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martes, 12 de febrero de 2019

EL AMOR EN SHAKESPEARE



La imagen que proyecta el amor, como cualquier otra propiedad del ser humano, tiene diferentes ángulos, de forma que cada persona que la vea representada —en algunos casos— o lea algo de este sentimiento, pueda extraer distintas enseñanzas según el punto de vista que adopte, según su propia naturaleza o el momento anímico en que se encuentre.

He releído más de una vez El sueño de una noche de verano, Romeo y Julieta, Othello, Hamlet, Macbeth… y siempre hallo algo nuevo, lo que confirma que por muchos siglos que pasen podremos, podrán, disfrutar de la obra de este genio universal, William Shakespeare.

Está claro que todos los temas y problemas relacionados con la condición humana están tratados en sus dramas, comedias o tragedias, pero, sin duda, el amor es el que unifica a todos los demás pues casi siempre va unido a una proeza. La complejidad del amor va asociada a las distintas circunstancias en las que se desarrolla, desde la desesperación hasta el humor pasando por la ansiedad, el dolor o la muerte.

Sea cual sea la situación no se puede renegar del amor pues, aunque intentemos impedirlo, de una forma u otra irrumpirá en nuestras vidas exigiendo ser tenido en cuenta.

Tengo en mis manos una joya en todos los sentidos. Literalmente es una preciosidad, un librito pequeño, casi cuadrado, encuadernado en oro viejo con ilustraciones de los más grandes pintores renacentistas, desde la Muchacha peinándose de Bellini, que enmarca la portada, hasta otras figuras de Tiziano, Rafael, Durero, El Veronés, El Perugino, o imágenes del siglo XIX de Frederick Bacon, Rossetti o Godward. La calidad del papel es insuperable y, una greca en tono dorado mate, casi marrón, que reproduce las baldosas de catedrales o monasterios ingleses, termina de adornar las páginas. El contenido, acorde con la forma, está compuesto de poemas o fragmentos de diferentes obras del Bardo de Avon, todos relacionados con el amor, de ahí el título del libro: El amor en Shakespeare. La autora de la selección es Helen Exley, quien ha demostrado un gusto exquisito y gran amor hacia el poeta.

Antes he afirmado que tengo en mis manos esta joya; nunca mejor dicho, pues soy su depositaria hasta poder entregarla a quien verdaderamente corresponde. Espero con ansiedad que, si ves estas imágenes o lees estas palabras, reclames lo que es tuyo y disfrutes con ello como yo lo he hecho.

Comienza el libro recordando una de las primeras comedias de nuestro autor, probablemente una de las más intelectuales por estar plagada de alusiones literarias, Trabajos del amor perdidos, poco accesible a todo tipo de público, y sin embargo a todos no embarga la placidez al leer «…Cuando el Amor habla, la voz de todos los dioses adormece al cielo con su armonía» ¿Se puede ser más explícito?

Mediante la concatenación, en Troilo y Cressida, ordena los elementos que componen el amor, y nadie duda de ello: sangre cálida, cálidos pensamientos y cálidos actos.

Antes de dejar a Ofelia, a causa de sus propias dudas como persona, Hamlet le escribió, probablemente, una de las más bellas declaraciones

Duda que las estrellas sean fuego,
duda que el sol no se mueva;
duda que lo verdadero sea falso,
mas nunca dudes de mi amor.

Y, por supuesto, no falta el humor en la concepción del amor, como afirma Claudio en Mucho ruido y pocas nueces cuando se dirige a Beatriz, a pesar de que al final será con Benedicto con quien se case la sobrina de Leonato, gobernador de Mesina, y Claudio lo haga con Hero, de quien está enamorado de verdad

Señora, soy vuestro como vos sois mía.
Me entrego a vos,
y me muero por el cambio

El mercader de Venecia, comedia trágica donde las haya expone de forma casi sentenciosa lo que conlleva este sentimiento universal, pues «…el amor es ciego, y los amantes no pueden ver las bellas locuras que comenten».

