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martes, 19 de agosto de 2025

ASESINATO EN LA CASA ROSA

No soy partidaria de clasificar lecturas por estaciones pero, de aconsejar alguna para las vacaciones, sin duda sería Asesinato en la Casa Rosa. Lo tiene todo para ser leída con facilidad, incluso si a nuestro alrededor hay personas hablando o realizando otras actividades. Los capítulos cortos, el misterio, los cambios de trama, el enredo que se va sumando al nudo principal formando, por momentos, una tela de araña con varios frentes por resolver, las analepsis que nos llevan al asesinato que debe aclarar la inspectora Iria Santaclara contratada por Ulises Villamor bajo coacción pues, a pesar de estar de baja, cuidando de su marido desde que sufrió un ictus, el magnate le ofrece la mejor clínica europea, en Alemania, a cambio de que ella se instale en Loeiro, en la casa Rosa, la mansión familiar en la que viven, desde la pandemia del COVID-19, él, sus hijos y nietos. Ulises quiere saber quién mató a su mujer, Rosa, durante el confinamiento, cuando nadie salía ni entraba a la casa. Todo apunta a un miembro de la familia o del servicio, ya que el patriarca de los Villamor descarta que Rosa muriera de un ataque al corazón como afirmó el médico. Iria acepta sin imaginar adónde la llevará su decisión.

El estilo de Arantza Portabales es fluido, ágil, de prosa directa en la que el narrador, en tercera persona, solo desvela lo justo para que sean los diálogos los que nos informen de lo que realmente ocurre y de la psicología de los personajes. Como ellos, vamos sorprendiéndonos a cada paso. Disfrutamos con la complicidad entre César Araújo, antiguo jefe de Iria, ahora jubilado, y la inspectora (que tampoco está de servicio); además, tendrán a su favor a «la Gestapo» quien los ayudará más de lo que se imaginan en un principio «—…no creo que disfrute exponiendo rumores falsos. Al contrario, me parece una mujer sagaz, con un buen juicio crítico y gran capacidad de análisis».

Entre  los  tres,  Iria, César  y  Sinda, desvelarán  los  hechos  aunque,  tal  y como  sucede  en  la  realidad, no  todo tiene  arreglo;  hay  cosas  que  no  se  pueden  probar  y, aunque  estemos  seguros   del  delito, no  son  castigadas   «…Ella descubrió  su  rostro  y apoyó  la cabeza  en  la  de  él. Permanecieron  así  largo  rato.  —Casi  me  mata  —murmuró Iria.  —Pero no lo hizo. —Cesar no la soltó. La sentía pequeña y frágil—».

En general la novela me ha recordado a las clásicas de misterio de detectives; la convivencia familiar de los Villamor con la inspectora resalta su faceta humana y las prioridades a la hora de investigar, por lo que es difícil dejar de leer las más de cuatrocientas páginas casi de un tirón. Asesinato en la Casa Rosa se desarrolla en un ambiente cerrado, propicio para el silencio, la mentira, el misterio que rodea a un clan familiar cuyo patriarca es quien aporta una claustrofobia absoluta, a pesar de la libertad que sugiere, tanto a Iria como a sus familiares.

Conforme avanza el argumento nos sentimos más atrapados en este misterio en el que todos los habitantes de la casa son sospechosos, todos tienen un lado bueno y otro malo, algunos malísimo, pero como en la novela negra de enigmas, la nueva dama del noir consigue que no siempre acertemos con los motivos de cada uno para actuar como lo hacen «—Álvaro no sabe nada —dijo Eduardo—. Tranquila, nadie va a hablar. Todos tenemos cosas que esconder. Solo hay que conservar la sangre fría. Tenemos un pacto, recuérdalo». Arantza Portabales nos ofrece más de una sorpresa con la que humaniza a los personajes y por supuesto a la protagonista, quien promete otro regalo agradable a los lectores.

Como en las clásicas novelas de Agatha Christie, el tema principal rodea un asunto familiar, la resolución de la muerte de la matriarca, que derivará en otros temas familiares. El motor es la ambición, aunque también nos sorprenderá el amor y la vulnerabilidad de los personajes.

