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lunes, 29 de junio de 2020

AGATHA JONES Y EL MISTERIO DEL DIAMANTE HOPE



Está claro que Agatha Christie está detrás de Agatha Jones y el misterio del diamante Hope. Una de las novelas más famosas de la autora es The secret of Chimmeys, obra de misterio que transcurre en una casa solariega de Londres en la que un ladrón esconde una joya. En 2010 esta novela se adaptó como película para televisión en la que se incluyó a una de las detectives más entrañables de Agatha Christie, Miss Marple.

Por otro lado, también de la escritora número uno en novelas de misterio encontramos La aventura del Estrella del Oeste, un relato que pertenece al libro Poirot investiga. En este relato, Christie presenta a Mary Marvell, una estrella de cine belga que, durante su visita a Londres recibe unas cartas para que devuelva el diamante Estrella de Occidente, que le regaló su marido por su boda, al lugar que le corresponde, pues era el ojo de un ídolo. En este caso será Poirot el que resuelva el caso.

En Agatha Jones y el misterio del diamante Hope, Pepa Mayo une datos y situaciones de estas novelas protagonizadas por Miss Marple y Hercules Poirot para crear una nueva trama en la que la detective es una niña, Agatha Jones, que ayudada por la anciana Miss Apple y su sobrino policía George, deberán descubrir lo ocurrido a una famosa actriz de teatro, May Yohe, cuando acude a la localidad de Torquay para representar “Las aventuras del pequeño Cristóbal Colón”. La actriz podrá residir en Torre Abbey, una finca muy importante de la ciudad en la que se ofrece una recepción para todos los habitantes y donde tiene lugar el robo del diamante Hope, joya que llevaba puesta May en el evento y que le regaló su exmarido, Lord Francis Hope, cuando se casaron. Al diamante lo envuelve una maldición, que supuestamente recaerá en sus dueños o familiares, porque «originariamente adornaba el tercer ojo de la diosa Sita en un templo de la India, hasta que un sacerdote hindú lo robó».

No es la primera vez que escritores de literatura infantil y juvenil acuden a personajes consagrados de la literatura para adaptar sus aventuras a los más pequeños. Esto es un arma de doble filo porque en algunos casos el resultado es demasiado simplón o insulso. Pero en otros es un acierto. Se me ocurre, después de leer esta novela, Sherlock Holmes y el caso del diamante desaparecido, escrita e ilustrada por Sam Hearn, londinense que lleva tiempo “interfiriendo” en los libros de otros autores; en el caso citado, los personajes de Holmes y Watson regresan a sus infancias para investigar el robo de un diamante en un museo. Hearn no adapta la obra de Conan Doyle; se inspira en ella y utiliza el nombre y los rasgos de personalidad de los protagonistas (no faltan Moriarty ni Baskerville). Es una buena idea para acercar los grandes a los niños.

En el caso de Pepa Mayo, las alusiones a la escritora británica y a su obra son evidentes, pero también recordamos en el título al aventurero Indiana Jones. Todo un compendio fantástico para atraer a los más pequeños. La novela está ambientada en el siglo XX, la época de Agatha Christie, y la de Enid Blyton, escritora cuyo estilo me ha recordado el de Pepa Mayo. Escritura ágil, sencilla, con personajes infantiles dotados de libertad, seguros de sí mismos, con bastante desconfianza hacia los adultos. De hecho es la propia Agatha la que ofrece las pistas a la policía para dar con el culpable del robo. La niña-detective es la que experimenta en la trama situaciones extremas, que pueden generar en el lector infantil una gran tensión psicológica unida a fuertes deseos de avanzar en la lectura. Agatha es la que ve cómo hablan determinados personajes y cómo actúan de forma sospechosa; así el lector va cambiando, con ella, en la convicción de posibles culpables. Agatha es también la que ha sido amenazada para que deje la investigación. Todo esto la lleva a ser un personaje literario, irreal aunque verosímil, como las protagonistas de Blyton, porque en realidad estos niños, audaces y decididos, están siempre arropados por la familia.

