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lunes, 28 de julio de 2014

MITO DE HAMLET

Hamlet es probablemente la obra más representada, versionada y estudiada de la literatura universal. Por lo tanto apenas podremos aportar nada nuevo de ella; no importa, merece la pena leerla, releerla e interpretar algo diferente, porque siempre descubriremos en esta tragedia particularidades que nos sorprendan. Nada voy a comentar de las fuentes de la obra, ni de las influencias que, desde 1602, han ido ejerciendo en múltiples autores (Allan Poe, Becket, García Lorca, se me vienen a la mente). Nada comentaré del papel de Ofelia, víctima callada del destino. Si alguno de vosotros quiere abordar los temas, estaré encantada de abrir otra página.

Como obra clásica, ostenta por título el nombre de su protagonista; esto hace que quien esté poco familiarizado confunda, a veces, cuándo se habla de la obra y cuándo del protagonista. Por eso es conveniente su lectura.

La obra de teatro es la tragedia del príncipe Hamlet (hijo del rey de Dinamarca, Hamlet, y de la reina Gertrud), universitario que debe regresar a su hogar porque su padre ha muerto y su madre se ha casado con su cuñado Claudio. Una vez allí intuye que los asuntos familiares no marchan según debieran

“Muerto hace sólo dos meses –no, ni siquiera dos– Amaba a mi madre. Tanto, que no habría dejado al viento rozar sus mejillas […] ¡Dios! Una bestia privada de razón habría llevado luto más tiempo…”
Intuye que los asuntos sociales y políticos llevados por su tío, el rey Claudio, pueden ser reprochados

“… que esta costumbre, más decoroso es quebrantarla que observarla. Estas orgías licenciosas son causa de crítica y deshonra desde oriente a occidente”
El comportamiento del nuevo rey le hace dudar de su honradez (de ahí que aparezca el espectro del rey Hamlet para asegurar a su hijo que fue asesinado y pedir su venganza). Y como también duda de la realidad de la aparición, decide fingirse loco para actuar y hablar con total libertad hasta descubrir la verdad. Por eso le pide a su íntimo amigo Horacio que no lo delate

“… jurad que nunca, y el cielo os asista, por muy extraña que os parezca mi conducta (y quizá en lo sucesivo considere oportuno vestirme de lunática actitud) […] afirmaréis saber de mí.”
Efectivamente, como “loco” puede burlarse de Polonio, padre de Ofelia y Laertes, o del propio rey (en su afán de medrar), recriminar a su madre y descubrir las intenciones de sus amigos Guildenstern y Rosencrantz: “De donde se deduce que nuestros mendigos no son sino cuerpos, y nuestros monarcas y héroes, sombras de mendigos.”

Pero sus dudas van en aumento, por eso decide que una compañía de cómicos represente el asesinato

“Arriba cerebro mío! [...] He oído que quienes son culpables, ante una representación de la escena, hasta el punto han llegado a proclamar sus delitos”
Y efectivamente, el rey suspende la representación; la reina quiere hablar con su hijo para que pida perdón; Polonio se ofrece a escuchar oculto para informar a Claudio, y Hamlet lo mata creyendo que era el monarca

“¡Adiós, pobre idiota, miserable, temerario, adiós! Os tomé por alguien de más rango”
Inmediatamente Claudio decide enviar a Hamlet a Inglaterra con una carta en la que ordena su asesinato en cuanto llegue. El príncipe, temiendo una venganza, abre la carta y cambia su nombre por el de sus amigos, cómplices del rey. El barco es atacado por unos piratas y Hamlet, ayudado por ellos, vuelve a Dinamarca. Mientras tanto, Ofelia, abrumada por la situación se ahoga en el río, por lo que Laertes acude a los entierros de su padre y hermana. El monarca aprovecha la circunstancia para eliminar a su hijastro y le prepara un duelo con Laertes, quien llevará la espada untada en veneno. Esto desencadenará la muerte de los reyes, de Laertes y del propio Hamlet.

Uno de los temas de la obra es la ambición de poder y sus consecuencias: corrupción moral y política, venganza, dolor, desvirtuación de la amistad y del amor… Sin embargo el protagonista Hamlet es el prototipo del hombre renacentista: noble, conocedor del ser humano, profundo humanista y diestro en armas y letras. A Hamlet le disgusta tremendamente la simpleza, el querer aparentar, la falta de expresión, la adulación gratuita. En las ironías que usa ante los que se comportan de esa manera, es donde reside mayormente su “locura”. Hamlet no está loco, y lo dice en alguna ocasión

“Yo sólo estoy loco con el nor-noroeste, pero si sopla del sur distingo muy bien entre un halcón y una garza.”
pero no lo creen (o no quieren creerlo), porque no entienden los sarcasmos dirigidos a quienes se pretenden cultos, importantes, nobles o amigos.

Hamlet es un mito porque pasarán otros cuatrocientos años y el Hombre volverá a sentirse identificado con él. El mito de Hamlet representa la duda ante situaciones en las que tenemos que elegir entre lo que nos dicta la Razón o la Pasión, entre lo que es realidad o sueño, ficción. Hamlet es el mito del hombre indeciso, melancólico; su angustia (que deriva de la duda) es su verdadera tragedia porque lo lleva a un pesimismo constante fruto de su desconfianza en el ser humano.

En este sentido, Hamlet es también prototipo del hombre barroco. Sin embargo en la Escena I del Acto V, cuando Hamlet habla con el sepulturero que prepara la tumba de Ofelia, comenta al ver la calavera del bufón Yorick:

“¿Dónde están tus chanzas? ¿Dónde las piruetas y tonadillas? ¿Dónde las salidas de tono que hacían desternillarse de risa a todos los comensales?”
que nos recuerda el ubi sunt? medieval.
Y en la templanza ante el ataque de Laertes

“Os lo ruego, apartad vuestras manos de mi garganta. Pues aunque no soy irascible ni violento, hay en mí algo de peligroso que vuestra prudencia debe temer,”
reconocemos al hombre moderno, razonador. Hamlet es pues, atemporal. De hecho aunque sus circunstancias sean las cronoespaciales de finales del xvi, podemos trasladarlas a nuestra época sin ningún problema.

