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sábado, 1 de marzo de 2025

RUMBO SUR

Puede que no haya entendido bien los relatos, probablemente las sutilezas del autor me pasen desapercibidas; estoy segura de que Guido Finzi pretendía exponer en Rumbo Sur algún pensamiento filosófico sobre lo dura que es la vida, la soledad del ser humano o lo costoso que supone ser un hombre en la sociedad actual. Pero he leído todos los relatos y en la mayoría he encontrado misoginia o machismo, también xenofobia en algunos. No obstante soy partidaria de leer de todo para entender otros pensamientos diferentes al mío, por eso postulé por este libro en Masa Crítica de Babelio y por eso, una vez más, estoy agradecida por el regalo y la oportunidad de conocer a este autor.

Los 43 relatos que conforman este libro ocupan apenas 190 páginas. La expresión es concisa, a veces tanto que se echa en falta algún dato más porque cuando la lectura se va a poner interesante, corta el relato. Es el caso de Matador, en el que tras mostrar una ficha del protagonista, algo superficial, expone un hecho que sirve de nudo bastante sugestivo: «El tipo viene comprobando cómo la gente que detesta va muriendo de diferentes cánceres […] El pendejo al que descubrió pintando una esvástica en la pared del edificio donde vivían sus padres o el maricón que le miraba lo que tenía entre las manos mientras orinaba…». Probablemente el relato es ese, al menos su mensaje porque el autor prefiere no contar cómo sabe ese secreto «es algo que queda entre los dos» y pide que todo siga en secreto «porque nadie va a creerles. La gente no es tan crédula. ¿O sí?»

Es cierto que algunos comienzos atraen, por el punto irónico de los que engloban descripciones bastante atractivas, capaces de evocar vivas imágenes que seducen al lector con la lírica que encierran, «Apoyado en la barra, con mi cinzano a mi diestra y disfrutando del analgésico ruido provocado por el chaparrón que caía afuera, me entretenía buscando apellidos fonéticamente interesantes en las esquelas de La Nación».

Y los lectores intuimos algo sugestivo en la continuación, derivado de la lluvia o de la esquela y, sin embargo, lo que sucede es que, casi siempre, el protagonista se topa con mujeres despampanantes que dan pie a la trama, como si las mujeres normales no fuesen capaces de despertar ningún interés. Estas mujeres no solo avivan su imaginación; en la mayoría de los casos son recuerdos vividos, por lo que llama la atención la vida sexual tan agitada de los protagonistas.

En fin, creo que el problema es la mujer o la convivencia que el protagonista tiene con ellas, porque los últimos cinco relatos (sin personajes femeninos) son, creo, los mejores. El resto podrían ser acontecimientos que se cuentan entre amigos mientras toman un café juntos. Son relatos de encuentros casuales y la reacción que despiertan esos encuentros; podrían ser historias reales o basadas en la sospecha de habladurías.

El zurdo Villalta nos sobrecoge con la vida de un chaval del estrato más bajo de la sociedad que llega a ser encumbrado por su habilidad en el fútbol…, hasta que sufre un accidente en la rodilla. Muy profesional critica a los gorilas que solo saben obedecer por dinero, sin pensar. 

La relación con los judíos y el sufrimiento por el que han pasado a lo largo de la historia se ve reflejado en los dos últimos relatos, Courage y Aparición nocturna.

En estos relatos el destino aparece irremediablemente determinista, aportando a la historia cierta pátina existencialista; pero en cuanto aparece una mujer, lo hace también la soledad que provoca en el protagonista, probablemente por el comportamiento machista que muestra con ellas, el caso es que en ningún momento el hombre admite que le preocupa lo que piensan o sienten las mujeres, más bien suponen una carga de la que hay que desprenderse antes o después, no importan las consecuencias. Por eso se queda solo, no importa si es él quien las echa de su lado o son ellas las que se van. «No me respondió. Simplemente me dedicó una enigmática sonrisa a través de la ventanilla, y desapareció entre el tráfico».

La mayoría de mujeres son personajes complejos en mayor o menor medida, que luchan con problemas de identidad, mujeres que de alguna forma le piden ayuda y lo que consiguen es ignorancia por su parte, «se lo di, con las últimas cifras cambiadas, y la vi desaparecer hacia la calle» o desprecio absoluto. No las ayuda, no perdona, es rencoroso y las ofende con sus palabras, «¿qué carajo me querés decir con eso?, ¿te pensás que ando tan mal como para querer volver a estar con una turra como vos?».

Me ha quedado una sensación rara al leer Rumbo Sur porque hay un protagonista que normalmente se llama como el autor, Guido Finci, que como él es escritor. periodista y que viaja por el mundo contándole a sus amigos sus “penas" y vanagloriándose de sus conquistas amorosas, sin darse cuenta de que lo que queda de manifiesto en esos cuentos no es amor.

Como buen hombre tradicional, religioso, cuando se ve apurado apela a Dios y a su ayuda celestial, pero ni siquiera así es capaz de cumplir las promesas que le hace «Presa de la culpa encendí velas en casa […] acudí a la sinagoga a prometer a Dios que si se salvaba, no solo iba a dejar de verme con Graciela, sino que abandonaría cualquier afán donjuanesco en lo que me restara de vida […] hasta hoy, a escasas cuadras de la casa de Graciela con una erección que no se me va».

No cumple las promesas porque no se puede unir el respeto a los seres queridos, a la mujer, con la superstición religiosa. El hombre se apoya en tópicos para eludir responsabilidades.

Lo siento pero he visto en estos relatos la imagen de un machismo que debemos eliminar de la sociedad. Tanto las mujeres como los hombres somos mucho más que un envase.

viernes, 31 de mayo de 2024

THE BUENOS AIRES AFFAIR

Novela escrita en 1973 por Manuel Puig. No cabe duda de que el autor es él, su estilo es inconfundible, pero la he encontrado más complicada de leer que otras del autor. Hay que terminarla para tener una visión de conjunto. Está claro que el amor por el arte, en general, de Puig, reside en cada una de las páginas. Los capítulos están introducidos por una escena de diferentes películas del cine de oro norteamericano. La música también queda como fondo en algunas secuencias y las citas de autores ponen de relieve la cultura del autor, que indudablemente traslada a su protagonista, Gladys.

Hay que leer las casi 300 páginas de The Buenos Aires Affair para conocer realmente a Gladys, y a Leopoldo.

La novela comienza en 1969 cuando Clara descubre que su hija Gladys, de 35 años, a la que cuidaba, ha desaparecido en Playa Blanca. Las voces son diferentes, los puntos de vista, también; a partir de analepsis y prolepsis podremos ir conformando la vida de Gladys, una niña desafortunada, criada por su madre, débil, con poco éxito en el colegio que, a causa de sufrir una violación en la que perdió un ojo, se vuelve más insegura y tímida. Con el tiempo cree que puede tener más oportunidades en Nueva York o California, y decide encontrar trabajo allí. Las circunstancias harán que vuelva con una depresión mayor. El autor narra la vida de Gladys de forma desapasionada, con cierto sarcasmo y pretendido humor que no hace sino inquietarnos más y asegurarnos de que todo irá a peor, «La resistencia de Gladys a los tratamientos psicoterapéuticos tenía una razón fundamental: en su plan de ahorro para comprar una propiedad inmobiliaria no entraban gastos prescindibles». Puig trata la juventud de la protagonista con el mismo interés que pone en el resto de sucesos, lugares o personajes. Es un compendio de minuciosas descripciones. Incluso las escenas violentas, casi siempre sexuales, están carentes de fuerza aunque la contienen; es como si formaran parte normal de unos personajes, de un país.

