sábado, 18 de marzo de 2023

EL DESEO DE SER LEÍDO

La imaginación de Vicente Muñoz Puelles se pone en marcha (no cesa) desde que una biografía, una obra literaria o un hecho relevante se cruzan en su camino. Entonces, como si los estuviera observando, los traslada al lector convertidos en sueños. No nos relajemos, los sueños no solo son tranquilos, de serenidad absoluta, los hay que vienen cargados de escatología mórbida y necrofilia.

Encontramos afirmaciones tan perturbadoras como algunos finales de Allan Poe: «La letra había cambiado. Era como si se hubiera expandido y redondeado, y parecía la letra de otra persona». La utilización de símiles, las personificaciones, la atención por el detalle en un ambiente donde el realismo se encadena a la ficción es una marca de Muñoz Puelles, con la que nos recuerda, con terror a veces con humor otras, que el mayor tesoro que puede existir para el hombre es un libro, «Como siempre he confundido la latitud con la longitud, no puedo dar la posición exacta de la Isla de los Libros, pese a que vivo en ella desde hace varios años». De hecho, el protagonista de Book Island teme estar convirtiéndose en uno de ellos «lenta, imperceptiblemente, me estoy transformando en libro. Quizá, sin saberlo, soy ya uno de ellos».

Y, efectivamente en el siguiente relato que da título a este volumen El deseo de ser leído, el narrador, en primera persona, es el libro de Samaniego, al que «Algunos me llaman Fábulas a secas».

Vicente Muñoz nos ayuda a comprender que todos llevamos un libro dentro. Es nuestra historia; está formado por lo que decimos, lo que pensamos, lo que hacemos… No todos estamos dotados para escribirlo pero la vida es interesante y cuando creemos que constituye algo normal, incluso aburrido, nos demuestra que con algo de imaginación todo puede cambiar.

El autor lo advierte al comienzo de El deseo de ser leído «mi tema son los hábitos humanos, sus debilidades, sus vicios». Y eso es lo que nos presenta, veintidós relatos que nos recuerdan el estilo de algunos autores consagrados, autores que han conseguido la intención que Jorge Manrique llevó al escribir las Coplas a la muerte de mi padre: obtener la vida de la Fama. Una vida que, no cabe duda, dota de inmortalidad.

Muñoz Puelles nos invita a impregnarnos del elixir de la inmortalidad en un viaje que dura desde el siglo IV a.C., con el bajorrelieve de Gradiva, hasta Freud en el siglo XX. Las aventuras de personajes imaginarios se mezclan con las andanzas de aquellos que, por sus libros, se han convertido en inmortales en un mundo idóneo para experimentar que ni siquiera la muerte es segura porque, si se esquiva mientras nos recuerdan, los escritores tendrán vida eterna a través de sus libros. El error es intentar perpetuar la vida terrenal porque, como comprueba Carl Von Cosel, la materia de la que estamos hechos se pudre.

Sin embargo podremos debatir con Andersen sentados en un banco de Málaga porque nuestras mentes se permitirán ser, si queremos, las de niños que viven la realidad como si de algo mágico se tratase «—Anda, Andersen —le decían a mi compañero—, échame una firmilla en la frente».

Y no cabe duda de que algunos son elegidos para vivir eternamente gracias a la magia de sus escritos. Cervantes, Dickens, Balzac, Singer… han conseguido perdurar más allá de los límites naturales reclamando en sus fabulaciones un mundo más justo «Cuando salió a la calle, bandadas de palomas surgieron de todas partes».

En El deseo de ser leído encontramos un estilo que juega con el humor, el terror, la sensibilidad o la escatología, según el relato al que nos enfrentemos. A través de la metaliteratura, recordamos obras teatrales de otros autores como El sueño de la razón, de Buero Vallejo, o cuentos como Blancanieves, de los hermanos Grimm, «Cada mañana, Stalin consultaba a su espejo, le preguntaba cuál era el bigote más famoso de la Unión Soviética y se enfadaba mucho, porque el espejo le respondía […] el de Gorki».

