jueves, 19 de diciembre de 2019

EL NUDO PERENNE



Hace poco, mi buen amigo José Antonio, cada vez le debo más, me pasó los dos volúmenes que conforman El nudo perenne, la primera novela de Jorge García. Mi sorpresa fue mayúscula, no porque me recomendase un libro sino porque el autor es un compañero al que conozco desde hace años. No conocía la afición de Jorge por la literatura, sí de su pasión por la historia; también me consta su correcta expresión, recuerdo sus intervenciones totalmente acertadas en las reuniones de profesores. Así que empecé a leer el Volumen I de El nudo perenne. Lo he terminado y, aunque la historia continúa lógicamente en el II, no puedo esperar más para recomendarlo.

La novela, dotada desde el principio de un ritmo ágil que se mantiene durante sus casi trescientas páginas, es una mezcla de novela histórica, novela social que narra la historia de una familia a lo largo de cuatro generaciones, y una moderna novela bizantina en la que Asier, representante de la última generación, inicia un viaje al pasado para conocer la historia del país, conocer la historia familiar y conocerse a sí mismo.

Esta multiplicidad de temas tiene sentido gracias a un hilo conductor, el amor eterno que se mantiene fresco y renovado al truncarse en los comienzos para instalarse en la memoria. Los datos de la guerra civil, lo acaecido en España y las consecuencias que tuvo en sus habitantes son ciertos, en las páginas subyace una documentación exhaustiva, pero no es una novela histórica al uso. Todo parte de un pueblo de Murcia, cercano a la ciudad de Lorca, que porta características de cualquier pueblo de España, de cualquier lugar azotado por el odio, la miseria, el horror de los comienzos de una guerra, la brutalidad de la sinrazón, el miedo a perder lo que se tiene, a no saber el por qué ni el cómo ni el cuándo. Este pueblo innominado se convierte en todos los lugares que han sido marcados por el absurdo de la guerra.

Estructuralmente, esta primera parte se divide en diez capítulos. Cada uno lleva por título el nombre del personaje que cobrará importancia al presentarlo en su espacio habitual. Como sucede con un puzle, unos capítulos irán complementando a otros y la aparición de un nuevo personaje esclarecerá algo de otro conocido, hasta que al lector todo le encaja perfectamente y conoce el pensamiento y la actuación de cada uno. En este juego de personajes interviene con gran acierto la alternancia de narradores; la primera persona de Fernando se traslada a la tercera del narrador testigo que, en ocasiones, se convierte en omnisciente, y otras veces se hace eco de los pensamientos del protagonista cuya voz se revela como si de otro narrador se tratase. Esta polifonía narrativa aporta diferentes puntos de vista y una riqueza léxica capaz de transformar en poesía las más duras escenas:

Asier contempló los pequeños habitáculos con las puertas abiertas de par en par, hechos con materiales de desecho, y que bien podían haber pasado por corrales. […]
Un gitano en mangas de camisa, rodeado de gallinas coloradas, levantó el brazo al distinguir el vehículo del párroco […] «Todo en aquel lugar parecía estar a punto de ser devorado por una enfermedad infecciosa e incurable», caviló Asier en el asiento del copiloto.

El lenguaje, plagado de recursos literarios, aporta a la novela una prosa poética que encierra los sentimientos más profundos de Fernando quien, mediante anáforas, sinestesias, imágenes espaciotemporales, comparaciones, antítesis y paradojas consigue dotar a Olympia de la fuerza necesaria para convertirse en el eje de su existencia,

Aquella puerta con campanilla de latón […] fue capaz de traer a mi vida una parte de la vida […]
Ese lugar mágico y poético que solo se pisa una vez.
Ese lugar en el que parece juntarse el nacimiento con la muerte.
[…]
Ese lugar estaba junto a mi pupitre.
[…]
Ese lugar se llamaba Olympia Torregrosa.
[…]
Y por ella dormía con los ojos abiertos de par en par

La poesía que asoma en las descripciones es capaz de impregnar de miedo y melancolía el paso del tiempo, mientras que la realidad apremiante del presente se fortalece con expresiones del lenguaje oral, usado en los diálogos. La nostalgia y la inmediatez se funden con los protagonistas en un eterno retorno.

Hubiera querido detener el tiempo
Detener el Nervión con su lengua de víbora, que detectaba con su forma bífida todas las flaquezas de la ciudad. Detener la lluvia machacona y persistente, que retumbaba en los oídos como un estribillo de blues quejumbroso y perpetuo.
[…]
—¿Saludaste al abuelo?
—¿Acaso se entera?
—Ya lo creo, tira y dale un beso.

En ocasiones, en el presente de la historia contada se adivina, a través de la voz del propio Fernando que actúa como prolepsis coral vaticinadora, el futuro inminente de la historia real del país.

Sobre el mapa los ríos parecían serpentear caprichosos y azules. Intensivos y lúdicos.
El Tajo, el Guadiana.
Ninguno de nosotros fue capaz de escuchar el torrente sordo que bajaba por sus cabeceras, como una manada de lobos…

El narrador testigo se vale de anáforas para reafirmar la idea de la importancia que tiene para los habitantes de un lugar conocer su pasado, porque somos consecuencia del mismo, «Como si los lugares se negaran a desprenderse de su identidad, por más empeño que los hombres pusieran en lo contrario».

Hay personajes, como el cura de barrio marginado, que hacen gala de cierto humor irónico con el que consigue relajar la tensión del momento y atacar, de paso, la intransigencia o incultura categórica de la que ha venido haciendo gala el gobierno.

—En este país no hay nada peor que ser científico […] aquí solo hay lugar para curas y trileros

Son gente que no tiene nada que perder, pues han visto los horrores de un mundo implacable, sin escrúpulos, que no pierde oportunidad de sacar provecho de los desprotegidos, y por eso lo denuncian abiertamente al definir la inmigración como «Un sistema de esclavitud encubierto».

Y hay momentos en los que la voz de Jorge García se alza con preguntas retóricas para sincerarse con el lector sobre la incertidumbre que supone el tener que decidir entre aferrarnos a la memoria o al olvido, si queremos llevar una vida libre atada al pasado o vivir silenciosos, invisibles, un presente incierto.

El nudo perenne es un canto a la paz, diferentes personajes se hacen eco de ello; el autor expresa sus deseos a través de las cartas de Olympia quien exige la abolición de fronteras, la caída de nacionalismos que no son sino falsas esperanzas de identidad nacional «Tenemos que dejar de lado nuestros problemas personales, para ver el mundo como un todo». Y, en el presente, oímos la voz de Jorge García en el diálogo entre Asier y Marie, quien expone rotunda «—A que nunca se cuenta que el héroe se esconde aterrado en una ciudad en la que nunca pasa nada, aunque eso signifique marchitarse para siempre».

Al final de este volumen los protagonistas, Fernando y Olympia retoman lo vivido en el pasado por medio de Asier quien, al leer la correspondencia de los enamorados, comprende el nudo perenne que se estableció en su abuelo.

Pero después de ese pasado retratado en esta magnífica novela se abre todo un futuro incierto, por lo que hemos de leer el volumen II. Hay que saber si Asier completa su viaje y qué más llega a descubrir.

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