sábado, 15 de abril de 2023

BELLEZA ROJA

El título de la última novela que he leído me resultó inquietante, porque asocio el rojo no con el color en sí, sino con la sensación que percibo. El rojo consigue despertar mi atención ante el peligro, el dolor, el calor, la pasión, el poder, la fuerza, la actividad, el éxito… Normalmente cuando leo “rojo” me vienen a la mente situaciones peligrosas y esto es lo que sentí al tener en mis manos Belleza roja. Esta bipolaridad que surge del propio título es la que ocupa las páginas del libro.

El cadáver de Xiana Alén es encontrado por su tía Lía, en su habitación, boca abajo y cubierto de sangre, en una posición que recordaba a un cuadro pintado por Aurora Sieiro, abuela de Xi. El suceso tuvo lugar la noche de San Juan, mientras sus padres, Sara y Teo, su tía Lía y unos amigos, Inés y Fernando, cenaban en el jardín de la casa. Y la tía abuela Amalia, octogenaria gemela de la fallecida Aurora, descansaba en su habitación.

Nadie hubo entrado ni salido de la casa a la hora de la muerte, por lo que el caso, para el inspector Santi Abad y la policía Ana Barroso, se presenta sin acción, es un caso cerrado en el que la lógica y el razonamiento primarán en sus investigaciones. Arantza Portabales ha escrito, en este sentido, una novela policíaca de corte clásico en la que las dudas y desconfianzas irán pasando por los seis sospechosos sin la posibilidad de que haya implicados de fuera. El asesino puede ser cualquiera. Aunque en un principio nadie mataría a Xiana —una chica de quince años, dulce, guapa y, a pesar de su juventud, pintora excepcional— el crimen se ha cometido y quien lo ha llevado a cabo figura en su círculo de allegados, «Ya nunca más desearé ser ella. Ni ambicionaré su talento. Ni podré decirle que es la reina de la luz». Aquí está la clave de todo el entramado: la envidia llevada al más alto nivel, si es que este sentimiento se puede graduar.

En Belleza Roja existe una pasión de delirio paranoico, por parte de las mujeres, que las lleva a sentirse acosadas entre ellas. Curiosamente los hombres no muestran envidia hacia los demás, creando un matriarcado familiar digno de figurar entre las descendientes de Abel Sánchez.

Las gemelas Sara y Lía Somoza han vivido siempre unidas en una casa en la que su madre, Aurora Sieiro, reputada artista y obsesionada con la sangre y el color rojo en sus obras, tenía poco tiempo para ellas, además su egolatría llegaba hasta el punto de ridiculizar a Lía, una niña que siempre quiso seguir los pasos de su madre, aunque sólo consiguió su desprecio: «Unos trabajos que su madre había ridiculizado por realistas, poco innovadores y enormemente predecibles». Aurora sentía envidia de su propia hija, Lía y por eso intenta avergonzarla con cada obra que hace, y por eso siente predilección por Sara, una niña con altas cualidades para el baile y la danza, una niña que no pinta sino que quiere ser abogada, como su padre, una niña que nunca será su rival. Amalia, la hermana gemela de Aurora, se queda a vivir con la familia, básicamente para cuidar de las niñas mientras la madre pasa largas temporadas de giras y exposiciones. La influencia de Amalia es notable en las gemelas, pero no cabe duda de que ambas viven obsesionadas con el rojo de la pintura de Aurora.

Sara se casa con Teo, el novio de Lía, una vez que ella lo dejó para ir a estudiar fuera. Cuando vuelve, vive con ellos y con su sobrina Xiana, una niña que quiere parecerse a su tía Lía y que tiene unas dotes extraordinarias para pintar.

Teo apenas influye en nada; se deja llevar por la pasión de Sara y por el amor que aún siente por Lía. Sara es el rojo exuberante, obsesivo, descontrolado; la envidia que siente hacia su hermana no la deja creer en sus propias posibilidades «—Adrián, ¿me creerías si te dijese que era yo la que tenía celos de ella?» Sara representa el tema ancestral literario de Caín y Abel. Es ególatra hasta el punto de que es ella quien se impide realizarse como ser humano. La envidia que siente es un motor con el que destruye cualquier sentimiento de amor o gratitud. Su envidia es hacia otra mujer, hacia otras mujeres; es fuente de odio y tragedia. Pero puede ser una historia repetida, que también Amalia sintiera envidia de Aurora, por haberla relegado a mera cuidadora de las niñas, a no tener familia propia.

En Amalia intuimos la amargura de La tía Tula, aferrada a la religión hasta el paroxismo, enamorada de su cuñado o envidiosa por no haber formado su propia familia.

La tía Amalia representa lo irracional en el conflicto familiar; ella ve la realidad desde una óptica diferente, desde el enfoque religioso, algo que le permite redefinir la existencia, «rezando sin rezar […] en las dos últimas semanas no había hablado de otra cosa que del apocalipsis y de baños de sangre». A través de la locura de Amalia, Arantza Portabales refleja y cuestiona la irrealidad que nos rodea, la tía es el símbolo de la crisis familiar «Abrí los ojos y estaba allí. Después fue hacia la puerta. Antes de salir, me dijo, bajito: “Tita Amalia, ¿por qué me hizo esto mi madrina?”». Su muerte sirve para que los demás tomen conciencia de lo que ocurre. Con las analogías religiosas que emplea, se transforma en la intérprete de un mensaje aparentemente indescifrable; ella es la clave que utiliza la autora para denunciar la descomposición familiar. Es el rojo del sacrificio y de la purificación redentora.

Lía es el rojo de la culpa, llega a infravalorarse tanto al lado de su hermana, que pone sus expectativas en Xiana; intenta paliar con su actitud la aversión que su propia madre tuvo hacia ella. La locura de Lía es fruto del daño que su inconsciente le causó a Sara y es consciente de que el dolor de su hermana sólo puede remitir con su propio sacrificio, «Ver la cara de Sara era como estar muerta y flotar en las alturas para verme a mí misma desde otra perspectiva».

Aún hay otra sospechosa resentida, Inés. La amiga de Sara representa el rojo irreflexivo, visceral. Inés busca constantemente respuestas emotivas intensas. Es envidiosa de cualquier mujer atractiva; personifica otra forma de envidia, por lo que los efectos que vemos en ella son, fundamentalmente, los derivados de la desconfianza que tiene de sí misma; le exaspera que su marido, Fernando, se sienta atraído por las mujeres bellas y que sea correspondido. Sin embargo no lo abandona. Sabe que nunca la va a mirar como a las otras pero no le importa mientras siga siendo suyo. Su envidia es la de alguien pusilánime que se conforma con desear el mal ajeno, para demostrar a todos que ella está a la altura y es merecedora de Fer. «Eso le dijo su madre cuando se lo presentó […] Los hombres como Fer eran siempre demasiado para mujeres como ella [,…] inteligentes, no especialmente hermosas, ni especialmente mundanas ni especialmente nada».

Inés se verá inmersa, sin ser consciente, en el problema familiar de Xiana Alén Somoza, que parte de la relación de amor-odio entre gemelas. Es interesante observar cómo ambas se revuelven contra su otro yo. ¿Es un odio hacia ellas mismas? ¿Se sienten incapaces de querer a no ser lo que no puedan tener?