Aparecen en la escritura diferentes recursos: páginas de prensa, atestados policiales, informes de autopsia, sesiones con un psicólogo, entrevistas que luego llenarán las páginas de revistas, diálogos telefónicos de los que deducimos lo dicho al otro lado de la línea y que son, en realidad, acosos policiales hacia posibles confidentes, para arremeter contra aquellos que no pertenecen al régimen:


Voz:

Oficial: ¿Segura que por lucro no fue?

Voz:

Oficial: Todo lo que sepa, después nosotros haremos ver que llegamos al acusado por otro conducto.

En realidad el distanciamiento del autor es un arma con la que nos alarma; nuestra desazón va en aumento.

La vida de Gladys se va uniendo, casi sin darnos cuenta, con la de Leo Druscovich para formar una pareja de traumatizados en la infancia que desde que se encuentran se hacen daño; no podía ser de otra manera. Aun así se buscan, a pesar de los ultrajes, a pesar de la violencia desmedida de Leo hacia Gladys. El juego de seducción, atracción, rechazo, miedo es constante.

Tampoco sus vidas laborales se mantienen de forma regular. Hay altibajos en los diferentes negocios de Leo y en el éxito que Gladys tienen como artista. Ninguno parece cambiar de actitud; les vaya bien o mal. Gladys acepta lo que le viene con frialdad, lo asume como algo natural; tanto su desgracia física como psicológica. Justo en esa indiferencia es donde sentimos mayor desasosiego, «permanecería quieta en la cama; si se quedaba quieta en su cama, allí moriría porque nadie le llevaría nada de comer».

La vida de Leo plantea muchas preguntas ¿La actitud sexual de un adulto tiene que ver con un trauma sufrido en la infancia? ¿La impotencia va unida a la masturbación excesiva desde época temprana? ¿O es al revés? No lo tengo claro. Lo evidente es que Leo no disfruta con el sexo —casi nunca— y no hace disfrutar de él —nunca—. Todo es fruto de la vergüenza, de la culpa, del dolor, «Ese bebé no es normal. De su pubis poblado de vello encrespado penden órganos sexuales de hombre y del pene enrojecido, algo confundidas con la espuma blanca, chorrean gotas espesas se semen».

Manuel Puig escribe una novela negra en la que el surrealismo y las imágenes oníricas se diluyen en la realidad; a veces somos incapaces de distinguir qué pertenece al sueño y qué no, qué forma parte de una mente perturbada y cuándo la mente está en equilibrio: «y su carne blanca como el tocino ahumado arrumbado durante semanas entre el hielo granizado del congelador abre paso a la negrura de un gorila que habla para darle las gracias por no quejarse, por no gritar, no llamar a un médico».

Los protagonistas divagan en sus recuerdos, no tienen claro qué sucedió en qué momento; viven sus deseos tal como lo hacen con sucesos reales «Leo cerraba los ojos y al rato su semen se mezclaba en el pensamiento con la sangre de la muchacha».

No sabemos con claridad qué puede ocurrirles a los personajes. Cualquier cosa. Pero siempre tememos lo peor. No sabemos, aunque la sospecha es creciente, hasta qué punto las relaciones se van a quedar en el plano personal o pasarán a exponer una situación social-policial en la que valen pistas verdaderas y falsas, en la que las mentiras son habituales en los delatores.

Todo es un despropósito, un infierno: la resolución de un crimen donde no hay cuerpos que lo corroboren; las amenazas constantes; el cuerpo sin vida que no merece investigación; el ambiente sociopolítico confuso y atemorizador.

Es duro enfrentarse a The Buenos Aires Affair porque el autor se expresa de forma libre; es consciente de su denuncia política (y esto en la Argentina de 1973 era jugársela de forma segura), es consciente de la violencia homosexual (probablemente por la negación requerida) y es consciente de la indefensión sexual de la mujer, sometida a los requerimientos del hombre, aun los más abyectos.

Está claro que Manuel Puig vivió y escribió como quiso, con pasión y demostrando ser alguien tremendamente tolerante con los demás y culto consigo mismo. En esta novela, las escenas cinematográficas que abren los capítulos remarcan su formación como cineasta y la exposición de situaciones, a modo de escenas teatrales con diálogos y acotaciones, indican su amor por la literatura en general; algo que los lectores valoramos porque nos permite hacernos una idea precisa de los personajes. El hiperrealismo es evidente, lo corroboran las descripciones minuciosas, una prosa violenta que se torna en poesía cuando menos se espera, el objetivismo exagerado y la confusión de voces. Esto, con el sexo —también violento, defraudante y doloroso— como motor de la actividad humana nos conduce a una actitud propia de los desheredados de la tierra. Gladys busca en su juventud el trabajo perfecto y al hombre perfecto hasta que se da de bruces con la realidad y la violencia sufrida la lleva a aprender a acomodarse a las situaciones posteriores. A un futuro que no es sino una continuidad de presentes, aunque Leo, ese animal desbocado, no figure en él.

sábado, 17 de junio de 2023

MISERIA

He terminado la segunda novela de Dolores Reyes y me ha transportado no solo a Cometierra sino a todo el continente latinoamericano. Siempre he tenido la sensación de que ese pueblo ha sabido explorar como ninguno el mundo del subconsciente. Dolores Reyes parte en Miseria de una visión fantástica para poder expresar su propia realidad, y la expresa de tal manera que todos la consideramos real porque el contenido lo es, la desaparición de tantas mujeres, y el sentimiento, también (la impotencia de la soledad).

Las imágenes reales y fantásticas se unifican con total normalidad para conseguir que los lectores las asociemos a la intención de la autora: denunciar la situación en la que viven los seres humanos en determinados suburbios en los que nada se tiene, en donde el cariño de un animal es a lo único que, algunos, pueden aspirar, «Paseo por un parque que no pisé nunca. Tanto buscar con Miseria una plaza y ahora se aparece en mis sueños […] Metida debajo de los bancos hay una perrita quieta […] —Susy, no salgas de acá. Enseguida te buscan. —Y cuando escucha su nombre, mueve la cola».

Para entender perfectamente estas imágenes, Reyes introduce a los personajes, representantes de una problemática sociocultural, en un mundo onírico. El espacio real ahoga a los protagonistas con falta de oportunidades, son desarrapados envueltos en una espiral de violencia y animalización cuyas consecuencias son nefastas, sobre todo para las mujeres, aterrorizadas en una sociedad que no pocos interesados aderezan con magia negra.

La mujer en Miseria, es la verdadera protagonista. Mujer que, como la tierra, es símbolo de vida, protección y muerte «Mi mamá tampoco tenía camisones. Ella me contó que cuando volvimos del hospitalito, solas nosotras dos, hacía frío y como ya no tenía nada que ponerme […] envuelta y pegadas, estuvimos esos primeros días juntas ella y yo». La figura del padre también es simbólica de ese machismo ancestral y animalizador. Para Cometierra, Miseria, la Tina, Florensia… el padre es una presencia odiada o ausente. Por eso, probablemente, el Walter es el personaje más entrañable. La autora pide, con él, un cambio. Walter es la nostalgia, el deseo de un padre cariñoso, un hombre capaz de actuar sin violencia, un hombre que no quiere venganza sino justicia.

