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miércoles, 6 de enero de 2021

LA NOVIA GITANA

Tensión indiscutible hasta el final de una novela que retrata a una sociedad que no parece de este mundo y que, sin embargo, la tenemos tan cerca. Iluminados, locos, fanáticos nos rodean y no somos conscientes. Vivimos tranquilos sin sospechar que en cualquier momento nuestra vida se puede quebrar. Vivimos confiados hasta que el dolor consigue que suframos unos minutos, horas, días o una vida entera.

Las víctimas de La novia gitana han muerto tras un horrible tormento o viven atormentadas hasta tal punto que cuesta trabajo pensar que se muevan, actúen y se comporten como seres normales.

Hasta dónde pueden marcar las circunstancias. Hasta dónde puede afectarnos un trauma. Hasta dónde llega la fortaleza del ser humano en condiciones extremas y qué débiles somos por naturaleza.

«Susana llevaba años sacándose fotos en la misma postura en la que el asesino dejó a su hermana».

La novia gitana se lee bien. Redactada con ritmo vertiginoso, lleno de giros que nos llevan de un lugar a otro, de un personaje a otro hasta que conforman ese mundo paralelo en el que nadie querría existir. El sadismo se introduce de golpe, aunque es de agradecer que la autora no se recree demasiado en él. La trama se va ampliando con nuevos sospechosos que enlazan a su vez otros crímenes, por lo que el lector descarga la adrenalina de forma desigual, en proporción ascendente según los capítulos leídos. Si al principio es imposible dejar de leer, llega un momento en el que pedimos una tregua, en forma de justicia poética, para esos atormentados. No hay tregua. El caso se resuelve de manera sorprendentemente brutal. Es un final abierto aunque de apertura tan desconcertante que no sé si me atreveré con La red púrpura, organización que se nombra en el argumento y sirve de título para la siguiente entrega de Elena Blanco, inspectora al mando de la Brigada de análisis de casos (BAC). «—¿Has oído hablar de la Red Púrpura? —pregunta Mariajo. Elena no consigue articular palabra. El corazón se le ha acelerado y se lo masajea para intentar atajar un conato de infarto».

En la BAC encontramos lo mejorcito del cuerpo de policía. Creo que es una pena que Carmen Mola haya centrado sus recursos en el argumento pues, al tratarse de profesionales especiales hubiera sido un acierto profundizar más en ellos. De todas formas los datos ofrecidos, algunos con humor, se agradecen, ya que relajan la tensión acumulada en el ambiente del caso y en la mente del lector, «—Una cerveza, un tercio de Mahou —interviene Zárate. Elena se precia de saber mucho de la gente por lo que bebe, pero no tiene ninguna opinión sobre los que piden tercios de Mahou. Que son madrileños. Poco más».

Por contraste, la inspectora queda retratada casi en su totalidad. Conocemos sus miedos, su angustia, y entendemos por qué canta temas específicos, por qué bebe grappa hasta caer redonda y por qué conduce un coche algo anticuado. Sabemos, por veladas prolepsis, que la vida privada de Elena está anclada en un hecho del pasado que la mortifica constantemente, algo que no le impide ser eficaz a la hora de resolver crímenes como el que se le presenta, cuando el cuerpo de una chica medio gitana aparece muerto con el cerebro comido por los gusanos. Susana Macaya muere además, de la misma manera que su hermana, Lara Macaya, siete años atrás, también pocos días antes de casarse. La investigación no apunta al asesino de Lara, encarcelado desde entonces, pero su compañero de celda, ya en libertad, el padre de las chicas, así como el novio de Susana y el propio investigador del caso de Lara, el policía, ahora retirado por Alzhéimer, Salvador Santos, se convierten en sospechosos. Cualquiera puede ser. El lector va oscilando entre la empatía y la animadversión hacia estos personajes hasta que es imposible no llevarse una sorpresa con el desenlace


—No parece un preso.

—No, pero estoy seguro de que no está por casualidad. Aunque los funcionarios le describen como un tipo apocado e inofensivo, incapaz de matar a una mosca…

—Y, sin embargo, mató a esa chica llenándole la cabeza de gusanos… ¿O no sería él?

Con Carmen Mola conocemos datos sobre las costumbres de la raza gitana, apuntes que intentan una desestigmatización de la opinión que prevalece sobre su forma de vida; nos planteamos si existe la posibilidad de una normalización social entre gitanos y payos, de una convivencia sin que nadie tenga que cambiar sus tradiciones, de una sociedad tan amplia que dé cabida a todos. Mientras tanto nublan nuestra mente conclusiones a las que vamos llegando sin tener del todo claro si son o no racistas, «Moisés que fue feliz a su lado, notó muy pronto el alivio de alejarse del clan […] la llamaba “mi paya favorita” y la cubría de besos […] Hasta la muerte de Lara […] todo empezó a cambiar».

Asimismo conocemos algo sobre sectas religiosas, no mucho, lo suficiente como para temerlas, pues está claro que valiéndose de sutiles amenazas reclutan a gente desamparada, que vive en condiciones extremas, que hará lo que sea para no sufrir más.

Somos testigos del horror y la tortura que suponen determinadas enfermedades, como el Alzhéimer, para el paciente y quienes cuidan de él

—Hablamos con mucha gente. Yo sospechaba del hermano de la chica.

—¿Cómo? No tiene hermanos, Salvador.

E intuimos, por comparación con EE.UU., una llamada general a la sociedad para que valore más la actuación de determinados grupos especiales de la policía.

Todos estos temas aparecen en La novia gitana, sin profundizar demasiado, lo justo para que no perdamos de vista las dos tramas que, apareciendo paralelas, se superponen al final produciendo un caos aún mayor que en el que nos encontrábamos, reflejo de un argumento sólido, sin fisuras que engancha desde la primera página. La lectura es ágil, interesante, escrita con rigor aunque no apta para personas demasiado sensibles.

Lo que no conocemos de La novia gitana es la identidad de la autora. Era usual que las escritoras firmasen sus obras bajo seudónimo masculino, para evitar la censura machista en algunos casos, por pudor en otros; las hermanas Brönte, Böhl de Faber o Lucila Godoy son un ejemplo de esto. Pero hoy, los ejemplos arriba mencionados no tienen sentido, así que solo se me ocurre que el sobrenombre Carmen Mola pueda ser en realidad un heterónimo o una tapadera para crear, paradójicamente, el halo de misterio necesario para obtener mayor publicidad. Probablemente muchos hayan leído a Carmen Mola con la intención de descubrir en su estilo algún autor conocido. Mola ha actuado de forma inteligente al generar a su alrededor toda una serie de elucubraciones. Aunque no sea lo importante, también he caído en la trampa y me ha sido imposible no detectar ciertas pistas. He localizado giros por los que creo que Mola es una mujer, «mientras calibraba […] ha notado la vigilancia de Moisés todo el rato, como una aliento pegajoso en la nuca que no le permitía pensar con libertad». Creo que es seguidora de Berna González Harbour; veo un homenaje a la comisaria María Ruiz en El sueño de la razón. Como ella, la inspectora Elena Blanco obtiene pistas de la pintura, en este caso de Lempicka «Era bisexual…». Ambas se debaten en la eterna duda de seguir las normas o la intuición para resolver sus casos «Quizá un buen policía se las tiene que saltar de vez en cuando». Y las dos deben enfrentarse a la locura obsesiva de sus asesinos… En fin, esto es lo de menos en el análisis de La novia gitana, pero me apetecía aportar un granito de arena, aun equivocado, a la polémica.

martes, 20 de octubre de 2020

LA PRODIGIOSA FUGA DE CESIA

Todos podemos escaparnos y llegar, con mayor o menor dificultad, hasta donde lo ha hecho Cesia. Lo que solo está al alcance de unos pocos es conseguir la hazaña de P.L. Salvador, ponerlo por escrito de manera que algo sumamente complicado parezca sencillo. La fuga y la representación.

