jueves, 17 de noviembre de 2016

TEA ROOMS. Mujeres obreras

Sorpresa, más que agradable, al leer Tea rooms. Mujeres obreras. El contraste del título es el que vamos a encontrar en la novela. Tea Rooms evoca la modernidad del idioma, lo exótico de la bebida, poco usual en España y una cierta distinción al sugerir una habitación exclusivamente destinada para el sosiego y la charla agradables. Inconscientemente acuden a la mente largas tardes en las que la conversación cotidiana nos hace cómplices al recoger anécdotas o contratiempos de un círculo cercano. Toda esta  exquisitez se desvanece como el humo del cigarro que coronaría tea rooms para mezclarse con otro más denso y grasiento que envuelve la cocina de la que saldrán los pasteles, el chocolate, el té. Un humo que oprime hasta que, esas mujeres obreras que completan el título, quedan empequeñecidas, anuladas por una modernidad que no parece tenerlas en cuenta.

Luisa Carnés es un misterio más de esta España que olvida pronto. La escritora tuvo éxito en su momento, pero una vez exiliada, su obra desapareció de nuestro país y no llegó a formar parte del elenco de escritores de la generación del 27 pese al elevado número de novelas y cuentos escritos tanto en España como en México, y que despertaron bastante interés y sensibilidad en su público coetáneo. Otro ejemplo de mujer invisible. Otro ejemplo de mujer inteligente y comprometida que queda olvidada en una sociedad patriarcal, machista, que teme perder su posición privilegiada.

Tea rooms cuenta, con una narrativa rompedora y vanguardista, una parte de la historia de Matilde, una mujer joven que sufre las crisis socioeconómicas y políticas de principios del siglo XX. Crisis que fueron despiadadas con la gran mayoría del pueblo español, el obrero, y especialmente crueles con la mujer, puesto que será ella la más explotada y humillada aun por la propia mujer.

Matilde no tiene apellidos, está a medio identificar. Tampoco lo tienen, ni les hace falta, Laurita, Marta, Paca, Antonia. Desde que Matilde entra a trabajar en la pastelería pasa a ser “la joven” o “una”, como el resto de compañeras sin identidad «una, a lo suyo» «a ver, una al teléfono»; no son mujeres «aquí no son ustedes más que dependientas», y así son tratadas, sin una pizca de sensibilidad o humanidad. Hay una curiosa diferencia con los empleados, ellos sí tienen apellido; aunque oprimidos no se les priva del todo de una personalización; encontramos al camarero Cañete o al cocinero Pietro Fazziello. Pero no nos equivoquemos, tildados con apellidos sufrirán consecuencias parecidas a las de las chicas si no se atienen, ellos o sus familiares, a la voz del que manda. En el caso de Cañete, sus flirteos con la encargada llevarán hasta la pastelería a su mujer, otra innominada que, como si de un objeto se tratara, pierde hasta el nombre en la sociedad, una vez casada: «la mujer de Cañete». La mujer de Cañete acude allí a denunciar a “la otra” delante de todos por intentar robarle a su marido. Ni por un momento se le pasa por la cabeza que pueda ser él el culpable de la situación «¡Que lo sepan todos que esa mala mujer está robando el pan de mi hija! ¡Esa puta! ¡Una tía golfa!».

No hay sentimientos en el mundo obrero. Es un ambiente que oprime, que despersonaliza, que embrutece. No hay lugar para lamentaciones o denuncias o exigencias; la impotencia es lo que caracteriza a los obreros, paralizados por el miedo y por no saber qué hacer «Fazziello golpea sobre los bloques de hielo lentamente. De pronto, se sienta en el último peldaño de la escalera y llora».

Hay en la novela una certera crítica social dirigida a esa clase acaudalada que temerosa de perder su estatus intenta quitar de en medio a quienes puedan arrebatarle sus privilegios a través del estudio y el razonamiento, por eso «el “ganso” con sus raquíticos once años, aprende a comprar el periódico a las siete de la mañana, a abrirlo por la página de anuncios [...] y [...] a mentir «Tú cuántos años tienes?. Catorce». Y se critica sobre todo a una sociedad con muy poco interés en alfabetizar a la mujer, que sigue «cultivando la religión y soñando con lo que ella llama su “carrera”: el marido probable».

En Tea Rooms observamos una reivindicación social del obrero, pero ante todo de la mujer «Es necesario que las compañeras de trabajo que no estén asociadas se asocien inmediatamente». Si no aflora una conciencia de clase nunca dejarán la miseria, y la miseria las hace miserables «la miseria amodorra tu pudor en esta ocasión», las embrutece «En la búsqueda, un vestido rosa cae sobre un papel pringoso y allí se queda» y les anula cualquier vestigio moral «del modo más indiferente y discreto posible, se agacha e introduce el dinero en uno de sus zapatos».

Luisa Carnés denuncia, con una lucidez y claridad espectaculares la situación de la mujer de principios del XX, una mujer que siempre dependerá de algo o alguien para subsistir, de quien raramente se aceptará algo de autonomía.

Esta circunstancia viene expuesta de la mano de las protagonistas de la novela como si entre todas formaran una sola, como si conformaran a la mujer que, como Antonia, debió ocultar su estado de casada, hasta que enviudó, para que no la echasen del trabajo. O como la clienta que no es servida por el camarero hasta que «solicitaba con los ojos al esposo un signo de aprobación». O como la mujer de Cañete a quien ya se lo dice su marido «ocúpate de tu hija»; el resto de asuntos, incluidas las infidelidades, son cosa del hombre. O como Laurita, muerta a consecuencia de un aborto clandestino por temor a que su novio la rechace. O como Marta, que «se ha echado a la vida» al ser despedida por robar dinero de la caja para comprarse unos zapatos. Entre todas modelan a la mujer resignada que acepta unas condiciones laborales infrahumanas, unas condiciones que, por malas que sean, siempre serán mejores que quedarse en la calle porque, en el fondo, no pueden hacer otra cosa, no están acostumbradas a pensar. Matilde, la protagonista, recapacita y sabe lo que quiere y no se va a conformar con menos. Exige de la vida un trabajo digno y poder elegir al hombre que quiera, no conformarse con el primero que le pida relaciones. Ambiciona una vida libre, lejos del «embrutecedor trabajo doméstico».

