sábado, 9 de mayo de 2015

MÚSICA PARA FEOS

¿Por qué Música para feos es para feos? Los protagonistas de la última novela de Lorenzo Silva no lo son. Es cierto que físicamente no están descritos con minuciosidad, pero de lo que leemos se deduce que, como poco, son normalitos. Psicológicamente tampoco son feos, al contrario, tienen cualidades destacables como el sentido del deber, él, o de la amistad, ambos, y una elevada concepción de la moral que les permite comportarse de manera intachable.

Creo que éste es un fallo, y que conste que no me gusta juzgar de forma negativa a quien ha demostrado su valía. Echo en falta algo de vidilla en los personajes. Su comportamiento es tan correcto que no despiertan simpatía. No se puede hacer una novela con personajes casi planos porque caemos en el aburrimiento del lector, de hecho, en ningún momento me he llevado sorpresa alguna; incluso el desenlace, pospuesto hasta casi la última página, es, de puro ficticio, predecible e increíble. Mónica es puesta a prueba por Ramón durante su relación desde que se conocen en el bar. Ella ha bebido dos o tres copas; descubre a Ramón, le gusta y, de momento, sólo desea pasarlo bien, puede que algo de sexo y poco más, pero él decide que lo tendrán con la cabeza despejada… Esta postura, que encuentro fantástica en el caso de adolescentes, resulta algo desmedida para dos adultos, porque, si hay algo infantil, o posesivo, es la actitud que adopta Ramón una semana después, cuando por fin han quedado, sobrios y dispuestos a acostarse. El supuesto enamorado aún tiene la mente tan fría que resuelve ocultarse para ver la reacción de su pareja al creer que no va a acudir a la cita… La excusa es que desea a alguien maduro y, sin embargo, él se ha permitido reservar una habitación de hotel (por si acaso). En fin, como mujer, me siento si no ofendida, sí molesta. Mónica es un títere al son de Ramón, su actitud parece la de una niña a la que tienen que guiar constantemente y desvelarle la realidad poco a poco, no sea que se asuste, que se lleve una impresión equivocada o, lo que es peor, no sea que Ramón dé un paso en falso, que se comprometa antes de tiempo, que comience una relación con alguien que no está a su altura. A cambio ella, desde el principio, lo encumbra en lo más alto; y ahí va a quedar pase lo que pase. Nuestra protagonista no tiene ideas sólidas por lo que, como una mujer decimonónica, se deja llevar.

Él decide cuándo y cómo le dirá a su pareja lo que le tiene que decir, que por otro lado no es nada del otro mundo, sino lo más normal entre dos personas que se conocen y quieren empezar una relación  —Hola, me llamo tal y trabajo en tal sitio. Pues esta obviedad no lo es para Ramón, de forma que Mónica se pasa más de media novela intentando averiguar a qué se dedica el que, según ella y tras dos citas, es el hombre de su vida.

Lo siento, pero creo que no juegan en igualdad de condiciones. Él, seguro de sí mismo, de sus actos, de sus sentimientos, de lo que busca, de lo que quiere… Ella no tanto. No quiero desvelar el final de la novela; sí podemos comentar que Ramón es un soldado de Infantería. Llama la atención que aun después de decirle a su futura esposa que pertenecía al Ejército de Tierra, no le dijera su graduación o cuál era su cometido exactamente y Mónica, sin la menor curiosidad, tampoco insiste en saberlo. No es que esto sea fundamental, pero ayuda bastante en una unión sentimental. En fin, hay lagunas, o yo las encuentro, entre la relación real de ambos y la que Mónica se crea en su mente. Y llegados a este punto no puedo dejar de comparar a Mónica con otra protagonista de Lorenzo Silva, la, desde La estrategia del agua, Sargento Chamorro, de la Guardia Civil. Creo que el autor puso todo su empeño en limpiar la imagen que de este cuerpo tenía nuestro país al llegar la democracia, y lo consiguió. Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro se encargaron de mostrarnos una Guardia Civil honrada, justa y con ganas de ayudar al ciudadano. Las peripecias de esta pareja son verosímiles y los personajes están perfectamente construidos. Con Música para feos, Lorenzo Silva corrobora su admiración por los militares, pero en este caso parece una excusa para hacer un panegírico castrense.

“Jaime era un tipo más bien contenido, como lo eran por cierto todos los que había visto por la mañana. Nada que ver con el estereotipo de Rambo impulsivo que tanta gente tenía en la mente cuando se hablaba de militares,…”

Deben quedar pocos, o eso quiero creer, con ideas fijas sobre los militares o sobre cualquier otro colectivo.

Si algo caracteriza a este género literario es su carácter abierto, o no tanto si nos encontramos ante la novela de tesis y no creo que el autor haya tenido intención de escribirla, pero da la impresión de estar ante la defensa de sus ideas; para ello ha movido los personajes de forma que puedan llegar a un final coherente con la doctrina pretendida.

“Nuestro estilo no es alardear de muertos. No es para eso para lo que estamos. ¿Y para qué estáis?... Para proteger a los nuestros…”

Está bien que se quiera ensalzar al ejército, a los soldados, pero no dando la imagen de que todos actúan al unísono y de la misma manera, porque son personas y, como en todos sitios, presentan diferentes cualidades; no hace falta buscar demasiado en las noticias para darnos cuenta de la condición del ser humano; no se puede ser condescendiente sobre todo a base de razonamientos pueriles o idílicos,

“Nosotros no disparamos contra niños, aunque sean tan hijos de puta como lo era aquél. Lo que quiero decirte es que estando allí te das cuenta de que tratas con gente que no tiene compasión, y que no se hace tantas preguntas como nosotros”.

En algunas circunstancias, estas afirmaciones tan generales pueden ser la base de conceptos equivocados o pensamientos xenófobos; y es probable que precisamente por eso tengamos impresiones erróneas de las personas. Somos humanos; no hay sólo mujeres hipersensibles (porque pueden dar vida –sin el hombre no hay nada que hacer–), no sólo hay soldados valientes y esforzados –existen civiles mucho más heroicos, no sólo afganos irracionales –porque encontramos españoles mucho más irrazonables –.