Belleza roja es la tragedia de la mujer que se autodestruye y, para ello, destruye.

Y me he centrado en las mujeres porque creo que es donde está el problema. Los hombres son detestables, peleles sin personalidad que intentan suplir su complejo de inferioridad con una mujer bella a su lado. Así de viriles. Así de machistas. Fernando es un obseso de las mujeres jóvenes hasta que cae en lo más bajo: abusar de menores. Teo tiene tan poca ética que prefiere estar con su mujer sólo por tener al lado a su cuñada; Sara le aporta sexo pero Lía es quien lo satisface. Incluso el protagonista, el inspector Santi Abad, representa al típico hombre incapaz de estar con una mujer si no es ocupando el lugar secundario que le corresponde. Y puede llegar al maltrato físico o verbal «—Que sea la última vez que empiezas a hablar antes que yo».

Y el psiquiatra Connor Brennan, es otro atormentado por sus relaciones familiares; familia que deja relegada ante sus amistades o su propio interés personal «Contó mentalmente las pintas […] quizá seis. Recogió a la niña en casa de Jordan y la metió en el asiento trasero».

En fin, también Belleza roja es la inconsciencia masculina que desbarata una y otra vez el mundo femenino. Espero que en las siguientes entregas, Portabales coloque junto a Ana Barroso, la única mujer sincera, fuerte e inteligente de la novela, un protagonista a su altura para que disfrutemos nuevamente de una lectura que oscila entre la tranquilidad del ritmo de un narrador en tercera persona, la reflexión de la primera (en Lía), el dinamismo de los diálogos, la rapidez de las onomatopeyas que reflejan las acciones de los personajes y el misterio de las transcripciones de llamadas telefónicas, en las que imaginamos al interlocutor que está al otro lado de la línea.

Novela interesante que se deja leer bastante bien. Aunque sepamos con antelación quién es el asesino. Lo importante es cómo llevan a cabo la resolución de un caso que, en principio, cuesta trabajo imaginar que se pueda poner en práctica.

sábado, 8 de abril de 2023

LA DESCONOCIDA

Acabo de terminar una novela escrita por dos autores en la que ha debido haber una perfecta simbiosis porque el sello de Rosa Montero está en sus páginas. No cabe duda de que el amor es la clave de la trama. Hay una chica que aparece medio muerta y atada de pies y manos en un contenedor del puerto de Barcelona. No lleva identificación y ella no recuerda quién es, sufre amnesia, pero «Por fortuna tienes intacta la memoria anterógrada». Así que, en principio, el narrador la llama María. La inspectora Anna Ripoll encuentra el carnet de un gimnasio de Lyon donde figura como Alicia Garone. Sin embargo «Alicia no se siente Alicia, así que vamos a seguir llamándola María». Por otro lado, el inspector Zapori, de Lyon, se ve acosado por asuntos internos por lo que decide quitarse de en medio unos días y ser él quien vaya a investigar a Barcelona, junto a Ripoll. No le importa hacerse cargo del caso que hasta ese momento ha llevado el sargento Fachelle, aun a costa de ponerlo más en su contra.

Entre Ana y Zapori resolverán el caso de María-Alicia-Clara y, en un final trepidante también solucionarán el problema de Erik Zapori.

La desconocida pasa por todo tipo de problemas, el dolor la acompaña durante toda su vida, también la culpa y, sobre todo, el amor. Por amor es capaz de reconstruirse física y mentalmente. Sólo así esta desconocida será la pieza fundamental para resolver un caso de trata de mujeres. Poco a poco, María irá recobrando la memoria, otro tópico en la novela de Rosa Montero, hasta rescatar su verdadera identidad, característica que, con el dolor y la asunción de la muerte, aparece en La desconocida para no defraudar a los lectores de nuestra Premio Nacional de las Letras, desde 2017. El universo de Montero se materializa en esta novela corta que, para mayor dificultad, está escrita a cuatro manos junto al francés Olivier Truc; la fusión España-Francia también se da en los autores, quienes junto a sus protagonistas nos regalan una trama redonda en un argumento esperemos que abierto. La novela se lee en una tarde, entre otras razones porque es imposible dejarla: Los diálogos rápidos, la acción vibrante, los cambios de escenario… todo conforma una novela negra original en la que no importa si descubrimos al asesino demasiado pronto. Los autores no lo llevan muy en secreto, nos dan pistas para reconocerlo, porque lo que importa es saber qué va a pasar con Clara, con Anna, con Erik.

¿Será esto el comienzo de una saga o se trata simplemente de un experimento? Espero que tanto Rosa Montero como Oliver Truc sean conscientes de que han creado algo inusitado. No había leído nada del periodista y escritor francés; he leído casi todo de la periodista y escritora española y he de decir que me ha gustado la novela. La he disfrutado mucho porque he creído ver la marca Montero en ella. Cómo me gustaría saber si estoy equivocada o no, aunque en el fondo da lo mismo, pero creo que los capítulos impares, son lo que ha escrito Rosa. En el 1 La llamaremos María, la chica nos recuerda a una de sus protagonistas «Uno setenta de altura […]. Sus cortos y enredados cabellos son un revuelo que le nimba el cráneo […] tiene un aspecto lamentable. La piel lívida […] Las ojeras como un luto bajo los párpados. Muy delgada, quizás demasiado. Pero tiene bonitos pechos, hombros anchos, brazos musculados, una estructura atlética». Veo algo de Bruna Husky en María.

En el capítulo 3 Una noche en el Raval, María se confirma como otra de las mujeres fuertes de Montero, incluso sus conocimientos y movimientos podrían formar parte del mundo de ciencia ficción que aparece en El peso del corazón, «Krav-magá. La mítica lucha cuerpo a cuerpo que usan las fuerzas de seguridad israelíes». También Alicia, como Bruna, se sale del papel asignado a la mujer y es capaz de construirse una nueva identidad.

En el capítulo 5, El misterio de las flores, aparece Lala Fleurs, «Sus pesadas manos de gigante están cubiertas de cicatrices, como si se las hubiera quemado. Pero lo peor es el rostro, tan estirado, tan operado. Un cabezón tremendo con una carita diminuta e irreal como de Michael Jackson, la nariz como la de un duende, los labios confitados, las cejas dibujadas al carboncillo» También Tonea en Historia del rey transparente tenía la cara quemada, también hay otros personajes en la novela de Montero que se caracterizan por la desmesura, personajes cuya descripción podría estar encuadrada en cierto humor negro o irónico, personajes que nos recuerdan a los distorsionados de Valle-Inclán. Asimismo, en este capítulo el mundo narrativo queda traspasado por lo grotesco, elevando así una crítica social referida a los sectores más desprotegidos, inmersos en la droga y la prostitución «La mataron con despreocupada facilidad, como quien pisa un insecto […] Ahora sabe por qué está aquí y qué es lo que va a hacer».

Y en el capítulo 7, Yo soy, indudablemente nuestra replicante preferida, casi se materializa «Clara no contesta […] Luego agarra una maquinilla de afeitar y se la pasa por el cráneo una y otra vez, hasta acabar con la cabeza monda». También Clara, una vez recobrada su identidad, será la encargada de desentrañar el caso. Los lectores somos conscientes de estar ante un personaje que, hasta ahora, no ha sabido adaptarse al mundo que le ha tocado.