Asociado a la inconsciencia, ladrón del pensamiento, anulador de la razón, el amor consigue que hagamos cualquier despropósito. En Como gustéis, una de las comedias más maduras de Shakespeare ya que convergen elementos pastoriles, el juego de identidades, la interacción entre sexos, el conflicto familiar por el dinero y la ambición por el poder, Silvio, enamorado de Febe, le exhorta a Corino «Si no recuerdas la más ligera locura en la que el amor te hizo caer, tú no has amado». Es cierto, el amor nos hace cometer locuras, pero no sólo el amor hacia la pareja, realizamos disparates por el amor hacia los hijos, hacia los amigos y hacia quienes, en general queremos. De hecho el amor purifica, da igual la clase de amor; cuando queremos nos sentimos bien, Troilo y Crésida lo recuerda, «Este amor nos redimirá a todos».

El poder del amor es tan fuerte que, físicamente, no se puede demostrar del todo, por eso Shakespeare pide en su soneto XXIII, que sea la escritura la que resalte el sentimiento que lo invade, y con dos sugerentes sinestesias termina el poema, dotando al amor de todo el poder de la palabra que, más que oírla, se vea y pueda ser plasmada para siempre.

¡Oh, aprende a leer lo que el silencioso amor ha escrito!
Que escuchar con los ojos corresponde al fino ingenio del amor

Y, por supuesto no se puede hablar de amor sin recordar a Romeo y Julieta, enamorados míticos a quienes el destino les tenía preparado un amargo final. Apenas pudieron disfrutar el uno del otro, no hubo amanecer para ellos, por eso, presintiendo con un oxímoron este triste final, no quieren separarse durante la noche «Buenas noches, buenas noches. La separación es un dolor tan dulce, que estaré diciendo buenas noches hasta que amanezca».

El bardo era un perfecto conocedor del ser humano, por eso también podemos leer pasajes en los que advierte de la inconstancia del hombre en sus engaños, o en el tiempo limitado del amor. Aunque en las grandes tragedias aparezca el amor eterno, la comedia menos real que haya escrito posiblemente, aquella en la que la magia y los duendes juegan malas pasadas a los enamorados, Sueño de una noche de verano, confirma que, en la brevedad de un sueño el amor puede desaparecer «Así de rápidas, las cosas brillantes caen en la confusión».

La pérdida del amor es algo tan temido que constantemente alude a ella no sólo en sus obras teatrales; el soneto XLIX recuerda que no se puede forzar al amor «puesto que carezco de alegación por exigir me ames» y en el LXIV reflexiona que el paso del tiempo apagará el amor, entonces «Este pensamiento es como una muerte, sin más recurso / que llorar por lo que su miedo perder teme».

Después de leer algunas obras de Shakespeare, llegué a la conclusión de que para el autor, la mujer significaba más que una musa, era mucho más que el complemento del hombre; la mujer de Shakespeare es la fuerza, la inteligencia, la decisión, la bondad, tal como lo demuestran Julieta, Lady Macbeth, Desdémona, Ofelia o la reina Titania. Pero probablemente sea en Trabajos de amor perdidos donde lo diga más claramente a través de la disertación de Berowne, cuando se da cuenta de que sin mujeres ellos no son nada y así se lo argumenta a Dumaine, Longaville y al propio Rey «Los ojos de las mujeres centellean como el verdadero fuego de Prometeo; ellas son los libros, las artes y las academias que enseñan, contienen y nutren a todo el mundo: sin ellas, nadie sobresale en nada.»