Somos individuos, por eso mismo, ante el dolor no somos iguales. Cuando leo

“Besé a aquel niño y dejé que aquellas mujeres (su madre y sus hermanas) se apoyaran en mí. La muerte nos había hecho iguales, tan iguales como nadie… podría serlo nunca”

no puedo dejar de pensar en la muerte y en que lo único que consigue es igualar las condiciones de quienes la sufren, los muertos. Pero los que sobreviven no son iguales en ningún momento. El dolor es horroroso siempre pero nunca podrá ser igual perder a un padre, un hermano, un amigo, un hijo…

En fin, no quiero extenderme demasiado en esto, sólo he pretendido razonar el por qué creo que ésta es una novela “menor” de Lorenzo Silva. Está hecha de tópicos y por eso mismo el vocabulario es infantil a veces “No soy un malote”; los diálogos están desprovistos de misterio, la mayoría de ocasiones; los chistes que aparecen son fáciles y previsibles “¿tú has pensado en ir al médico? —Jamás. Quiero morirme sana; y las metáforas son típicas, teniendo en cuenta quién las utiliza: “El sábado que viene los dos estaremos en condiciones de disparar… podré dispararte… —¿Me dispararás? murmuré…”


Pues sí, espero impaciente otra entrega de Vila y Chamorro.

martes, 21 de abril de 2015

MISTERIOSO ASESINATO EN CASA DE CERVANTES

Para resolver un asesinato ocurrido en la puerta de la casa de Cervantes llega a Valladolid don Teodoro de Anuso. Desde la primera página de la novela vemos que no es un caballero al uso, pues entona un villancico, tiene los pies blancos y delicados, no toma aguardiente y en su aposento aparecen dos arcones roperos, uno con vestidos de mujer y el otro con trajes de hombre. De esta forma, mediante un recurso usual en el siglo xvii, al menos en la literatura, el travestismo, y dependiendo de a quién tenga que entrevistar, unas veces irá don Teodoro de Anuso y otras, en un cambio ingenioso de nombre, se presentará doña Dorotea de Osuna.

La justicia ha culpado a don Miguel de Cervantes de dicho asesinato por lo que él y su hermana, sobrina e hija, como cómplices, se encuentran encarcelados. La primera misión de “los dos” detectives será sacarlos de la cárcel con la inestimable ayuda de la duquesa de Arjona.

Así comienza Misterioso asesinato en casa de Cervantes y, de la mano de Teodoro y Dorotea iremos adentrándonos en una España en decadencia, llena de miserias para el pueblo y de falsa gloria para sus gobernantes.

Merece la pena leer este libro sólo por la cantidad de curiosidades costumbristas que pueblan sus páginas. El retrato cosificado de la beata no tiene desperdicio «halló el bulto de una mujer sobradamente gorda… echada en las losas… y aunque de lejos parecía que oraba, de cerca se descubría que se había traspuesto». Puede que hoy no se dé de manera tan exagerada pero a veces, el retrato de Isabel de Ayala, “la desuellahonras”, recuerda a los beatos contemporáneos, más interesados en que a otros les vaya mal que en que a ellos les vaya bien «Ellas van y vienen por las casas… y con el pretexto de ayudar al prójimo deshonrarían a la casta Susana si se lo propusieran».

Otras costumbres que el narrador recuerda con agrado nos advierten de la incultura general del país: las mesas de los amanuenses en las calles para redactar cartas o cédulas a la muchedumbre, o el vaciado de orinales por las ventanas al grito de ¡Agua va!». Y aparecen acciones que, aunque no eran usuales, se convertirían en ello con el paso del tiempo «Había un carromato con un alambique de cobre donde la gente abrevaba de ese brebaje que llaman cerveza»

Asimismo resulta curioso constatar que la Iglesia y la religión no sólo formaba parte de la vida de los españoles sino que su importancia se impuso en la cotidianeidad, hasta el punto de que aún hoy el paso del tiempo se sigue contando por oraciones; los juramentos, admiraciones o expresiones rutinarias continúan, como entonces, siendo comparadas con asuntos religiosos: «…el hombre que me dijiste… entró y estaría dentro el espacio de como un padrenuestro. …y allá estuvo algo más, como tres o cuatro credos» «…a estas horas andaríais en el requiescatinpace.» «Ya nos estás trayendo una jarra de vino pagano, sin bautizar» «¡Por las entrañas de Judas rehogadas en los menudillos del Anticristo!» «Ese joyel… es tan verdadero como la religión de Mahoma» «Pasado el espacio de dos credos salieron las muchachas de la antesala».

Otras expresiones forman parte, tal cual o modificadas, de nuestra tradición y refranero «Si viene la ronda… nos das agua con ese canto», «Los que más hombrean cojean de ese pie», «Encontrar la horma de su zapato», «Cornudo y apaleado», «¡Acuéstese de día quien no tenga con qué alumbrarse!».

Personalmente considero sin embargo que lo que ha hecho de Juan Eslava Galán el maestro de la novela histórica es su capacidad para narrar la historia con ingenio. El punto de vista irónico, sarcástico a veces, hace que entendamos mucho mejor a este país, algo incomprensible, y a sus habitantes «Sin nosotros (los matones a sueldo) no comerían corchetes ni alguaciles ni tendrían sus granjerías y acomodos jueces ni procuradores, ni triunfarían las leyes del rey en el escarmiento y sujeción de los reinos». Creo que el autor tiene, entre otras, la virtud del buen humor, virtud que traslada a su narrativa para conseguir una novela no al uso, plagada de datos reales y rebosante de agudeza, pues sabe sacarle la chispa a cualquier circunstancia. Así, el alguacil Carranza, cuando llega el embajador inglés siente que «Valladolid se llenó de herejes…» Pues con dos intervenciones más, conocemos al dicho alguacil; no hacen falta explicaciones descriptivas por parte del narrador, simplemente conforma un personaje tipo que nos lleva a la España de 1600 para mostrarnos un funcionariado al que le falta profesionalidad y le sobra incultura «Es mi costumbre con los borradores (llevarlos encima). Para servirme de ellos cuando visite el excusado a fin de exonerar el vientre» «No hace falta ser Casandra para montar la guerra de Troya».

