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sábado, 21 de septiembre de 2024

TIERRA SOBRE LA MEMORIA

Hay veces en las que la narración nos lleva a un testimonio histórico; otras, en las que sabemos que es el resultado de un hecho real, por lo que nos adentramos en la ficción con la seguridad de estar ante hechos que ocurrieron.

Esta no es una novela testimonio, está claro que Estela Melero no fue testigo directo de los hechos ocurridos en la década de los 40. Pero a pesar de que no conozco directamente a Estela, he leído algunas de sus novelas y creo que su alma está en Tierra sobre la memoria. Adivino la determinación y, sobre todo, la sensualidad de Irene en Estela, como ya intuí a la autora en la protagonista al leer Indómita Aurora antes que esta, pero aunque sean historias que se continúan en el tiempo; los niños de Tierra sobre la memoria protagonizarán Indómita Aurora y ahí vuelve Estela, ardiente y exaltada; ambas pueden leerse por separado así que, aunque la primera obra de esta valenciana constituya un desafío para la delimitación genérica, lo menos importante es encuadrarla, porque desde la primera página nuestro corazón se desboca y nos sentimos Irene y nos vemos acorralados con situaciones que, afortunadamente, hoy no existen, ¿o sí?

Tierra sobre la memoria es una novela de ambientación histórica sobre una de las épocas más duras que hubieron de vivir los vencidos de la Guerra Civil Española. No hubo tregua para ellos y así lo expone la autora: hambre, humillaciones, violencia, muerte… El miedo era lo que regía la vida, la inseguridad y la desconfianza. Aun los amigos, los familiares, pueden convertirse en delatores por miedo o por venganza de rencillas pertenecientes incluso a la niñez, «De lo que siguió no hay mucho que contar, algunas miradas que se cruzan fugazmente, alguna lágrima escondida con rapidez en una manga, unas pocas sonrisas de satisfacción y la rectitud de los ejecutores en esa faena desagradable pero determinante».

En medio de ese horror, Estela nos presenta a una pareja que se enamora, fruto de la atracción que siente el uno por el otro. Irene despierta su pasión al ver a Arturo, no importa que sea menor que ella. Arturo ve cómo la llama del deseo va dando paso al amor hacia Irene, no importa que esté casada.

La relación, a pesar de intentar mantenerla en secreto, a pesar de que Arturo se casa para olvidar a Irene, continúa y está siendo vox populi. Es un amor imposible que atenta contra la moralidad de la época. Los protagonistas entran en una rueda de persecuciones, cárcel, torturas, violaciones y humillaciones que soportarán en una tragedia que los va cercando, implacable.

Irene y Arturo se ven separados a la fuerza, pero aunque ellos no se pueden comunicar, los lectores nos enteramos de los sentimientos más íntimos de Irene porque ella le escribe una carta todos los martes, que luego guarda en un cajón. Solo podemos leer una, pero es suficiente.

A través de esta técnica narrativa la autora revelas las inquietudes de la protagonista, sus emociones y puntos de vista; captura su voz interior en primera persona, de forma que nos permite adentrarnos fácilmente en sus pensamientos, al tiempo que nosotros experimentamos una sensación de intimidad plena con la protagonista.


Hace ya un año desde la última vez que nos vimos. Ni siquiera sé si aún sientes algo por mí. No pudimos hablar. Te vi con tu esposa y todo se me vino abajo […] Me gustaría que estuvieras aquí para…

La evolución de la relación entre Arturo e Irene queda expresada en el momento en que ella, un día, no se atreve a decirle nada y guarda la carta de esa semana, vacía de contenido, en el cajón.

Los lectores reflexionamos sobre los hechos. Nosotros sabemos lo que les ocurre a todos pero ellos viven con la angustia de la incertidumbre; por eso diferentes personajes llegan a distintas conclusiones sobre un mismo hecho. Cartas, confesiones íntimas en la cárcel, que aportan autenticidad a la historia, generan en el lector cierta sensación de veracidad hacia la trama que estamos leyendo y nos introducimos de lleno en la lectura.