La narrativa de Pepa Mayo inspira a los lectores pero también explica, para poder desmitificar las acciones de la detective aficionada al basarlas en el razonamiento. La obra sigue una estructura lineal; está dividida en veintiún capítulos cuyos títulos nos van guiando sobre lo que va a pasar aunque sin desvelar datos importantes. Así empezamos el recorrido por La invitación, donde la familia Jones queda convocada para la recepción que tendrá lugar en Torre Abbey con motivo de la llegada de May Yohe, y la terminamos en Torquay vuelve a la normalidad, cuando han sucedido los hechos que han revolucionado el lugar por unos días. El lector se ha dado cuenta de las dotes de Agatha para la investigación y la deducción, y se ha enterado de su intención de ser escritora cuando sea mayor. Otro guiño más a Christie.

El libro es entretenido, divertido. Los capítulos no son excesivamente largos, de manera que ningún lector, por principiante que sea, lo deje a medias. La letra y la disposición de lo escrito, como es habitual en Cazador de ratas, son perfectas. Todo facilita la lectura. Uno de los aciertos definitivos son las ilustraciones de Enrique Carlos Martín. Increíbles. Los dibujos tienen tal movimiento que facilitan la comprensión del argumento, no son un acompañamiento al escrito, se trata de información aclaratoria. Las imágenes despiertan en los lectores el gusto por la estética y, sin proponérselo, ayudan a aumentar su memoria y su creatividad.

Los trazos son espontáneos, de diferente grosor; en blanco y negro o a color, da lo mismo, atraen desde el primer momento. A partir de 7 u 8 años los niños pueden leer con facilidad esta aventura de Agatha Jones, aunque siempre es bueno que un adulto los ponga en situación de cuáles son los personajes en los que se inspira la trama. Podrán formarse futuros lectores apasionados por el misterio.

No todo es mérito de las ilustraciones, la narrativa es fluida, el vocabulario es coloquial aunque las oraciones están muy bien construidas. Al ser una literatura enfocada para los pequeños, el narrador en tercera persona no se pierde en explicaciones inacabadas, sino que con las palabras justas, ayudado por alguna imagen o comparación, es capaz de relatar los hechos con bastante acierto para mostrar unos personajes infantiles que no quieren ser manipulados, que reclaman su derecho a que se les tenga en cuenta «Agatha observaba con atención cómo los policías buscaban pistas en el jardín […] Mientras los demás saboreaban su chocolate ella no perdía detalle de todo lo que la rodeaba. Observar cómo la cocinera troceaba zanahorias y ponía a hervir patatas, era relajante».

Los diálogos refuerzan la narración, son abundantes y aportan bastante ritmo a la trama, pero lo más importante es que sirven para establecer relaciones entre los personajes y aportan algo de profundidad a los mismos. No todos son niños, pero los que aparecen usan un lenguaje propio de ellos «—¡Estoy jugando con los soldados que me trajiste de Londres!», por lo que el léxico adulto-infantil se complementa y pasa a ser un recurso con bastantes posibilidades, pues en ningún momento se abusa de los diminutivos ni expresiones simplificadas que empobrecen la narración.

Creo que es difícil valorar la literatura infantil porque consideramos, en general, que el lector al que va dirigida carece de exigencia. No he leído demasiada literatura de este tipo, pero sí literatura, sin adjetivos, por eso puedo recomendar esta novela. Para los más pequeños se abre un mundo de posibilidades a la literatura. La situación y los personajes son atemporales; aunque es obvio que el tiempo del argumento es el siglo XX, cualquier niño puede verse reflejado en la trama. Y lo más importante, la finalidad de Pepa Mayo es conseguir que los lectores se diviertan. No tiene un final moralista ni didáctico, aunque se premie la curiosidad y el razonamiento.

