sábado, 15 de febrero de 2020

BAJO LAS LLAMAS



Si tenemos en cuenta que negra alude a un tipo de novela en la que la resolución del misterio no es el objetivo principal y los argumentos son muy violentos, Bajo las llamas es una novela negra, porque en realidad no hay misterio. Todo es lo que vemos desde el principio, horror, violaciones, mutilaciones, depravaciones, animalizaciones… Estamos en la Semana Sangrienta, un poco antes, porque el libro se divide en 11 días, los últimos del movimiento insurreccional que azotó la capital francesa, entre marzo y mayo de 1971, para instaurar un proyecto popular socialista que pretendía expulsar a los prusianos de París. No hay más misterio. Sabemos cómo empezó y cómo terminó, por lo que queda ver qué hacen los personajes. El argumento no ensalza el valor de la batalla; es cierto que a veces aparecen nobles sentimientos de algunos ciudadanos que viven aplastados, pero quedan ocultos tras las circunstancias ambientales, o depravaciones personales, para mostrar obscenamente a un pueblo envilecido «Como las manos de la mujer buscan su cuello arañándolo con las uñas, le propina un codazo en la cara que la tira al suelo con la bata levantada hasta los muslos […] abofetea a la niña con la mano libre y la agarra del pelo, y ella cae sin proferir un grito, rodando bajo la mesa».

Desde el primer momento la ternura e indefensión de los débiles, expresada directamente, ahonda en el ánimo del lector, que siente también el miedo y la impotencia.

En el infierno en que se ha convertido París, los seres más abyectos aprovechan para cometer los peores delitos imaginables, sadismo, maltrato, trata de niñas o jóvenes, tortura, esclavitud… Una familia acude a la policía para denunciar el rapto de su hija en plena calle. Antoine Roques, un encuadernador que asume el papel de comisario durante la revuelta, decide buscarla cuando, poco después, una cocinera que ejercía de enfermera, novia de Nicolas, también es capturada delante de su amiga y otras mujeres. Todos sabemos quiénes son los secuestradores, los lectores, además, conocemos la barbarie a la que son sometidas las chicas, pero es imposible, entre tanta desgracia realizar un seguimiento en condiciones, el miedo de los ciudadanos, los ataques constantes de la guerra impiden que tanto la policía como Nicolas y dos compañeros, localicen a Caroline, la enfermera.

Los aspectos más oscuros de la sociedad aparecen en toda su crudeza, la corrupción, el vicio, la misoginia, la miseria, conforman el abanico de la trama. Está claro que la guerra saca lo peor de cada uno, pero Bajo las llamas no da tregua «Recuerda el placer brutal que obtuvo ella, su llanto y sus gritos de dolor mientras se la follaba y cómo imploraba piedad murmurando desde el fondo de su mente dominada por el opio».

La sociedad queda instalada en un determinismo absoluto donde no hay esperanza posible; Hervé le Corre resalta el conflicto que surge entre la sociedad y los sueños de libertad mediante un narrador omnisciente para que, con oraciones cortas y rápidas, consiga una fidelidad descriptiva de los ambientes, los sucesos y la psicología de los caracteres «Nicolás intentaba comprender lo que veía […] El ejército de la Comuna. El pueblo en armas. Hurgando con la punta de la bayoneta en los desechos […] Ordenó con voz firme formar filas, apeló al valor, a la dignidad, pero nadie lo escuchaba».

En realidad el narrador es el que dirige la trama, durante un día relata lo ocurrido a un determinado personaje para pasar a otro al día siguiente, cuando quiere realza la mentalidad enferma del psicópata, como si justificase con ello las causas de su actuación. En otros momentos adelanta acontecimientos, presentimientos oscuros de los desheredados para que llegado el caso, el lector entienda que lo importante no es la historia bélica, las acciones de la guerra, sino las consecuencias que provocan en el ser humano. Da igual el tipo de personaje, en realidad no son conscientes de actuar bien o mal, no perciben que han quedado tocados por la barbarie y, aunque no hay salvación posible para ellos, sus esperanzas renacen de la nada «Pan para los críos, y escuelas para que sean menos idiotas que nosotros».

A pesar de los diálogos cortos, que aportan un realismo teatral, el narrador está presente en toda la novela, es quien describe con estilo naturalista, con frialdad absoluta, lo más representativo de los habitantes a través del espacio en el que se mueven, para ello se fija en aquellos detalles que configuran sus formas de ser; enfatiza mediante contrastes aquello que le interesa, el punto débil causante de tanta miseria y depravación. Todo se muestra deforme frente al lector, caricaturesco, tan esperpéntico que distorsiona la realidad. Al final no hay personajes, entre tanto horror desaparece el héroe individual, no hay separación entre buenos y malos, no existen hazañas en esa contienda. El verdadero protagonista es el colectivo formado por todos los miserables que participan en la guerra, es un personaje histórico e impredecible respecto de los sucesos que le van a ocurrir.

El estilo interpretativo de le Corre acerca, de forma subjetiva, la realidad para exponer los hechos que le interesan al narrador en el orden que ha decidido, interpretando la historia desde una perspectiva distante para no tener que implicarse en ninguna de las atroces consecuencias de la contienda.

El rescate de Caroline es inhumano, parece increíble que haya sido urdido por ninguna mente. La enfermera es humillada hasta no ser nada, «Habla con el perro […] Caroline mete la mano por debajo de la puerta […] Se pone a excavar otra vez […] Apartan al perro, quizá de una patada […] les da las gracias, es tan feliz que se echa a llorar […] Caroline siente escalofríos […] solo ve al perro con la cabeza destrozada y las piernas de los soldados […] Nota como empuja el miembro para entrar en ella mientras la bayoneta hace presión contra su cuello».