No era extraño, incluso en los más creyentes, la pérdida de la fe ante tanta barbarie; es lo que le ocurre a Diego, un sacerdote que ha pasado su vida ayudando a los demás y ve cómo, de pronto, la vida de uno de sus cuatro hermanos queda truncada un día cualquiera «porque alguien dio el chivatazo». La depresión en la que cae Diego es fruto de haber puesto sus esperanzas en un dios que parece haberlos abandonado pero Arturo lo convence de que debe seguir en pie, «Tenemos que salir adelante para que todo esto no quede en el olvido, debemos hacernos oír».

Con un estilo fresco y cargado de naturalidad, la autora logra borrar los límites entre lo ficticio y lo real.

No vamos a encontrar largos diálogos en Tierra sobre la memoria porque los personajes centran la atención en lo fundamental. Entre ellos mantienen una comunicación directa, como si no hubiera tiempo para rodeos o sarcasmos. Es gente sencilla cuyo principal objetivo es salvar la vida.

La narración no se detiene en grandes o detalladas descripciones, no quiere que nos perdamos en nada secundario. Le interesa contar la vida de una pareja que, como tantas otras, por las circunstancias de la época no pudo formar una familia. La tensión se palpa desde el principio, por lo que es imposible dejar la lectura.

Estela Melero deja oír su voz reivindicativa en sus novelas. Siempre. Y en esta primera obra tuvo la valentía de definirse al denunciar, no solo los hechos abusivos que cometieron las autoridades con los trabajadores del bando perdedor, sino con toda la población «La gente pasaba hambre […] afectadas por el latirismo […] Se había prohibido su consumo un año antes, pero esta legumbre económica […] constituía la comida principal de familias enteras».

Hay que leer Tierra sobre la memoria aunque sea para que no se vuelvan a cometer atrocidades de este tipo.

miércoles, 12 de julio de 2023

NEGRA Y OSCURA

Hay momentos en los que una persona debe dar marcha atrás para llevar a cabo algo que se dijo que no haría jamás. Eso me ha ocurrido a mí y lo agradezco enormemente. Me encanta la forma de escribir de Rosa Sanmartín; he disfrutado, sobre todo, con Te parecerá raro, aunque Un brindis por el desamor y Cuando la vida te alcance son novelas recomendadas que alientan a la mujer a llevar una vida plena sin la necesidad de tener un hombre a su lado. El estilo de Rosa es ágil y su narrativa nos introduce en la historia desde el primer momento. Sin embargo estuve dudando leer su última novela, Negra y oscura porque, al contrario que a la mayoría, la acumulación de imágenes violentas no me ha insensibilizado. Sufro muchísimo cada vez que recuerdo las atrocidades cometidas por antepasados nuestros contra nosotros mismos. ¡Qué equivocada estaba! Nunca agradeceré bastante a Rosa Sanmartín que haya escrito una novela sobre este episodio de la historia española, en el que la oposición de modelos diferentes de gobierno y cultura enfrentó a familias y marcó no sólo una lucha ideológica sino también de clases.

La autora se introduce en la Valencia rural y va mostrando el día a día de un pueblo desde que comenzaron las primeras revueltas hasta que, años más tarde, la guerra había terminado oficialmente pero el odio, la intransigencia, el miedo a que los vendidos se rebelaran impuso en España otra lucha más cruenta si cabe porque las barbaridades de los vencedores quedaban encubiertas.

—Pues bien calladitos estuvieron durante los tres años

—Como ahora nosotros. Por miedo

—[…]

—…En el pueblo sabíamos muy bien los que éramos de un bando y los que eran de otro […]

—…Pero al final, muertos

—Estábamos en guerra

—¿Y ahora no?

—Pues sí, también, para qué negarlo. Esto no se ha acabado.