Precisamente en la indefensión será donde conozcamos mejor a Iria, a Ada, a Álvaro y Eduardo. El concepto que tenemos de los hermanos Villamor va cambiando según los giros que establece la autora y al final entendemos sus causas y podemos ponernos en su lugar para aprobar o no sus actos.

El costumbrismo de la costa gallega está representado por Loeiro, un lugar que, a pesar de no existir, refleja las relaciones reales entre los habitantes de los pueblos pequeños: lealtad, mentira, silencio, misterio y tradición inquebrantables rodean las vidas de los que controlan y de quienes necesitan subsistir «—Pueblo pequeño, infierno grande, ya se lo dije el primer día. No piense que la espío pero…».

La prosa de Arantza Portabales es directa, sencilla, con un lenguaje cotidiano, sin grandilocuencias, que hace de su novela un libro para la mayoría, y la gran mayoría mantendrá la atención hasta el final aunque los aficionados a la novela negra sean testigos del homenaje que la protagonista ofrece al gran Domingo Villar, consiguiendo que Iria y Sinda se conviertan en personajes memorables de la novela negra «En el sillón descansaba su lectura actual: El último barco, de Domingo Villar, el escritor favorito de Iria». De hecho, como en las típicas novelas protagonizadas por Miss Marple o Hércules Poirot, Iria Santaclara se enfrenta al misterio del cuarto cerrado, con pocas posibilidades para que entre el asesino a cometer el crimen, en este caso, la galería de la casa Rosa, donde Rosa, gran aficionada a la jardinería, murió.

sábado, 29 de abril de 2023

EL HOMBRE QUE MATÓ A ANTÍA MORGADE

Ya he terminado la trilogía; en esta última entrega Arantza Portabales no da respiro al lector. Tampoco a los protagonistas; por eso, precisamente, los lectores creemos que la tensión en la que nos ha dejado, como quien no quiere la cosa, debe ser disuelta con un nuevo título.

En El hombre que mató a Antía Morgade la culpa vuela por encima de los personajes, de todos, incluso de los que creemos que no la tienen. Y es difícil vivir con sentimiento de culpa porque conlleva rencor, ira, depresión, ansiedad…, un cóctel incendiario capaz de destrozar lo que lo rodea sin que el culpable sea consciente de la responsabilidad de sus actos, «se limitó a recibir nuestras condolencias, sin sostenernos la mirada. Sé lo que piensa […] Nos culpa para evitar sentirse ella culpable».

En esta ocasión, un grupo de personas se reúne en Santiago después de veinte años sin verse, para celebrar que Iago es un famoso biólogo y vuelve a España con un futuro prometedor. Iago reserva una mesa en un restaurante al que irán Mónica, que ha conseguido tener cierta fama como modelo e influencer en las redes sociales; Eva, casada y trabajadora en una peluquería, Lito, drogadicto en proceso de rehabilitación; Xabi, conductor, casado con Vanesa y Carlos, cantautor, amargado desde que se quedó solo en el mundo.

En realidad, todos formaron parte de una familia en un piso de acogida cuando eran adolescentes. La familia, porque en realidad no tenían a nadie más. Carlos se incorporó al grupo, con su hermana Antía, cuando murieron sus padres, sin ser conscientes de que no iban precisamente al paraíso. En la casa de acogida, Héctor, un trabajador, violaba a las chicas y las amenazaba para que no hablasen.

Una mañana encuentran a Antía muerta en el salón. Se había cortado las venas y sus amigos pensaron que lo hizo por el miedo a quedarse sola en el piso, con Héctor, cuando Carlos, a punto de cumplir la mayoría de edad, debería abandonarlo para estudiar o buscar un trabajo. Para no perjudicar al programa de acogida, todos callaron en el juicio contra Héctor, aunque este es encarcelado por las acusaciones de otra chica. El grupo rehace su vida hasta que dos décadas más tarde el violador sale de la cárcel y Iago pretende recuperar la unidad familiar. En la cena de reencuentro, Xabi es asesinado. A partir de ahí, los inspectores Santi Abad y Ana Barroso, junto al comisario Álex Veiga deberán aclarar quién mató a Xabi y quién fue el culpable de la muerte de Antía. Las cosas no van a resultar fáciles. Santi fue compañero de colegio de Carlos y Iago, así que le costará trabajo mostrarse imparcial en el caso y pondrá en peligro su participación. También Santi y Ana vuelven a encontrarse tras pasar ella dos años estudiando Criminología en Ponferrada, «La distancia y el tiempo lo habían puesto todo en su sitio. Se había acostumbrado a hablar con él a diario. […] Se prometió a sí misma que sería mejor».

