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sábado, 5 de octubre de 2019

EL TEMPERAMENTO MELANCÓLICO



¿Hasta dónde es capaz de llegar el ser humano? Parece que hasta la animalización, o más allá de ella porque el hombre continúa razonando para ser más cruel. Puede que llegue un momento en que la culpa se instale en nuestro cerebro, por las atrocidades cometidas, y martillee incansable hasta destrozarlo. Podríamos hablar entonces de locura, de la enajenación que se apodera de nosotros y es la responsable de la aniquilación que infligimos. Pero antes de llegar a ese estado se ha de ser simplemente malvado, tener malos instintos.

En esto pensaba mientras leía El temperamento melancólico, por lo que una vez terminado he debido dejar a un lado el rechazo que me ha producido el mensaje para poder admirar lo que el autor ha conseguido. Jorge Volpi, con una prosa magnífica, recoge en esta novela el punto de vista filosófico, religioso, pictórico, cinematográfico, novelístico y ensayístico con el que diversos autores, a partir del tratado Problema XXX, 1 del siglo IV a.C., han demostrado la importancia que la melancolía tiene para el hombre.

El estado melancólico estaba admitido ya en la antigüedad clásica, es más, los hombres melancólicos abundaban y, según Aristóteles, los hombres extraordinarios lo eran, fruto de un exceso de bilis negra. Pero este concepto fue evolucionando hacia un significado negativo; la melancolía, asociada a la tristeza, el hastío, la angustia, es el comienzo de la autodestrucción, de ahí que el autor mexicano refleje, en El temperamento melancólico, la condición devastadora que nos persigue en cualquier situación. La forma novelística acompaña al contenido, por eso se presenta como una amalgama caótica de técnicas ajenas a la narración: diario de la protagonista de la novela, anotaciones del autor-creador de la película, epístolas, diálogos, tratados, descripciones, entradas de diccionarios enciclopédicos, guiones cinematográficos, entrevistas, biografías…, y repleta de diferentes personajes que, en algún momento, dejan oír su propia voz.

En realidad nos encontramos con un análisis, algo radical, de la relación existente entre el Arte y la vida; qué es más real, lo ficticio, lo que sentimos en nuestro interior o lo tangible. Este es el punto de partida para mezclar sin problema ficción y realidad, de manera que hay un momento en el que la autobiografía de Renata, parte central de la novela, tiene tantas bifurcaciones que el lector no sabe qué es o no real; pero eso no importa, sino la reflexión ética que se lleva a cabo de forma constante.

Los monólogos interiores aportan voz a unos personajes, en principio secundarios, luego serán imprescindibles, que además de constituir una toma de conciencia con la que justificar, o no, su forma de actuar, nos sirve para, a través de su mirada, seguir temas como la soledad, la frustración, la fuerza, la cobardía o la culpa. Entre todos conforman una realidad convincente, que fluye desde su intimidad y contrasta con el absurdo que están viviendo.

El argumento es sencillo en principio: Un afamado director de cine, Karl Gruber, sufre un cáncer terminal y decide filmar una película que constituya su obra cumbre, una obra de arte que refleje la propia vida y se la dé a él para la posteridad. Para ello elige a diez personas, no famosas, para que convivan en su finca Los Colorines, durante el tiempo que dure la filmación de la película: El Juicio. Así, en un viaje absurdo, pues el director no se presenta, ni son informados del guion ni de nada, van en busca de la fama, Zacarías, Javier, Ana, Luisa, Ruth, Sibila, Arturo, Gamaliel, Gonzalo y Renata. En el autobús son acompañados por Eufemio, el secretario de Gruber, y quien los recibe en el rancho es Braunstein, el fotógrafo. Todos harán en todo momento lo que ordene el director, Gruber, el creador de nuevas personalidades y de un nuevo universo para ellos. No se nos escapa que, en total, son doce los que siguen a este hombre que se considera a sí mismo como un Dios. Y como tal, actuará con ellos; de manera déspota, insensible, les asignará el papel que deberán representar siguiendo sus órdenes al principio y, después, cuando es consciente de que ha creado poco menos que monstruos y deja de decidir sus comportamientos, ve, impasible, cómo siguen ejerciendo su papel, convencidos de vivir en la realidad. Este comportamiento los llevará irremediablemente a la destrucción; el dios Gruber lo sabe pero se escuda en que actúan libremente «—Es algo que yo no puedo detener —me respondió indiferente—. Tú lo has visto […] el artista es lo único que hace: crea y luego contempla la lenta demolición de su obra».

Indudablemente el concepto de libre albedrío es puesto en entredicho, pues el Creador ha hecho así a su obra, ha enseñado cómo debían comportarse; Gruber es quien consigue que el Arte sea sucio porque en su película sólo saca la suciedad de las personas «La cámara regresa al rostro sudoroso de Gonzalo. Zacarías, en tanto, se coloca detrás del bastidor. Gonzalo se mete una mano en el bolsillo del pantalón y la mueve ahí». Poco a poco la convivencia en la casa se convierte en una orgía violenta, en una demostración de la más absoluta depravación, revelando con ello que ocultamos acciones que nos envilecen, acciones que echan sobre nuestros hombros la culpa que no nos permite alcanzar la felicidad, «—Esa noche, mientras tú me besabas, Zacarías y yo engendrábamos a Renata… La cámara enfoca de nuevo los ojos llorosos de Ruth».

La culpa nos lleva «a la locura y al rencor, a la insania que de un modo u otro nos alcanza a todos». Esta puede ser la principal condición del ser humano, la fragilidad que consigue destacar en cada uno de nosotros una imperfección capaz de devenir en el mayor de los males al pretender ocultarla.

Como Gamaliel, que se une al grupo por el egoísmo de conseguir fama y estatus aunque lo niegue al afirmar que busca sobrevivir «apenado, con el sincero convencimiento de que no puedo escapar a mi destino».

Arturo parte de una realidad embustera de la que intenta desprenderse mediante la falsedad de la interpretación «Comprendí entonces que el mundo es sólo una apariencia».

Luisa se embarca en la aventura de vivir una ficción cansada de la inseguridad que ha experimentado toda su vida, el miedo a la realidad se difuminará cuando «me dejen actuar». Piensa que en un mundo inventado podrá conseguir lo que se propone.

Ruth también actúa egoístamente, por temor a perder la libertad «no quería que me obligasen a casarme con él; mi hijo —que resultó ser hija— sólo me pertenecía a mí», es capaz de abandonar a su familia, hasta que se da cuenta de que su valentía es fingida, y «acepté casarme con un hombre de grandes recursos económicos». Lógicamente esto la arrastrará a una vida vacía, infeliz, que pone de manifiesto la principal consecuencia del egoísmo: generar un daño mayor que el que pretendíamos evitar.

También Javier, quien se muestra altivo con los demás por miedo a ser comparado; intenta apartarse de todos sin abrirse a nadie, «En ninguna circunstancia […] me permito perder el control». Ha llegado a un punto en el que no sabe cómo es en realidad pues vive una invención que le vale de coraza. A través de la actuación pretende descubrir su identidad real.

El caso de Sibila es algo diferente, ella intenta negar su egoísmo al creerse única a los ojos de Dios. Mediante la actuación podrá trascender el misticismo en el que está inmersa y pasar a la realidad para ser vista también por los hombres. Quiere desinhibirse del vínculo que le confiere la realidad de la religión, utilizando la irrealidad de la actuación «Necesito esa impudicia disfrazada para liberarme de mis cadenas».

Gonzalo se siente superior a los demás al ser quien juzga las obras de los otros, aunque disfrace este egoísmo y no lo asuma abiertamente: «no tengo ni idea de para qué pueda servirles un humilde experto en la Edad Media».

Zacarías es orgulloso, egoísta al considerarse íntegro, más que nadie, intachable y perseverante, sin darse cuenta de que el autodominio estricto conlleva una dictadura brutal, «Orden y educación para salvarnos, para ser mejores cada día, para escapar a la destrucción».

Renata, la «renacida», será la encargada de existir y hacernos ver la puesta en marcha de la ficción que, sarcásticamente, todos llevarán a cabo representando un papel similar al que tenían en la realidad; con esto Gruber, el creador, demostrará que el Arte y la Vida están unidos indisolublemente, que hagamos lo que hagamos, no podemos escapar a nuestro destino.

Renata quiere escapar de su realidad, de su marido Carlos, celoso en extremo, que le impide ser quien es, y se introduce en el mundo de Gruber, quien la adopta como su hija, su confidente, hasta que consigue violarla sin que ella pueda quejarse ni oponerse, como en la vida real. Después, en la película, será la hija de Zacarías, quien la obliga a desnudarse delante del crítico de arte (lógicamente, Gonzalo) para pintar su esencia. Renata vivirá una y otra vez la misma derrota, la misma traición interior.

Zacarías, será el creador, trasunto de Gruber, y llevará a su familia a la destrucción. Casado con Ruth, quien podrá demostrar en escena que es capaz de ser infeliz con tal de tener un puesto social. Mientras que Sibila, al desatarse los lazos religiosos, aparece en la obra como la responsable de romper el matrimonio de Ruth y Zacarías.

Gamaliel actúa como amigo de Javier, hijo de Zacarías, sólo para intentar enamorar a Luisa, mujer de Javier.

Arturo quiere evadirse de la mentira vivida al tener que cuidar siempre a su madre, sin quererlo, para descubrir en la interpretación que a pesar de estar con Ana, es homosexual.

La novela supone todo un reto para el lector que debe resolver las contradicciones resultantes de las diversas realidades, la que vive cada uno, la de Gruber, la que crea Gruber en su película, aquella en la que actúa cada uno en la ficción libremente… Todos se mueven por un afán de supervivencia y curiosamente se encierran en un juego que les hace daño, son conscientes de ello pero aun así se dejan llevar por su dios, el que les ha labrado su destino.

Renata es quien pone de manifiesto las incoherencias del yo desdoblado hasta demostrar que el yo no significa nada, sólo se reconoce en su otredad, en lo que el otro cree «nos convertíamos poco a poco en sus criaturas». La desidentificación del ser humano es demoledora pues está creado a imagen y semejanza de alguien también imperfecto —por eso lo somos—. La conciencia de ser humano se va perdiendo en el transcurso hasta que surge el Apocalipsis.

Ante estas cuestiones, ¿quién es el degenerado, el que actúa o el creador? ¿La verdad está en la imaginación donde no podemos acceder? ¿Puede cualquier ser humano convertirse en esquizofrénico?, no es raro que pintores como Durero, cineastas como Buñuel o novelistas como Sábato hayan pretendido buscar la verdad. Algo que El temperamento melancólico también intenta, apoyándose en la intertextualidad, para descubrir que la presencia del mal es continua en la sociedad.

jueves, 6 de junio de 2019

UNA NOVELA CRIMINAL



No es una literatura fácil. La lectura no es complaciente. Tampoco lo pretende el autor. Jorge Volpi nos provoca constantemente; los diálogos, imposibles si son ficcionales, se transforman en increíbles si parten de la realidad. Y esto ha ocurrido, ocurre en México y en tantos otros lugares en los que la policía, el gobierno amedrenta a los ciudadanos; entonces hay dos opciones, luchar acarreando las consecuencias o unirse al poder para vivir, bien o mal es lo de menos, lo importante es no estar al otro lado.

Una vez pensadas las opciones podemos entender —o no— a los profesionales que se limitan a corroborar lo evidente, delegando la credibilidad en los afectados, no en las pruebas científicas irrebatibles.

Tiene una contusión en la pierna izquierda y una herida cortante en la región frontal de aproximadamente cuatro a cinco centímetros
¿Por golpes?
Sí, por golpes, afirma el paramédico.
Me comenta que sufrió un golpe con una tabla.
De los plagiarios […] lo corrige Ezequiel.

Desde las primeras páginas de Una novela criminal el autor zarandea al lector para que reaccione; el estómago se va encogiendo hasta sentir que no quieres leerlo, sabemos que es una novela y sabemos que esto ocurre con más frecuencia de la debida.

El argumento es sencillo, el gobierno necesita erradicar el secuestro exprés de México, para lo que tiene que dar un castigo ejemplar. Hay que atemorizar a los secuestradores, pero los poderosos se dejan llevar por acusaciones falsas, y montan una redada mediática a la que aportan secuestrados y secuestradores. Nada tendrá sentido. A base de torturas los “secuestradores” dirán lo que interesa a la policía, pero aun así titubean ante las cámaras, no tienen claro qué han de decir, y los golpes no ayudan a despejar la mente. Todo da igual, el pueblo lo asimila con facilidad pasmosa —sale en televisión— y, ante los ataques de algunos periodistas o abogados que denuncian las irregularidades en los hechos, prefieren creer en el poder, que por su parte va agrandando la mentira hasta que se les escapa de las manos.

Han de pasar seis años para que Florence Cassez, ciudadana francesa capturada como secuestradora en México, reciba el apoyo de su país, de los mejores abogados, incluso de actores como Alain Delon y del propio presidente Sarkozy, pueda ser declarada inocente y vuelva a su país.

No correrá la misma suerte Israel Vallarta, su novio cuando los apresaron, pues tras recibir las más crueles torturas se ensañaron con los miembros de su familia, todos víctimas al ser señalados como los integrantes de la banda —inventada— del Zodíaco.

Este es el argumento, a grandes rasgos (son casi 500 páginas). Algo, en principio sencillo de entender y creer pues forma parte de la vida diaria. Pero no todo es tan elemental, de hecho no hay nada evidente. La trama se complica en Una novela criminal.

El intervencionismo estatal crea en México, mayores problemas; no sólo Francia rompe su relación con el país sino que las repercusiones van endureciendo los cargos consiguiendo alargar demoledoramente las condenas, como bolas que en su caída recogen más testigos falsos, más mentiras, más contradicciones, hasta presentar  un caso surrealista, perteneciente a la peor de las pesadillas «Una y otra vez la misma actitud, el mismo estilo: jamás reconocer un error y, a la develación de una mentira, responder con una mentira todavía mayor».

Por eso hemos de acudir a la forma de la novela, la estructura es absolutamente original. Pensamos que está escrita como una crónica, sin embargo los saltos en el tiempo, las analepsis, prolepsis, flasback recorren todas las páginas hasta que nos cuestionamos el tiempo real. Asimismo los espacios varían al quedar supeditados a aquéllos que circulan por distintos expedientes y testimonios. Todo ello permite enfrentarnos a una narrativa arriesgada, inquietante que, tras la aparente claridad, nos introduce en una confusión de acontecimientos:

Sostiene Florence que el día de su detención (es clara la intención del mecanógrafo de no inscribir la fecha del arresto).
[…]
Guadalupe y Yolanda, las hermanas mayores de Israel […] viven a unas cuadras de distancia […] ya no pueden impedir que don Jorge y doña Gloria vean las imágenes de Israel y Florence que aparecen sin cesar en televisión […] Sèbastien dormita en su cama […] Claudia, la esposa de Israel, se encuentra en Guadalajara […] “Toma un chocolate” le dice Bernard Cassez a su esposa.

Una gran cantidad de personajes, lugares y tiempos se agolpan por momentos y llevan al lector a un desorden mental absoluto, el mismo que sienten los detenidos «Vemos cómo Vallarta, vestido con un raído suéter verde, aturdido por los golpes, apenas reacciona».