Puede que haya fallado en mis deducciones. Probablemente. Pero me ha sorprendido recordar diferentes personajes de otras novelas en Clara; de ahí mis conclusiones. Lo que está claro es que la labor de ambos escritores ha sido fantástica porque el estilo es prácticamente el mismo y los personajes están tratados por los dos como si fuesen suyos. Erik Zapori ostenta un sarcasmo que no es propio de la madrileña por lo que Truc ha debido ser el responsable. Los diálogos del capítulo 2 DominoMer me descubren una pluma nueva, socarrona, en donde los tacos son normales a la hora de dirigirse al otro «—Coño, Zapo, qué imbécil eres […] Vortard te va a joder aún más —¿De verdad crees que ese comisario de mierda puede hundirme más de lo que ya estoy?».

Pero este inspector es el contrapunto de Clara y de Anna, entre los tres, entre los dos autores, dan una chispa increíble a La desconocida. Entre los dos han destapado temas tan candentes como las autolesiones derivadas del sentimiento de culpa, la corrupción social, el acoso laboral, la desconfianza en el ser humano y la esperanza en un mundo mejor o los diferentes usos tecnológicos que conforman distintas realidades. Y entre los dos han creado una trama llena de giros, de sorpresas, de desvaríos, que al final se cierra a la perfección con un protagonista que aparece en el capítulo 1 y en el 8 capaz de enmarcar el argumento en la única salida posible para nosotros: la confianza en el otro, la lealtad y el amor. Eso es lo que ambos autores han demostrado que son capaces de hacer y han sabido transmitirlo a la novela. ¡Felicidades!

sábado, 1 de abril de 2023

ÚLTIMO AUTOBÚS A WOODSTOCK


No había leído nada de Colin Dexter y he disfrutado, gracias a Masa Crítica de Babelio, de una de las mejores plumas del Reino Unido del siglo XX. Me ha impresionado el dominio de la técnica para generar cierta tensión dramática, no sólo al final de cada capítulo sino constantemente. A veces, incluso las descripciones terminan de forma inacabada, como si fuese un cliffhanger que deja al personaje en una situación complicada y provoca inquietud en el lector. Dexter posee una tremenda maestría en la creación de pistas falsas, ni una sola línea de las trescientas páginas del libro está escrita inocentemente. El narrador y el protagonista se dirigen al lector, incluso lo manipulan para que simpatice con quien les interesa, en ocasiones con personajes irrelevantes, en otras con el propio asesino.

Último autobús a Woodstock está dividida en tres partes y, como en la literatura clásica, se atiene al comienzo, desarrollo y desenlace. Un desenlace que no llega hasta prácticamente la última página a pesar de que el protagonista sabe quién asesinó a Sylvia desde el final de la segunda parte, pero sigue jugando con nosotros, y con su compañero, para no despertar sospechas.

En la primera parte, el cadáver de Sylvia Kaye, mecanógrafa ineficaz de la Compañía de Seguros Town & Gown, «siempre había sido puntual y discreta», es encontrado en el patio trasero de un pub, que hace las veces de aparcamiento para los clientes. La chica ha aparecido violada y asesinada con un golpe en la parte posterior del cráneo. El inspector Morse es el encargado de resolver el caso junto a su ayudante, el sargento Lewis. La pareja Morse-Lewis es agradable, quizás porque se mueve en el entorno pacífico de un pueblo pequeño de Oxford, donde abundan profesores universitarios y los típicos pubs ingleses, donde ni siquiera un crimen altera las costumbres de sus habitantes.

Los movimientos del inspector y del sargento retratan a una sociedad inglesa del último cuarto del siglo XX capaz de esconder las más bajas pasiones, en los ambientes más apacibles, sin que la elegancia desaparezca. Es la clase alta de cultura elevada, machismo más elevado aún —usual en la época— y falsa religiosidad que instala al clero en sectores privilegiados mientras predica la palabra de Dios


…entre el cóctel de zumo de frutas, la sopa de tortuga, el salmón ahumado, los solomillos Rossini, la tarta, el queso y la fruta, pensaba en los millones de personas en el mundo […] víctimas del hambre en África y Asia

—Estás silencioso esta noche —dijo el capellán, mientras le pasaba el clarete a Bernard

Aunque parece sencillo en un principio, el crimen es bastante intrincado, por lo que Morse aventura diferentes hipótesis, todas plausibles, para entender lo ocurrido. El inspector lo plantea como un problema de lógica y para resolverlo no dudará en saltarse las normas oficiales que considera que pueden alterar sus análisis y razonamientos.

La realidad es que nos gusta Morse, se hace querer a pesar de contar con una mente machista, llena de estereotipos que infravaloran a la mujer, a pesar de beber demasiado y a pesar de su elevada autoestima «Y podía habérsele ocurrido a cualquier miembro de la brigada criminal […] que todas las muchachas corren como malditos patos […] —Le vendría bien una pinta de cerveza, señor. Morse pareció alegrarse un poco».

Pero el inspector es sensible, aunque prefiera hacer gala de mal humor, y está dotado para analizar cualquier caso desde la perspectiva más insospechada, probablemente por su desconfianza en el ser humano pero, sobre todo, por su confianza y conocimiento de la literatura, la mitología, la ópera y la correcta escritura «Leyó los dos textos una vez más […] si bien no es improbable […] volvió a consultar el Fowter. Eso era. Lítotes. […] y había otra coincidencia…». No cabe duda de que su curiosidad y su afán por aprender facilitan la investigación a pesar de que la trama está repleta de confusiones. Esto permite que no perdamos interés en ningún momento por el asunto.

De hecho, al final de la segunda parte, demuestra que ha merecido la pena su razonamiento. Ha tomado a los personajes como elementos necesarios para llevar a cabo la investigación. Los lectores apenas sabemos nada de la asesinada, mucho menos del asesino, pero él ya sabe de quién se trata. Aún quedan casi cien páginas de la tercera parte, en las que hace gala de su carácter presuntuoso, y nos lleva, a nosotros y a Lewis, por los caminos equivocados hasta que tiene a bien descubrir al culpable. El sarcasmo de Morse forma un tándem perfecto con la timidez de Lewis, que por momentos se transforma en hartazgo aunque al final dé la razón a su superior por el silencio mantenido, fundamental para la resolución.

Colin Dexter elabora una novela policiaca clásica, que sigue escrupulosamente las reglas dictadas por Van Dyne. De hecho el inspector es el único detective, el culpable tiene un papel relevante en el argumento, no hay mafias ni criados implicados y el motivo del crimen es personal. Todo esto lo iremos descubriendo en la tercera parte, siguiendo con avidez una trama en la que mezcla la narración, los diálogos que surgen en el momento y las entrevistas o pensamientos anacrónicos que, en forma de flashforward se intercalan en el presente para distraer la atención del lector.

El narrador cuenta hechos ocurridos en diferentes espacios y al mismo tiempo; asimismo las descripciones son exhaustivas, escritas con la intención de poner en situación al lector o, la mayoría de veces, de confundirlo «De la otra chica recordaba poco: una chaqueta fina, pantalones oscuros…, pero ¿de qué color? […] Gaye era una joven atractiva de pelo color caoba y esa noche de miércoles iba inmaculadamente vestida con unos pantalones negros de traje…».