La relación entre el Walter y el Pendejo marca la aspiración de acabar con el padre destructor de la familia.

No hace falta haber leído Cometierra para seguir el argumento de Miseria; a veces hay alusiones que facilitan al lector el significado que algunos personajes tienen en la historia, o permiten el recuerdo de sucesos anteriores que ahora se entienden como premonitorios, «Vino porque el viejo está enfermo y necesita guita […] Y no quiero que mi hermana se entere de que apareció […] Quiero darle lo que me piden y que se vayan para siempre […] Estoy terminando de juntarlo, se la mando y se acabó».

No hace falta haber leído Cometierra pero sí es aconsejable. En Miseria, Cometierra, que había prometido no comer tierra más, se instala en otro pueblo con su hermano y su cuñada Miseria, embarazada con 16 años. Pero tan necesario se hace el dinero cuando llega el niño y son tantas las niñas y mujeres desaparecidas que, de nuevo, se aviene a buscarlas. Sin embargo ya hay una vidente, una reina de la noche que practica la magia negra y no está dispuesta a que nadie le haga sombra, entre otras razones porque cuenta con gente capaz de aniquilar al que lo intente y con el beneplácito de los gobernantes.

Cometierra no se bastará para parar la barbarie. Las mujeres deberán unirse y reclamar el fin de tanto dolor con un fuego que, simbólico, pretende quemar el daño para que de las cenizas resurja una nueva sociedad. Cuando Aylén es consciente de ello se queda en ese nuevo lugar, se separa de su hermano, de su familia, por primera vez, con la promesa de volver a estar juntos cuando todo se solucione.

Miseria es una novela de sentimientos. Sus protagonistas son mujeres reducidas a un espacio seguro, la casa y sus inmediaciones. Cuando alguna falta, salta la alarma y comienza a imperar el miedo. Apenas hay acción; solo Marta, al ser consciente de que su hija lleva muerta varios años, convoca a todas las mujeres para quemar el Corralón, donde durante tanto tiempo las niñas, las jóvenes han sido torturadas, violadas, asesinadas, enterradas sin que las autoridades pusieran fin a esa atrocidad. La quema del Corralón es símbolo de la destrucción de la opresión. La mujer de Dolores Reyes pide libertad, pide la unión de todas para que se alce en una única voz que no está dispuesta a tolerar más abusos:

—Nosotras también tratamos de que nos devuelvan a las pibas, pero lo hacemos de otra forma […] Nuestra fuerza depende solo de nosotras. De organizarnos para salir a meter presión

En cuanto al estilo, la autora mantiene una perspectiva dual, Miseria y Cometierra se turnan para contar sus sentimientos mediante algún monólogo interior que se intercala en diálogos, capaces de dar fe del instinto de protección de ambas. A veces el flujo de conciencia da paso a una narración dura y espontánea, reflejo de la lengua oral. Los lectores empatizamos con ellas desde el principio, tanto que, el final nos sabe a poco; queremos más. Cometierra puede ser la protagonista de una serie de novelas dirigidas a concienciar de la situación que viven los desamparados y denunciarla. Dolores Reyes escribe novela negra testimonial de los barrios más desprotegidos de Argentina, representantes universales de cualquier lugar deprimido, «Mamá, acá estoy bien. Tengo agua, una pieza, heladera y amigos […] La enfermera pregunta por qué no vine antes. Suspiro y no digo nada».

En la historia, el límite entre lo real y lo imaginado se desvanece, es fácil pasar de uno a otro porque Reyes trata lo extraordinario como algo natural, usual, mezclando superstición, premonición, sueño e imaginación.

El lector no es testigo de todo lo que ocurre, hay sucesos que se quedan fuera de lo narrado y nos vemos obligados a imaginar, de esta forma quedamos implicados en la trama. Cometierra deforma las imágenes percibidas; su sensibilidad es tal, que puede convertir cualquier hecho en sueño y vivirlo, irrealizándose, para poder actuar en él: «¿En qué lado de la habitación estoy ahora? El sueño me dobla las rodillas. Madame escupe humo como el caño de escape de una moto y después apoya el pucho para quemar mi ojo izquierdo. Me caigo de dolor».

Cometierra es la creadora, espectadora e intérprete de sus sueños, pero las imágenes que percibe no solo son parte de su imaginación sino que pertenecen a una realidad deformada coherentemente para que ella pueda proyectar ahí su vida, porque la vida de Cometierra es la muerte de las demás mujeres. Creo que la novela es testigo del sentimiento real de Miseria y del onírico de Aylén «Ni bien cierro los ojos, la escucho […] Mañana te vengo a buscar […] y al final me da un beso hermoso, como si fuera una bendición y sale de mi sueño»; entre ambas surge el día a día de mujeres invisibles. Mujeres inexistentes en la sociedad, sin personalidad, sin nombre. Mujeres que, entre ellas, también se conocen por el apodo que las representa. El niño nacido de Miseria, el Pendejo, será nombrado así, como vulgarmente son llamados los muchachos en Argentina, pero su madre lo consagra con una seña de identidad que pertenecerá solo a él y a su familia, «Y ahí sí lloro mientras le digo su nombre despacito, mi boca pegada a su frente, porque él también viene a mí llorando y se lo repito dos veces […] Al oírme se queda tranquilo».

Espero que Cometierra, Miseria, el Walter y el Pendejo sigan luchando hasta hacerse visibles en una sociedad que los trate con justicia. Espero que en algún momento Aylén pueda dar fe del significado de su nombre.

domingo, 26 de febrero de 2023

EL TIEMPO DE LAS MOSCAS

He canjeado mi premio de Reseñan Sancho por este maravilloso libro (gracias de nuevo) y la elección ha sido perfecta, porque no se puede escribir mejor. O sí, pero pocas personas lo hacen tan bien, cuentan una historia tan completa, tan compleja, desde un compendio total de emociones mientras la narradora protagonista aparenta cierta impasibilidad que se transforma en exaltación cuando la vida la pone a prueba una vez más.

El tiempo de las moscas es la continuación de Tuya, pero no hace falta haberla leído porque las conversaciones que mantienen Inés y la Manca nos sitúan en lo que ocurrió años antes. Ambas son perdedoras, ambas exconvictas, las dos disfrutan ahora de una libertad relativa y son capaces de salir adelante con MMM, control inofensivo de plagas. Una paradoja, pues la asesina de la amante de su marido es incapaz de matar una mosca (¿metáfora?) e intenta eliminar las plagas del resto de insectos causándoles una muerte sin demasiados sufrimientos y sin dañar el ambiente o a quienes viven en él.

¿Hasta dónde ha de soportar una mujer para que pueda matar a otra? Creo que podemos hacernos una idea; si no, Claudia Piñeiro recuerda en su novela el maltrato psicológico que puede sufrir una niña hasta que se siente invisible a veces, agraviada otras, en su propia casa, por su propia madre, deseando encontrar después, en la familia que funda, una felicidad que le ha sido negada desde siempre «Cuando yo tenía ocho años mi madre me cortó un trozo de vestido que estaba deseando ponerme para el cumpleaños de una amiga […] me habría tapado el corazón, en el supuesto, como ella decía, de haberlo tenido». Una niña que ignorará a su vez a su propia hija porque ella solo quiere encontrar en su marido al padre que no tuvo, al amante que tampoco tuvo su madre; quiere, ante todo, sentirse mujer.

