Mostrando entradas con la etiqueta Fred Vargas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fred Vargas. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de enero de 2025

SIN HOGAR NI LUGAR

Sin hogar ni lugar forma parte de un trío de novelas referidas a Louis Kehlweiler, apodado el Alemán. Por algo que se me escapa (no he leído las dos anteriores) dejó la policía pero ahora, que se dedica a traducir a Bischmark, sus contactos anteriores le son imprescindibles para buscar pistas cuando lleva un caso entre manos. Como el de Clément Vauquer al que busca la policía porque fue visto durante días rondar dos casas de mujeres jóvenes a las que supuestamente asesinó tras entregarles una maceta donde dejó sus huellas. Clément le pide ayuda a la exprostituta Marthe y ella lo cree, fue su protegido de niño durante cinco años, cuando todos se burlaban de él y lo acosaban.

Marthe pide al Alemán que encuentre la verdad y él lo cobija en una casona ocupada por un viejo policía —Marc Vandoosler— y tres historiadores: Lucien, estudioso y profesor de historia contemporánea; el medievalista y sobrino de Marc, Marcus Vandoosler y el prehistoriador Mathias. Allí dejarán a Clément hasta encontrar al verdadero asesino. Pero a Louis no se le escapa que todo apunta al protegido de Marthe. Aun así es capaz de sacar informes a antiguos compañeros para enterarse de cómo va la investigación «—… quiero saber lo que piensa la policía de estos dos asesinatos […] Puede que ya hayan hecho el retrato robot. Me gustaría verlo».

De esta forma, sin que la policía sea consciente, se despliega en París una batida de búsqueda formada por Marthe y las prostitutas, con una labor muy concreta, Louis y los evangelistas, que luego resultarán claves para desvelar el final y la policía de París, que será fundamental con sus pesquisas y la maquinaria que pone en marcha cuando lo cree necesario.

Lo mejor de la novela es el enredo que va surgiendo a partir de los dos primeros asesinatos, «Era perfectamente posible matarse en el Loira, incluso en estiaje. Pero no lo era menos ahogar a alguien». Van saliendo casos ocurridos en otra ciudad, en otra época e incluso en la actual, cuando Vauquer está bajo la custodia de los evangelistas; algo que por un lado deja a Clément como un héroe y por otro, sigue siendo sospechoso.

Los lectores no sabemos qué pensar ni de quién dudar porque poco a poco aparecen personajes que podrían, o no, ser culpables «La hostia puta. Otra mujer. Louis calculó rápidamente. Había muerto entre las once y media y la una y media… Habían dejado al Podadera en el cementerio hacia las doce menos cuarto […] En cuanto a Clément […] había salido durante dos horas».

Pero Fred Vargas no está dispuesta a dar paso a la evidencia. Cada vez más, los personajes van demostrando aptitudes, actitudes y actividades que podrían señalarlos como culpables. Todos, antes o después están en la lista: el evangelista Lucien porque parece que quiere que apresen cuanto antes a Clément, la vieja Marthe, que actúa como la sombra de su “muñeco”, el jardinero del cementerio, el Podadera, al que Clément aseguró ver en una violación nueve años atrás, el padrastro del exdirector del colegio donde empezaron los asesinatos, un viejo raro, machista, que se recrea e inmortaliza a las víctimas… En fin, llega un momento, que durará hasta el final, que no sabemos quién será el o los asesinos «Si supiéramos comprenderlas […] Es la impronta del asesino, su marca de fábrica, su rostro inevitable. Su firma, de alguna manera».

Pues sí, Fred Vargas es una maestra de la novela negra y deja alguna pista de quién puede ser, pero no nos damos cuenta hasta que no hemos leído Sin hogar ni lugar. Entonces puede que pensemos que el final es un tanto endeble pero en realidad es una trama posible y entretenida.

El trato que da a los personajes es inmejorable; todos adoramos a Louis, con su punto de ironía, sin problemas para mentir a la policía o a quien haga falta si eso le hace saber lo que busca y obtener el favor que quiere «anoche me tomé la libertad de hacer unas cuantas llamadas al ministerio para hablar de ti. Me satisface ver que han dado resultado».