Predominan las oraciones largas con términos especuladores y detalles descriptivos valorativos que aportan un ritmo lento, donde la reflexión se impone a la acción y aumenta la dificultad para resolver el caso.

Mediante la primera persona, Morse toma la palabra con la intención de argumentarse a sí mismo la tesis, basándose en autoridades filosóficas, mientras se dirige a un público imaginario, que no es otro que el lector real; las preguntas retóricas en tercera persona ponen en marcha la función conativa y nos acercan a sus convencimientos; entretanto las incursiones del narrador aligeran la gravedad del momento con toques de humor «El orador empezaba a sentirse un poco cansado y decidió recuperar fuerzas con otra lata de cerveza».

Morse retrata a la perfección a la sociedad inglesa, satiriza las costumbres de los altos cargos mientras empatiza con el pueblo sin alterarse, casi indolente. Por su parte, Dexter retrata a Morse a lo largo de la novela como bebedor, misógino, orgulloso, irónico, frío, minucioso, trabajador e inteligente. Pero en su relación con Lewis es donde vemos su sentido del humor único, derivado del convencimiento de la falsedad humana y de su carácter un tanto arrogante «—¿Y eso no es ilegal, señor? —Nunca he estudiado ese apartado de la ley».

El humor es constante en la novela; aparece para remarcar el cargo de inspector,


—Un whisky doble —dijo Morse, empujando el vaso.

—¿Quiere tomar algo, señor? El gerente miró a Lewis con aire dubitativo.

—El sargento Lewis está de servicio.

al utilizar adjetivos irrelevantes para categorizar a alguien o en la obsesión por la corrección lingüística


Vio a la chica asesinada

—Querrá decir —interrumpió Morse— que vio a la chica que después fue asesinada, supongo

Humor en las afirmaciones que connotan lo contrario a lo que dice y retratan al inspector. Humor en las ironías hiperbólicas que acentúan el hartazgo de Lewis y en el uso exagerado de términos cultos «Aproximadamente a la misma hora que Morse, el megalópodo se marchaba con sus compras bajo el brazo».

También encontramos animalizaciones de la mujer aunque de forma inocente, casi infantil, «pio Ruth», algo que cuadra perfectamente con el concepto que se tenía de la mujer, una persona ingenua que servía poco más que para estimular la ternura, «Por mal equipada que estuviera intelectualmente, era una chica sensible…» aunque se digan de ella verdaderas barbaridades.

Las comparaciones mitológicas, las citas literarias, los derivados que acentúan la mediocridad de los personajes, las deducciones repentinas… todo aumenta el valor estilístico de la narración y la tensión de la lectura. Los recursos de Dexter son inacabables.

sábado, 25 de marzo de 2023

HAGAN JUEGO

¡Vaya! Hacía tiempo que no leía un final de novela tan estresante; el caso es que el desenlace de Hagan juego sabe a poco, puede que porque hay algún cabo suelto. Incluso al protagonista le preocupa esto, así que imagino que retome ciertos asuntos en la siguiente entrega. No cabe duda de que Antonio Manzini escribe para que queramos seguir leyendo. Los incidentes sucedidos a Rocco Schiavone tienen la apariencia de una serie que termina en el clímax para continuar en el próximo capítulo que, por supuesto, si lo vieses en cualquiera de las plataformas televisivas no esperarías al día siguiente. Pero esto es una novela y además las traducciones al español no van todo lo rápidas que quisiéramos.

Desde que el subjefe de policía Schiavone llegó a Aosta, en Pista negra, ha mantenido su abrigo Loden, a pesar de que no le abrigue en la montaña, y los zapatos Clarks, a pesar de tener que comprar unos nuevos en cada entrega. Lleva ya un año y medio fuera de Roma y continúa haciendo gala de un trato brusco, grosero en ocasiones, derivado probablemente del miedo a abrirse a los demás. Un año y medio en los Alpes italianos y aún tiene problemas con su equipo para entenderse con determinados términos propios de Roma y los más típicos del valdostano

—Eso opino, señoría. Se engresca con Michelini…

—¿Engrescarse quiere decir pelearse?

—Eso es

[…]

—…Quiero hablar con el sacacuartos…

—Se refiere usted al usurero, ¿verdad?

—Sí

—Pues, caray, ¡hable usted en cristiano!

Dieciocho meses entre nosotros y Rocco continúa dando pistas de cómo es y de su manera de investigar. La primera impresión de quien tiene delante es animalizadora; conoce el comportamiento de los animales más extraños y no duda en atribuirlos a una persona si esta mantiene algún rasgo físico en común con la bestia, «Guido Roversi era una Martes foina […] “garduña” y perteneciente a la familia de los mustélidos, carnívora y depredadora nocturna. Pese a su modesta estatura debía pesar más de noventa kilos, tenía los ojos pequeños y separados, oscuros, la cabeza un poco aplastada y dos orejas grandes que parecían salirle directamente de las sienes». Con sus hipérboles adversas no cabe duda de que acrecienta su rechazo, en general, por la especie humana, pero al mismo tiempo se define como un observador nato, característica que lo favorece en su labor de detective.

Pero en Hagan juego, algo está cambiando en Rocco. Aunque le cueste admitirlo vuelve a nosotros más débil de ánimo; es consciente de que está solo. Sigue hablando con Marina, su mujer asesinada seis años atrás, que ahora lo conmina a que siga con su vida y la deje marchar definitivamente. ¿Nos enfrentaremos a un Rocco más independiente y liberado? Puede ser, por ahora decide que seguirá en Aosta por un tiempo y, aunque no piense abandonar a sus amigos romanos, Manzini consigue que el subjefe establezca otros lazos de cariño que le va a costar desatar, aunque aún no sea consciente


—…¿Para qué amargarnos la noche? Hablemos de la pizza…

Rocco salió y Gabriele y Loba lo siguieron por el rellano

Schiavone ha evolucionado en las desapacibles montañas. Al fantasma de Marina se le han sumado el de Adèle, la mujer de su amigo Sebastiano, y el de Caterina Rispolli, la policía que huyó después de traicionarlo. El desengaño de los primeros meses se ha convertido en desencanto y frustración. Rocco está hundido; es como si hubiera de luchar contra una conspiración que no lo deja vivir en el mundo real, de ahí que acuda constantemente a Marina.

Sin embargo, en Hagan juego, el señor Favre, contable jubilado del casino, aparece muerto en su casa. El caso supone un misterio para la policía de Aosta pues no había móvil aparente, hasta que algunas pistas revelan una red de blanqueo de dinero que el muerto hubiera querido parar. Podría ser, pero no es todo tan sencillo. Por lo pronto Rocco detendrá al asesino de Favre y, con ayuda de su amigo Brizio conseguirá desenganchar al policía Italo Pierron del juego, adicción que le iba a costar el puesto y la vida.

Manzini introduce en esta novela a dos bandas, la ludopatía y sus consecuencias. Roco sabe por experiencia hasta dónde puede destrozar el juego al ser humano, así que hará todo lo posible, económica y moralmente, por salvar a dos personas que le importan de verdad. Como un moderno Robin Hood italiano se rodea de sus amigos, algo maleantes, para ayudar a los pobres y oprimidos, sin meditar las consecuencias que pudieran suponerle el saltarse la ley, robar a los corruptos enriquecidos y socorrer a los arruinados. Nuestro subjefe no juzga el comportamiento de quienes han robado para sobrevivir, pero sí el de quienes lo hacen para enriquecerse.