Pero si la lectura se hace interesante al conocer la vida de la España del siglo XX, y casi del XXI, no es menos enriquecedora la narración. Destaca la importancia del narrador que, unas veces es omnisciente, sobre todo cuando expone algún monólogo interior o pensamiento de un personaje «Parece que he estado inspirada, piensa Antonia». Otras veces funciona como narrador testigo «En cuanto a Paca, ¡oh!, esa, con su cara pálida y humildita de beata, cualquiera adivina lo que piensa». Y siempre aporta amenidad a lo narrado, bien mezclando sucesos de forma abrupta o directa para cambiar de tema «Se habla de elevar una queja a la dirección. Probablemente, todo se quedará en palabras. Otra cosa: ingresará en el establecimiento una ahijada del propietario», bien realizando incursiones en la propia narración «le ha valido desde el primer día el respeto de la encargada: “Esa escuerzo” (Antonia es mucho más comedida para colocar adjetivos...)».Incluso, en ocasiones, el narrador se apropia de la voz de Matilde «Matilde va a la cabina lentamente [...] “El que se vaya puede darse por despedido”. Y todas las cabezas [...] se agachan medrosas». Pero aun cuando predomina una narración externa la variedad de técnicas y recursos es admirable.

Los diálogos pertenecen a la modalidad oral, con oraciones incompletas o con localismos, como el laísmo tan típico madrileño, que acercan al lector al ambiente del pueblo «ya ve, Antonia, con quince años en la casa y ganando un duro... y callandito» «la han salido bien las cuentas». Asimismo las onomatopeyas -rrrr-, chist aportan frescura a la narración. Sin embargo encontramos palabras cultas hálito, apotegma, dilecto, conterráneo, préstamos de otras lenguas que se unen al lenguaje vulgar en un sugerente contraste «Cocktail... Ahí va, coño ¿dónde tienes los ojos» «Por diez jodíos reales que gana una [...] los sandwichs [...] como pudding». Y un vocabulario relacionado con los avances modernos, con la tecnología o la ciencia que aporta tintes vanguardistas, incluso surrealista a veces; la personificación del cine frente a la despersonalización de los niños aporta una imagen incitante: «donde comienzan a evolucionar los verdes y blancos del cinema de enfrente [...] han aparecido [...] varias cabezas greñudas y numerosos ojos sin color.» Asimismo la importancia de lo básico queda remarcada en la personificación de los zapatos, que adquieren la personalidad contrastiva de quien los lleva «los zapatos torcidos avanzan rápidos, suicidas, mientras que los zapatos impecables subrayan un paso estudiado, elegante».

La singularidad de las obreras desaparece, todas son una o simplemente cosas «no es más que un aditamento del salón»; mujeres embrutecidas que han  asumido su animalización «Mientras lava, gruñe» «¿Qué harán esas burras?» o su invisibilidad; de ahí que los diálogos señalados no lleven el nombre de quien replica. Da lo mismo. La mujer no tiene voz, no es esencial saber quién dice qué porque lo más probable es que no tenga importancia

—Tanto postín
—Yo me alegro
—Pues vaya una ventaja...
—Bueno, pero de todos modos, me alegro...
[...]
—¡Chist!
—No me da la gana callar...

Y sin embargo, calla; no puede replicar en el trabajo porque será despedida y no puede participar en conversaciones culturales porque no ha tenido tiempo o interés en preocuparse. Se autoexcluye. Sus problemas son mucho más básicos «Antonia no entiende nada de esto. ¡Qué ganas tienen estas gentes de sofocarse!» El estilo indirecto libre aporta un tinte fresco a la narración, el relato cobra agilidad, así como las frases cortas y las nominales que, sutilmente dan una idea del desconcierto en el que están inmersas las protagonistas; no hay tiempo para sentimientos, lo fundamental es la esencia de las cosas; los momentos de dolor se acortan, como si la mujer no tuviese tiempo de compadecerse. Cuando surgen adjetivos suelen ser valorativos consiguiendo de nuevo acentuar el contraste en el que vive la mujer. Por un lado la modernidad no le aporta el más mínimo consuelo «Marta despacha torpemente [...] se siente muy sola. Átomo en medio de una apretada muchedumbre...». Por otro el surrealismo que envuelve determinadas situaciones adquiere tintes naturalistas que ahondan en el miedo y la desesperación «Enfrente está la encargada, con una fría sonrisa en los labios delgados. Se le ven unas encías descarnadas y pálidas». Las metáforas opresivas contribuyen a intensificar los momentos de monótona tensión «El sopor agobia y sobre los párpados pone plomo el calor. Los ventiladores zumban».

Y, para dejar constancia de que no caben sentimentalismos, la narradora rodea de números a las trabajadoras. Números premonitorios, agoreros «la fecha del día, un negro 13». Números amenazadores «y callandito. Ya hay veinte en la puerta». Números controladores «—Oye Matilde: ¿tú no has visto el regalo? —...treinta, treinta y una —cuidado, está mirando—, treinta y dos, treinta y tres...». Números opresores «—Catorce pesetas kilo —¿Así que, cuarto de kilo valdrá? —Tres cincuenta» —¿Y los cien gramos? —Una cuarenta».

Pero en toda esta miseria hay algo enternecedor; en las descripciones costumbristas encontramos pinceladas de humor «la señora pide una naranjada, y al niño un pastel de crema. No, a mí, un bocadillo de jamón y un vaso de leche. La madre aprueba [...] pero cuando el camarero se aleja le da al chico un puntapié por debajo de la mesa».

Y encontramos ironías denunciantes «intervino la fuerza pública, disparando “al aire” y ocasionando dos bajas entre los obreros».

La pena es que tanto el humor como la ironía certifican más la miseria de un pueblo que, de forma preocupante, se sitúa más cercano a la actualidad de lo que deseáramos.


¡Chapeau! por esta sinsombrero.

martes, 4 de octubre de 2016

LAS MIL Y UNA HISTORIAS DE A.J. FIKRY

Compré Las mil y una historias de A.J. Fikry porque me gustó lo que leí en la contraportada «Esta es una historia de genuino amor libresco, destinada a todos aquellos que abren los libros para oler sus páginas y acarician el lomo cuando los dejan en la estantería». La portada también me atrajo aunque me hizo sospechar que iría dedicada al público juvenil.

Y, efectivamente, este es uno de los casos en que he acertado de pleno. La novela, si hubiera que elegir un calificativo, es maravillosa, con la acepción que se da a los cuentos maravillosos, es decir perteneciente a un mundo donde lo imposible parece posible.

Y no es que en ese mundo exista magia, habiten duendes, hechizos o genios buenos o malévolos, es que Alice Island, lugar donde ocurren los hechos, evoca un universo ingenuo y deslumbrante donde todo está tocado por un punto fantástico.

A.J. Fikry es un joven librero algo atípico. Atormentado desde la muerte de su esposa en un accidente de tráfico, regenta la librería, en la que habían puesto sus sueños cuando se casaron, con un carácter duro, huraño, sin concesiones a nada ni a nadie, ni siquiera a él mismo. Pero un día aparece en el local una niña pequeña que lo cautiva de tal modo que, ya a las veinticuatro horas, le propone a la policía adoptarla. La niña se llamará Maya Tamerlán, en honor a un libro valiosísimo de Poe, que le acaban de robar.

