza, de forma que al terminar la lectura volvemos a creer en el ser humano.

Me gusta leer cuentos de Neuman; de su pluma salen, en pocas líneas, numerosos temas, comentarios por hacer, sutiles apreciaciones. Es un mago capaz de encerrar infinitos conceptos en algunas palabras.

Y me gusta la novela de Neuman a pesar de que al terminarla no sé por dónde empezar a comentarla, tal es la cantidad de anotaciones que han coloreado sus páginas, bien a propósito del estilo, bien del contenido, bien de datos de los que no tenía seguridad, bien de aquellos que no conocía. Y cada vez que apunto algo pienso, voy a empezar por aquí; pensamiento que se diluye al interesarme especialmente otro fragmento.

Y esto es lo que me ocurre al haber terminado Fractura. No sé por dónde empezar, porque la novela no es la vida de Yoshie Watanabe, aunque parezca su biografía relatada desde varios puntos de vista, el suyo y el de aquellas mujeres que lo han acompañado. Fractura es una loa a la igualdad entre individuos, una llamada al derribo de fronteras, a la unidad entre pueblos, al respeto por la interculturalidad, al honor de ser diferente, es un homenaje a la cultura, la celebración por el afán de superación, la incitación al razonamiento, la alegoría del esfuerzo, es la idea de paz, el ejemplo de cómo superar el odio, un paradigma de la reconciliación, la representación de la justicia, el símbolo de la falta de prejuicios, un modelo de imparcialidad, es el emblema de la memoria histórica, un clamor para entender el pasado y, por supuesto, una alabanza a la mujer, la aclamación del feminismo.

Todos estos conceptos he encontrado en Fractura y seguro que hay más; pocas novelas son tan completas, pocas rezuman tanta violencia y tanto deseo de vivir, de ser amados, de sentirse acompañados y de entender la soledad. Watanabe es la metáfora del árbol, ése que lleva tatuado a fuego en su espalda y brazos, ése que sesgó la vida de su padre, ése que sigue en pie ocurra lo que ocurra y que él necesita ver donde vaya para encontrarse consigo mismo, para pensar en la vida y repensarse. El árbol es, en Fractura, el símbolo del crecimiento espiritual y del progreso material, es Yoshie Watanabe, la esencia del ser humano, la fuerza, sensualidad y eficacia.

La novela se abre y cierra con el protagonista, aunque también con esa técnica japonesa que dos personas importantes en su vida, su madre al principio y el señor Satō al final, le recuerdan

Los sudokus me tranquilizan, dice, porque paran el tiempo. Justo al revés que el Kintsugi. ¿No le parece?
En uno de esos arranques de afecto que dependen menos de su receptor que del propio sujeto emocionado, Watanabe lo abraza.

El señor Watanabe, a lo largo de su vida se ha ido restaurando, inconscientemente, sin ocultar sus cicatrices; al contrario, éstas lo han embellecido y fortalecido porque forman parte de su historia. Cuando se da cuenta de ello queda en paz, aunque sea en Hirodai, afectado por la radiación de la planta nuclear de Fukusima, y rodeado de los pocos ancianos que no han querido abandonar sus raíces. Es allí, después de casi ochenta años, cuando entiende lo que su madre, otra víctima de Nagasaki, les decía «jamás debía tirarse nada, aunque estuviera roto o pareciera viejo […] Si uno no sabe darle uso a algo, el inútil es uno».

Así pues, Yoshie abandona su zona de confort, la ocultación en la que de alguna manera ha vivido «introduce la llave, abre la puerta del apartamento, pasa el pequeño vestíbulo, introduce la llave, abre la puerta y entra en su apartamento», abandona la protección que siempre ha buscado y se abre al mundo, a ese que lo rompió en un momento de su vida y del que huyó sin poder olvidarlo «El señor Watanabe entrecierra los ojos y extiende los brazos, intentando abrazar no sabe muy bien qué». Una vez reconstruido, en paz consigo mismo y el mundo, sin olvidar nada ni a nadie «Entonces le parece ver al gato Watsh» vuelve a sentir «De golpe se levanta una brisa fresca. Watanabe, extrañado, siente frío» después de que durante toda su vida «se considera básicamente atérmico. […] Ignora si es algún tipo de secuela atómica. Tampoco quiere averiguarlo».

Durante su larga y tortuosa vida ha aceptado las circunstancias, acompañado siempre por el afán de superación laboral, en realidad para esconderse de las relaciones demasiado comprometidas «Aparte de su horario de trabajo, los fines de semana Yoshie empezó a tener encuentros de negocios en cafés», y al lado de mujeres a las que ha hecho felices, y ellas también a él; no ha tenido necesidad de venganza, aunque sí cierto rencor, personificado en «Yukio Yamamoto, su antiguo compañero y rival» de la infancia, que ha preferido no mostrar, sufriendo en soledad, pues «se negaba a vivir, y también a amar, siendo una víctima para los demás», hasta que deja de huir. Por fin se acepta tal como es, con su dolor, su sufrimiento físico y emocional, su idioma abandonado «Compartir casa no solo le dio un extraordinario impulso al inglés de Yoshie, que se volvió maniáticamente preciso en su manera de hablarme». Por fin se acepta en la realidad tangible y deja de confiar solo en su memoria pues se percata de que a veces los sueños, con el paso del tiempo, pueden invadir la existencia llegando a «parecerle una película. Su vivencia directa de la genbaku ha sido atravesada por la iconografía ajena y las ficciones colectivas».

Por fin, Yoshie necesita hablar con la gente, comunicarse, que le cuenten y contar tras una vida marcada por el silencio aun con personas a las que quería; le ocurrió con Violet en París «se quedaba callado y sonreía. Esos silencios me conquistaban». Le ocurrió con Lorrie, en Nueva York «Más que silencioso, creo que Yoshie era un conversador con efecto retardado». Le ocurrió con la porteña Mariela «Entonces nos sentábamos un rato ahí, sin decir nada». Y le ocurrió con la española Carmen hasta que se dio cuenta de que a lo largo de su existencia había estado tratando de borrar su memoria «El día que se cumplieron cincuenta años de Hiroshima, me acuerdo muy bien, Yoshie no abrió la boca […] Pero a la mañana siguiente sí que habló. Sin parar. Nada más levantarnos».

Y en esta novela del silencio, del recuerdo, paradójicamente se dice mucho.

Lo que más me ha impactado es la manera en que Andrés Neuman trata a la mujer, piensa a la mujer; no le cuesta ponerse en su piel y adoptar su punto de vista, y me ha impactado porque he descubierto en él, uno de los escritores que casi idolatro, una forma de entender el feminismo similar a la que tiene mi hijo, una de las personas que más quiero. Alberto, sin haber leído (aún) Fractura me diseñó una camiseta en la que plasmó un cuadro con la imagen de Angela Davis y me comentó que él se había hecho otra igual por lo que representaba esta activista, profesora universitaria y lesbiana. Sabía que me iba a gustar ya que admiro a cualquier persona, más si es mujer, que ha luchado por superarse en una sociedad que la ha perseguido pretendiendo anularla. Pues al leer Fractura me he emocionado en muchos pasajes, aunque uno de mis favoritos, por supuesto, ha sido descubrir ese pensamiento filial en Neuman, expuesto a través de la periodista Lorrie «Habría dado lo que fuera por entrevistar a Angela Davis. Antes de que la metiesen en prisión y Nixon la llamase terrorista, el gobernador Reagan […] había ordenado que la expulsasen de la universidad […] una activista negra vivía dos veces discriminada. Tres contando su lesbianismo».

El feminismo es connatural a Fractura, esa lucha por la valía de la mujer, paralela al hombre, recorre todas las páginas

La palabra mantenida no la consiento. ¡Como si el dinero fuera lo único necesario para mantener a una familia!

Por desgracia ninguna de ellas (entrevistas) me tocó a mí […] Se las dieron a otro tipo que llevaba más tiempo en la sección. Y dos grandes bolas colgando

…el pecho quedaría dañado, porque había que cortar por tres lugares. Yo les contesté que no me ganaba la vida con mi físico, sino con mi cabeza. Y firmé mi ingreso en el quirófano

…comprender, de una maldita vez, que them es parte de us

Eso para mí no es pensamiento de ama de casa, es política que empieza en casa. Las madres y abuelas de la Plaza de Mayo arrancaron ahí.

Esto es sólo una muestra, suficiente para recordarnos que no debemos retroceder ni un milímetro de lo que hemos conseguido a costa del sufrimiento y muerte de muchas mujeres. No es ético.

No sólo el feminismo, el problema de la inmigración y del racismo también toca fibras sensibles. Por supuesto la crítica al olvido de los gobiernos y la necesidad de la memoria histórica «la virtud disuasoria de las armas nucleares era un fracaso, una mentira o ambas cosas […] estimular por tanto su potencia ofensiva, que a su vez estimulaba la nuestra. A este círculo interminable lo llamamos protección».

Fractura es una obra moderna, por lo que tiene muy presente la influencia de los mass media en la sociedad aunque no sean siempre signo de verdadera comunicación sino de pérdida de tiempo «Si Facebook hubiera existido cuando estudiábamos, me pregunto cómo habríamos aprobado los exámenes». Pues sí, ya hay una gran partida de psicólogos intentando desenganchar del móvil a numerosos estudiantes infantiles porque su vida se limita a utilizar el aparato a cualquier hora. Por supuesto todo tiene una explicación, lo que mueve a las sociedades modernas es el dinero, da igual si se invierte en armas o en tecnología, lo importante es que es símbolo de poder, el daño a lugares o a personas que pueda surgir es lo de menos, «nuestro país seguía teniendo un montón de bases militares en el suyo. Que continuaba haciendo, igual que Francia, toda clase de pruebas atómicas. Y ese tipo de decisiones […] obedecían […] a los mismos viejos intereses».

Finalmente, he de poner un fin porque se pueden sacar más temas, Neuman no se resiste a criticar las dictaduras, en especial ésa que aparece también en Historia argentina de Fresán, que tanto dolor causó, como cualquier otra, y que tuvo un final injusto, reflejo de la propia existencia, «En la segunda ola fueron saliendo Videla, los otros dictadores y hasta su ministro de economía. Yoshie no entendía qué estaba pasando».

Efectivamente, nadie, o casi, puede entender que se haga daño a un ser humano y menos que los damnificados no obtengan, al menos, la satisfacción de ser comprendidos y apoyados por la sociedad.

Pues si el contenido es universal hasta el punto de que la vida del señor Watanabe es mítica, la estructura es soberbia. Como su nombre indica, Fractura se presenta como un montón de piezas sueltas que, al igual que ocurre con el Kintsugi, pueden recomponerse hasta resultar, al final de la lectura, un texto coherente y perfectamente cohesionado. Los capítulos se mezclan en feliz desconcierto, donde la voz del narrador deja paso a la de algún medio informativo o a la de los personajes, casi siempre en primera persona, fundiéndose todos en ese caos que la novela representa como espejo social. Un espejo en el que vemos al hombre destruyéndose a sí mismo mientras piensa destruir a los demás. Todos los personajes van tejiendo una red cultural y geográfica que permite una visión de la problemática mundial encarnada en el protagonista.

Y el estilo bebe de diversas fuentes; aparecen rastros del avant pop en las diferentes variedades lingüísticas dentro del mismo código, que generan un conflicto entre el discurso de los personajes con el del narrador y el propio autor «Si, había llegado la hora de asaltar los panteones de la alta cultura con los bajos instintos […] En la opinión pública todo era reconciliación nacional y primeros auxilios. Nuestro nuevo presidente […] Mi conciencia me dice que cierre y selle el libro […] Encendías la tele, abrías un periódico y nadie había hecho nada malo […] más que de la therapy of the self, me convertí en una asidua de la self-therapy».

Con los nombres propios se pretende una descripción histórica, pero las mujeres (que fueron ayudando a Yoshie a darse cuenta de su personalidad) no recuerdan lugares o fechas para no desvirtuar la narración anclándola en un tiempo determinado; característica del afterpop mediante la que Neuman consigue gran complicidad con el lector. Asimismo otro rasgo del afterpop que contribuye a crear un formato neutral de difusión de relatos es escribir lo que se oye por la radio o la televisión.

El léxico erótico, sexual convive sin problemas con las greguerías vanguardistas «Los pies son el metrónomo del viernes». Las funciones metalingüísticas aparecen en metáforas literarias, musicales o lingüísticas «Una profesora de lengua tiene la sensación de estar asistiendo a una aterradora redundancia» «Todo cuerpo está en hiato».

Las personificaciones anuncian el poder devastador del ser humano, superior al de la naturaleza «Un encendedor ofrece fuego a las pelusas que pasan» «La bola de helado alarga su huella».

El poder de los sentidos se acrecienta, mediante sinestesias y oxímoron, ante cualquier desgracia, de forma que el dolor invade todo, cuerpo y mente «Trompeta turbia, piano meditativo, contrabajo humeante […] escuchar música sin sonido».

El realismo se erige a base de contradicciones, de desfiguraciones, de omisiones, de errores propios del habla oral pero nunca de la variedad escrita «Alcanza a entender que le, le gustaría mucho, este, entrevistarlo a propósito, a propósito del terremoto»; de ahí que también el lenguaje poético nos acerque a la realidad partiendo de lo onírico «al soñar cargamos con los lugares que hemos dormido».

Otro toque de realismo aparece en la mezcla de vocabulario, vulgar o poético donde predominan las hipérboles que, paradójicamente, retratan de manera fiel «A la mierda la intuición. Hacía tanto sol que parecía líquido. El verano se desbordaba». Como mezcla de realidad y ficción, propio del afterpop, las drogas están presentes tanto unidas a la tecnología, que «igual que lo lisérgico está en nosotros mismos», como a la literatura «esa ciudad es Sōma. Nombre que lo remite a la droga que consumen en Un mundo feliz».

Y por supuesto el hiperrealismo, esa forma de narrar —derivada del naturalismo— que consigue hacernos dudar de la objetividad de lo que estamos leyendo, tal es la crueldad y el horror que deriva de ello «Por muy bien que los médicos curasen las quemaduras, sus pacientes se licuaban por dentro. La anatomía humana ya no era lo que ellos habían estudiado. La bomba los había devuelto a la ignorancia».

Y sin embargo el humor aparece en todas sus variedades, sexual «el mando a distancia tampoco favoreció la educación de los pornógrafos. La posibilidad de adelantar la imagen empobreció el deseo», sexual-filosófico «Watanabe ha descubierto que el onanismo es una rutina mental […] por eso ahora se masturba visualmente», cultural «lo observaban igual que a un desequilibrado. Solía hablar por teléfono en voz muy alta, para molestia de su inaudible prójimo», como rebeldía social «lo primero que hizo fue darse el gusto de situar el ratón a la izquierda del teclado», en lo cotidiano «Me ponía la cabeza como un bombo. Y eso sólo con té verde. Menos mal que el de aquí le parecía suave», en los leves insultos «Según mis amigas, también empecé a vestir mejor. Hay elogios que se las traen» y hasta en ironías «en el segundo hospital me enamoré de mi difunto. Un traumatólogo guapísimo […] Nos conocimos en el mismo hospital donde nos despedimos. A eso le llamo yo ser fiel a la sanidad pública».

Esto ha pretendido ser una crítica de la novela pero no le hace justicia, se merece un estudio en profundidad y éste, creo, no es el lugar.