Claudia Piñeiro escribe una novela de mujeres, de las distintas mujeres que poblamos la tierra y que, como las moscas, somos de diferentes clases, desde las buenas y abnegadas a las malas vengativas, pasando por vapuleadas, ninguneadas, envidiosas, supervivientes y fuertes, capaces de ser felices porque son capaces de dirigir su propia vida a pesar de los contratiempos.

Inés trabaja con la Manca, que está enamorada de ella aunque sabe que Inés es tradicional en cuanto a la pareja y al papel de la mujer. Pero la Manca recibirá de Inés la mayor prueba de amor que pueda darse. Ambas son mujeres duras. Y entrañables. Las dos han delinquido. En las dos se puede confiar.

El narrador va cambiando el punto de vista; en primera persona adopta la voz de Inés, que aprovecha y cuenta algo de su pasado y de los proyectos que tiene o que tuvo para enfrentar el presente «Y yo, Inés Experey […] decidí ver»; aprovecha su conocimiento de los dípteros para explicar las relaciones entre los tipos de mosca y de mujer, el significado de algunos términos que nos llevan a reflexionar sobre el verdadero problema: mujeres prejuzgadas y juzgadas según las normas impuestas por los hombres. Inés establece, tras un riguroso estudio, las diferentes especies de moscas según sus actividades; la autora lleva al lector a interpretar en esa tabla los diferentes tipos de mujer: «las taquínidas […] son nobles, trabajadoras, protegen el medio ambiente […] observan agazapadas y, solo si es necesario, atacan al paso […] killer o asesinas».

En primera persona, Inés juega con el lenguaje al tiempo que reflexiona sobre la equidad de la Justicia, «La manca no estaba a mano (con perdón de la redundancia negativa) […] cómo fumaban esas condenadas. Condenadas creo que se puede decir. Presas, no».

Inés, en primera persona, ironiza con la ignorancia de las demás, con la suya propia; incluso alude a sus experiencias en Tuya «Ni Tuya sentada dentro del auto de mi marido (y mío en ganancial) con un tiro en la sien. (¡PUM!)», se muestra sin dobleces y evita perder el sentido del humor hasta cuando miente «Yo no entendí la diferencia pero no me iba a poner a discutirle a quien tenía que darme el visto bueno para mi salida».

El narrador aparece en ocasiones en 3ª persona omnisciente, sabe lo que piensan los personajes y es capaz de crear al principio de la novela una tensión en el lector que, según en qué momentos de la trama, crece, hasta que somos incapaces de asegurar la libertad final de las protagonistas. «…dispuesta a encarar la salida. La señora Bones empuña su estilete invisible una vez más: —¿Estás segura?».

Inés cuestiona constantemente lo que está bien o mal, creando confusiones constantes en ella misma y en el lector, que empatiza desde el primer momento con sus respuestas emocionales.

Hay capítulos narrados enteramente por el Coro. A la manera de la Tragedia griega, el coro (la voz de las diversas mujeres) funciona como mediador entre los personajes y el lector; a medio camino entre flujo de conciencia y perspectiva múltiple da sentido a las escenas anteriores, ayudando así al lector en la comprensión de lo que ha leído. Otras veces aconseja a los personajes sobre cómo han de afrontar lo que les viene. El coro es la presencia del pueblo, de las mujeres del pueblo, por lo que actúa como contrapunto de los conflictos que se presentan en la historia; es la voz que predomina en la sociedad «Bueno, me parece que están exagerando, ese mundo hostil con nosotras está en vías de extinción. ¿De verdad? ¿Cuándo? ¿Dónde? Googleá Skate femenino y fijate las fotos que aparecen». Otras veces reflexiona con argumentos de autoridad, citando afirmaciones de autoras que han escrito sobre el problema. El Coro no es decisivo, una vez expuestos los testimonios o criterios, hace una llamada al compromiso de las protagonistas y al dictamen de los lectores, «Votemos».

Aún queda otro tipo de capítulos en El tiempo de las moscas, el que prescinde del narrador para exponer los hechos a modo de diálogo, como en el género teatral. Con esto la narración adquiere inmediatez y agilidad, al tiempo que conmueve al lector. Nos sentimos identificadas con Inés, con la Manca, con todas, porque en algún momento y en ese instante compartimos su destino. Podemos ser vulnerables a los manejos del hombre, podemos ignorar la llamada de la amistad, de la maternidad, de la conciencia de clase, podemos sentir nuestros conflictos latiendo con los de ellas, con los de Laura, con los de Timo.

Claudia Piñeiro remueve conciencias y no juzga, al menos no juzga a las mujeres, ni a las que han robado, ni a las que han asesinado a otras mujeres.

Claudia Piñeiro parte del asesinato de una mujer, moralmente ambigua, a manos de otra mujer, socialmente amoral, para abordar el conflicto universal de las pasiones humanas. No cabe duda de que los lectores experimentamos cierta tensión hasta llegar a una liberación final, una catarsis que también va dirigida a las protagonistas, que son capaces de eludir el destino. Al menos por ahora.

viernes, 12 de agosto de 2022

EL ASESINATO DE JULIO ROSTER

Acabo de leer la novela de una autora novel, creo; al menos, yo no la conocía, pero me ha sorprendido gratamente, porque me ha recordado a determinadas series que aún veo en televisión. Si alguien lee esto y ve Crimen en el paraíso, sabe lo que digo, y si le gusta, le va a gustar El asesinato de Julio Roster. Es una novela de misterio al más puro estilo de Agatha Christie, en la que la autora se propone interactuar con el lector desde el primer momento. Por eso, comienza su andadura narrativa señalando el elenco que va a aparecer, veintidós personajes van intercambiando opiniones y acciones para embrollar al lector y llevarlo de una pista a otra hasta que Clarisa Vau decide que es el momento del desenlace.

Por cierto, en el libro encontramos, además de la nómina de personajes y la relación que tenían con el asesinado, un plano de la casa en la que vivía. Y al final adjunta «La libreta del inspector Montgomery» para que los lectores vayamos apuntando las pistas que van apareciendo (la mayoría, falsas; ¡hasta 18 he encontrado!) y que, por supuesto, no hacen sino que sospechemos de casi todos los implicados. Una vez descartadas las que creemos conveniente, llegamos al apartado «Sospechosos y coartadas» y finalmente «Hipótesis y deducciones: Quién, Cómo, Dónde, Cuándo, Qué».

Estamos pues ante una guía que sigue a la perfección la técnica Whodunit, empleada por la pionera de la novela policíaca y consistente en dar la información suficiente para que el lector resuelva el crimen pues, el ayudante del investigador no va a saber más que él y tampoco sabrá más que el propio policía encargado de resolver el asesinato, «Le hablé sobre mi idea de que Flora y Manuel pudieran haberse confabulado para matar a Julio. Abel la consideró, pero no pareció tomarla muy en serio».

De esta forma el lector se identifica rápidamente con quienes llevan el caso y entra, sin darse cuenta apenas, en el juego de la trama que, por cierto, es un rompecabezas donde el misterio siempre está presente. En la narración no hay grandes descripciones ni digresiones que alejen la atención del lector. El estilo es sencillo, el vocabulario, usual, permite acercar a todo tipo de lectores y la estructura, ordenada, casi visual, posibilita observar la novela como si de una película se tratase.

