¡Qué sensación de paz al terminar esta
novela! ¡Qué sosiego mientras recorremos las cuatrocientas sesenta páginas en
un abrir y cerrar de ojos! Empezamos a Leer Cambiar el agua de las flores
y no podemos dejarlo. Es cierto que los capítulos cortos ayudan a querer leer
un poco más. Puede ser que nos sintamos atraídos por conocer mejor a esa
persona que no abre el relato de su vida contando su vida sino hablando de sus
“vecinos”, de lo que no hacen. Y en esa sucesión de negaciones certificamos el
ritmo de la vida; acelerado. Una serie de conceptos de los que apenas
disfrutamos, no nos paramos a saborearlos, es la rutina de nuestra existencia,
las ideas que van surgiendo a nuestro alrededor hasta que dejamos de ser. Y ya
nada tiene arreglo.
Cambiar
el agua de las flores es un canto a la vida, a renovarnos
constantemente antes de llegar a corrompernos, mantenernos siempre con la
frescura de una inocencia que no conoce el odio.
Valèrie Perrin escribe la vida de Violette Trenet, una niña que, sin padres, pasa su infancia en distintas casas de acogida hasta que consigue un trabajo de camarera y Philippe Toussaint se queda prendado de ella. Philippe le da su apellido al casarse con ella cuando aún era una adolescente de 17 años. Leonine, hija de ambos, es toda la vida de Violette porque Philippe, desde el primer momento se descubre como vago y mujeriego, algo que ella tolera para que la niña no eche en falta nunca la presencia y el amor de un padre.
Violette Toussaint ejerce primero de
guardabarreras del tren y después de guarda del cementerio. Pero en su vida se
van cruzando otros personajes con cierta importancia para la trama de la novela
y para su día a día. Son los otros, realmente, los que van transformando a la
protagonista y ella va incidiendo a su vez en sus vidas. No concebimos a
Violette sin Sasha, ni la felicidad de este sin la presencia de aquella. Los
padres Prudents son quienes dan un giro decisivo a la vida de Violette. También
Philippe, sin querer saber nada de ella, contribuye a su felicidad.
Hay otro personaje crucial que
Violette conoce a través de su diario. El diario de Irène obliga a detenernos
como si estuviésemos ante un cuadro. La acción se paraliza y las vidas de Irène
y Gabriel nos salpican; su relación queda al descubierto y entendemos la
idealización del uno por el otro. Es una relación a distancia y los encuentros
esporádicos le dan un tinte poético que ayuda a Violette a entender su propia
situación.
El espacio principal es el cementerio,
el mundo de la novela tiene allí el acontecimiento crucial para el desenlace
decisivo en la vida de Violette. Al final, conocemos a todos los personajes:
los enterradores, el de la funeraria, el padre Cédric, algunos muertos, Celia,
a la que puede considerar amiga de verdad, y sobre todo conocemos a Nathan y
Julien. Imprescindibles.
Cambiar
el agua de las flores son 94 capítulos encabezados por un
epígrafe descriptivo de lo que luego se contará en ellos. A modo de sentencias
o metáforas morales, nos predisponen a entender el significado de lo expuesto
en el capítulo. Esto es importante porque dosifican el ritmo de lectura
permitiéndonos pausas para asimilar la trama. A veces simulan un epitafio que
recuerda a quien está enterrado y del que luego tratará el capítulo «Que tu reposo sea dulce como tu corazón fue
bueno».
El capítulo 1 es una relación
anafórica de acciones negadas, ya no se hacen; por el efecto del asíndeton
aceleran el ritmo del discurso consiguiendo una gran fuerza expresiva, capaz de
anular todo lo que creemos haber sido, como si nuestros actos no tuvieran en
realidad la importancia que les damos porque no hay nada que dure para siempre.
La novela se abre con una letanía que va negando todos aquellos momentos
comunitarios o individuales. El capítulo 1 tiene una función simbólica, actúa a
modo de mantra para llamar nuestra atención e intensificar la emoción que nos
supone. La suma de imágenes que aporta ayuda a conformar un retrato mental del
tema sobre el que trata la novela, expuesto en el epígrafe, mientras que carga
de solemnidad todos los momentos cotidianos.
En el capítulo 2, la protagonista se
presenta y nosotros comenzamos a conocerla: a pesar de que vive rodeada de
ausencias se siente plena «Yo deambulaba
sola en medio de las avenidas, leyendo el nombre de gente que no conocería
jamás. Sin embargo, casi de inmediato me encontré bien. En mi lugar».