Sanmartín refleja el problema que surgió entre amigos, conocidos, incluso familiares. Al final, todos debían pensar de la misma manera si no querían romper los lazos.

Fue una época en la que los razonamientos no tenían lugar, era una imposición constante; un determinismo en el que no cabía la esperanza, «Quiero salir de aquí para sentirme menos pobre»; un paternalismo de los vencedores que no era sino amenaza, «Somos amigos. Pero esta vez no he podido»; un menosprecio por la mujer para encubrir el temor a que se mostrara libre, «Te avisé desde el principio. […] Átala en corto».

Negra y oscura son casi quinientas páginas que se leen en un suspiro, la narración de Rosa Sanmartín es inconfundible aunque en esta novela ha aparecido la gran autora que apuntaba; el narrador en tercera persona omnisciente se une al monólogo interior de los personajes, llegando a ser la voz interna de cada uno de forma que los puntos de vista van cambiando y, aunque el protagonista es Luis, el que se va a luchar, pensando en que será una revuelta de unos días, sin haber cogido antes un arma, la protagonista emerge de la primera frase de la novela, esa con la que Rosa abre la puerta al mundo de Negra y oscura. Una frase que alude al tiempo, a la clase social y a la actitud de la mujer a la vez que anticipa el conflicto «Las gotas de sudor empapan la camisa de Dolores […] Un cubo de hierro en cada mano […] Y ella, sonrisa y brazos fuertes […] saluda a las vecinas. Mujeres de negro». Las verdaderas protagonistas son las mujeres que se quedan llevando la casa, soportando la ausencia de los hijos, de los enamorados, sin saber si volverán o no, viviendo, ya para siempre, estigmatizadas por el miedo, «Acelera el paso mientras piensa qué sería de los pequeños si ella muriera tirada sobre los adoquines».

El estilo de Negra y oscura es, como sus personajes, natural; Rosa Sanmartín consigue que oigamos a Dolores, A Amparo, a Ramona, a Carmen contar sus propias historias; entre todas conforman la historia de la mujer en la guerra, valiente, temerosa, heroica…

El título salpica la trama en diferentes ocasiones y alude en su forma al estilo de la autora y en su contenido, al dolor de la vida y la gente. Título claro, paradójicamente cortante como la narración plagada de oraciones breves, rápidas, que se introducen en la mente del lector como disparos. Llamadas de atención que provocan sorpresa y desazón; la misma que sienten los personajes hacia la mitad de la novela, cuando pintan las fachadas del pueblo y todas quedan negras y oscuras para impedir que desde los aviones las distingan los nacionales:

—…y la encuentra consumida, encinta, limpiando la fachada del hogar […]

—He traído la pintura

—Todo se pone negro, ¿verdad?

—Si el negro me salva la vida, no me importa

Negra y oscura es la historia de gente humilde que, en 1936, estaba dispuesta a empezar a vivir y se le quedaron truncadas las esperanzas, las posibilidades. Gente que vivió deprisa, sin tiempo a paladear la juventud, la infancia; gente a la que las horas pasaron lentas, los días interminables y cuando se vinieron a dar cuenta, sus vidas habían dado un vuelco impensable.

Vidas reales que pasan a formar parte de una ficción. Negra y oscura mezcla noticias de los diferentes periódicos de la época con la trama de los personajes; el estilo mezcla expresiones cultas y locuciones de la zona en un lenguaje coloquial, dando como resultado una narración convincente, atractiva, que llama al interés y a la simpatía hacia unas personas sencillas, con cierto toque de ingenuidad «Me cago en dena, están todos chiflados, dicen otros […] ¿Qué pasó? Pues lo de los petardos en la tribuna de Azaña ¡Si fueran de nuestra tierra no se extrañarían tanto! Coño, Paco, pero son de Madrid».