El estilo es fluido, plagado de locuciones chocantes que permiten imágenes ingeniosas, a veces tanto que son capaces de arrancarnos la carcajada. Los juegos de palabras «para acomodar a la casta sin castas» conviven con ideogramas «Nunca vi pobres tan tenaces», con derivaciones «era un asunto de cuernos, que por algo estaban en el Rastro de los Carneros», con latinismos «Aquí es donde aparecen las Cervantas… ¿Putas habemus?», o con comparaciones hiperbólicas que el pueblo sabe percibir incluso en situaciones de desgracia, como cuando suben al moribundo Ezpeleta a la habitación de doña Luisa de Montoya para que lo asista el médico y «La casa y la escalera eran un jubileo de gentes.. no faltaba sino sacar un hachón a la calle para que pareciera velatorio… si se pusiera una buñolería en la puerta, parecería la fiesta del Corpus».

Que las crónicas y sucesos de nuestro pasado vayan de la mano de la ocurrencia es normal en Eslava Galán; así lo vimos en La primera guerra mundial contada para escépticos o Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie. También los datos literarios se acumulan en las páginas componiendo una serie de guiños a otras obras del Siglo de Oro como Rinconete y Cortadillo «¿Cómo te llamas? —Pedro del Rincón, señor», El Lazarillo «…echó la llave con muchas vueltas, como si en la casa quedara algo que guardar, y metiéndola en la faltriquera vacía…», El Quijote «el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.» El juez de los divorcios «En los reinos y en las repúblicas bien ordenadas había de ser limitado el tiempo de los matrimonios…»; o a escritores actuales como Arturo Pérez Reverte «…¡pardiez!, pudiera ser don Muzio Malatesta, el maestro de esgrima…».

La mujer, como era usual en el xvii, no sale bien parada. Numerosas expresiones retratan la concepción que se tenía de ella, «más putas encubiertas que mosquitos en el Esgueva», «No es como para matar por ella», «De natura no son despiertas», «Es una menor perpetua», y que no son sino reflejo de la cultura que recibía «…debe estar en casa, pariendo hijos, limpiando culos, lavando pañales, haciendo coladas… sin meterse en más bachillerías ni enseñanzas que las que dan los púlpitos de nuestra Santa Iglesia». La mujer debía fingirse boba para conseguir lo que quería. Por eso Dorotea de Osuna, al resolver el caso, es la bandera que Eslava Galán porta como defensor de la inteligencia femenina, de la misma forma que erige a Cervantes como uno de los pioneros en defender a la mujer, su inteligencia y su necesidad de recibir cultura «… os diré que las Cervantas, siendo mujeres de poco asiento, saben todas leer y escribir desde chicas como si ya desde que salieron de las mantillas estuviesen predestinadas al puterío.»

Y es que, prácticamente, Misterioso asesinato en casa de Cervantes es un homenaje al primer escritor universal. A lo largo de las páginas de la novela surge el profundo cariño que Eslava Galán siente hacia don Miguel, por eso, quizás, al igual que «hay cuatro autores» del Quijote, aparecen «los cronistas de esta verdadera historia», «punto sobre el que difieren los graves autores consultados».


Y por eso, quizás, la vida de Cervantes sirve para denunciar las tropelías de la Iglesia, del Estado, y de todos aquellos que las permiten, «por eso esta España que las consiente nunca levanta cabeza…» ¿Nos está  llamando al orden? Imagino que sí; quiero pensarlo, pues Eslava Galán, como Cervantes, utiliza su pluma para, con ironía, denunciar todo aquello que nos afea. Una vez más lo consigue, enseñarnos historia, hacernos reír y, sobre todo, obligarnos a pensar. Otro grande.

sábado, 21 de marzo de 2015

CABARET BIARRITZ

Se mire por donde se mire, esta novela es una genialidad. Creo que, si me lo propusiera, podría elaborar otro libro comentando éste de José C. Vales, porque todas las páginas contienen algo digno de mención: De entrada es un magnífico ejemplo de perspectivismo múltiple que George Miet transcribe con el objeto de escribir una novela, por encargo del editor de La Fortune, Philippe Fourac, sobre los dramáticos sucesos ocurridos en Biarritz en 1925.

Esta polifonía no implica un narrador que recoja las múltiples visiones de un mismo hecho porque en Cabaret Biarritz las interpretaciones de lo sucedido, las vivencias o recuerdos de los residentes se transcriben fielmente sin que aparezca la voz del entrevistador. Se da el caso, además, que Miet murió sin editar dichas conversaciones, por lo que en ningún momento ejerce de cronista que reconstruya los hechos que le van contando… No existe el narrador. Y nos enteramos de los acontecimientos en el orden en que el editor ha querido publicar las entrevistas que Gerard Miet realizó durante seis años (1938-1944).

Este perspectivismo múltiple aparece como un puzle gigantesco formado por 33 piezas que, en un principio no tienen nada que ver; así pues empezamos a leer la novela sin saber muy bien a dónde nos llevará, pero una vez “reconstruido” el rompecabezas podemos percatarnos de su perfección. Efectivamente, llega un momento en el que, donde parecía que leíamos retazos sueltos, percibimos colores que casan, formas que se ajustan a las que las rodean y, de pronto, cobran sentido pensamientos aislados y expresiones dispersas como pistas que favorecen el descubrimiento de la trama. El puzle aparece ante nosotros reconstruido, con una claridad total.

