sábado, 14 de septiembre de 2024

LOS DESPOJOS DE LA IRA

Me gusta cómo escribe Estela Melero. Cuenta una historia, o más, presenta a los personajes de forma intermitente y nos deja leer, pero permite que accedamos al texto para entenderlo solo cuando ella lo considera necesario. Su expresión es clara, asequible y la trama es intrincada. La autora nos lleva donde le interesa, consiguiendo que nuestra mente se llene de interrogantes, hasta que, solo al final, recuperamos toda la información que ha ido depositando. La estructura es habitual pero la construcción es original, incluso encontramos datos que despistan al no ser relevantes para el caso y los lectores pensamos que sí, que podría ser… La duda es la marca del proceso de lectura y la reflexión la de la finalización del acto de leer, cuando entendemos perfectamente lo que nos ha ido diciendo cada personaje en cada momento.

En Los despojos de la ira, su última novela, el título es una señal de lo que vamos a leer. Nos encontramos ante una emoción intensa, agresiva, producida cuando nos sentimos atacados. Este enfado es el que demuestra la protagonista, tanto, que la moviliza a la venganza, a los despojos de ese sentimiento.

De nuevo el dolor de una mujer será el tema fundamental de la historia de Estela Melero Bermejo. De nuevo, la furia de una mujer la llevará a perder la razón. De nuevo, la fuerza de una mujer conseguirá resolver su situación aunque sea momentáneamente. De nuevo, la constancia de una mujer, la llevará a solucionar los problemas.

Está claro, en Los despojos de la ira la mujer es la protagonista. La mujer es víctima, victimaria, honrada, confusa, clara, resistente, débil, tenaz. La protagonista de esta novela negra es la inspectora Victoria Cuevas. Su constancia y perspicacia solucionarán los asesinatos. Pero también ella fue en su momento víctima y resolvente de sus sentimientos.

Asimismo, Pilar, Lucía, Bibi, Eva son víctimas y victimarias. Mujeres que con mayor o menor intensidad han sido tocadas por la ira despertando en ellas deseos de venganza. Todas las emociones posibles de una mujer están en este libro: la inocencia, la debilidad, la fuerza, la crueldad, la sensualidad y la resistencia. Porque es Estela Melero y, como en cada una de sus novelas, la mujer es esencial. Los hombres, aunque unos buenos, otros depravados, son meros estímulos para que la mujer actúe. A veces creo que el huracán Estela necesita aplacar su energía en sus protagonistas.

Los despojos de la ira tiene dos partes diferenciadas donde se dan cita cincuenta y cinco capítulos y un epílogo.

Los capítulos se dividen en dos partes: Una con diez apartados señalados alfabéticamente en primera persona. La narración se refiere desde atrás hacia el presente y va enfocada a cumplir un objetivo futuro. En determinados momentos cuenta los hechos desde el presente hacia atrás, sin aclarar nada en concreto. Sabemos que quiere venganza. Sabemos que la primera persona es la voz de Eva aunque no estemos seguros de que su nombre sea real. Tampoco tenemos claro si lo que cuenta es cierto o fruto de su mente traumatizada: «Sé que Mirem se pregunta por qué me llaman Eva […] Pero la realidad me ha golpeado, me ha sacudido. Un bebé vivo no es algo soportable para mí». Será la propia Eva quien se considere un despojo de la ira cuando sea consciente de que no ha canalizado bien su enojo «…siento agotamiento… Somos despojos de la ira».

El lector va analizando las razones de Eva pero la autora no permite que nos relajemos. Cuando empezamos a creer a la protagonista aparece en su vida Rosa, su amiga, a pesar de que ella no recuerda haberle dado su ubicación.

Todos son sospechosos desde ese momento: «Yo le dije dónde estaba. Eso me dice. Que se lo dije en una carta cuando me instalé. No lo recuerdo». A veces, la primera y la segunda personas se mezclan al incluir diálogos sin raya distintiva, la convicción de Eva se difumina en la opinión de su amiga, tambaleando la seguridad del lector: «Un día sonó una canción y tu cara cambió. Es cierto, noté una sacudida. Me asaltaron imágenes oscuras […] Debes dejar de atormentarte con eso».

La otra parte de la novela está formada por cuarenta y cinco capítulos, en orden numérico, que se van intercalando en los alfabéticos. El narrador, en esta ocasión es un testigo que, en tercera persona, va relatando la investigación policial, encabezada por Victoria Cuevas, referente a la desaparición de Pilar Martí de Querol, viuda del abogado D. Ignacio Martí de Querol.

Esta desaparición, tiene trazas de ser un asesinato y para solucionarlo, la policía tomará declaración a los hijos, a la abogada más prestigiosa del bufete, a los usuarios de una academia de baile a la que a asistía doña Pilar y a todos los trabajadores del edificio de la desaparecida. Todos tienen coartada. Nadie vio salir a Dª Pilar del edificio pero su coche no está ni ella tampoco.

El narrador apenas se permite comentarios, parece totalmente objetivo, de hecho son los propios personajes quienes van dejando sospechosos, ya dirijan las acusaciones hacia otros o hacia sí mismos «—No, no estuvo. Él salió a sus clases de baile…». Y, sin embargo, confunde al lector con datos indicativos de que puede tratarse de algo distinto a lo que parece «¿Y si ella no es la víctima?».

También los testigos confunden a la policía al pensar que el comportamiento de la desaparecida no era el que se esperaba de alguien de su edad y clase social «—Daba vergüenza— interrumpió la esposa —[…] jamás nos hubiéramos imaginado que ella se volviera de esa forma».

Poco a poco, sin darnos cuenta todo se va enredando más. Los más allegados a Pilar van quedando implicados y, como quien no quiere la cosa, los muertos van aumentando. Hasta cinco asesinatos tiene Victoria que resolver y sólo cuando se iba a cometer otro, casi en la última página, la inspectora acierta sobre quién ha podido estar detrás de esas muertes y por qué.