Maya conseguirá que su padre se relacione con el pueblo, abra las puertas de la librería para actos culturales y se case con Amelia, una representante de la editorial Pterodactyl, de la que se enamora. Cuando A.J. Fikry consigue tener una vida plena y feliz, Maya se convertirá, por razones del destino, en el hada protectora de Amelia, su madre desde hace años, con quien abandonará el pueblo una vez se aseguran dejar la librería en manos del buen policía Lambiase y su nueva mujer Ismay, cuñada de Fikry. Los poderes benefactores de la librería seguirán actuando en Alice Island.

Creo que cuando Gabrielle Zevin escribió Las mil y una historias de A.J. Fikry no se planteó si los hechos podían suceder realmente en un lugar; simplemente elaboró una historia en la que el verdadero protagonista es el libro en general, y la novela en todas sus acepciones en particular. Y puesto que a un relato todo le viene bien, no nos planteamos que el carácter de Fikry cambie tan pronto, o que la niña se adapte maravillosamente a su nuevo hogar y padre, o que éste pueda adoptarla sin ninguna dificultad, o que el policía anteponga su amor a la investigación de un robo, o que nadie en el pueblo se cuestione la “rara” actitud del escritor que acude a la librería a firmar libros, o que el marido malísimo de Ismay muera en un accidente de coche, igual que le ocurrió a su hermana, para solucionar la vida de dos personas. Los sucesos de la novela forman un conjunto perfectamente coherente dentro de ese relato imaginario.

La estructura de la novela es totalmente original. De hecho, lo que más nos hace pensar son los comentarios que A.J. Fikry, a modo de dedicatoria, realiza a Maya en los libros que abren los capítulos.

Los autores de dichos libros o relatos, son, en general, los grandes de la literatura de habla inglesa, y Fikry escribe algún recuerdo de ese libro, que el lector puede ver conectado al argumento. De ahí Las mil y una historias de A.J. Fikry. Son trece capítulos, encabezados por trece títulos diferentes y doce autores, pues Roald Dahl, no podía ser otro, abre y cierra la novela, incluso en este matiz se da la estructura cerrada, por lo que de ningún modo podemos separar a estos autores con sus obras de la propia novela. Los trece capítulos están divididos a su vez en dos partes, en la segunda observamos una cierta diferencia. Maya es adolescente, más independiente, demuestra que puede ser autosuficiente, mientras que A.J. empieza a deteriorare. Indicio que, al final de la novela, certificaremos como consecuencia del transcurrir de la vida.

El primer capítulo Cordero asado conecta con Las mil y una historias... de la forma más sencilla, también A.J. se prepara la cena a partir de carne congelada, pero esto es una excusa para identificarse con la soledad de la protagonista del relato de Dahl.

El segundo, Un diamante tan grande como el Ritz, novela corta del perteneciente a la generación perdida americana F. Scott Fitzgeral, alude a la pérdida millonaria que Fikry sufrió con el robo de su Tamerlán.

El tercer capítulo, La fortuna de Roaring Camp, de Bret Harte, pone en paralelo la adopción de Maya con la del bebé indígena al que el campamento minero pone por nombre “Fortuna”.

Todo un mundo, del maestro actual del relato corto norteamericano, Richard Bausch, presenta a una niña que vive sola con su abuelo y debe saltar el potro en una exhibición del colegio. Asimismo Maya va aprendiendo nuevas cosas con su padre.

Un hombre bueno es difícil de encontrar, de la escritora Flannery O’Connor alude a como Fikry encuentra a Amelia, con la que conecta y descubre su personalidad a través de los libros que lee.

La célebre rana saltarina del condado de Calaveras está considerada como una historia humorística de Mark Twain, aunque personalmente creo que es cruel y despiadada —puede que el humor del siglo XIX fuera muy diferente al actual—, sin embargo Zevin, la une a su novela a través del nombre del protagonista: el falso predicador Leónidas Smiley tiene algo de irrisorio del falso escritor Leon Friedman, quien protagoniza un suceso deleznable en Island Books.

Para el día en que se casan A.J. y Amelia, día en el que el infiel Daniel muere en un accidente de coche cuando regresaba a su casa con su mujer Ismay, Gabrielle Zevin ha elegido, oportunamente como relato referencial, Las chicas con sus vestidos de verano, de Irwin Shaw.

La segunda parte se abre con alusiones al futuro, de ahí que la feminista y activista contra la guerra Grace Paley sea la encargada de recordarnos, en Una conversación con mi padre, la mejor manera de escribir una historia. Al igual que los protagonistas de Paley, A. J. y su hija no se ponen de acuerdo, Maya comienza a dar señales, con sus catorce años, de inconformismo e independencia.

J. D. Salinger relata el suicidio de un joven en Un día perfecto para el pez banana. De la misma forma, en este capítulo, Maya queda finalista en un concurso de relatos con Un viaje a la playa donde imagina cómo y por qué su madre biológica Marian Wallace tuvo que abandonarla para ahogarse después en el mar.

El corazón delator, de E.A. Poe, da pie a que el policía Lambiase descubra el paradero del Tamerlan.

Aimee Bender escribió en 2005 un cuento tristísimo sobre el dolor de ser diferente, Cabeza de plancha, que recuerda al horror que tuvo que padecer Marian Wallace al darse cuenta de que para que su hija pudiera sobrevivir ella debería desaparecer.

Uno de los hombres clave del Realismo Sucio norteamericano, Raymond Carver, es el elegido para que, al leer De qué hablamos cuando hablamos de amor, Maya y Amelia recuerden el amor y la unión tan fuerte que tuvieron con A.J.

Por último, cierra Roald Dahl la novela con El librero, no podía ser otro, para recordarnos que mientras existan libros existirá la vida porque los libros permitirán conectar con todo lo demás a quienes se rodeen de ellos.

Una estructura redonda, un argumento redondo que se lee fácilmente. Las descripciones son acertadas a pesar de ser escuetas «Tiene más de sesenta años y, aunque no está gorda, le cuelga la piel, como si con el tiempo se le hubiesen encogido los huesos. Sus dedos siempre enjoyados parecen tener una articulación de más».