Durante la investigación, verán que no todo es tan claro como parece; los personajes ocultan datos, esconden sus verdaderos sentimientos, mienten por miedo. Antía fue una niña atormentada, infeliz, de la que abusaron y a la que crearon un remordimiento tal que no la dejó vivir hasta que terminó suicidándose «—Y en eso consiste una investigación policial, en ir destruyendo esos estereotipos. En apartar lo superficial y destruir la parte real que habita en cada uno de los sospechosos».

La velada de reencuentro sirve para que los que quedan de esa familia desconfíen unos de otros y, sobre todo, de un violador que a su vez desconfía de todos, también se siente acorralado y tiene miedo. También por miedo pueden llegar a cometerse actos atroces.

Los protagonistas son personas que vienen de familias desestructuradas y tienen la desgracia de formar una nueva familia también desestructurada. Si nos preguntamos qué podría salir mal, está claro que la respuesta es evidente. Portabales da un giro más de tuerca hasta introducirnos en un ambiente agresivo y desquiciante, no solo para las víctimas, también para los verdugos y la policía, que debe trabajar bajo triple presión, personal, profesional y mediática.

Los personajes tienen perfiles diferentes: Mónica vive pendiente de su fama, ha luchado por abrirse un futuro en los medios de comunicación y aprovecha cualquier ocasión; Iago tiene un panorama de éxitos profesionales en la ciencia y no quiere que ningún suceso empañe el prestigio que ha conseguido; Eva ha logrado vivir tranquila con su marido, que le aporta estabilidad, algo que su débil carácter agradece a pesar de haber deseado otra vida; Lito ha conseguido tras años de adicción, estar más o menos limpio y dispuesto para afrontar un futuro que le sonría, tampoco quiere verse envuelto en ningún escándalo por miedo a ser expulsado del programa de inserción; Carlos ha conseguido actuar expresando su aislamiento y su dolor. Todos, sin embargo, tienen un punto en común, saben que el mal por el que pasaron lo llevan dentro a pesar de las vicisitudes de cada uno. Todos sienten que no ha habido justicia para ellos y todos intentan justificar cualquier degradación. La culpa los persigue, como a Antía. Lo que tenemos que descubrir es si la culpa solo se puede expiar con la muerte


—Esta canción se titula “Malditas las ganas que tengo de olvidar.

Aplauden. Hay que joderse.


Arantza Portabales dirige una mirada inquisitiva a los poderes de la culpa, más fuertes que los del amor incluso, y es capaz de transmitirlos en un thriller que no ofrece sosiego. El lector cambia constantemente de sospechoso, como les ocurre a los policías y como es habitual en la novela de la autora. Hasta la última página no tendremos descanso, y ni aun así «—Pues nos encontrará esperándolo —afirmó Carlos, estrechándola aún más fuerte y aguantándole a Iago la mirada—. Y esta vez estaremos todos juntos».


Los personajes se arrepienten de los fallos cometidos pero no del todo, por lo que el remordimiento es cada vez mayor, así que no pueden dejar atrás lo que pasó. El lector se va enterando poco a poco y se va dando cuenta, despacio, de que no hay solución para ellos. El argumento es triste, desolador, y la trama se va desarrollando a modo de tragedia griega. En realidad están determinados por el destino, fueron personajes marginados que poseen personalidades existencialistas. «Todos deberíamos olvidar. Si es que eso es posible». Casi que la policía no interviene, «no puede hacerlo»; solo al final, el buen trabajo de los investigadores logrará despejar la verdad.