Hasta entonces no lo sabremos, porque cuando las relaciones están marcadas por la infidelidad, todos son sospechosos «—Silvia, mi madre ha desaparecido —le informó de esa forma fría con la que los años de infelicidad matrimonial habían logrado impregnar las conversaciones».

Cuando las relaciones están marcadas por la ocultación y la mentira, todos son sospechosos «—…Mi padre recibía amenazas, ¿verdad?».

Y las sospechas van salpicando los capítulos, tanto los referentes a Eva como los de Pilar. Victoria será la que los una haciendo que todo cobre sentido y lleguemos a entender cómo quienes sienten el deseo de venganza no han conseguido sino entrar en una lógica destructiva que daña a todos, porque la ira no entiende de límites.

Esto es lo que deja transmitir Estela Melero en su última novela; una novela escrita con la fuerza de otro sentimiento: la pasión; la misma con la que leemos sus novelas mientras sentimos que ella es, ante todo, inteligente. Y buena. Y al seguir leyendo confirmamos su sentido del humor.


sábado, 7 de septiembre de 2024

LA HIJA DEL COMUNISTA


La hija del comunista es una novela corta que cuenta, sin embargo, hechos ocurridos desde 1937 hasta 1992. Cincuenta y cinco años de la vida de los Zieler y de la situación de dos países que sufrieron guerras y decisiones atroces.

No hay alegría. Es imposible, porque la pena inunda las ciento cuarenta páginas del libro, incluso la autora, Aroa Moreno Durán se despide, en sus “agradecimientos”, con una evidencia demoledora «Treinta y tres años han pasado desde la caída del muro de Berlín y todavía existen en el mundo otros treinta con los que se intenta impedir el flujo de personas de forma violenta».

La novela contribuye a que conozcamos mejor la vida de los emigrantes republicanos españoles. Manuel, un comunista español, es acogido en la República Democrática Alemana durante nuestra guerra civil. Años después, Isabel huye durante el franquismo. Ambos forman una familia y, en Alemania, tienen dos hijas, Katia y Martina. Ni Isabel ni las niñas son realmente felices, por el desarraigo de la madre y las carencias de las hijas. Katia se enamora a los 20 años de Johannes, un chico que recorre más de quinientos kilómetros para verla en más de una ocasión, por lo que ella abandonará a su familia para exiliarse en la Alemania occidental y poder formar una familia libre y feliz. Una decisión que no podrá cambiar y marcará su nueva vida y la de los que dejó.

Como cualquier novela, es ficticia; sin embargo, hay datos y sucesos históricos. Al leer La hija del comunista conocemos mejor las condiciones de vida de los que tuvieron que emigrar durante o tras la guerra civil. Condiciones de hacinamiento, deplorables que, como cualquier resultado de la intransigencia, sacaron lo peor de los seres humanos. Los republicanos, los comunistas, los rojos que hubieron de huir en nuestra guerra y llegaron a Alemania se encontraron al poco con otra guerra que dividió el país. Entre las condiciones de la posguerra destacan la miseria y el miedo de los que quedaron detrás del Muro de Berlín. Allí vivió la familia de Katia, pasando penalidades, soportando tesituras que ni ella ni Martina, su hermana, se plantearon. Tampoco su madre. Isabel vivió ajena a, o no quiso ver, la labor delatora que Manuel ejercía para la RDA, la misma que lo consideró sospechoso de la marcha de su hija.

Esto es lo que más me ha llamado la atención, el miedo, la incertidumbre de unas vidas que solo sobreviven.

La tristeza de Isabel es fruto del horror que vivió en España, de la falta de libertad que experimentó en la Alemania del Este y por supuesto, de las penurias y la desconfianza hacia todos los que los rodeaban. Las niñas apenas recibieron un regalo en veinte años, cuando nada esperaban. Katia obtuvo de su padre una pluma y Martina una caja de herramientas. Hecho que Isabel censuró a Manuel, «Mamá reprendió a papá por el gasto: ¿crees que somos ricos o qué?».

Pero a Katia le llegó también un libro de Neruda, Johannes se lo dejó en la puerta de su casa: «me senté a la mesa con el libro en las rodillas». Están enamorados.

Katia decide escapar al otro lado del muro y empezar una vida feliz al lado de Johannes; la familia de este paga la huida, un gesto que encierra grandes dificultades no solo económicas. La existencia de Isabel se repite en Katia: a la soledad del desarraigo se une la duda y la culpa de cómo lo ha llevado a cabo, en secreto; se une el dolor, el mismo dolor que acompañó a su madre, «A mamá la vida del gueto no le gustaba. Quería ser normal [...] y que papá se alejara del partido y trabajara en una fábrica».

Katia no ha tenido infancia, no ha tenido amigos, ni juegos, ni alegrías. A los veinte años se encuentra con el regalo de una amistad «Julia fue mi primera amiga de verdad, como son los amigos de los veinte años», hecho que confirma su aislamiento vital. Y a los 20 años se descubre encandilada por una esperanza: la vida libre junto a Johannes.

Pero cuando da el paso se percata de que no es lo que esperaba. Triste e invisible comienza otra vida, que no es sino la subsistencia que experimentó su madre. Katia no tiene raíces en las que anclarse, lo que la lleva a no identificarse con nada ni nadie y terminar abandonando cualquier vínculo afectivo, «Porque siempre había algo, adentro, […] que me decía que yo ya había elegido […] y este sería mi castigo. Vivir sin tierra. Como vivió mi madre».

Al caer el muro, en 1990, renace su esperanza, pero ni nosotros ni ella sabemos si podrá retomar su vida. Los sentimientos encontrados hacia su marido la llevan a sentirse incómoda. Katia vive en una continua fatiga provocada por un laberinto emocional.

Cuando puede regresar a su casa de Berlín se da cuenta de que no es su casa. Su hermana le entrega una caja que contiene la vida de una familia que intentó dejar su huella en un lugar y no le fue posible.

El futuro de Katia queda, como la novela, abierto.