La pornografía va más allá del arte erótico. Al mezclarse con la guerra se convierte en atentado social, en crímenes sexuales de pedofilia, sadismo, mutilación que se unen a sentimientos de excitación de poder para desafiar cualquier concepto de moralidad. La tensión se hace insoportable por el lenguaje empleado, crudo, irónico, paradójico, de ternura tan cruel que la realidad se nos figura ciencia ficción «Se acerca para negar la evidencia de lo que ve. Toca con la yema de los dedos el rostro de Adrien, que parece dormido con la boca abierta. Una cresta de hierro, roja de sangre, está clavada en la parte posterior de su cabeza».

Es cierto que el narrador es el que mueve a los personajes para retratar lo que le interesa, el infierno de la guerra, la aniquilación total del ser humano, pero en ese padecimiento dictatorial al que es sometido, la protagonista eleva su monólogo interior, que cobra vida y se separa de la voz del narrador para denunciar la violencia a la que es sometida la mujer, una violencia que solo tiene consecuencias para ella misma quien, durante toda su existencia se sentirá, en esta sociedad, sucia, culpable «Nunca le he dicho a nadie por qué me fui […] Mi padre me habría matado y después los habría matado a ellos, sin duda alguna. Juro que te lo contaré si volvemos a vernos, pero creo que me llevaré el asco de mí misma».

Ante esta declaración de intenciones el resto de denuncias, a la Iglesia, al Estado, a los poderes institucionales que permiten o contribuyen al horror indescriptible, quedan en segundo plano.

Bajo las llamas es una novela nigérrima en la que solo se vislumbra una luz de esperanza en un futuro distinto, totalmente diferente a lo vivido hasta ahora.

viernes, 7 de febrero de 2020

DEL HONOR EN EL TEATRO ESPAÑOL



Acabo de terminar un libro, corto, que es una joya literaria, tanto por el contenido, escrito por uno de los padres de la filología, como por la forma, ya inusual en esta época.

En cuanto al contenido, Menéndez Pidal repasa, con mayor o menor acierto, los diferentes casos de honor que reflejaba el teatro aurisecular y los enfrenta a otros aparecidos en la narrativa incluso anterior a esa época.

Aquí es donde reside el problema. Todo este mundo literario manifiesta la realidad legislativa de una sociedad medieval, jerárquica. Desde el momento en el que la Iglesia ocupaba, junto al Estado, la cúpula de la pirámide social, no había otro razonamiento. El rey, enviado celestial, podía actuar de la manera más cruel con sus súbditos, emulando el comportamiento que desde tiempos inmemoriales venían ejerciendo los dioses respecto de aquellos mortales que se encontraban en inferioridad de condiciones.

El honor es uno de los conceptos más importantes de la sociedad patriarcal. En Del honor en el teatro español, Menéndez Pidal corrige incluso a Menéndez Pelayo al afirmar que esta cualidad no era un asunto individual, «Menéndez Pelayo escribió que el móvil del honor obedecía al impulso de un egoísmo enfermizo. Yo observaré que es muy impropio llamar egoísmo […] ese depender el honor de la opinión de los demás arguye precisamente en favor de su carácter no egoísta, sino eminentemente social». En fin, hoy lo llamaríamos machismo, pero no vamos a exagerar intentando calibrar una sociedad de hace cuatrocientos años con un punto de vista actual. En el siglo XVII aún no existía el sentimiento machista, por eso se veía normal que el portador del honor fuese exclusivamente el hombre, y dentro de este sexo el hombre noble. Ya se sabe, el pueblo, ya era feliz con tener vida o algo parecido.

No es raro encontrar en el teatro a nobles sin honor por no obedecer las leyes, o a caballeros privados de él cuando han sido víctimas de un agravio y obligados por lo tanto a vengarlo. La ley amparaba estas venganzas y el agraviado podía disponer de la vida de su agresor. Si tenemos en cuenta que la mujer no tenía honor y que era otra posesión más del padre o marido, el espectáculo estaba servido. Cualquier desliz amoroso, real o imaginado, se escarmentaría en el momento con la muerte de la dama. El caballero, según su posición social, podía incluso ser exculpado. Bajo este prisma hemos de asistir al teatro del Siglo de Oro. Por eso no dejan de admirarnos autores como Lope de Vega que intentan una solución más justa para la mujer, aunque la verdad sea que quieren dejar bien alto el pabellón monárquico (la censura, que aparece de variadas formas). El reclamo de justicia de los habitantes de Fuenteovejuna, la decisión de El alcalde de Zalamea y la de Peribáñez son meras excusas para que el rey quede ante todos como justo y bondadoso; esta es la lectura entre líneas, subliminal, porque lo que veían los espectadores es que a la mujer se le perdonaba el desliz de haber sido ultrajada e incluso quedaba recompensada.

Menéndez Pidal alude a otras comedias menores, por la comicidad de las soluciones, en las que la mujer burla al marido o el padre mata a su yerno ante las quejas de éste hacia la fidelidad de su hija casada. Al no tener marido, la hija no ha quitado el honor a nadie. ¿Cuándo se ha visto esto en la literatura? Desde siempre. La comedia clásica grecolatina cuenta con algún ejemplo en el que la mujer burla a su marido sin ser castigada. En la narrativa, los cuentos del Decamerón son asimismo un ejemplo. Pero no nos engañemos, todo está tratado desde una óptica cómica, menor. La religión ha tenido mucho peso en la sociedad, en la forma de pensar, de hecho, el propio don Ramón Menéndez Pidal no puede resistirse a dejar alguna prenda en sus comentarios, pues es casi cómico pensar que la mujer tenía a sus pies al marido «El honor marital quedó bajo muchos aspectos incomprensible después del siglo XVIII […] toda dama casada tenía […] a ciencia y paciencia del marido, un galán que la obsequiaba hasta en la mayor intimidad». Está claro que al creador de la escuela filológica española se le pasó por alto la entrega absoluta que toda mujer casada debía a su marido; de hecho la obra de su propia mujer, lingüista, crítica literaria, filósofa… compañera de María Lejárraga, apenas es conocida. Así pues, hemos de olvidar en lo posible la conjunción Religión-Estado; si queremos tomar en serio a la mujer hemos de hacerlo desde el punto de vista de la ciencia, no desde la Iglesia.