—¿Y si esa gente no me los quiere revender?

—¿Llevas encima la pistola reglamentaria?

—Claro

—Enséñasela y verás cómo se convencen…

[…]

Rocco Schiavone se tomaba los casos como algo personal […]

“Claro que sí —se dijo—, sí que vale la pena”.

En su relación con los demás, los flashback acuden alentados por la soledad y tristeza por las que pasa, la memoria funciona para que la amistad se intercale en su vida y su trabajo, «la llamada de su amigo, con quien no hablaba desde hacía tiempo, le devolvió las ganas de saber más». En realidad Rocco es un privilegiado que recibe el respeto, la lealtad y el compromiso de quienes consiguen ver más allá de lo que su fachada dura y sarcástica permite.

Y, por supuesto, es un buen policía que tiene claro cuáles son los límites de su profesión, sabe que el mundo real es imperfecto, y conoce hasta dónde es conveniente actuar para no empeorarlo. No nos extraña pues, que a pesar de tener la oportunidad de disolver la red de blanqueo de dinero negro, no lo haga; está seguro de que esta solución no será permanente, «Hay una especie de acuerdo tácito entre las partes, amigo mío. Uno de cada tres euros que pasan por tus manos proviene del tráfico ilegal».

Antonio Manzini ha vuelto a conseguir que la comisaría de Aosta sea única, que empaticemos con sus integrantes y simpaticemos con el subjefe Schiavone a pesar del humor escatológico que en ocasiones se gasta, el que deriva de la bondad del equipo o de su ingenuidad, el que roza el sarcasmo en las referencias a la brigada o del que se vale para contravenir las normas


—Dígamelo usted. —Rocco se encendió un cigarrillo

—¿Se puede fumar? —preguntó esperanzada Cecilia

—No —respondió Rocco, echando el humo hacia el techo —¿Entonces? ¿Ha cometido algún delito?

El autor es un maestro del uso del lenguaje con el que juega constantemente para aportar un ritmo ágil a los diálogos, consiguiendo hacer de la lectura una actividad casi audiovisual.

El significado negativo de algunas proposiciones se acrecienta al sustituir el conector discursivo de precisión por otro contraargumentativo, «dio un sorbo al café. Estaba caliente pero sabía a quemado».

Y, entre tanta risa podemos relajarnos con alguna que otra descripción poética, triste, nostálgica, que cuadra a la perfección con el carácter de Rocco «…y la luna no era más que un recuerdo». No hay demasiadas; es novela negra. Y de las mejores.

sábado, 18 de marzo de 2023

EL DESEO DE SER LEÍDO

La imaginación de Vicente Muñoz Puelles se pone en marcha (no cesa) desde que una biografía, una obra literaria o un hecho relevante se cruzan en su camino. Entonces, como si los estuviera observando, los traslada al lector convertidos en sueños. No nos relajemos, los sueños no solo son tranquilos, de serenidad absoluta, los hay que vienen cargados de escatología mórbida y necrofilia.

Encontramos afirmaciones tan perturbadoras como algunos finales de Allan Poe: «La letra había cambiado. Era como si se hubiera expandido y redondeado, y parecía la letra de otra persona». La utilización de símiles, las personificaciones, la atención por el detalle en un ambiente donde el realismo se encadena a la ficción es una marca de Muñoz Puelles, con la que nos recuerda, con terror a veces con humor otras, que el mayor tesoro que puede existir para el hombre es un libro, «Como siempre he confundido la latitud con la longitud, no puedo dar la posición exacta de la Isla de los Libros, pese a que vivo en ella desde hace varios años». De hecho, el protagonista de Book Island teme estar convirtiéndose en uno de ellos «lenta, imperceptiblemente, me estoy transformando en libro. Quizá, sin saberlo, soy ya uno de ellos».

Y, efectivamente en el siguiente relato que da título a este volumen El deseo de ser leído, el narrador, en primera persona, es el libro de Samaniego, al que «Algunos me llaman Fábulas a secas».

Vicente Muñoz nos ayuda a comprender que todos llevamos un libro dentro. Es nuestra historia; está formado por lo que decimos, lo que pensamos, lo que hacemos… No todos estamos dotados para escribirlo pero la vida es interesante y cuando creemos que constituye algo normal, incluso aburrido, nos demuestra que con algo de imaginación todo puede cambiar.

El autor lo advierte al comienzo de El deseo de ser leído «mi tema son los hábitos humanos, sus debilidades, sus vicios». Y eso es lo que nos presenta, veintidós relatos que nos recuerdan el estilo de algunos autores consagrados, autores que han conseguido la intención que Jorge Manrique llevó al escribir las Coplas a la muerte de mi padre: obtener la vida de la Fama. Una vida que, no cabe duda, dota de inmortalidad.

Muñoz Puelles nos invita a impregnarnos del elixir de la inmortalidad en un viaje que dura desde el siglo IV a.C., con el bajorrelieve de Gradiva, hasta Freud en el siglo XX. Las aventuras de personajes imaginarios se mezclan con las andanzas de aquellos que, por sus libros, se han convertido en inmortales en un mundo idóneo para experimentar que ni siquiera la muerte es segura porque, si se esquiva mientras nos recuerdan, los escritores tendrán vida eterna a través de sus libros. El error es intentar perpetuar la vida terrenal porque, como comprueba Carl Von Cosel, la materia de la que estamos hechos se pudre.

Sin embargo podremos debatir con Andersen sentados en un banco de Málaga porque nuestras mentes se permitirán ser, si queremos, las de niños que viven la realidad como si de algo mágico se tratase «—Anda, Andersen —le decían a mi compañero—, échame una firmilla en la frente».

Y no cabe duda de que algunos son elegidos para vivir eternamente gracias a la magia de sus escritos. Cervantes, Dickens, Balzac, Singer… han conseguido perdurar más allá de los límites naturales reclamando en sus fabulaciones un mundo más justo «Cuando salió a la calle, bandadas de palomas surgieron de todas partes».

En El deseo de ser leído encontramos un estilo que juega con el humor, el terror, la sensibilidad o la escatología, según el relato al que nos enfrentemos. A través de la metaliteratura, recordamos obras teatrales de otros autores como El sueño de la razón, de Buero Vallejo, o cuentos como Blancanieves, de los hermanos Grimm, «Cada mañana, Stalin consultaba a su espejo, le preguntaba cuál era el bigote más famoso de la Unión Soviética y se enfadaba mucho, porque el espejo le respondía […] el de Gorki».

Y así, pasando de la risa al miedo somos conscientes del juego mantenido, en relación con la inmortalidad, entre Vicente Muñoz y tantos otros: si Dante se pasea, por el cielo de su Divina Comedia, de la mano de su amada y llega a ver (sólo él) a Dios, en El gran rechazo, Muñoz Puelles aprieta otra tuerca mucho más actual y divertida para conseguir que Beatriz se lo impida, «le amonesta repetidamente con un índice marfileño y pasa de largo».

Allan Poe desafía las leyes naturales (o incide en la culpa humana) en El corazón delator para que nuestro autor confirme que Poe seguirá latiendo en cada uno de sus libros; sólo hemos de abrirlos para sentirlo.