Moreno Durán escribe muy bien; gracias a eso podemos imbuirnos en el dolor y seguir leyendo.

La novela está dividida en cuatro partes y un preámbulo, in medias res, con la voz de un narrador omnisciente en tercera persona. Narrador que retomará su labor en la cuarta parte, Vaterland, para exponer la angustia lejana de los recuerdos y la de las vivencias presentes.

Este principio y final enmarcan el texto de forma interpretativa para el lector. Probablemente el narrador sepa el final, qué ocurre con Katia, pero no lo cuenta, deja que interpretemos, que intuyamos cómo sigue su historia. La finalidad de este narrador es asentar la historia en un tiempo repetitivo monótono, de soledad: «La nieve no hace ruido al caer».

En este marco lo que importa no es tanto la vida de Katia como la de tantos inmigrantes que no han visto cumplido su sueño. Encontramos el plural impotente, aunque no lo diga, «Nos arrinconaron […] tiraron […] no cerramos esa puerta […] teníamos que esperarte». Encontramos el dolor, la invisibilidad de los que no han sido, la cosificación de quienes se han limitado a sobrevivir con miedo: «Un portafolios contiene fichas de otros españoles que vivían en la Alemania oriental […] Nombres, nombres y nombres y apellidos de españoles […] tiene tales libros, tiene dinero guardado en la casa…».

Las otras tres partes de La hija del comunista: El este, La tierra de nadie y El otro lado están narradas por Katia en primera persona. En ellas, todo fluye en presente aunque el tiempo no dé tregua. Es una escritura pausada, con adjetivos valorativos que reflejan el sentir de la protagonista; las descripciones mínimas, como si se tratase de una colección de fotos, acentúan el estilo poético «Lloraba con la tristeza de mamá, roja y silenciosa».

Los diálogos en estilo indirecto agilizan la comunicación y el ritmo nos llega con fluidez. Otras veces los diálogos se colocan sin raya, de esta forma se integran en la narración intimista de la narradora y exponen su desarraigo «No soy española. Pero tampoco soy Jutta». También aligeran el ritmo las oraciones anafóricas que, además, otorgan mayor importancia a lo que interesa resaltar, la angustia y la animalización: «han cogido a una mujer […] Que la mujer fue saltando por […] Que aún estaba la sangre […] Que había goteado por […] Que […]».

La desolación está presente, incluso las premoniciones pierden su función imprecisa y se convierten en certeras pesadumbres: «sin saber que, como el cosmonauta, tampoco encontraría a Dios al otro lado».

Katia es consciente de que va soltando vínculos afectivos al mismo tiempo que se ve presa de la culpa y la contradicción que se acrecienta cuando utiliza la segunda persona «Johannes lo dejó todo por ti, Johannes que me quitaste todo».

Contradicciones que claman, ante todo, la necesidad de derribar muros entre los seres humanos, visibles o no.

martes, 3 de septiembre de 2024

GORGONIO, COMISARIO EMÉRITO

He terminado una novela en la que, a pesar del empeño del protagonista en afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor, queda demostrado que los adelantos científicos son importantes, y mucho, para que las sociedades avancen.

Con estos sentimientos encontrados me ha gustado la narración de Alejandro M. Gallo y no me ha gustado el protagonista aunque me he reído con él. Voy a intentar explicar con pasajes del libro estas sensaciones ambivalentes.

Para hablar de Gorgonio, comisario emérito, he diferenciado dos aspectos: Cómo es el personaje y cómo es la narración.

Gorgonio es un típico personaje de ficción; afortunadamente sería difícil encontrar un antihéroe de esas características: Parece que está deseando jubilarse y sin embargo acepta poca ayuda de los demás. Constantemente infravalora la labor de la policía científica o la de la perfiladora criminal, aunque le vengan bien tanto el trabajo de Pepote como el de La Mari. Pero tampoco le interesan las opiniones que los demás tienen sobre los casos que investigan o sobre cuestiones más livianas; incluso recela de estudios que anteriormente ha realizado la policía. Únicamente confía en su intuición y tiene claro que su forma de llevar a cabo la investigación es la más adecuada.

Es como si el autor hubiera desempolvado el baúl de la historia para sacar a un tipo que parece más de los años 60 que de la segunda década del segundo milenio


—…el autor puede ser un hombre o mujer de raza blanca…

«¿Raza blanca?», pero si aquí no hay negros ni amarillos ni cobrizos. ¡Chorradas!

—…tal vez sea lector de la Biblia…

Joder con la Mari. Se ha empollado todos los episodios de Mentes criminales. Ni caso. Yo, a oler un poco, que es lo mío.

Por supuesto, a Gorgonio le parece algo ridícula la nueva normativa nutricional que, como el colmo policial, también ha llegado a los cuerpos de seguridad, con lo que la sociedad se verá afectada por el bajo rendimiento de unos profesionales más preocupados de su aspecto que de sus funciones policiales, «Nada de alcohol ni tabaco, y lo único que les desvela es la bacteria PPJ del agua mineral […] Hasta han sustituido por leche de soja, que sorben con pajita, los vinos peleones […] El hard boiled ha sido reemplazado en la mierda de la posmodernidad por el “detective gominolo” […] ¡Que la Santísima nos proteja! ¿Dónde iremos a parar?».

Por el contrario, Gorgonio es un degustador de los placeres primarios, le encanta el vino y la comida; si son buenos, mejor; lo que, pasados los 60 años, no contribuye a su forma física; él lo sabe y lo asume con más ironía que convicción «…tendría tres o cuatro  filas de abdominales pequeñitos como los de Cristiano Ronaldo, y no un monoabdominal como el que luzco», «Estoy cojonudo… Una carrerita que me coloque… el hígado en la boca… es lo que me recomendó el médico».

Constantemente intenta convencerse y convencernos de que su único deseo es abandonar el trabajo y pasar a una jubilación que nunca llega.

Su vida privada tampoco mejora. Gorgonio es un machista de manual, de mente cerrada que piensa que a las mujeres y a los hombres se los mide con un rasero diferente, «Uf, que fea es […] está claro que no se casaron por amor, y descartado que se la esté beneficiando el mayordomo. O cualquier otro». Los nombres de algunas mujeres implicadas en los casos tampoco ayudan a eliminar la idea que tenemos del protagonista, lleno de prejuicios trillados, «¡qué hembra! […] Vaya contoneo. Pechos inflados y pitones que me miran de frente. —Comisario, la señorita Elena Zorravista —me informa la Mari».

Y, aunque en reiteradas ocasiones esté en contra de una sociedad que él considera ñoña, pueril, tiene en casa a su hijo de más de treinta años sin estudiar ni trabajar, jugando todo el día con el ordenador; algo que se le volverá en contra en cualquier momento; aun así considera que él no es responsable; es más fácil achacar a la sociedad sus fracasos: «la puñetera pedagogía posmoderna tiene la culpa. Si le hubiese dado un bofetón a tiempo». Gorgonio no es un buen padre, ni para el hijo que vive con él ni para la hija que no quiere conocer, fruto de una noche con la Mari dieciocho años atrás.

Gorgonio es un ser paradójico pues no aplica lo que piensa del ser humano ni para él ni para su hijo «Ahí está, tumbado en el sofá con una bolsa de patatas fritas, embobado con la tele y el ordenador escupiendo mensajes […] la solución la vio Unamuno: un poquito de hambre y el universo se expande ante uno». En estas condiciones no es de extrañar que abandone a los que considera que no merecen la pena «Los tres saltan sobre él y le propinan una paliza […] me escabullo como puedo…».

A pesar de todo es considerado como un buen policía; el mejor, por eso lo requieren de cualquier punto del mundo cuando se trata de descubrir asesinos en los casos más difíciles. Sin duda es por su capacidad de deducción y su intuición. Y este personaje algo vividor, penoso y bastante cómico queda definido a la perfección gracias al estilo de Gallo en el que el humor es la seña de identidad.

El narrador es el protagonista, Gorgonio cuenta en primera persona, y siempre en presente, lo que va sucediendo en cada momento. No se detiene en largas descripciones por lo que el ritmo es rápido. Sí describe de forma exagerada sus acciones; al utilizar la hipérbole, sinécdoques o hipónimos deja que el lector descubra su mente con una sonrisa o una carcajada:

Ni los diez litros (de café) que me he tragado parecen aminorar el clavo en la testera […] Me calzaré para ocultar mi precario estado al mundo, unas gafas oscuras y este viejo Fedora, regalo de Robert Michum en la otra vida.

A veces tampoco reflexiona sobre cómo va descubriendo las pistas ni qué consigue con cada una sino que, en los diálogos nos enteramos al mismo tiempo que los personajes.

Sólo en el relato Vallekas conection los narradores van alternando la primera persona del comisario y la del inspector Ramalho da Costa, honrado de colaborar en un caso de boxeo con «Un individuo grueso […] “singular”, había dicho el jefe superior».

Asimismo se vale de sinestesias humorísticas bastante gráficas «Cuelga el teléfono y me lanza una mirada laxante».

Las conclusiones de Gorgonio, al ver actuar a su equipo como si estuviera representando una escena del teatro del absurdo, descubren su pensamiento irónico «Definitivamente, hemos inventado un nuevo método de interrogatorio: la poli lista y el poli descerebrado».

Ironía que llega al sarcasmo al referirse a ciertos tópicos sociales o a realidades impuestas que no parecen pertenecer sino a una existencia paralela, «el local en la planta 41ª fue adquirido por la Iglesia de Nuestra Señora de la Ciencia del Séptimo día». No solo las sectas, cualquier tipo de Iglesia es objetivo de sus dardos, «—Otra duda: ¿en qué parte de Palestina encontró Noé los dos pingüinos para subirlos al arca?».

La mordacidad de Gorgonio no tiene límites. Ataca a la televisión basura, a algunas series policiales, a la alta sociedad que se sabe alta y a los neonazis.

Sin embargo muestra con humor un respeto y cariño hacia ciertos deportistas, personajes literarios o autores de novelas que incluso le sirven para protagonizar algunos relatos: «Farmacia de guardia. Licenciado Vidriera», «Y yo mismamente en persona también —continúa Catarella», «Buf, descubro que me estoy pareciendo al comisario Kostas Jaritos de Petros Márkaris».

Pero Gorgonio luce tres rasgos que lo hacen único: la utilización de onomatopeyas, con las que ahorra describir sus sensaciones «Rum, rum, rum…», «Buf, donde estén nuestros expresos», «Hum, hum»; una expresión fetiche con la que comienza los casos, repite en los capítulos y define su estado de ánimo «¡Cagüén mi manto!»; y el uso de cosificaciones para definir a ciertas personas «Ahí se acerca la mandíbula cuadrada del inspector Matías», «Ahí llega la inspectora con su lunar y su contoneo».

No cabe duda de que Alejandro M. Gallo ha elaborado un personaje «singular». Una pena que, en esta edición, podamos encontrar bastantes erratas, algo inusual en la editorial Reino de Cordelia, una de las que me merecen más confianza.

martes, 27 de agosto de 2024

ESTAMPACIONES

He recibido de la editorial Talentura un regalo: Estampaciones, un libro de relatos cortos, escrito por Alena Collar. No conocía a esta autora, pero venir de esta editorial era una garantía de calidad. Gracias, porque he descubierto en la autora una prosa poética, casi descriptiva que me ha trasladado de manera cómoda a la tranquilidad de la prosa del 98.

En Estampaciones intuimos el bloqueo ante la página en blanco pero la autora cuenta con varios disparadores creativos, el más importante, la observación. A partir de una imagen estática o un paseo, crea una historia o simplemente lo describe con un estilo claro, lento, sin prisa, atendiendo al detalle, idealizando el entorno; algo que le permite reflexionar en una nostálgica sensibilidad del protagonista y de la monotonía incluso.

