Mostrando entradas con la etiqueta editorial Pez de plata. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta editorial Pez de plata. Mostrar todas las entradas

lunes, 2 de marzo de 2026

7777

P. L. Salvador ha construido en 7777 una trilogía: 2222, 4444 y la última, la que da título al conjunto. Podría haberlas sacado de manera individual, como lo hizo en 2020 con 2222, pero, al introducir la primera de la serie en este libro, la historia ha encontrado otro sentido; al menos los lectores podemos leerlo como el planteamiento, el nudo y el desenlace de la evolución del ser humano.

Los personajes son recurrentes; esto no es nuevo en Salvador; tampoco sus autorreferencias a obras anteriores, literarias o musicales, «Sus textos y su música adquirieron la popularidad que en su día se le negara». Son claras alusiones, vigentes en cada momento, que nos ayudan a conectar con los personajes. Otra técnica propia del autor, la de introducirse en sus novelas, está también presente. Porque “Salvador” es un recurso del propio P. L. Salvador para enriquecer su obra. Es un personaje más, con el que juega a presentar de forma humorística una ficción, que no lo es tanto, mientras novela la realidad «Salvador anda escribiendo un ensayo. Kest le puso el nombre de su artista favorito y nos ha salido escritor. No hace otra cosa. Y nosotros, la Comunidad, se lo agradecemos, pues así podemos leer literatura contemporánea».

Encontramos, sin embargo, que en 7777 ha dado una vuelta de tuerca pues no solo ha continuado con los personajes reiterados, algunos han evolucionado gracias a la tecnología. El millonario Zalt, de 2222, se ha desarrollado en el androide humanizado Zult; la ginoide de última generación Kest se ha unido a la profesora Exla para regenerarse en el drévor Kestla.

Pasamos del siglo XXIII al XLV o al LXXVIII en un abrir de página. No necesitamos grandes descripciones de cómo quedó la situación en una época determinada; condiciones un tanto extrañas, alejadas de nuestra moral actual, si cabe, ejecutadas de manera más simple que ahora o más inocente o menos ético, «El pólag me preguntó si sabía quién era Doj Zérep. Le dije que sí, que conocía bien a la chica. Y me lo soltó. Sus padres acaban de fallecer. ¿Se encarga usted de la chica? Le dije que sí».

Todo ocurre rápido, todo es inmediato. También la sintaxis que, en ocasiones se acorta tanto que tenemos la impresión de leer poesía. Solo cuentan los sentimientos de los personajes, no las razones, no la narración de acontecimientos. Importa el momento


¿Y dónde voy a vivir?

Nos vamos de viaje.

¿Usted y yo?

Tutéame.

¿Tú y yo?

Sí.

¿Por qué?

¿No te apetece?

Me parece raro

Y en la sucesión de estos momentos encontramos una profunda sensibilidad que coloca nuestras emociones, y las de los personajes, a flor de piel; es como si hubieran evolucionado a lo largo del tiempo hasta descubrirse a ellos mismos en el instante actual, el único que importa; cuando toman conciencia de lo que son realmente «La naturaleza se comió los restos de civilización […] yo, entonces era un ángif ignorante de mi condición. Qué raro es vivir sin saber quién eres […] Volvimos a ser cazadores-recolectores».

7777 es una sucesión de momentos en los que los personajes redundantes, (incluso aunque cambien de nombre) actúan como dobles de los principales y entre los que Salvador es el protagonista, el foco desde el que se van creando los demás, el “Tataradeudo”. Con este recurso, el carácter ficticio se volatiliza en una realidad brutal a la que, no nos engañemos, ya hemos llegado. Somos millones en un planeta que no tiene recursos para todos, porque la tecnología ha ayudado a eliminarlos, no cabe duda, pero también nuestro egoísmo o incultura. Pandemias, epidemias forzadas o naturales consiguen cada cierto tiempo dejar a unos pocos para que regeneren el planeta y se restablezcan como seres vivos. Pero no tiene arreglo, volvemos al punto de partida una y otra vez. Da igual que queramos excluir de la sociedad la política o la religión; da igual que el autor elimine palabras para hacer una sintaxis contundente; que cambie la ortografía para conseguir que lo escrito sea más aclaratorio; todo tiene un final y, al igual que la sociedad sufre matanzas o epidemias para poder continuar, la literatura de Salvador requiere la tabula rasa para empezar de nuevo. Y de nuevo nos encontramos con los motivos del autor: las repeticiones de palabras y de signos ortográficos reproducen situaciones y personajes «Hay dos camas, me pido la dówsied, y yo la set, todo estaba dicho, todo estaba decidido, con Doj necesité sentirme madre tres veces antes de sentir que en verdad era su madre, pero Hed (tan pequeña, tan fuerte, tan intensa) no podía esperar tanto»; el proceso de escritura sin convencionalismos aceptados nos acerca a maneras de actuar alejadas de la norma social; la brevedad de oraciones, de capítulos o de partes de la etapa novelada es paralela a la brevedad del tiempo real; los comienzos de acción de las tres novelas permiten empezar directamente con un suceso en curso, sin contexto previo, técnica que emplea Salvador para implicar a los lectores, para que entiendan lo que pasa según van leyendo.