El príncipe Hamlet es universal porque siempre habrá un álter ego del espectador, un Horacio que cumpla sus deseos


“…y vive, vive, respirando la amargura del mundo alrededor para que puedas contar mi historia.”

martes, 12 de febrero de 2019

EL AMOR EN SHAKESPEARE



La imagen que proyecta el amor, como cualquier otra propiedad del ser humano, tiene diferentes ángulos, de forma que cada persona que la vea representada —en algunos casos— o lea algo de este sentimiento, pueda extraer distintas enseñanzas según el punto de vista que adopte, según su propia naturaleza o el momento anímico en que se encuentre.

He releído más de una vez El sueño de una noche de verano, Romeo y Julieta, Othello, Hamlet, Macbeth… y siempre hallo algo nuevo, lo que confirma que por muchos siglos que pasen podremos, podrán, disfrutar de la obra de este genio universal, William Shakespeare.

Está claro que todos los temas y problemas relacionados con la condición humana están tratados en sus dramas, comedias o tragedias, pero, sin duda, el amor es el que unifica a todos los demás pues casi siempre va unido a una proeza. La complejidad del amor va asociada a las distintas circunstancias en las que se desarrolla, desde la desesperación hasta el humor pasando por la ansiedad, el dolor o la muerte.

Sea cual sea la situación no se puede renegar del amor pues, aunque intentemos impedirlo, de una forma u otra irrumpirá en nuestras vidas exigiendo ser tenido en cuenta.

Tengo en mis manos una joya en todos los sentidos. Literalmente es una preciosidad, un librito pequeño, casi cuadrado, encuadernado en oro viejo con ilustraciones de los más grandes pintores renacentistas, desde la Muchacha peinándose de Bellini, que enmarca la portada, hasta otras figuras de Tiziano, Rafael, Durero, El Veronés, El Perugino, o imágenes del siglo XIX de Frederick Bacon, Rossetti o Godward. La calidad del papel es insuperable y, una greca en tono dorado mate, casi marrón, que reproduce las baldosas de catedrales o monasterios ingleses, termina de adornar las páginas. El contenido, acorde con la forma, está compuesto de poemas o fragmentos de diferentes obras del Bardo de Avon, todos relacionados con el amor, de ahí el título del libro: El amor en Shakespeare. La autora de la selección es Helen Exley, quien ha demostrado un gusto exquisito y gran amor hacia el poeta.

Antes he afirmado que tengo en mis manos esta joya; nunca mejor dicho, pues soy su depositaria hasta poder entregarla a quien verdaderamente corresponde. Espero con ansiedad que, si ves estas imágenes o lees estas palabras, reclames lo que es tuyo y disfrutes con ello como yo lo he hecho.

Comienza el libro recordando una de las primeras comedias de nuestro autor, probablemente una de las más intelectuales por estar plagada de alusiones literarias, Trabajos del amor perdidos, poco accesible a todo tipo de público, y sin embargo a todos no embarga la placidez al leer «…Cuando el Amor habla, la voz de todos los dioses adormece al cielo con su armonía» ¿Se puede ser más explícito?

Mediante la concatenación, en Troilo y Cressida, ordena los elementos que componen el amor, y nadie duda de ello: sangre cálida, cálidos pensamientos y cálidos actos.

Antes de dejar a Ofelia, a causa de sus propias dudas como persona, Hamlet le escribió, probablemente, una de las más bellas declaraciones

Duda que las estrellas sean fuego,
duda que el sol no se mueva;
duda que lo verdadero sea falso,
mas nunca dudes de mi amor.

Y, por supuesto, no falta el humor en la concepción del amor, como afirma Claudio en Mucho ruido y pocas nueces cuando se dirige a Beatriz, a pesar de que al final será con Benedicto con quien se case la sobrina de Leonato, gobernador de Mesina, y Claudio lo haga con Hero, de quien está enamorado de verdad

Señora, soy vuestro como vos sois mía.
Me entrego a vos,
y me muero por el cambio

El mercader de Venecia, comedia trágica donde las haya expone de forma casi sentenciosa lo que conlleva este sentimiento universal, pues «…el amor es ciego, y los amantes no pueden ver las bellas locuras que comenten».

Asociado a la inconsciencia, ladrón del pensamiento, anulador de la razón, el amor consigue que hagamos cualquier despropósito. En Como gustéis, una de las comedias más maduras de Shakespeare ya que convergen elementos pastoriles, el juego de identidades, la interacción entre sexos, el conflicto familiar por el dinero y la ambición por el poder, Silvio, enamorado de Febe, le exhorta a Corino «Si no recuerdas la más ligera locura en la que el amor te hizo caer, tú no has amado». Es cierto, el amor nos hace cometer locuras, pero no sólo el amor hacia la pareja, realizamos disparates por el amor hacia los hijos, hacia los amigos y hacia quienes, en general queremos. De hecho el amor purifica, da igual la clase de amor; cuando queremos nos sentimos bien, Troilo y Crésida lo recuerda, «Este amor nos redimirá a todos».

El poder del amor es tan fuerte que, físicamente, no se puede demostrar del todo, por eso Shakespeare pide en su soneto XXIII, que sea la escritura la que resalte el sentimiento que lo invade, y con dos sugerentes sinestesias termina el poema, dotando al amor de todo el poder de la palabra que, más que oírla, se vea y pueda ser plasmada para siempre.

¡Oh, aprende a leer lo que el silencioso amor ha escrito!
Que escuchar con los ojos corresponde al fino ingenio del amor

Y, por supuesto no se puede hablar de amor sin recordar a Romeo y Julieta, enamorados míticos a quienes el destino les tenía preparado un amargo final. Apenas pudieron disfrutar el uno del otro, no hubo amanecer para ellos, por eso, presintiendo con un oxímoron este triste final, no quieren separarse durante la noche «Buenas noches, buenas noches. La separación es un dolor tan dulce, que estaré diciendo buenas noches hasta que amanezca».

El bardo era un perfecto conocedor del ser humano, por eso también podemos leer pasajes en los que advierte de la inconstancia del hombre en sus engaños, o en el tiempo limitado del amor. Aunque en las grandes tragedias aparezca el amor eterno, la comedia menos real que haya escrito posiblemente, aquella en la que la magia y los duendes juegan malas pasadas a los enamorados, Sueño de una noche de verano, confirma que, en la brevedad de un sueño el amor puede desaparecer «Así de rápidas, las cosas brillantes caen en la confusión».