Pero la novela es algo más que la resolución de un enigma. Llama la atención el vocabulario caracterizador de personajes, a través del cual el autor retrata una determinada sociedad; los diminutivos despectivos conviven con el tono engolado de los mediocres “en cuanto terminen el poemita”, “mi novísimo teléfono de mesa, aún brillante y lustroso, con sus broncíneos remates…”; los tecnicismos apuntan a los renovadores y audaces de principios del xx “el enorme balón de hidrógeno comenzó a balancearse perezosamente…”; los coloquialismos y vulgarismos se centran en un nivel social bajo “… y yo le digo que a una servidora no le gusta hablar… si es para hablar bien más virtud que pecado será… El caso: que yo entré en casa de…”, mientras que expresiones paternalistas y falsas quedan en boca de la alta sociedad “Decían que aquella mujer había perdido el juicio porque un amante que tuvo la abandonó por su hermana. Eso decían, que yo no lo sé”.

Además la novela es un homenaje a la cultura en general y en particular a las vanguardias
literarias. No extraña, pues, encontrar guiños a Berceo y los Milagros, más concretamente El clérigo y la flor: “¿Por qué cree que los santos huelen a flores cuando se mueren?... han tenido que abrir las fosas de los santos varones… se han constatado vaharadas de… rosas y jazmines…”.

Alusiones a Dante “Siempre pensé que en aquella relación (entre Vilko y Beatrix) había algo dantesco…, perdone la broma”.

Referencias a Julio Verne “El Victoire era un precioso globo de hidrógeno”.

Mención a los clásicos “… si compusieron esos libros fue porque habían leído y estudiado a Homero, a Cicerón, a Séneca, a Tito Livio, a Horacio, a Virgilio…”

Indicaciones sobre el cubismo “Ese amigo tuyo, Picardo o Picasso o como se llame, se volvería loco si tuviera que dibujar con líneas rectas a Beatrix”.

Y, por supuesto, alusiones a la mitología. No sólo se especifica el mito de Hero y Leandro “… la librera enamorada se arroja a los acantilados pensando en convertir su aventura en una renovada versión del mito de Hero y Leandro”, sino que podemos considerar la novela como una moderna versión del mito de Pandora.

El mito de Pandora representa el sufrimiento que debe pasar la humanidad por causa de la curiosidad de la mujer… En fin, siempre a vueltas con lo mismo. Este mito se forma durante la creación del mundo; Prometeo y Epimeteo eran titanes que debían crear a los hombres y animales y dotarlos con algún don especial, pero cuando Prometeo modeló al hombre, Epimeteo ya había gastado todos los dones en los animales, así que robó el fuego a los dioses y el hombre pudo cazar, alimentarse y sobrevivir; pero Zeus montó en cólera y como castigo mandó crear a Pandora, la “omnidotada”, la primera mujer, modelada por Hefesto (dios del fuego) a semejanza de los inmortales. Cada uno de los dioses le otorgó una cualidad: belleza, gracia, sensualidad, persuasión… Finalmente Zeus le entregó una caja para que se la diese a Epimeteo al casarse con él; por supuesto no podía abrir la caja y por supuesto la abrió, de manera que todos los males encerrados salieron inundando a la humanidad. Cuando se dio cuenta del error cerró la caja dejando dentro la esperanza.

En Cabaret Biarritz, Beatrix es la omnidotada: bella, inteligente, divertida, sensual, deportista, alegre, rica, noble… y como Pandora, curiosa. Prácticamente es la que abre las investigaciones de los hechos ocurridos en 1925. El mal queda encerrado en la novela, subtitulada Los pecados estivales. De esta forma, al abrirla, como si de una caja de Pandora se tratase, van saliendo todos los males de la sociedad:

La curiosidad malsana que algunos periodistas, como Montagnard, manifiestan; las orgías y bacanales celebradas en locales con ínfulas, como Villa Belza; los rumores y maledicencias que algunas criadas, como Martine, difunden de sus señores; el placer del voyeurismo, aparece con el fotógrafo Marcel Galet; la incultura y superstición vienen de la mano del noble Gedeón Wilcox; la homosexualidad de Gina-Jane sale unida a la decrepitud social; el sadomasoquismo lo trae Lili; la deshumanización de los burócratas se ve reflejada en el secretario judicial; el robo y la extorsión aparecen con Gastón el enterrador; la usura con el joyero; la pintora Sara Chambers nos acerca a la amoralidad social, el juego y el nazismo; los chismorreos tienen su fuente en la cocinera Matilde Prie; la pornografía se cobija en el empresario cultural GG; la xenofobia aparece con Fevert y las estafas de la iglesia con Margulee Du Pont; los males alcanzan a los niños, el abandono infantil, la humillación y el maltrato traumático vienen con Olivia Czewolski y Pascaline; la explotación de trabajadoras se manifiesta en Honorine Pel; la incompetencia policial o la negligencia de los funcionarios; el rechazo a lo nuevo de los mandatarios culturales ; Khalil Kimal es representante de la corrupción policial y el cohecho; el juez Du Pont refleja el encubrimiento de delitos por parte del Consejo Superior de la Magistratura; con Pauline Bellay, femme distinguée, sale la envidia… ¿Y la esperanza?

Las “entrevistas a-la-Miet” desparraman los males por la sociedad de Biarritz, y el periodista se queda con la esperanza, don que toma Beatrix para partir a Nueva York con Vilko.

Y, aunque parezca increíble, todo lo anterior no constituye lo más apasionante del relato. ¿Cómo es posible que en una novela sobre asesinatos y corrupción destaque sobre todo el Humor? Pues lo es; el humor aparece en todas sus modalidades:

Humor absurdo, puede que con alguna influencia de Eduardo Mendoza “Se ignora por completo dónde se alojó en Burdeos, —probablemente en la estación de ferrocarril—“.

Humor en la enumeración de sinónimos contextuales “Se habían perdido, o se habían extraviado, o se los habían comido los gusanos o las polillas, o se encontraban en tan lamentables…”.

Humor en la elección de insultos “llamándolos cariñosamente escoria de pollos muertos”.