Asimismo los capítulos actúan como diarios de los personajes, obtenemos un perspectivismo múltiple de los hechos que en ocasiones se contradice, se distorsiona la realidad. En 2222 destaca la imposibilidad de que la tecnología construya un mundo ordenado; es inmediata, por lo tanto caótica y compleja. El mundo necesita de una unión, por eso, en 4444 aparece de nuevo la granja como catalizador psicológico. Es el estímulo para iniciar la vida desde un cambio profundo en el comportamiento y la mentalidad; los personajes actúan libres de la lógica o de la moral que entendemos por racional, por lo que no tenemos claro si se mueven en un mundo real o surrealista. El tabú actual es norma social en el futuro en el que los avances tecnológicos tampoco funcionan. Los que quieren prevalecer se aíslan en pleno contacto con la naturaleza «creo que siguen siendo un millón. Ahora son granjeros. Aunque no se meten en nada ni con nadie, los gobiernos llevan siglos arrinconándolos […] no conozco a ninguno».

Por eso, en 7777 encontramos nuevamente una sociedad que parece sacada del pasado, un universo involucionado en el que lo raro es la virtud «Era mentiroso. Falso. Sibilino. Cruel. Cobarde. Y peligroso. Siempre fue peligroso, incluso cuando parecía vulnerable». Sin embargo siempre existirá la esperanza del amor, lo único capaz de desafiar a la deshumanización de un mundo masificado en el que el odio nos lleva al aislamiento social y este al desamparo. Porque estamos hechos para estar en compañía, necesitamos el contacto de otro ser humano y necesitamos saber que tenemos fecha de caducidad, aunque duela.

sábado, 19 de diciembre de 2020

LOS REINOS DE OTRORA

 

No sé por dónde empezar el análisis de este libro porque no es convencional. En principio tanto su forma como su contenido nos retrotraen a un pasado lejano que podríamos situar en el Renacimiento, a finales de la Edad Media, o en el Siglo de Oro y cuando lo hemos leído y hemos asimilado sus imágenes nos damos cuenta de que Los reinos de otrora es atemporal. Son siete capítulos encuadrados entre un Exordio y una Coda.

En el Exordio nuestro protagonista se presenta, como narrador en 1ª persona, desde su vejez, para relatar una parte importante de su infancia en la que, tras ser internado en un hospicio por haber quedado huérfano, su tío Nicodemo lo toma a su cargo. Y así, en mutua compañía recorren, durante dos décadas, diferentes tierras, viven aventuras y aprenden de la vida y los libros.

A esta presentación-resumen le siguen los siete capítulos, cada uno anunciado en página aparte con el título, evocador de lo más importante del viaje y un dibujo alusivo sencillo, que contrasta con las ilustraciones abigarradas, en blanco y negro, que adornan el texto. Una fantasía realizada por Jesús Montoia. El libro queda cerrado con la Coda en la que el protagonista se despide con la convicción de que su vida ha sido un sueño.