Casi todos los personajes son perfectamente reconocibles gracias a que cada uno tiene una peculiaridad: «Loisel arrastró los pies hasta el armario metálico. Producía un chirrido de patinaje en el linóleo». Las descripciones exageradas consiguen dibujar una sonrisa en el lector.

También la tensa situación que se da en casa de Vandoosler despierta nuestro sentido del humor. En general, Vargas trata con cariño a sus personajes, tanto si es para informarnos de su situación social actual como si es para que descubramos su personalidad a través de sus actos: si tus miserables chorradas de intelectual de mierda llevan al joven Clément a la cadena perpetua, te juro que te vas a comer un ejemplar de tu libro cada sábado […] Cuando el joven pasó delante de él, su corazón se aceleró, como si lo quisiera».

Los protagonistas sienten aprecio entre ellos, se nota y precisamente por eso la lectura es tan cómoda y atrayente. Son buena gente… aunque no todos.

Los lectores leemos con ganas las comparaciones irónicas con las que el narrador describe situaciones, «¡El comisario, flexible como un leño, no quería soltar su información!».

Las afirmaciones con las que se acusan unos a otros favorecen la lectura ágil y desenfadada por la imposibilidad que retratan, «… eres un cagueta compulsivo, Marc, y que habrías hecho un papel deplorable como soldado de trinchera».

Y es que los diálogos son originales, el humor que desprenden está oculto; a veces, algo perverso, pero siempre risueño; con esto consigue una prosa detallada y ágil al mismo tiempo. En las conversaciones encontramos oxímoros, contradicciones o ironías, por lo que nunca sabemos lo que piensan realmente unos de otros; no hay grandes golpes de efecto pero está claro que la atención del lector, y la tensión, no decae:

—…veo que planchas vestidos. ¿Hay una mujer en la casa o qué?

—¿Tan asombroso sería? —preguntó Lucien con arrogancia.

—No —contestó rápidamente Louis—. Pero… es por él, por Vauquer.

—Creía que era presuntamente inocente —dijo Lucien—. Así que no hay de qué preocuparse.

Son personajes logrados. Incluso los secundarios. Sigo encontrando en Fred Vargas el amor hacia los marginados, aunque en ocasiones no les falta ironía en los epítetos con los que son nombrados; encontramos al “Pastelero Valiente”, a quien conforme hablan con él pasan a nominar a lo largo de la trama como el “Pastelero Muy Medianamente Valiente”, el “Pastelero Cobarde” y el “Pastelero Miedica”.

Indudablemente el amor hacia los niños está en Marthe, que seguirá viendo a Clément como su muñeco, y el cariño hacia los animales lo ostenta, sobre todo, Louis, quien habla con su sapo Bufo cuando tiene que aclarar sus pensamientos «—Lárgate, Bufo— dijo Louis cogiéndolo con delicadeza. Estás sobrepasando tus derechos de anfibio».

Sin hogar ni lugar tiene un argumento perfecto y una trama adictiva en la que nunca dejas de señalar a los posibles asesinos. Las causas que llevan a cometer los crímenes son perfectamente realistas, aunque la historia sea fantástica —creo que son los personajes los que la dotan de imaginación—. Solo hay un punto feminista, o antifeminista, que rechina al final, justamente por tratarse de su autora, pero no me pongo tiquismiquis cuando he disfrutado tanto.

martes, 12 de marzo de 2019

EL HOMBRE DE LOS CÍRCULOS AZULES



Es una novela entretenida aunque se nota que es la primera de la serie. El caso es que leí La tercera virgen de Fred Vargas y me gustó tanto, sobre todo el tratamiento que hace de los personajes, que pensé sería bueno empezar por el principio de la saga; así que eso he hecho y, no es que me haya decepcionado, sino que se nota que es la primera. Porque Vargas ha ido mejorando, bastante, a la hora de narrar. En El hombre de los círculos azules encuentro a veces repeticiones innecesarias de términos, a veces, faltas ortográficas y otras, anacolutos

a causa de la jira campestre

Por ésa razón, por culpa de mis frustraciones

Cada vez, Reyer se había quedado mucho tiempo

Puede que sea por efecto de la traducción, pero lo dudo porque la editorial Siruela es sinónimo de garantía, aunque todo puede ser.