La estructura sigue la línea de Belleza roja y La vida secreta de Úrsula Bas: capítulos cortos, unos narrados en tercera persona con diálogos insertos y otros en primera persona donde la voz de un personaje reflexiona sobre lo que es fundamental para él y para el caso. Aunque el lector no sea capaz de relacionarlo todo. Interesante.


Sólo echo en falta observar un espacio más gallego, un carácter más gallego. Aunque sea algo tópico me gustarían más guiños a la tierra donde vive la autora. Veo Madrid en muchas novelas, así que no estaría mal encontrar algún término gallego además del “¡carallo!” cuando se enfadan los policías.

sábado, 22 de abril de 2023

LA VIDA SECRETA DE ÚRSULA BAS


En esta segunda entrega, Abad y Barroso reaparecen distintos, Ana es subinspectora y no se va a dejar intimidar por el carácter de Santi, a quien apenas le da tiempo a readaptarse —tras pasar por una baja psicológica después de los acontecimientos entre Sam, su exmujer y la propia Ana—, cuando la desaparición de una de las escritoras más famosas del momento hace saltar la alarma en la policía.

El nuevo comisario, Álex Vega, es más joven, más resolutivo, más decidido que el anterior, el jubilado Lojo, pero por eso mismo los investigadores deberán atenerse a sus órdenes aunque a veces no estén de acuerdo. Se llevan bien a pesar de que por momentos parece que Álex, divorciado, intenta empezar una relación con Ana, algo que pone a prueba los celos de Santi y su escaso control de la ira; según él, reforzado tras haber estado año y medio en manos de una psicóloga y, sobre todo, de Connor Brenan, el psiquiatra que también apareció en Belleza Roja y que ahora es gran amigo del policía. No sabemos si lo va a conseguir, pero lo intenta «—Los vi un día en el coche juntos —se rindió Santi finalmente—, y lo único que deseé en ese momento fue matarlos a hostias […] te juro que en mi cerebro suena incluso coherente».

En fin, aunque la vida privada de los tres está en pausa, de vez en cuando saltan chispas entre ellos sin que ninguno olvide que la profesión es lo primero, «Santi siempre le había gustado y dar un paso más allá de la relación de trabajo había sido un error por parte de ella […] saber que él había sido capaz de pasar página […] aunque si era justa, había sido ella la que había pedido que lo dejasen correr».

En esta ocasión los detectives no saben a qué agarrarse; Ana deja claro desde un primer momento que el marido de Úrsula Bas, la escritora desaparecida, no le cae bien a pesar de que su comportamiento es envidiable; está tranquilo, cuida de su hija y no tiene problemas en colaborar con la policía. Barroso cree que oculta algo. Abad, por su parte, desconfía de Raquel, íntima amiga de Úrsula que, con estudios universitarios, sin embargo trabaja como su ayudante personal.

Pero las sospechas se dirigen a un caso de secuestro anterior, el de Catalina, que ahora nos enteramos de que podría haber tenido una aventura con su secuestrador y posterior asesino. Catalina lleva casi tres años desaparecida y ahora, cuando el propio asesino ofrece la ubicación, encuentran su cadáver. Las sospechas recaen en Adrián, el viudo, quien podría tener a Úrsula escondida, por lo que el revuelo policial y mediático es evidente. La verdad es que Arantza Portabales conduce la trama de tal forma que hasta el final no sabemos qué ocurrió a pesar de que, desde el cautiverio, las voces de Catalina y de Úrsula se mezclan con las del narrador en tercera persona para desvelar sus vidas, o una parte de ellas. Sabemos que ambas se sintieron queridas y valoradas por alguien que no era su marido pero era un maltratador, psicológico y físico, sabemos que este alguien sabía todos sus movimientos; a través del móvil pudo acceder a sus cuentas, a sus actividades, a sus vidas…

En este sentido también Raquel teme por su integridad, pues está siendo observada y amenazada por el secuestrador.