La prodigiosa fuga de Cesia está dividida formalmente en dos partes. La primera, tiene asimismo otras dos diferenciadas, una referente a 2010, en la que un narrador omnisciente cuenta la historia de Cesia, una psicóloga de 45 años, a la que la vida no le va demasiado bien. No le gusta su físico desde que, a causa de un accidente, «ya no es tan guapa encima cojea […] le cuesta asimilar este deterioro». En su tiempo libre escribe, pero tampoco obtiene el éxito social que le gustaría, «su novela Zigzag no tiene cabida en nuestro Programa Editorial». Algo desesperada, decide escribir una nueva novela inspirada en su propia madre y su hermano muertos.

Y así, la otra parte, de esta primera, es la propia novela de Cesia quien, a través de un narrador omnisciente relata, desde 1960, la historia de Jairo, a quien le asigna sus mismas características «Jairo nació el día que le extirparon las amígdalas […] su madre fue el dolor y su padre el miedo […] En aquel momento aprendió a sufrir».

Cesia trasmite a Jairo el amor que ella misma sintió hacia su madre. Paradójicamente, Eva, la madre angelical de Jairo, es prostituta. Aunque a Eva le gusta su vida decide estudiar enfermería para poder ejercer en un futuro. Cuando parece que lo tiene todo, termina la carrera, se enamora del sargento Santiago Serrano y deciden casarse, Eva muere a causa de las envidias que suscitaba entre las otras prostitutas, no sin antes haber puesto en el camino de la prostitución a una niña, Carla, y a su propio hijo Jairo, ambos de 16 años. La edad en la que Cesia también se vio sola.

Jairo mata a la asesina de su madre y a su chulo y se va, a una pedanía de Alcantarilla, en el coche de un cura —quien le hace ver que el cuerpo no es lo importante sino solo una herramienta «para purificar un alma impura»— con el fin de decirle a Santiago que su madre ha muerto. Este será su nuevo ángel protector.

Como si de un místico se tratara, Jairo pasa todo un calvario de penalidades en las que su cuerpo queda lacerado por las drogas, el alcohol y la cárcel hasta que se purifica y consigue tener, ya en prisión, su grupo de adeptos. Siguiendo los pasos de Eva aprende enfermería y ayuda a los presos. Antes ha debido sufrir la muerte de Carla, con la que tuvo una hija, Nina, a quien cría Lula, enamorada de Jairo que, a su vez, le da otro hijo. Pero Lula también es asesinada por un yonqui, por lo que los hijos de Jairo se quedan al cuidado de una buena amiga. Nina va creciendo y entrando en las drogas y la prostitución hasta que Jairo, al salir de la cárcel, decide salvarla.

El problema subyacente es que, según mueren, las protagonistas salen de la historia para enfrentarse a Cesia, su creadora; ellas no han podido decidir en su futuro, quieren regresar a su vida, habían encontrado con Jairo una felicidad total porque las había ayudado a conseguir lo que querían. Pero el tiempo ha ido pasando y Cesia no ve lógico que estas mujeres deban enfrentarse a un Jairo que las supera, ya con creces, en edad. Llegados a este punto, la autora determina dejar la novela sin acabar, ella es feliz viviendo con Eva, Carla y Lula, tres personajes que la llenan emocionalmente y la ayudan a tratar a su amiga Wanda, una actriz que pasa por malos momentos emocionales.

Pero estas tres mujeres ficticias tienen pensada otra solución para la autora.

Cesia, siguiendo sus deseos, se introduce en el mundo irreal de la Segunda Parte como personaje que ha absorbido a los otros tres. Ya no es escritora, solo psicóloga, amiga de la nueva protagonista, Wanda, a la que Jairo y Nina ayudarán a encontrarse a sí misma y ser feliz, antes de morir asesinada, y quien es responsable de que Cesia encuentre, finalmente, a Jairo.

Con este resumen tan largo, he querido resaltar la complejidad estructural de la novela y las dificultades existenciales a las que son sometidos los personajes, la pérdida de una madre o de otros seres queridos, la relativización de valores importantes, la necesidad de ayuda de los más débiles, la carencia de dinero, la falta de autoestima… Todas encarnadas en una misma persona, Cesia, capaz de forjar un mundo ideal en el que conceder importancia relativa a lo que nos rodea hasta forjar nuestra propia identidad.

La prodigiosa fuga de Cesia representa la escapada que debe realizar mientras interactúa con sus personajes hasta que se reconoce plenamente. A Cesia no le vale el modelo que predomina en la sociedad. Sus personajes buscan su propia familia (no la impuesta, que puede fallar por diversas causas) para ser felices en ella. Cesia, dentro del submundo de los inadaptados, encuentra un mundo utópico para Jairo y lo convierte en el nuevo mesías; un mundo donde la muerte es algo natural, forma parte de un proceso de regeneración en el que para que algo brille con todo su esplendor, ha debido extinguirse lo que no lo permitía. Eva muere para que Jairo, su hijo, pueda brillar con luz propia. Las mujeres que han estado con él han desaparecido al alcanzar lo que querían, Carla muere feliz al tener a su hija Nina, protegida hasta que la luz de Lula se apaga, para que Wanda siga dando sentido a su vida y a la de Jairo. Cuando Nina es consciente del proceso «ya está convencida, se ha convertido al jairismo». Eva, Carla y Lula han decidido sacrificarse, «Morir a la edad de Cristo. Tres mujeres que nacieron en diferentes momentos para perecer a la misma edad».

Las mujeres que han estado con Jairo se han formado según su filosofía, se trata de minimizar el pasado para que la vida adquiera sentido según un conjunto de valores inmateriales que lo representan ante el mundo: comunicación interpersonal, reflexión con uno mismo y estabilidad personal. Para Cesia el jairismo es una religión acorde con su concepto de la ética, que tiene un componente social en el que no importa la clase, raza o nacionalidad, un componente material que no nos aboque al consumismo y un componente cultural lo bastante fuerte para que no nos dejemos engañar. Cesia es consciente de haber sido capaz de crear un ser totalmente espiritual, feliz a pesar de las desgracias, por eso no le importa introducirse en la historia para imbuirse del espíritu de Jairo, que no es sino el suyo, un espíritu con el optimismo y madurez de Wanda, la sinceridad de Lula, la simpatía de Carla y la belleza natural de Eva. A cambio, Cesia le aporta, una vez que lo ha asumido, lo que la vida le ha dado, una leve cojera y alguna cicatriz en la cara, «me ha perforado el gemelo izquierdo. También me han hecho un agujero para el pendiente».