La pérdida del amor es algo tan temido que constantemente alude a ella no sólo en sus obras teatrales; el soneto XLIX recuerda que no se puede forzar al amor «puesto que carezco de alegación por exigir me ames» y en el LXIV reflexiona que el paso del tiempo apagará el amor, entonces «Este pensamiento es como una muerte, sin más recurso / que llorar por lo que su miedo perder teme».

Después de leer algunas obras de Shakespeare, llegué a la conclusión de que para el autor, la mujer significaba más que una musa, era mucho más que el complemento del hombre; la mujer de Shakespeare es la fuerza, la inteligencia, la decisión, la bondad, tal como lo demuestran Julieta, Lady Macbeth, Desdémona, Ofelia o la reina Titania. Pero probablemente sea en Trabajos de amor perdidos donde lo diga más claramente a través de la disertación de Berowne, cuando se da cuenta de que sin mujeres ellos no son nada y así se lo argumenta a Dumaine, Longaville y al propio Rey «Los ojos de las mujeres centellean como el verdadero fuego de Prometeo; ellas son los libros, las artes y las academias que enseñan, contienen y nutren a todo el mundo: sin ellas, nadie sobresale en nada.»

Entre sus obras hay situaciones que confluyen; el bosque como lugar propicio para el misterio no sólo aparece en Sueño de una noche de verano. El travestismo era lugar común en la época. El padre controlador no podemos observarlo exclusivamente en Romeo y Julieta. Todos estos topos forman parte de Los dos caballeros de Verona, obra en la que prima la amistad sobre el amor, pues Valentín no duda, a pesar de querer a Silvia, en cedérsela a Proteus (quien deja a su prometida Julia y rapta a Silvia), con tal de no terminar su relación como amigos, aunque Proteus, al ver nuevamente a Julia recuerde su amor y vuelva a aceptarla. Todo acaba bien; sin embargo esta decisión nos deja un sabor amargo, a pesar de las palabras de amor tan bellas con las que Valentín se refirió a Silvia al hablar con el padre de ella y enterarse de que él quería expulsarlo de su ducado de Milán para evitar el enamoramiento:

Morir es desertar de uno mismo, y Silvia es mi persona. Separarme de ella es separarme de mí mismo: un destierro mortal. ¿Qué luz es luz si no veo a Silvia?

Otro tópico universal es la confusión sueño-realidad: La República, Las mil y una noches, La Divina Comedia, La vida es sueño, El sueño de una noche de verano, Alicia en el país de las maravillas son algunos ejemplos con los que podemos disfrutar, pero nuestro poeta inglés nos lo recuerda también en el soneto XLIII:

Los días se me vuelven noches cuando no te veo,
y las noches, lúcidos días, cuando en sueños te muestran

Si hay una comedia, que más que de enredo es enrevesada, es A buen fin no hay mal principio, sacada de los cuentos del Decamerón de Bocaccio. En ella, como siempre, la mujer será quien ostente la fuerza y la decisión, pues Elena, a pesar de ser de clase inferior a la de Beltrán, se enamora de él aunque sea un irresponsable que intenta seducir a Diana. Sin embargo Elena se las apañará para que Diana le deje su puesto en el lecho de Beltrán, quedarse embarazada y, por lo tanto, obtener al conde del Rosellón.

Algo impensable hoy y que sin duda Shakespeare le hubiese dado otro final en el siglo XXI, pero no estamos comentando esto sino la sensibilidad que nuestro autor demuestra en todo momento al referirse al amor, y por boca de Beltrán cuando pretende enamorar a Diana, dice lo que probablemente todos pensemos que es el Amor, así, con mayúscula: «Mi casa, mi honor; sí, mi vida es tuya».

Hemos comentado antes Como gustéis recordando lo que el pastor Silvio le reprocha a Corino, pero quiero terminar con la bucólica escena en la que Silvio, enamorado de la pastora Febe, es rechazado por ella y, al ver la burla de ésta, Rosalinda, disfrazada de pastor Ganímedes, la reprende haciéndole ver la suerte que tienen algunos de encontrar a alguien que merece la pena. Con estas palabras, que hoy podrían servir para referirse a una mujer real, que hace tiempo encontró a un hombre que quiso hacerla feliz, a dos niños que tuvieron la suerte de compartir su vida con él y a otros dos que ahora se alegran desmedidamente al verlo, termino las reflexiones que El amor en Shakespeare ha conseguido de mi mente:

Arrodillaos, y dad gracias
al cielo, rápidamente,
por el amor de un hombre bueno

martes, 27 de diciembre de 2016

LA HABITACIÓN DE NONA

La cita de Einstein, que abre el libro de relatos por el que se ha otorgado a su autora, Cristina Fernández Cubas, el Premio Nacional de Narrativa, condensa en pocas palabras el contenido de los mismos: «La realidad es simplemente una ilusión, aunque muy persistente».

El tema sueño-realidad ha sido motivo de preocupación desde siempre. Shakespeare lo llevó constantemente al teatro, aunque probablemente fuese Hamlet quien se erigiera como máximo representante de las consecuencias que acarrea la confusión entre verdad-ficción; lo pensado y lo vivido pueden jugar malas pasadas si nos ofuscamos con el poder de la mente, si nos centramos en el deseo y no percibimos lo que realmente tenemos para poder valorarlo en su justa medida, para cambiar lo que no nos convence con mucha fuerza de voluntad. Si no conseguimos separar «lo que me gustaría» de «lo que es» podemos vivir en la melancolía de «que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son», de Calderón, o torturarnos constantemente con el «ser o no ser» shakesperiano.

Otro tópico literario que aparece en los cuentos nos retrotrae a los clásicos grecolatinos. A través del espejo la ficción se funde con la realidad idealizada para confundirnos. Desde el mito de Narciso, el hombre ha sentido la necesidad de traspasar el espejo y vivir en lo ansiado, en la armonía sugerida de la imagen estática, pero, como en las aventuras de Alicia, el equilibrio se puede convertir en inseguridad, en caos, en desengaño: «la luna del espejo le devolvió su imagen y ahí se quedó. Atónita. Inmóvil. Fascinada. Porque era ella. Quién sabe cuántos años atrás, pero ella».