Es una delicia manipular un libro de pezdeplata. El grosor del papel, el color uniforme del interior, que contrasta vivamente con la portada y contraportada, la postal alusiva que encontramos al abrir y el marcapáginas. Son detalles que se agradecen, más si tienen la calidad acostumbrada por esta editorial que, por otro lado parece corroborar la sensación que le despierta a nuestro protagonista el contacto con los libros, «los libros podían ser un espejo del mundo y aprendí a amar su olor y su tacto, a codiciarlos como piedras preciosas». Asimismo Los reinos de otrora refleja ese cronotopo ancestral en las letras capitulares con decoración vegetal que presiden el comienzo del capítulo. Así pues, solo tenerlo entre las manos ya invita a la lectura. Algo que agradecemos cuando nos enfrentamos a esta sátira de Manuel Moyano.

Los reinos de otrora se lee con facilidad, de un tirón, aunque luego volvamos a releerlo porque no es una literatura fácil, las aventuras de Nicodemo y su sobrino están escritas por una mente privilegiada capaz de traer numerosas referencias del pasado literario para que el lector pueda extraer la crítica actual que encierra.

Sus siete capítulos, como los VII Tratados de El lazarillo, pueden leerse por separado pues cada uno representa una aventura diferente. Nuestro protagonista no cambia de amo, ni su tío actúa como tal pero, como eje de la novela, va aprendiendo y madurando con cada aventura.

El estilo de Manuel Moyano destaca sobre todo por el humor, y hace gala de él al relatar las costumbres de diferentes lugares, «y de segundo un potaje de garbanzos regado con babas de caracol, a las que allí atribuyen virtudes casi milagrosas», que no difieren tanto de las modas impuestas en la actualidad. Humor en ironías sobre la incultura de «aquellos lejanos y antiguos países» que solo admiran lo propio sin interesarse por lo que les rodea «presentó a Don Nicodemo como un docto médico venido de las Tierras Bajas del Arinat, que era como decir de ninguna parte».

Humor en ciertas necedades que ocultamos como actitudes políticamente correctas y que revelan la no aceptación de lo que somos, «me aconsejó que, mientras estuviésemos en aquella ciudad, caminara siempre un poco encogido y con la cabeza gacha para no ofender a los xaoríes».

Humor también al elegir los nombres pues, como en las narraciones antiguas, aluden a la condición de quien los porta «Este sujeto indolente, que atendía al nombre de Sérvulo, resultó ser criado del caballero».

No pasemos por alto las ironías que colocan al mismo nivel situaciones diferentes, incluso antagónicas. Aflora al menos una sonrisa cuando vemos igualados, por contraste con un tercero, los penitentes a los animales: «Los rezos y letanías de los peregrinos hasta altas horas de la noche, la pestilencia que desprendían las aves enjauladas y la fragancia embriagadora del vino me obligaron […] a subir a cubierta».

Las hipérboles resaltan aún más la avaricia sin límite de los poderosos, capaces de destruir todo lo que los rodea por temor a ser privados de lo que consideran sus pertenencias, «tras abandonar a su suerte al infame Malubaro, seguía riendo […] a cada carcajada, amenazaba con hacernos zozobrar en aquel mar poblado de escualos».

El estilo en general es bastante espontáneo. Las descripciones aparecen de forma natural, sin alardes, al contrario, el autor expone los conceptos de forma directa y clara a pesar de alguna metáfora con la que personifica a la naturaleza: «los primeros rayos del sol pintaban las copas de los árboles», o acerca la narración al realismo mágico «…a rescatarla el citado mayordomo quien cayó al agua y salió vestido de nenúfares».

Lo que interesa es la expresión conceptual, de ahí que las descripciones no aparezcan saturadas de elementos secundarios sino con matices, «Bien parecido, fino de rasgos y ronco en la voz, los ojos no le casaban entre sí, pues uno era azul verdemar y el otro del color de la canela». No obstante, a pesar de la exposición sustancial, la narración está salpicada de elementos fantásticos que contribuyen a pintar un ambiente real maravilloso «altos edificios de ladrillo bruñido sostenidos por arbotantes».

El protagonista, sin nombre, acompaña a Nicodemo por el mundo. Los capítulos podrían funcionar como cuentos independientes. El viaje es el motivo central y organiza el relato de forma episódica. Cada episodio supone un viaje y en cada uno de ellos el protagonista adquiere una enseñanza aunque a veces él no lo sepa. Los distintos lugares van llevándolo a nuevas situaciones que le generan respuestas de actuación para el futuro. Nicodemo y su sobrino se ven diferentes de la realidad que los rodea, por lo tanto se encuentran desarraigados, de ahí que deban vagar constantemente, no admiten las desigualdades ni las injusticias.