En el capítulo I conocemos a un banquero jubilado y viudo, Héctor Paz, cuyo cuñado, Julio, hermano de su difunta esposa, lo invita para pasar un par de días y asistir a la celebración de su cumpleaños, motivo por el que toda la familia estará presente. La velada transcurre bien, pero de madrugada los gritos de la mujer del homenajeado alertan a todos de su muerte. Rápidamente, Héctor llama a la policía y al médico e inmediatamente se persona Abelardo Montgomery, inspector a quien Héctor ayudó a resolver otro asesinato.

Lo que en un principio parece un ataque al corazón pronto se descubre que es un envenenamiento, así que la pareja de detectives, el profesional y el amateur, se encarga de ir recopilando indicios hasta que, por supuesto, el inspector, puede detener al culpable.

Gracias a Héctor, los lectores conocemos a una serie de personajes cercanos que nos van desvelando el odio que sentían hacia el cabeza de familia «—Yo no dije eso, ni lo maté. Solamente dije que lo odiaba». Héctor se basa en la observación psicológica y llega a conocer a los hijos del muerto, a quienes trabajan para él y al propio asesinado. Nada es lo que parece; Julio encubría una persona detestable que ni el propio Héctor intuía. Así pues vamos encontrando y descartando pistas de la mano del investigador aficionado: la comida, medicamentos, plaguicidas, cartas, dinero nos llevan a la ira de unos, celos de otros y rencor de casi todos. Pero solo la percepción del policía Abel puede llevar a la solución correcta, «Habrá leído sobre las huellas dactilares, pero no debe saber que no es la única forma de detectar al criminal»

El narrador de la historia es el propio Héctor, que, en un momento de la trama se aleja para confesarse como autor de la novela «Una vez en mi habitación, fría y ligeramente mohosa, me senté frente al escritorio y comencé a escribir, en el bloc que siempre llevaba conmigo, la primera crónica de esta historia».

Con este recurso, Clarisa Vau moldea una historia verosímil y al mismo tiempo, llena de intrigas. La capacidad de análisis de la autora es la que proporciona el suspense a la novela y logra un argumento convincente.

No cabe duda de que Vau conoce los elementos que no deben faltar en una novela de misterio. Los conoce y los expone con soltura, de forma que al leerla intuimos que en un momento determinado el crimen es factible. La muerte de Julio se da en extrañas circunstancias, cuando se encuentran en su casa los familiares, algo que despierta la curiosidad del lector, quien intenta conectar con la historia de cada uno de ellos para descubrir al asesino a través de posibles razones. Nada es lo que parece pero la solución final es satisfactoria para todos, aunque llegamos a empatizar tanto con los personajes que lamentamos, incluso, el giro fatal que llevó al inspector a descubrir el porqué del asesinato.

La novela de Clarisa Vau es perfecta para iniciarnos en la novela de misterio; muy entretenida, consigue que no dejemos de leer y, lo más importante, que vayamos razonando y anotando a los posibles sospechosos como si de una pasatiempo se tratase.

Felicidades a la autora, a quien le deseo futuros éxitos como novelista.

sábado, 6 de agosto de 2022

MELVILL

Me gusta leer novelas, preferiblemente ficcionales, aunque no descarto aquellas basadas en personajes importantes o las que parten de hechos reales. Porque es un pasatiempo que me permite disfrutar de la realidad desde otro punto de vista. Y aquí estoy con Melvill, una novela que, al principio creí que se trataba de la vida del creador de Moby Dick, después pensé que era sobre el padre de Herman, Allan Melvill, y poco a poco fui reencontrándome con Rodrigo Fresán, por lo que no pude sino ponerme al habla con Alberto Sáez, gran especialista en este autor pues su tesis doctoral «La narrativa de Rodrigo Fresán y la vertebración de una poética afterpop» (2021), recoge toda la obra del escritor anterior a la novela que hoy comentamos. Así pues, esta crítica no es exclusivamente mía sino que casi todo el mérito corresponde a Alberto. 

La novela de Fresán supone la muerte de la novela actual y convencional; en ella predomina el discurso individualista que a veces suena a monólogo, otras a diálogo entre personajes de este o del otro lado y otras, a diálogo con el propio lector. Creo que el autor no pretende ofrecer una visión total de nada ni un sentido único de la historia que plasma. La realidad de Fresán no es espejo de la realidad tal y como estamos acostumbrados a verla sino que se refleja por partes, sin tener en cuenta la línea temporal o la correspondencia de espacios, «Y entonces Nico C. me advierte acerca de los riesgos de su condición, de los peligros de proponer “una nueva forma de entender primero y de luego narrar las cosas alterando la textura y el tejido de la Historia…».

El narrador de Melvill comienza en tercera persona omnisciente (al cabo de un tiempo de lectura percibimos a Herman Melville), in medias res, contando las sensaciones que Allan Melvill experimenta en un hospital, poco antes de morir y poco después de haber cruzado a pie el río Hudson helado. Y ya, desde la paradoja del comienzo, quedamos advertidos de la realidad ficcional de la novela «Ahora se sabe rodeado por todo y por todos […] Aquí, la soledad perfecta de quien está afuera pero sin salida».

La vida de Allan Melvill va pasando ante nosotros de manera un tanto caótica pues, como en una sucesión de círculos concéntricos volvemos una y otra vez a su decadencia final, de manera que la existencia finita del personaje real abarca lo infinito literario del cronotopo fresaniano. En el abismo de la caída es cuando a Allan se le van revelando las grandes verdades, hasta llegar al infierno de la muerte en una sucesión que lo trascenderá como persona. En el lecho de muerte, tras revisar su vida, egoísta e irracional, anhela lo que únicamente le da Nico C. y cuando lo tiene siente miedo, pues se percata de que le ofrece la ficcionalidad de su vida, así que huye de él y se dirige a Barcelona. «lo que en verdad da miedo es la cada vez más próxima condición de quedarse junto a Nico C., de ya nunca sentir más miedo […] por los siglos de los siglos […] Allan Melvill se siente maldito y condenado. Allan Melvill huye. Allan Melvill roba una góndola y llega a tierra firme…».

En el diálogo que mantienen el padre y el hijo da la impresión de que el niño, Herman, estaba ahí en contra de su voluntad, escuchando los desvaríos de un padre loco que no le dio ni el afecto ni la atención que necesitaba. Un diálogo-monólogo que recuerda al de Keiko Kai en Jardines de Kesinton. Secuestrador y víctima en una habitación a solas a la espera de que uno (o los dos) muera: «Escucha, Herman: primero un pie y, asegurándote de que el hielo no se rompe, recién luego el otro […] Me gustaría poder levantarme para demostrártelo aquí […] A veces pienso en mí mismo en una helada tercera persona […] Ser un buen personaje sin importar sus malas acciones».

Una vez que el padre regresa a Albany continúa por el río helado, ahora como Nico C., que a su vez es el propio Fresán y Allan Melvill. De esta manera el hielo se transforma paradójicamente en el infierno y Nico C. queda —como autor— por encima del personaje. La literatura es aquello que sobrevive a la realidad «Nico C. siendo él uno y otro, hombre y monstruo, creador y criatura […] inseparable de mí mismo […] por siempre y para siempre por encima de mí».

Por correspondencia fonológica, Nico C. recuerda a Nick Cave, habitual en la obra de nuestro autor argentino. Un rockero inmortal que, como un vampiro, trae a Melvill el único rastro de “Canciones tristes” en forma de un elixir capaz de transportarnos a ese realismo mágico, un tanto descarado e irónico, de Fresán. El vampiro con el que satiriza hasta el extremo la figura del monstruo, originalmente la ballena.