Sin embargo me ha encantado la ironía de los diálogos, debido a la elección de personajes tan descabellados como Mathilde o Charles, cuyas conversaciones son de una frescura y agilidad inigualables, saltan chispas entre ellos desde la primera vez que se encuentran

—¿Qué oye usted en las voces?
—¡Vamos, no puedo decírselo! ¿Qué me quedaría, Dios mío? Señora, hay que dejar algo al ciego

La atracción es inmediata aunque ninguno quiera reconocerlo abiertamente. Indudablemente creo que el punto más fuerte de nuestra autora es la construcción de los personajes, a los que vamos conociendo poco a poco y no sólo por las descripciones que lleva a cabo el narrador en tercera persona, que también, sino sobre todo por los movimientos que realizan, o por la falta de ellos, por las conversaciones en las que de forma indolente o apresurada van dando todo de cada uno de ellos; es lo que ocurre con Danglard, policía alcohólico, buena persona, buen profesional y buen padre. Está criando a cinco hijos, dos pares de gemelos que tuvo en su matrimonio y otro, el pequeño, fruto de una relación extramarital de su mujer, pero se lo deja para que estén todos los hermanos juntos. Danglard habla poco con los chicos pero cuando lo hace se muestra tal y como es y sus hijos lo ven como es, alcohólico y buen padre «Los cuatro gemelos querían que bebiera un gran vaso de agua “para diluir” decían los niños. […] —Daos cuenta –dijo Danglard–, el comisario se ha largado y ha estado fuera todo el día dejándonos la mierda a nosotros. Me ha molestado tanto que, a las tres, estaba completamente borracho».

Son relaciones duras y enternecedoras al mismo tiempo que, aunque sean fruto de la imaginación de la autora, hacen que creamos en el ser humano en general y en la policía en particular (esto es la novela ¿no?). Creo que las investigaciones de Danglard y sus pensamientos tienen tanto peso que podríamos hablar de personaje principal. Pero no, el personaje principal es Jean Baptiste Adamsberg, alguien tremendamente intuitivo, impredecible y, al contrario que Danglard, poco comprometido con sus seres queridos, de ahí que esté solo, y no le importe y, de ahí que sea capaz de conocer a alguien a la perfección sólo manteniendo una relación superficial, una mirada, una pequeña charla «yo no he dicho que se viera en su cara. He dicho que era algo monstruoso que supuraba desde el fondo de su ser. Es una supuración, Danglard, y yo, a veces, la veo rezumar».

Adamsberg es un ser excepcional, un personaje cuyo carisma se vislumbra, sólo se vislumbra, en El hombre de los círculos azules, y se va afianzando en las entregas siguientes, donde vamos conociendo también, al resto del equipo que, en esta primera entrega, queda desdibujado ante el protagonismo de estos dos cargos principales.

Llegados a este punto podemos pensar en cómo un alcohólico es capaz de razonar de manera tan objetiva y llevar adelante, con una lucidez espléndida, la investigación; cómo consigue cuidar y educar a unos niños si, precisamente cuando está con ellos, por las tardes, es cuando está borracho. También podemos pensar en cómo un comisario solitario, taciturno, es capaz de saber desde el primer círculo azul que aparece en la calle, rodeando una fruslería inanimada, que de ahí a que aparezca un muerto dentro hay un paso

—Pida al fotógrafo que se presente aquí mañana por la mañana y acompáñele. Quiero una descripción y clichés precisos del círculo de tiza azul que seguramente será trazado esta noche en París.

Por supuesto, como no hay pruebas, no hay por dónde “tirar de la manta”, no se puede investigar a fondo, así que Adamsberg, fiel a su instinto peculiar, casi mágico, se ve “obligado” a encontrarse con Mathilde quien, además de haber visto al hombrecillo pintor de círculos, se rodea de personas que le resultarán claves al comisario para dar con lo que busca y resolver el caso.

—Usted –decía Adamsberg–, como no ve, ve de otra manera. Lo que me gustaría es que me hablara […] que me describiera todas las impresiones que produjo en sus oídos, todas las sensaciones que despertó su presencia…

Pero claro, esto ya es labor de la imaginación de la autora que consigue una novela entretenida, cuyo argumento gira y se retuerce, a modo de círculos o espirales, para desembocar en algo insólito que, el propio Adamsberg, con su capacidad de percepción, nos va desentrañando para que consigamos, al mismo tiempo que él, y antes que el resto de personajes, saber quién es el asesino.