Por supuesto, la invisibilidad supone para quien la alcanza una suerte de inmortalidad si, como Griffin, el protagonista de Wells, no consigue volver a ser visible. Al no figurar entre los mortales pero sí ser consciente de estar en el mundo, puede considerarse inmortal, al menos por un tiempo. El problema es que la mente humana no está preparada para no ser ante los demás y probablemente termine sufriendo de demencia, por eso Vicente Muñoz trata el tema de forma más precavida e inquietante, al más puro estilo de Hitchock, ofreciéndonos una invisibilidad como reflejo de las relaciones tóxicas. «La invisibilidad es un asunto demasiado peligroso para dejarlo en manos de cualquiera. ¿Y quién me asegura que no voy a necesitar hacer uso de ella algún día?».

La doble vida es también una suerte de inmortalidad, al menos de doble mortalidad, algo con lo que Stevenson no debió distraerse para no recibir su propia medicina de la pluma de Muñoz «Stevenson bajó a la bodega […] Su rostro tomó un color negruzco, sus rasgos se confundieron y alteraron, como los del ominoso señor Hyde — ¿o era más bien el atildado doctor Jekyll?».

Y es que, en ocasiones, resulta imposible discernir lo que es real de lo ficticio. Esta confusión se lleva sin ningún tipo de problema a la literatura. ¿Estaría Lérmontov convencido de que podría convertirse en personaje literario y vencer a la muerte? No lo sabemos pero Muñoz le adjudica, en la violencia de cualquier duelo, una muerte poética.

No cabe duda de que el autor recurre a la memoria para mostrarnos los entresijos de la escritura, qué llevó a diferentes genios de la literatura a escribir y qué lo mueve a él. La memoria de Puelles está presente, sus lecturas e investigaciones también, y entre todas aparecen sus relatos curiosos, divertidos, conmovedores, turbadores… basados en la reescritura de obras o en los creadores de esas obras. En todos los cuentos destaca la capacidad narrativa y el manejo del tiempo; Vicente Muñoz trae el ambiente del siglo XIX a la actualidad para que el lector, complacido, disfrute con la amenidad de un relato que en ocasiones puede parecer un ejercicio de escritura creativa. Solo así podemos entender que El bigote de Rilke sea motivo temático de un cuento. Y lo es. Por supuesto no falta el humor, el título ya apunta, «Bigote y perilla tenían la consistencia de las algas», aunque tampoco desaparece el dolor «Hasta los seis años, mucho antes de llevar bigote, Rilke hubo de vestir de niña» ni las consecuencias traumáticas que el entorno pudo ejercer en su vida (y en la de otros escritores) de adulto.

Y es que, ante la dureza de la existencia, los libros están escritos para hacer realidad los sueños, por eso se acomodan a según qué preferencias, por eso nos estimulan a la lectura de otros, por eso «Todo libro ha de estar a disposición de cualquier lector», por eso deben ser escritos con absoluta libertad de expresión «No sólo somos libros sino también libres». Coincidimos con Vicente Muñoz y la importancia que le concede a la literatura en El decálogo de los libros al hacerse eco de lo que dijo Platón, porque «Los seres humanos pasan, pero los libros que han leído o escrito los sobreviven, incluso cuando las bibliotecas se queman o dispersan».

sábado, 11 de marzo de 2023

NOCTURNO DE CALPE

Se supone que en una reseña has de hablar de un libro sin destriparlo. Se supone que has de describir el estilo del autor. Se supone que has leído bien y no vas a decir tonterías.

No sé si atreverme a analizar Nocturno de Calpe. No sé si podré realizar una crítica mínimamente constructiva. Ni tan siquiera una breve reseña. Porque la obra contiene a P.L. Salvador.

Solo conozco al autor a través de sus libros, sin embargo y a pesar de arriesgarme a comentar hechos sin importancia, creo que su esencia está en lo que escribe; se entrega en cada volumen.

Estoy segura de que me es imposible, ahora mismo, criticar este libro. No conozco a Baricco, tampoco algunos de los temas musicales que se nombran en la novela. No puedo ahondar en eso, ni comparar. En fin, voy a hacerle caso a Salvador y dejarme llevar. Así que empiezo por el final, La ciudad sitiada, porque creo que es la que da sentido a las otras tres; es donde razona cuál ha sido (es) su postura en la vida, por qué escribe, qué escribe, cómo escribe y para qué escribe, «Y muchas historias me aburren porque se nota que son inventadas. No se las cree ni el autor […] Verdades. Mis verdades».

La ciudad sitiada es el interior de él mismo, donde se mueve el escritor pleno de esperanzas ante su obra que, a pesar de los impedimentos, a pesar de las tentativas para hacerle cambiar de actitud, continúa con sus principios, continúa llenando de ilusión sus escritos y haciendo que su lectura forme parte de momentos mágicos.

Puede que P.L. Salvador constituya una isla dentro del panorama literario pero no cabe duda de que Nocturno de Calpe es un archipiélago de cuatro novelas que tienen un origen común, la actitud del autor. Esto puede llevarnos a pensar qué es real y qué ficticio. Es lo de menos. El autor es capaz de reinscribir una idea en su memoria para, de forma metonímica, mostrar lo universal en la individualidad del personaje que habla; su fragilidad es la de todos. A través de su memoria establece la de Mat, en Quince mil; por eso, la carta que Salvador real le escribe a Constantino (en La ciudad sitiada) «Gracias por el empujón […] y no abra la carta porque no hay más», en la que de forma escueta agradece que le permita encontrar su trabajo perfecto, tiene una relación lógica con la que Mat le escribe a Paula para que ella lo admita en su vida. Mat quiere encontrar el verdadero amor; el trabajo se lo ha proporcionado Salvador «Estoy aprendiendo mucho con él. Sobre mí».

Este es el origen. La actitud de P.L. Salvador en Nocturno de Calpe, la de Salvador en Quince mil, la de Gapp en A solas con Nastunye, la del protagonista innombrable de Lo inasible son las que el autor mantiene durante más de 60 años en su vida: el aprendizaje, la búsqueda de la felicidad a través de un trabajo que satisfaga y de un amor que nos complete. Esta es la magia. Podemos leer diferentes novelas del autor y adivinaremos que es él quien está detrás, y lo adivinaremos libre para continuar escribiendo en su tabula rasa y para hacer tabula rasa en la vida y seguir adelante.

El mensaje de Salvador llega claro, primero en la ficción de la trilogía y después en la realidad de La ciudad sitiada. Es increíble que Nueve semanas justas, justitas fuese rechazada por 24 editoriales. Es una novela divertida, de ritmo frenético que gustó bastante a los lectores y, ya que el autor resalta que lo que comentaron de ella once personas, me permito aportar el final de mi reseña en septiembre de 2020, cuando leí la novela, «Y es una obra literaria absurda, deliciosa. Sin embargo destila cierta crítica al papel demiurgo que juegan las editoriales en la sociedad y los efectos de los mass media en las publicaciones. Esta novela humorística segrega una clara dureza en el tratamiento que la publicidad otorga a la calidad de la literatura mediática y a la calidad del ser humano» (el blog aurisecular).

Esta sigue siendo la filosofía de vida-literatura de nuestro autor; una escritura diferente, de calidad, que refleja un ser humano honesto.