Humor derivado de lo que Miet pretende y la realidad circundante (Miet pretende que Fourac le publique su libro y Fourac) “había estado publicando panfletos para las SS… el cadáver ahorcado de Fourac estuvo colgado en la fachada de La Fortune durante tres días…”

Humor en las entrevistas transcritas literalmente pero sólo lo que dice el entrevistado “Bueno, si no le interesa… ¿y qué le interesa entonces? Ah, sí… eso. Ya. Hum…” El lector deduce la pregunta por lo que continúa contestando el interpelado.

Humor en las descripciones morosas de elementos imposibles de percibir “… entre el numeroso público… dos señoras aferradas a sendas porciones monumentales de tarta de nata y bizcocho con fresas, frambuesas, grosellas y arándanos…”.

Humor en la transcripción de recetas de cocina, con imágenes y comparaciones del lenguaje coloquial “…lonchas arrodilladas (pasadas por el rodillo) de carne de buey, que se enrollan con el menudillo dentro y una vez atadas como criminales se doran bien…”.

Humor en la descripción de actos para enterarse de conversaciones “Bueno, señor, a mí no me parecía formal que se pusieran a hablar de cuentos infantiles… así que conseguí que aquel ataque lumbálgico se me pasara de inmediato, cogí la cucharilla, bajé a la cocina y eso fue todo”.

Humor irónico en la religión "Margulée Du Pont ya no existe… Yo ocupo su nauseabundo cuerpo, pero otro espíritu habita su alma”, que llega a veces al sarcasmo “cuando crucé ese sagrado portalón de ancianísimas y venerables maderas, me juré no volver la mirada a las podredumbres del mundo…”.

Sarcasmo que deviene en humor grotesco cuando aparece la hipérbole “Todo se lo contaré… no utilice mis palabras, ni cite mi apellido, ni… este monasterio, ni la orden a la que pertenezco… o rogaré al Dios del cielo que descargue contra su malhadada cabeza toda la furia del Todopoderoso…”.

Humor en el equívoco “Que Dios lo perdone (a mi padre, digo; al secretario Judicial no se le podrá perdonar)”.

Humor en expresiones populares “Creo que fue mi propia madre la que…consiguió difundir aquellos rumores contra mi padre… hacían bromas soeces «el señor juez ha perdido el juicio por una vieja que ha perdido la cabeza»”.

Humor en la pedantería “Venit honos auro… Y si lo decía Ovidio ¿lo vamos a negar nosotros?”.

Humor en obviedades “… aparte de las dificultades que se me platean a la hora de detener a un ahogado como sospechoso…”.

Humor, en fin, para todo, incluso en las notas a pie de página, en las que continúa la narración tal y como la dejó en el argumento. El humor, el mito, el perspectivismo, el puzle, consiguen que Cabaret Biarritz sea una novela redonda, de las que empiezas, además, leyendo con una sonrisa y terminas de la misma manera.


Puede que me haya extendido algo más de lo habitual, pero no hace mucho hablaba con una compañera, creo que amiga, del mito de Pandora. Y de pronto aparece esta novela, así que, sin dudarlo, Patro, te la recomiendo porque sé que vas a pasar un rato fantástico leyéndola. Por supuesto la buena literatura la recomiendo a todos.

lunes, 23 de febrero de 2015

NO LLAMES A CASA

Nada puede salir bien en la miseria. Nada bueno de ella.

No llames a casa se desarrolla durante cuatro días, pero mediante flashback, recuerdos, analepsis y prolepsis penetramos en la vida de tres protagonistas.

CarlosZanón despliega todo un arsenal de recursos, a veces rozan en lo poético, para introducirnos en la destrucción del ser humano. Encontramos anáforas paralelísticas que ponen de manifiesto la paradoja de los protagonistas, “Recordará cuando la droga fluía…Recordará cuando la luna se quedaba…”. Las frases nominales quitan importancia a las acciones. Los epítetos épicos, “La de las calles mojadas… La eterna derrotada…” se muestran despiadados con los espacios en los que transcurre la historia.

Encontramos guiños a canciones y grupos de la movida barcelonesa de finales del xx, “Hola mi amor, yo soy tu lobo… Le hemos reventado la vida a ese tío… Pero si necesitas que lo rematemos, sigo siendo tu hombre”.

En los personajes destaca la ausencia de valores, la caída absoluta, la condición determinista del ser humano, por eso las descripciones son feas, ya sea en prosopografías, “es una desgarbada y delgada mujer de metro setenta que nunca lleva sujetador y, a juicio de Bruno, necesitaría usarlo, porque sus pechos caen como odres, y se estiran y siguen cayendo como suicidas contra el elástico de camisetas…”; en etopeyas “…tiene muchos defectos y algunas virtudes. Entre estas últimas está la deportividad con la que afronta las mil desgracias que siempre padece, derivadas de su buen tino para elegir a los hombres…”; o en retratos “«Las hembras se tranquilizan si te las follas bien» le decía Llort una noche dentro del auto, en penumbra, con aquellos ojos cirróticos de hombre vencido por la nostalgia de demasiadas mujeres perdidas”.

Todo es feo y sórdido en la novela, el amor no es amor sino posesión, las palabras son insultos, los gestos intentan demostrar quién controla la relación, degradan. La amistad no existe, sólo desconfianza. Entre los tres protagonistas, Cristian, Bruno y Raquel no hay nada de valor que merezca ser atesorado. El futuro es algo lejano que los empequeñece, el pasado queda difuminado entre drogas y alcohol y el presente se convierte en pasado antes de vivirlo. No es extraño que abunden comparaciones animalizadoras “y en la barbilla, una empalizada de pelos irritados, como púas de jabalí”; metáforas empequeñecedoras “con la cabellera bamboleándose como un elefante borracho” o expresiones que consiguen hacer más miserable a la gente “A esas horas, palomas y borrachos están ajenos a todo”. De la misma manera, las descripciones, en ese presente mordaz, de frases breves, se van acortando hasta quedar en palabras sueltas que conectan con pensamientos divididos, escuetos, inconexos.