Buen ejercicio mental para el lector y, creo, que mala investigación por parte del jefe pues no pone al corriente a los subordinados de lo que supone sino que los envía a que realicen entrevistas o vigilen las calles o desentierren cadáveres sin decirles la finalidad de dichas acciones… pero claro, entonces habríamos descubierto al asesino en la primera conversación.

En este momento, a Danglard el pensador le pongo nervioso […] Y sin embargo desde que Clémence se marchó, se ha producido lo esencial. Pero no he podido decirle nada

¿Por qué no puede hablar Adamsberg con sus subordinados? Es cierto que su comportamiento es algo inquietante; al estar junto a él se tiene la seguridad de que se podrá confiar en él, de que es un hombre justo e inteligente, de esas personas cuya inteligencia no deviene de sus estudios sino que es innata, pero al mismo tiempo se sabe que su compañía no durará porque lleva escrito en la mirada “soledad”. Adamsberg es un solitario y como a todos los solitarios, le gusta serlo aunque sufra por ello a veces. Podemos reflexionar, tras leer El hombre de los círculos azules, sobre la soledad. En realidad todos los personajes que aparecen son solitarios, el asesino, las víctimas, el comisario Adamsberg, el inspector Danglard, la oceanógrafa Mathilde, el ciego Charles, la exnovia Camille… todos tienen una personalidad doble, por un lado son interesantes, atractivos a pesar de, o gracias a, la circunstancia que los ha llevado a ese individualismo: gente que se ha quedado sin familia, personas sin valía y envidiosas, otras demasiado centradas en el trabajo, otras cuyo trabajo les ha provocado una desgracia, personas con una infancia apartada de lo que entendemos por civilización y que han estado más unidas a la naturaleza que a otros seres humanos… circunstancias que consiguen resaltar al mismo tiempo su dureza o fracaso personal.

Otra reflexión que hace el lector es sobre la capacidad que tiene el hombre para dejar de serlo y convertirse en lo más repugnante del universo, peor aún que un animal «Un hombre difícil de atrapar, oculto, pútrido, cubierto de pelusa como las mariposas nocturnas, cuyo pensamiento a Adamsberg le resultaba execrable y le producía escalofríos», de hecho las animalizaciones, aunque cargadas, a veces, de humor o ironía, conducen a especular sobre esto; hasta dónde nos puede llevar un trauma, físico o mental, un complejo del que no nos hemos desecho sino que nos tortura constantemente. Es duro saber la respuesta y fácil, pues la encontramos en el día a día.

Pero, la musaraña, ¿Qué pasa con ella? ¿Por qué la buscan? Volvió del campo ayer por la noche, restablecida, exultante.

domingo, 16 de diciembre de 2018

LA TERCERA VIRGEN



¡Qué acierto! Leer a Fred Vargas ha sido toda una experiencia, tanto me he interesado en la lectura, tanta ha sido la pasión experimentada que he olvidado en numerosas ocasiones tomar notas, mi memoria empieza a fallar y me gusta argumentar con ejemplos las conclusiones que obtengo.

Pero la lectura es envolvente. No sabes qué va a ocurrir después, después es la página siguiente. No sabes cómo van a reaccionar los personajes. Algunos, claramente machistas (en principio), se transforman en entrañables, personas con un valor increíble capaces de hacer lo imposible por un compañero, o una compañera a la que, parece, atosigan o acosan con bromas pesadas, pero todo es de boquilla. Otros claramente cordiales nos enseñan su cara disociada de doctor Hyde cuando menos lo esperamos. Los más, son personas normales, que no es decir poco en la sociedad que nos ha tocado vivir. Puede que sea eso, la naturalidad de los personajes lo que hace de La tercera virgen algo sublime. La escritura es espectacular; leemos y observamos un estilo cuidadoso, de diálogos inteligentes en los que predomina el respeto entre unos y otros, alusiones cultas incluso. Al principio se puede pensar que no es una novela negra. Y lo es. Es nigérrima. Es de una dureza extrema, pero tratada con dulzura; Fred Vargas denota en sus páginas un amor incondicional hacia sus personajes, hacia la naturaleza, hacia los animales y sobre todo hacia aquellos niños, o adultos que sufren de alguna manera el acoso de los demás, el ensañamiento gratuito. En este sentido nos da una lección de humanidad como pocas podemos encontrar. No solo los personajes son fabulosos, no sabría con cuál quedarme, y eso que inconscientemente cuando leo una obra literaria mi mente se identifica con alguno por afinidad de pensamiento, por deseo de parecerme, por rechazo total; aquí no, en La tercera virgen todos los personajes tienen algo que los hace fraternales, que los sube al podio de irreales precisamente por la realidad con la que son retratados. Entre todos forman una figura perfecta; cada uno conoce al otro a la perfección y sabe lo que va a aportar al equipo; cada uno no sería nada sin el apoyo del resto. De ahí el encantamiento, el deseo de que todos en nuestros trabajos, en nuestro ambiente, formásemos un grupo parecido; no se juzga, se acepta y de esta manera, cada uno da lo mejor que tiene.