Solo con este ánimo, recordado por M. Pidal, asistiremos al teatro aurisecular «es una impertinencia juzgar los dramas de honor con el criterio de hoy en día». Al tener en cuenta esta premisa podremos disfrutar de lances, enredos, sugerencias veladas, ocurrencias, vestuario, y un verso increíble, inteligente, irónico y emotivo que nos hará vibrar las dos horas de la representación.

Por eso, al leer esta afirmación, algo atrevida del maestro, no podemos pasarla por alto

…a pesar del tercer verso ripioso, sin duda estropeado en la imprenta:

Los padres viejos romanos
por la patria o el honor
los hijos con más furor
degollaban con sus manos.

Es una estrofa de versos octosílabos que riman en consonante a – b – b – a. Creo que esta redondilla cumple con las normas, como casi todo Lope.

La forma del libro es lo que certifica absolutamente su valor; de hojas cuadradas en sepia, de papel durísimo (Offset) con portada en cartulina estucada, está plagado de grabados, cuadros renacentistas y láminas de Goya. La letra de color marrón tipo New Roman grande aporta al conjunto cierta sensación de cuidada antigüedad. Una maravilla que debo agradecer a un amigo ya no tan virtual. Este volumen ocupa un lugar señalado en mi biblioteca. Muchas gracias, David.

jueves, 6 de febrero de 2020

LOS ERRANTES



Los errantes es un libro completo, redondo, escrito con diferentes tipos de narrativa que, unidos a dibujos y mapas pretende ser el retrato más íntimo del ser humano.

Uno de los mayores temores del hombre es enfrentarse a la pérdida, de ahí que Olga Tokarczuk proponga una vida nómada, la vida más difícil porque, aunque supone no sentir un apego desmedido por algo o alguien, evita afrontar la amargura del deterioro desde el momento en que «la pérdida y el duelo se convierten el algo cotidiano». Otro temor que nos amenaza es no controlar lo que nos rodea. En una sociedad avanzada como la del siglo XXI tenemos la impresión de que todo lo dominamos; vivimos en la era de la comunicación… pero es solo impresión, de ahí que la autora nos anime a abandonar nuestra posición para mirar el mundo desde otro punto de vista, para conocerlo realmente, «el París al que llegan no se parece en nada a la ciudad que han conocido a través de las guías, las películas y la televisión».

En Los errantes subyace la necesidad de escuchar otras voces para que, al conjugarlas todas, podamos entender al ser humano. A través de lo cotidiano explora el interior del hombre, probablemente porque la autora es consciente de que no hay tantas diferencias entre nosotros «El postulado “una personalidad = una persona” siempre me ha parecido excesivamente reduccionista».

El viaje interior alude al exterior experimentado desde el tiempo interior, subjetivo, por eso Tokarczuk se prepara para enfrentarse a lo posible con la utilización gramatical del futuro. «Encontraremos allí de todo». El momento que más sorpresa causa en el lector es cuando toma conciencia de que no existe un espacio determinado ni un tiempo posible «Porque si el futuro y el pasado son infinitos, en realidad no existe ningún “tiempo ha” y, por supuesto, cuando afronta con lucidez el hecho de que el lugar no debemos tratarlo como algo donde tenemos que llegar con un fin determinado, «da igual dónde. Aquí. Aquí estoy». Este podría ser el objetivo principal del ser humano, estar para los otros, o para sí mismo, el cuándo y el dónde son lo de menos. Algo de contenido tan filosófico contiene sin embargo una pragmática usual, por eso durante la lectura, y en bastantes ocasiones, experimentamos cierto desconcierto, porque somos conscientes de que la idea de estar de manera continua en un mismo lugar nos sobrepasa; queremos conocer otros entornos aunque lleve aparejado cierto temor al intentarlo. Nos da miedo abandonar las comodidades a las que estamos acostumbrados, así que nos trasladamos con aquellas que nos aportarán la seguridad de lo conocido, «reproducción a menor escala de la vida sedentaria, como una miniatura de la misma, divertida y un tanto infantiloide». Nos da miedo encontrar nuestros orígenes, perder la certeza de lo que somos, en lo que creemos, «Apenas comenzaba su viaje, y se le veía bastante agobiado por todo ello».

Y a pesar de este desasosiego ¿por qué somos errantes? Creo que el desencanto con la sociedad en la que vivimos hace que busquemos otros modos de vida; en el fondo anhelamos una existencia sin prejuicios, sin pobreza, sin inconsciencia, sin opresión, sin crueldad. De ahí el movimiento constante que, persistentemente, desemboca asimismo en la miseria, en la mentira, dejando en el hombre la desesperanza del que añora, «Era necesario resignarse al hecho de que no volvería a haber ecosistemas cerrados. El mundo se había fundido en un solo lodazal».

Cualquier lector queda satisfecho al leer Los errantes; no solo podemos enlazar unos relatos con otros hasta concluir que nuestra vida es la que elegimos, que siempre podemos cambiarla sin huir de la que tenemos sino acercándonos a otra con ilusión, porque lo cierto es que nuestra actividad persiste y provoca sentimientos que van desde la confusión hasta la incomprensión o la pertenencia «Las playas de arena le pertenecían no en menor grado que sus propios pies y manos».

También podemos leer por separado alguno de los microrrelatos que lo forman, aspectos autobiográficos de la autora, biografías de personajes que, como Chopin, dejaron parte de ellos en varios lugares hasta ser ciudadanos del mundo, relatos de personas que, aun viviendo en un sitio determinado trasladaban su pasión a donde fuesen, cuentos imaginados, y tan reales, que retratan con ternura la vida cotidiana, tal como la vivimos, sin énfasis, porque no encontraremos en ella grandes situaciones, todo forma parte de lo ordinario, de lo sencillo. El efecto producido es lo que confiere la personalidad a cada protagonista y aporta, a su vez, la profundidad al escrito «Pagará facturas, hará la compra, irá a buscar recetas para Petia, al cementerio, y finalmente viajará al otro extremo de esa ciudad inmensa e inhumana para sentarse en la penumbra a llorar».