Gracias al estilo indirecto libre llegamos a conocer a la perfección a todos los protagonistas; ellos también se conocen y, a pesar de eso no se separan pues han entrado en un laberinto del que no pueden escapar. Aunque las acciones pretenden una dirección lineal hacia el futuro, sus pensamientos van retrasando ese momento con paradas, vueltas, o frases inacabadas, al tiempo que los diálogos, con expresiones del lenguaje oral, realizan el presente… Todo queda embrollado, confundido; las metáforas igualan tiempo y espacio, las personas narrativas mezclan, hasta equiparar, al narrador omnisciente con el monólogo interior, técnica que el autor utiliza para que afloren los pensamientos más ocultos, aquéllos que formaban parte del subconsciente y que, ahora, a modo de burla, acuden para recordarles que son marionetas, que no pueden elegir el papel representado. Por eso Max es, desde el principio, la imagen de la soledad y el rencor, esto lo lleva a tomar decisiones penosas y abominables. Ya en el capítulo 3 aparece como una patética condición de ser humano, constantemente se lamenta al tiempo que pretende justificar sus errores. Regatea situaciones como si fuera un adolescente egoísta. Max es inmaduro, busca una relación estable, adulta, pero sus actos insensatos impedirán todo lo que implique un sacrificio por la otra persona, por eso mismo no acepta que el amor de Merche haya desaparecido. Max es la decadencia, cada paso que da es más cruel que el anterior pues lo va haciendo desaparecer. A fuerza de fingir va desvaneciéndose el ser humano.

Merche, la amante de Max, tampoco ha madurado, es insegura, lo que tiene claro es que no quiere abandonar las comodidades ganadas por derecho propio. No actúa limpiamente. No quiere a su marido, tampoco a Max, quiere mantener intactos sus intereses. Es indecisa, le teme al cambio y, por eso, cambia constantemente de opinión y sentimientos.

La pareja se ve envuelta, desde el principio, en una sucia situación que funciona como aviso aunque no se percaten de ello ninguno de los dos. Más tarde, las frases nominales acentuarán el ritmo rápido y poco elaborado de sus encuentros, ofreciendo una relación antitética de la belleza.

El autor no desaprovecha ni una ocasión para sacar lo feo del ser humano, con expresiones duras que, a veces, se convierten en vulgares. Las frases cortas sin grandes descripciones se ajustan al recuerdo doloroso que se trunca de repente y renace para terminar de nuevo, sin dar tiempo a saborear lo bueno.

Los personajes son animales enjaulados en su propia vida; no pueden huir de lo que los acorrala para destrozarlos poco a poco, por eso caen, a veces tan bajo que utilizan incluso los malos tratos para sacar provecho de las situaciones. Max, Bruno y Cristian se van introduciendo de forma rápida en una espiral de chantajes que los oprime y asfixia. Son perdedores, amenazados incluso por quienes amenazan. Todo se mezcla en No llames a casa, hasta la estructura es confusa. Normalmente en la novela negra hay un asesinato y el argumento es la resolución por parte de detectives o de policías o de jueces o de todos, pero aquí el asesinato ocurre al finalizar la narración; nadie investiga nada porque el inframundo no existe. El lector conoce las causas de ese asesinato porque ha ido leyendo un argumento que pretendía ser lineal y resulta anafórico.

Las secuencias narradas oscilan; la vida de estos antihéroes del inframundo queda expuesta sin pudor hasta que parece que ya no importa la caída en picado, entonces cobra fuerza el desheredado social, aquél a quien nada le importa porque nada le han dejado, éste destruirá por rencor y justificará sus actos con el estilo indirecto libre o con la segunda persona. De nuevo la forma del texto en perfecta armonía con el contenido, de hecho es lo único armónico de la novela.

Y cuando estamos preparados para asistir a la caída de este desheredado retomamos la de aquél que nunca tuvo nada. Así pues las acciones cambian, los personajes también, el espacio y el tiempo se muestran de manera caprichosa, pero en la mente del lector aparece una tensión al comienzo de la novela que permanece, implacable, con el transcurso de la trama. A veces hay que dejar de leer para tomar aire porque mientras lees no quieres si quiera respirar, todo rezuma olor a podrido.


Novela de difícil definición. Una vez leída todo cobra sentido; el final conecta a la perfección con el principio, es un relato redondo y, sin embargo, es de final abierto. La mente del lector se ha estado asomando a ese abismo por el que circulan los personajes, a ese pozo sin fondo, hediondo, por el que los ha visto caer sin posibilidad de salvación. El final abierto queda pues, totalmente cerrado.

viernes, 30 de enero de 2015

LONDRES DESPUÉS DE MEDIANOCHE

Cuando me enteré de la existencia de esta novela, y de su contenido, me acordé de Alberto Sáez, probablemente el mejor crítico cinematográfico actual. La verdad es que yo no entiendo de cine, así que puede que algún purista me contradiga pero sí que sé que, de vez en cuando, me gusta entrar en El Antepenúltimo Mohicano y leer las críticas de este español afincado en Dublín, porque disfruto con el estilo intelectual, casi poético, que imprime a sus comentarios, salpicados la mayoría de ocasiones de citas literarias. Probablemente este crítico se deleite con Londres después de medianoche, imagino que por supuesto con la película, espero que también con la obra literaria porque es el negativo, o positivo, de su trabajo. Una novela salpicada de citas cinematográficas. Todo un lujo.

El mexicano Augusto Cruz debuta como escritor con un relato sorprendente; no podría encasillarlo en un subgénero concreto y eso me gusta. Cuando terminé el libro pasé toda la noche (y esto es literal) pensando en las conclusiones. La finalidad de la trama tiene que ver con el azar. Nuestro destino está marcado por la cadena causa-consecuencia, y todo aquello que creemos producto de la suerte no es sino la influencia de sucesos aleatorios que se escapan de nuestro control. Sólo nos queda vivir siguiendo nuestros impulsos, sin esperar otra cosa que poder utilizar el presente.