En La prodigiosa fuga de Cesia observamos algunas constantes de la obra de su autor. Mediante el acto metaliterario, la protagonista/autora impone una metonimia icónica del escritor, además constituye una técnica de acercamiento al lector, que lee con recelo la metaficción pues la intuye como un símil de la vida real de Cesia, es decir, es una técnica con la que P.L. Salvador aproxima la ficción a la realidad para que el lector empatice con este mundo irreal. Con la metaliteratura, la novela se sitúa entre una ilusión ficcional verosímil y la puesta en evidencia de esa ficción.

El libre albedrío es otra constante del autor quien, con sus personajes, como ya hiciera Unamuno, discute sobre el libre albedrío, ¿tenemos en realidad libertad de pensamiento o de acción o solo somos piezas de un sistema determinista regido por algo poderoso? P.L. Salvador se constituye, a través de Cesia, en una figura a medio camino entre literato y filósofo, «se siente intrusa en un universo irreal. Las personas caminan como autómatas […] comprende que no puede habitar dos mundos, que ha de elegir, que debe ir preparándose para el salto».

La duplicidad de personajes y actos que observamos en Nueve semanas llega a su punto álgido en esta novela, cuando Cesia y Jairo quedan unidos en su físico, sus recuerdos y sensaciones. Al principio Cesia maneja a los personajes a su antojo hasta que ellas no están de acuerdo y la obligan a reflexionar. No pretenden ser solo una compleja red de marionetas sino que quieren que Cesia se dé cuenta de lo que ha conseguido gracias a ellas, encontrar lo que estaba buscando, su propio yo, que no es sino «la actitud misma. Y no cabía duda: el espíritu se nutría de ella. Su filosofía era un canto a la actitud. Que repercutía en uno mismo».

Otra constante en la obra de Salvador es el concepto que tiene de la mujer. Sus personajes femeninos son decididos, arrasan en un mundo de hombres en el que su fuerza interior consigue que brillen con luz propia.

A través de sus novelas voy conociendo, creo, a P.L. Salvador, alguien apasionado del lenguaje, la literatura y la música, de costumbres sencillas y con un fuerte concepto de la amistad. Esto se refleja en su obra por lo que es un placer leerlo, pero en esta me he llevado además la grata sorpresa de encontrarme con un espacio que conozco: Alcantarilla, Javalí Nuevo, Cartagena o Murcia acompañan a Cesia en su anagnórisis.



miércoles, 23 de septiembre de 2020

2222

 


No sé si esta novela que acabo de leer es del todo ciencia ficción. Es cierto que aparece el impacto de la tecnología; los ginoides y androides dan muestra de ello. También el de la ciencia; hay vacunas que actúan de diferentes maneras (y no todas deseables) sobre los seres humanos.

El mundo paralelo está servido. Un grupo reducido de humanos se confinan y vacunan para evitar la muerte inminente, ocasionada por un virus lanzado por quienes piensan que el planeta no soporta más población, tal es el daño que está sufriendo. Una vez pasados los efectos del virus, los confinados salen a la calle a enfrentarse a su nueva vida, con el dolor de haber perdido a seres queridos (han debido elegir un número de personas salvables), con la culpa de haber sido responsables (indirectos) del exterminio, y con la ira por no haber escogido a los más inteligentes para poblar el planeta (el escaso tiempo del que disponían les ha hecho elegir sin pensar) «pensad bien a quién ponéis porque no todas las personas son aptas. En el nuevo orden no hay sitio para la política ni para la religión ni para el capitalismo».

Hablar de ciencia ficción es peliagudo, porque en realidad este género no deja de ser ciencia

(prevista con anterioridad). Solo hemos de esperar unos años (o siglos) para que quede confirmado lo expuesto en la ficción con más o menos horror o admiración. Ya somos (son) capaces de reconstruir un cuerpo con restos de otras personas; hay bancos de sangre, de huesos, de óvulos… Podemos devolver muertos a la vida desde que los trasplantes de corazón, hígado o cerebro apenas suponen dificultad. Hemos llegado a lo más alto del espacio y a lo más profundo del océano.

Así pues 2222 no impresiona por sus robots. El concepto de mujer artificial con rol de sirviente o juguete sexual es tan antiguo como la mitología griega y ya en el siglo XIII Alberto Magno concibió la posibilidad de crear autómatas. Lo que impresiona de 2222 es que no parece una novela escrita en 2017 sino un razonamiento de lo ocurrido, lo que está ocurriendo, en 2020, asombra la visión de futuro que tuvo P.L. Salvador, «Sólo vamos a quedar cuatro millones […] Unas veinte mil personas no elegidas sobrevivirán por inmunidad natural. —Marca una pausa—. El agente elegido es un virus».

La novela forma parte de una esfera de la narrativa moderna que se basa en la autorreflexión y el autocuestionamiento «Y por eso nos escogieron los Organizadores. No querían personas aborregadas, descomprometidas, superficiales […] sin sentido crítico». 2222 es una novela corta que contiene demasiados elementos tóxicos. Da que pensar que no sea precisamente un humano el que demuestre tener sentimientos. Da que pensar que los hombres seamos incapaces de convivir aun cuando las normas prohíban cualquier tipo de política o religión. ¿Habrá pasado la era del ser social? «No cabe duda: la armonía inicial se ha teñido de acritud».


Salvador se apropia de la escritura de Nueve semanas para escribir una novela referencial a su propia obra; es una autometaliteratura con la que recapacita sobre el conocimiento que la literatura aporta de la sociedad. «Su nombre artístico es P.L. Salvador». 2222 Supone una interferencia en un tiempo presente que ha experimentado una transmutación de valores y jerarquías. «No es probable que físico, dinero y poder gocen de relevancia en esa configuración». El paradigma estético y clasista actual está destruyendo el sistema, lo que favorecerá la construcción de una utopía futura de falsa emancipación «No podemos cometer otra vez los mismos errores».

En realidad la literatura de este autor es lo que de verdad se ha emancipado. En este momento constituye una vanguardia con rasgos definitorios que cambia la idea de novela que se tiene hasta ahora. No es exactamente posmoderna, creo que va algo más allá, algo como diario-colectivo-ensayístico-novelado. Salvador piensa la novela como un recurso para profundizar en nuestra sociedad disparatada. Sus personajes andan algo desquiciados, no distinguimos humanos de androides. Los humanos son máquinas capaces de banalizar los impulsos más elementales, incluso el exterminio «Desavenencias, inquietudes e impulsos sexuales serán expuestos y resueltos cada domingo».