Hay relatos que se prestan a la exposición de cartas; es lo que ocurre al leer Viajes del doctor Blau, donde, no sin humor, expone la técnica de la plastinación algo con lo que, dado el amor que sentimos por nuestro cuerpo, cualquiera de nosotros debería estar de acuerdo, incluso los católicos más intransigentes pues «Jesús mostrando su carnoso corazón sangrante podría ser el patrón de la plastinación». Una vez asumido que existe un museo científico, leemos con estupor y angustia las tres cartas de Joséphine Soliman a Francisco I, emperador de Austria en las que expresa el dolor por la brutalidad absurda de aquellos que se consideran superiores a los demás «¿Basta con que una persona sea diferente, […] para que no le sean aplicables las leyes y costumbres socialmente aceptadas por todo el mundo?»

Casi todos los viajes que realizamos, y por ende los que aparecen en Los errantes, marcan la vida, de hecho la propia vida es un viaje metafórico. El viaje es el eje donde la autora ensarta temas como la búsqueda de la verdad, la felicidad, la espiritualidad o el empeño por corporeizar lo espiritual, la tristeza por la situación inferior de la mujer, la impotencia ante la violencia hacia menores, la crítica a la prensa amarilla, el maltrato animal…

La angustia de la duda, el deseo de no afianzarse en el presente tintado de oscuro pasado, la necesidad de cambio, son síntomas de fracaso personal que lleva implacablemente a la inadaptación social. De manera inquietante asistimos al permanente conflicto con la realidad, lo que lleva a soñar climas sombríos donde residimos mediatizados por el miedo y la crisis de identidad. Con el viaje soñado buscamos, como Kunichi, nuevas vías para afrontar el desmoronamiento personal «Espera poder llegar a Zagreb al anochecer y al día siguiente a Split. O sea, mañana verá el mar».

Debemos leer a Tokarczuk y asistir junto a esta reciente Premio Nobel a la exaltación de lo imperfecto, a la mirada escéptica de un mundo que no cambia tanto como nos gustaría.

lunes, 27 de enero de 2020

EL SHOW DE LAS MARIONETAS



Es difícil superar a Michael Connelly como escritor de novela negra. Es complicado igualarlo, no solo porque su vena periodística late en cada historia sino por el simple hecho de que dos de sus protagonistas, Harry Bosch y el abogado Lincoln, han dado un salto a la pantalla para dejarse ver en sendas series televisivas. Ante estas expectativas, el británico M. W. Craven sale perdiendo (se espera demasiado de él, el listón lo tiene casi en el tope). En cuanto a la serie Luther, empezó siendo muy original, además contaba con Idris Elba como actor principal, uno de los hombres más guapos que han pasado por televisión, que junto a su personalidad carismática, atormentada, nos enganchaba desde el primer momento. Pero en la segunda temporada el argumento dio un giro progresivo hacia la violencia gratuita y el sadismo incisivo, al menos así lo viví yo, o no pude hacerlo, porque tuve que dejar de ver la serie. En fin, sensibilidad extrema —la llaman— para ciertos asuntos.

Así pues compré El show de las marionetas con cierto escepticismo (ya que las citadas eran las referencias que aparecían en la portada del libro). Incluso al comienzo de la lectura estuve a punto de cerrar la novela, demasiado cuerpo torturado para mi gusto, pero esta vez la recomendación venía de dos grandes lectores, Rosa Sanmartín y Hefesto, compañero de Babelio, la mejor página lectora de la red, por lo que las alabanzas y elogios debían tenerse en cuenta. Seguí, por lo tanto, adentrándome en sus páginas y llegó un momento en el que no podía parar de leer.

La novela tiene un enfoque sociopolítico en el que el ambiente sórdido queda reflejado de tal manera que, aunque al principio parece hiperrealista y exagerado, conforme se van argumentando hechos y modos de actuar, va apareciendo la sociedad real en toda su ruindad. Aun así, el protagonista, Washington Poe, engancha porque es un personaje literario. Está claro que M. W. Craven ha dibujado unos personajes que van a dar mucho que hablar porque están dotados de un perfil irresistible, que se va marcando más según van transcurriendo sucesos:

 Tilly Bradshaw es impetuosa, un genio de altísimo coeficiente intelectual que presenta déficit de asertividad y habilidades sociales

—Tilly, no tienes por qué levantar la mano. ¿Qué pasa?
—Yo no soy detective, Poe. Soy empleada de la Agencia Nacional del Crimen, pero no tengo capacidad de detener, como usted, el sargento Reid y la inspectora Stephanie Flynn
—Eh…, gracias por aclararlo, Tilly. Es bueno saberlo.

Washington Poe es el sargento indomable a quien no le importa transgredir las normas para imponer justicia «Mi jefa le diría que la diplomacia no es uno de mis fuertes».

Kylian Reid, el sargento de incidencias graves, es sagaz y competente, «Evidentemente no puedo decir si se aplica a la cuarta víctima: todavía no ha sido identificada».

Stephanie Flynn es la inspectora decidida y organizada a la que no le importa jugarse el puesto por apoyar a su equipo «acudí directamente a mi director para obtener un permiso rápido. Por suerte, él fue capaz de salvar un par de obstáculos y ahorrarnos varios días».

Y con este póker de ases da comienzo una de las tramas más inteligentes de la novela negra actual.

Una serie de personas con alto poder adquisitivo, y de diferentes ámbitos sociales van apareciendo asesinadas en algunos de los sesenta y tres crómlech situados en Cumbria. Las víctimas han sido torturadas, mutiladas y quemadas hasta hacer casi imposible la identificación. No hay un móvil aparente que pueda unirlos, excepto la edad que tienen, todos rondan los sesenta años. El asesino en serie solo deja una pista, el nombre del sargento Washington Poe grabado en el pecho de uno de los sacrificados, por lo que deben investigar en todos los estamentos antes de que continúe la cadena de horrores. Sin embargo todo terminará cuando lo decida el ejecutor.