Sin embargo, dentro de este determinismo feroz, un toque de magia, de inocencia infantil, proporciona el apasionamiento necesario para que la aventura surja en los espacios más inverosímiles; al mismo tiempo, aquellos escenarios reales o convencionales están tocados por la varita del Realismo Mágico, apareciéndose ante nosotros como algo extraído de los Cuentos Maravillosos que, si bien siguen un cliché, presentan el toque dulce de la nostalgia.

No podemos hablar de novela de terror porque el humor aparece en todas sus vertientes. Encontramos en diferentes situaciones el humor irónico, incluso el protagonista se ríe a veces de sí mismo, pero también saca partido de la incultura, de ahí que sonriamos ante nombres con los que son bautizadas algunas personas o ante la expectación que provocan las novelas seriadas de los medios de comunicación; las creencias supersticiosas son tratadas en ocasiones con humor crudo; por supuesto hay algo de humor negro al describir pequeños pueblos o la falta de recursos; con mezcla de sarcasmo y juegos de palabras el autor incide en la falta de profesionalidad. El humor ocasional del misterio aligera circunstancialmente la tensión emotiva. También aparecen diálogos cargados de incógnitas que quedan en entredicho con alusiones cómicas; actos humorísticos en momentos de suspense recuerdan películas parodiantes del cine de terror, guiños cariñosos a El jovencito Frankenstein o a Abott y Costello contra los fantasmas.

Las comparaciones ingeniosas rompen, de forma esporádica, el suspense que deriva de descripciones casi fotográficas. Asimismo, a modo de película de misterio, encontramos escenas, como la del flash mob, que se salen de la trama principal con la finalidad de despistar al lector, al tiempo que lo hace  el protagonista, aunque también consigue relajar la tensión con la visión humorística de una sociedad —la nuestra— en decadencia.

Londres después de medianoche es una novela que podría ser perfectamente el argumento de una película de aventuras en la que el protagonista es el héroe que debe luchar con monstruos, enfrentarse al villano y ser ayudado por un superhéroe para poder regresar a su vida normal, aunque probablemente después nada sea lo mismo.

El relato está rodeado, como la cinta a la que alude, de misterio, empezando por el narrador protagonista, Mc Kenzie, un ser un tanto aislado, con una vida hermética; su madre lo abandonó de niño, su padre fue asesinado el día que cumplía 16 años, su mujer y su hija desaparecieron misteriosamente cuando él pasa a ser el hombre de confianza de Hoover, creador del FBI y su director durante 37 años. Mc Kenzie no ha dejado huellas, su vida ha transcurrido en el anonimato, por lo que los flashback que a veces interrumpen la narración lineal permiten al lector ser testigo privilegiado de su intimidad…Y cuando su nombre podría salir a la luz como detective privado, contratado  por Ackerman para encontrar la película maldita, todo el misterio que pesa sobre ella envuelve a Mc Kenzie hasta que, irónicamente, una vez que resuelva el caso, Ackerman lo defina como “El hombre invisible”.

Y en realidad Mc Kenzie es un personaje algo mágico, por eso perfectamente puede rodearse de personas verdaderas como Hoover o Ackerman que cooperan en la resolución de un suceso real; puede llegar hasta lugares existentes e introducirse en espacios auténticos, como el castillo de James, y conseguir confundir al lector al mismo tiempo que sus sueños se entremezclan con episodios paranormales o surrealistas para acentuar el suspense de la realidad de la trama.

Todo en la narración va encaminado a acrecentar el misterio y la intriga: las preguntas de Malka amplían la incertidumbre que rodea la vida del detective; la creencia en supersticiones se manifiesta imbuida del Realismo Mágico hispanoamericano; antagonistas que aparecen y desaparecen, como el Jocker de Batman, de manera crítica en los momentos más inesperados; las respuestas enigmáticas van cobrando sentido a lo largo del argumento; los personajes van surgiendo con la trama para aumentar la intriga; hay historias paralelas, como la de Rocío Garza, con aspecto de cuento, pero con todo el terror que les aportarían los hermanos Grimm; los 28 capítulos terminan de forma misteriosa, a veces fruto de la casualidad. Y para que todo mantenga un halo de oscuridad, la narración, continuada como en una conversación, se nos muestra sin paradas entre dos temas diferentes, la puntuación no marca de qué personaje se trata o el turno de palabra, por lo que a veces cuesta distinguir a los interlocutores y a estos del narrador, quien cambia de primera a segunda persona según necesite describir acciones o pensamientos que se van sucediendo en episodios; los detalles son de gran precisión, en algunos momentos nos sorprendemos incluso de la profundidad psicológica con la que puede ser tratado algo encuadrable en la ciencia-ficción. Cuando se mezclan las voces del narrador en primera persona o tercera, y del personaje también en primera o tercera persona, se dificulta el seguimiento de dichas escenas, sin embargo favorece la unión de dos géneros: novela y cine, lo que facilita la lectura, que se va plagando de imágenes, algunas incluso de películas que luchan por acudir a nuestra mente. Una experiencia extraña, fantástica, la lectura de esta novela, no sólo por lo que acabamos de comentar; el vocabulario está salpicado de mexicanismos, que aportan la dulzura del idioma: mi carnal, serpientes de concreto, quesos de tuna, celular, se secretearon, malosos, traer la duela, no les gustan ni tantito los fuereños…

Y la narración está plagada de curiosidades: trucos de maquillaje en el cine mudo, de escenografía, datos de películas de todos los tiempos, artimañas de directores, o la cruda realidad de actores que, sin aspavientos, destruyen el halo mágico en el que aparecen.

Llama la atención el punto de vista sobre la formación de los mitos: “mantener vivo el recuerdo de algo haciendo que reaparezca cada cierto tiempo, o fingiendo que aparece…” ¿Habrá contribuido al mito de Drácula la Count Dracula Society y su entrega de premios Ann Radcliffe? Puede ser, lo que está claro es que esta novela ayudará a mantenerlo; así como el final, demoledor, revivirá en el lector otro mito: el eterno retorno, que como en una película de terror adquiere trazas sobrenaturales.