Pero no solo los personajes, la trama es un rompecabezas increíble; a veces pensamos que sobran piezas, otras, que faltan, que será imposible sacar punta de todo esto; situaciones que no tienen nada que ver se van entremezclando, circunstancias que parecían secundarias se vuelven imprescindibles, tesituras en las que los personajes están a punto de arrojar la toalla o de desviarse del tema, se centran totalmente cuando uno afirma algo clave para que otro tire del hilo y así, poco a poco y sin saber muy bien cómo, todo encaja ¡en la última página!

Indudablemente no hay que restar importancia a labor de Anne-Hélène Suárez Girald, pues su traducción ha sabido captar los giros de la lengua francesa, las expresiones habituales y pasarlas a un español perfecto, en cuanto entendible, con una sintaxis y un vocabulario totalmente impecables.

El sentido del humor puebla las páginas de La tercera virgen pero es un humor sensible, de lectura agradable, tierna en ocasiones, dura en otras. Las antítesis se suceden hasta que ocurre como con los polos opuestos del magnetismo, llegan a unirse. Los enfrentamientos, no sólo en la trama sino también entre los personajes llegan a equipararse, como también se iguala el amor por la naturaleza salvaje y quienes la pueblan, hombres o animales,

—Y además, a ellos, los pobres, les llueve todo el rato.
Adambsberg miró las ventanas, por las cuales caía la lluvia sin cesar.
—Hay lluvias y lluvias, explicó Oswald. Aquí no llueve. Aquí moja.

Se iguala el cariño hacia la vida en la ciudad y quienes la pueblan, hombres o animales.

—Salga, Danglard, vaya a escuchar a Oswald o a Angelbert. Están en París, como aquí.
—Con esos nombres, seguro que no ¿Y qué me enseñarían?
—Que las cuernas de desmogue valen menos que las de caza
—Eso ya lo sé
—Que la frente de los cérvidos crece hacia fuera
—Eso ya lo sé
—Que seguramente la teniente Retancourt no está durmiendo y que resultaría benéfico ir a charlar una horita con ella.

El canto a la comunicación, el amor por la vida viene de la seguridad de que en ella no hay nada absoluto, todo puede cambiar según se mire, según se viva. Esto lo definen perfectamente tanto el comisario Adamsberg, nacido en la Normandía Alta como el teniente Veyrenc, de la Baja Normandía. Ambos tan diferentes, ambos tan iguales, y ambos deben, por lo tanto, repasar una realidad que creían única para darse cuenta de que hay otras realidades y que no siempre se nos muestran a primera vista.

La técnica es infalible puesto que mezcla la versificación, en no pocas ocasiones, con alusiones culturales y acciones paralelas ¿Qué tienen que ver un teniente de la policía que habla en verso con tumbas abiertas sólo por la parte de la cabeza, asesinatos de mujeres vírgenes, matanzas de ciervos y un espectro que vaga por una casa recién comprada? En principio nada, al final todo queda ensamblado y unido a la perfección.

El flashback se inserta perfectamente en el orden lineal de la narración; a veces no somos conscientes de que se narra un pasado hasta que no caemos en la cuenta de que «siempre se cuenta un secreto a una persona».