La narración es de ritmo ágil; la frase corta, la supresión de indicaciones del diálogo a veces, la omisión de puntos suspensivos otras, consiguen una naturalidad total en la escritura y consagran a Rosa Sanmartín como escritora.

Esta novela abarca todos los géneros, como su título indica es negra, aunque en ella los asesinatos quedan sin resolver, o al menos sin castigo; es una novela costumbrista, a través de la cual somos conscientes de las expectativas tan diferentes a las actuales, «Estamos en la mitad de nuestra vida —¡Ya te gustaría! ¿Vas a vivir noventa años?»; es una novela política de una época no tan alejada en el tiempo y tan diferente en las actuaciones de los trabajadores, «Bastante hacemos aguantando en la calle con las huelgas generales». Una novela que consigue replantearnos nuestra actitud y pensar en qué seríamos capaces de hacer si nos quitasen nuestra libertad de actuación, si nos viésemos de nuevo sometidos a la censura.

El 18 de julio de 1936 supuso uno de los momentos más devastadores para España; uno de los hechos más traumáticos que han marcado nuestra historia reciente y que aún nos envuelve. Negra y oscura debería ser de obligada lectura para todos, solo así, ahora, entenderíamos que con la violencia y la imposición no se llega a ningún sitio pues sólo implica retroceso.

Agradezco a Rosa Sanmartín su escritura. Le doy gracias por haberme hecho sentir partícipe de su historia.

sábado, 4 de marzo de 2023

DUELOS Y QUEBRANTOS

Los duelos y quebrantos atesoran una historia desde que aparecen en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Este plato se comía principalmente en Castilla durante la cuaresma y alude a esos ayunos que debían guardar los católicos y que se podían quebrantar, los sábados, con torreznos, sesos o los huesos “quebrantados” del animal. El plato continúa hoy siendo fiel a los huevos pero acompañados de chorizo, jamón y tocino, alegrando así a cualquier duelista y reparando todo lo quebrantado.

La novela de Ana Girón también guarda la historia desde que España fue sacudida por una de las peores guerras que ha sufrido. El problema es que muchas familias quedaron rotas por la pena y hubo quien se aprovechó de ese dolor para quebrantar el de otros, por supuesto, fieles al régimen dictatorial impuesto.

Duelos y quebrantos es una novela dura. Comienza in medias res; la tía Paca ha muerto y, durante el duelo, se presenta una pareja en la clínica que presidía, exigiendo la recién nacida prometida. Los sobrinos de Paca, Elisa y el cura Ginés, se muestran sorprendidos ante tal actividad de su tía y el Director les confirma que esa práctica se ejercitaba desde años antes de que él empezase a trabajar allí. La cuñada de la finada, la Duquesa, estaba al tanto aunque pensó que si lo hacía Paca sería lo mejor para todos, «—A los que han parido se les dice que su hijo falleció […] A los adoptivos, que los niños han sido dejados allí ante la imposibilidad de mantenerlos […] es lo más sensato». El caso es que, a pesar de llevar a cabo durante años esa práctica, los que trabajaban en la clínica no se enteraron o no quisieron hacerlo. A veces es mejor mirar hacia otro lado para no salir de la zona segura.

Al poco de morir Paca, Claudia, la hija de la Duquesa y prima de Elisa, se casa con Marcos, un psicópata que solo aspira a tener descendencia para heredar el ducado de su mujer, a la que maltrata desde la primera noche. La madre de Marcos, Inmaculada, lo sabe y no hace nada por evitarlo. También lo sabe Gonzalo, hermano gemelo de Marcos, médico de la clínica, que acabará teniendo, de alguna manera, aquello que desea:

—¿Crees que tu hermano sabrá tratarla —preguntó doña Inmaculada.

—Algún día tendrás un nieto que será duque […] Si pudiera, yo me cambiaría por él.