En la tetralogía, Salvador interioriza el proceso de escritura; parte de un detalle real para abrir un mundo ficcional en el que aparecen sus limitaciones y en el que desaparecen los convencionalismos literarios, de esta forma el personaje habla con un autor que es, a la vez, personaje; asimismo, al mismo tiempo que los elementos narrativos, se transgreden los signos ortográficos, con lo que el lenguaje se desestabiliza. Es la rúbrica de Salvador con la que se autoconoce en su proceso de escritura. Lo interesante es que también los lectores conectamos con nosotros mismos durante la lectura.

El tópico salvadoriano tabula rasa encierra su verdad, por la que se rige y con la que nos ilumina a los lectores. La vida, como la escritura, es una página en blanco que podemos llenar cada vez que no nos guste lo que hemos conseguido; siempre se puede empezar de nuevo porque nuestros actos dependen de nuestro aprendizaje, de las experiencias que vayamos acumulando, de las sensaciones, «Reflexionando sobre lo escrito […] En mi juventud no lo era (exigente). Me lo tragaba casi todo. Así que no es algo innato sino fruto de un aprendizaje».

De este aprendizaje deriva otro rasgo de su estilo: las repeticiones. De manera espontánea, va repitiendo las dos ideas primordiales para él, la importancia de la búsqueda de un trabajo que satisfaga y la búsqueda de un amor que, integrado, nos perfeccione «Los amores platónicos son, sin duda, los más intensos […] Cuando amas, la sola presencia de tu amada ya te completa». Estas ideas las repite a lo largo de las tres novelas; recalca con ellas sus emociones y las impresiones que le causan los actos de los demás. También esta repetición constante es la que le da unidad a Nocturno de Calpe, un título bastante acertado por el movimiento tranquilo que sugiere la lectura y la forma libre, ambigua, con la que se nos presenta. A veces, y a pesar de todo, cuesta discernir lo real de lo imaginario.

Es lo de menos, incluso el propio autor aclara algunos datos reales en la autobiografía literaria de La ciudad sitiada. El protagonista de Quince mil, Mat, vive a costa de Salvador y aprende de él a escribir una novela, algo que no consigue. Cuando desaparece deja un hueco para que el propio Salvador explore su identidad como Gapp, escritor en A solas con Nastunye. No queda contento, intuye que sus personajes no son viables, no están de acuerdo con el papel que les ha tocado jugar y lo abandonan «Que no pronuncies mi nombre te digo. No te soporto. Me has amargado la vida. Acabo de nacer y me has amargado la vida. Eres un mierda. Un escritor de mierda. Un fracasado». Pero Nastunye regresa para ayudarlo en su propósito, aunque ninguno de los dos sea el mismo. Entre ambos revelan la identidad de P.L. Salvador, alguien que busca constantemente, que siempre está en proceso. Nastunye es la encargada de desvelar la identidad del autor en la narración que ella misma elabora.

Todo proceso implica cambios por lo que el autor debe leerse para escribir su vivir. Los personajes escriben sus acciones mediatizadas según lecturas, música o preferencias de ellos mismos. A través de estas influencias y teniendo en cuenta las dificultades, el autor va sintiéndose parte de sus propios personajes; ellos lo saben y cuando caminan seguros lo dejan, como Mat, o lo apartan, como Nast, para que siga dando sentido a su vida con la literatura. Una vida que no es sino la lucha constante entre ficción y realidad «Gapp no consiguió ser perfecto en vida […] Ha tenido que morir para que sus sueños se hicieran realidad».

Lo inasible es el diario que el protagonista, sin nombre, escribe desde Miércoles 24 de noviembre de 2021 hasta Miércoles 12 de enero de 2022. En él cuenta cómo perdió a su hermanita, de cuatro años, en la playa de Calpe. Tras vivir 50 años en Burgos regresa a Calpe con la intención de encontrarla. Busca también un amor de verdad mientras reflexiona sobre la vida en sociedad y las obsesiones provocadas por la pandemia.

Poco a poco se va enamorando de dos mujeres «No sé si la situación es rara o se me hace rara. Cárol me ha metido a Flavia en casa. Se van a ver lunes, miércoles y viernes. En mi casa. Y no les he preguntado si puedo asistir a las clases. Me lo estoy preguntando ahora mismo. ¿Puedo?».

Son dos mujeres idílicas que darán a Lo inasible un final ideal, de película. Como el espacio reinventado de Calpe, un universo propio en el que conviven el humor y la pena, donde la desgracia trae una esperanza, donde aunque aún no exista nada, existirá.

Si hay que destacar algo en este desatino fantástico de novela es el ingenio argumental, en donde la reflexión metaliteraria convive con la ironía para que entendamos el estado actual de la novela en particular y de la literatura en general.

La lectura de Nocturno de Calpe es ligera, porque la escritura es espontánea; los capítulos cortos y las repeticiones secuenciadas aportan cierta armonía a los lectores; experimentamos una unidad con el autor mientras reflexionamos sobre la fuerza que adquiere la repetición de algo, mientras empatizamos con la fragilidad del personaje porque vemos la de todos.

En la novela destaca lo tenue, lo breve (capítulos breves, párrafos breves, oraciones breves, signos de puntuación breves). Todo apuesta por una sencillez aparente, pues, aunque los temas son sencillos, la búsqueda de la felicidad en la sencillez de la vida tiene absoluta trascendencia. La historia, real, se introduce en la fantasía de una estructura externa algo obsesiva que paradójicamente encierra conceptos de absoluta libertad.

Novela con un yo narrativo inestable, cambiante, incapaz de mostrar claramente lo real o lo onírico, cargado de un lenguaje que da forma a lo invisible, a las fantasías imaginarias en las que aparece la culpa que nos ahoga «También yo odio a aquel que fui […] tranquilos, susurro, que no me he vuelto loco […] Ellos siguieron en silencio, incluso Elena, pero por el brillo de sus ojos supe que aún tenía una oportunidad”.

sábado, 4 de marzo de 2023

DUELOS Y QUEBRANTOS

Los duelos y quebrantos atesoran una historia desde que aparecen en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Este plato se comía principalmente en Castilla durante la cuaresma y alude a esos ayunos que debían guardar los católicos y que se podían quebrantar, los sábados, con torreznos, sesos o los huesos “quebrantados” del animal. El plato continúa hoy siendo fiel a los huevos pero acompañados de chorizo, jamón y tocino, alegrando así a cualquier duelista y reparando todo lo quebrantado.

La novela de Ana Girón también guarda la historia desde que España fue sacudida por una de las peores guerras que ha sufrido. El problema es que muchas familias quedaron rotas por la pena y hubo quien se aprovechó de ese dolor para quebrantar el de otros, por supuesto, fieles al régimen dictatorial impuesto.

Duelos y quebrantos es una novela dura. Comienza in medias res; la tía Paca ha muerto y, durante el duelo, se presenta una pareja en la clínica que presidía, exigiendo la recién nacida prometida. Los sobrinos de Paca, Elisa y el cura Ginés, se muestran sorprendidos ante tal actividad de su tía y el Director les confirma que esa práctica se ejercitaba desde años antes de que él empezase a trabajar allí. La cuñada de la finada, la Duquesa, estaba al tanto aunque pensó que si lo hacía Paca sería lo mejor para todos, «—A los que han parido se les dice que su hijo falleció […] A los adoptivos, que los niños han sido dejados allí ante la imposibilidad de mantenerlos […] es lo más sensato». El caso es que, a pesar de llevar a cabo durante años esa práctica, los que trabajaban en la clínica no se enteraron o no quisieron hacerlo. A veces es mejor mirar hacia otro lado para no salir de la zona segura.