El estilo es sencillo, directo, preciso, natural incluso cuando la función didáctica aparece en los diálogos. En ningún momento sentimos que la autora intente moralizar o adoctrinar al lector, pero es indiscutible que su novela refleja una personalidad abierta, culta y algo tímida. Si tenemos en cuenta que incluso de textos o citas clásicos puede sacar alguna broma estamos convencidos de su falta de grandilocuencia, por lo que somos capaces de aprender al tiempo que nos entretenemos.

Los personajes están retratados con minuciosidad, sabemos cómo es cada uno de los formantes de la brigada, en la que importa tanto la erudición de Danglard como la felina intuición de Adamsberg,

Adamsberg se deslizó taburete abajo y se puso a dar vueltas por el despacho

la fuerza de Retancourt, la disposición de Estalère, el hambre atroz de Froissy o el humor fanfarrón de Noël que en ocasiones raya en machismo

—En mi ausencia, vigile al gato, a Mortier, a los muertos y el humor del teniente Nöel, que no deja de degradarse. No puedo estar en todo. Tengo mis obligaciones.

La erudición, memoria, sensibilidad e infancia traumática hacen de Veyrenc alguien extraordinario, capaz de hablar en alejandrinos aunque estos contengan encubiertos amenazas o desahogos a sus dolencias:

—Oídme, pues, señor. Apenas regresado,
una cólera injusta prepara mi caída
¿Qué fue, tan alabada, de vuestra compasión?
¿Merezco este castigo tan solo por mi origen?

Lo de menos son los defectos que, por supuesto, tienen; lo de menos es que Mercadet tenga un sueño infinito, Danglard se esté convirtiendo en alcohólico o Adamsberg sea antisocial; eso no importa. Lo que interesa realmente es la ayuda que se prestan unos a otros cuando hace falta. Nadie objeta. Nadie acusa. Todos trabajan y consiguen, sólo así es posible, resolver con un ritmo ligero, dinámico, los casos que llevan entre manos hasta contemplar, estupefactos, como el propio lector, que todo está unido, desde la primera réplica hasta el último pensamiento, en una trama siniestra donde las haya.

Fred Vargas es capaz de unir de forma absolutamente inteligente el mundo de la novela policíaca con la investigación real, tanto basada en creencias tradicionales, supersticiones o datos históricos, literarios o filosóficos. La novela pues, no es una novela negra al uso. Sus páginas rezuman, además de tensión, humor, en ocasiones absurdo o surrealista

—Aquí no nos gustan los maderos –enunció Angelbert con el brazo todavía inmóvil
—Ni aquí ni en ninguna parte –puntualizó Adamsberg
—Aquí menos que en otros sitios
—Yo no digo que me gusten los maderos, digo que lo soy
—¿No te gustan?
—¿Para qué?
[…]
—Entonces ¿por qué lo eres?
—Por descortesía

Páginas que filtran cultura y confianza en el ser humano, pero sobre todo, sensibilidad (los diálogos que mantiene Adamsberg con su hijo Tom, de nueve meses, son enternecedores)

—Tom, escúchame bien, vamos a cultivarnos juntos […] Thomas miró tranquilamente a su padre, atento e indiferente […] ¿Te gusta Tom? […] —No sé qué es el opus spicatum hijo, y me importa un rábano. A ti también […] Cómo arreglárselas cuando no entiendes nada. Observa.
Adamsberg sacó el móvil y marcó lentamente un número bajo la mirada vaga del niño.
—Llamas a Danglard…

El vocabulario hace alarde de todo tipo de registros. Utiliza tanto la jerga de la profesión «los estupas», como variedades geográficas «un forano», «¡Vamos hombre!», tecnicismos «opus spicatum», léxico culto «título compensatorio generado», expresiones coloquiales «qué demonios significa eso» o soeces «me cago en la puta», metáforas humorísticas «Ni una crítica, ni una ironía. La nada blanca del auténtico colegueo», pensamientos poéticos «Si el mundo pudiera parecerse a los sueños de las viejas madres…» o apodos usados ante todo en barrios bajos «el Gordo Georges».

Todos los registros, todas las variedades, conviven en armonía ofreciendo una ópera prima, una novela con ritmo, ligera en la que el amor y el horror van de la mano hasta el final, cuando todo se desvela, aunque sea “gracias” al gato, «Froissy, ponga al gato un transmisor en el cuello».