Como dato a favor de este argumento, es justo señalar que conocemos al asesino bastante antes de terminar la novela, y esta información no hace sino añadir más intriga a la historia. Lo de menos es saber quién ha cometido los crímenes, esto es anecdótico, importa, sobre todo, el perfecto análisis social que se lleva a cabo. El relato está estructurado con una maestría inigualable; no hacen falta giros excesivos, todo va encajando a la perfección, con normalidad. El asesino puede explicar de manera impecable las causas que lo movieron a actuar de esta forma determinada, el porqué de todas las muertes que aparecen en El show de las marionetas. Y una vez interiorizadas, el lector está en condiciones de pensar en la integridad de los poderes económicos, policiales y eclesiásticos. La moral social, o amoralidad, queda al descubierto, y para ello nadie mejor que el protagonista; incluso el criminal lo tiene claro «Era para asegurarse de que vendríamos a por este Washington Poe».

El estilo es relajado, no hay demasiados sobresaltos a pesar de que el ritmo vertiginoso del final nos lleva a cambiar de punto de vista casi constantemente, pero el autor huye de cualquier artificio y busca, hasta el final, la naturalidad, la meditación, dejando al descubierto al verdadero Craven, o por lo menos mostrando su forma de comportarse en determinadas situaciones. No solo la personalidad de los protagonistas queda latente en el argumento, también advertimos al autor «A pesar de sus deseos, Poe no estaba dispuesto a dejarle morir. Tampoco estaba preparado para detenerle, pero en eso ya pensaría más tarde».

Creo que Craven posee un don capaz de hacer que la simplicidad brille con fuerza a través del componente estético. El trasfondo filosófico se ve reforzado, a veces, por ágiles diálogos que nos transportan al dramatismo de la obra teatral

—Esperemos, señor —dijo Poe
—¿No está convencido?
—Como usted mismo dice, señor, hay que escuchar lo que tenga que decir
—A pesar de nuestras diferencias, sé que, de no haber sido por usted, ahora mismo no lo tendríamos […]
—… lo único que he hecho es aportar un punto de vista distinto.

Asimismo el pensamiento profundo se consolida con la libertad del estilo festivo, en el que las expresiones más modestas se enlazan a la grandeza de sentimientos. Es la relación que se establece entre Poe y Tilly, tierna, irónica, humorística y sublime.

—… Y esta vez nos ponemos el mono de pensamiento lateral.
Bradshaw levantó rápidamente la mano.
—Lo decía en sentido figurado —dijo Poe sin perder comba.

Ha sido toda una experiencia leer El show de las marionetas, un torrente de sensaciones que han cubierto con éxito mis expectativas, así que espero con ganas la segunda entrega del sargento Poe.

martes, 21 de enero de 2020

LA ÚLTIMA CANCIÓN DE PRIMAVERA



Está claro que vivimos rodeados de inmediatez. El modo de percibir el mundo se acerca bastante a los intereses de Hollywood; las nuevas tecnologías se exhiben ante nosotros de forma engañosa, haciéndonos creer que tenemos la riendas de todo para que podamos sentirnos fuertes, poderosos. Pero no lo somos. Apenas un descuido y el paso del tiempo nos acecha para mostrarnos, implacable, el desvanecimiento de los sueños. Cuando queremos darnos cuenta el nuevo siglo ya no lo es, han pasado dos décadas y nos sorprende porque no nos hemos percatado; los buenos momentos se han deslizado por nuestros dedos dejando un amargo sabor a incompleto. ¿Qué nos falta?

Parece que esta pregunta es la que se hace Sergio Hernández quien, a sus veinticinco años, ha sido capaz de entender dónde reside nuestro bienestar, nuestra seguridad, la verdadera fortaleza que nos define. Necesitamos poder mantener un diálogo interior con nosotros mismos, hacer un alto en ese camino vertiginoso y buscar las razones de nuestros actos, las causas y consecuencias que nos han llevado a ser lo que somos. ¿Para enderezar el trayecto recorrido? No. Simplemente para tomar conciencia de quiénes somos, para conocernos, «Pronto el tren alcanzó la velocidad máxima y en cuestión de segundos ambos se encontraron, irremediablemente, perdidos de nuevo».

En una era en la que el hombre ya ni siquiera mira imágenes, sino pantallas, Sergio Hernández lo coloca frente a otro para que se desnude y comprenda cómo es en realidad. Sólo así, con esa seguridad, será capaz de continuar el viaje o será libre para decidir que ha llegado al final, «Recordó entonces a Misato y sonrió, pensando que aquello era mucho mejor que terminar convertido en ceniza».

La idea estructural de La última canción de primavera es totalmente acertada. Son tres relatos diferentes, en los que dos personajes, conocidos o no, eso da lo mismo, se encuentran «Aquella última noche de invierno» y conversan hasta el amanecer. Lo de menos es si el contacto tiene lugar en la cama, una noria o la playa. Importa la capacidad de escuchar al otro y abrirse a uno mismo.

El nexo de unión entre los relatos es el lugar donde se desarrollan, Tokio, aunque es un nexo metafórico, pues podría ser Londres, Madrid o Nueva York. El autor coloca a sus personajes en el referente tecnológico actual, rodeados de adelantos, de comodidades, de gente, pero solos, rotos por diversas circunstancias. Un enamoramiento indebido que no ha permitido abrir el corazón a nadie más. Los abusos de alguien cercano que rompen la inocencia e instalan en quien los sufre el miedo y la tortura para siempre. Unas expectativas de vida en libertad que se cambian por la seguridad del confort. La traumática y pronta separación de alguien que nos quiere y nos protege, consiguiendo que seamos incapaces de buscar otros caminos de felicidad. La pretensión de buscar algo mejor fuera del entorno por no haber tenido la autoconfianza suficiente para encarar la vida, dependiendo de otros para ello.

Son situaciones tópicas, de nuestra sociedad actual que, sin embargo, se solucionan mediante un tratamiento ancestral, la comunicación.