Entre sus obras hay situaciones que confluyen; el bosque como lugar propicio para el misterio no sólo aparece en Sueño de una noche de verano. El travestismo era lugar común en la época. El padre controlador no podemos observarlo exclusivamente en Romeo y Julieta. Todos estos topos forman parte de Los dos caballeros de Verona, obra en la que prima la amistad sobre el amor, pues Valentín no duda, a pesar de querer a Silvia, en cedérsela a Proteus (quien deja a su prometida Julia y rapta a Silvia), con tal de no terminar su relación como amigos, aunque Proteus, al ver nuevamente a Julia recuerde su amor y vuelva a aceptarla. Todo acaba bien; sin embargo esta decisión nos deja un sabor amargo, a pesar de las palabras de amor tan bellas con las que Valentín se refirió a Silvia al hablar con el padre de ella y enterarse de que él quería expulsarlo de su ducado de Milán para evitar el enamoramiento:

Morir es desertar de uno mismo, y Silvia es mi persona. Separarme de ella es separarme de mí mismo: un destierro mortal. ¿Qué luz es luz si no veo a Silvia?

Otro tópico universal es la confusión sueño-realidad: La República, Las mil y una noches, La Divina Comedia, La vida es sueño, El sueño de una noche de verano, Alicia en el país de las maravillas son algunos ejemplos con los que podemos disfrutar, pero nuestro poeta inglés nos lo recuerda también en el soneto XLIII:

Los días se me vuelven noches cuando no te veo,
y las noches, lúcidos días, cuando en sueños te muestran

Si hay una comedia, que más que de enredo es enrevesada, es A buen fin no hay mal principio, sacada de los cuentos del Decamerón de Bocaccio. En ella, como siempre, la mujer será quien ostente la fuerza y la decisión, pues Elena, a pesar de ser de clase inferior a la de Beltrán, se enamora de él aunque sea un irresponsable que intenta seducir a Diana. Sin embargo Elena se las apañará para que Diana le deje su puesto en el lecho de Beltrán, quedarse embarazada y, por lo tanto, obtener al conde del Rosellón.

Algo impensable hoy y que sin duda Shakespeare le hubiese dado otro final en el siglo XXI, pero no estamos comentando esto sino la sensibilidad que nuestro autor demuestra en todo momento al referirse al amor, y por boca de Beltrán cuando pretende enamorar a Diana, dice lo que probablemente todos pensemos que es el Amor, así, con mayúscula: «Mi casa, mi honor; sí, mi vida es tuya».

Hemos comentado antes Como gustéis recordando lo que el pastor Silvio le reprocha a Corino, pero quiero terminar con la bucólica escena en la que Silvio, enamorado de la pastora Febe, es rechazado por ella y, al ver la burla de ésta, Rosalinda, disfrazada de pastor Ganímedes, la reprende haciéndole ver la suerte que tienen algunos de encontrar a alguien que merece la pena. Con estas palabras, que hoy podrían servir para referirse a una mujer real, que hace tiempo encontró a un hombre que quiso hacerla feliz, a dos niños que tuvieron la suerte de compartir su vida con él y a otros dos que ahora se alegran desmedidamente al verlo, termino las reflexiones que El amor en Shakespeare ha conseguido de mi mente:

Arrodillaos, y dad gracias
al cielo, rápidamente,
por el amor de un hombre bueno

domingo, 27 de enero de 2019

ENIGMAS DE LA CASA DEL PLACER



He terminado un librito de Sor Juana Inés de la Cruz que recomiendo encarecidamente. El título, Enigmas de la Casa del Placer, refleja sólo una parte, aquella que contiene estos enigmas o acertijos que nuestra monja escribió para deleite de sus compañeras y cuyo objetivo era la Condesa de Paredes, o mejor, exponer la experiencia amorosa que tuvo con María Luisa Manrique de Lara y Gonzaga, desde la pasión hasta el orgasmo.