En la nueva realidad creada (tras el virus), los habitantes deben elegir sin seguir normas fiables, sin tener objetivos concretos, sin orientaciones ni directrices (¿a qué nos suena?). Una realidad en la que lo único fundamental es la tecnología, en la que vivimos tan aceleradamente como nos lo permiten las máquinas. Todo se transforma en una negociación a corto plazo. El hombre pierde su identidad social. También 2222 se relativiza como novela, no presenta estabilidad (cada personaje escribe un apartado del diario) por lo que la palabra anula su posibilidad de interpretación única, se condiciona. El lector es clave en esta novela, entendida como un proceso, un dinamismo que permite incluir las connotaciones del lenguaje, las presuposiciones, «que me deje llevar por la imaginación […] ¿Tendré alma? […] Intentaré escribir como él y asimismo me dejaré influenciar por mi autor favorito». El lector puede, según interprete, recrear la novela. Al igual que hay múltiples autores, pueden aparecer múltiples sentidos; sin embargo el significado absoluto es una conjunción de las intenciones del autor y la descodificación del lector. Estamos ante un discurso complejo que revaloriza lo heterogéneo, y augura que, como siempre, en el futuro se apreciará lo que en su momento fue descartado por no ser igual, «Sus textos y su música adquirieron la popularidad que en su día se le negaron. Como si se hubiera adelantado a su tiempo».

Salvador es un escritor crítico que convierte su obra en un espacio estratégico desde donde el lector interpreta sus comentarios e inquietudes, en una escritura que transfigura el carácter discursivo hasta convertirse en ficción de su propia ficción, «veintiséis historias que escribió mi tataradeudo en el siglo XXI».

Para el autor la sociedad puede derivar en una prisión que controla y domina al hombre, que debilitará a todo aquel que se deje llevar por una idea o tendencia única «La indignación se ha convertido en la excusa perfecta. Y apoyándose en ella se han hecho con el poder absoluto».

La novela de P.L. Salvador expone diferentes reflexiones con las que pretende restaurar el razonamiento múltiple de lo primario. La tecnología, por su inmediatez, desempeña un papel fundamental en la sociedad que va construyendo, cada vez más compleja y caótica; paradójicamente en ese caos el hombre pretende formarse, desarrollarse y liberarse. Ante la imposibilidad de convivir libremente en un desorden absoluto, urge la visión de la unicidad. Solo quedará un yo que dirija y acabe con la falsa libertad, con el falso individualismo, hasta que alguien se dé cuenta de que esa libertad no es sino una forma de encubrir la falta de libertad «¿qué añadirías ¿qué quitarías?» Y la respuesta está en 2222, quitaría la seguridad y la excesiva disciplina y añadiría arte y la posibilidad de equivocarnos, la imperfección, «nos chocaba que siempre anduviera con los textos del tataradeudo de Zalt» «¿Por qué no formamos una orquesta de cámara?» Literatura, música, aprendizaje…Una combinación perfecta para recobrar el alma humana.

viernes, 18 de septiembre de 2020

LA BUENA SUERTE

 

 Acabo de terminar su última novela y, como siempre que leo algo de Rosa Montero, me siento afortunada.

La forma del texto participa de la frescura propia de la novela actual. Comienza como una obra de misterio, con una serie de preguntas que el lector se va haciendo ¿Quién es Marcos? ¿Por qué persigue la policía a Pablo Hernando? ¿Por qué éste huye de su despacho de arquitectos y se instala en un pueblo sin apenas vida? ¿Qué pretende en realidad? Pero no es una novela de misterio al uso, en ella se intuye la escuela periodística, cantera inagotable de sucesos reales que acercan cada vez más a universos irreales sacados del terror de la ciencia ficción.

Rosa Montero es la redactora que intercala, con rigor, una serie de noticias aparecidas tiempo atrás en la prensa, que aluden a crímenes contra la infancia, abusos a niños provocados por sus propios padres, asesinatos, torturas, violaciones… Asimismo deja constancia de la brutalidad que los falangistas llevaron a cabo con los más débiles, los mineros, sometiéndolos a la tortura y al dolor de sentirse artífices de las muertes de sus propios compañeros. Y evidencia la atrocidad de aquellos que se sienten superiores, cuando en realidad son cobardes que actúan arropados por la masa, seguros al saber que se enfrentan al indefenso, como «aquellos dos mendigos a los que rociaron con gasolina en un cajero de Madrid y los quemaron vivos».

Además de noticias periodísticas, la autora expone, con un punto de humor, leyendas sobre aquellos que se creen por encima de los demás y no aceptan ayuda, como la del «barquito de Yiannis». Asimismo encontramos citas de autores literarios, como Quevedo o Pessoa, «Si el corazón pudiera pensar, se pararía», que dan fe de la locura actual, y versos de cantantes que denuncian el acoso a la mujer «malamente, tras, tras».

En esta oscura fantasía real, Rosa Montero alumbra con una realidad imaginada que conecta desde el principio con la sensibilidad del lector, quedando un equilibrio entre su universo esperanzado y la dureza de una realidad en la que el hombre deja de serlo cuando se deja llevar por la frustración, el sentimiento de rechazo o la enfermedad.

La forma de La buena suerte es actual. El narrador omnisciente cambia a veces a segunda persona para increparse desde el propio personaje, para demostrar una obsesión que se agudiza por el efecto de la enumeración de las oraciones cortas, «¿Han quedado para luego? ¿En otro lugar? ¿Pablo se va a ir? ¿Regresará a Madrid? Para. ¡Para ya! […] ¡No sigas siendo un hámster!».

En otras ocasiones la tercera persona pasa a primera para incriminarse a sí mismo, de manera que los horrores de los demás, de la sociedad, quedan unidos a los suyos, al individuo; aparece entonces la incertidumbre de lo terrible, del dolor que podamos llegar a experimentar «Va mareado, se ahoga, el pánico le ronda […] ¿Quién es el responsable de tanto dolor?, ¿Cómo pueden, cómo puedo soportarlo?».

También en las analepsis descubrimos la infancia traumática de ambos protagonistas, el desamparo, la soledad, el maltrato infantil que acude a la memoria, que nos atiza cuando lo revivimos en el presente, hasta que somos conscientes de que forma parte de la vida del hombre y de que podemos llegar a comportarnos de manera más desnaturalizada que los propios animales, «El amor entre padres e hijos está tremendamente mitificado».

Y sin embargo en esta fealdad que nos rodea siempre podremos encontrar belleza, alegría; por eso las descripciones, ayudadas por diminutivos afectivos y humor, contienen gran amor hacia los personajes, pero sobre todo, a la vida: «hay un arbolito seco como de unos dos metros de altura, el cadáver de una planta joven. En las ramas de la pequeña y pelada copa, alguien ha atado media docena de flores artificiales, una en cada ramita, una burda simulación de que el árbol está vivo».

La buena suerte representa la confianza que Rosa Montero ha ido imprimiendo en su obra, y la empatía que siempre ha mostrado con la vida y con los más desfavorecidos. En la novela se privilegia a la persona, no al grupo o a la clase por lo que la estabilidad jerárquica queda anulada en favor de la movilidad social. La autora sigue rompiendo lanzas con el fin de que cambien las situaciones en que la mujer sobre todo, desde niña, está expuesta a los malos tratos, al abuso y al silencio; para ello enfrenta el demonio de la violencia con aquello que da sentido a su obra y a la vida: la inflexibilidad ante cualquier tipo de agresor, ya sea el que se aprovecha de la mujer, como Moka, de los desprotegidos, como los neonazis o de aquellos que envidia, como Benito.

