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jueves, 31 de agosto de 2017

MUSA DÉCIMA


Después de tres años disfrutando (al menos yo) con el blog AURISECULAR hemos llegado a la entrada número 100 y, realmente, no se me ocurre otro libro mejor que éste para celebrarlo porque Musa décima es un compendio de historias actuales, ficticias o verdaderas, que van transcurriendo de forma paralela a otra sucedida en el siglo XVI, la de doña Oliva de Sabuco, nacida el mismo año de Lope de Vega y coetánea asimismo de Cervantes, aunque nuestro creador del Quijote se llevase 15 años con ambos. Pero ahí están, en claro homenaje a estos genios auriseculares, cuya literatura no pasará de moda nunca pues, como muy bien ha demostrado José María Merino la vida es un continuo, una sucesión de hechos que pueden repetirse una y otra vez aunque el paso implacable del tiempo intente borrarlos. Y si consigue desfigurar alguno, anularlo incluso para siempre, la literatura se encarga de adaptarlo a la actualidad, de traerlo fresco a nuestra mente. Está claro que los clásicos nunca mueren. Los auriseculares menos que ninguno; la prueba está en esta novela, un recurso para que Merino establezca una relación actual de amores, celos, intrigas, pasiones, con otras ya escritas por Ana Caro, Lope de Vega, Miguel de Cervantes o doña Oliva, aunque lo de ésta no fuera ficción sino ensayo.

Me ha gustado Musa décima porque no sólo la historia principal es curiosa y con el paso de las páginas va acrecentando su expectación, me ha gustado porque todo gira en torno a la mujer, doña Oliva Sabuco, fue nombrada por Lope de Vega musa décima, demostrando así la admiración que sentía hacia ella. Ya en la Grecia Clásica, Safo ostentó este título para los griegos, y en el siglo XVII también fue designada como la décima musa, sor Juana Inés de la Cruz. En 1587, doña Oliva Sabuco escribió la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre, un tratado casi enciclopédico de la nueva medicina basada curiosamente en estas terapias emocionales que hoy han demostrado poder ayudar a los enfermos, o incluso empeorarlos según los afectos que predominen en las personas. Luisa Oliva, una niña ávida de saber participó en las academias de su época y aprendió nociones de filosofía, medicina e incluso psicología —aunque entonces no se conociese—. Cuando escribió su libro, con el beneplácito de Felipe II, el rey, fue un éxito rotundo pero a comienzos del siglo XX apareció una edición introducida por su padre en la que afirmaba haber sido él el verdadero autor. Hay especialistas que afirman la autoría de doña Oliva, otros apuestan por su padre y otros, que pudo ser, por los estilos que aparecen en el libro, una labor conjunta. Hoy eso es lo de menos, lo importante es la inteligencia de esta mujer caída por completo en el olvido como tantas otras a lo largo del tiempo; lo importante de la novela de Merino es la fuerza que la mujer tiene en determinados momentos, la fe, la constancia, el ansia de saber, como le ocurre a Berta, propietaria del libro de doña Oliva y dedicada por entero a la investigación del mismo para demostrar lo avanzado de las teorías de los afectos de la escritora aurisecular, incluso en ella misma, pues consigue mantener a raya un cáncer terminal durante cinco años, a pesar de los disgustos ocasionados por su marido, que la deja por una exalumna de la universidad y su hijo, a quien ve en el paro tras haber estudiado una carrera universitaria.