Y así, con la muerte de Paca y la boda casi inmediata de Claudia, comienza la novela. Después nos enteraremos de que esta chica fue pretendida por el Director de la clínica, a quien el primo Ginés, en calidad de cabeza de familia, rechazó como marido de la duquesita por no pertenecer a la aristocracia y por tener el rostro totalmente desfigurado. El director acepta la decisión de Ginés y Claudia se tranquiliza al no tener que soportar la vista de semejante deformidad el resto de sus días. Según avanza la trama nos damos cuenta que, de una forma u otra, Claudia había nacido para sufrir.

Como tantas mujeres, había sido educada para construir su futuro al lado de un hombre. Estaba mejor visto una mujer casada y maltratada que soltera y feliz.

Duelos y quebrantos no mantiene una narración lineal. En un momento determinado, por un dato real, tenemos la certeza de que transcurre en 1954, pero los flashback nos llevan hasta 1936, cuando comenzó la guerra y los campesinos empezaron a moverse, a huir, a embrutecerse a fuerza de ser tratados como animales aun en la niñez.

Ana Girón no escatima detalles de cómo se echaron a perder las vidas de los que, desgraciadamente, hubieron de seguir en una época en la que las mujeres y los niños, a pesar de no estar preparados y de acarrear traumas imposibles, salieron adelante El presente queda interrumpido por el recuerdo de los personajes o del propio narrador que, omnisciente, nos va dejando pistas sobre cómo termina la historia. No quiero desvelar nada porque el lector no lo percibe; desde el comienzo quedamos imbuidos de dolor constante y constantemente rechazamos a esos seres incapaces de suscitar cualquier poder de persuasión en nosotros. Los hombres, cobardes, rozan lo patológico; las mujeres, sumisas, viven en continuo temor y ofrecen un ambiente opresivo que no nos abandona ni cuando somos testigos de escenas, supuestamente alegres, relatadas con un lirismo exquisito.

He estado en Almagro en bastantes ocasiones para ir al teatro y en varias de ellas he presenciado el paseo que los recién casados dan por la Plaza Mayor aun hoy en el siglo XXI. Siempre es motivo de alegría, pero el malestar que nos produce al leer la marcha nupcial de Claudia y Marcos, al principio de la novela, marca la desazón que tendremos hasta el final.


La comitiva pasaba por la siniestra de los ochenta y un fustes de la Plaza Mayor […] Avanzando por la calle de las Nieves, el viento solano y arenoso se estrellaba a dentelladas contra el arco del triunfo de la casa del prior […] Las nubes no se habían decidido por empapar con alguna suerte de ventura a la novia y, por tanto, tampoco a llorar sobre ellos. Y no supo qué pensar.

Duelos y quebrantos recuerda, con un lenguaje casi lírico, a las novelas extensas del Realismo decimonónico. Los personajes son testimonio de la clase burguesa de las décadas 40 y 50 del pasado siglo, tiempo en el que transcurre la historia. El director, la tía Paca, Elisa, su hermano el cura, la Duquesa y su hija Claudia, doña Inmaculada y sus hijos Marco y Gonzalo; todos están bien posicionados económica y socialmente. Los hombres, despreciables, están amparados en su condición y en las ventajas que les brinda la sociedad para medrar a costa de lo que sea, sin importarles nada ni nadie que no sean ellos mismos.

En las mujeres encontramos alguna diferencia, por un lado destaca el carácter veleidoso de las damas, abocadas a un sufrimiento determinante por no saber o no querer cambiar su papel; la joven Claudia se comporta de forma absolutamente infantil, en ningún momento reacciona a la tiranía o al abuso sino que, obediente, cumple con lo que se espera de ella.

A Paca le tocó en su juventud una vida dura; dedicada a ayudar a los demás con paciencia, generosidad, valentía y fluidez expresiva, de la que se valía para mentir amparándose en la piedad. Elisa también se expresa de forma segura, es inteligente, razonable y no está dispuesta a continuar con los delitos de su tía aunque será ella quien lleve a cabo una última falsificación.