El primer viaje tuvo su parada en el país de Iramiel donde Nicodemo soluciona el problema del embarazo de la reina aunque no le asegure con ello un final feliz. La crítica a la incultura y al patriarcado son evidentes y quedan impregnadas de la tristeza y el dolor que suponen para quien los sufre. El segundo viaje tiene lugar en Baldrás, donde las flores de antaño aluden a la magdalena de Proust para poner en marcha la memoria, que nos impregna de melancolía al pensar en sucesos que ya no podrán volver.

A la isla de la infamia llegan cuando, a bordo del barco de Abú Ben, recogen a un náufrago, monarca de un país al que ha destruido con todas sus gentes por miedo a que le robaran su tesoro. Ecos de la mitología aparecen en la técnica empleada para entrar al laberinto del tesoro y no perderse, «permanecimos unidos entre nosotros por una larga cuerda cuyo cabo estaba atado a un árbol que se erguía en el umbral». Las resonancias de fábulas antiguas son prodigiosas al final de la aventura.

En Xaor encontramos un guiño a los liliputienses de Gulliver aunque estos xaoríes no se acepten como son ni siquiera entre ellos mismos, «es raro que no calcen una suerte de zancos ni lleven unos sombreros altos y acabados en pico».

En las tierras de Ispaán, el caballero Alamor se adentra en su Purgatorio dantesco particular, «Oh, cielo, cima iluminada…» Este caballero, como el de la triste figura, intenta librar batallas en nombre de su dama. Por eso monta «un jamelgo famélico y comido de moscas» y a pesar de todo llega a dirigirse a Nalarda, una prostituta a la que tiene encumbrada. El guiño a Cervantes, «algunos lo conocían como Cide Hamete», le sirve al autor para exponer los diferentes puntos de vista que asoman de una misma realidad haciendo que incluso lo real se confunda con la fantasía. Todo depende de las circunstancias de cada uno.

Al llegar a Pr, los personajes descubrieron, gracias al eco de la hospedería, la formación de intrigas gubernamentales y la falta de implicación social, causas que desembocarán en un futuro desastre. En esta aventura el autor, en un tono humorístico de extrañeza, expone situaciones exageradamente absurdas mediante las que satiriza la situación social.

El último de los viajes narrados tiene lugar en Beirán, en donde la «fraga nemorosa» recuerda a Garcilaso. Allí van a ser testigos de «la coronación del nuevo rey» que tiene lugar al mismo tiempo que, «el cortejo fúnebre de hombres tonsurados», desea al rey actual «una muerte dulce y breve».

En esta sinrazón media Nicodemo para descubrir el juego de la Iglesia que, amparada en las supersticiones, consigue que todos crean que el tiempo de vida del rey está escrito, cuando en realidad se trata de una artimaña para alcanzar poder y dinero. Sin embargo el rey, una vez libre de su destino aciago, se corrompe por la misma razón, llevando al reino a una constante sucesión de guerras.

Con diferentes comparaciones sarcásticas entre hechos fantásticos y realidades macabras, llega nuestro protagonista a la conclusión de que no hay nada importante en la vida pues todo, como su propio nombre, se desvanece «Me consuela pensar que mi vida no es más que un sueño». Y así, Manuel Moyano consigue que el protagonista se inicie de la mano de su tío para enfrentarse a situaciones que lo lleven a la vida adulta y pueda denunciar el caciquismo, la avaricia, el desprecio a los demás, la violencia, el fanatismo religioso encubridor de horrores y toda una serie de maldades que acompañan al hombre desde los reinos de otrora hasta los actuales.



miércoles, 23 de septiembre de 2020

2222

 


No sé si esta novela que acabo de leer es del todo ciencia ficción. Es cierto que aparece el impacto de la tecnología; los ginoides y androides dan muestra de ello. También el de la ciencia; hay vacunas que actúan de diferentes maneras (y no todas deseables) sobre los seres humanos.