Y si el espacio y las circunstancias pertenecen al presente individualista, están arropados por el objetivo socializador del jazz, el romanticismo del pop o la cadencia sugerente del rock, de ahí que resulte fácil identificarnos con alguno de los seis personajes de los relatos, «Allí podías escuchar a Talking Heads, Sonic Youth o The Cars, y eso conseguía distraerla durante horas». El título de cada historia, una vez más desde la Antigüedad, alude a lo importante de la narración, el ser humano y sus peculiaridades, Tatsumi & Fumiko, Amaya & Kano, Satoru & Misato.

El contacto que mantienen estas parejas a lo largo de toda una noche es suficiente para que analicen sus vidas desde otro punto de vista, para que cambien la concepción que poseían de ellos mismos. Diálogos largos, larguísimos, que mantienen uno frente a otro, como en un espejo, y que se confunden a veces con la voz del narrador, porque en realidad es la misma, la voz interior de cada uno de nosotros, necesaria para afrontar el ritmo frenético que nos hemos impuesto y poder cambiar aquello que no nos convence, «y el agua de los acuarios cambió ligeramente su sentido fluyendo en la dirección opuesta a la que segundos antes guiaba el ir y venir de las medusas. En ese momento las identidades de Satoru y Misato se diluyeron entre el agua y las luces».

Es interesante observar la madurez reflexiva de Sergio Hernández. Impacta su estilo sencillo cargado de un lirismo especial con el que ilumina constantemente la noche, «No sentimos la oscuridad, la ilusión ciega e incandescente», «Cada noche… solo podía ver las luces en círculos», «cierro los ojos e imagino», «la trompeta chillaba como un aullido solitario en mitad de la noche»…Y reconforta, que alguien tan joven esté convencido de la importancia de la comunicación y la reflexión para que el ser humano lo siga siendo. Creo que el autor es un espíritu romántico, un poeta que plasma, en La última canción de primavera, el valor de la comprensión humana de forma que el afligido pueda recobrar la esperanza «…cuando al fin consiguiesen recomponer su alma y cicatrizar todas las heridas que los subyugaban».

Y es apasionante que haya conocido a Sergio Hernández y sus relatos gracias a los consejos de un ciberamigo literario. Si alguien lee este blog, debe entrar inmediatamente en El yunque de Hefesto. Gracias, David.

domingo, 19 de enero de 2020

LA NOCHE DE LA USINA



Me alegro enormemente de haber leído este libro. No conocía al autor y no he visto la película. ¡Tengo que verla! La noche de la Usina es una novela trepidante, en todo momento el corazón cobra presencia, o está latiendo desbocado por la acción, por la expectación de ver qué ocurrirá después, o sereno, al ver reflejado en las páginas el concepto de amistad, o está encogido por las penurias de sus personajes, o exultante por las decisiones que toman ante la adversidad, o alegre, ante el humor con el que afrontan la vida.

No cabe duda de que Eduardo Sacheri escribe dejando en el ambiente un cúmulo de sensaciones que el lector capta desde la primera página. La estructura no es la de una novela al uso, dividida en cuatro actos más un prólogo y un epílogo, toma características del teatro y la narrativa. Los diálogos ágiles, incisivos, humorísticos, le aportan la presencia de la inmediatez, y la narración en presente, contribuye a crear la fugacidad que tiene todo momento actual, «Silvia le habla. Perlassi la mira, pero no entiende lo que le dice. Se acuerda una vez más de los billetes chicos. Los de Medina, de diez, de cinco y de uno. Y todo se vuelve negro y Silvia grita y Perlassi se desvanece contra la mesa». Y en realidad, a pesar de este constante presente, el tiempo discurre en la novela; desde que un grupo de humildes habitantes del pueblo de O’Connor, son desvalijados por el gerente de un banco, ayudado por uno de los mayores comerciantes de la ciudad, con motivo de la crisis económica de Argentina y el posterior “corralito”, hasta que recuperan su dinero pasan tres años y algunos sucesos. Muertes, enfados familiares, abandono temporal de los estudios…, nada impide a cinco ancianos y cuatro jóvenes llevar a cabo un plan heroico, fantástico, para salir de la miseria en la que se habían sumido y poner en marcha una cooperativa agrícola.

Genial la idea y genial el modo de llevarla a cabo. Sacheri ha hecho gala de una imaginación tremenda al proponer un proyecto logístico totalmente factible. Pero es una novela, es fantasía, y la naturaleza se alía con el grupo para favorecer los actos. La naturaleza, las casualidades y la bondad de la gente. En La noche de la Usina quien urde el plan es Perlassi, el dueño de un puesto de gasolina, venido a menos desde que Manzi y el gerente Alvarado, aprovechando la crisis bancaria, se quedan con su dinero, y Manzi coloca una gasolinera en toda regla al otro lado del pueblo. A Perlassi le encanta el cine, es capaz de ver repetidas veces una película que le gusta, y Audrey Hepburn es su ídolo. Así que basándose en Cómo robar un millón (How to Steal a Million, 1966) idea la forma de recuperar su dinero, y el de Fontana, Belaúnde, Medina, Lorgio, los hermanos López y Héctor Lorgio y Ricardo Perlassi, hijos de los dos protagonistas. Y así es como esta panda de justicieros consiguen, por supuesto, llevar a buen término su propósito.

Cualquier lector queda atrapado en el estilo de Sacheri, gran cantidad de pasajes humorísticos conviven con otros sentimentales, o críticos hacia una sociedad injusta, sin olvidar los tintes de novela de suspense. Los capítulos se dividen en apartados bastante cortos, en los que se van alternando espacios diferentes para que actúe cada personaje, con lo que se consigue plena sensación de simultaneidad; la acción global pasa ante nosotros sin dificultad, como si fuese una película.