Los personajes secundarios, todos obreros, aparecen para que identifiquemos los espacios en los que se mueven, el campo, la calle, las cocinas… Son quienes lo saben todo y todo lo callan para dotar a la novela de cierto valor sociológico.

Creo que la clínica es la protagonista dominante. En ella los personajes se refugian para aliviar sus duelos o restablecer sus quebrantos. La clínica aparece como testigo de lo que sucede con los hombres y con las mujeres; nos remite a la tiranía de los mandatos heredados; la clínica es un microcosmos reflejo de una sociedad cerrada, opresiva, determinista, cuya única salida es, probablemente, el cambio que le quiere dar la nueva directora.

Reflexionando sobre la clínica podemos hacer una lectura sociocrítica de la España de la posguerra, donde el abandono y la desesperación dejaron huella, «Los niños dejaron de serlo y los hombres también».

La autora ha salpicado Duelos y quebrantos con alusiones a grandes obras literarias; como es lógico, las citas al Quijote pueblan las páginas para que los personajes influenciados por la tía Paca puedan reflexionar sobre sus actos: «Advirtió Quijote a Sancho que el amor, cuando toma posesión de un alma, lo primero que hace es quitarle el temor y la vergüenza».

No solo tiene cabida la obra de Cervantes, encontramos referencias a Juan Ramón Jiménez, «Mis ojos, ¡tan lejos de mis oídos!», a Óscar Wilde «Su vergonzoso retrato no pudo resguardarlo en un lienzo oculto, cual eterno y lozano Dorian» y hasta a Rodrigo Díaz de Vivar «Ay, qué buen vasallo sería si tuviese buen señor». Pero estas citas son testigo de la miseria de un pueblo que, guiado por el odio y la envidia solo pudo comportarse de forma cicatera.

Cuando nos damos cuenta de esto es cuando somos conscientes de que lo que realmente importa en Duelos y quebrantos es la evolución de Elisa, entonces, las demás acciones que aparecen quedan en un segundo plano.

Ana Girón ha escrito una novela altamente realista, de argumento creíble, con escenarios reconocibles por los lectores para analizar una sociedad descrita de forma meticulosa, en donde la marginalidad de la mujer —en todas sus vertientes— y del hombre sin recursos es el tema fundamental. Marginalidad de los que, a pesar de las desventajas que sufren, no pueden abandonar el sentido de culpa por lo que les ocurre.

jueves, 4 de febrero de 2021

EL AVAL

La última novela que he leído me ha provocado sentimientos encontrados. Pensaba que giraba en torno a la Guerra Civil española y, no es que me entusiasme leer sobre la guerra, soy bastante pacífica y nada violenta pero la autora, murciana, me llamó la atención. Leí una entrevista que le hizo mi amigo El Yunque de Hefesto (blog que recomiendo encarecidamente) y me picó la curiosidad. La autora decía que exponía razones de los dos bandos de nuestra guerra civil. El Yunque me regaló el libro. Nunca te agradeceré bastante tu amistad, David. Así que empecé a leerlo con ilusión, pero ya digo, empecé a ponerme nerviosa porque es verdad que la historia se desarrolla con el trasfondo de la Guerra Civil, desde 1931 hasta 1941, pero en el tema no aparece ninguna ideología política, ni de republicanos de derechas ni de izquierdas, ni la de los golpistas franquistas.

La estructura es muy interesante. Recuerda a la de Crónica de una muerte anunciada, entre periodística y policíaca. También en El aval, un personaje, hermano de Jesús, que en este caso no quiere escribir sobre el hecho sucedido años atrás sino enterarse de lo que ocurrió en realidad, pregunta a todos los vecinos del pueblo su versión de los hechos, necesita saber la verdad de por qué encarcelaron a Jesús. Rafael ha decidido abandonar España y necesita saber cómo es su hermano en realidad antes de emigrar a Argentina en 1941.