El mundo paralelo está servido. Un grupo reducido de humanos se confinan y vacunan para evitar la muerte inminente, ocasionada por un virus lanzado por quienes piensan que el planeta no soporta más población, tal es el daño que está sufriendo. Una vez pasados los efectos del virus, los confinados salen a la calle a enfrentarse a su nueva vida, con el dolor de haber perdido a seres queridos (han debido elegir un número de personas salvables), con la culpa de haber sido responsables (indirectos) del exterminio, y con la ira por no haber escogido a los más inteligentes para poblar el planeta (el escaso tiempo del que disponían les ha hecho elegir sin pensar) «pensad bien a quién ponéis porque no todas las personas son aptas. En el nuevo orden no hay sitio para la política ni para la religión ni para el capitalismo».

Hablar de ciencia ficción es peliagudo, porque en realidad este género no deja de ser ciencia

(prevista con anterioridad). Solo hemos de esperar unos años (o siglos) para que quede confirmado lo expuesto en la ficción con más o menos horror o admiración. Ya somos (son) capaces de reconstruir un cuerpo con restos de otras personas; hay bancos de sangre, de huesos, de óvulos… Podemos devolver muertos a la vida desde que los trasplantes de corazón, hígado o cerebro apenas suponen dificultad. Hemos llegado a lo más alto del espacio y a lo más profundo del océano.

Así pues 2222 no impresiona por sus robots. El concepto de mujer artificial con rol de sirviente o juguete sexual es tan antiguo como la mitología griega y ya en el siglo XIII Alberto Magno concibió la posibilidad de crear autómatas. Lo que impresiona de 2222 es que no parece una novela escrita en 2017 sino un razonamiento de lo ocurrido, lo que está ocurriendo, en 2020, asombra la visión de futuro que tuvo P.L. Salvador, «Sólo vamos a quedar cuatro millones […] Unas veinte mil personas no elegidas sobrevivirán por inmunidad natural. —Marca una pausa—. El agente elegido es un virus».

La novela forma parte de una esfera de la narrativa moderna que se basa en la autorreflexión y el autocuestionamiento «Y por eso nos escogieron los Organizadores. No querían personas aborregadas, descomprometidas, superficiales […] sin sentido crítico». 2222 es una novela corta que contiene demasiados elementos tóxicos. Da que pensar que no sea precisamente un humano el que demuestre tener sentimientos. Da que pensar que los hombres seamos incapaces de convivir aun cuando las normas prohíban cualquier tipo de política o religión. ¿Habrá pasado la era del ser social? «No cabe duda: la armonía inicial se ha teñido de acritud».


Salvador se apropia de la escritura de Nueve semanas para escribir una novela referencial a su propia obra; es una autometaliteratura con la que recapacita sobre el conocimiento que la literatura aporta de la sociedad. «Su nombre artístico es P.L. Salvador». 2222 Supone una interferencia en un tiempo presente que ha experimentado una transmutación de valores y jerarquías. «No es probable que físico, dinero y poder gocen de relevancia en esa configuración». El paradigma estético y clasista actual está destruyendo el sistema, lo que favorecerá la construcción de una utopía futura de falsa emancipación «No podemos cometer otra vez los mismos errores».

En realidad la literatura de este autor es lo que de verdad se ha emancipado. En este momento constituye una vanguardia con rasgos definitorios que cambia la idea de novela que se tiene hasta ahora. No es exactamente posmoderna, creo que va algo más allá, algo como diario-colectivo-ensayístico-novelado. Salvador piensa la novela como un recurso para profundizar en nuestra sociedad disparatada. Sus personajes andan algo desquiciados, no distinguimos humanos de androides. Los humanos son máquinas capaces de banalizar los impulsos más elementales, incluso el exterminio «Desavenencias, inquietudes e impulsos sexuales serán expuestos y resueltos cada domingo».