Novela infantil muy completa, divertida, muy bien editada y, dentro de los clásicos, original.

jueves, 12 de marzo de 2020

DONDE EL PERDÓN NO LLEGA



He leído una novela, regalo de David, mi amigo en la distancia, que me ha provocado una serie de reacciones aún inacabadas. He buscado en el diccionario (después me he dado cuenta del Glosario final que me hubiera ahorrado alguna que otra visita al DRAE), he releído apuntes sobre la literatura mexicana, he mirado un mapa para situar el lugar exacto de Jalisco y Morelos (tal es mi ignorancia geográfica), he revisado los Cuentos de muerte y demencia de Poe, he ojeado algunas novelas gráficas como V de vendetta para cerciorarme de que Donde el perdón no llega es una novela global, posmodernista, que acoge al costumbrismo tranquilo de principios del siglo XX en un lenguaje pausado, culto, con tintes del cuento tradicional «Doña Capulina vivía de un modo humilde en una hacienda a las afueras, donde había nacido y en la que, afrontando incontables vicisitudes, su madre, viuda prematura, logró sacar adelante una familia numerosa», junto a un realismo punzante, lleno de asperezas y actos sádicos que dan como resultado una historia irreverente, agresiva, con apuntes escatológicos de la vida contemporánea en la que el alcohol y las drogas se unen a la música, el cine, la prensa, la publicidad e internet para dibujar un ambiente surrealista, marcado por la alucinación y la muerte, producto de una visión curtida de la existencia en la que «poseer un corazón incapaz de endurecerse lo predisponía al sufrimiento».

El mundo del cómic tradicional, «se irguió como un obelisco al que el recién llegado tuvo que mirar con la cabeza alzada», conecta con el de seres fantásticos e imágenes informáticas para eliminar la diferencia entre realidad y ficción «‟¡Guácala! ¡Cuánta sangre! Se aseguraron de que entregaban la cuchara” —ironizó el alebrije— “Pues son ellos. No hay duda” sentenció tras agacharse sobre el periódico con las piernas muy abiertas y acercar el hocico a la fotografía». La interdisciplinariedad consigue que las noticias de radio expongan mediante una tipografía adecuada, espectáculos populares destinados a adormecer la mente de los espectadores, junto a imágenes del subconsciente, en una suerte de realidad fantástica donde el surrealismo termina por devorar a unas mentes dañadas por la culpa, condenadas a un caos eterno.

¡CHIVAS CERO, AMÉRICA UNO!
¡Cuauhtemoc los engañó a todos! Como el Gordo engañó al Tuna para llevarlo al sótano de la hacienda y matarlo a golpes.
¡Se lo platicamos todo!... fffff»

Ángel Vela se vale de los mass media para tomar un punto de vista desde el que mirar el mundo, una perspectiva que le ofrece al lector en reflexiones brillantes, para que perciba brutales referencias que no son sino las críticas del propio autor, aunque en ocasiones parezcan una satisfacción sádica del personaje «Tras asegurarse de que Castillo lo había entendido, el Gordo, revolver en mano, siguió golpeándolo en la cabeza hasta hacer que perdiera el sentido».

Vela es un pensador que disemina por el texto actos irreverentes constantes que repugnan, con el fin de desvelar la mentira en la que se ha convertido la verdad pública. El autor, huyendo de prejuicios intelectuales, ha comprendido que vivimos en una sociedad formada por una masa enfermiza ávida de terror, e intenta solidarizarse con los necesitados, con aquellos que sufren constantes abusos:

un joven de trece años que era su proveedor habitual […] observaba a un enjambre de niños enzarzados en lo que parecía una pelea de gallos […] un ejemplar del Heraldo de Jalisco […] se esmeraba por compensar su carencia de profesionalidad, rigor o recursos con el sensacionalismo más incendiario y truculento.

La histeria irracional en la que nos hayamos inmersos se intensifica con imágenes esperpénticas que bestializan al protagonista de tal manera que el calvario sufrido se transforma, por obra de las onomatopeyas del cómic, en histriónico, absurdo, escatológico y cruel al plantear la pérdida de excrementos como paso previo a la última realidad vivida:

Sus labios anestesiados por la cocaína y el alcohol y una lengua atrofiada que le estorbaba en la boca hicieron que sonaran como el bronco ladrido de un bull terrier […] —¿Hnnnde?, ¿aggg’hnnndetagh?— reiteró, con una nueva remesa de ladridos y escupitajos […] una andanada de vómitos que […] le quemó la garganta al tragar buena parte […] hasta perderse en el interior de aquella camisa que había heredado de su padre […] incapaz de soportar el martirio, perdió el conocimiento.