Está claro que para llegar a estos extremos hemos de tener una mente distorsionadora, que siempre o a intervalos sea capaz de fabricar una realidad a nuestro gusto; lo malo es que esta realidad no nos envuelve de forma constante sino a ratos para, con despótica crueldad, presentarnos en ocasiones aquello que odiamos e intentamos evitar. Creo que esto podría resumir el libro de relatos La habitación de Nona. El título apunta al primer cuento y consigue erigirse como título general porque los cuentos están relacionados; aunque no tengan nada que ver unos con otros, la autora establece algún guiño que los conecta, pero lo fundamental es que todos están construidos desde ese espacio cerrado que supone la mente y por donde nos movemos con total naturalidad. Nona es, asimismo, la protagonista del primer cuento y se va convirtiendo en la metáfora del resto de protagonistas, todas femeninas, todas, probablemente, alter ego de Cristina Fernández. La narradora, en primera persona, va pues intercalando espacios abiertos que aluden a la realidad, con otros cerrados que invocan a la mente, al pensamiento, para adentrarse en el sueño y vivirlo feliz, mucho más feliz que cuando debe afrontar lo tangible, hasta que consigue olvidar el no ser y utilizar la imaginación como arma para poder enfrentarse a la vida.

De esta forma, el pesimismo, la crueldad, la angustia que va quedando como poso de las lecturas se transforma en optimismo al final, con los Wasi-Wano, aun a costa de que sea el cuento menos impactante o inquietante de los seis.

Los personajes femeninos están en continuo enfrentamiento para conseguir un efecto turbador en el lector.

En La habitación de Nona, sobrecoge la relación entre Nona y su hermana.

La vejez frente a la juventud se convierte en algo amenazante en Hablar con viejas. El problema de Interno con figura está en el enfrentamiento de la autora, que aparece como protagonista ahora, ya de forma evidente, con ella misma al observar el cuadro Interno con figura, que alude asimismo a Nona.

El desafío de El final de Barbro supone la competición entre esposa-hija por conseguir que el hombre se quede con ellas. Con este deseo, las hijas creerán ver al padre ausente en otros.

La colisión de La nueva vida se da entre la propia autora en el tiempo actual y ella misma en su juventud; la protagonista desea volver a un pasado feliz en el que aún estaba junto a su marido.

Asimismo la anciana de Días entre los Wasi-Wano recuerda cómo un hombre —su tío— le dio la clave para controlar su mente y ser feliz.

En esta dualidad mente-existencia juega un importante papel el paso del tiempo, todo es relativo según la propia experiencia, el poder de sugestión consigue reordenar nuestros recuerdos hasta modelarnos de nuevo. Sólo así la ternura y la crueldad se dan la mano en los actos que llevamos a cabo con los demás y con nosotros mismos «Y enseguida, después de la natural sorpresa, comprendí que Nona era, además de lista, mala. Muy mala».

En ese momento, la línea que separa lo moral de lo amoral se desdibuja, se va convirtiendo en invisible a nuestros ojos hasta que somos incapaces de percibir sus límites, sólo intuimos el temor que se ha instalado y que martillea sin cesar hasta dejar al pensamiento sumido en una profunda oscuridad que lucha por ver la luz. Pero a veces el azar es caprichoso. «No quiso ver más. Cerró los ojos. Sintió un aliento fétido muy cerca de su boca y deseó morir. Pero ya el hombretón la había alzado en el aire y la mecía».

El interés del lector se mantiene constante porque la narradora va generando suspense mediante frases lapidarias, de doble sentido, perfectas para despertar la curiosidad «Después de todo, tú eres la responsable de su existencia». Asimismo mediante la repetición, dirige la atención del lector hacia donde le interesa para que la sorpresa sea más impactante «Nooonaaa, Nooonaaa, Nooonaaaa... Siempre el mismo. Nona».

Contribuye también el ritmo rápido, fruto del uso de la oración corta, para que el interés por la lectura no decaiga «Y aquí está, claro y nítido. El camino. Lo demás no nos importa. ¿Qué pasa con los cadáveres que nadie ha identificado? ¿Van a la fosa común?». La función fática, habitual en estos cuentos, consigue que el lector participe de la narración, se implique, por lo que su interés va creciendo con el paso de los hechos.

El estilo directo y el uso del condicional marcan el ahora y van poniendo en situación al lector que, en ocasiones, se entera de lo que va a ocurrir antes de que suceda, pero sobre todo, describen el pensamiento caótico de la protagonista cuando los diálogos tienen lugar en su mente, que se desdobla en dos personalidades «¿y me lo sueltas así, de un día para otro, después de dos años sin vernos? ella, enseguida le tendería papel y pluma. “Es sólo un préstamo”». El estilo indirecto libre contribuye, por supuesto con el monólogo interior, a retratar a la protagonista. «Mañana, antes de que la sacaran de casa, ella pagaría. Y no se trataría de un robo. Sólo de un préstamo».

Las metáforas animalizadoras ayudan a idealizar la realidad «Tenía un cuello de toro, que curiosamente arqueaba como un flexo». La función expresiva es evidente, sobre todo, en los retratos de los personajes, detallados en extremo pero con expresiones valorativas que los colocan en el plano literario, aunque pretenda una verosimilitud mediante la metaliteratura «Es más, probablemente está tan asustada, que sin dejar de sujetar con fuerza el fardo, ha cerrado los ojos [...] Me recuerda a un personaje de cuento que escribí hace poco y al que llamé Nona».

Nunca tenemos la certeza absoluta de estar frente a la realidad o la ficción. La mezcla de espacios consigue que las mismas palabras adquieran diferentes sentidos; el poder de la palabra en la situación comunicativa es evidente y el poder del silencio en el acto de la comunicación, totalmente relevante «No necesitamos de las palabras para saber que esta vez Barbro (le pertenezca o no el cuerpo que nos aguarda) no va a salirse con la suya».


Al terminar La habitación de Nona he llegado a la conclusión de que, cada vez más, me apasiona el cuento. Con éstos no sólo he disfrutado con su lectura sino que he profundizado, releído, investigado sobre hechos o datos que me parecían inquietantes; en definitiva, he aprovechado la sorpresa que supone ir sorprendiéndome a cada página.

jueves, 13 de noviembre de 2014

ASÍ EMPIEZA LO MALO

Podríamos empezar esta crítica literaria afirmando que el mito de Hamlet sigue vivo, de hecho el título del libro nos lleva a la obra teatral y la duda envuelve las 534 páginas; el propio narrador, protagonista omnisciente, duda a veces en sus afirmaciones, otro protagonista duda a la hora de tomar decisiones importantes, y la protagonista duda entre ser o no ser.