También los diálogos, breves, son propicios para destacar el humor, la inocencia, o la bondad de los personajes

—¡Hola, preciosa! ¿Cómo estás?
—Adoptada —responde ella
—Caramba, qué palabreja —Lambiase mira a A.J.—
[...]
—[...] Además creo que yo debería ser su padrino —dice Lambiase
—¿Y eso qué implicaría exactamente?
—A ver, pongamos que tiene doce años y la pillan robando en unos almacenes. yo podría mover algunos hilos
—Maya nunca haría algo así.
—Eso piensan todos los padres —afirma Lambiase—. Básicamente, yo te echaría una mano

Sin embargo los diálogos serios que marcan las relaciones son muy flojos, por lo que no profundiza. Los personajes son bastante planos; es cierto que evolucionan, pero llegamos a esa conclusión casi de improviso, apenas podemos reflexionar en los cambios, incluso algunos de esos cambios parecen introducidos de forma poco natural. Es ahí donde tenemos la impresión de estar ante literatura juvenil, los hechos ocurren y no se cuestionan. El paso del tiempo, como en los cuentos, se marca directamente. «Se desviste con la luz encendida. Quiere que vea cómo es una mujer de cincuenta y un años». De hecho, el estilo del cuento que escribe Maya, con catorce años, es el mismo que el del resto de la novela. Aun así, creo que se puede leer, las dedicatorias de A.J. a su hija son maravillosas y nos revelan todo lo que necesitamos saber del protagonista

Un día a lo mejor consideras la posibilidad de casarte. Elige a alguien que piense que eres la única persona que hay en la habitación.

Nos recuerdan todo lo que podemos extraer de la literatura


Sabes todo lo que necesitas saber de una persona con la respuesta a la pregunta: ¿Cuál es tu libro preferido?

miércoles, 14 de septiembre de 2016

EL FULGOR EFÍMERO

Las reseñas del El fulgor efímero se leen con gusto. De hecho crean adicción. No digo que podamos leer el libro de un tirón, más que nada por el acopio informativo de directores, actores, fechas y productores que hay en sus páginas. Son cincuenta y una películas repartidas en cincuenta y un capítulos, establecidos por orden cronológico, desde 1896 hasta 1977. Además hay tres apéndices, uno como homenaje a Ray Harryhansen, fallecido en 2013, otro a Fritz Lang en el que comenta «las diez mejores películas de Fritz Lang» y en el tercero considera «Las diez mejores películas de Jacques Tourneur».

Los 51 capítulos están llenos de curiosidades; ya el primero me atrajo por lo que tenía de novedoso para mí: la primera mujer que se dedicó a dirigir películas fue probablemente uno de los precedentes en el cine; Alice Guy nació en 1873 y a los 24 años, no destinó su vida sólo a las tareas del hogar como la mayoría de mujeres de su época sino que, secretaria de Gaumont, le propuso contar una historia con imágenes. José Luis Forte afirma que de esta manera tan sencilla nació el cine narrativo, algo parecido creo que le puede suceder a su libro, pues El fulgor efímero participa de una estructura elemental como hemos observado: un capítulo, una película, y sin embargo engancha a cualquier lector aficionado al cine; no hace falta ser un entendido en el séptimo arte para leerlo pues dentro de su sencillez está repleto de anécdotas y curiosidades, además de datos técnicos, que supondrán un éxito a su autor, no en vano viene avalado por El antepenúltimo mohicano, una de las mejores revistas de cine en la actualidad.

Otro capítulo atrayente es el dedicado al Vanguardismo Cañí, donde pese al ínfimo nivel de producción del cine español se destaca El sexto sentido, dirigida por Nemesio Sobrevila en 1929, y que aunque no llegó a estrenarse en los cines de la época, hoy podemos visualizar, gracias a la restauración de la Filmoteca Española, a un inaudito Ricardo Baroja interpretando al excéntrico filósofo Kamus que cree haber descubierto una forma de conocer la verdad de todas las cosas.

Especialmente interesante resulta la unión que Forte ofrece de dos tipos de arte tan distintos: la literatura y el cine. Es cierto que hay estudios sobre la relación entre dichas disciplinas pero la pasión con la que Forte recomienda algunas novelas es encomiable. Por mi parte he apuntado algunos títulos y estoy segura de que no me defraudarán.

El desencantado, de Budd Schulberg, escrita en 1950, me ha cautivado ya que está aconsejada para amantes de la literatura y el cine. Asimismo intentaré visionar El tren de las 3:10, dirigida por Delmer Daves en 1957 y protagonizada por Glen Ford, probablemente uno de los mejores actores de western que han existido. Me ha llamado la atención que José Luis Forte se fije precisamente en la distinción de Ford; estoy totalmente de acuerdo en que hay actores que podían protagonizar los papeles más abyectos sin perder la compostura ni el donaire. Cautivaron a la cámara en su momento y cautivan al público de cualquier época «Tras un poco de galanteo entre Wade y la camarera, donde comprobamos que aquel es además todo un galán, los vemos salir de una habitación: ella trae cara de satisfacción y Wade se recoloca su chaqueta. De esta forma tan elegante se contaba en el cine clásico lo que aquí hemos dicho de manera tan chusca».

El fervor con el que Forte describe las películas viene reforzado por las introducciones que hace de ellas, unas veces aludiendo a la novela o relato en los que están basadas, otras, teniendo en cuenta tesis anteriores sobre el tema principal de la película, otras, comentando la predisposición social a ese tipo de película en cuestión con diferentes trabajos del director y otras con una mezcla de todos los casos anteriores, como ocurre con Me casé con un monstruo del espacio exterior, dirigida por Gene Fowler Jr. en 1958. Por supuesto, una vez que nuestro autor ha introducido al director, la sociedad, la película y el tratamiento del tema, cuenta el argumento mientras destaca cierto defecto de la cinta disculpado por alguna técnica cinematográfica impecable, la profundidad de campo, las elipsis, el ritmo... e incluso escenas cándidas e ingenuas que atraen desde el punto de vista actual.

Pero con lo que consigue que los lectores quedemos persuadidos a leer el libro y a ver las películas es, sin duda, el ímpetu con el que podríamos definir su estilo; la pasión que Forte tiene por el cine se traslada a una narración entusiasta plena de imágenes sugerentes que, salpicada por onomatopeyas impactantes con las que define el final de alguna secuencia «¡zas!» y cargada de humor, sirve para analizar y comparar dos etapas de la historia cinematográfica «Si se desataba un ciclón o se desbordaba un río, allá que se lanzaban los equipos técnicos con unos cuantos extras a rodar teniendo en cuenta que iban a poder contar con efectos especiales gratis»

El vocabulario coloquial, recuerdo del utilizado en el cómic o en el de aquellas películas de la época dorada, confieren, si cabe, con sus hipérboles una mayor fogosidad a lo narrado «cabriolas» «gamberrísima genialidad» «ni hemos mentado» «los tejemanejes» «tremebundo» «tempranísimo»...

En los análisis late cierta reverencia a las primeras cintas, de hecho no duda en descalificar versiones posteriores «Su Frankestein de 1910 [...] No más de trece minutos de duración que dejan en evidencia otras adaptaciones posteriores, la papanatada de Kenneth Branagh sin ir más lejos».