Rafael no es un periodista, tampoco es un policía con necesidad de reabrir un caso cerrado, pero se va a encontrar con que diez años después nadie dice recordar bien lo que pasó y nadie defiende al héroe que él pensaba que era su hermano. Los finales de capítulo van dejando un poso de inquietud en el lector «Y ese día empezó a fraguarse todo». Los lectores nos enteraremos de lo ocurrido realmente al final de la novela, aunque haya pistas diseminadas que nos van alertando.

Aunque la trama se va contando a través de las entrevistas de Rafael y de otras conversaciones que mantienen entre sí los personajes, a veces aparece un narrador extradiegético que, en tercera persona, omnisciente, pretende describir de manera objetiva lo que ocurre. Pero normalmente los que no ostentan el poder quedan animalizados. Catalina, la mujer de Jesús, que ha abandonado a su familia influyente para escaparse con un donnadie, tiene el porte majestuoso y las facultades necesarias para apresar lo que quiere «Catalina echó una mirada de águila a la iglesia…», mientras que el cura, nervioso, aplaca su conciencia en la protección segura de su entorno, «El cura removió su cuerpo de boxeador bajo la sotana almidonada, que crujió como un rumor de hojas secas en el silencio refrescante del templo».

La Iglesia cobra un importante papel en la novela, dividida simbólicamente en siete partes, El aval se nos presenta como un Nuevo Testamento: La Anunciación del requerimiento del aval para liberar a Jesús. La Pasión que hubo de sufrir Jesús al no poder comer con el sudor de su frente. El Calvario de todos aquellos que se desviaron de lo establecido. La Muerte. La Resurrección de la verdad. La Confesión de Rafael (nuestro ángel anunciador) y La Penitencia que sufrirán los descarriados. Pero en realidad el verdadero eje argumental no es la guerra. El tema es la venganza de un marido. Y es una pena porque Carmen Martínez Pineda escribe bien, las metáforas poéticas abundan, tanto que a veces nos viene a la memoria Miguel Hernández «cebollas y patatas come mi hijo que está por nacer», García Lorca «el dobladillo del vestido negro que llevaba impuesto en memoria de tantos lutos acumulados» o Antonio Machado «La tarde crepuscular […] y una bocanada ardiente surcó los ventanales». Otras veces el protagonista alude directa o indirectamente a los autores e intenta situar su preferencia ideológica a través de ellos «Las Rimas de Bécquer —me aclaró él—. Demasiado flojo para mi gusto. Y siguió rebuscando entre los libros hasta que encontró uno cuyo título lo sedujo: Veinte poemas de amor y una canción desesperada».

En El aval predominan las descripciones naturalistas, perfectas para albergar en la suciedad, toda la basura de gente sin ideales, gente que se guía por el instinto a causa de una pobreza tan absoluta que embrutece «cuadrucha fétida […] olía a cieno blando de acequia […] a sudor de hombres sin aseo […] las casas de pobres no tienen letrina donde defecar. Figúrese usted, papa, ni un agujero en el suelo para hacer de vientre».

La realidad de los trabajadores se reproduce con absoluta objetividad aunque solo en los aspectos vulgares: alcoholismo, prostitución, violencia y pobreza. El mundo en el que se desenvuelven Jesús, Joaquín, Rafael, Angelín, Rosalinda, Raúl o Florita rechaza la evasión. Los personajes no tienen libertad bien por ser mujeres o por miedo a disgustar a los que pertenecen al otro bando, los que saben guardar las formas, los intachables, los acostumbrados a poseer y mandar. No hay tregua para los que viven «al otro lado» y no hay perdón para quienes intentan comprenderlos. Es lo que le ocurre a Catalina, está con el hombre equivocado, con el de ideas infames al que todos le cierran las puertas. Catalina decide quedarse con Jesús, aunque también lo haya hecho obligada, e inmediatamente es apartada por su propio padre del confort al que estaba acostumbrada. Catalina se busca ella sola el aislamiento, la muerte social, porque no se considera digna de tener una buena vida. La culpa la persigue. Tampoco hay perdón par Raúl, que prefiere ser él mismo aunque sea considerado por todos un maricón y su padre lo prefiera muerto «un alarde innecesario, un querer y no poder, ganas de poner en evidencia a los señores del pueblo». No hay salida para los que no tienen una posición social y no mantienen el orden que rige la moral del poderoso. Son seres anulados por fuerzas deterministas. Aquellos que pretenden escapar de la incultura o la barbarie son castigados con la expulsión. No hay cabida en esa sociedad para los diferentes, «¿tú crees que yo me gasto un riñón en tus estudios para que andes perdiendo el tiempo con esa chusma?».