Al poco de morir Paca, Claudia, la hija de la Duquesa y prima de Elisa, se casa con Marcos, un psicópata que solo aspira a tener descendencia para heredar el ducado de su mujer, a la que maltrata desde la primera noche. La madre de Marcos, Inmaculada, lo sabe y no hace nada por evitarlo. También lo sabe Gonzalo, hermano gemelo de Marcos, médico de la clínica, que acabará teniendo, de alguna manera, aquello que desea:

—¿Crees que tu hermano sabrá tratarla —preguntó doña Inmaculada.

—Algún día tendrás un nieto que será duque […] Si pudiera, yo me cambiaría por él.

Y así, con la muerte de Paca y la boda casi inmediata de Claudia, comienza la novela. Después nos enteraremos de que esta chica fue pretendida por el Director de la clínica, a quien el primo Ginés, en calidad de cabeza de familia, rechazó como marido de la duquesita por no pertenecer a la aristocracia y por tener el rostro totalmente desfigurado. El director acepta la decisión de Ginés y Claudia se tranquiliza al no tener que soportar la vista de semejante deformidad el resto de sus días. Según avanza la trama nos damos cuenta que, de una forma u otra, Claudia había nacido para sufrir.

Como tantas mujeres, había sido educada para construir su futuro al lado de un hombre. Estaba mejor visto una mujer casada y maltratada que soltera y feliz.

Duelos y quebrantos no mantiene una narración lineal. En un momento determinado, por un dato real, tenemos la certeza de que transcurre en 1954, pero los flashback nos llevan hasta 1936, cuando comenzó la guerra y los campesinos empezaron a moverse, a huir, a embrutecerse a fuerza de ser tratados como animales aun en la niñez.

Ana Girón no escatima detalles de cómo se echaron a perder las vidas de los que, desgraciadamente, hubieron de seguir en una época en la que las mujeres y los niños, a pesar de no estar preparados y de acarrear traumas imposibles, salieron adelante El presente queda interrumpido por el recuerdo de los personajes o del propio narrador que, omnisciente, nos va dejando pistas sobre cómo termina la historia. No quiero desvelar nada porque el lector no lo percibe; desde el comienzo quedamos imbuidos de dolor constante y constantemente rechazamos a esos seres incapaces de suscitar cualquier poder de persuasión en nosotros. Los hombres, cobardes, rozan lo patológico; las mujeres, sumisas, viven en continuo temor y ofrecen un ambiente opresivo que no nos abandona ni cuando somos testigos de escenas, supuestamente alegres, relatadas con un lirismo exquisito.

He estado en Almagro en bastantes ocasiones para ir al teatro y en varias de ellas he presenciado el paseo que los recién casados dan por la Plaza Mayor aun hoy en el siglo XXI. Siempre es motivo de alegría, pero el malestar que nos produce al leer la marcha nupcial de Claudia y Marcos, al principio de la novela, marca la desazón que tendremos hasta el final.


La comitiva pasaba por la siniestra de los ochenta y un fustes de la Plaza Mayor […] Avanzando por la calle de las Nieves, el viento solano y arenoso se estrellaba a dentelladas contra el arco del triunfo de la casa del prior […] Las nubes no se habían decidido por empapar con alguna suerte de ventura a la novia y, por tanto, tampoco a llorar sobre ellos. Y no supo qué pensar.

Duelos y quebrantos recuerda, con un lenguaje casi lírico, a las novelas extensas del Realismo decimonónico. Los personajes son testimonio de la clase burguesa de las décadas 40 y 50 del pasado siglo, tiempo en el que transcurre la historia. El director, la tía Paca, Elisa, su hermano el cura, la Duquesa y su hija Claudia, doña Inmaculada y sus hijos Marco y Gonzalo; todos están bien posicionados económica y socialmente. Los hombres, despreciables, están amparados en su condición y en las ventajas que les brinda la sociedad para medrar a costa de lo que sea, sin importarles nada ni nadie que no sean ellos mismos.

En las mujeres encontramos alguna diferencia, por un lado destaca el carácter veleidoso de las damas, abocadas a un sufrimiento determinante por no saber o no querer cambiar su papel; la joven Claudia se comporta de forma absolutamente infantil, en ningún momento reacciona a la tiranía o al abuso sino que, obediente, cumple con lo que se espera de ella.

A Paca le tocó en su juventud una vida dura; dedicada a ayudar a los demás con paciencia, generosidad, valentía y fluidez expresiva, de la que se valía para mentir amparándose en la piedad. Elisa también se expresa de forma segura, es inteligente, razonable y no está dispuesta a continuar con los delitos de su tía aunque será ella quien lleve a cabo una última falsificación.

Los personajes secundarios, todos obreros, aparecen para que identifiquemos los espacios en los que se mueven, el campo, la calle, las cocinas… Son quienes lo saben todo y todo lo callan para dotar a la novela de cierto valor sociológico.

Creo que la clínica es la protagonista dominante. En ella los personajes se refugian para aliviar sus duelos o restablecer sus quebrantos. La clínica aparece como testigo de lo que sucede con los hombres y con las mujeres; nos remite a la tiranía de los mandatos heredados; la clínica es un microcosmos reflejo de una sociedad cerrada, opresiva, determinista, cuya única salida es, probablemente, el cambio que le quiere dar la nueva directora.

Reflexionando sobre la clínica podemos hacer una lectura sociocrítica de la España de la posguerra, donde el abandono y la desesperación dejaron huella, «Los niños dejaron de serlo y los hombres también».

La autora ha salpicado Duelos y quebrantos con alusiones a grandes obras literarias; como es lógico, las citas al Quijote pueblan las páginas para que los personajes influenciados por la tía Paca puedan reflexionar sobre sus actos: «Advirtió Quijote a Sancho que el amor, cuando toma posesión de un alma, lo primero que hace es quitarle el temor y la vergüenza».

No solo tiene cabida la obra de Cervantes, encontramos referencias a Juan Ramón Jiménez, «Mis ojos, ¡tan lejos de mis oídos!», a Óscar Wilde «Su vergonzoso retrato no pudo resguardarlo en un lienzo oculto, cual eterno y lozano Dorian» y hasta a Rodrigo Díaz de Vivar «Ay, qué buen vasallo sería si tuviese buen señor». Pero estas citas son testigo de la miseria de un pueblo que, guiado por el odio y la envidia solo pudo comportarse de forma cicatera.

Cuando nos damos cuenta de esto es cuando somos conscientes de que lo que realmente importa en Duelos y quebrantos es la evolución de Elisa, entonces, las demás acciones que aparecen quedan en un segundo plano.

Ana Girón ha escrito una novela altamente realista, de argumento creíble, con escenarios reconocibles por los lectores para analizar una sociedad descrita de forma meticulosa, en donde la marginalidad de la mujer —en todas sus vertientes— y del hombre sin recursos es el tema fundamental. Marginalidad de los que, a pesar de las desventajas que sufren, no pueden abandonar el sentido de culpa por lo que les ocurre.