Los relatos tienen en común cierta paz. Cuando llegamos al final, Tapiz, somos conscientes de que en este libro hay toda una vida contada, tejida despacio a través del tiempo con «…las pérdidas, las renuncias las pequeñas victorias». En Tapiz sabemos «cómo a través de los años, de las manos más cansadas, de todos los asentimientos y negaciones, la vida… era esto».

En poco más de cien páginas hay veintinueve relatos, alguno es un microrrelato, que van contando, si nos damos cuenta, la vida de una mujer que, asomada al balcón ve pasar a los vecinos o a turistas, mientras recuerda cotidianidades importantes para ella.

Apenas hay acción. Esta mujer se confunde en el primer relato, La mujer que mira, con la autora y su proceso de escritura, que consiste precisamente en observar. Si continuamos leyendo vemos que ella es consciente del paso del tiempo, tan caprichoso, que hace que fluya de manera irregular, «se estiraba y se encogía. La tarde, digo. Parecía un chicle, por dios santo» y en ese transcurrir entendemos lo importante de ese proceso de escritura, su finalidad: «Los personajes, los presos del escritor, solo merecen un destino: ser leídos. Quedarse acodada a la barandilla […] mientras ustedes llegan al punto final y pasan la página y la dejan sola».

Esta mujer puede permanecer una tarde oyendo la orquesta de la lluvia, «una sinfonía que en el último momento morirá suavemente sobre tu ventana como si te acariciara».

Mientras avanza la tarde recordará con nostalgia a Néstor y su afán de proteger a los demás con sus paraguas rojos.

Haciendo gala de cierto humor absurdo, infantil, soñará con ángeles y, en vista de que no dan resultado, hará venir a extraterrestres que se les ha puesto difícil regresar a su lugar de origen, «porque tengo el trasto parado y la Central no me lo soluciona».

Con una ternura infinita hacia su vecino Manuel, que «está muy bien cuidado. Lleva tres años en la residencia», recapacita sobre la soledad de la vejez cuando a los años se le añade una enfermedad, la tristeza de llegar a la conclusión de que terminas la vida sin nada.

Con cierta nostalgia, al ver que dos fotógrafos plantean la posibilidad de entrar en una foto, para decirles a los fotografiados cómo será su futuro, reflexiona sobre la imposibilidad de dar marcha atrás. Lo que hemos hecho queda tal cual. Hay deseos imposibles, por lo que, en La fotografía, aparece cierta invitación a disfrutar de cada momento, «saca de la carterita la fotografía de su madre y él a los ocho años, en el parque. […] sin saber bien cómo, sonríe con nostalgia».

Mediante la observación, la mujer ve a lo lejos la estación, y se detiene en los actos que realizan quienes esperan que salga el tren, mientras cruzan por su mente pensamientos sobre su vida. Las asociaciones de ideas son fundamentales también para el proceso de la escritura; son conexiones naturales que nuestro cerebro realiza para formar ideas complejas a partir de otras simples; asociar ideas por semejanza es trabajo de la imaginación, algo fundamental en la literatura y que Alena Collar establece en su escritura, «El pasajero […] le recuerda a su yerno […] porque siempre va hecho un Adán».

La autora deja que sea el narrador quien, en tercera persona, vaya contando lo que ve y vaya imaginando historias, como la del reenamoramiento de El tuteo; concede al narrador el privilegio de saberlo todo sobre los personajes y le deja que nos lo cuente como quiera, de manera lógica o fantástica «A los pocos minutos, aparece una segunda figura en el balcón […] Ella dice algo en voz baja. El asiente…». El poder omnisciente del narrador consigue hacernos partícipes del dolor por la ausencia de los seres queridos, aunque en los relatos permanece la aceptación. Los personajes manejan su nostalgia, su melancolía de forma que no se transforme en un vacío interior sino que sea el origen para construir una memoria y poder revivir allí los buenos momentos. En el presente nos queda la realidad, algo que debemos asumir como parte del trayecto vital.

Cuando en el recorrido no encontramos la vida deberemos aceptar el final para que en la memoria del que queda permanezca solo el encanto del que se va, «duerme tranquilo en esa celda […] porque Sara ya no es un vegetal sino un recuerdo bello».

Estampaciones es un libro de relatos cortos que podría ser un relato corto sobre la vida, lo que es, la aceptación que le debemos, porque nos ofrece la posibilidad de sentir belleza y paz en lo que nos rodea. Como todo proceso tiene un principio y un final. La alegría del comienzo, el consentimiento del final, sobre todo si ya no somos capaces de sentir.

Alena Collar escribe sobre la vida en unos relatos que mantienen correspondencias vitales naturales o casuales, según las circunstancias. Una vida metáfora del proceso literario, con un comienzo dudoso, unos personajes que actúan y un final que podemos recordar, que siempre estará con nosotros pero que no podemos cambiar.

En estas reflexiones de Collar encontramos el atractivo del detalle, la tranquilidad de la tradición, la sorpresa de lo novedoso, el humor de la inocencia y el dolor.

Talentura es una editorial independiente que, desde 2008, lleva dando a conocer a escritores nuevos con gran acierto. Uno de ellos es Alena Collar a quien agradecemos que en 2018, con motivo del X aniversario de la editorial, reescribiese sus Estampaciones.

Y yo agradezco a Talentura este valioso regalo.

martes, 20 de agosto de 2024

LA MALA INTENCIÓN




Me gusta saber de nuevos escritores cuando me gusta lo que leo. A pesar de la larga trayectoria literaria de Chelo Sierra no había leído nada de ella. Gracias a Talentura la he conocido y he pasado unos ratos bastante divertidos con La mala intención. No descarto leer otro libro más de la autora.

La mala intención alude con su título a algo que se hace para fastidiar a alguien. Efectivamente, pero hasta las acciones más reprobables podemos disculpar si van encaminadas a enmendar otras infligidas por un narcisista.