Rodrigo Fresán expone el fracaso de Allan Melvill como padre y como marido, el rechazo y el orgullo final por los logros literarios de su hijo, que no fueron sino póstumos. Y el fracaso como padre y como marido de su hijo, Herman Melville. El fracaso social del hijo, tomado como perturbado por su condición de alcohólico homo sexual, que retoma el fracaso social del padre perturbado. Y en ellos está el fracaso del hombre que, sin embargo, queda encumbrado tras la muerte.

El narrador protagonista, aunque desdibujado a veces, toma la voz de Herman Melville; aparece como una identidad genérica diferente al autor, por lo que presenta distintas posibilidades de lectura si bien Melvill es una novela del yo que tiende un puente entre lo real y lo imaginario, «siempre me sentí como un hombre que puso en duda todas las cosas terrenales para poder intuir alguna de las divinas […] del mismo modo que durante el Diluvio la ballena despreció el Arca de Noé, sabiéndose mejor sobreviviente a solas y ajena a toda promesa de compañía a cambio de reclusión y de ser una entre tantos. Igual en mi vida, igual en mi obra […] Así me siento yo». A veces el lector pone en entredicho la verdad que detalla el autor con respecto a su personaje, de hecho incluso Herman y Allan se desdibujan en Melvill, sin tener claro dónde empieza y termina cada uno o dónde terminan ellos para dejar paso a la obra de Fresán, que inventa, deconstruye y transgrede las identidades al llevarlas más allá de un espacio único, al llevarlas al otro lado de las cosas.

Fresán indaga en Allan Melvill, en Herman Melville y en el propio Rodrigo Fresán para visionar el mundo según una particular forma estética. De nuevo fragmenta lo real y crea una nueva real ficción. Es un recurso a la vez de forma y contenido con el que realza una determinada imagen que convierte en hiperrealista hasta que pasa al otro lado, el literario. Es un recurso estilizado del esperpento valleinclanesco, con el que consigue expresar su escepticismo y crítica ante las convenciones sociales.

Las paranomasias profundizan en la familia desestructurada o en el sinsentido de la existencia, «palabras que llamean y llaman, lejanas y ajenas a todo calor de hogar», «vencido y humillado desertor de la crucificante cruzada de tu vida». También el oxímoron conseguirá describir la realidad y, por supuesto, el humor cáustico, irónico, polisémico, personificado o negro refleja la angustia de la religión, de la vida social, de la mala literatura o del proceso de la escritura «Memoriza el Salmo 55 […] llega a ponerle música al piano que, más que ejecutar, condena», «Piensan que ha intentado suicidarse y nadie hace caso a que lo único que quería hacer era modificar y prolongar el trazo de sus líneas de la fortuna».

El relato de Melvill es, en gran medida, ambiguo; cuesta diferenciar la dimensión real de la ficticia porque no las separa ni las mezcla, las ofrece de forma simultánea.

Fresán desnuda el alma de Melvill(e) y rompe los límites de la intimidad al ofrecerla al lector. A la vez despeja espacios y tiempos para presentarnos el origen de su narrativa. El lector, inmerso en la lectura, vive la escritura de la vida, las caídas, la culpa, las dudas, la memoria, lo soñado, lo recordado y lo inventado; lo vivido ayer y transformado hoy. El lector experimenta su propio infierno, sus obsesiones que son también las de tantos. Porque la de Fresán es una aventura que trasciende al hombre a través de la escritura literaria y, a través de la lectura, se hace realidad al tiempo que el yo lector pasa a formar parte de los elementos narrativos, por lo que el proceso lector queda inmerso en la literatura.

Las digresiones y repeticiones le ayudan a reflejar sus obsesiones y temas recurrentes: la avaricia del ser humano que lo lleva a la caída, desde donde percibe el antes y el después de su realidad, los fallos vividos con angustia y la paz de la muerte. La escritura del autor es un modo de autoconocimiento y la lectura de Fresán supone una interiorización para conocernos mejor. La memoria consigue, a través de los sentimientos, transformar la realidad, «lo imaginado, que no es otra cosa que lo que pudo haber sido y, a partir de entonces, lo que es y lo que será».

Los lectores de Melvill vemos el mundo que, tras recordarlo y soñarlo, Fresán inventa como verdadero: «mi cada vez más singular idea del patriotismo como algo que trasciende lo meramente nacional y alcanza dimensiones sin fronteras. Y de que el fin de la guerra no trae la paz sino un largo período de revanchas […] ganadores y perdedores se ponen de acuerdo en que la verdad de lo sucedido es demasiado espantoso para asumirlo como verdadero […] proponer una nueva y revisionista realidad más soportable […] De pronto, todos escritores, todos reescritores».

Es la seña de identidad de Fresán; si las escobas danzantes de Historia Argentina consiguieron un nuevo universo, el río helado de Melvill también lo hace, pero deberemos afrontar el final de una vida de errores para crear la ficcional perfecta, que pronto pasará a formar parte de la real para resquebrajarse de nuevo con el cambio de tiempo. Esta continua creación es la esperanza con la que rompe las limitaciones del escritor, «Una sonrisa inolvidable en su tristeza».

sábado, 26 de marzo de 2022

EL FUNCIONAMIENTO GENERAL DEL MUNDO


¿Cómo es posible que, sin gustarme el fútbol, pero nada, me haya visto envuelta en un torneo completo? En «El Primer Torneo Interdivisional de Fútbol del Colegio Nacional Normal Superior Arturo Del Manso en 1983. Ni más ni menos».

Pocas veces he leído un libro con tanta ansiedad, casi saltándome líneas cuando quería saber antes de tiempo cómo terminaba algún capítulo, que además trataba de un partido, mientras pensaba “tengo que dar marcha atrás, empezar la página de nuevo”, pero seguía leyendo, hasta llegar al acuerdo conmigo misma de releerlo al acabar. Esto lo ha conseguido Eduardo Sacheri, un mago de la palabra, un alquimista de la expresión, un conquistador de emociones.

El argumento de El funcionamiento general del mundo es sencillo. Lo asombroso es que, de esa sencillez, haya surgido una obra de arte. Federico Benítez recoge a sus hijos adolescentes para llevarlos a las cataratas de Iguazú como inicio de las vacaciones de verano, pero la muerte de alguien muy importante para él, lo hace recorrer miles de kilómetros al sur con los dos chicos, Candela y Joel, sin ropa adecuada para temperaturas bajo cero y sin saber bien cómo llegar. Un viaje de cuatro días en el que saldrán sentimientos a flote, Federico recordará su curso de Tercero y hará partícipes a sus hijos de sentimientos que nunca contó a nadie.

A Sacheri le apasiona el fútbol, el juego como tal, el deporte de grupo, el saber que no estás solo en la victoria o en la derrota, el esfuerzo que rodea a los buenos equipos, no necesariamente a los reconocidos.


—Nos cagaron a goles, Benítez.

Federico no sabe qué decir, pero en ese momento sucede algo inusual […] Los que aplauden son los de Cuarto 1ª, que suspenden su propio festejo para homenajear a los pitufos. Estos sonríen y alzan una mano cohibida a modo de saludo.

A Sacheri le gusta dar clase, el contacto con los alumnos, poder saltarse alguna norma cuando lo importante es demostrarles que los valores verdaderos no se aplican en la teoría sino desde la empatía.