Y así, pasando de la risa al miedo somos conscientes del juego mantenido, en relación con la inmortalidad, entre Vicente Muñoz y tantos otros: si Dante se pasea, por el cielo de su Divina Comedia, de la mano de su amada y llega a ver (sólo él) a Dios, en El gran rechazo, Muñoz Puelles aprieta otra tuerca mucho más actual y divertida para conseguir que Beatriz se lo impida, «le amonesta repetidamente con un índice marfileño y pasa de largo».

Allan Poe desafía las leyes naturales (o incide en la culpa humana) en El corazón delator para que nuestro autor confirme que Poe seguirá latiendo en cada uno de sus libros; sólo hemos de abrirlos para sentirlo.

Por supuesto, la invisibilidad supone para quien la alcanza una suerte de inmortalidad si, como Griffin, el protagonista de Wells, no consigue volver a ser visible. Al no figurar entre los mortales pero sí ser consciente de estar en el mundo, puede considerarse inmortal, al menos por un tiempo. El problema es que la mente humana no está preparada para no ser ante los demás y probablemente termine sufriendo de demencia, por eso Vicente Muñoz trata el tema de forma más precavida e inquietante, al más puro estilo de Hitchock, ofreciéndonos una invisibilidad como reflejo de las relaciones tóxicas. «La invisibilidad es un asunto demasiado peligroso para dejarlo en manos de cualquiera. ¿Y quién me asegura que no voy a necesitar hacer uso de ella algún día?».

La doble vida es también una suerte de inmortalidad, al menos de doble mortalidad, algo con lo que Stevenson no debió distraerse para no recibir su propia medicina de la pluma de Muñoz «Stevenson bajó a la bodega […] Su rostro tomó un color negruzco, sus rasgos se confundieron y alteraron, como los del ominoso señor Hyde — ¿o era más bien el atildado doctor Jekyll?».

Y es que, en ocasiones, resulta imposible discernir lo que es real de lo ficticio. Esta confusión se lleva sin ningún tipo de problema a la literatura. ¿Estaría Lérmontov convencido de que podría convertirse en personaje literario y vencer a la muerte? No lo sabemos pero Muñoz le adjudica, en la violencia de cualquier duelo, una muerte poética.

No cabe duda de que el autor recurre a la memoria para mostrarnos los entresijos de la escritura, qué llevó a diferentes genios de la literatura a escribir y qué lo mueve a él. La memoria de Puelles está presente, sus lecturas e investigaciones también, y entre todas aparecen sus relatos curiosos, divertidos, conmovedores, turbadores… basados en la reescritura de obras o en los creadores de esas obras. En todos los cuentos destaca la capacidad narrativa y el manejo del tiempo; Vicente Muñoz trae el ambiente del siglo XIX a la actualidad para que el lector, complacido, disfrute con la amenidad de un relato que en ocasiones puede parecer un ejercicio de escritura creativa. Solo así podemos entender que El bigote de Rilke sea motivo temático de un cuento. Y lo es. Por supuesto no falta el humor, el título ya apunta, «Bigote y perilla tenían la consistencia de las algas», aunque tampoco desaparece el dolor «Hasta los seis años, mucho antes de llevar bigote, Rilke hubo de vestir de niña» ni las consecuencias traumáticas que el entorno pudo ejercer en su vida (y en la de otros escritores) de adulto.

Y es que, ante la dureza de la existencia, los libros están escritos para hacer realidad los sueños, por eso se acomodan a según qué preferencias, por eso nos estimulan a la lectura de otros, por eso «Todo libro ha de estar a disposición de cualquier lector», por eso deben ser escritos con absoluta libertad de expresión «No sólo somos libros sino también libres». Coincidimos con Vicente Muñoz y la importancia que le concede a la literatura en El decálogo de los libros al hacerse eco de lo que dijo Platón, porque «Los seres humanos pasan, pero los libros que han leído o escrito los sobreviven, incluso cuando las bibliotecas se queman o dispersan».

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