Trama muy compleja y un argumento muy bien llevado, capaz de mantener la intriga del lector hasta el final; de hecho, cada vez que descubrimos algo creemos saberlo todo pero quien únicamente lo sabe es la autora. Nosotros somos conscientes al final, cuando encajamos las piezas y todo cobra sentido, si es que lo tiene la mente de un perturbado.

El tema que subyace en La vida secreta de Úrsula Bas, es la soledad. Catalina y Úrsula, a pesar de ser de nivel cultural diferente, a pesar de tener un matrimonio estable, son mujeres que se sienten solas pero en ningún momento se consideran víctimas de nada, ni siquiera cuando empiezan a ser acosadas. No se dan cuenta. Caen en las redes que les tiende el acosador. Pero Catalina termina reconduciendo esa soledad en amargura; su realidad, su entorno se vuelven viscosos y se siente culpable de su decisión. Pero cuando quiere cambiarla es demasiado tarde. Una vez que has caído en la red no eres dueña de nada, tus decisiones son las suyas y tu vida también. El psicópata no está dispuesto a ser contrariado, «Úrsula […] se creía muy lista […] Catalina, que pronto se dio cuenta de que a veces me llenaba de esa rabia que yo creía tener domesticada. Asco. Yo le daba asco. El sonido de su cráneo al quebrarse era como el de un insecto bajo mi pie».

La soledad de Úrsula es el resultado de querer luchar contra la propia persona que ella misma ha construido y que una vez formada no le gusta. Úrsula deja de reflexionar sobre lo que es y se deja llevar por la autocomplacencia porque le aterra encontrarse con su yo verdadero. Cuando es consciente de que, a pesar de haber obtenido lo que deseaba, sigue estando sola, es cuando puede cambiar de actitud, cuando percibe lo verdaderamente importante, pero a lo mejor es tarde para salir de ese infierno al que ha ido entrando con gusto «coincidir con mis más íntimos y alocados pensamientos era lo que más me había gustado de él […] Hacía esas cosas para demostrarme que tenía el control de mi vida».

Úrsula deberá enfrentarse al mundo desde sí misma y cambiar su rutina para poder eliminar la tragedia personal. El encierro al que la somete su secuestrador la hace reflexionar para poder encarar la realidad y llevar a cabo un cambio.

También Raquel se encuentra sola y quiere huir de todo cuando es consciente de ello, cuando siente verdadera angustia por su cotidianeidad, «necesito alejarme. No sabía adónde iba, solo sabía que no aguantaba ni un día más en su casa […] Se quedó paralizada delante de la pantalla. Una pequeña vibración […] “Vuelve”».

Ninguna de estas mujeres podrá salir de su soledad, de la que han sido conscientes, paradójicamente, por la conexión de las redes sociales. Arantza Portabales recuerda con La vida secreta de Úrsula Bas que de la soledad sólo se sale en la reflexión que permite la soledad y una vez que nos sentimos liberados podremos llevar una vida en común liberada de tristeza.

sábado, 15 de abril de 2023

BELLEZA ROJA

El título de la última novela que he leído me resultó inquietante, porque asocio el rojo no con el color en sí, sino con la sensación que percibo. El rojo consigue despertar mi atención ante el peligro, el dolor, el calor, la pasión, el poder, la fuerza, la actividad, el éxito… Normalmente cuando leo “rojo” me vienen a la mente situaciones peligrosas y esto es lo que sentí al tener en mis manos Belleza roja. Esta bipolaridad que surge del propio título es la que ocupa las páginas del libro.

El cadáver de Xiana Alén es encontrado por su tía Lía, en su habitación, boca abajo y cubierto de sangre, en una posición que recordaba a un cuadro pintado por Aurora Sieiro, abuela de Xi. El suceso tuvo lugar la noche de San Juan, mientras sus padres, Sara y Teo, su tía Lía y unos amigos, Inés y Fernando, cenaban en el jardín de la casa. Y la tía abuela Amalia, octogenaria gemela de la fallecida Aurora, descansaba en su habitación.