En esta novela posmodernista el narrador no analiza los hechos, simplemente va exponiendo una serie de costumbres enraizadas en el campo con otras que tienen lugar en la ciudad y consigue, paradójicamente, igualar a los personajes a través de la brutalidad. El dolor, la miseria, el alcohol son los responsables de que todos se conviertan en animales a los que el instinto de supervivencia aconseja aguardar la ocasión propicia para atacar. Pueden esperar inmersos en el infierno horas, días o años, el tiempo necesario hasta estar seguros de conseguir su trofeo.

Silencio, pero más allá de aquel rostro torvo se advirtió un rencor mal contenido.
     La presa está perdida, quebrada hasta sus cimientos. Que se derrumbe ya solo es cuestión de tiempo.

Ángel Vela une diferentes modos de narrar, convencional, fragmentario con analepsis y prolepsis, inversiones en el tiempo con flashback , variadas disposiciones de grafías… En Donde el perdón no llega no hay centro desde el que parta el relato; toda la novela es una sucesión constante de fragmentos, anécdotas surrealistas que se unen a otras, evidentemente reales, en un cronoespacio caótico, en el que resuena con fuerza la sociedad macabra gobernada por un poder divino tan falto de piedad como el humano «la patrona tomó a la pequeña, muerta y ungida en sangre, y la acunó […] Una escena inmortalizada por los artistas, aunque amén de encarnar el amor filial se consagraría a la demencia».

Los dos protagonistas principales, El Gordo y Diego Morales, se presentan, en un principio, como personajes antitéticos, uno vive en un campo de México, el otro reside en Estados Unidos, uno no tiene cultura, el otro es un médico eminente. Pero estas diferencias se van difuminando hasta que entendemos que sus papeles son intercambiables, pues ambos han llevado una vida marcada por el odio. Esto y un determinismo absoluto consiguen exponer la inexistencia de la salvación. No hay perdón para quienes viven en una pérdida constante de referentes éticos, al contrario, todos están condenados a la desesperanza, al horror de sentir constantemente rotos sus ideales.

La novela contiene una gran carga de estética simbólica no sólo en la interdisciplinariedad con los media; los personajes saben dónde quieren ir aunque cambien de opinión sin pensar en las consecuencias; no hay situaciones cerradas para ellos, nada termina porque la vida se encargará de formar un bucle para que se repita una y otra vez la misma reacción en los descendientes de la culpa.

El poder del narrador es absoluto; al igual que los personajes su actitud cambia según la circunstancia, así encontramos al omnisciente que refleja lo que va ocurriendo, pero sabe tanto sobre lo que piensan sus protagonistas, pobres marionetas en sus manos, que adquiere formas fantásticas; de hecho, el alebrije es para el Gordo un narrador que le informa y llega a transformarse en entrevistador capaz de usurpar la mente de Morales «No te hagas el pendejo, cabrón. Claro que lo sabes. Lo sabes de sobra». Después va tomando el aspecto de su propia conciencia para, una vez unida a las acusaciones de Morales, caer destrozado

«Ni modo, cabrón ¿A poco no estás viendo las pruebas? Sabes mejor que nadie que son auténticas»
—Lo es —sentenció Morales […]
«Son los últimos coletazos antes de caer derrotado» intuyó Morales.

El ritmo tampoco es constante, va cambiando con ayuda de metáforas fluviales, gestos y términos musicales; las preguntas retóricas en pasado, anulan determinaciones de actos que se llevarían a cabo en el presente «¿era justo que pagase por algo que no recordaba?».

Los términos cultos conviven con la jerga de los trabajadores, términos localistas, tecnicismos y coloquialismos. Todo un compendio de léxico capaz de abarcar la totalidad, como los temas: «dentadura hermética», «spanglish», «sui generis», «singladura», «una chica fresa», «shopping», «circundó», «sobriedad», «carente de acritud», «amigui».