Sí intenta comprender a Ana María, porque sabe que una de las consecuencias del maltrato y el abandono es la infelicidad y el maltrato «Recuerda a sus vecinas, la madre y la niña, tan pálidas las dos, tan poca cosa, inanimadas casi en aquella tarde de piscina». El recuerdo es importante. El protagonista, Pablo Hernando, recuerda constantemente su vida. Una vida llena de contrastes, el dolor que ha soportado en su persona, desde pequeño, se ha visto compensado con el éxito laboral y económico, por lo que de manera inconsciente fue dejando de lado el ámbito privado para concentrarse en su profesión hasta que se da cuenta del daño que ha hecho y del vacío que siente. Raluca García será la persona encargada de descubrirle el gozo de hacer bien las cosas, aunque sean insignificantes, el gusto de intervenir para que hasta lo más feo resulte gratificante «Hay un cierto placer en colocar las baldas. Que los colores de los productos armonicen, que los artículos se vean bien, que las pequeñas torres sean equidistantes y estables». Raluca le hace percibir la buena suerte que tiene. Ella, con una vida a sus espaldas marcada por la angustia, sin apenas futuro laboral, personal o social, vive la esperanza del presente, de encontrar en todo lo que la rodea la alegría necesaria para seguir adelante. 

La buena suerte es la negativa de las víctimas a convertirse en verdugos. Es la superación de los traumas infantiles hasta conseguir interactuar en la sociedad de manera positiva. Pablo vuelve a soñar con Raluca, o empieza a vivir al encontrarla. Necesita crear un mundo más feliz, menos oprimido por el poder del dinero y sus consecuencias deshumanizadoras. En este mundo se va elaborando una nueva identidad formada por todos los aspectos que más le gustan de él. Un mundo formado por Raluca, Felipe y Perra, en el que cada uno le ha aportado lo necesario para crecer y sentirse bien. Perra le ha mostrado el calor incondicional de la compañía, Felipe le ha descubierto el amor por la vida y la empatía «En lo que se divide de verdad la humanidad es entre buena y mala gente. Entre las personas que son capaces de ponerse en el lugar de los otros y sufrir con ellos y alegrarse con ellos, y los hijos de puta que sólo buscan su propio beneficio». Y Raluca le enseña la bondad de la inocencia, la fuerza y el optimismo. Pablo consigue, eso creemos, ser feliz en el mundo que se fabrica lleno de esperanzas.

Rosa Montero nos conquista de nuevo, hace que deseemos ese mundo que ella sueña una y otra vez, donde el amor por lo que nos rodea es lo más importante, «Raluca es un planeta, Raluca es la Tierra flotando en el espacio, azul y verde y blanca por la nata batida de las nubes, como una bola soleada y fulgurante, tan bella como la más bella joya en la solitaria negrura del cosmos, y Pablo es un meteorito que cae desenfrenado hacia ella, atrapado por la inexorable ley de la gravedad».

sábado, 4 de julio de 2020

REY DE GATOS



Cómo lamento terminar libros como éste, en los que la expresión y el contenido se dan la mano para hacernos sentir que forman parte de nosotros porque su autora se ha entregado por completo. Narraciones en primera persona cuya protagonista, una mujer, da vida a todas las mujeres, las de la época de Concha Alós y las de cualquier época porque la escritora, desde lo más íntimo, va exponiendo el papel desempeñado por la mujer en la sociedad, un papel que ha ido cambiando lentamente, tanto que ni siquiera nos extrañan actitudes que tuvieron lugar en la Antigüedad. En Rey de gatos aparece desde la negación a actuar como Penélope esperando a Ulises, «estoy harta de encarnar el papel de clueca: esperar, esperar, esperar» hasta la desesperación por no poder mantener a su lado al hombre, como le ocurrió a Ariadna, a pesar de guiar a Teseo por el laberinto, «Yo, una Ariadna imposible, inmóvil. Y el vikingo volará por los aires».

En los cuentos, la protagonista continúa queriendo ser la Nora de Casa de muñecas «igual que cuando me cobijaba dentro de su abrigo: “Bichito, es asombroso lo que te quiero…”», al tiempo que muestra su hartazgo ante tanta humillación «Ponte en tu sitio, imbécil, recobra tu dignidad». La personalidad de la protagonista de los relatos se desdobla constantemente; su conciencia insatisfecha hace que afloren las incoherencias, «¿Qué hago? le pregunto, vencida […] Ahora eres tú la Bestia. Tanto reprochar y ahora eres tú». Con estas contradicciones, unidas a la escritura automática, Concha Alós separa el punto de vista objetivo del subjetivo. La miseria (y también la virtud) del hombre sale a la luz para denunciar una realidad obvia, aunque en la mayoría de casos sea el símbolo el que asocie una imagen con una vivencia de fuerte carga emocional. Los pavos reales, las arañas con su ataque venenoso, las presencias inciertas del fondo del espejo delatan la vida condescendiente y opresiva de la mujer en una sociedad hipócrita que ve lo que le interesa.

En Concha Alós la utilización del símbolo va unida a imágenes oníricas que proyectan el comportamiento en determinados núcleos sociales, fundamentalmente en la familia. La representación familiar es una relación de equivalencia entre ella y sus padres; no ofrece al lector un mundo rico en aspectos, sino que nos hace llegar una selección de imágenes naturales, sin adornos, que requiere un esfuerzo novedoso por parte del lector del siglo XX. Son imágenes que, pese a todo, conforman relatos realistas subjetivos que permiten contemplar y comprender la realidad vivida por la autora desde cierta distancia, de forma que podamos analizarla —incluso ella— objetivamente.

Rey de gatos tiene una constante, el gato. Aparece en los nueve relatos. Este animal ha sido, de una época a otra, dios o diablo, amuleto o fuente de males. Ha despertado odio y veneración. El gato asume la capacidad de reaparecer dignamente a los ojos del hombre. Encontramos numerosas deidades con forma de gata, como la egipcia Bastet, diosa del amor con cabeza de gata, símbolo de la femineidad, sensualidad y maternidad. Los romanos apreciaron al gato por su belleza, como símbolo de libertad para luego, en la Edad Media, representar a Satán.

Esta simbología está trasladada a Rey de gatos, especialmente se observa en el cuento que lleva este título, donde se especifica la relación que se daba entre el hombre y la mujer. El protagonista se aísla, superior, orgulloso, con una mujer a la que le cambia la vida, para peor, durante la convivencia, por lo que ella lo abandona. Se queda solo con una gata que habían recogido, y que lo deja en épocas de celo para volver preñada hasta que pare. Los hijos son eliminados al nacer, una y otra vez hasta conseguir desnaturalizar a la gata, una gata sumisa que acompañó a su dueño hasta que, durante un paseo por la playa, una ola la ahogó. El hombre cobijó entonces a todos los gatos. Soñaba con ser el rey de todos. Pero se volvieron incontrolables, se rebelaban, mataban y atacaban a los animales y hombres que se acercaban a la casa del «rey de gatos» hasta que, subidos a un árbol, unos vecinos fueron testigos de cómo esos animales se comían a su rey y asediaban a quien quisiera ocupar sus dominios.