Violette nunca ha tenido demasiado, nunca ha pedido más; se ha adaptado a la
circunstancia que la envolvía. Los golpes que le ha dado la vida no han minado
su esperanza. Es su propia bondad la que consigue que viva con un resto de
ilusión. Incluso el cementerio, y lo que representa, queda aceptado. Hace suyo
ese lugar. Ella es la dueña de ese dolor y como tal, lo cuida, lo mejora a cada
momento. Eso hace que ella también se sienta bien, «conozco a todo el mundo. Incluso a los habitantes que aún no tienen
muertos en mi casa».
Hay capítulos que configuran un poema.
El 68 es una elegía a Leonine, su hija, donde todo su dolor, que dura una vida,
cabe en dos páginas.
Otros conforman una novela negra
contada a intervalos. Mantenemos la tensión hasta el final, cuando se resuelve
el incendio del castillo.
Todos aquellos que giran en torno al
cementerio forman una novela costumbrista; la vida allí tiene otro ritmo aunque
también hay costumbres, cotilleos y pequeñas venganzas.
Cambiar
el agua de las flores no es una novela al uso. Al leerla,
nuestro cerebro interpreta la información, que va ofreciendo de forma sesgada,
y la organiza hasta que somos capaces de percibir la realidad de manera
diferente a los hechos, hasta que recibimos la esencia de lo que nos quiere
comunicar la autora. De ahí que, a pesar de que aparecen fechas continuamente,
exista cierta distorsión temporal; el tiempo no se muestra con una línea
habitual, Violette no envejece en nosotros, estamos en un presente continuo en
el que la vemos como lo hizo Philippe Toussaint la primera vez.
Los capítulos cortos, las frases
cortas para contar una vida generan una contradicción tensional; la cadencia de
las oraciones simula un movimiento que contrasta con la quietud del entorno. El
estilo de Valèrie Perrin tiene un alto poder descriptivo, sensorial, de forma
que incluso las contradicciones se revelan en nuestra mente como una fotografía.
Las sensaciones de vida complementan el espacio de muerte. No estamos en un
cementerio al uso, es un lugar tranquilo, perfecto para analizarse, empatizar y
renacer.
El estado emocional de Violette es el
eje de la novela. El mundo interior, los pensamientos van calando hondo en
nosotros; no hay abstracciones, todo está formado por gestos, acciones que
vemos, oímos y compartimos.
Violette va contando en primera
persona, según recuerda, según enlaza… A veces aparece la tercera persona
omnisciente para relatar algo de otro personaje pero, es tan íntima que parece
su propia voz. Todos forman una novela coral en torno al cementerio de
Brancion-en-Chalon, un pequeño pueblo de Borgoña.
El estilo de Perrin queda marcado por
la cadencia nostálgica con un efecto sensible y catártico en el lector. El
equilibrio narrativo es evidente. Incluso Violette parafrasea el pensamiento de
otros adaptándolo a su voz; de esta forma integra las dos voces y controla su
perspectiva narrativa «En ocasiones, se
encuentran de frente y hablan del buen tiempo, de los niños, de los nietos y
muy pronto, se da usted cuenta, de la llegada de los bisnietos». No es
difícil encontrar reflexiones sobre la forma de vivir; son meditaciones
filosóficas que nos llegan para ver lo fácil que es sentirnos afortunados «Una vez cerradas las verjas el tiempo me
pertenece. Yo soy su única propietaria […] es uno de los mayores lujos que un
ser humano puede darse».
Y no debemos olvidar el humor que
envuelve las páginas; el que predomina es el humor blanco, el buen humor, sin
referencias, sin ser ofensivo. Otras veces aparece el humor absurdo que acentúa
la falta de coherencia que nos embarga por momentos «…le pido que me hable de su madre. Él parece reflexionar unos
instantes, encuentra inspiración y responde: —Era rubia natural. Y luego nada».
El humor metafórico indica su toma
férrea de decisiones «Me sirvo una gota,
poco más que una lágrima y bebo con él. —¿Es todo lo que bebe? —Soy una guarda
del cementerio, no bebo más que lágrimas».
Y el humor irónico le sirve para
quitar la excesiva importancia que algunos trabajadores conceden a lo que hacen
«Tenían dos días para enseñárnoslo todo,
explicarnos los trucos del oficio: bajar y abrir la barrera».
Hay un equilibrio perfecto en la novela. Nadie queda eclipsado porque todos están tratados con cariño, para que entendamos las razones por las que han actuado de determinada manera.



No hay comentarios:
Publicar un comentario