Es verdad que el lugar y la época eran propicios para crear un discurso de graves implicaciones sociales. Carmen Martínez pretende ser objetiva en un hecho en el que es difícil no tomar partido. Y esa es la impresión que he tenido al terminar el libro. El protagonista, Jesús, no es un verdadero republicano, se deja llevar por los celos personales y carga contra su ofensor, no contra el régimen fascista. Los amigos de Jesús no se consideran verdaderos amigos «Con nosotros no cederá, Rafael. Para él somos escoria». No hay concepto de amistad porque el protagonista no es noble, en ningún momento se rige por ideales sino por egoísmo o por aparentar ante los demás. Jesús no quiere a su mujer; nadie envía unas cartas tan duras a la persona querida, pues se intenta evitar el sufrimiento «Nos trasladaron en un tren […] como ganado muerto». Jesús quiere satisfacer sus deseos, aplacar el complejo de inferioridad de la única forma que sabe, por las bravas. Catalina tampoco quiere a su marido, se entrega a él, se deja violar para evitar que sepan todos que el cacique la había repudiado. El cura no perdona que le quemaran la iglesia y no perdona al que no cumple los deberes religiosos. Las mujeres callan por temor o mienten por envidia… Los caciques pisotean por miedo a quedarse sin lo que han tenido siempre. Los propios amigos de Jesús, republicanos, son capaces de acusar al que los ayudó a salir de su analfabetismo con mentiras y basándose en una excusa que era propia (y lo sigue siendo) de la extrema derecha «Por eso se esconde —dijo Ortuño—. Por cobarde, falangista y maricón». No hay amigos en El aval. Y no hay ideas políticas «La tierra que es de todos y esa jerigonza […] aquí en voz baja se lo digo, yo creo que para escandalizar», los personajes no las tienen por eso la muerte de Ordóñez no se siente como un acto de justicia poética ante quienes impusieron el miedo o instaron a la delación. Ernesto Ordóñez muere como un mártir «Pero no lloró, ni gimió, ni pidió clemencia. Aceptó su destino con una serenidad que le honra, todavía en la muerte le honra». Nadie del bando republicano queda tranquilo con sus actos, nadie sale honroso de la trama.

Jesús, el cabecilla republicano de El aval, maltrata a su mujer y se va de putas o milicianas (así, puestas en paralelo). El protagonista no recupera el honor, ni siquiera se le concede la nobleza de morir por una causa que creía justa. Es condenado a vivir con su odio, su rencor y su culpa. No recupera el honor porque nunca lo tuvo. En este sentido encuentro que a la novela le falta algo, todo queda difuminado por el paso del tiempo; el olvido o el miedo impiden que la memoria aflore; la historia se limita a lo políticamente correcto, por lo que la objetividad queda en entredicho, incluso los ganadores de la guerra son los buenos capaces de mentir para salvar al malvado Jesús. Y, ante un registro culto-literario como el de Carmen Martínez en el que abundan las metáforas, los símiles, las zoomorfizaciones, incluso la musicalidad en las palabras, dispuestas a veces para ser oídas, se espera menos determinismo, un final más glorioso; al menos que los ideales brillen en la literatura.