Pero no voy a centrarme en esta apreciación, porque lo que de verdad he sentido al leer Así empieza lo malo es que el mito de Shakespeare sigue vivo en Javier Marías. El estilo de nuestro escritor, ya reflexivo de por sí, se repliega en su novela para hacer aflorar, entre historias paralelas, conceptos universales; así el lector, desde las primeras páginas comienza a darse cuenta del valor que los cónyuges de matrimonios largos se otorgan entre sí: el mismo que la vista del salón, algo con lo que se convive de forma excesivamente natural; comienza a percibir cómo tendemos a hablar sin escuchar en las conversaciones; cómo la doble moral católica continúa impávida desde siglos «todos sabemos que Dios es interpretable y que a todos nos entiende si nos explicamos como es debido y le venimos con buenas razones».

Así empieza lo malo comienza cuando Eduardo Muriel, un productor cinematográfico, le encarga a su ayudante, el joven de Vere, que investigue al doctor Van Vechten, pues le han llegado comentarios muy graves sobre su comportamiento en la España franquista.

Este inicio triangular dará como resultado el argumento de la novela, compuesto a su vez por tres historias paralelas que, sin darnos cuenta, en algún momento torcerán el rumbo hasta juntarse formando una unidad perfecta, el círculo que se cierra y que da sentido a todo lo que se produce dentro de él (el paso del tiempo, el eterno retorno).

Así pues, nos encontramos con la historia novelada de un matrimonio de postguerra, Eduardo y Beatriz, con problemas en una relación desconcertante, donde observamos malos tratos psicológicos, palabras hirientes que van minando el orgullo y que se conectan a alguien generoso, bienintencionado y leal. Sin embargo puede que éste sea el detonante –o no– para que en esta novela aparezcan más escenas eróticas y sexuales de lo que es habitual en Marías.

Asimismo, el doctor Van Vechten nos acerca a la historia real de la España franquista en la que muchos medraron a costa de la humillación, la miseria, o la muerte de otros. Probablemente un tema que Javier Marías no está dispuesto a olvidar, como pretende la sociedad de hoy, tan permisiva con lo que puede acarrear disquisiciones morales.

Y por último, la historia del narrador, Juan de Vere, contada desde su presente en el que intenta recordar el periodo que pasó con Muriel y Beatriz y que, sorpresivamente el paso del tiempo lo erigió como base de su propia vida (por no hacer mudanza en su costumbre).
La luna, metáfora del destino, preside todas las situaciones como indiferente vigía, centinela nocturna, soñoliento ojo obligado que contempla, centinela y fría, el morir en su palidez sin que su ojo entreabierto parpadee; este destino apunta rutinario y riguroso, como la incipiente luna sabedora de su ojo aburrido e impávido, aburrida ella misma de su existencia.

No sé hasta dónde, pero intuyo mucho del autor en esta novela. Por un lado, de la mano de Eduardo Muriel, hay un homenaje al séptimo arte, del que Marías forma parte y es entusiasta. Alusiones constantes en las páginas al cine, y curiosidades sobre películas, productores, directores y actores reales; incluso alguno de ellos como Herbert Lom, pasa a personaje de la novela.

Este mundo de artistas sirve para introducirnos, de forma paulatina, en curiosidades sobre pintura, música y, sobre todo, literatura; teorías francamente interesantes que no hacen sino confirmar los conocimientos casi enciclopédicos del autor, como la existencia, o no, de William Shakespeare.
El pasado angustioso que la familia Marías debió sufrir como perdedora de la guerra civil aparece en el personaje frío, despiadado, retorcido, sádico y calculador Jorge Van Vechten, del que Marías se vale para hacer una crítica feroz a las barbaridades que se cometieron en nombre de la Nueva España.

Y el joven Juan de Vere es, a veces, reflejo del propio Javier Marías: el amor por el Siglo de Oro, sobre todo inglés, lo lleva a citar, para el paso del tiempo, hasta tres veces la metáfora shakesperiana «desde el oriente al encorvado oeste». Otras alusiones al escritor universal asoman de vez en cuando, como las tres brujas de Macbeth, o los datos sobre coetáneos como Marlow; de hecho, en la novela aparece la posibilidad de que Edward de Vere, fuera el propio dramaturgo William Shakespeare. Pero no sólo se percibe su pasión literaria, también las sinestesias político-religiosas acercan la expresión del joven de Vere a Marías: «El lugar olía a extrema derecha»; normalmente el narrador hace gala de una educación exquisita, con vocablos correctísimos que contrastan con pensamientos vulgares (la mente que va por su cuenta y no se doblega), y alguna declaración zafia que, de inmediato arregla con otra culta, como si lamentara más que el mal pensamiento, la mala expresión. Y creo distinguir alguna fijación que le he leído en artículos, como el olvido de la mujer a caminar con gracia.

Así empieza lo malo hace gala del estilo peculiar, único de Javier Marías, lleno de digresiones y aclaraciones constantes que dificultan el seguimiento del hilo narrativo, aunque permiten introducirnos en la mente de los personajes hasta llegar a conocerlos a la perfección, hasta comprender que las reflexiones profundas de estos protagonistas los convierten en universales, que a su vez trasladan al lector común una serie de dudas atemporales. Así, el narrador, en medio de la trama, como si se tratara de una letanía, con preguntas anafóricas hace un recuento de la novela, y nosotros, tras tomar aire, intentamos responder a ¿A quién o a qué va dirigido este dardo certero? ¿A establecer las bases del conformismo? ¿A exponer la condición del ser humano? ¿Un ser humano que se empeña en conseguir lo que es susceptible de pérdida? ¿En continuar con lo que le hace daño? ¿Un ser humano que apela al perdón? ¿Y la justicia? Y todo eso salpicado de términos cultos, barbarismos y cultismos de los que puede explicar el significado u obligarnos a utilizar el diccionario. Expresiones populares aliñadas de comentarios ingeniosos. Expresiones usuales, de las que cambia una parte para acomodarlas a la situación «homenaje a Poe mediante» y que aportan altas dosis de humor.