Un rigor absoluto domina los comentarios técnicos que diferencian el texto narrativo, origen de la película, del fílmico; asimismo no escatima en la exposición de curiosas técnicas rudimentarias con las que realizaban en el pasado los efectos especiales. El resultado es un conjunto de interesantes reseñas enriquecido si cabe por una fotografía espectacular, en blanco y negro, de una calidad absoluta, que consigue despertar cierta querencia por el cine, «excelentes efectos especiales [...] valiéndose del truco de quemar un maniquí y reproducir la secuencia al revés logrando un efecto desasosegante...».

Las críticas se dividen de forma natural en dos grandes apartados: cine mudo y sonoro. Obviamente no son iguales por lo que José L. Forte incide en las peculiaridades de ambos. Es consciente de las condiciones socioculturales de cada película, así como de que las reglas de montaje y los códigos de significado varían según el momento y el lugar. Por supuesto en los dos casos alude a posibles imágenes indicio que cobrarán verdadero sentido en la elaboración posterior del significante, es lo que ocurre, por ejemplo, en Atrapa a un ladrón, dirigida por el genial Alfred Hitchcock, en 1955 y protagonizada por el imparable Cary Grant «Corte a un gato negro (broma visual a costa del ladrón que después sabremos que es el principal sospechoso) caminando sigiloso [...] Así Hitchcock marca a la perfección el tono socarrón y divertido de toda la película que se desarrollará a continuación».

Y es, como no podía ser de otra manera, lo que ha sucedido desde los comienzos del cine, pues en 1917, Allan Dawn dirigió El moderno mosquetero en la que el actor «el incombustible Douglas Fairbanks» abre el film cabalgando hasta detenerse en la puerta de un mesón, «De pronto descubre la cámara [...] pone cara de “bueno, ya veis, de esto es de lo que voy ahora”, se echa la capa al hombro y guiña descaradamente al público señalando el interior del mesón [...] todo indica que (la acción) va a ser trepidante. Y creedme que lo es.»

El autor de El fulgor efímero no sólo comenta estas imágenes indicio, sino que tiene en cuenta que, a veces van cargadas de un tratamiento psicológico–proyectivo que hace que podamos relacionar obras y personajes de principios de siglo con la actualidad. Es lo que ocurre con Sherlock Holmes. El misterio de los peces saltadores se centra en «la fama de detective científico del gran Sherlock, en su capacidad increíble para disfrazarse y, cómo no, en su afición a las drogas. Arthur Conan Doyle, en la segunda novela protagonizada por Sherlock Holmes, El signo de los cuatro, muestra a su héroe justo en el primer párrafo inyectándose con un jeringuilla una disolución de cocaína». Es cierto que en la época de Doyle algunos escritores tenían fama de drogadictos, incluso visitaban fumaderos de opio instalados “cómodamente” en la sociedad, pero ha de pasar más de un siglo para que volvamos a ver en pantalla la parte “menos amable” y divertida del detective. No sé qué opinará Forte pero probablemente sea la serie inglesa Sherlock de 2010, protagonizada por Benedict Cumberbatch la que se ajuste más a la concepción salvaje del personaje de Conan Doyle, por supuesto cien años después de que Christy Cabanne y John Emerson dirigieran el mediometraje antes aludido para parodiar, a través de su personaje Coke Ennyday, la figura de Sherlock Holmes «Es brutal cómo el bueno de Coke se inyecta una dosis a casi cada plano, y cuando no está con la jeringuilla está esnifando cocaína o comiéndose un bote entero de opio». Imágenes indicio en las que podemos valorar el enfoque interior del personaje que prepara para un cine posterior.

En el cine mudo destaca la banda–imagen, aludiendo no sólo a los fotogramas sino también a expresiones escritas que aparecen en pantalla y que van facilitando la comprensión de la película a los espectadores aunque a veces en detrimento de la propia cinta. «El episodio dará fin con la habitual fuga imposible de Fantomas de entre las garras de Juve y Fandor, lamentablemente contada con un intertítulo pues la secuencia está perdida.»

Asimismo Forte hace hincapié, en esta primera etapa del cine sobre todo, en los gestos de los actores que consiguen hacer que triunfe o no la película, pues serán estas expresiones las que hablen a un público ávido de entretenimiento novedoso, «...por la increíble actuación de Colleen Moore, llena de vida, vibrante, emocionante en cada gesto [...] Creed que la película es ella, es Collen Moore vibrando a través del tiempo con una intensidad incombustible». Está claro que es nuestro autor el que se apasiona con estas películas; su amor por el cine como obra de arte es evidente y nos lo transmite «...esto es cine comercial de los años 20. Y viéndolo hoy, uno sueña con que el cine comercial de nuestros tiempos fuera tan solo una décima parte de bueno.»

Y, por supuesto, no sería un buen análisis de la banda–imagen si no mencionara experimentos mediante los cuales los montajes cinematográficos eran capaces de manejar al espectador al hacerle creer que un personaje era más importante que otro o que una escena era fundamental pues hacía fijar la atención en un detalle particular. En un cine en el que la palabra no tenía cabida, la utilización del montaje como arma narrativa fue clave en los avances de algo que casi en la década de los 30 aún «no era considerado por todos un arte, por lo que no se pensaba ni en su preservación ni en su conservación».

La primera película que comenta del cine sonoro llama la atención porque lo que destaca de ella, de la banda–sonido, es «Durante cincuenta minutos asistiremos a una comedia de desarrollo plomizo, chiste de humor grueso, situaciones graciosas que solo dan vergüenza ajena por lo forzadas y torpes que resultan...» Sin embargo, José Luis Forte ha indagado en todas las películas hasta llegar al porqué son consideradas joyas fílmicas, por eso, si no merecen la pena los diálogos de Madame Satán (dirigida por Cecil B. DeMille en 1930), sí es conveniente asistir al magnífico ejercicio vanguardista que llevan a cabo «los planos del zepelín amarrado a una alta torre metálica recortándose contra la ciudad y un cielo tenebroso».

Así pues, desde el capítulo 13 tenemos el placer de encontrar cintas “habladas”, directores inéditos de cine, ocultos o desconocidos de cualquier nacionalidad y profundizar en aquellos más célebres o prestigiosos para conocer hechos ignorados de sus vidas o desentrañar algunas de sus obras más famosas.

La colección de películas que componen El fulgor efímero no se puede considerar sólo como una filmografía pues aunque son interesantísimos los datos técnicos, las fechas de cada película y las proyecciones sociales de éstas, es importante tener en cuenta su contenido cinéfilo, repleto de reseñas cinematográficas y comentarios sobre elementos formales y de contenido.


No sé si la finalidad de José Luis Forte al escribir este libro era captar espectadores pero sus comentarios apasionados, el tener en cuenta la relación entre los diferentes planos fílmicos, el hacer coincidir dichos planos con una música evocadora y señalar el nivel de fidelidad a una narración anterior, consiguen que los lectores seamos capaces de entender la motivación que llevó a los directores a mostrar algo desde un ángulo determinado, seamos capaces de amar un poco más el cine.

sábado, 10 de septiembre de 2016

EL ÚLTIMO DÍA DE TERRANOVA

Canto a la vida. Al leer El último día de Terranova me viene a la memoria Víctor Jara, el derecho de vivir en paz. Un derecho pisoteado una y otra vez a lo largo de la historia por aquéllos que se sienten invencibles y que en realidad son cobardes parapetados en sus reductos con mucho miedo y, por miedo, destruyen todo lo que suponga un peligro a su bienestar.

Que cada viaje de Eliseo a América o Europa era, en realidad, un internamiento en un sanatorio mental. No por loco [...] por homosexual. Y lo del psiquiátrico era una forma de evitar la cárcel.

Canto a la libertad. Terranova supone vivir libre, de manera sencilla pero fértil. Sus ocupantes conocen la libertad, la riqueza, la vida a través de los libros. Vicenzo, el narrador protagonista, experimenta la alegría, la protección, el amor y la salvación de su propia existencia de la mano de los que habitan Terranova.

En Terranova vivíamos en un sagrado desorden [...] Se entraba y salía sin tener que dar explicaciones [...] Se respetaba esa rareza.

Canto a la poesía. Manuel Rivas elabora un relato pleno de belleza, rebosante de sensibilidad, plagado de sentimientos. Es una novela, pero lírica; es prosa aunque poética. Hay esplendor en todas sus páginas, incluso aquellos recuerdos cubiertos de fealdad, de dolor, de horror, están mostrados al lector desde el punto de vista del optimismo final porque hasta en la desesperación más absoluta asoma la elegancia de quienes quieren llevar felicidad.

Pedrés, que tenía merecida fama de torturador, era de frases estereotipadas: Para hacer una tortilla hay que romper huevos [...] Amaro les había dicho [...] Que no sabía. Era consciente, dijo, que un poder enojado puede matar a alguien por un verso, y se anticipó a citar a Stalin: él mandó asesinar a Ósip Mandelstam por un poema
¿Por un poema?
Por un verso.
Carajo.
[...]
Cuando volvió contó que todo el tiempo, durante el interrogatorio, se había concentrado pensando en Pitts.

Canto al saber. El argumento de la novela se aparta en ocasiones de la trama para recordarnos a grandes músicos o escritores, grandes personas o seres anónimos que se han perdido, se pierden, en esa búsqueda de la vida. La novela es una denuncia a los regímenes dictatoriales que imponen la represión, la tortura, la muerte despiadada, y se jactan del miedo que provocan, precisamente por tener miedo a que se descubran todas las tropelías cometidas.

...se presentaban para hacer registros. A veces al tuntún, por intimidar [...] El Pitts, con su riñón y los líquidos corporales, protegiendo, como falsa cubierta, criaturas clandestinas. Incluso falsas cubiertas de ministros franquistas, como El crepúsculo de las ideologías de Fernández de Mora, u Horizonte español, de Fraga Iribarne [...] cobijaban obras malditas de Ruedo Ibérico. ¿Quedan crepúsculos? ¡Marchando un horizonte!

El argumento de El último día de Terranova es muy sencillo; La librería Terranova, como otros comercios situados en un enclave privilegiado, va a ser cerrada por intereses inmobiliarios. Sin embargo, en el último momento, los especuladores son acusados de corrupción y todo el proceso se detiene. No sabemos qué ocurrirá con la librería, queremos creer que sobrevivirá a las grandes superficies pero el autor lo deja ahí, con final abierto.

Detrás de este argumento tan sencillo está la verdadera trama de la novela. Vicenzo, el narrador, nos cuenta la historia de la librería, su propia historia, mediante recuerdos que se van superponiendo en el tiempo y espacio, recuerdos aislados con los que los lectores no tenemos dificultad para construir con ellos un argumento lineal, al contrario, se instala en nosotros una seductora sensación de autonomía al tener la impresión de que vagamos por las páginas superando cualquier limitación. Evocamos algo parecido a lo que sentimos con la poesía, como si pudiésemos deambular a nuestro antojo, saltando algún capítulo para retomarlo más tarde, y sin embargo, el narrador es consciente en todo momento de que nos conduce de la mano para que lleguemos al final de la novela sabiendo lo que quería comunicarnos.

Los hechos relatados, referenciales, encubren las verdaderas funciones del escrito. La más importante, la expresiva. Mediante esos sucesos el autor hace aflorar sus sentimientos, sus emociones, las impresiones que han quedado grabadas después de vivir el horror de la dictadura. No sé si Vicenzo es la voz de Manuel Rivas pero el corazón de Rivas late en El último día de Terranova.

El lenguaje cuidado, la personificación de la naturaleza, enumeraciones agilizadoras, anadiplosis animalizadoras que conforman una frase en la que se condensa la desesperación del ser humano, la mezcla de lenguajes artísticos, la sinécdoque despersonalizadora de la policía como símbolo de la represión, las epanadiplosis que refuerzan la solidaridad del ser humano y las metáforas embellecedoras de la vida, asociada siempre a la mujer: Viana, Comba, Garúa, Expectación, Estela del Mar, consiguen que predomine la función poética, de hecho hay párrafos que son por sí mismos un poema.

En la transcripción del siguiente párrafo, donde apreciamos todo lo señalado anteriormente, me he tomado la libertad de colocarlo en versos

Él,
que parecía desaparecido, engullido por la Ola,
emerge, se aúpa, trepa por las rocas,
los pies son manos y las manos son garras.
Llega junto a ella.
Posa las manos en la esfera del vientre.
Pienso que debería pararse el mundo un instante.
Las aves exasperadas del mar.
El helicóptero.
La sirena del coche policial.
Debería haber, en la vida, la
posibilidad del plano congelado.
Echan a correr por ese otro mar de hierba,
que mece el viento de las aspas giratorias.
Se dan la mano, se sueltan, se dan la mano.
Caen, se levantan...
Desaparecen.

El autor es un maestro en el uso del vocabulario. Las palabras no se resisten, antes al contrario fluyen de forma eficaz para comunicar. El lector es partícipe de los sentimientos, de los hechos que rodearon al protagonista, e inmediatamente empatiza con sus ideas. Al leer El último día de Terranova nos posicionamos con Vicenzo, ante la belleza sin límites de lo que nos rodea, sentimos su amor por la naturaleza y percibimos una armonía que deseamos nazca de nosotros para propagarse como una onda expansiva hasta cubrirlo todo.