Con gran habilidad, las acciones peligrosas, casi imposibles, son presentadas de forma emotiva y sencilla, dando la impresión de estar asistiendo a un juego de niños. El autor logra con ello una literatura engañosa pues al leerse con facilidad, la dificultad de la trama, pensada hasta el último detalle, pasa inadvertida. Las elipsis, gestos, frases sustantivas, acciones inacabadas, suposiciones, ocupan el lugar de prolijas descripciones, de extensas narraciones que no hacen falta al lector, pues ve con facilidad todo lo que ocurre,

Cuando llega al otro alambrado lo atraviesa, encorvado, entre el cuarto y quinto alambre. Pero antes guarda el arma en la cintura. Cuando se incorpora, al otro lado, vuelve a empuñarla
—Tipo cuidadoso este Manzi… —murmura Perlassi
—¿Por qué?
Perlassi niega y no responde

No sólo vemos lo que ocurre sino que también nos sentimos engañados, humillados y extorsionados; se instalan en nosotros las sensaciones de este grupo de perdedores. Por eso, se convierten en nuestros héroes más admirados cuando consiguen su propósito.

Los diálogos, en estilo directo, son insuperables pues, en la sencillez se ocultan los temores, obsesiones, valores y satisfacciones universales, a pesar de estar expresados con bastantes términos propios de Argentina:

—Me gusta verlo así —confiesa Perlassi
—¿Verlo cómo?
—Así. Con el culo lleno de preguntas

En ocasiones un personaje utiliza en el pensamiento la segunda persona, es un diálogo interior, del que extraemos, además de lo que piensa, la soledad en la que se desenvuelve en la vida cualquier avaricioso al ser incapaz de abrirse a nadie, ni siquiera a su familia «“Quedarnos” piensa Manzi. Seguro que estás nerviosísimo, la puta que te parió. Seguro que no dormís a la noche pensando en mi alarma, turro».

En realidad lo que predomina es el diálogo, en todas sus formas, pero a veces la digresión cumple su papel y nos pone al tanto de la fugacidad de la vida, de cómo cualquier cúmulo de casualidades puede dar al traste con planes preestablecidos. En las digresiones observamos una advertencia fundamental, que nuestro grupo lleva a cabo: vivir cada momento e intentar sacar el máximo partido a la vida.

En La noche de la Usina destacamos del argumento, ante todo, el valor de la amistad. Es un sentimiento que define, por sí mismo, a los personajes. Da igual el rencor instalado entre Lorgio y su hijo, el dolor y la impotencia de Perlassi, la furia de Fontana hacia la política, la falta de iniciativa de Belaúnde, la indecisión de Medina, la ignorancia de Rodrigo, la incultura o la ingenuidad de los hermanos López. Todas estas características quedan obviadas ante la fidelidad, el tesón y el compromiso.

Y, por supuesto, del estilo destacamos el humor inocente de algunos personajes, que junto al irónico o sarcástico de otros consiguen entretenernos hasta el último momento, cuando llega por fin el comienzo épico de la maniobra final con la que termina la novela «Fontana sonríe desde su cabina a oscuras. Antes de alejarse, y a través de su ventanilla, Perlassi le dedica, con el único objeto de burlarse de él, el saludo peronista».

lunes, 13 de enero de 2020

LA PARTE RECORDADA



El último libro de Rodrigo Fresán incluye casi toda su obra literaria. De vez en cuando Historia Argentina se asoma a la trama para que ni el lector, ni él mismo puedan olvidar un país que ha experimentado cambios constantes en su estructura o modo de vida aunque conserva la base de su identidad.

El último libro de Rodrigo Fresán es la tercera parte de una trilogía que, en la suma de sus títulos presenta todo lo que un escritor nos puede, o nos quiere, contar. He leído La parte recordada y su autor demuestra, a lo largo de casi ochocientas páginas, la importancia, la necesidad del recuerdo individual pues, aunque existe la memoria colectiva, indispensable para seguir caminando como sociedad, las evocaciones personales de nuestros recuerdos, soñados o inventados, son absolutamente necesarias para formar la personalidad.

Fresán no busca en la memoria verdades eternas, simplemente transcribe una verdad que relaciona los sentidos con la experiencia, aunque nunca sepamos si esa experiencia es fruto de lo sobrellevado o lo leído. De hecho, los sentidos nos aportan sentimientos cuando estamos ante una película, un libro, una pintura, una música… Todo evoca en nosotros diferentes sensaciones; unas van cambiando con el paso del tiempo, otras, las que no podemos olvidar, nos marcan de manera obsesiva, de ahí que las caídas desde un avión (o con él) aparezcan en todas sus variedades para que seamos conscientes de la oscuridad que puede albergar el hombre , de las conductas irracionales que nos definen. Para afianzar esta aserción utiliza una técnica compleja, casi surrealista, a veces incoherente, a veces lenta por tanta repetición, con términos antitéticos que se adivinan posibles, con oxímoron que refuerzan su propia confusión, con mezclas de idiomas, sobre todo español-inglés, que delatan las consecuencias de la globalización, con guiños a otras artes y otros autores que rubrican el caos que puede albergar nuestra mente.

No cabe duda de que esta técnica consigue, en ocasiones, una exasperante lectura; una vez creemos entender a quién está homenajeando o quién es objeto de reprobación, perdemos el hilo de la reflexión porque circulan al mismo tiempo la escritura obsoleta de Europa, los programas literarios sin substancia, el idioma ¿compartido? entre españoles y latinoamericanos, la amistad interesada entre escritores de ambos continentes, el poder de las editoriales, los premios cuyo principal valor es el económico, la condición inmortal de algunos escritores, «Y así hasta de nuevo —una vez por, por las décadas de las décadas, amén— volver a comulgar. Todos juntos, en ambas orillas, aullando bajo la carpa circense rebosante de fenómenos de feria, un “Gabba Gabba Hey! We accept you! We accept you! One of Us! One of Us” convertido en “¡Gabo Gabo Hey!”».

Pero al mismo tiempo que nos sentimos desbordados por la información, fruto de esta era vertiginosa, entendemos ese caos. Solo hay que saber estructurarlo e introducir los recuerdos relacionados con sueños e invenciones en habitaciones separadas, que sin embargo forman parte de ese palacio que preside nuestro cerebro. Sin él no seríamos nada. Y Fresán no sería escritor. «Y está tan cansado y se siente tan solo, it’s been a long, long, long time y cómo es que lo ha perdido a ese largo tiempo y ahora es hora de decir buenas noches, buenas noches a todos, todos y en todas partes, buenas noches […] The Beatles dijeron adiós a sus conciertos mientras que él vino a decirle hola a su desconcierto».