Los adjetivos antepuestos remarcan un lugar inexistente «ignoto lugar del cerebro», los sinónimos contextuales agilizan la lectura «recién llegado – cautivo del tiempo». Las anáforas inciden en la dureza de la vida natural, «campos que desde la distancia […] Campos en los que las recientes lluvias», algo que se hace evidente mediante las comparaciones «como integrantes de un numeroso ejército» y metáforas animalizadoras «la serpiente de polvo que la camioneta levantaba».

Asimismo las hipérboles, de tan exageradas, aportan un aspecto humorístico, aunque a veces, la mayoría, nos tiña de negro la narración «comenzó un trago con tintes de eternizarse mientras que el Tuna lo contemplaba atónito», «Así prosiguió, alimentando su ánimo de nimiedades, hasta que pisó a fondo el embrague y, en lo que parecía un frustrado intento de partir la palanca de cambios, metió la marcha atrás».

Ángel Vela emplea todo un arsenal de recursos y técnicas en esta increíble novela para exponer situaciones vividas a diario, tragedias que se instalan en el ser humano porque conjugan el dolor físico, brutal, con el psicológico, aún peor, haciendo de los hombres peleles del destino.

miércoles, 30 de octubre de 2019

LLORA EL CUERVO GRIS



La idea de vender el alma al diablo es muy antigua. Además, sabemos que este ser maléfico, gobernador único de su espacio, no se anda con tonterías, no da segundas oportunidades ni quiere consejo de nadie.

Llora el cuervo gris sería una película de terror estupenda. Comienza con unas escenas inquietantes en la montaña, donde el brujo Unay habla con el viento y con el propio diablo que, en forma de gaucho, llega a avisarle de que un invitado hará su aparición y lo quiere para él. Unay no debe inmiscuirse en lo que ocurra, ni avisar al recién llegado de nada, pues en caso contrario lo pagará durante la eternidad.

El espacio cambia hasta el despacho del abogado Andrés Wisner, quien consigue exculpar a su cliente y amigo, Luciano Aguilar, de violar a una discapacitada que trabajaba para él.

Como premio por su trabajo Luciano propone a Andrés que se haga pasar por él y vaya a ver a su abuelo nonagenario y ciego, que no lo ha visto en su vida para, con sus dotes de orador, tratar de convencerlo a que ponga la hacienda de La Rosalita, un gran terreno escondido en lo más profundo de la sierra, a su nombre. De este modo, cuando muera el abuelo se la repartirán entre los dos. El abogado acepta y llega hasta el señor Rosales, un hombre increíble capaz de correr por las montañas sin ayuda, a pesar de tener noventa años y no ver absolutamente nada. Todo se complica con una salida que hacen al monte Andrés y los trabajadores del señor Rosales, Osvaldo, Manuel y el gaucho Fierro, pues una fuerte tormenta consigue separar a Andrés del resto. De vuelta a la hacienda, lo dan por muerto y el anciano, apenado, acepta que alguien entre a su habitación y lo mate. La tormenta continúa mientras desaparece Martín, el segundo hijo de Manuel, el primero ya lo hizo tiempo atrás y todos pensaron que se lo llevó el diablo. Pero a la mañana siguiente, Andrés llega a la casa, desconocido. Todos se dan cuenta de que ha cambiado así que deciden abandonar La Rosalita por no llamar a más desgracias.

Sólo permanecen Andrés —porque cree estar en su derecho— y Fierro —porque tiene la intención de quedársela—. En un último debate sobre a quién le corresponde, Fierro se abalanza con un cuchillo sobre Andrés.

En la última escena, Luciano va a ver su hacienda y a hacerse pasar por el amigo del nieto del señor Rosales, pero allí no queda ningún ser humano, sólo algo que lo atormentará el resto de su vida.

El cuervo ha estado presente en los mitos y leyendas como mediador entre la vida y la muerte. Es de suponer, por lo tanto, que ni la situación de Luciano Aguilar, el depravado nieto de Rosales, ni la de Andrés Wisner, su abogado sin ética ni moral algunas, va a ser favorable.