Gran carga de contenido que avisa de la dualidad que puede habitar en una mujer, «Las gatas y las perras parían en el bosque y empezaban a organizarse en camadas». Tema duro que la autora expone de forma minuciosa con sinestesias que aluden a las variaciones en la percepción humana, «su voz, entre la olor picante del laurel, sonó a conjuro». Alós experimenta diversas sensaciones según los recuerdos que tiene del hombre en cada momento; las relaciones ilícitas que mantienen están invadidas por la culpa, responsable de que se sienta perseguida por el mal. Por eso el ambiente realista, hostil, en el que se mueve «vasto páramo cubierto de cardos y cicuta; el arbolado, pino mediterráneo, algarrobo y olivo, no daba dinero» da paso a visiones oníricas «veían una sombra gigante. O una cabra con mirada humana. O, volando, escapando ya, una camisa blanca sin nadie dentro».

En estas correspondencias inverosímiles donde la realidad resulta insoportable, la naturaleza es el origen absoluto de lo real, el mundo capaz de obsequiarte con dones maravillosos para arrebatártelos de la forma más cruel en el momento que quiera. Las constantes imágenes naturalistas pretenden ser reflejo de la realidad experimentada por la mujer. «Una clueca apareció vaciada, algo —en una taxidermia concienzuda, perfecta— se había comido los polluelos y el cuerpo de la gallina menos la piel y las plumas».

La otra bestia también presenta la doble personalidad que anida en una mujer humillada, destruida por su marido, hasta que ella misma puede rebelarse de la forma más cruel.

En Cosmo desarrolla el problema social y psicológico que sufre una mujer embarazada y repudiada «La sonda fría entre las piernas, los lavajes y doña Anita, tan limpia y eficiente, tan sonrosada: Hubiera sido un niño». Una dureza excesiva que la lleva irremediablemente a la destrucción, porque a la mujer se le tiene prohibido el deseo en una sociedad en la que la religión se proclama patriarcal para poder actuar impunemente, «la imagen de papá, aquel fantasma eccehómico de mi sueño que venía a instalarse sobre el pecho, para ahogarme».

En El leproso, la soledad familiar es evidente. La mujer no se siente protegida ante el pecado bíblico, al ser violada queda marcada por algo que la separará de Dios, de su padre, de la sociedad, aunque este “pecado” sea cometido por el hombre «…mientras me apretara contra la pared iría descubriendo su cara blanquísima e increíblemente hinchada […] el horror de aquellos racimos sanguinolentos, bulbosos, como asquerosos tubérculos…».

En general el mundo de la mujer de Rey de gatos está marcado por la fealdad, la oscuridad, la locura y la superstición, que se aparece en forma de magia maligna para transformarla en monstruo capaz de atentar sobre sí misma. Es muy curiosa la imagen de la madre ya que se separa de las características morales con las que se ha representado tradicionalmente. Continúa como sujeto subalterno del cabeza de familia pero finge que lo ignora; no hay complicidad con la hija, es como si la mera presencia de otra mujer le molestara, por lo que, aunque no lo logre, por su físico, intenta serle invisible. De esta forma, entre el humor y la tragedia, Alós cuestiona la ley patriarcal vigente y critica esa sociedad pacata y religiosa con acumulación de recursos hiperbólicos, largas listas asindéticas que dan la sensación de inacabadas, exageraciones, animalizaciones, cosificaciones, comparaciones, descripciones imposibles o tacos que niegan una evidencia: «Mamá, tan tacaña para todo, no escatima para el confort», «Suspira. Cada día está más gorda. Una bola», «…su mirada de pulpo», «Gorda. Más gorda aún que en el recuerdo», «yo aseguraría que las mejillas —¡cuánta grasa, Señor!— estaban brillantes, «la voz de mamá se convierte en un enorme tentáculo», «encima de los nichos con nombre y cruces estaba el cielo», «mi familia, rebaño negro detrás del cadáver de Víctor y todas sus coronas», «Coño, eso faltaba», «mi madre, ovillo negro y callado».

Es una narrativa provocadora hacia la moral social y religiosa, que nace de la conciencia de culpa que la mujer tiene instalada en su ser. Con la provocación intenta unir los polos opuestos vida-muerte, pasado-futuro para que pasen a ser una unidad perfecta.

La protagonista de los relatos cuenta sus experiencias, sus sentimientos, su vida a través del monólogo interior, en el que predomina la forma en un intento de expresar el pensamiento sin que intervenga la censura moral. Concha Alós pretende unir sueño y realidad en su verdad absoluta, la que reside en lo más hondo de su psique.

No cabe duda de que las metáforas son sugerentes, de gran plasticidad, y obligan al lector a buscar en su propio pensamiento. La sociedad de mediados del siglo XX quedó impresionada, con seguridad, al verse ante temas prohibidos como el aborto o el suicidio, petrificada frente a situaciones duras, algunas de ellas violentas, pero sobre todo evidentes, de grandes problemas psíquicos.

La mujer lucha contra ella misma, su educación, su realidad y sus deseos, su deber y sus sentimientos; lucha contra la propia experiencia negativa que se apodera de ella hasta dejarla hundida, «y él […] con la cara ansiosa, tan parecida a la de Michel y a la de ese cabrón que me invadió y que ahora me repudia».

El conformismo habitual se va resquebrajando por dentro hasta estallar. La influencia religiosa es indudable, como lo es la actitud hostil hacia esa religión opresiva. Todo es una lucha constante, la protagonista observa su mundo desde un punto de vista desengañado, pretende encontrar otra realidad escapando al control de la razón, por eso las imágenes prosaicas, violentas, conviven sin problema con otras absolutamente líricas. A veces, incluso, la belleza y la violencia se dan la mano en ese mundo tan real, pasado y presente, de la mujer «La luna estaba como ahora: gorda y ligeramente mutilada —el tajo tímido a un queso plano–».

lunes, 29 de junio de 2020

AGATHA JONES Y EL MISTERIO DEL DIAMANTE HOPE



Está claro que Agatha Christie está detrás de Agatha Jones y el misterio del diamante Hope. Una de las novelas más famosas de la autora es The secret of Chimmeys, obra de misterio que transcurre en una casa solariega de Londres en la que un ladrón esconde una joya. En 2010 esta novela se adaptó como película para televisión en la que se incluyó a una de las detectives más entrañables de Agatha Christie, Miss Marple.

Por otro lado, también de la escritora número uno en novelas de misterio encontramos La aventura del Estrella del Oeste, un relato que pertenece al libro Poirot investiga. En este relato, Christie presenta a Mary Marvell, una estrella de cine belga que, durante su visita a Londres recibe unas cartas para que devuelva el diamante Estrella de Occidente, que le regaló su marido por su boda, al lugar que le corresponde, pues era el ojo de un ídolo. En este caso será Poirot el que resuelva el caso.