En la nueva realidad creada (tras el virus), los habitantes deben elegir sin seguir normas fiables, sin tener objetivos concretos, sin orientaciones ni directrices (¿a qué nos suena?). Una realidad en la que lo único fundamental es la tecnología, en la que vivimos tan aceleradamente como nos lo permiten las máquinas. Todo se transforma en una negociación a corto plazo. El hombre pierde su identidad social. También 2222 se relativiza como novela, no presenta estabilidad (cada personaje escribe un apartado del diario) por lo que la palabra anula su posibilidad de interpretación única, se condiciona. El lector es clave en esta novela, entendida como un proceso, un dinamismo que permite incluir las connotaciones del lenguaje, las presuposiciones, «que me deje llevar por la imaginación […] ¿Tendré alma? […] Intentaré escribir como él y asimismo me dejaré influenciar por mi autor favorito». El lector puede, según interprete, recrear la novela. Al igual que hay múltiples autores, pueden aparecer múltiples sentidos; sin embargo el significado absoluto es una conjunción de las intenciones del autor y la descodificación del lector. Estamos ante un discurso complejo que revaloriza lo heterogéneo, y augura que, como siempre, en el futuro se apreciará lo que en su momento fue descartado por no ser igual, «Sus textos y su música adquirieron la popularidad que en su día se le negaron. Como si se hubiera adelantado a su tiempo».

Salvador es un escritor crítico que convierte su obra en un espacio estratégico desde donde el lector interpreta sus comentarios e inquietudes, en una escritura que transfigura el carácter discursivo hasta convertirse en ficción de su propia ficción, «veintiséis historias que escribió mi tataradeudo en el siglo XXI».

Para el autor la sociedad puede derivar en una prisión que controla y domina al hombre, que debilitará a todo aquel que se deje llevar por una idea o tendencia única «La indignación se ha convertido en la excusa perfecta. Y apoyándose en ella se han hecho con el poder absoluto».

La novela de P.L. Salvador expone diferentes reflexiones con las que pretende restaurar el razonamiento múltiple de lo primario. La tecnología, por su inmediatez, desempeña un papel fundamental en la sociedad que va construyendo, cada vez más compleja y caótica; paradójicamente en ese caos el hombre pretende formarse, desarrollarse y liberarse. Ante la imposibilidad de convivir libremente en un desorden absoluto, urge la visión de la unicidad. Solo quedará un yo que dirija y acabe con la falsa libertad, con el falso individualismo, hasta que alguien se dé cuenta de que esa libertad no es sino una forma de encubrir la falta de libertad «¿qué añadirías ¿qué quitarías?» Y la respuesta está en 2222, quitaría la seguridad y la excesiva disciplina y añadiría arte y la posibilidad de equivocarnos, la imperfección, «nos chocaba que siempre anduviera con los textos del tataradeudo de Zalt» «¿Por qué no formamos una orquesta de cámara?» Literatura, música, aprendizaje…Una combinación perfecta para recobrar el alma humana.

martes, 8 de septiembre de 2020

NUEVE SEMANAS



Nueve semanas es una novela trepidante y lo más curioso es que el lector tiene una visión retrospectiva del ritmo frenético con el que se suceden los hechos, efectivamente, en nueve semanas justas-justitas; pero también nos da una visión real de la escritura y de la publicación de la escritura, una visión parcial del erotismo y una visión ficticia de la realidad.

Los personajes se van convirtiendo en protagonistas indiscutibles conforme aparecen para formar una red, que abarca el universo narrado y se desprende realmente de la mirada que adopte cada uno. Es algo así como el perspectivismo múltiple de la literatura de los 60, en la que el lector necesita todas las perspectivas para ir eliminando los problemas o misterios que van surgiendo hasta que puede entender el objetivo que, en el caso que nos ocupa, es toda una declaración de intenciones: Escribir una novela a dos (o tres manos), algo que P.L. Salvador llevó a cabo realmente en 2020 con La extraña curación de Marta.

En Nueve semanas, la forma se adapta al contenido. Los protagonistas se multiplican, pero no es un protagonista múltiple el que se apodera de las páginas. Los diferentes protagonistas-autores se van nominando; siempre somos conscientes de quién escribe, «Soy Dedé», aunque todos imitan la forma de escribir de Bloss, de quien parte la idea. El estilo es único, si no se presentaran no habría forma de saber quién ha escrito qué; algo premonitorio para la escritura real de una futura novela. En este estilo lo que predomina en la forma es la experimentación, empezando porque la novela no es otra cosa que un diario en el que van anotando los hechos que suceden cada día.