Expresiones coloquiales, incluso infantiles, enmarcadas en un estilo indirecto libre, que aportan gran realismo al escrito. Otras veces, en el monólogo interior, estos coloquialismos contrastan con las metáforas embellecedoras, o con acertados epítetos épicos con los que designa a otro personaje. Las alusiones al lector para despertar su atención o implicarlo en lo escrito, acercan esta novela a la decimonónica o al Siglo de Oro, empleando así mismo guiños constantes a personas reales que forman parte del corpus novelístico y dan a veces la impresión de estar ante un ensayo, por la verosimilitud-verdad-conseguidas. Personas admiradas por Javier Marías se dan cita en esta novela, como su tío, el cineasta Jesús Franco, tratado con delicioso humor; el profesor universitario y académico Francisco Rico, cuya caricatura bienintencionada envuelta de cariño aparece aquí con más protagonismo que en otras de sus novelas: erudito, algo pedante, extrovertido en demasía, de expresión hipnotizadora, algo despistado… características que contribuyen a que sus apariciones rebajen la tensión, por el humor aportado, de la gravedad del tema. Un  humor lleno de ironía del que se vale para arremeter a veces contra la iglesia, los ayuntamientos españoles o las autoridades estadounidenses.

Desde la primera página mi pensamiento empezó a funcionar, llevándome desde el presente a mi pasado más remoto y desde éste a un posible futuro que se desvanece de nuevo en el hoy. Me he visto reflejada en alguna situación, mi mente se ha identificado con la del protagonista, pero lo que consiguió agobiarme es que he ido desde el pasado de mi subconsciente al futuro de la novela. Fue una experiencia total leer un pasaje y recordar nítidamente un sueño de dos días antes. Otras veces un pensamiento del protagonista dentro de otro y dentro, a su vez, de un monólogo interior, ejemplifica lo que advierte el narrador «Son las mentes, engañadas, las que jamás se rinden, las que se sienten iguales que siempre y no ven motivos de cambio».

«Mala cosa es el agradecimiento sobrevenido. Nos hace olvidar las afrentas de golpe. Pasamos por alto las faltas. Mala cosa sentirse en deuda con quien nos hizo daño. A eso recurren los ofensores consciente y aun calculadoramente».


Y yo me pregunto, ¿Para cuándo el Premio Nobel?

miércoles, 6 de agosto de 2014

EL GRAN FRÍO

Acabo de leer El gran frío, de Rosa Ribas y Sabine Hofman.
Estas escritoras ya editaron una novela entre las dos el año pasado, Don de lenguas, en la que la protagonista, Ana Martí, hija y nieta de periodistas sigue los pasos de la familia, pero a ella le toca desenvolverse en una época nada favorable para los españoles en general y para la mujer en particular. En los años 50 las mujeres no solían hacer periodismo de investigación, pero ella se las apaña para ayudar a la policía a resolver un asesinato aunque luego deba ocultar a los lectores datos que el régimen de la época censuraría.
En esta segunda entrega, de lo que parece se puede convertir en serie, Ana Martí ha cambiado de periódico (por razones políticas) y publica noticias bajo seudónimos (por idénticas razones). Y de nuevo, lo que en un principio parecía un caso de arrobo religioso, una niña a la que le sangran manos y pies como si se tratase del mismo Cristo, se convierte en un horror para la periodista que debe aclarar una serie de muertes con lo que parece la oposición del pueblo entero.
Y, aprovechando que el invierno de 1956 fue uno de los más fríos, y la protagonista queda atrapada en un aislado pueblo de Teruel, las autoras de El gran frío denuncian con una claridad pasmosa la dureza de lo que se conoce como la España profunda. Ana debe luchar contra las propias mujeres para que la tomen en serio, pues lo que prevalece es la incultura, la fe absoluta que lleva a un fanatismo intransigente y que no es otra cosa que el miedo a descubrir algo nuevo, diferente, desconocido.
El horror de la vida en los pueblos queda patente en la novela, el miedo a denunciar por las posibles represalias, aceptando incluso el ser torturados como animales desprovistos de toda dignidad, envueltos en un falso orgullo que no lleva más que al rencor. La admisión de un determinismo feroz, causado por la falta de conocimientos científicos, que desemboca en la necesidad de creer en fantasías y supersticiones para todo a lo que no se encuentra respuesta. El tópico de las figuras autoritarias, cacique, cura, guardia, alcalde, maestro, queda de alguna forma desbaratado. Esto es lo que tiene vivir sin más expectativas que las que conocemos, las que nos rodean, dando la espalda a otras costumbres, otras posibilidades, otros razonamientos, otros saberes.
Por eso no me extrañó cuando el cacique del pueblo, don Julián Maestre, le contesta a Ana Martí con una cita de Hamlet (lo que dice el príncipe a su amigo al hacerle jurar que no dirá que ha visto el espectro) “Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía”. Y efectivamente hay más cosas en la novela para poder entender el “milagro” de la santita con estigmas y los asesinatos. Y será Ana Martí quien los descubra; y nos enteremos en un momento porque la novela se lee del tirón, desde el principio te atrapa la prosa ágil y el suspense.
Y desde el principio, algunas curiosidades sobre nuestras costumbres nos hacen entender algo mejor la tradición de nuestro país; la falta de higiene no es otra cosa que un rechazo hacia los árabes, que, según los españoles se lavaban a menudo. La historia de la marquesa de Villasante, que rota de dolor por la muerte de su hija, decidió cortar trocitos de su cuerpo para que estuviera con ella de alguna manera; cuando encontraron las manos en formol, inventaron una cancioncilla que terminaba: “Moraleja: esconde la mano que viene la vieja”

Me alegro de incorporar otra “detective” a mis lecturas.

miércoles, 21 de junio de 2017

MI VERDADERA HISTORIA


Última novela de Juan José Millás, y, aunque es cierto que apenas llega a las cien páginas, no se puede considerar relato, o cuento, en todo caso novela corta.