En Agatha Jones y el misterio del diamante Hope, Pepa Mayo une datos y situaciones de estas novelas protagonizadas por Miss Marple y Hercules Poirot para crear una nueva trama en la que la detective es una niña, Agatha Jones, que ayudada por la anciana Miss Apple y su sobrino policía George, deberán descubrir lo ocurrido a una famosa actriz de teatro, May Yohe, cuando acude a la localidad de Torquay para representar “Las aventuras del pequeño Cristóbal Colón”. La actriz podrá residir en Torre Abbey, una finca muy importante de la ciudad en la que se ofrece una recepción para todos los habitantes y donde tiene lugar el robo del diamante Hope, joya que llevaba puesta May en el evento y que le regaló su exmarido, Lord Francis Hope, cuando se casaron. Al diamante lo envuelve una maldición, que supuestamente recaerá en sus dueños o familiares, porque «originariamente adornaba el tercer ojo de la diosa Sita en un templo de la India, hasta que un sacerdote hindú lo robó».

No es la primera vez que escritores de literatura infantil y juvenil acuden a personajes consagrados de la literatura para adaptar sus aventuras a los más pequeños. Esto es un arma de doble filo porque en algunos casos el resultado es demasiado simplón o insulso. Pero en otros es un acierto. Se me ocurre, después de leer esta novela, Sherlock Holmes y el caso del diamante desaparecido, escrita e ilustrada por Sam Hearn, londinense que lleva tiempo “interfiriendo” en los libros de otros autores; en el caso citado, los personajes de Holmes y Watson regresan a sus infancias para investigar el robo de un diamante en un museo. Hearn no adapta la obra de Conan Doyle; se inspira en ella y utiliza el nombre y los rasgos de personalidad de los protagonistas (no faltan Moriarty ni Baskerville). Es una buena idea para acercar los grandes a los niños.

En el caso de Pepa Mayo, las alusiones a la escritora británica y a su obra son evidentes, pero también recordamos en el título al aventurero Indiana Jones. Todo un compendio fantástico para atraer a los más pequeños. La novela está ambientada en el siglo XX, la época de Agatha Christie, y la de Enid Blyton, escritora cuyo estilo me ha recordado el de Pepa Mayo. Escritura ágil, sencilla, con personajes infantiles dotados de libertad, seguros de sí mismos, con bastante desconfianza hacia los adultos. De hecho es la propia Agatha la que ofrece las pistas a la policía para dar con el culpable del robo. La niña-detective es la que experimenta en la trama situaciones extremas, que pueden generar en el lector infantil una gran tensión psicológica unida a fuertes deseos de avanzar en la lectura. Agatha es la que ve cómo hablan determinados personajes y cómo actúan de forma sospechosa; así el lector va cambiando, con ella, en la convicción de posibles culpables. Agatha es también la que ha sido amenazada para que deje la investigación. Todo esto la lleva a ser un personaje literario, irreal aunque verosímil, como las protagonistas de Blyton, porque en realidad estos niños, audaces y decididos, están siempre arropados por la familia.

La narrativa de Pepa Mayo inspira a los lectores pero también explica, para poder desmitificar las acciones de la detective aficionada al basarlas en el razonamiento. La obra sigue una estructura lineal; está dividida en veintiún capítulos cuyos títulos nos van guiando sobre lo que va a pasar aunque sin desvelar datos importantes. Así empezamos el recorrido por La invitación, donde la familia Jones queda convocada para la recepción que tendrá lugar en Torre Abbey con motivo de la llegada de May Yohe, y la terminamos en Torquay vuelve a la normalidad, cuando han sucedido los hechos que han revolucionado el lugar por unos días. El lector se ha dado cuenta de las dotes de Agatha para la investigación y la deducción, y se ha enterado de su intención de ser escritora cuando sea mayor. Otro guiño más a Christie.

El libro es entretenido, divertido. Los capítulos no son excesivamente largos, de manera que ningún lector, por principiante que sea, lo deje a medias. La letra y la disposición de lo escrito, como es habitual en Cazador de ratas, son perfectas. Todo facilita la lectura. Uno de los aciertos definitivos son las ilustraciones de Enrique Carlos Martín. Increíbles. Los dibujos tienen tal movimiento que facilitan la comprensión del argumento, no son un acompañamiento al escrito, se trata de información aclaratoria. Las imágenes despiertan en los lectores el gusto por la estética y, sin proponérselo, ayudan a aumentar su memoria y su creatividad.

Los trazos son espontáneos, de diferente grosor; en blanco y negro o a color, da lo mismo, atraen desde el primer momento. A partir de 7 u 8 años los niños pueden leer con facilidad esta aventura de Agatha Jones, aunque siempre es bueno que un adulto los ponga en situación de cuáles son los personajes en los que se inspira la trama. Podrán formarse futuros lectores apasionados por el misterio.

No todo es mérito de las ilustraciones, la narrativa es fluida, el vocabulario es coloquial aunque las oraciones están muy bien construidas. Al ser una literatura enfocada para los pequeños, el narrador en tercera persona no se pierde en explicaciones inacabadas, sino que con las palabras justas, ayudado por alguna imagen o comparación, es capaz de relatar los hechos con bastante acierto para mostrar unos personajes infantiles que no quieren ser manipulados, que reclaman su derecho a que se les tenga en cuenta «Agatha observaba con atención cómo los policías buscaban pistas en el jardín […] Mientras los demás saboreaban su chocolate ella no perdía detalle de todo lo que la rodeaba. Observar cómo la cocinera troceaba zanahorias y ponía a hervir patatas, era relajante».

Los diálogos refuerzan la narración, son abundantes y aportan bastante ritmo a la trama, pero lo más importante es que sirven para establecer relaciones entre los personajes y aportan algo de profundidad a los mismos. No todos son niños, pero los que aparecen usan un lenguaje propio de ellos «—¡Estoy jugando con los soldados que me trajiste de Londres!», por lo que el léxico adulto-infantil se complementa y pasa a ser un recurso con bastantes posibilidades, pues en ningún momento se abusa de los diminutivos ni expresiones simplificadas que empobrecen la narración.

Creo que es difícil valorar la literatura infantil porque consideramos, en general, que el lector al que va dirigida carece de exigencia. No he leído demasiada literatura de este tipo, pero sí literatura, sin adjetivos, por eso puedo recomendar esta novela. Para los más pequeños se abre un mundo de posibilidades a la literatura. La situación y los personajes son atemporales; aunque es obvio que el tiempo del argumento es el siglo XX, cualquier niño puede verse reflejado en la trama. Y lo más importante, la finalidad de Pepa Mayo es conseguir que los lectores se diviertan. No tiene un final moralista ni didáctico, aunque se premie la curiosidad y el razonamiento.

Novela infantil muy completa, divertida, muy bien editada y, dentro de los clásicos, original.

lunes, 27 de abril de 2020

A CORAZÓN ABIERTO


Casi cuatrocientas páginas de sentimientos encontrados. Los que deja traslucir la autora y los que ha provocado en mí. En todos los que las lean. Ningún lector quedara indiferente porque lo que subyace es el sentimiento de alguien que ha vivido, probablemente, la peor época de nuestro país. Los que no somos niños aún estamos marcados. El país está marcado. Sería bueno que hiciéramos como Elvira Lindo, un autoanálisis sincero de qué pasó en nuestra familia para entender por qué somos así.