“Pensé que la vida es una madeja que los necios desenredan sólo para descubrir que al final no hay nada que no hubiéramos visto al principio”.

Mc Kenzie

miércoles, 7 de enero de 2015

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE NUESTROS PADRES

Conocí a Joël Dicker a través de mi amigo Jesús. Me regaló La verdad sobre el caso de Harry Quebert, la novela negra por excelencia receptora de diferentes premios; la trama, impresionante hasta el final, se va multiplicando para que el lector vaya sorprendiéndose a lo largo de la lectura.

Ahora Alfaguara ha publicado otra novela de este jovencísimo autor, que no es la siguiente sino la primera que escribió y por la que recibió en 2010 el Premio de los Escritores Ginebrinos, y de nuevo ha sido Jesús el que me la ha regalado (no lo quiero sólo por eso). Teniendo en cuenta que Dicker es de 1985, podemos afirmar que estamos ante un genio literario. De hecho, conmigo ha conseguido lo que muy pocos autores han logrado, que leyera una novela sobre la guerra.

Desde hace muchos años soy incapaz de leer algo de guerra, de ver un film bélico, o incluso seguir detalladamente noticias reales que tengan  que ver con las diferentes contiendas. No lo puedo remediar, se me hace un nudo en el estómago, me pongo en el lugar de los afectados y me embarga, al momento, una sensación de angustia que me impide pensar en otra cosa que no sea la animalización del hombre. No dejo de sobrecogerme ante la violencia, y cada vez más, me pasmo ante la maldad del ser humano.

Por eso prefiero leer otro tipo de novelas. Se podría pensar que la novela negra puede ser más brutal que la bélica. Probablemente, pero el daño físico se pasa, incluso la tortura es un momento, más o menos prolongado y con mejor o peor final, pero se vence. Lo que creo que no se puede superar es la tristeza que llena a todos aquellos que han vivido una guerra. Y esa tristeza es lo que no puedo soportar.

Así que empecé a leer Los últimos días de nuestros padres convencida de que era novela negra (la mente juega malas pasadas, porque leí la contraportada y pensé que sería un hecho aislado que sucedió durante la 2ª Guerra Mundial). Cuando me quise dar cuenta no pude dejar de leerla, y he sufrido con los protagonistas, me he entristecido con ellos y por todos los supervivientes reales, pero he disfrutado con el autor. De nuevo, su estilo me ha cautivado. En medio de la más absoluta miseria humana, Los últimos días de nuestros padres es un canto a la inteligencia, al valor, a la disciplina y, sobre todo, a la amistad. La escritura fluye (imagino que el traductor Juan Carlos Durán, tiene mucho que ver) en un estilo dinámico, con pinceladas de humor,
Pablo se quedó de piedra: Gordo se había enamorado de veras. […]
—¿Y vas a verla?–preguntó, incrédulo.
—Sí. Todas las noches. Salvo cuando tenemos que hacer saltos nocturnos. ¡Qué asco de saltos nocturnos! Nos pasamos el día haciendo eso y, plas, por la noche volvemos a las andadas. ¿Cómo me has visto marcharme?
—Gordo, pesas más de cien kilos. ¿Cómo quieres que no te vea?
—Mierda, mierda. Tendré que ir con más cuidado la próxima vez.
pinceladas de fina ironía,
Con la vista vuelta hacia el gran estanque, como si quisiera esparcir sus palabras hasta los confines de la tierra, Claude recitaba plegarias a media voz. Murmuraba, para no incomodar a los no creyentes.
pinceladas poéticas,
Que se abra ante mí el camino de mis lágrimas.
Porque ahora soy el artesano de mi alma.
[…]
Yo, […] que no soy más que las cenizas del viento, el polvo del tiempo.
Tengo miedo
y toques de un realismo atroz
Deberían tener cuidado con todo, en especial con los detalles, porque no se necesitaba gran cosa para despertar sospechas […] Un agente se había comprometido ya al pedir simplemente un café solo; el café solo era el único que se servía en los cafés, porque la leche estaba racionada.
La estructura de la novela sigue la creación de un grupo de jóvenes que son reclutados para formar una nueva sección de servicios secretos durante la 2ª Guerra Mundial.

Así, al comienzo, de manera lineal, el narrador relata el aprendizaje del grupo, cómo por encima de los individualismos prevalece el conjunto. Una vez que los personajes están preparados para actuar, la narración se desdobla en los diferentes espacios a los que son destacados; a veces encontramos saltos temporales que aclaran hechos al lector, al tiempo que son aclarados a los protagonistas. Sin embargo, en ningún momento se pierde la noción del argumento. El autor tiene el don de dar la vuelta a un suceso, trasladar un personaje, cambiar el espacio sin que surja extrañamiento en el lector, las imágenes se van continuando con total nitidez, las descripciones detalladas ayudan a que vayan pasando por nuestra mente como si se tratara de una película cinematográfica.

He leído las dos novelas de este autor. No tienen nada que ver entre sí, ni en época, ni en cuanto al número de lugares en los que se desarrollan, ni en el subgénero; sin embargo hay algo que les confiere el sello Dicker, el profundo amor que siente por sus personajes. Los protagonistas son tratados con respeto, todos y cada uno de ellos, en esta novela no hay buenos ni malos, no hay un bando de vencedores ni de vencidos porque en todos los personajes hay algo que los dignifica aun a pesar de cometer actos reprobables, y es el hecho de que son tratados como hombres, y para el autor, el hombre tiene un punto de raciocinio que le permite ser bueno, un punto de bondad que le permite empatizar con otro y un punto de empatía que le permite SER.

No quiero desvelar nada de la trama, mucho menos del final, pero me encantaría comentar esta novela más detalladamente con alguien que la haya leído, así que si os animáis estaré encantada de retomarla.


¡A ver si publican las otras cuatro novelas de Joël Dicker!