Mi verdadera historia contiene las recurrencias típicas, existencialistas, de las novelas de Millás: el hecho en sí, el tema fundamental, que ahora comentaremos, es en realidad la huida de la verdadera obsesión del narrador protagonista: su padre, aquél que enmarca el principio y el final de todo lo que sucede. «Yo escribo porque mi padre leía». Mediante estos términos recíprocos el protagonista está dispuesto a corresponder a su padre de la misma forma en que él se ha comportado. En cuanto ha declarado su actuación, y mediante la función fática, establece un contacto con el lector para que se involucre en el cuadro que va a describir: «Miradme», y que connota su universo: lóbrego «los muebles oscuros», conminatorio «no grites», opresor «no corras por el pasillo», imperativo «baja la televisión». Este universo en el que se mueve ha conseguido hacer de él, asimismo, alguien confuso, inseguro «oscuro yo también detrás de la butaca», inexistente; ni siquiera tiene nombre, a lo largo del texto es llamado como «pobre crío», «el idiota», «el niño de los cojones».

La causa, tanto de este ambiente como de su personalidad aparece asimismo en las epíforas de cada una de las oraciones antes expuestas, «papá lee».

Así pues, el principio de la novela despierta ya en el lector una desazón que no lo abandonará hasta el final. La función apelativa introduce un primer desdoblamiento. El protagonista exhorta al lector a que se convierta en él, a que sienta un dolor parecido a la ansiedad mística del «muero porque no muero», «sentid en vuestro corazón cómo se detiene el mío [...] y huid de la escena del crimen sofocándoos porque no respiráis y asfixiándoos porque respiráis demasiado».

El ambiente inquietante y repetitivo, expuesto desde el primer momento, revela otras recurrencias u obsesiones del autor: El espacio de actuación es reducido, no tanto como el de Desde la sombra, pero este universo se queda en la familia, una familia que se divide empequeñeciendo aún más el ambiente del protagonista puesto que él no se relacionará con ambas partes a la vez.

El microcosmos que rodea al protagonista es el que verdaderamente le influye a la hora de tomar decisiones, actuar o pensar; de hecho, ninguno de los dos lugares en los que se desarrolla su historia le pertenece plenamente, en ninguno de los dos se siente identificado. Está solo desde el principio —esa soledad tan millasiana— y de alguna forma lo asume, puesto que, al darse cuenta de que es aceptado por alguien ante quien no ha podido desdoblarse, la abandona. El desdoblamiento en el que vive se convierte entonces en una ironía del destino que lo atrapa emplazándolo al nihilismo absoluto.

No obstante, el lector se identifica con el protagonista en algunas circunstancias, cuando no en todas. No sólo el protagonista, también los otros personajes son víctimas de una angustia existencial de la que intentan salir identificándose, al menos en algunos momentos, con la soledad, y en otros con la dualidad; el sentimiento de culpa escondido que martillea la mente en un devenir constante consigue personajes atormentados, hiperbólicos en el sufrimiento, en el remordimiento insistente y, sin embargo, hay situaciones específicas que nos conectan a la lectura: el desamparo, el sentimiento infantil de no sentirse querido o aceptado, la irracionalidad de determinadas acciones, «mi madre lleva un rato observándome. Ella asustada, desvía la vista», la compasión mal entendida, lo pernicioso, la morbosidad, el no querer admitir la realidad para eludir responsabilidades y malos momentos «le da miedo iniciar una conversación seria, una conversación que pudiera conducirnos a hablar del accidente», el comprometerse con alguien a quien no se quiere porque sólo se aprecia a uno mismo, la necesidad de alimentar un ego desmesurado hasta resultar ridículo «La tele hizo de él un hombre necesitado de audiencia: solo habla para gustar», el miedo al paso del tiempo y la negación a sus estragos (las anáforas temporales acortan ese tiempo que, aunque queramos, no se detiene «Ya oía el ruido de las sirenas [...] Ya me encontraba [...] Ya lograba [...] Ya cerraba la puerta [...] Ya alcanzaba...»), el egoísmo «Cada uno en su sitio, cada uno en su mundo, con un secreto horrible circulando entre los tres»... son actitudes que se dan en la realidad; la clave es que Millás las aglutina todas en los tres personajes.

Irene no es sino la consecuencia fatídica de todas ellas «En cierto modo, la estoy matando para acabar con el último testigo de un crimen». Como una Ofelia del siglo XXI debe soportar la llaga que el protagonista le provoca; ella es la que constantemente le recuerda que la vida y la imaginación se confunden, por eso, nuestro Hamlet particular decide abandonarla «pienso que si me casara con Irene, si tuviéramos hijos, heredarían el estigma del que soy portador».

En Mi verdadera historia se desdibuja, como en el resto de novelas del autor, la línea que separa realidad y ficción, que no es otra cosa que continuar la vida impostada que nos hemos fabricado o romper con todo y empezar de nuevo, pero esto en la existencia diaria cuesta trabajo, puede que el protagonista lo sepa e intente un final realista, más previsible, que lo diferenciaría del resto de novelas de Millás; sin embargo, este final probable se traduce en siniestro al sustituir los antónimos recíprocos con los que empezó la novela por otros complementarios «En todo caso se enterará cuando lea este relato al que estoy a punto de echar la llave, todavía no sé si desde fuera o desde dentro. Si me quedo dentro seré un hijo de ficción el resto de mis días.»

El protagonista ha completado, y perfeccionado, la labor que su padre hizo con él.

Hay algo sin embargo, que caracteriza a Millás y que no he encontrado: el humor; es una novela demoledora. Puede que sea una novela corta pero el sello de identidad de Juan José Millás está presente en las heterogéneas dobleces de la existencia, que quedan expuestas en las escasas cien páginas; con tenacidad exhaustiva la novela evoca que la vida es una sucesión de hechos, repetidos en su mayoría, que se diferencian muy poco de los sueños, lo único que puede cambiar es el punto de vista con que los observamos «»siempre estoy empezándola, como si se repitiera [...] Pero cada versión es diferente [...] mi forma de mirarlos —los sucesos— se modifica con el paso del tiempo».


Muy bueno Millás, con más o menos humor, pero siempre profundo, tocando en la llaga.

lunes, 30 de septiembre de 2024

LA LETRA HERIDA


Hace más de cuatro años leí La última canción de primavera y me impactó que un chico de 25 años escribiera algo tan profundo. Aquella novela deja en el lector la sensación, relajante, de que escuchar al otro pasa por escucharnos a nosotros mismos. Lo más importante de lo que les ocurre a los personajes de los relatos, ocurridos en Tokio, es la comunicación que mantienen entre ellos.