A corazón abierto no es una novela. Tampoco son confesiones. A corazón abierto no es una memoria histórica o familiar. Podría ser una memoria literaria. La familia Lindo adquiere tintes de personajes novelescos en cuyas acciones el dolor se mezcla con el amor y la ironía con el humor «cuando comenzaron a aflorar en España tantos casos de corrupción, solía decir: “Hoy la gente se suicida poco”». Lo curioso es que los impactos causados por una guerra cruenta han calado tan hondo que, como una tradición, van pasando por generaciones hasta que, sin más, nos vemos reflejados en algunos episodios. Los personajes literarios de la familia protagonista se convierten en el ser desvalido, rencoroso, que lucha en cada uno de nosotros para alcanzar la comprensión: «Hay traumas que en vez de brotar de una experiencia brutal se cuecen a fuego lento hasta conformar nuestro carácter. Si borrara mi trauma, ¿se desvanecerían los años de mi infancia?».

¿Por qué la vida de un niño está marcada por el autoritarismo? Elvira Lindo se lo pregunta y da un salto atrás, a la infancia del padre dominante, para descubrir el mayor dolor que se puede sentir en la niñez, la soledad, la sensación de abandono, la falta de amor de su propia madre. Un niño que aprendió a mitigar su propio tormento a fuerza de no pensar, «como si hubiera aparecido por generación espontánea»; nada mejor para ello que la actividad constante y el alcohol. ¿Hasta dónde seríamos capaces de retroceder para entender todas las actuaciones del ser humano? No mucho, creo, porque llegaríamos a la conclusión de que, como preconizó Ortega, vivimos mediatizados por las circunstancias, e intentar salir de ellas es costoso. La autora se queda en esa generación previa a la suya para poder tener un respiro con las anteriores, «resumiré el rostro de mi abuela (mala) con un ejemplo de la pintura universal: se parecía al Papa Inocencio X que retrató Velázquez».

Cuando se pretende escribir unas memorias la objetividad es muy difícil, pues cada uno siente lo ocurrido de manera distinta, cada uno enfoca el conflicto desde diferentes perspectivas. Elvira Lindo lo sabe, por eso, una vez convertidos en literatura sus recuerdos, diferentes episodios que encierran en realidad una profunda tristeza pueden ser abordados desde el humor, «Yo sueño con ser mayor y bañarme en Coca-Cola, como Cleopatra».

La narración de A corazón abierto es fluida, con lenguaje coloquial la escritora se acerca a las relaciones familiares y profundiza en ellas, no las mirará de frente porque no aparecen desde una ventana; como en un caleidoscopio, diferentes caras se superponen hasta conformar una imagen global, capaz de romperse coherentemente en múltiples representaciones. El autoritarismo, la soledad, el victimismo, la ansiedad, la apariencia, lo profundo, el amor y el despotismo quedan analizados de forma minuciosa, sin censura. No hay un único encuadre; esto facilita la multiplicidad del narrador. Es cierto que la autora-narradora-protagonista medita en profundidad, aunque dé la impresión —literaria— de exponer conjeturas sobre las que no tiene un conocimiento exhaustivo.

A veces, Elvira Lindo aparta a la protagonista-antihéroe para que las peripecias, contadas con diferentes dosis de humor, pasen a segundo plano y aparezcan las digresiones que sacuden la paz del lector, y la de la propia narradora, «Mi padre le regaló a mi madre un estuche con una sortija y unos pendientes. Mi madre no los quiso». Mediante la digresión el hilo argumental se desdobla para dar la impresión de que es la memoria imperfecta de la narradora su única fuente, de donde saca a la luz los pensamientos agolpados, pero en realidad es la auténtica dueña del discurso, por eso ofrece solo la información que cree necesaria, por eso unas veces repite los hechos hasta que los hemos interiorizado y otras, cuando se trata de referir historias como narradora testigo de lo ocurrido a otros personajes, es más recatada «Ella gritó, el Juaco salió de su escondite, y entre las dos redujeron al tío asqueroso a hostia limpia y se lo llevaron amenazado con una navaja a la comisaría».

En ocasiones, el tono humorístico deviene melancólico, la voz del narrador pasa entonces de primera a tercera persona y ella, la protagonista real del libro, se aleja consecuentemente de su propio dolor; en el discurso narrativo irrumpen voces en estilo indirecto que subrayan la inseguridad angustiosa en la que se ve envuelta, «el corazón […] sobre el que la niña, aun siendo ya grande para estar en brazos, se queda dormida […] Apenas habla con la madre por teléfono porque está muy débil y se emociona, dice la tía […] hasta que el padre anuncia que ha llegado el momento de ir a verla a Madrid».

A corazón abierto alberga de manera razonable realidad y ficción, por lo que, a veces, la narradora puede construir un relato sin argumento en el que, más que escribir un libro parece como si representara el mundo a base de diseñar experiencias y perspectivas que permiten observar el proceso de su existencia. Perspectivas que varían según el personaje. «El hombre que dejó a su mujer tantas veces sola, hundida en el abandono, no soportaba la soledad, y no entendió la vida sin ella».

Elvira Lindo concede gran importancia a la narración. Importa bastante el cómo se cuenta porque nos lleva directamente a la verdadera intención; ni siquiera en los desdoblamientos se complica la lectura. Las oraciones explicativas o comparativas son de gran provecho para lograr sus objetivos, «y mi madre sollozaba los domingos […] una habitación asfixiante por su estrechez, como un vagón de tercera».

Los poemas insertados expresan su propio sentimiento, la débil acusación, el perdón y la comprensión hacia toda una generación, hacia un país que, cincuenta años después, aún no sabe cómo salir adelante, cómo liberarse de la miseria emocional y cultural a la que fue sometido

que fuimos tan hijos como siervos,
adoradores de la figura paterna
hasta que conseguimos liberarnos
de tu poderoso influjo.
O tal vez no

Indudablemente el eje vertebrador de la narración es el padre, no podía ser otra la figura sobresaliente de un país patriarcal, machista, capaz de anular a alguien que no fuera el hombre, egoísta y protector, tirano y paternalista. Las anáforas constantes dan fe de ello: «papá nos habla […] papá ha visto […] papá ha encontrado […] papá ha deducido […] papá conoce […] papá habla […] papá se las apaña […] papá conocía […] papá tomaba café […] papá está tirando del hilo siempre».

No hay belleza en la época de la posguerra, sí esperanza de ver belleza en los sentimientos, que se manifiestan con epítetos «tiernos nueve años», con aliteraciones que acentúan la fuerza de tanto dolor «tierra debiera ser el territorio en el que transcurren las vidas de los inocentes».

Las antítesis paralelísticas reflejan la paradoja en la que se sumió todo un país, «que fuera protectora, que fuera cruel». Y las metáforas globalizadoras son el destello de quienes ahora mismo, «aquí estamos tus hijos y tus nietos», buscamos entender tanto dolor y rencor actual, un rencor que solo remitirá si, con dolor pero sin olvido, dejamos aquella época en «la luz del reposo eterno».