Pues sí, en el siglo XVII, Juana aprendió a leer a los tres años, antes de los dieciséis pidió ir a la Universidad, travestida de chico por supuesto, (algo que luego ridiculizó en una escena inolvidable de Los empeños de una casa, en la que traviste al criado y consigue que uno de los galanes se enamore de ella-él). Y cuando se dio cuenta de que la esperaba un matrimonio por el que no se sentía atraída (aún no se permitía el casamiento homosexual), decidió meterse a monja, no por vocación, aunque era creyente, sino para poder estudiar, investigar, escribir, dedicarse a cultivar la mente y el alma. Así llegó al convento de Santa Paula, de la Orden de San Jerónimo, donde disponía de una celda de dos pisos y sirvientas, perfecta para celebrar reuniones y recibir visitas en las que trataban temas para combatir la misoginia y atacar la política sexual basada en la teoría de que hombres y mujeres somos diferentes y los hombres son superiores. Estas tertulias pertenecían a la Casa del placer, movimiento político sobre la reivindicación del valor de lo femenino, que empezó en el siglo XIII y podríamos decir que aún no ha terminado.

La poesía y dramaturgia de Sor Juana Inés le valió en su época el apelativo de décima musa.

Las musas eran deidades de la mitología griega que inspiraban las ciencias o las artes y vivían en el Parnaso, junto a Apolo. Nacieron cuando Zeus se unió a Mnemosine durante nueve noches seguidas dando como fruto a Calíope, musa de la poesía épica, Clío, de la historia, Erato, de la poesía lírica, Euterpe, musa de la música, Melpómene, de la Tragedia, Talía, de la Comedia, Terpsícore, de la danza, Polimnia, musa de los himnos y Urania, de la Astronomía. Así pues, las musas eran nueve.

Durante el Siglo de Oro Lope de Vega denominó como Musa Décima a doña Oliva Sabuco, gran filósofa contemporánea del Fénix de las letras; algo después, también en el siglo XVII, se consideró a Sor Juana Inés la décima musa, por ser una de las escritoras más famosas e influyentes, y defensora del derecho a la libertad sexual e intelectual de la mujer.

Esto es fantástico, aunque para ser exactos debería haber sido la duodécima musa, ya que Platón concedió a Safo (por motivos parecidos a los de Sor Juana Inés) el apelativo de Décima musa.

Sea cual sea el ordinal que ostente, con lo que debemos quedarnos es con la labor que la mujer (de todos los tiempos) ha venido realizando para ser considerada igual que los hombres.

En los temas que predominan en la literatura de la religiosa mexicana abundan los típicos del barroco español, el desengaño, la brevedad de la vida, lo efímero de lo material… pero en estos enigmas brillan, con agudeza indescriptible, los sentimientos provocados por el amor, en concreto hacia María Luisa Manrique, condesa de Paredes, casada con Tomás de la Cerda y Aragón, virrey de Nueva España.

Los enigmas son poemas amorosos en los que la forma de acertijo remite a un retrato perfecto del impulso y ansiedad entre ambas mujeres.

Pero aún leeremos antes en el libro la dedicatoria de Sóror Juana Ignés de la Cruz a su Lysi, en forma de romance, con un comienzo totalmente respetuoso

A vuestros ojos se ofrece
este libro por quedar
ilustrado a tanto sol,
digno de tanta Deidad.

que pasa por la seguridad del amor correspondido y termina con un final cargado del doble sentido humorístico, propio de la escritora

Y si por naturaleza
quanto oculta penetráis
todo lo que es conocer
ya no será adivinar.

A la dedicatoria le sigue un prólogo, en donde avisa al lector de que eleva sus pensamientos al cielo pues «Piedoso absuelve sus indignidades».

Hasta cuatro preámbulos, escritos por religiosas de diferentes monasterios y por la propia condesa de Paredes, ensalzan la labor de nuestra poeta.

El primero, en forma de endechas reales compara a la Décima Musa con las flores que «mejoran de Estación las primaveras»; de hecho, las metáforas naturales abundan, «amaneciendo solo en tus estrellas». El preámbulo finaliza, como era usual, al dar fe de la autenticidad y valor de lo escrito «Tan hijo de tu musa / este libro se ostenta».