El viejo Rosales, ciego, está simbolizado con el cuervo. La oscuridad que lo rodea no impide que se mueva con la agilidad y destreza propias de un hombre joven. Este cuervo tiene siempre a su lado a Fierro quien, como si fuese su sombra, lo cuida, acompaña y aconseja hasta doblegar su voluntad y conseguir que acepte sus condiciones. Fierro es quien da las órdenes en la hacienda y en cuanto ve peligrar lo suyo quita de en medio el peligro, sea lo que sea o quien sea.

Las creencias de la Pampa quedan inmersas en la novela. Los personajes están atrapados por el monte y viven atemorizados por las supersticiones, sin saber que donde verdaderamente está el peligro es en la realidad en la que se mueven. Uno de ellos, encarna al diablo y los tiene a todos a su disposición, obtiene el respeto y temor de los adultos, el cariño de los niños y el sexo de las jovencitas. Todos viven en un mundo paralelo dominado por el Huayra Moyoj que no dejará a nadie entrar en sus dominios. La perversión de la ciudad no impregnará el monte, éste se rige por otras crueldades.

Rubén Risso ha pretendido sobre todo sembrar el miedo en el lector; sin embargo las emociones asociadas a este sentimiento no aparecen durante la lectura ya que a ésta le falta fuerza. Está claro que visualmente, con escenas de la naturaleza hostil, la historia ganaría en tensión, pero a la escritura le falta un clima intenso, necesario para que los capítulos se conecten con la angustia requerida en una novela de terror.

El lector de Llora el cuervo gris no termina de imbuirse de la sensación terrorífica capaz de paralizarlo al mismo tiempo que lo hacen los personajes. Apenas reaccionamos con la desaparición de Martín o la muerte del señor Rosales, da la impresión de que todo estaba previsto, por lo que las expectativas iniciales decaen en el transcurso de la trama.

¿Por qué no está conseguida la intriga? El autor omite información significativa por no desvelar ningún misterio que pueda estropear el final. En realidad, la novela podría ser un perfecto manual de los elementos necesarios en una novela de terror: protagonista antihéroe que pasa por situaciones comprometidas; con un objetivo claro y una resolución del conflicto justo al final. Pero le falta gancho. Al leerla no se nos acelera el corazón. La clave está en el lenguaje. El narrador no sólo cuenta con un estilo culto sino que, a veces, los términos empleados son algo rebuscados; las descripciones pretenden tal precisión que eliminan cualquier trabajo a la imaginación, al tiempo que ralentizan el ritmo y aportan relajación a la lectura, «Se enjugó la transpiración con el puño de su camisa […] una innumerable cantidad de enredaderas reptaba por las paredes, ocultando la pintura casi en su totalidad, reemplazando el blanco por un verde vivo. También eran plantas duras, casi imposibles de arrancar […] Maldijo groseramente y luego caminó por la galería. Esperaba que la puerta no estuviera igual.
La puerta mosquetero lucía su grisácea y oxidada tonalidad, libre de hiedras o enredaderas…».

Además hay alguna errata (eso espero) en la escritura, como la utilización de la conjunción adversativa en vez de la partícula introductoria condicional, «¿Qué iba a hacer sino?» El mal empleo del número gramatical se cuela en ocasiones, «Había hecho negocios disparatados y obtenidos resultados». Asimismo encontramos algún término no registrado en el diccionario, «carnero desgollao…» y uso del adjetivo en vez de el sustantivo correcto, «Preso de la incomodidad».

Si estas incorrecciones dificultan la lectura, también le quitan fuerza los vocablos demasiado cultos o las expresiones algo edulcoradas pues exponen una visión un tanto machista o anticuada

Danzaban una danza siniestra y macabra, y se detenían solo para pelearse o fornicar entre ellos.

Fierro.[…] el héroe más suertudo, pues las hijas de Osvaldo no dejaban de abrazarlo, besar sus mejillas y seguirlo a todas partes […] Osvaldo fue quien le advirtió que volviese a ser el mismo antes de que lo retara a un duelo de facones.

Pero la historia es interesante, la solitaria vida del gaucho se adivina entre la superstición y las creencias malignas, sólo falta algo de madurez en la escritura.