Nadie hubo entrado ni salido de la casa a la hora de la muerte, por lo que el caso, para el inspector Santi Abad y la policía Ana Barroso, se presenta sin acción, es un caso cerrado en el que la lógica y el razonamiento primarán en sus investigaciones. Arantza Portabales ha escrito, en este sentido, una novela policíaca de corte clásico en la que las dudas y desconfianzas irán pasando por los seis sospechosos sin la posibilidad de que haya implicados de fuera. El asesino puede ser cualquiera. Aunque en un principio nadie mataría a Xiana —una chica de quince años, dulce, guapa y, a pesar de su juventud, pintora excepcional— el crimen se ha cometido y quien lo ha llevado a cabo figura en su círculo de allegados, «Ya nunca más desearé ser ella. Ni ambicionaré su talento. Ni podré decirle que es la reina de la luz». Aquí está la clave de todo el entramado: la envidia llevada al más alto nivel, si es que este sentimiento se puede graduar.

En Belleza Roja existe una pasión de delirio paranoico, por parte de las mujeres, que las lleva a sentirse acosadas entre ellas. Curiosamente los hombres no muestran envidia hacia los demás, creando un matriarcado familiar digno de figurar entre las descendientes de Abel Sánchez.

Las gemelas Sara y Lía Somoza han vivido siempre unidas en una casa en la que su madre, Aurora Sieiro, reputada artista y obsesionada con la sangre y el color rojo en sus obras, tenía poco tiempo para ellas, además su egolatría llegaba hasta el punto de ridiculizar a Lía, una niña que siempre quiso seguir los pasos de su madre, aunque sólo consiguió su desprecio: «Unos trabajos que su madre había ridiculizado por realistas, poco innovadores y enormemente predecibles». Aurora sentía envidia de su propia hija, Lía y por eso intenta avergonzarla con cada obra que hace, y por eso siente predilección por Sara, una niña con altas cualidades para el baile y la danza, una niña que no pinta sino que quiere ser abogada, como su padre, una niña que nunca será su rival. Amalia, la hermana gemela de Aurora, se queda a vivir con la familia, básicamente para cuidar de las niñas mientras la madre pasa largas temporadas de giras y exposiciones. La influencia de Amalia es notable en las gemelas, pero no cabe duda de que ambas viven obsesionadas con el rojo de la pintura de Aurora.

Sara se casa con Teo, el novio de Lía, una vez que ella lo dejó para ir a estudiar fuera. Cuando vuelve, vive con ellos y con su sobrina Xiana, una niña que quiere parecerse a su tía Lía y que tiene unas dotes extraordinarias para pintar.

Teo apenas influye en nada; se deja llevar por la pasión de Sara y por el amor que aún siente por Lía. Sara es el rojo exuberante, obsesivo, descontrolado; la envidia que siente hacia su hermana no la deja creer en sus propias posibilidades «—Adrián, ¿me creerías si te dijese que era yo la que tenía celos de ella?» Sara representa el tema ancestral literario de Caín y Abel. Es ególatra hasta el punto de que es ella quien se impide realizarse como ser humano. La envidia que siente es un motor con el que destruye cualquier sentimiento de amor o gratitud. Su envidia es hacia otra mujer, hacia otras mujeres; es fuente de odio y tragedia. Pero puede ser una historia repetida, que también Amalia sintiera envidia de Aurora, por haberla relegado a mera cuidadora de las niñas, a no tener familia propia.

En Amalia intuimos la amargura de La tía Tula, aferrada a la religión hasta el paroxismo, enamorada de su cuñado o envidiosa por no haber formado su propia familia.

La tía Amalia representa lo irracional en el conflicto familiar; ella ve la realidad desde una óptica diferente, desde el enfoque religioso, algo que le permite redefinir la existencia, «rezando sin rezar […] en las dos últimas semanas no había hablado de otra cosa que del apocalipsis y de baños de sangre». A través de la locura de Amalia, Arantza Portabales refleja y cuestiona la irrealidad que nos rodea, la tía es el símbolo de la crisis familiar «Abrí los ojos y estaba allí. Después fue hacia la puerta. Antes de salir, me dijo, bajito: “Tita Amalia, ¿por qué me hizo esto mi madrina?”». Su muerte sirve para que los demás tomen conciencia de lo que ocurre. Con las analogías religiosas que emplea, se transforma en la intérprete de un mensaje aparentemente indescifrable; ella es la clave que utiliza la autora para denunciar la descomposición familiar. Es el rojo del sacrificio y de la purificación redentora.