Esta circunstancia, en la que convergen diferentes focalizaciones, afecta asimismo a la experimentación del contenido. En este tanteo práctico se multiplican los finales de palabras «escritor-tor-tor», como si se tratase de un juego infantil, un juego en el que los niños repiten palabras y se divierten al tiempo que, los no tan niños, irónicamente, recuerdan los grados del adjetivo «su cuenta abierta-abiertita […] Triste-muy triste-tristísimo». Un juego de intención machacona para que pueda ser entendido rápidamente. Esto es lo que ocurre con esta novela-diario en la que encontramos una acumulación exagerada de signos aclaratorios, la mayoría de veces colocados en un orden diferente al aconsejado o en lugares que no corresponden, «todos tenemos derecho a una segunda (o tercera [incluso cuarta {¿quinta}]) oportunidad».

También abundan las onomatopeyas «bla-bla-bla-bla» «¡aggghhh!» para imitar diferentes sonidos al tiempo que aportan cierta plasticidad al estilo, que destaca por la efectividad humorística en la narración. De hecho, esta novela podría ser catalogada de absurdo humorístico experimental si nos atenemos a la forma. El humor está presente en todas sus variantes, en la formación de palabras que nombran movimientos irreales, expuestos en paralelo con otros artísticos de la realidad, «se alegra de que yo deje el putaísmo».

Humor en la polisemia al comparar diferentes actividades, literarias y sexuales «tendré que pagarle y compartir lecho pero una escritora necesita experimentar».

El doble sentido es constante, P.L. Salvador juega con las palabras para que acuda a nuestra mente una mezcla de expectación e incongruencia. La ambigüedad se pierde en el contexto, aunque no siempre, por lo que, de forma experimental, es el propio personaje el que lleva a cabo la reinterpretación sorpresiva, dejándonos a los lectores la risa del chiste abierto e ingenioso «de la noche a la mañana he renunciado a la carne (de comer). Asegura que ya andaba en ello. Y que yo le he dado el empujón definitivo. Aún le daré alguno más…».

Asimismo hace gala de gran humor en el uso de palabras nuevas con plena conciencia de que no existen «anovelaré. La RAE […] seguro que no acepta mi variante», y en la rebelión a las normas ortográficas y literarias, «puedo escribir lo que quiera siempre que no me salga del guión (con tilde)».

El oxímoron tiene cabida a lo largo de la novela, la mayoría de veces también con resultado humorístico «vegetariana entomófoga». Y humorísticas son las palabras compuestas creadas a partir de la derivación «golfiferia». Los coloquialismos se utilizan, en ocasiones, para reforzar la forma de ser del personaje que está siendo descrito; los sinónimos refuerzan la situación humorística, al igual que los antónimos no referidos al mismo referente pero comparados en el significado «Lo del tanga me parece demasiado sucio (aunque la braguita estuviese limpia)». El sarcasmo hiperbólico aporta su punto de agudeza, de ahí que sonriamos, al menos, al leer, durante lo ocurrido el 22 de agosto «Salimos. Hace un calorcito de lo más agradable».

El recurso de la elipsis es bastante normal en el habla coloquial, pero el autor, reforzando más el ritmo dinámico narrativo, emplea la elipsis en situaciones no conocidas por el lector, lo que dificulta el entendimiento del contenido pero aumenta la socarronería «A estas alturas. Y ella aún menstrúa. Creo que tiene los mismos que yo. Lo suponía». Sin embargo en otros momentos la elipsis es la que aporta la fuerza y el dramatismo que caracteriza una conversación entre amigos; el humor que conlleva es precisamente lo que acerca al lector a la historia «¡Boquiabierta! […] cree que está embarazada. ¡Cuarenta y seis!».

El humor, en fin, y sobre todo el humor absurdo, llena las páginas con todas las formas posibles en que puede presentarse, con comparaciones animalizadoras afectuosas, «Esta mañana las he sacado a pasear», en coincidencias y chistes escatológicos «va a ser incinerado […] Los gusanos que se busquen la vida», en irrupciones de signos matemáticos en la escritura, «Saluda a la viuda2», y en una sucesión de signos aleatorios para insultar, al más puro estilo del cómic «¡Puta! ¡θ3 ζ ψ φ 7/8 ♀!».