La mala intención es un cozy crime en el que lo primero que aparece es un muerto, bueno, «En realidad, solo un poco, lo justo para respirar a duras penas». Este hecho le sirve a Julia para reflexionar sobre la vida que lleva: aburrida, sin expectativas como la diseñadora de éxito que había deseado ser cuando empezó, algo más de veinte años atrás, y que abandonó para seguir al genio, un pintor en alza al que le dan de lado cuando deja Madrid para vivir en Ervilla y tomar allí, en su retiro, ideas para una nueva técnica pictórica.

El genio fracasa y Julia lamenta haber tomado esa decisión a la que parece estar habituada a pesar de todo, «Ya solo le quedaban quinientos metros para llegar a casa, contarle la odisea al genio y reconstruir el puzzle. Planazo».

La narración es desenfadada; el problema que puede tener este tipo de lenguaje fresco, suelto, que se dirige al lector de tú a tú, donde predomina el humor es que la novela resulte algo pesada si se excede en extensión. No es el caso. La mala intención es una novela corta, perfectamente estructurada, por lo que el humor acentúa la calidad narrativa de Chelo Sierra. Es un humor irónico, personal que se abre a nosotros de manera fácil para que, a pesar de alguna analepsis o prolepsis, podamos seguir el ritmo sin dificultad. Los capítulos son muy cortos de forma que dan la impresión de ser secuencias, sin embargo dos días son suficientes para enterarnos de la vida de los protagonistas, saber quién es el asesinado, el asesino y el motivo del crimen.

Creo que el acierto mayor es representar por escrito las características de la lengua oral, algo que ofrece cercanía. En bastantes ocasiones los protagonistas dejan las frases sin terminar aun en sus pensamientos, también el narrador; esto confiere una comunicación con el lector bastante coloquial, «se acercó a él con cautela, por si.», «Si hubiera sabido que». Realmente los finales son innecesarios, entendemos cómo terminarían las oraciones. Pero adquieren otra dimensión cuando Julia continúa con esta técnica una vez que se introduce en los cuadros del genio «¿Qué hubiera sido de su vida si?» Al tener este pensamiento desde el pasado deja su destino inacabado, como si ese condicional le ofreciera otra posibilidad de futuro.

Además de jugar con las oraciones lo hace con las palabras, crea términos en el lenguaje escrito uniendo expresiones del oral, algo que fortalece la idea de imprecisión, «A los vecinos del pueblo les daba nosequé llamarle genio al genio». Observamos asimismo el juego de palabras con la polisemia, «una pareja nada pareja» o la derivación, «hasta el olor a disolvente estaba empezando a disolverse».

El humor está presente en todas sus variedades, en el uso de la jerga actual de los adolescentes, «consiguió, con dificultad de nivel pro, encontrarle…», en los diálogos absurdos que Julia y el genio mantienen, indicadores de la falta de comunicación,

—No te lo vas a creer, ha habido un asesinato en Ervilla.

[…]

—Los humanos tenemos los ojos muy pequeños y muy juntos

[…

—Y lo peor de todo es que me lo he encontrado yo

[…]

—¿Y qué quieres, que te dé la enhorabuena o el pésame

Hay humor en las aposiciones que explican innecesariamente los apodos que se dan en los pueblos «Eran Migue, Faustino el gordo y el tresdedos, aficionado a los petardos desde niño».

Humor, con cierto aire de tristeza, en la personalidad del genio, excesivamente preocupado por el orden, el perfeccionismo y el control «A ojo, sin sacar el metro del bolsillo, corrigió la inclinación y en ese gesto encontró algo de calma».

Humor irónico en las metáforas descriptivas de la convivencia, en las que Julia nos deja ver la agresividad pasiva del genio «aguantar la voz de tormenta […] cuando alguien lo sacaba a la fuerza de su eterno monoplan […] Y eso solo sería el aperitivo, el primer sorbo de Martini…».

En fin, con estos recursos Chelo Sierra construye de manera relevante la personalidad de los personajes, pero para Julia se reserva lo fundamental de la literatura: una realidad paralela donde esta chica, que ha dejado de serlo mientras quedaba anulada al lado de un genio, que también ha dejado de serlo, descubre que puede entrar en los cuadros, pensarse en el momento que fueron pintados, en las ilusiones que tenía y reinventarse. Julia y su marido obtuvieron el mundo que desearon en un momento pero él quiso otro al que ella lo siguió embaucada por el prestigio.

Sin embargo ninguno de los dos fue feliz. Esto les hace tomar decisiones equivocadas en las que podría verse cierta mala intención para con el otro. Julia se da cuenta, en esa realidad paralela que se construye, de que no quiere vivir en el mundo idealizado por otro; deja de pensar en el genio y construye su propia ucronía. Paradójicamente en esa historia alternativa de Julia, él intuye su futuro «no tenía ni idea de dónde se había metido. Quizá ella también tuviera que desaparecer de su vida para poder empezar de cero».

Julia descubre la posibilidad de otra vida y pone en marcha su capacidad de imaginar lo que no existe en el presente, que no es otra que tomar el pasado referencial y, gracias a su fortaleza emocional, recapacitar en una historia dinámica que lo es, sin duda, por la madurez adquirida.

Cuando decide entrar en el cuadro, explora su carácter y el de quienes la rodeaban en el pasado, recuerda el proceso de creación de la pintura, de su presente de entonces; evoca las emociones, las vivencias colectivas tan distintas al resultado actual… Y de todo ello surge una nueva Julia catalizadora de su futuro.

Julia es consciente de las consecuencias de sus actos: no solo se anuló en una vida a la que se acomodó como si fuera otra obra de arte, también anuló al genio. Este proceso humillante para ambos, sin sentido, acaba cuando resuelve que debe abrirse paso sola en la vida. A través de los viajes a los cuadros experimenta la transición de la dependencia del genio a su autonomía emocional. Como una nueva Alicia, los cuadros le sirven de espejo, que reflejan sus pensamientos, sus dudas, hasta que descubre la salida hacia su propia identidad.

Bien por Chelo Sierra y bien por Talentura.

martes, 13 de agosto de 2024

UNA HISTORIA RIDÍCULA

El último libro que he leído de Luis Landero me ha hecho reflexionar bastante durante su lectura, prácticamente iba comentando las diversas acciones, algunas inclasificables, del protagonista; al finalizar la lectura me he reafirmado en mi idea de que se debe leer un libro hasta el final, te guste más o menos, porque solo así podremos hablar de él con conocimiento de causa. Otra cosa es que su lectura no sea gratificante, pero esa es otra historia.

Una historia ridícula empieza bien. Marcial Pérez Armel se presenta y se dispone a contar su historia. El caso es que tenemos la impresión de que lo que narra va dirigido a nosotros: «ustedes mismos, quienes lean estas letras, son para mí unos extraños y, por tanto, una amenaza en ciernes». Sin embargo nos iremos dando cuenta de que en realidad sus primeros receptores son oyentes, aunque en todo momento piense en los posibles lectores del libro que él mismo ha escrito aconsejado por el doctor Gómez: «seguro que a alguien, quizá al doctor Gómez, le faltará tiempo para ironizar… Aunque había decidido olvidarme del lector y del doctor Gómez, una vez más oigo la voz inquisitiva de alguno de los dos…»

El vocabulario es variado. Con gran surtido de términos el protagonista decide exponer sus confesiones. Aun admitiendo que no ha estudiado tiene un alto concepto de sí mismo y su cultura, «creo ser un buen conservador, profundo, versátil y por momentos (repito: solo por momentos, y cuando lo pide la ocasión), incluso divertido».

Todo en Marcial resulta paradójico, confiesa ser amante de la naturaleza y los animales pero ejerce de “matarife” en una empresa de productos cárnicos, se precia de saber más que cualquiera que haya estudiado en un centro oficial pero se enorgullece del único elogio que obtuvo de un profesor «y además en público, que es como lucen de verdad los elogios», se sabe querido por Merche pero decide terminar esa relación porque no tiene la gracia de Pepita, aunque es consciente de que ella no lo aceptará en su vida.

Y es que en realidad Marcial es un acomplejado, tímido, incapaz de resolver de pequeño las burlas infligidas por un profesor de su colegio; incluso sus compañeros se reían de él por su forma de ser introvertida, por su físico débil que no acompañaba a su altivo nombre…; este comportamiento llegó a traumatizarlo hasta conseguir que odiase a todos los que lo rodeaban. El temor a quedar en ridículo fue tan grande que terminaba haciéndolo constantemente aunque él no fuera consciente de ello.

Luis Landero usa un estilo también paradójico: fluido, de hecho su narración es ágil y entretenida pero adolece de excesivas repeticiones, analepsis y vueltas a lo mismo «Ya dije antes, y no me cansaré de repetirlo […] Claro que pensé en eso […] Repito: el placer que nuestra animadversión empezaba ya a proporcionarnos». Y así empecé a mostrar yo también cierta tirria por esta narración en la que apenas pasaban hechos; su lectura me llevaba con una y otra vuelta a la misma reflexión, consiguiendo que viera a Marcial como un egoísta vanidoso por el que no sentía ninguna simpatía. Tampoco él empatiza con nadie, porque está convencido de que todos se burlan, de que no hay comportamientos sinceros. Marcial cree que vive en un mundo que no lo acoge, por lo que constantemente se transforma para poder encajar y, de manera absurda, esto le hace adoptar un proceder ficticio.

Es necesario seguir leyendo para ir entendiendo a Marcial y descubriendo a Landero.

Marcial es el fruto de una sociedad que lo ha hecho soberbio y miserable, incapaz de mostrar sus sentimientos, alguien sin compasión que vive en un continuo divagar simplista, sin profundizar en lo individual sino en generalidades. Constantemente se da de bruces con sus complejos, algo que admite, pero su trauma le hace involucionar y lo relega al engreimiento y al patetismo.

Marcial es un hombre anodino que lleva una vida más o menos según lo esperado de su condición sociocultural, hijo de un albañil que nunca disfrutó de la vida y que «el único (consejo) que me dio en toda su vida: “No des que hablar”, me dijo».

Hasta que Marcial se encuentra a Pepita, una chica de clase superior y pretende, a toda costa, estar a su altura para enamorarla. Pero ¿qué es estar a la altura? Nuestro protagonista lo tiene claro y nos advierte al comienzo de la novela, «es una lucha de poder, y en esa lucha estamos todos, todos los días y a todas horas, de modo que la historia de esa lucha es la historia de nuestras relaciones sociales».

Marcial lucha por desprenderse de Natalia, de Merche, de todos aquellos que no le permiten relacionarse con los que representan el poder y conseguir a Pepita, pero el encorsetamiento al que se ha visto sometido desde pequeño no se lo va a permitir.

Marcial es fruto de una sociedad represora con los débiles, una sociedad que no soporta a los pobres y humilla a quienes pretenden acceder a un puesto que por tradición no les corresponde, así su comportamiento se vuelve violento cuando se da cuenta de que se había dejado llevar por una vida monótona, con unas acciones establecidas, una prostituta fija sin otra pretensión que la de desahogarse y que denota una total soledad, «Nos veíamos todos los sábados por la tarde a las siete en punto, y estábamos juntos durante dos horas. Siempre fue así», y una novia con la que mantuvo una relación de casi tres años, aunque parecía insulsa y representaba lo que él rechazaba, «Merche tenía […] mucha materia y poco espíritu […] carecía de cultura […] pero respetaba y valoraba mucho el saber…».