El estilo, qué duda cabe, es elegante y, sin embargo, no pierde nada de intensidad y expresividad. Es intenso porque precisamente nace de dentro, de la intimidad, del sentimiento y la memoria, fundamental para vivir. Es expresivo porque encontramos acumulación de recursos que fortalecen las relaciones entre los personajes y el carácter de los propios personajes con paradojas, metáforas o términos polisémicos

En Coruña nos estaban esperando en la estación. La embajada en pleno de Terranova. Comba, Amaro y Eliseo.
¡Ahí los tienes! les gusta tanto estar solos que siempre van juntos.
[...]
¡Es Giuliana, mamá!
Y Eliseo le pasó un paraguas [...] Ella se alzó sobre la punta de los pies y lo elevó como una cometa a punto de ser liberada.
¿Sabés? cuando era chica me llamaban Garúa

Porque es cierto que participamos de hechos alegres, tristes, duros, llevaderos... pero son efímeros; sólo nos queda el recuerdo y todos sabemos que los recuerdos se van remodelando en la mente hasta dejar en ella nuestra verdadera vida, la que recordamos una y otra vez; no importa si protagonizamos un hecho, importa lo que recordamos, cómo lo recordamos, cómo lo vivimos a diario y lo transmitimos. Eso somos nosotros. Y eso es lo que tiene presente Vicenzo Fontana; en sus memorias nos induce a ver belleza, a ver arte en lo que nos rodea, pero no podremos distinguirlo si no hemos advertido el dolor, la injusticia, la desventaja vergonzosa que sufren los manipulados, los débiles.

El último día de Terranova es un símbolo de resistencia y funciona de la misma manera que la librería, símbolo a su vez de reducto del arte y garantía de libertad.

La novela acoge a una serie de personajes, todos diferentes y todos igualados en la desgracia, el dolor. Sin embargo no tenemos la sensación de estar ante perdedores: una frase nos lo recuerda a modo de estribillo «Él no está estructurado para morir», otras nos hacen tomar consciencia de la fuerza que podemos llegar a tener a pesar del paso del tiempo «Pues no desfallezcas, chaval», y otras constituyen toda una declaración de intenciones

Echo de menos a Guillermo, el vagabundo que de vez en cuando venía a venderme algún libro “abandonado”, que él mismo había birlado [...] Primero lo leía, y luego venía a vendérmelo. Una ganga, maestro.

Por su parte la librería ha servido de refugio, durante casi un siglo, a los dadaístas, surrealistas, a Rosalía de Castro, a la generación del 27, a Valle-Inclán, a la generación perdida, al existencialismo... Porque quienes han estado al frente de esa librería son portavoces de la cultura, baluartes del saber, defensores del libro como medio para sobrevivir en un mundo despiadado «¡Terranova podría vivir sin libros, carajo! El día que dije eso, la blasfemia largo tiempo rumiada, Comba y Amaro hicieron que no oían. Ni siquiera se miraron. Qué fracaso de provocación.»


He empezado esta reseña afirmando que El último día de Terranova es un canto a la vida, a la libertad, a la poesía, al saber. Quiero terminarla testificando que es un canto al librero, a esa figura que lamentablemente se va extinguiendo en pro de un ordenador. Esa figura que algunos recordamos con cariño porque regentaba un local tranquilo, de olor peculiar a tinta y papel, al que se podía ir no sólo a comprar sino a mirar, a conversar, a dejarte aconsejar, a aprender, a reforzar la amistad que antes o después te unía al librero y a consolidar la admiración por ese mundo inabarcable encerrado en una librería de nombre clásico. Felicidades a Manuel Rivas por la novela, y felicidades a todos lo que, como yo, hemos podido pasar tardes enteras enriqueciéndonos con los Fontana de Terranova, con los Mariano de Espartaco o con los Fidel de Athenas.

viernes, 2 de septiembre de 2016

EL ENVIADO DE CRONOS: PUERTA A LA HÉLADE

No  me siento cómoda criticando un libro que no me gusta porque lo más probable es que haya personas a quienes les parezca fabuloso. Por eso intento ser justa y objetiva con lo que leo, es decir extraigo temas, veo cómo están construidos los personajes, observo si la narración es lineal o participa de otra modalidad, plasmo las figuras literarias que encuentro para distinguir sus posibles funciones... en fin, procuro que a través de mis comentarios, los demás perciban también, parte de lo que un libro puede aportar e intento dejar en los lectores la convicción de que cualquier libro nos enriquece. Debe ser deformación profesional.

En otro orden de ideas, no soy partidaria de la literatura juvenil. Considero que no deberíamos encuadrar la literatura con etiquetas que discriminan a un porcentaje de población. La literatura es un arte por lo que, como el resto, debe huir de los encasillamientos, que cada cual lea el libro que le guste. Otra cosa es la literatura infantil, que sí puede ser etiquetada por razones obvias de entendimiento, aunque a propósito de esto debo decir que, por regla general, los niños de tres años disfrutan con La canción del pirata.

Para colmo de males no termina de engancharme la novela histórica. Me encanta la historia y me apasionan las leyendas, mitos y sucesos que contiene, pero encuentro que al novelarlo pierde fuerza. Otra cosa son las novelas basadas en un hecho histórico, en las que el argumento parte de ese hecho para fluir libre o por donde quiera el narrador.

Todo este preámbulo para llegar a la conclusión de que El enviado de Cronos: Puerta a la Hélade me ha decepcionado como novela. Digo como novela porque como compendio de datos y hechos históricos es muy completo. Su autor, Miguel Merino Rivas, es un apasionado de la Grecia clásica en general y de Alejandro Magno en particular. Se nota.

Al leer la reseña que aparece en la contraportada y contrastarla con el título pensé que sería fascinante. Nuestro dios del tiempo actual, una cápsula capaz de viajar a una velocidad mayor que la de la luz para llegar a un destino situado miles de años antes, dotaba a Alcibíades Vidal, su enviado, de una peculiaridad: llegar a formar parte del ejército de Alejandro Magno y acompañarlo hasta su muerte, para conocer dónde quedó su cuerpo enterrado.