Algo más tarde leí Sakukibara; también el protagonista necesita escuchar para entender. Resalta cómo el ambiente mágico de este cuento impregna de belleza el argumento.

El autor, Sergio Hernández, me ha vuelto a sorprender, ahora en Valencia, con una novela totalmente distinta. Una novela que nos recuerda a las grandes obras del realismo español. Sergio abandona la magia ambiental de su obra anterior y se introduce en la representación efectiva de la Valencia de la segunda década del siglo XX, para sumergirnos a nosotros en el magnetismo de su escritura.

La novela, como las grandes producciones, está dividida en cuatro partes: I, La ciudad de la luz. Parte II, El prisionero de las sombras. Parte III, La muralla invisible. Parte IV, La letra herida, parte menos extensa y donde se desenvuelve todo.

A principios del siglo XX, Miguel, un estudiante de Lengua y Literatura, debe regresar a Valencia tras la muerte de su padre para pagar las deudas que ha dejado. Sin dinero, acepta el trabajo para el que su amigo Ramón lo recomienda, como albañil, en la construcción de la Estación del norte. Miguel descubrirá una ciudad, que no es la de su infancia, en la que las revueltas sindicales esconden a un asesino que aniquila a los líderes. A la preocupación por los crímenes se unirá la del peligro que encierra el trabajo y la lucha moral al enamorarse de María, la mujer de Ramón.

El narrador, en tercera persona, como corresponde a los grandes del Realismo, cuenta no solo lo que va ocurriendo al protagonista, también las dudas al enfrentarse a un nuevo trabajo desconocido para él, el miedo y la inseguridad del ambiente, «Miguel pegó un grito al caer y sintió el retroceso del arnés como un latigazo en su cuerpo cuya voluntad era la de partirlo en dos. El dolor lo invadió de inmediato, pero, en cuanto se dio cuenta de que estaba suspendido en el aire, el vértigo que tan bien había domado en las escaleras lo golpeó hasta casi perder el conocimiento».

Los lectores nos vamos enterando de los hechos, sobre todo, desde el punto de vista de Miguel, sabemos lo que piensa y siente en cada momento, sobre él mismo y sobre los demás personajes; pero no hay otro punto de vista, por lo que al complicarse la trama con lo más típico de la novela negra, la expectación y la tensión por cómo se desarrollarán los hechos se unen al testimonio crítico del que somos conscientes: los altercados entre los sindicatos y las tropelías hacia los más desfavorecidos para sacar adelante un proyecto que beneficiará a la ciudad, contribuirá al progreso de los valencianos y sobre todo enriquecerá a unos pocos a costa de extorsionar a muchos.

Pero dentro de esta gran novela negra realista, nos encontramos con la relación sentimental de Miguel y María que, también como en las grandes obras del Realismo, debe luchar con la relación trascendental del matrimonio Ramón-María, formando un triángulo del que será complicado salir.

Somos testigos de las condiciones matrimoniales y de la emoción de los enamorados; tanto Miguel como María se dejarán llevar por los sentimientos y las ansias de libertad.

Asimismo, La letra herida reproduce la España de principios de siglo, con los conflictos laborales, la acción policial y las consecuencias de esta en los ciudadanos, marcados por el temor y la opresión, «Accionaron el pomo y, cuando oyeron los murmullos de terror de los que allí dormían, los acallaron a golpes». Sin embargo observamos cierto costumbrismo en la exaltación de los bailes y celebraciones de aquellos que no tienen nada, cuyas aspiraciones se limitan a imaginar un futuro tranquilo mientras intentan sobrellevar el presente, «Los Gatos subieron el volumen de la radio, por una noche todos decidieron celebrar la vida […] Bailaron y cantaron sin decoro ni vergüenza hasta bien entrada la noche […] hasta que el sereno de la finca de al lado…».

La precisión de los detalles es evidente, también el lenguaje utilizado es coloquial, en el que abundan las expresiones típicas valencianas, «¡che!», «fill de puta», «le diu el mort al degollat, qui t’ha fet eixe forat?» y castellanas «a correprisa», «la bola mundi».

En La letra herida, las premoniciones son importantes. Miguel arrastra una maldición, los lectores nos enteramos enseguida, al principio de la novela, cuando conoce a María «En el mundo lleno de aflicciones de Miguel […] rara era la vez en la que había encontrado consuelo en las mujeres. Su maldición, o eso creía, había comenzado…» y habremos de llegar al final para saber si la ha superado, pues las inquietudes que genera la lectura no son solo políticas o criminales, también en el amor encontramos incertidumbre y misterio.

Todo es interesante en la novela, aparecen referencias literarias y de la vida de algunos escritores; el ansia de libertad de Madame Bovary se ve reflejada en la vida de María, también mal casada y con grandes sueños para combatir su frustración. Tanto María como Miguel han sufrido la muerte de sus padres por lo que, de alguna manera, se convierten en depositarios de sus problemas, lo que nos recuerda al Hamlet de Shakespeare y a los conflictos románticos que surgen en La gaviota, de Anton Chejov «—Es diferente a Mme. Bovary. Una obra de teatro». Además, Miguel escribe cartas de amor para que sus compañeros las envíen a sus novias o mujeres y «lo cierto es que eso lo hacía sentir un poco como Oscar Wilde. ¡Y le encantaba!». Asimismo aspira, como Unamuno, a dar clases en la universidad de Salamanca y, como el escritor, reflexiona sobre la problemática existencia del ser humano. Y, entre los grandes de la literatura, no podía faltar el fundador de El Pueblo, el valenciano Blasco Ibáñez que, aquí, aparece como un personaje más, «Blasco Ibáñez dirigió una mirada de soslayo hacia donde estaba y Miguel se vio obligado a agachar la vista con una sonrisa que copaba todo su rostro».

Y si la literatura real está incluida en esta ficción para unir las Humanidades a la vida, los golpes de efecto, constantes, se encuentran en todos los temas que Sergio Hernández toca en el argumento: las injusticias cometidas sobre las clases sociales bajas; la traición a los compañeros por miedo o por afán de superación; el maltrato a la mujer; la violencia policial, fruto del embrutecimiento; el adulterio, visto como una solución natural aunque no deje de ser tabú y la soledad del hombre, a pesar de vivir rodeado de gente y avances, que le hará experimentar un vacío emocional. Deberemos leer La letra herida para saber si Miguel llena su vacío… O no…