La respuesta satisfecha de la Condesa de Paredes queda expuesta en forma de romance

A ti misma te excediste
pues este Libro, que veo,
casi que sería malo
si aun no fuera mas que bueno

El tercer preámbulo, a cargo de Sor Françisca Xavier, en forma de romance de arte mayor, recuerda el «sentido encubierto» de los enigmas, y con juegos de palabras coloca a nuestra musa por encima de Apolo «tan sabia te riges que de embidia Apolo / si no rompe la lira, la depone» e insta a España a leerlo para que dé testimonio de la amistad con México «que son más perdurables las memorias / gravadas en los pechos, que en los bronces».

El último preámbulo, también en endechas endecasílabas o reales, escrito por una religiosa del monasterio de Santa Ana, proclama a Sor Juana Inés como vencedora absoluta «A quien el alto Apolo / la frente coronó» y causante de que México haya elevado su categoría literaria «Por ti la nueva India […] ser noble Cuna de otra Luz mejor».

Le siguen al libro, como era usual, dos censuras y tres licencias, también escritas por monjas en las que los recomiendan encarecidamente como válidos para pasar el tiempo pues son «Inigmas considerados e expostos com igual decoro que engenho», enigmas «dignos de que na Casa do Prazer, espera de mais lúzidos Astros, se Leam e se interpreten», enigmas perfectamente legales «que não tem nenhum defeito / pois da Caza do Respeito / passa à Caza do Prazer», enigmas, por fin, adecuados a la sociedad «pois ter altos pensamentos / não hé contra o bom costume».

Una vez leídas todas las alabanzas previas, escritas por mujeres, no por hombres importantes como era costumbre, podemos introducirnos con gusto en los veinte enigmas, de los que es obligado resaltar las numerosas antítesis que sugieren cierto engaño de los sentidos y afianzan la fragilidad del afecto, lo esquivo de la esperanza, «el callarLa, cobardía, / dezirLa, desatención?».

Estos acertijos tienen todos la misma respuesta, la pasión amorosa, los celos, el amor, la contención sexual, la imagen de Cupido, la conquista amorosa, el poder humillante de la idolatría en el amor, el llanto, el beso, el impulso sexual, el flechazo amoroso, las lisonjas del cortejo, las relaciones sexuales o la imagen de Venus en todo su esplendor. Es decir, la respuesta está implícita en las experiencias amorosas, en lo que supuso el amor para Juana y Lysi.

La estrofa elegida, la redondilla, es perfecta para expresar este sentimiento sin aristas, circular, rotundo

¿Quál es aquella homicida
que piedosamente ingrata
siempre en quanto vive mata
y muere quando da vida?

El empleo del oxímoron refuerza el caos que provoca en nuestra mente el afecto «el mejor mal». Las alusiones mitológicas y a la literatura grecolatina ennoblecen esta poesía aportando a la redondilla categoría de Arte Mayor

¿Quál es la Sirena atroz
que en dulces ecos veloces
…

Las paradojas aseguran la contención que toda libertad sexual conlleva «se haze a sí mismo dichoso / y a sí mismo desdichado?»

Las rimas internas se consolidan con las paranomasias, por lo que el contraste antitético se convierte en un paralelismo, reflejo del gozo experimentado “atrevido-proferido” “osado-callado”.

Finalmente, el uso del hipérbaton no es sólo un cultismo sintáctico que pretende recrear una construcción latina, sino que adquiere una finalidad enfática al unirse a la lítote, para remarcar acciones propias del flechazo amoroso «es su remedio cegar, / siendo su achaque el no ver».

Pues si en el siglo XVII, una mujer lo dijo tan claro, sin tapujos, hoy, en el XXI no sólo las mujeres, todos los hombres también deberían leer estas reivindicaciones para que no suceda, aún, lo que la propia Sor Juana Inés de la Cruz advirtió en su poema Hombres necios que acusáis:

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis