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jueves, 5 de febrero de 2026

MIAU

No sé si había leído Miau o simplemente la estudié en su día, de lo que estoy segura es que no había percibido la idea de la inmoralidad del estado, puede que ahora la situación, pese a no ser la misma, nos haya hecho ver como normal que los gobernantes sean imperfectos, causantes directos de los problemas que nos aquejan.

En 1888, Benito Pérez Galdós expuso a través de Ramón Villaamil la relación entre el deseo de libertad del hombre y las restricciones sociales. Lo curioso es que parte de la culpa de la situación en la que se encuentra el protagonista es de su mujer; de hecho, él reniega de ella y de su hija culpándolas de haber malgastado su dinero. Y es que, después de treinta y cuatro años trabajando como cesante en Hacienda, no tiene dinero ahorrado. En un suspiro, a dos meses de la jubilación, es despedido del trabajo, sin la promesa del ascenso y en unas condiciones mendicantes pues no le corresponde paga hasta que no vuelva a ser contratado. Pero de Ramón se ríen todos, de las mujeres de su casa y de él, por consentir que dilapidaran el dinero en superficialidades. Cuando su puesto se lo dan a su yerno, Víctor Cadalso, un mujeriego estafador, causante de la muerte de su hija mayor y de la desgracia de la menor, al enamorarla, Villaamil se vuelve loco «—Amigo Ventura —indicó Villaamil con dolorosa consternación—, acuérdate de lo que te anuncio. Tú lo has de ver, y si lo dudas apostemos algo… ¿A que ascienden a Víctor y a mí no me colocan? Otra cosa sería justicia y razón y la razón y la justicia andan ahora de paseo por las nubes».

Miau es una novela que expone la situación de España en un momento determinado de revueltas constantes; a través de Villaamil, Galdós anima a otra revolución. Las Miau es como llaman, por sus rostros algo felinos, tanto a su mujer, Pura, como a su cuñada, Modesta, como a su hija, Abelarda. Sin embargo, en esta onomatopeya residen en forma de acróstico los temas tratados en la novela y por los que Ramón Villaamil lucha de manera infructuosa: Moralidad, Impuestos, Aduanas y Unificación de la deuda. Este “miau” no conseguido es lo que lleva a Ramón a la desesperación total y a la locura frente al sistema corrupto en el que vive, «Villaamil era delicado, y sufría lo indecible con tales desaires; pero la imperiosa necesidad le obligaba a sacar fuerzas de flaqueza y a forrar de vaqueta su cara. Con todo, a veces se retiraba consternado, diciendo para su capote: “No puedo, Señor, no puedo. El papel de mendigo porfiado no es para mí”».

La restauración borbónica queda en entredicho, también la honradez y la decadencia de una sociedad en la que el entorno puede ser determinista; de hecho, Luisito, el nieto de Villaamil ve afectada su salud física y mental al estar en un ambiente poco propicio donde falta qué comer, donde se le hace depositario de los problemas del abuelo y donde su formación escolar pasa a un segundo plano. En esta situación, Luisito se aferra a un dios que se le aparece para prometerle que todo se solucionará si estudia y se esfuerza, consiguiendo que el niño solo piense en ordenarse sacerdote.

La familia de Villaamil podría ser una metáfora de la sociedad española: no está bien económicamente, formada por un granuja, alguna despreocupada, alguna frívola, un trabajador en conflicto y una infancia desprotegida. Los flashbacks en los que vemos tiempos mejores critican la situación actual.

Los personajes son extremos, como esperpentos sociales; al no haber término medio la denuncia social es más evidente: la sociedad abandona al hombre dejándolo a su suerte. Todos están desequilibrados, solo Luisito, en su inocencia, es capaz de vislumbrar un mundo más justo, aunque no deja de ser curioso que la paz y la justicia vengan de la mano de la iglesia, pues también la hija, enamorada y engañada por su cuñado Cadalso al tiempo que estaba prometida por conveniencia a un hombre con dinero, abandona la vida que lleva para ingresar en un convento.

El tema de la honradez choca con la lógica del español. Y el deseo de los protagonistas choca con la realidad en la que viven: ni las Miau tendrán las riquezas que anhelan, ni Luisito tendrá un padre como es debido ni Ramón tendrá el trabajo que merece. Los sueños se desvanecen en una sociedad que se presenta implacable y que toma la religión como un bálsamo para sus penas «Verás, verás —le decía—, qué cosas tan monas te tiene allí la tía Quintina: Santos magníficos, grandes como los que hay en las iglesias y otros chiquitos para que tú enredes con ellos; vírgenes con mantos bordados de oro […] candeleros, cristos, misales, custodias, incensarios…».

Y dentro de esa sociedad religiosa el suicidio no estaría permitido, de ahí que el final sea abierto, poco claro, «¿Apostamos a que falla el tiro? ¡Ay! Antipáticas Miaus, ¡como os vais a reír de mí!... Ahora, ahora… ¿A que no sale?».

Y por eso Luisito confirma a Ramón que sus intenciones de quitarse la vida son aprobadas por «el hacedor de la vida».

La muerte es contemplada como una liberación. Cuando la madre de Luisito, la hija epiléptica de Villaamil, muere, se libera tanto de su padecimiento físico como mental pues Cadalso la engañaba constantemente. Cuando Ramón no puede soportar la miseria y humillación a las que se ha visto abocado cree que solo podrá liberar su sufrimiento a través de la muerte.

Es verdad que la situación no es la misma, pero la base continúa parecida: los que quieren trabajar y estudiar más para contribuir a una sociedad mejor, son ignorados, se cortan las subvenciones a la enseñanza y la medicina, por ejemplo. Los que no se han esforzado sino que están en el poder con mentiras y corruptelas, se les deja el campo libre para que sigan medrando. Gobiernan el mundo desquiciados del poder que pretenden anular la libertad de acción del pueblo a costa de lo que sea.

No pasa nada si tenemos un país menos o desaparecen miles de personas. No encuentro el avance respecto del siglo XIX. Todo lo contrario.

sábado, 1 de febrero de 2025

MARIANELA

De vez en cuando me gusta volver a los clásicos. Sé que debería hacerlo más a menudo pero no siempre hacemos lo que debemos. En esta ocasión he retomado el realismo, época por la que he sentido predilección desde mi etapa de estudiante. Y he elegido una novela corta de uno de los más grandes de todos los tiempos.

Marianela es una novela patética, en su sentido más etimológico. La tragedia está presente desde el principio en la propia naturaleza, que se cierne sobre el pueblo amenazándolo; en la desgracia de Marianela desde que nació; en la familia Centeno, que no ha conocido otra actividad que el trabajo en la mina y eso le impide llevar una vida más cómoda; en el nacimiento de Pablo que aun teniendo dinero se considera, por su ceguera, una minusválido que no podrá trabajar y que solo causará pena en las mujeres; en el dolor de su padre, el señor de Penáguilas, porque teme que el dinero que posee no baste para «hacer disfrutar a su hijo único las delicias honradas de la buena posición […] Callaron todos, hondamente impresionados por la relación patética y sencilla del bondadoso padre».

La tragedia de Marianela tiene mucho que ver con ese lugar de nuestro cerebro donde reside la belleza de la imaginación. Así lo intuye el doctor Golfín cuando oye cantar a Nela y queda prendado de su voz, «Creeríase que sale de las profundidades de la sierra […] y toda la chusma emparentada con la loca de la casa». El mismo Galdós escribiría después, en 1892, La loca de la casa, una novela que pasó luego a teatro, referida a Victoria de Moncada y sus ideales como mujer. También da título a una obra de Rosa Montero en la que, en 2003, da rienda suelta a su interior en una mezcla de ensayo, autobiografía y novela.

Marianela participa de esta locura en la que están instalados Pablo y Marianela, ambos incapacitados para una sociedad en la que no ajustarse a lo considerado “normal” era un problema de independencia para subsistir. Pablo, a pesar de tener dinero no podrá valerse por sí mismo ni hacer feliz a nadie, sin despertar pena por ser ciego de nacimiento. Nela, huérfana, sin familia, sin nadie, no podrá desenvolverse sola por su apariencia desagradable y deforme, una chica que, por un accidente de pequeña, queda marcada por la fealdad física. Pero, desde que es lazarilla de Pablo. Nela es feliz; se siente querida, útil, valorada…, y se enamora de él, que tantas bellezas le dice. También Pablo se enamora de ella por su voz, su alegría, su destreza al describirle el mundo… Ambos viven en una realidad que han forjado en su imaginación. En esa realidad se prometen amor, «-…serás mi esposa querida…, serás la vida de mi vida, el recreo y el orgullo de mi alma […] -te quiero mucho, muchísimo […] Pero no te afanes por verme…».

Entre ellos y lo real se va a interponer el doctor Teodoro Golfín, eminente oftalmólogo, capaz de dar la vista a Pablo y, con ella, quitar las ilusiones a la pareja.

Creo que este es el asunto principal que Benito Pérez Galdós quiere tratar en la novela: Solo vemos la belleza externa, capaz de destruir cualquier otro tipo de don.

Marianela conserva cierto aire pedagógico, a Galdós le interesa tratar la educación como fenómeno sociocultural; que la sociedad se dé cuenta hasta qué punto es importante la cultura, saber por medio de diferentes ciencias para ir dejando de lado las supersticiones arraigadas, sobre todo en una Iglesia clasista alimentada básicamente por aquellos que ostentan el dinero y la posición social. La relación directa maestro–alumno es importante. Teodoro Golfín se ha dado cuenta de que lo que le falta a Marianela es una recta instrucción para poder desarrollar sus capacidades —que él intuye muchas— «tiene su alma aptitud maravillosa para todo aquello que del alma depende; pero al mismo tiempo está llena de supersticiones groseras; sus ideas religiosas son vagas, monstruosas, equivocadas […] no posee más educación que la que ella se ha dado».

Duro ataque a una sociedad a la que costaba trabajo avanzar, «»que no sabe ser caritativa, sino bailando, toreando y jugando a la lotería, una sociedad anticuada, primitiva, que pensaba que los errores cometidos con una persona pueden ser compensados con promesas en vida u oraciones y oropeles tras la muerte «yo he prometido (a la virgen) que si da vista a mi primo, he de recoger al más pobre que encuentre […] Ya he escogido a mi pobre, María, mi pobre eres tú». Pero Galdós no ceja en su denuncia, por lo que no duda en estampar la verdad, no ya como personaje, como narrador omnisciente que, desde el principio, ha relatado el caso: «los dignos reporteros habían visto visiones. Averiguada la verdad, de ella resultó este libro».

Además de la dura crítica, los lectores nos enamoramos de Nela, tal es el cariño con el que fue creada. La vagabunda, la deforme, la enana, el trasto, María, Marianela, Nela, la huérfana… no tiene un nombre real durante toda la historia; da igual, porque ella no cuenta, es como si no tuviera sentimientos y pudiera ser vapuleada y debiera estar agradecida por cualquier gesto recibido, aunque fuera menor que el que se le daría a un animal, «vio las cestas que a la huérfana servían de cama».

Y es en el estilo, además, donde Pérez Galdós se consagra como uno de los maestros universales. Las descripciones llevan incluidas a veces enumeraciones descendentes, con lo que agranda el cariño que siente por el personaje «se vino corriendo hacia ellos una muchacha, una niña, una chicuela de ligerísimos pies y menguada estatura». En ocasiones las enumeraciones son acumuladas anáforas que agrandan el sentimiento de amor hacia la belleza física o hacia la naturaleza. Otras veces el narrador hace uso de sus conocimientos para demostrar que la religión ha tenido en cuenta la belleza física como retrato del alma, tal como lo prueban las imágenes de la Virgen, «La Humanidad ha visto esta sacra persona con distintos ojos, ora con los de Alberto Durero, ora con los de Rafael Sancio, o bien con los de Van–Dyck y Bartolomé Murillo…».

No solo las descripciones son cultas, el lenguaje técnico es minucioso, tanto para hablar de las minas como para exponer los pasos de la operación del ojo para dar la vista. Esto hace que la finalidad didáctica destaque. Asimismo encontramos la función referencial, clave en la narración; el lector está siempre presente, a él van dirigidos tanto los hechos novelados como las críticas sociales «¿merecerá capítulo aparte? Por si acaso se lo daremos», «penetremos en su pensamiento. Pero antes conviene hacer algo de historia». El narrador utiliza la primera persona del plural para dar su opinión y hacer al lector partícipe de ella «Sin querer hemos ido a parar a nuestra madre Eva, cuando tan lejos está la que dio triunfo a la serpiente de la que aplastó su cabeza».

El realismo narrativo se acrecienta con datos imprecisos, y con el lenguaje vulgar que usan los personajes analfabetos «retólicas», «conceitos».

Asimismo frente a la personificación de la ciencia o incluso de animales, que cobran importancia, se encuentra la cosificación del pueblo analfabeto, «que parecían el carbón humanado». Y si no queda bastante claro, Galdós no duda en emplear metáforas hirientes para quienes no han sido educados, «la familia navegaba ancha y holgadamente por el inmenso piélago de la estupidez».

No cabe duda de la dureza del espíritu del escritor canario; hoy nos sirve también su discurso, por lo que un rastro de pena se instala en nosotros. Menos mal que el humor inteligente nos hace sonreír al leer las ironías hacia las damas de la alta sociedad «descollaba la voz de Sofía como sacerdotisa a quien van a llevar al sacrificio» «—Mira tú, huerfanilla— añadió la Inmaculada (Florentina)», y hace que nuestro corazón se ensanche cuando vemos el cariño con que trata a las personas buenas y estudiosas «Llegose a él Choto y le dijo atropelladamente no sabemos qué […] Golfín, que sabía muchas lenguas, era poco fuerte en la canina y no hizo caso».

lunes, 30 de septiembre de 2024

LA LETRA HERIDA


Hace más de cuatro años leí La última canción de primavera y me impactó que un chico de 25 años escribiera algo tan profundo. Aquella novela deja en el lector la sensación, relajante, de que escuchar al otro pasa por escucharnos a nosotros mismos. Lo más importante de lo que les ocurre a los personajes de los relatos, ocurridos en Tokio, es la comunicación que mantienen entre ellos.

Algo más tarde leí Sakukibara; también el protagonista necesita escuchar para entender. Resalta cómo el ambiente mágico de este cuento impregna de belleza el argumento.

El autor, Sergio Hernández, me ha vuelto a sorprender, ahora en Valencia, con una novela totalmente distinta. Una novela que nos recuerda a las grandes obras del realismo español. Sergio abandona la magia ambiental de su obra anterior y se introduce en la representación efectiva de la Valencia de la segunda década del siglo XX, para sumergirnos a nosotros en el magnetismo de su escritura.

La novela, como las grandes producciones, está dividida en cuatro partes: I, La ciudad de la luz. Parte II, El prisionero de las sombras. Parte III, La muralla invisible. Parte IV, La letra herida, parte menos extensa y donde se desenvuelve todo.

A principios del siglo XX, Miguel, un estudiante de Lengua y Literatura, debe regresar a Valencia tras la muerte de su padre para pagar las deudas que ha dejado. Sin dinero, acepta el trabajo para el que su amigo Ramón lo recomienda, como albañil, en la construcción de la Estación del norte. Miguel descubrirá una ciudad, que no es la de su infancia, en la que las revueltas sindicales esconden a un asesino que aniquila a los líderes. A la preocupación por los crímenes se unirá la del peligro que encierra el trabajo y la lucha moral al enamorarse de María, la mujer de Ramón.

El narrador, en tercera persona, como corresponde a los grandes del Realismo, cuenta no solo lo que va ocurriendo al protagonista, también las dudas al enfrentarse a un nuevo trabajo desconocido para él, el miedo y la inseguridad del ambiente, «Miguel pegó un grito al caer y sintió el retroceso del arnés como un latigazo en su cuerpo cuya voluntad era la de partirlo en dos. El dolor lo invadió de inmediato, pero, en cuanto se dio cuenta de que estaba suspendido en el aire, el vértigo que tan bien había domado en las escaleras lo golpeó hasta casi perder el conocimiento».

Los lectores nos vamos enterando de los hechos, sobre todo, desde el punto de vista de Miguel, sabemos lo que piensa y siente en cada momento, sobre él mismo y sobre los demás personajes; pero no hay otro punto de vista, por lo que al complicarse la trama con lo más típico de la novela negra, la expectación y la tensión por cómo se desarrollarán los hechos se unen al testimonio crítico del que somos conscientes: los altercados entre los sindicatos y las tropelías hacia los más desfavorecidos para sacar adelante un proyecto que beneficiará a la ciudad, contribuirá al progreso de los valencianos y sobre todo enriquecerá a unos pocos a costa de extorsionar a muchos.

Pero dentro de esta gran novela negra realista, nos encontramos con la relación sentimental de Miguel y María que, también como en las grandes obras del Realismo, debe luchar con la relación trascendental del matrimonio Ramón-María, formando un triángulo del que será complicado salir.

Somos testigos de las condiciones matrimoniales y de la emoción de los enamorados; tanto Miguel como María se dejarán llevar por los sentimientos y las ansias de libertad.

Asimismo, La letra herida reproduce la España de principios de siglo, con los conflictos laborales, la acción policial y las consecuencias de esta en los ciudadanos, marcados por el temor y la opresión, «Accionaron el pomo y, cuando oyeron los murmullos de terror de los que allí dormían, los acallaron a golpes». Sin embargo observamos cierto costumbrismo en la exaltación de los bailes y celebraciones de aquellos que no tienen nada, cuyas aspiraciones se limitan a imaginar un futuro tranquilo mientras intentan sobrellevar el presente, «Los Gatos subieron el volumen de la radio, por una noche todos decidieron celebrar la vida […] Bailaron y cantaron sin decoro ni vergüenza hasta bien entrada la noche […] hasta que el sereno de la finca de al lado…».

La precisión de los detalles es evidente, también el lenguaje utilizado es coloquial, en el que abundan las expresiones típicas valencianas, «¡che!», «fill de puta», «le diu el mort al degollat, qui t’ha fet eixe forat?» y castellanas «a correprisa», «la bola mundi».

En La letra herida, las premoniciones son importantes. Miguel arrastra una maldición, los lectores nos enteramos enseguida, al principio de la novela, cuando conoce a María «En el mundo lleno de aflicciones de Miguel […] rara era la vez en la que había encontrado consuelo en las mujeres. Su maldición, o eso creía, había comenzado…» y habremos de llegar al final para saber si la ha superado, pues las inquietudes que genera la lectura no son solo políticas o criminales, también en el amor encontramos incertidumbre y misterio.

Todo es interesante en la novela, aparecen referencias literarias y de la vida de algunos escritores; el ansia de libertad de Madame Bovary se ve reflejada en la vida de María, también mal casada y con grandes sueños para combatir su frustración. Tanto María como Miguel han sufrido la muerte de sus padres por lo que, de alguna manera, se convierten en depositarios de sus problemas, lo que nos recuerda al Hamlet de Shakespeare y a los conflictos románticos que surgen en La gaviota, de Anton Chejov «—Es diferente a Mme. Bovary. Una obra de teatro». Además, Miguel escribe cartas de amor para que sus compañeros las envíen a sus novias o mujeres y «lo cierto es que eso lo hacía sentir un poco como Oscar Wilde. ¡Y le encantaba!». Asimismo aspira, como Unamuno, a dar clases en la universidad de Salamanca y, como el escritor, reflexiona sobre la problemática existencia del ser humano. Y, entre los grandes de la literatura, no podía faltar el fundador de El Pueblo, el valenciano Blasco Ibáñez que, aquí, aparece como un personaje más, «Blasco Ibáñez dirigió una mirada de soslayo hacia donde estaba y Miguel se vio obligado a agachar la vista con una sonrisa que copaba todo su rostro».

Y si la literatura real está incluida en esta ficción para unir las Humanidades a la vida, los golpes de efecto, constantes, se encuentran en todos los temas que Sergio Hernández toca en el argumento: las injusticias cometidas sobre las clases sociales bajas; la traición a los compañeros por miedo o por afán de superación; el maltrato a la mujer; la violencia policial, fruto del embrutecimiento; el adulterio, visto como una solución natural aunque no deje de ser tabú y la soledad del hombre, a pesar de vivir rodeado de gente y avances, que le hará experimentar un vacío emocional. Deberemos leer La letra herida para saber si Miguel llena su vacío… O no…

sábado, 30 de enero de 2016

LOS CAPRICHOS DE LA SUERTE

He terminado de leer esta última novela de Pío Baroja. Acaba de ver la luz por primera vez. Los caprichos de la suerte pertenece a la trilogía Las saturnales, pero Baroja sólo publicó Miserias de la guerra y El cantor vagabundo. Quizás no pudo publicar este título debido a que murió en 1956, o puede que no quedara satisfecho. No lo sé; en cualquier caso asumí con gusto la lectura y debo confesar que mi opinión sobre ella no se ha formado hasta que la he vuelto a leer para analizarla; de hecho dudo de si encuadrarla en el género novelesco pues, aunque tiene características de novela, no contiene acción y el argumento se queda en los hechos pero no desarrolla el texto; a veces podemos incluso encontrar un capítulo sin resolver. El protagonista, Luis Goyena y Elorrio, natural de un pueblo de Guipúzcoa, se traslada a Madrid al comenzar la guerra civil para ejercer de periodista. Cuando parecía que la contienda iba a terminar y, por miedo a posibles delaciones, decidió salir de la capital, así que, gracias a un amigo militar se hizo con un documento falso que le permitió llegar a París y de allí a Buenos Aires.

Ya está, no tiene ninguna peripecia, no hay antagonistas que dificulten sus propósitos, ningún acontecimiento complica su actividad. Sólo sus opiniones, a través del narrador, y diálogos con otros personajes nos informan del ambiente general de la guerra española. De hecho, son estos diálogos los que impiden incluir el libro en una crónica de la época.

La novela está estructurada en seis partes, cada una de ellas dividida a su vez en capítulos. El narrador, en tercera persona, externo al relato, va contando lo que le sucede a Elorrio, cómo el destino le va siendo favorable en todo momento, de ahí que no haya conflicto en el relato. El narrador describe lugares y personajes que Elorrio se encuentra desde Madrid hasta Valencia, y después, una vez llega a París, halla la excusa perfecta para contraponer costumbres entre los dos países, pues Elorrio va encontrando a distintas personas que vienen de España o tienen noticias recientes, eventos que le permiten exponer diferentes reflexiones filosóficas mediante las que el lector asiste a su evolución existencial.

Lo que más llama la atención es la cantidad de cancioncillas tradicionales que aparecen, tanto españolas como francesas; algo que nos lleva a aquel periodo, pues a principios del XX eran usuales entre el pueblo las burlas hacia personajes conocidos, cantadas una y otra vez hasta que formaban parte de la cultura popular «Por todas partes se oía este canto con un ritmo pesado y triste:
A las puertas de Madrid,
lo primero que se ve
son milicianos de pega
sentados en el café»

El disfraz, un tanto ingenuo, también formó parte de la época para todos aquellos que, en algún momento, quisieron salir o entrar de donde el destino los había enclavado al empezar esta revolución «…no sólo se cortó el pelo, sino que se lo tiñó de negro y disimuló sus ojos poniéndose gafas de cristales obscuros […] en ese tiempo la población madrileña sufrió de repente una epidemia de oftalmias y conjuntivitis…». Por supuesto, este disfraz iba amparado, además, en la noche: «El tiempo no era bueno para la fuga […] pero ya entonces todo iba tomando una obscuridad protectora».

Mientras huye de Madrid, Elorrio siempre va con algún acompañante que, bien encuentra por el camino, bien coincide con él en pensiones de los lugares por donde va pasando. Esto permite ir elaborando una descripción detallada de la naturaleza española, fauna, flora, costumbres, sobre todo del campo, y, por supuesto, posibilita un vocabulario lleno de tecnicismos, relacionados en su mayoría con el campo y la cotidianeidad del momento, por lo que, a veces, nos encontramos con términos que presentan alguna dificultad de comprensión: tomizas, lacértido, correo neumático o con otros ya en desuso: aguardillado, nerviosidad, lagoterías.

Asimismo llama la atención la diferencia entre la sintaxis de la época con la actual, ya que en algunos momentos tenemos la impresión de estar ante incorrecciones: «El médico recordaba de una señora que…» «estos gerifaltes comunistas se ponen contra mí…» «Corrían una porción de rumores…».

Curiosos también determinados significantes empleados entonces que ahora estarían mal vistos, como llamar a los hombres homosexuales «invertidos» mientras que las mujeres eran «lesbianas».

Sin embargo en otras ocasiones el encuentro con alguien es motivo simplemente para comentar algún dicho, o para contar algún suceso de la guerra que, por supuesto, podría haber ocurrido realmente, pero que no aporta nada al argumento «corrían una porción de rumores alicortos. Se decía que no se podían tomar productos medicinales del calcio porque estaban envenenados. No se comprendía para qué».

En París, Elorrio se encuentra con Gloria, una mujer joven, casada, que estaba allí sin su marido. Gloria es uno de los pocos personajes que se mantiene hasta el final de la novela aunque su papel en ella sea sólo para hablar a veces con el protagonista, quien termina pidiéndole matrimonio; sin embargo ella no acepta, así que cada uno resuelve su vida en una parte distinta del mundo.

En realidad, creo que todo el libro es una reflexión del autor sobre la guerra, las brutalidades que se comente en ella y sus consecuencias como el egoísmo, la falta de humanidad, el endurecimiento de las personas y la soledad.

Además Pío Baroja, no podía ser de otra manera, aventura una curiosa teoría de por qué en esa primera mitad del siglo XX no habías buenas novelas (¡Qué diría Cela si pudiera!), llegando a la conclusión de que el ambiente externo, el que rodea al escritor es fundamental.

«—¿Pero es que los autores modernos son medianos o es que el público no los quiere porque no los necesita? —preguntó Evans. —Yo creo que es por las dos cosas. La novela necesita misterio. No hay misterio.»

Los caprichos de la suerte es una singular reflexión sobre el destino del hombre y su realización plena que, por supuesto, siempre estará lejos de la barbarie; no importa dónde haya nacido nadie, importa la ilusión que tenga.


Pues sí, estoy de acuerdo con el autor.

domingo, 31 de agosto de 2014

MITO DE MADAME BOVARY

El último libro de estas vacaciones ha sido Madame Bovary. Ya lo había leído hace mucho tiempo, no recuerdo cuántos años han pasado pero sí que me impactó porque lo encontré atrevido para la época en la que Gustave Flaubert lo escribió, 1856. La protagonista me pareció una avanzada de su tiempo, una mujer que no anteponía nada a su felicidad o a sus intereses y que dejaba muy en entredicho el concepto tradicional de madre-ama de casa. La impresión que tuve fue la de estar ante un icono de la liberación de la mujer.


La novela está dividida en tres partes. En la primera conocemos cómo es Emma, una niña fantasiosa que incluso se inventa pecados para llamar la atención del cura; una chica que quiere cambios constantes, por eso acepta a Charles como marido aunque no lo quiera, previendo una vida de novela, y por eso entra en una depresión al ser consciente de la monotonía.
En la segunda parte se mudan de Tostes a Yonville, allí tiene a su hija y allí se enamora del pasante de notaría, León, pero éste se va a terminar sus estudios. Aparece Rodolphe, un embaucador sin escrúpulos que pretende otro trofeo más con ella mientras que Emma desea escaparse con él para tener una vida llena de aventuras. Lógicamente Rodolphe la abandona y esto hace que de nuevo caiga en otra depresión, hasta que su marido la lleva al teatro, en Rouen, y allí ve de nuevo a León quien, ahora sí está dispuesto a conquistarla.
En la tercera parte Emma aprende a mentir y consigue tener libertad para ir sola a la ciudad a verse con su amante todas las semanas, hasta que se harta de esta nueva rutina. Sus excesos van en aumento. Cuando es consciente de que el usurero Lheureux puede llevarla a la cárcel, pues ya nadie está dispuesto a prestarle dinero, decide quitarse la vida, y en el mismo almacén de la botica se toma el arsénico para regresar después a su casa y morir de forma lenta y dolorosa.
Pero si no consigue una vida y muerte de heroína romántica, su marido hace que tenga un entierro de novela; la viste de novia, con el pelo suelto y en tres ataúdes, uno de roble dentro de uno de caoba dentro de otro de plomo, cubierto a su vez por un paño verde. Con el paso del tiempo, Charles encuentra las cartas de amor de Rodolphe, aun así perdona a los dos y él muere de repente quedando su hija desamparada.
Hoy, después de la segunda lectura, casi me ha impactado más la personalidad pusilánime de Charles Bovary, quien me ha dado, junto a su hija, una pena tremenda. También mi sentimiento hacia la protagonista ha sido de lástima, porque Emma sufre constantemente, es un alma atormentada que puede no encajar del todo como “feminista” auténtica… ¿Por qué es, entonces, un mito? Indudablemente la obra es un mito; los momentos innovadores se suceden con los tradicionales de forma que, a veces, cuesta trabajo diferenciarlos. Flaubert abre la puerta a la novela moderna en cuanto que se olvida de los condicionamientos morales de la época y muestra, con todo detalle, el comportamiento inusual de una mujer casada del siglo XIX. “Madame Bovary” pertenece al Realismo, las descripciones y la objetividad del narrador así lo atestiguan y, sin embargo, el comportamiento de la protagonista es romántico. La técnica narrativa es innovadora, moderna, hay hasta tres narradores diferentes que aportan, con otros tantos puntos de vista, fluidez a las 430 páginas que conforman la novela. Otro toque moderno, rompedor, lo da Homais, el boticario de pensamiento anticlerical y, sin embargo nos reímos de él porque es un petulante, de hecho, al final queda retratado como un impío corrupto que busca figurar. Y ella, Emma Rouault, se salta las normas constantemente, pero también lo hacen sus amantes y no mueren retorciéndose de dolor sino que rehacen su vida sin problema.
No he podido remediarlo pero me han venido a la mente otros personajes literarios, rompedores del orden establecido que, al final pagan su atrevimiento, Celestina, Werther, son castigados por su inadaptación; Don Quijote puede ser quien más se le parezca desde el momento en que representa, como Emma, una actitud ante la vida (muy distintas las dos pero ambas modelos míticos del idealismo). Y así entramos en el mito de Madame Bovary, o en el bovarismo, que no es otra cosa que la insatisfacción crónica de una persona que tiene ilusiones y aspiraciones desproporcionadas a su realidad.
Y ahora podría identificar en este mito a bastantes personas reales; pero no es el momento, sino que es cierto que es un problema actual bastante común y podría ser motivo de debate. Ahora es el momento de profundizar en Emma y en pensar por qué su castigo no sólo le afecta a ella sino también a los que la quieren; da la impresión de estar ante un determinismo fatalista en el que se sumergen su marido y su hija y del que no saldrá ninguno de los dos.

Realmente creo que el mito de Madame Bovary es la fatalidad, el destino aciago de los que pretenden librarse de la realidad mediante sueños que toman por reales. Ahí reside el paralelismo con Don Quijote, Flaubert fue un apasionado de los clásicos del Siglo de Oro, Cervantes y Shakespeare a la cabeza, pero también leyó a Tirso y hay indicios de comportamiento donjuanesco en Emma Bovary; ésa es la liberación que enarbola. Una mujer que se comporta como un hombre, como un don Juan; engaña a su marido y se engaña a sí misma al creerse feliz pero incluso llega a hastiarse de su amante cuando la situación deja de suponer una novedad, porque lo que quiere es ser el centro de atención, mimada, admirada, halagada y sorprendida en todo momento, pero la realidad es más triste, monótona y previsible, y Emma no tolera la previsión, quiere ir de sorpresa en sorpresa haciendo lo que le apetece en ceda momento. Cuando se da cuenta de que no puede ser tan caótica, de que lo que ha conseguido es la ruina, la decepción y el abandono de quienes pensaba que la adoraban, se suicida. Sin pensarlo. Sin buscar una posible solución porque ella es instintiva y caótica, de ahí que levante pasiones, pero también que intimide.