Si doña Oliva fue el motor que puso en marcha a todas las mentes preclaras de su época, Berta es la maquinaria que hace funcionar no sólo a su hijo Rai, a quien aconseja aun después de muerta, sino que reaviva la ilusión de Marina, otra escritora a la que Berta admira, cuando sus ventas están disminuyendo. Alentada por los apuntes que Berta le pasa sobre doña Oliva, Marina se mueve, investiga e inventa una novela, a la que conceden un premio literario, pero en la que olvida reseñar el agradecimiento a Berta, la mujer que consiguió resucitarla literariamente y quien le dio a conocer a doña Oliva; Berta confió en que Marina escribiese el libro cuando se dio cuenta de que ella no iba a poder terminarlo, «para que nuestros nombres queden juntos para siempre», y sin embargo no cumplió la promesa, «todo lo referente al ambiente era conocido por ella mucho mejor que por Berta [...] Su libro ya no tenía casi nada que ver con el de la pobre Berta». Como curiosidad cabe apuntar que en la novela de Marina, doña Oliva se atribuye ser una especie de doña Quijota por no escuchar las prohibiciones de los demás, como si estuviera influida por los encantamientos, para poder enfrentarse a las malas actuaciones de la medicina de su época.


Por supuesto, Berta es el punto de referencia para que su hijo, Rai, salga de su depresión y se decida —tal y como aconsejaba doña Oliva— a hacer las cosas como es debido, y así va aprovechando las oportunidades que le da la vida y venga la soledad y el sufrimiento de su madre; se hace amante de Olga, la compañera de Raimundo padre por quien abandonó su hogar, para luego abandonarla él, no sin antes haberle transmitido el gusanillo de Berta por el libro, circunstancia que Olga aprovecha para investigar sobre el editor del libro y el director, hasta contrastar la unión con la masonería que tenían los grandes del siglo XVI. Pero Raimundo padre se entera por la propia Olga de la aventura que mantiene con su propio hijo; la reacción del sexagenario es insólita o humillante pues en vez de dejarla recrimina a Rai por hacerle daño a Olga, y de esta manera causarle sufrimiento a él mismo. La venganza ha llegado sola.

Como también llega sola cuando Rai lee el libro de Marina y se da cuenta de que no aparece el agradecimiento que ésta le prometió a su madre cuando Berta la nombró heredera de todas sus investigaciones sobre doña Oliva. Al llamarla por teléfono para increparla la deja con la pesadumbre y el remordimiento de conciencia que no la abandonará durante un tiempo, hasta que, por fin, Rai se decide a escribir un cómic —novela gráfica— sobre doña Oliva y Berta, sacando a uno de los protagonistas de la novela de Marina, el hijo de Oliva, y explicando en la introducción por qué lo hace y de quién partió toda la idea de la novela premiada. Venganza en forma de justicia poética.

Pero aún quedan mujeres fuertes en Musa décima, Yolanda, la hermana de Rail es capaz de demostrar públicamente su homosexualidad yéndose a vivir con Susi. Las tiranteces entre los hermanos también se eliminarán gracias a los consejos que Berta le da a su hijo, todos sacados de la Nueva filosofía de la naturaleza del hombre.

Y por último, Euterpe, una panameña que lleva el nombre de la musa de la música y cierra el libro consiguiendo que Rai cambie de aires, lo deje todo y empiece con ella una nueva vida.

El tema de la mujer es el que más me ha llamado la atención de esta novela en la que el autor se muestra un incondicional de su valía, pero no es el único que encontramos.

Hay otro muy importante, que deriva de la mujer pero se hace extensible al hombre: la exploración de la propia identidad. Partiendo de las consideraciones de doña Oliva el lector intuye a la perfección como es cada uno de los personajes, quienes también lo saben porque en algún momento de su vida reflexionan sobre ello: Raimundo padre es en el fondo un acomplejado que, al final de su vida no quiere quedarse solo aunque implique sentir la humillación y el dolor que él ha causado.

El caso de Rai es una introspección continua, debajo de esa capa de superficialidad, de alegría y despreocupación constante late la responsabilidad que intenta salir en una sociedad que no lo permite, hasta que se da cuenta que deberá renacer en otro lugar, con quien quiere y dedicándose a lo que verdaderamente le gusta. Es curioso cómo el autor liga un drama familiar al hecho literario; es curioso que el destino de las personas quede enlazado a la fidelidad a la escritura, y es más curioso aún que en la escritura se haya dado la suplantación como norma habitual, lo que nos lleva al drama social, al fraude y la deslealtad que el ser humano es capaz de cometer hacia otros, considerados amigos hasta el momento en que resultan prescindibles.

Doña Oliva ha hecho reflexionar a Berta y ésta a su hijo; ambas lo han llevado a cabo, una vez muertas, a través de la escritura, y es en la literatura, en los sueños, donde cobra sentido la realidad, donde hechos aislados forman una unidad indisoluble, donde seres diferentes actúan de la misma manera «Como suele suceder en los sueños, había una curiosa simultaneidad en las escenas y los peces acercaban sus cabezas al cristal como si quisiesen ver también a la paloma posada en la barandilla mientras Grogui se afilaba las uñas en un lateral del sofá, para enfado de Raimundo padre». El planteamiento del Siglo de Oro, la vida es sueño, se materializa en esta novela actual; si Hamlet veía y hablaba con el espíritu de su padre, Berta se comunica con Oliva primero y después con Rai. Todo reside en nuestra mente, donde se incuban los sentimientos (los afectos) de la envidia, la traición, la venganza, el rencor, la corrupción, pero también el amor, la generosidad y la prudencia «Rai se acercó a la urna. “¿Lo ves? Magnanimidad. Para que sepas que yo también aprendí algo de tu querida doña Oliva [...] y de ti. Para que veas que estoy en el libro”».

Novela realista-fantástica y psicológica, en la que los personajes toman conciencia, a través de sus hechos o sueños, de lo que son en realidad porque esas experiencias, reales o fantásticas, les hacen evolucionar.

Escrita con seriedad, basándose en hechos reales de un pasado cada vez más remoto y siempre cercano, no escatima la ironía, el sarcasmo incluso, al referirse al hombre nuevo, triunfador, residente en una sociedad nueva, triunfadora.

Si encontramos atractivo el enterarnos, a través de Berta, de que refranes hoy utilizados, fueron deducidos con buen criterio por los clásicos: «Un clavo con otro se saca» (Cicerón. Siglo I a.C.), «Comer para vivir, no vivir para comer» (Cicerón), «A quien yo quiero mal, déle Dios pleito y orinal» (Coloquio de la compostura, de la Nueva filosofía del hombre. Miguel Sabuco, Oliva Sabuco de Nantes y Barrera), no menos atractivo supone seguir la escritura de José María Merino, a veces humorística en medio de la seriedad «¿Qué pasó entonces con el libro de doña Oliva? —preguntó Yolanda alarmada. —Me pareció que debía acompañarla a ella siempre y lo metí en el ataúd. Ahora sus cenizas están juntas». Otras veces es la ironía la que nos lleva a sonreír «La cosecha anglicista era tan rica que decidió ir apuntando sus descubrimientos en una agenda, y recordó a su abuelo, que hablaba con sarcasmo del gusto de los españoles por ser colonizados». Y otras, la frialdad con que la sociedad capitalista tiene en cuenta a sus habitantes «Los mendigos eran de distintas procedencias: la andrajosa y el acordeonista eran rumanos; el del tenderete parecía español [...] pero el barbudo podía provenir de cualquier lugar lejano y de cualquier tiempo perdido, como la arrodillada». Esto es lo que somos para la sociedad capitalista, un atributo impersonal, y sin embargo dentro de cada uno de los más pordioseros puede residir la persona más digna y con más principios que en el de mayor éxito social:
«—Oye –le dijo– Esa piedra que me vendiste vale más de lo que te di por ella.
El mendigo lo miró con aire huraño.
—Te pedí 10 euros y me diste 10 euros. No hay más que hablar.»


Pero sin duda, lo mejor que he encontrado en Musa décima es ese confluir de historias que se van repitiendo, agrandadas, como una colección de muñecas rusas, para recordarnos, a través de la metaliteratura o del propio pensamiento, que todo vuelve, que el tiempo es circular, lo que hoy te está ocurriendo abarca a lo que le pasó a tu padre y a su vez contiene hechos similares a los de otros antepasados, que confluyen con los de otras épocas o lugares, porque lo que no cambia es el ser humano y la influencia que los sentimientos tienen sobre él.

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