El narrador, perfectamente documentado, filtra de vez en cuando su opinión e incluye con ello al lector a una reflexión ética «¿Quién es el personaje central de este relato cuya historia ha quedado opacada por la de su novia? ¿Un peligroso criminal o la víctima de una gigantesca conspiración?»; el centro es el ser humano. La literatura queda convertida entonces en Historia, y como tal la vamos asimilando, nos deprimimos ante una sociedad brutal que puede conseguir jugar con el hombre como si fuera un títere, al que no importe romper. Sólo hay que mantener viva la función.

Esta actuación, esta realidad imaginaria se ve reforzada por los medios de comunicación; la prensa, la televisión sobre todo, y los eventos hollywoodienses han conseguido una globalización que poco tiene que ver con el día a día en según qué lugares —o en ninguno— y, sin embargo aparecen ante nosotros con una lógica desesperanzadora.

La polifonía narrativa aporta objetividad. Van narrando los hechos los distintos secuestrados, secuestradores, policías implicados, abogados… Asimismo mediante el estilo indirecto el narrador cambia de voz; sus intervenciones con función conativa refuerzan la realidad del escrito «Lívido —pagaría por ver su semblante—, el presidente continúa la conversación como si no le concediera importancia a lo que acaba de escuchar», y sin embargo no obtenemos respuestas, sólo una relación de hechos que promueven preguntas constantemente, de manera tan insistente como la técnica utilizada para inspirarlas: la repetición de hechos en diferentes momentos y por diferentes personajes. El caso ocurrido nos bombardea una y otra vez hasta que los implicados nos trasladan sus torturas y el narrador aumenta psicológicamente su cautiverio.

Gracias al conjunto de narradores no sólo imaginamos lo que ocurrió sino que conocemos la escenificación llevada a cabo por la policía (la vida es un teatro). A veces la acusada, Florence, puede denunciar «Fui detenida arbitrariamente, sin existir flagrancia y sin estar en posesión de armas y luego retenida ilegalmente por espacio de 24 horas».

Otras, la ironía, casi constante, queda resaltada con ayudas del mundo cinematográfico «Traduzco: a Florence le gusta convivir con maleantes […] Israel, por su lado, carece de culpa y empatía […] El retrato robot de nuestros Bonnie & Clyde».

En otras ocasiones no hay sarcasmo, es la opinión directa del narrador que vapulea no sólo a un personaje sino a todo un país «”Mi mejor amigo dentro de la comunidad judía, y con el que hemos librado batallas en conjunto, es Eduardo Margolis” afirma la activista sin ruborizarse». Asimismo los propios documentos oficiales son portadores de una estética totalmente grotesca que proclama una realidad ilógica, como el caso de la ampliación de Cristina Ríos en 2010, donde imputa nuevos crímenes y violaciones a Israel y Florence de forma que «conforme a este nuevo testimonio, Cristina vivió un horror indescriptible. Fue violada a diario por El Ranchero, y casi a diario por Ángel; diez veces por Edgar Rueda Parra y cuatro por el padre de éste; dos por el Hilachas; cuatro por Gabriel y otras tantas por Israel […] Sin atreverme a juzgarla no me quedan dudas de su sufrimiento».

Creo que ante esto huelgan los comentarios, pero Volpi utiliza la palabra para desmontar ese realismo imaginario con argumentos anafóricos que terminan por hacernos sentir miedo ante la desprotección del ser humano, y con marcadores que destacan la falsedad de ese realismo «Su inconsciente lo delata: ese “prácticamente” lo convierte en cómplice de la manipulación del público y de la puesta en escena».

Es difícil leer Una novela criminal, es duro, pero todos debemos ser conscientes de este nuevo realismo que denuncia no sólo a través de la literatura latinoamericana, sino que se instala en la vida, siempre, de los perdedores.