Y si el humor aparece en todas sus variantes, P.L. Salvador es un maestro a la hora de usar el diminutivo; lejos de cansar, Bloss comienza a utilizar este diminutivo en su “estilo novelesco” y Dedé, Nené, el negro… todos lo añaden a la manera de escribir, desde el diminutivo afectivo «Coño, Blossy, ¿a qué viene eso?» para dejar claro al lector el nivel de cercanía que hay entre los personajes, al despectivo, para ir marcando el cambio de relación entre los participantes de la historia «le tengo un poco de manía (a Joselín)». Está claro que el diminutivo refuerza la función expresiva del texto, de ahí que la ironía quede remarcada «¿Cuántos comodines tendrá en la manga el competente Kladdín?» y la intención persuasiva que quiere tener con el lector, al reconvenir a un personaje que no está presente «Pepito-Pepito ¿qué vas a hacer ahora?». El rechazo a dicho personaje también puede quedar marcado con un diminutivo que exprese el enfado total «y a Pepín se le ha ido la mano» aunque en realidad minimice la amenaza de una imagen negativa de aquél a quien se refiere.

Pero no siempre es el diminutivo, a veces el hipocorístico denota una confianza absoluta con quien, en otro momento, ha supuesto un obstáculo «es lo que Pepe me aseguró», por lo que los insultos, los sentimientos peyorativos, no pueden ser tomados demasiado en serio. Son experimentos que se suceden en esta novela experimental. Nada es lo que parece. Incluso quien aparenta llevar las riendas en un principio, el protagonista, ya nos avisa de que nada es real, ni siquiera él mismo «no hay nada seguro […] Empezaré poniéndome un nombre […] Bloss». Así que no es raro que vaya cambiando de parecer y de forma de ser según con quién esté. No tiene una personalidad definida. Al principio se describe como un héroe novelesco, como un macho típico de película, alguien irreal que, sin embargo, se va haciendo más auténtico según experimenta, porque en esos momentos es cuando se porta como es y, en realidad, su experimentación reside en convertirse en el pretendido héroe. Por eso es necesario que esa imagen proyectada al principio quede destruida, y no será hasta el final de la novela cuando las bravuconerías del inicio cobren sentido, formando un círculo que lo oprime en un determinismo fatídico. Sin embargo el final podría ser diferente en la realidad ficticia que enmarca esa novela escrita a seis manos.

De hecho, Nueve semanas puede ser el experimento inicial (ficticio) que luego P.L. Salvador y Mercedes de Miguel llevarán a cabo en 2020. Lo ficcional y lo real se entremezclan constantemente, las alusiones literarias reales conviven con menciones a personajes reales que se comparan a los imaginarios, «Se da un aire a Juanjo Puigcorbé. Bueno su rostro es un poco más amable, pero los dos miran igual-igual».

Si en La extraña curación de Marta hay una parte que es casi un libreto teatral, en Nueve semanas tiene lugar el ensayo de una escena entre Églex y Nené, paradójicamente escrita por Églex para representarla, en un encuentro con Dedé, lo más natural posible. Nada es la verdad que aparenta. Los ocultamientos son habituales en la novela; conforme se va desarrollando la trama, se van abriendo misterios que creíamos resueltos anteriormente, ¿Quién es Bloss en realidad? ¿Qué relación tiene Dedé con su padre d. José? ¿Cuál es el verdadero vínculo entre José y Nené? ¿Qué papel juega Kladd en todo el asunto? ¿Hay realmente un negro o se trata de un escritor independiente que inventa una trama novelesca absoluta?

No cabe duda de que los experimentos formales y de contenido, la mezcla de términos tabú con otros coloquiales, cultos y en desuso, la duplicación de grafemas, palabras, parejas de personajes, enredos, acciones… permiten que la realidad propuesta sea ante todo ficticia. Asimismo, la velocidad hiperbólica de los sucesos queda acelerada aún más, si cabe, con la escritura rápida, algo que conmociona a lector al tiempo que, una vez retomado el ritmo normal, relaja su tensión, pues es consciente de que está leyendo una obra literaria, aunque en ocasiones nos hayamos identificado con los sentimientos del protagonista «Loquito (estoy)».

Y es una obra literaria absurda, deliciosa. Sin embargo destila cierta crítica al papel demiurgo que juegan las editoriales en la sociedad, y los efectos de los mass media en las publicaciones. Esta novela humorística segrega una clara dureza en el tratamiento que la publicidad otorga a la calidad de la literatura mediática y a la calidad del ser humano.