En la novela encontramos profesores amargados por la desidia, el rencor y la desgana, y esto es lo que trasmiten «¿Cómo? ¿Las pruebas también las repite? Pía lo miró con expresión de ¿Cuál es la parte que no entendiste? Porque sí. Las pruebas también eran idénticas año tras año». Frente a la indolencia de algunos, hay otros afortunados que trabajan con cariño y comprensión para conseguir alumnos –afortunados– ávidos de aprender a ser, sobre todo, personas. Y ahí está Marta Muzoppapa, a la que queremos desde su primera intervención.

Sacheri es un enamorado del ser humano; sabe ver las características buenas y malas que forman parte de nosotros, por esa razón es consciente de que como grupo podemos hacer frente a lo que sea porque lo importante no es ganar; los personajes nos hacen reflexionar sobre esto. Como ellos, probablemente vivamos más situaciones desdichadas que felices, sin embargo hemos de estar preparados para saborear el momento de dicha y retenerlo. Eso es la vida, «Tercero 6ª será un racimo de pibes embarrados y felices, que apenas se destrencen irán en busca de su profesora de Plástica devenida entrenadora para abrazarla también […] mientras conserva en la piel […] la temperatura, la forma y consistencia de Eugenia abrazada»

Eduardo Sacheri es un filósofo. Y un genio capaz de conseguir que un perdedor, divorciado, sin apenas recursos, dé la mejor lección sobre la vida que sus dos hijos van a experimentar jamás. En el viaje, Joel y Candela madurarán mientras se alejan de la seguridad de su entorno y se enfrentan a un paisaje que, como la vida, es duro y agreste. Los diálogos y los pensamientos profundizan hasta que las pesadillas de Federico, ocultas, salen a flote para hacerles entender a sus hijos temas tan importantes como la corrupción, «¿O acaso no sabe todo el mundo que Soria y Greco cobran coimas para darles vacantes a los repetidores…?», para reflexionar sobre la mujer y las limitaciones que tenían tiempo atrás «Carucha y Molinari no van a dar el brazo a torcer y mucho menos a darle la razón a una mujer». Las diferencias en el trato, con respecto a la época actual, eran evidentes. Las chicas eran consideradas débiles, sin juicio ni poder de organización, a pesar de demostrar continuamente lo contrario.

Joel y Candela reflexionan con su padre sobre el acoso escolar, el bullyng y el maltrato infantil «¿Lograr que su borrachera de sábado sea del tipo callado y pacífico, en lugar de la variante violenta y destructiva? Eso ojalá». En El funcionamiento general del mundo recapacitamos sobre los traumas que pueden perseguir a lo largo de la vida, consecuencia del maltrato al débil, pero también somos conscientes del bien que hace en nosotros la verdadera amistad, sentirnos valorados en la familia, la escuela, el fútbol o la sociedad, son diferentes escalas de un mismo recorrido.

Sacheri es un entusiasta del idioma y lo usa de manera que, al leerlo, sentimos también el amor por la lengua y la necesidad de emplearla bien para que las expresiones digan exactamente lo que sentimos en cada momento «se da cuenta de que hay otra palabra, importante, que también cambió […] Antes también era una palabra que se usaba sola […] Ahora su padre le agrega siempre el posesivo “tu” o “su”. Preguntale a tu mamá».

En la narrativa de nuestro autor predomina el humor en todas sus variantes, en las relaciones entre hermanos,


—No seas limitado, Joel

—Y vos no seas pelotuda

humor en los pensamientos sarcásticos de los chicos hacia su padre, en los diálogos, sinceros que mantienen con él o en las ironías que apunta el narrador para evidenciar aún más la patética situación por la que están pasando «Baja del auto para dejar pasar a Joel (la puerta del acompañante no se abre desde el choque) mientras Candela se pone los polars supernumerarios». Las ironías son constantes en la narración, pero también dicen mucho, casi más que las palabras, el tono y los silencios «¿Eras mal perdedor? […] Este silencio es mucho, pero mucho más largo».

Fácilmente, si nos dejamos llevar por la cantidad de imágenes plásticas que pueblan el texto, podría llevarse al cine esta novela, no solo por las representaciones en ruta o futbolísticas sino también por la importancia que el autor concede a la impresión visual «lo aferra de las solapas del bléiser […] y lo saca casi en el aire del umbral de la puerta […] Lo último que ve […]son los rulos de Améndola […] sacudiéndose detrás de su dueño que va como una bandera flameando al paso marcial del Oso Pereira».

Eduardo Sacheri es capaz de describir cualquier cosa como si fuera un espectáculo. Y así lo leemos, con sentimientos encontrados que conceden humor a las situaciones pesimistas, humor a la plasticidad de percepciones infantiles, admiración causada por las repeticiones graduales, in crescendo, que matizan realidades de buena suerte, «existe la chance, la gran chance, la terrible chance, la amenazadora chance…», dolor por la importancia que otorgan las repeticiones paralelísticas, alegría por el contraste al construir como polisémicos, términos que no lo son, júbilo al encontrarnos con insultos que no lo parecen, o con hipérboles conseguidas a través de las repeticiones «Camina entre todos y grita, y cuanto más grita, más grita», ternura que nace en situaciones duras por el poder de las sinestesias de segundo grado, «a Candela le da la sensación de que la voz de su papá está sonriendo».

Eduardo Sacheri juega con el lenguaje como quiere para resaltar que la vida es un juego en el que el gozo es inevitable y, aunque suele venir emparejado al dolor, está en nuestras manos evitarlo: «hoy sí hizo falta, para que esos dos perros sepan que con este otro perro no se jode más, nunca más, la puta madre que los parió, qué se creen. No se jode más».

lunes, 13 de enero de 2020

LA PARTE RECORDADA



El último libro de Rodrigo Fresán incluye casi toda su obra literaria. De vez en cuando Historia Argentina se asoma a la trama para que ni el lector, ni él mismo puedan olvidar un país que ha experimentado cambios constantes en su estructura o modo de vida aunque conserva la base de su identidad.

El último libro de Rodrigo Fresán es la tercera parte de una trilogía que, en la suma de sus títulos presenta todo lo que un escritor nos puede, o nos quiere, contar. He leído La parte recordada y su autor demuestra, a lo largo de casi ochocientas páginas, la importancia, la necesidad del recuerdo individual pues, aunque existe la memoria colectiva, indispensable para seguir caminando como sociedad, las evocaciones personales de nuestros recuerdos, soñados o inventados, son absolutamente necesarias para formar la personalidad.

Fresán no busca en la memoria verdades eternas, simplemente transcribe una verdad que relaciona los sentidos con la experiencia, aunque nunca sepamos si esa experiencia es fruto de lo sobrellevado o lo leído. De hecho, los sentidos nos aportan sentimientos cuando estamos ante una película, un libro, una pintura, una música… Todo evoca en nosotros diferentes sensaciones; unas van cambiando con el paso del tiempo, otras, las que no podemos olvidar, nos marcan de manera obsesiva, de ahí que las caídas desde un avión (o con él) aparezcan en todas sus variedades para que seamos conscientes de la oscuridad que puede albergar el hombre , de las conductas irracionales que nos definen. Para afianzar esta aserción utiliza una técnica compleja, casi surrealista, a veces incoherente, a veces lenta por tanta repetición, con términos antitéticos que se adivinan posibles, con oxímoron que refuerzan su propia confusión, con mezclas de idiomas, sobre todo español-inglés, que delatan las consecuencias de la globalización, con guiños a otras artes y otros autores que rubrican el caos que puede albergar nuestra mente.