Lía es el rojo de la culpa, llega a infravalorarse tanto al lado de su hermana, que pone sus expectativas en Xiana; intenta paliar con su actitud la aversión que su propia madre tuvo hacia ella. La locura de Lía es fruto del daño que su inconsciente le causó a Sara y es consciente de que el dolor de su hermana sólo puede remitir con su propio sacrificio, «Ver la cara de Sara era como estar muerta y flotar en las alturas para verme a mí misma desde otra perspectiva».

Aún hay otra sospechosa resentida, Inés. La amiga de Sara representa el rojo irreflexivo, visceral. Inés busca constantemente respuestas emotivas intensas. Es envidiosa de cualquier mujer atractiva; personifica otra forma de envidia, por lo que los efectos que vemos en ella son, fundamentalmente, los derivados de la desconfianza que tiene de sí misma; le exaspera que su marido, Fernando, se sienta atraído por las mujeres bellas y que sea correspondido. Sin embargo no lo abandona. Sabe que nunca la va a mirar como a las otras pero no le importa mientras siga siendo suyo. Su envidia es la de alguien pusilánime que se conforma con desear el mal ajeno, para demostrar a todos que ella está a la altura y es merecedora de Fer. «Eso le dijo su madre cuando se lo presentó […] Los hombres como Fer eran siempre demasiado para mujeres como ella [,…] inteligentes, no especialmente hermosas, ni especialmente mundanas ni especialmente nada».

Inés se verá inmersa, sin ser consciente, en el problema familiar de Xiana Alén Somoza, que parte de la relación de amor-odio entre gemelas. Es interesante observar cómo ambas se revuelven contra su otro yo. ¿Es un odio hacia ellas mismas? ¿Se sienten incapaces de querer a no ser lo que no puedan tener?

Belleza roja es la tragedia de la mujer que se autodestruye y, para ello, destruye.

Y me he centrado en las mujeres porque creo que es donde está el problema. Los hombres son detestables, peleles sin personalidad que intentan suplir su complejo de inferioridad con una mujer bella a su lado. Así de viriles. Así de machistas. Fernando es un obseso de las mujeres jóvenes hasta que cae en lo más bajo: abusar de menores. Teo tiene tan poca ética que prefiere estar con su mujer sólo por tener al lado a su cuñada; Sara le aporta sexo pero Lía es quien lo satisface. Incluso el protagonista, el inspector Santi Abad, representa al típico hombre incapaz de estar con una mujer si no es ocupando el lugar secundario que le corresponde. Y puede llegar al maltrato físico o verbal «—Que sea la última vez que empiezas a hablar antes que yo».

Y el psiquiatra Connor Brennan, es otro atormentado por sus relaciones familiares; familia que deja relegada ante sus amistades o su propio interés personal «Contó mentalmente las pintas […] quizá seis. Recogió a la niña en casa de Jordan y la metió en el asiento trasero».

En fin, también Belleza roja es la inconsciencia masculina que desbarata una y otra vez el mundo femenino. Espero que en las siguientes entregas, Portabales coloque junto a Ana Barroso, la única mujer sincera, fuerte e inteligente de la novela, un protagonista a su altura para que disfrutemos nuevamente de una lectura que oscila entre la tranquilidad del ritmo de un narrador en tercera persona, la reflexión de la primera (en Lía), el dinamismo de los diálogos, la rapidez de las onomatopeyas que reflejan las acciones de los personajes y el misterio de las transcripciones de llamadas telefónicas, en las que imaginamos al interlocutor que está al otro lado de la línea.

Novela interesante que se deja leer bastante bien. Aunque sepamos con antelación quién es el asesino. Lo importante es cómo llevan a cabo la resolución de un caso que, en principio, cuesta trabajo imaginar que se pueda poner en práctica.