La idea está bien, de hecho creo que a un alto porcentaje de la población le gustaría viajar en el tiempo, de ahí que la ciencia-ficción tenga cada vez más seguidores, pero no es nueva. H.G. Wells inauguró la temática, en 1895, con La máquina del tiempo. A Wells le han seguido escritores de renombre como Mark Twain, Un yanqui en la corte del rey Arturo, o Isaac Asimov, El fin de la eternidad y otros no tan conocidos. Precisamente porque no es una idea nueva estimo que debe tener alguna novedad si el autor quiere enganchar al lector. No sé, algo como desarrollar un viaje en clave de humor, exponer determinadas paradojas propias del viaje para solucionarlas, crear conflictos ahistóricos para llegar a una resolución ajustada a la historia, o proponer una historia alternativa para que los lectores también podamos viajar en el tiempo desde el actual al pasado y de nuevo a las actualidad. En fin, no pretendo dar ideas porque seguro que está todo “inventado” pero es que el desarrollo de El enviado de Cronos no seduce, y podría haber sido estimulante.

Empieza con la dramatis personae, algo extraño puesto que el término designa a la lista de personajes de una obra teatral. Es cierto que en algún sector podemos encontrar la expresión como sinónimo de lista de personajes en novela, pero el término es un cultismo que designa al elenco de personajes de un drama “las máscaras de la acción”. Hasta cincuenta y un personajes son presentados en este apartado. Esta técnica puede ser buena para conocerlos, pero no tanto para los entresijos de la narración puesto que el introducir al personaje de antemano permite luego mostrarlo con menos detenimiento en sus actos, lo que dificulta la creación en profundidad. Así, en esta novela el lector tiene la impresión de estar ante una serie de personajes planos.

Seguidamente, tras la lista de personajes, aparece un glosario de términos, veinticuatro nombres nos son detallados en cuanto a su significado. Sin duda muy interesante, pero tampoco aporta nada a la novela puesto que funcionan a modo de notas aclaratorias de términos en desuso (por cierto, al final también encontramos otra lista de notas que explican diferentes alusiones). Pasamos después a otro “prólogo”, éste para contar los mitos de Prometeo y Pandora. Supuestamente tendrán relación con la trama, pero cuesta vincularlos a los proyectos del CERN.

Por fin comienza la novela, y lo hace por el final, con las honras fúnebres de Alejandro Magno. El resto son 30 capítulos en los que se van intercalando fechas de la era antigua y la contemporánea, como corresponde a una trama en la que el protagonista viene de otra época. En todos predomina el relato histórico aunque no con la misma suerte; en ocasiones está bien llevado y resulta interesante, en otras da la impresión de que se ha llevado hasta allí porque era necesario contar algo de la sociedad griega antigua. Y en otras, la narración histórica no tiene nada que ver con el argumento; es lo que ocurre al principio, donde para situarnos en la infancia de Alcibíades y destacar su pasión por la historia, el padre le cuenta con profusión de detalles la batalla de las Navas de Tolosa. El lector deduce de ese capítulo su amor por la historia, por la arqueología y por los caballos. Es curioso, pues al final de la novela podemos decir poco más de él, apenas ha cambiado, aunque el propio Alcibíades «era consciente de que estaba mucho más curtido que al principio cuando llegó en lo que todo era una inocente ilusión desmedida» (copiado literalmente). ¿Cuándo se ha curtido? ¿Cómo lo ha hecho? Falta ver a Alcibíades en acción, cómo pasa de estar atemorizado en su primer combate a ser uno de los hombres de confianza de Alejandro Magno. No lo hemos visto evolucionar. Nos lo creemos sólo porque un narrador nos lo cuenta aunque no lo demuestra.

Una vez que Alcibíades se encuentra en la Grecia Antigua el argumento se resiente; hay capítulos que no aportan nada a la trama, son una excusa para presentar a personajes famosos de la Antigüedad, actividades cotidianas de la época que quedan aisladas en el contexto, descripción de momentos que “vemos” como si estuviésemos siguiendo a un guía turístico o cuadros de contiendas, con todo lujo de detalles, en las que el protagonista no participa. Asimismo hay capítulos en los que surge un personaje con cierto protagonismo, para no volver a salir en la novela, tal como ocurre con Arsaces, el niño que se atreve a mirar a Darío III en 337 a.C. Todo esto hace que no encontremos un hilo seguro que consolide el argumento.

Pero si el narrador se detiene con parsimonia en las descripciones de lugares, momentos, personas y actividades, pasa de manera rápida la batalla de Tebas y la rendición de Atenas en 335 a.C.(que utiliza para retomar la descripción histórica de la ciudad). El encuentro con Diógenes en Corinto, en ese mismo año, es una excusa para, de forma algo deslavazada, recordarnos aquello que supuestamente decía el filósofo «—¡Busco a un hombre honesto, busco a un hombre honesto!— gritó Diógenes...»

Por último, la invasión de Persia está carente de acción. Y así, con este talante apresurado termina la novela. Muchos enigmas han quedado por descubrir, la punta de flecha, las falsas monedas, el esqueleto encontrado, el papel de Prometeo, las investigaciones del CERN, la suerte de los investigadores y la del propio Alcibíades.

Puede que Miguel Merino piense ir despejando dudas en los otros dos libros que completarán la trilogía. Puede que se editen, si es así le recomiendo una corrección atenta de la escritura pues, en este ejemplar aparecen erratas: «Aria» por “Aura”. Equivocaciones sintácticas: «Ahora marcharos» «el viaje en el transbordador [...] lo había machacado y, para colmo de males, con la mar levantada bamboleando el maltrecho ferry» «hacia al campamento». Faltas de concordancia: «un par de perros ladraban» «una caja de pequeñas dimensiones forrada de oro y ricamente engalanadas...» «el resto de compañeros se abalanzaron al instante». Faltas de ortografía: «todo lo que halláis detectado». Repetición excesiva e innecesaria de palabras: «El pequeño Arsaces pasaba [...] sus pequeñas manos» «...haya perdido la fluidez [...] adquiriría mayor fluidez» «prolongados y esforzados ejercicios de pronunciación [...] dificultades de la pronunciación [...] de prolongados ejercicios de pronunciación». Expresiones que por abusar de ellas pierden la fuerza: «presa de una gran excitación» «presa de un gran nerviosismo» «presa de un gran...». Locuciones que, por anticuadas, quedan irreales en el contexto (o están mal empleadas): «Incrédulo, se levantó y comenzó a ir y venir por la estancia mesándose los cabellos con ambas manos. -¿No me estarán tomando el pelo?». Demasiadas voces técnicas relacionadas con un mundo militar obsoleto que ralentizan aún más las lectura, ya lenta de por sí al estar necesitada de diálogos y actividades variadas: «se guardaban [...] las gúmenas» «piedras angulares de tobo» «quiliarca» «lochagos» «pornai». Y empleo exagerado del gerundio, que enfatiza en demasía el aspecto imperfectivo de la narración puesto que la presenta con un enfoque persistente: «dando órdenes [...] examinando [...] profundizando [...] acercándose [...] levantando [...] agachándose ante el agujero».


Bajo mi punto de vista, con un estilo más sencillo la novela sería más amena.