El protagonista de La parte recordada es el propio escritor que, a través de un narrador en tercera persona, se analiza como alguien incapaz de establecer lazos con su entorno, un exiliado que en ocasiones se siente culpable por no haber ayudado a sus padres, por haberlos vendido, por haberle ocultado algo horrible a su hermana, ingresada constantemente en sanatorios que no la curan, porque su problema son las lagunas que el sufrimiento ha dejado en su mente, y sin ella no se puede vivir. De ahí que esta hermana sea el símbolo de una de las injusticias sociales cometidas hacia los escritores, por eso su novela es también un guiño a la obra de Penélope Fitzgerald, escritora «normalmente rara» a la que admira y en cuyas novelas podemos observar capítulos que parecen irreconciliables con sus tramas, y coinciden en héroes ingenuos, catastróficos, masculinos. Por eso Fresán propone un Nobel justiciero entregado a protagonistas, como Ana Karenina (que definen al autor) o a escritores ficticios, como Cide Hamete Benengeli (que definen al real) o a mujeres escritoras, para acabar con el mundo masculino de la escritura.

El protagonista intenta escribir un libro donde poner en orden sus ideas, reflexiones que son inquietudes martirizadoras, como «El padre de Nabokov lanzado hacia arriba y apareciendo y desapareciendo en el marco de la ventana y contemplado por su pequeño hijo. El hombre subiendo y bajando, en un “pasmoso ejemplo de levitación”, una y otra vez, con las manos cruzadas sobre el pecho hasta que, de pronto, ya no estaba vivo y es un muerto».

Obsesiones reales que de forma magistral las une a experiencias literarias, para compararlas a la elipsis, algo que desaparece pero sabemos que está: «Pero, a su manera, el personaje de Drácula también es una especie de elipsis omnipresente en la novela Drácula»

En La parte recordada el eje de todas las reflexiones es el proceso de la escritura; el protagonista propone escribir novelas que no lo parezcan, novelas únicas, sin tradición, sin marcas, novelas que definan al propio autor, único; por eso «No quería ascendencias ni descendencias. Quería empezar y terminar en sí mismo».

El autor precisa o explica lo que ha pretendido con esta trilogía a través de su protagonista, quien, una vez analiza la población actual se percata de la deshumanización, provocada por la proliferación de críticos inmediatos sobre cualquier cosa de la que no entienden, la abundancia de gente sin opinión propia que vive en una sociedad sin sentido y sin futuro «en la que los aliens pacifistas y evolucionantes que habían dominado la Tierra se daban cuenta del pésimo negocio que habían hecho», y la importancia excesiva de los mass media que, junto a una invasión abrumadora de móviles, favorecen la pérdida de la percepción de la realidad.

Si podemos vivir sin advertir la existencia objetiva es porque cada uno tenemos la nuestra propia, formada por la multitud de presentes que vivimos, incluyendo los pasados que transformamos en presente al recordarlos, incluyendo los futuros soñados que vivimos en el presente. Y esto lo consigue Rodrigo Fresán, y nos lo dice, «su sueño se había cumplido: ya no había diferencia perceptible entre lo recordado con exactitud y lo exactamente creado […] Por fin y en principio, nada siendo todo».

Leer La parte recordada es como estar ante un tratado completo de escritura, literatura, música, cine y filosofía. Hay que leerlo despacio porque cada afirmación contiene, o no, un dato real que forma parte del sueño, del recuerdo o de la memoria, y hay que buscarlo, investigarlo por si acaso, Esto es lo que pide Fresán al lector:

  7) Debe tener imaginación
  8) Debe tener memoria
  9) Debe tener un diccionario
10) Debe tener sentido artístico

En realidad está definiendo al lector ideal, y quien propone este tipo de lector es, sin duda, el autor modelo, el autor completo, maduro, capaz de manejar el lenguaje de forma que refleje los momentos vividos, un lenguaje que nunca podrá ser desbancado por imágenes «los emojis “alteraban el cerebro de sus usuarios” porque éstos nunca estaban del todo seguros de sus significados y de si eran “irónicos o sinceros” en sus expresiones». Un lenguaje que será testigo de cómo el paso del tiempo consigue que no recordemos quiénes éramos o si lo hacemos, no lleguemos a reconocernos, por eso predominan las paradojas, las ambigüedades, los oxímoron, los antónimos, los neologismos que descolocan al lector que está ante un escritor o netxcritor o excritor que cuenta, hace unos minutos eternos, algo merecedor de Nasaplausos, salido de su mente demente. Y hay que disfrutarlo mientras dure. Como a las Pringles, porque lo más triste es no darnos cuenta de cuándo una persona, un país, ha perdido su identidad para formar parte de la igualación global sin percatarse de la implosión mediática, sin ser consciente de que las ventajas no son iguales para todos.

«…un avión grande que los devolvió al parque de desatracciones que era su casa. Y así Penélope y él dejaron los mundos del ayer y del mañana y regresaron al mundo de hoy, de entonces».

El autor-protagonista aparece como individuo que razona, que piensa una y otra vez en lo ocurrido, analiza las causas de todo para tener opinión propia, una identidad afianzada que no tenga que asirse a la política ni al compromiso único, porque el tiempo va pasando y hace que cambiemos de opinión si no queremos «depender: de su agente, de su editorial, de la crítica, de la gran masa lectora». Una vez que deja de lado las ataduras, sin importarle el qué dirán, reflexiona sobre todo lo ocurrido en esta sociedad global, aun sabiendo que proliferarán los detractores, para retirarse a «Abracadabra, a Monte Karma […] Allá va ahora para dejar de ir a cualquier otra parte». Y, afortunadamente, allí será él quien rija su propia realidad.