No cabe duda de que esta técnica consigue, en ocasiones, una exasperante lectura; una vez creemos entender a quién está homenajeando o quién es objeto de reprobación, perdemos el hilo de la reflexión porque circulan al mismo tiempo la escritura obsoleta de Europa, los programas literarios sin substancia, el idioma ¿compartido? entre españoles y latinoamericanos, la amistad interesada entre escritores de ambos continentes, el poder de las editoriales, los premios cuyo principal valor es el económico, la condición inmortal de algunos escritores, «Y así hasta de nuevo —una vez por, por las décadas de las décadas, amén— volver a comulgar. Todos juntos, en ambas orillas, aullando bajo la carpa circense rebosante de fenómenos de feria, un “Gabba Gabba Hey! We accept you! We accept you! One of Us! One of Us” convertido en “¡Gabo Gabo Hey!”».

Pero al mismo tiempo que nos sentimos desbordados por la información, fruto de esta era vertiginosa, entendemos ese caos. Solo hay que saber estructurarlo e introducir los recuerdos relacionados con sueños e invenciones en habitaciones separadas, que sin embargo forman parte de ese palacio que preside nuestro cerebro. Sin él no seríamos nada. Y Fresán no sería escritor. «Y está tan cansado y se siente tan solo, it’s been a long, long, long time y cómo es que lo ha perdido a ese largo tiempo y ahora es hora de decir buenas noches, buenas noches a todos, todos y en todas partes, buenas noches […] The Beatles dijeron adiós a sus conciertos mientras que él vino a decirle hola a su desconcierto».

El protagonista de La parte recordada es el propio escritor que, a través de un narrador en tercera persona, se analiza como alguien incapaz de establecer lazos con su entorno, un exiliado que en ocasiones se siente culpable por no haber ayudado a sus padres, por haberlos vendido, por haberle ocultado algo horrible a su hermana, ingresada constantemente en sanatorios que no la curan, porque su problema son las lagunas que el sufrimiento ha dejado en su mente, y sin ella no se puede vivir. De ahí que esta hermana sea el símbolo de una de las injusticias sociales cometidas hacia los escritores, por eso su novela es también un guiño a la obra de Penélope Fitzgerald, escritora «normalmente rara» a la que admira y en cuyas novelas podemos observar capítulos que parecen irreconciliables con sus tramas, y coinciden en héroes ingenuos, catastróficos, masculinos. Por eso Fresán propone un Nobel justiciero entregado a protagonistas, como Ana Karenina (que definen al autor) o a escritores ficticios, como Cide Hamete Benengeli (que definen al real) o a mujeres escritoras, para acabar con el mundo masculino de la escritura.

El protagonista intenta escribir un libro donde poner en orden sus ideas, reflexiones que son inquietudes martirizadoras, como «El padre de Nabokov lanzado hacia arriba y apareciendo y desapareciendo en el marco de la ventana y contemplado por su pequeño hijo. El hombre subiendo y bajando, en un “pasmoso ejemplo de levitación”, una y otra vez, con las manos cruzadas sobre el pecho hasta que, de pronto, ya no estaba vivo y es un muerto».

Obsesiones reales que de forma magistral las une a experiencias literarias, para compararlas a la elipsis, algo que desaparece pero sabemos que está: «Pero, a su manera, el personaje de Drácula también es una especie de elipsis omnipresente en la novela Drácula»

En La parte recordada el eje de todas las reflexiones es el proceso de la escritura; el protagonista propone escribir novelas que no lo parezcan, novelas únicas, sin tradición, sin marcas, novelas que definan al propio autor, único; por eso «No quería ascendencias ni descendencias. Quería empezar y terminar en sí mismo».

El autor precisa o explica lo que ha pretendido con esta trilogía a través de su protagonista, quien, una vez analiza la población actual se percata de la deshumanización, provocada por la proliferación de críticos inmediatos sobre cualquier cosa de la que no entienden, la abundancia de gente sin opinión propia que vive en una sociedad sin sentido y sin futuro «en la que los aliens pacifistas y evolucionantes que habían dominado la Tierra se daban cuenta del pésimo negocio que habían hecho», y la importancia excesiva de los mass media que, junto a una invasión abrumadora de móviles, favorecen la pérdida de la percepción de la realidad.

Si podemos vivir sin advertir la existencia objetiva es porque cada uno tenemos la nuestra propia, formada por la multitud de presentes que vivimos, incluyendo los pasados que transformamos en presente al recordarlos, incluyendo los futuros soñados que vivimos en el presente. Y esto lo consigue Rodrigo Fresán, y nos lo dice, «su sueño se había cumplido: ya no había diferencia perceptible entre lo recordado con exactitud y lo exactamente creado […] Por fin y en principio, nada siendo todo».

Leer La parte recordada es como estar ante un tratado completo de escritura, literatura, música, cine y filosofía. Hay que leerlo despacio porque cada afirmación contiene, o no, un dato real que forma parte del sueño, del recuerdo o de la memoria, y hay que buscarlo, investigarlo por si acaso, Esto es lo que pide Fresán al lector:

  7) Debe tener imaginación
  8) Debe tener memoria
  9) Debe tener un diccionario
10) Debe tener sentido artístico

En realidad está definiendo al lector ideal, y quien propone este tipo de lector es, sin duda, el autor modelo, el autor completo, maduro, capaz de manejar el lenguaje de forma que refleje los momentos vividos, un lenguaje que nunca podrá ser desbancado por imágenes «los emojis “alteraban el cerebro de sus usuarios” porque éstos nunca estaban del todo seguros de sus significados y de si eran “irónicos o sinceros” en sus expresiones». Un lenguaje que será testigo de cómo el paso del tiempo consigue que no recordemos quiénes éramos o si lo hacemos, no lleguemos a reconocernos, por eso predominan las paradojas, las ambigüedades, los oxímoron, los antónimos, los neologismos que descolocan al lector que está ante un escritor o netxcritor o excritor que cuenta, hace unos minutos eternos, algo merecedor de Nasaplausos, salido de su mente demente. Y hay que disfrutarlo mientras dure. Como a las Pringles, porque lo más triste es no darnos cuenta de cuándo una persona, un país, ha perdido su identidad para formar parte de la igualación global sin percatarse de la implosión mediática, sin ser consciente de que las ventajas no son iguales para todos.

«…un avión grande que los devolvió al parque de desatracciones que era su casa. Y así Penélope y él dejaron los mundos del ayer y del mañana y regresaron al mundo de hoy, de entonces».

El autor-protagonista aparece como individuo que razona, que piensa una y otra vez en lo ocurrido, analiza las causas de todo para tener opinión propia, una identidad afianzada que no tenga que asirse a la política ni al compromiso único, porque el tiempo va pasando y hace que cambiemos de opinión si no queremos «depender: de su agente, de su editorial, de la crítica, de la gran masa lectora». Una vez que deja de lado las ataduras, sin importarle el qué dirán, reflexiona sobre todo lo ocurrido en esta sociedad global, aun sabiendo que proliferarán los detractores, para retirarse a «Abracadabra, a Monte Karma […] Allá va ahora para dejar de ir a cualquier otra parte». Y, afortunadamente, allí será él quien rija su propia realidad.