miércoles, 30 de octubre de 2019

LLORA EL CUERVO GRIS



La idea de vender el alma al diablo es muy antigua. Además, sabemos que este ser maléfico, gobernador único de su espacio, no se anda con tonterías, no da segundas oportunidades ni quiere consejo de nadie.

Llora el cuervo gris sería una película de terror estupenda. Comienza con unas escenas inquietantes en la montaña, donde el brujo Unay habla con el viento y con el propio diablo que, en forma de gaucho, llega a avisarle de que un invitado hará su aparición y lo quiere para él. Unay no debe inmiscuirse en lo que ocurra, ni avisar al recién llegado de nada, pues en caso contrario lo pagará durante la eternidad.

El espacio cambia hasta el despacho del abogado Andrés Wisner, quien consigue exculpar a su cliente y amigo, Luciano Aguilar, de violar a una discapacitada que trabajaba para él.

Como premio por su trabajo Luciano propone a Andrés que se haga pasar por él y vaya a ver a su abuelo nonagenario y ciego, que no lo ha visto en su vida para, con sus dotes de orador, tratar de convencerlo a que ponga la hacienda de La Rosalita, un gran terreno escondido en lo más profundo de la sierra, a su nombre. De este modo, cuando muera el abuelo se la repartirán entre los dos. El abogado acepta y llega hasta el señor Rosales, un hombre increíble capaz de correr por las montañas sin ayuda, a pesar de tener noventa años y no ver absolutamente nada. Todo se complica con una salida que hacen al monte Andrés y los trabajadores del señor Rosales, Osvaldo, Manuel y el gaucho Fierro, pues una fuerte tormenta consigue separar a Andrés del resto. De vuelta a la hacienda, lo dan por muerto y el anciano, apenado, acepta que alguien entre a su habitación y lo mate. La tormenta continúa mientras desaparece Martín, el segundo hijo de Manuel, el primero ya lo hizo tiempo atrás y todos pensaron que se lo llevó el diablo. Pero a la mañana siguiente, Andrés llega a la casa, desconocido. Todos se dan cuenta de que ha cambiado así que deciden abandonar La Rosalita por no llamar a más desgracias.

Sólo permanecen Andrés —porque cree estar en su derecho— y Fierro —porque tiene la intención de quedársela—. En un último debate sobre a quién le corresponde, Fierro se abalanza con un cuchillo sobre Andrés.

En la última escena, Luciano va a ver su hacienda y a hacerse pasar por el amigo del nieto del señor Rosales, pero allí no queda ningún ser humano, sólo algo que lo atormentará el resto de su vida.

El cuervo ha estado presente en los mitos y leyendas como mediador entre la vida y la muerte. Es de suponer, por lo tanto, que ni la situación de Luciano Aguilar, el depravado nieto de Rosales, ni la de Andrés Wisner, su abogado sin ética ni moral algunas, va a ser favorable.

El viejo Rosales, ciego, está simbolizado con el cuervo. La oscuridad que lo rodea no impide que se mueva con la agilidad y destreza propias de un hombre joven. Este cuervo tiene siempre a su lado a Fierro quien, como si fuese su sombra, lo cuida, acompaña y aconseja hasta doblegar su voluntad y conseguir que acepte sus condiciones. Fierro es quien da las órdenes en la hacienda y en cuanto ve peligrar lo suyo quita de en medio el peligro, sea lo que sea o quien sea.

Las creencias de la Pampa quedan inmersas en la novela. Los personajes están atrapados por el monte y viven atemorizados por las supersticiones, sin saber que donde verdaderamente está el peligro es en la realidad en la que se mueven. Uno de ellos, encarna al diablo y los tiene a todos a su disposición, obtiene el respeto y temor de los adultos, el cariño de los niños y el sexo de las jovencitas. Todos viven en un mundo paralelo dominado por el Huayra Moyoj que no dejará a nadie entrar en sus dominios. La perversión de la ciudad no impregnará el monte, éste se rige por otras crueldades.

Rubén Risso ha pretendido sobre todo sembrar el miedo en el lector; sin embargo las emociones asociadas a este sentimiento no aparecen durante la lectura ya que a ésta le falta fuerza. Está claro que visualmente, con escenas de la naturaleza hostil, la historia ganaría en tensión, pero a la escritura le falta un clima intenso, necesario para que los capítulos se conecten con la angustia requerida en una novela de terror.

El lector de Llora el cuervo gris no termina de imbuirse de la sensación terrorífica capaz de paralizarlo al mismo tiempo que lo hacen los personajes. Apenas reaccionamos con la desaparición de Martín o la muerte del señor Rosales, da la impresión de que todo estaba previsto, por lo que las expectativas iniciales decaen en el transcurso de la trama.

¿Por qué no está conseguida la intriga? El autor omite información significativa por no desvelar ningún misterio que pueda estropear el final. En realidad, la novela podría ser un perfecto manual de los elementos necesarios en una novela de terror: protagonista antihéroe que pasa por situaciones comprometidas; con un objetivo claro y una resolución del conflicto justo al final. Pero le falta gancho. Al leerla no se nos acelera el corazón. La clave está en el lenguaje. El narrador no sólo cuenta con un estilo culto sino que, a veces, los términos empleados son algo rebuscados; las descripciones pretenden tal precisión que eliminan cualquier trabajo a la imaginación, al tiempo que ralentizan el ritmo y aportan relajación a la lectura, «Se enjugó la transpiración con el puño de su camisa […] una innumerable cantidad de enredaderas reptaba por las paredes, ocultando la pintura casi en su totalidad, reemplazando el blanco por un verde vivo. También eran plantas duras, casi imposibles de arrancar […] Maldijo groseramente y luego caminó por la galería. Esperaba que la puerta no estuviera igual.
La puerta mosquetero lucía su grisácea y oxidada tonalidad, libre de hiedras o enredaderas…».

Además hay alguna errata (eso espero) en la escritura, como la utilización de la conjunción adversativa en vez de la partícula introductoria condicional, «¿Qué iba a hacer sino?» El mal empleo del número gramatical se cuela en ocasiones, «Había hecho negocios disparatados y obtenidos resultados». Asimismo encontramos algún término no registrado en el diccionario, «carnero desgollao…» y uso del adjetivo en vez de el sustantivo correcto, «Preso de la incomodidad».

Si estas incorrecciones dificultan la lectura, también le quitan fuerza los vocablos demasiado cultos o las expresiones algo edulcoradas pues exponen una visión un tanto machista o anticuada

Danzaban una danza siniestra y macabra, y se detenían solo para pelearse o fornicar entre ellos.

Fierro.[…] el héroe más suertudo, pues las hijas de Osvaldo no dejaban de abrazarlo, besar sus mejillas y seguirlo a todas partes […] Osvaldo fue quien le advirtió que volviese a ser el mismo antes de que lo retara a un duelo de facones.

Pero la historia es interesante, la solitaria vida del gaucho se adivina entre la superstición y las creencias malignas, sólo falta algo de madurez en la escritura.

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