Conforme vamos conociendo a Marcial nos damos cuenta de que su periplo no va a terminar bien; se enamora de Pepita pero siente que no es correspondido. Este es el tema principal de su historia. Como subtemas hay muchos, infinidad de reflexiones sobre los abusos, la falta de aspiraciones de la clase social baja, sobre los enredos de la gente para aprovecharse de los demás, sobre las extorsiones admitidas, sobre el empobrecimiento de las relaciones personales, sobre los que ven el lado optimista de las cosas porque no se han parado a reflexionar, sobre los que juzgan y critican a los demás… Multitud de disertaciones en las que adivinamos «el sentimiento trágico de la vida» y por supuesto la tragedia que esconde la historia de Marcial que, en ningún caso es ridícula a pesar de ser grotesca. Una historia ridícula es el título del cuento que Marcial escribe de niño; una fábula en la que, cuando nadie sentía compasión por él, escribe un cuento en el que los insectos más repulsivos ayudan a un langostino que se siente separado de su familia. Un cuento que engloba la inocencia y debilidad de los niños, el realismo mágico literario, el drama de la existencia humana y el humor irónico de ciertas normas o la ausencia de ellas en nuestros actos «¿qué fue de […] mi concepto del honor? O bajando en el escalafón ¿qué fue de mi decoro? ¿y de mi teoría sobre la altura de las circunstancias? Porque ya en la camiseta iba yo pregonando la intención de sobrepasar esa altura, cualquiera que ella fuese».

martes, 6 de agosto de 2024

MUERTE EN LA FENICE

De nuevo conozco a una autora y quedo encantada con su forma de contar la historia, con las descripciones fantásticas de una hermosa ciudad que, de alguna manera, ya empezó su declive, con un planteamiento singular y una indagación que se desmarca de lo acostumbrado, con un protagonista diferente, joven, casado, con dos hijos adolescentes, con tiempo para todo y con una forma curiosa y original de investigar: siempre va acompañado de una libretita que utiliza para pasar las páginas en las que no hay nada escrito. Nuestro comisario confía en su memoria y prefiere poner atención a los gestos del interrogado y a lo que le rodea, como también le da más importancia a conocer en profundidad al muerto que a los informes que tenga que ir elaborando sobre el caso. Nada es definitivo si no se hace «una idea más clara de la personalidad del asesinado».

Muerte en La Fenice es una novela que se lee con gusto. Conocemos a los personajes desde el primer momento en que aparecen porque la autora manifiesta una habilidad especial para describirlos, normalmente a través de los ojos del protagonista, el comisario Guido Brunetti, «Calculó que la que estaba de pie tendría unos treinta años. Vestía […] Unas botas negras, de tacón bajo y piel de guante […] haber oído comentar a su mujer […] que era un escándalo que alguien pudiera gastarse medio millón de liras en unas botas».

El argumento mezcla, oportunamente, varias historias que de alguna forma tienen que ver con la trama. A través de ellas distinguimos otros personajes que reflejan en su día a día las consecuencias de haber tratado al difunto director de orquesta. A este llegamos a conocerlo a la perfección y sabemos que era un genio para la música, hacia la que demostraba una sensibilidad que desaparecía en su trato con las personas: egoísta, violento, maltratador.

También se introduce en el asunto principal alguna que otra anotación sobre la vida privada de Brunetti, entre las que destacan minuciosas pormenorizaciones de sus certeras acciones, con una capacidad inigualable para sumergirnos, con buen humor, en el ambiente familiar. El narrador avanza como una cámara cinematográfica para que los lectores experimentemos la misma sensación que quienes protagonizan la acción «Cuando Paola entró en la cocina, el tablero del monopoly ya estaba en el centro de la mesa y Chiara, que seguía decidida a ser banquera, repartía el dinero. Por consenso general, se había decidido vetar a Paola para el puesto de banquera, ya que no pocas veces había sido sorprendida con la mano en la caja».

Las descripciones de personas intentan ser objetivas pero no faltan las comparaciones que ofrecen el juicio del observador «Tenía la nariz aplastada, como si se la hubieran roto hacía tiempo y los ojos tristes, como si también le hubieran roto el corazón». Tampoco faltan en las prosopografías los eufemismos que, además de un toque humorístico dejan ver la personalidad del descriptor «El hombre parecía tener la misma edad que Paola, pero había llegado a ella por un camino más accidentado».

Asimismo los diálogos están bastante logrados, no solo lo que se dice en el acto locutivo es importante, el acto perlocutivo del entrevistado nos va ofreciendo señales, imperceptibles, que más tarde tienen sentido. Una vez sabemos el final, conocemos el efecto que las preguntas de Brunetti tuvieron sobre los interrogados; interpretamos sus reacciones y entendemos por qué actuaron así.


—¿Su hija vive aquí con usted?

Él vio el maquinal movimiento de la mano hacia el paquete de cigarrillos y observó cómo la mujer rectificaba y tomaba el que ardía en el cenicero.

—No; vive en Munich, con sus abuelos.

Donna Leon plantea al principio de la novela un crimen en forma de enigma que se debe resolver. Pero este misterio, pese a ser el objetivo principal, no es el único que lleva en mente la autora. Con total fluidez, aprovecha las descripciones para criticar el estado en el que va quedando una bella ciudad por efecto de la mano del hombre, «el puente que unía Venecia con el continente y poco después pasaba a la derecha del horror industrial de Marghera […] bosque de grúas y chimeneas ni de la bruma infecta que cruzaba las aguas de la laguna…».

Aprovecha las conversaciones para llevar a cabo una crítica social que engloba tanto al arte, como a los artistas y a la propia sociedad, que admira y respeta a una clase social que participa de los actos culturales no tanto porque le interesen sino porque tiene que «lucir sus galas delante de las amistades, amistades que han ido por lo mismo».

Aprovecha asimismo los diálogos para criticar las leyes de un gobierno y de una iglesia que deja desamparada a la mujer, aunque haya sido maltratada, violada, aunque sea una niña «No vino ningún cura, por la forma en que había muerto, de modo que la enterramos sin más. […] La vestimos de blanco. Y después la enterramos en aquella tumba pequeñita».

Y aprovecha los pensamientos del protagonista para denunciar y concienciar de la pena que sienten quienes no están en su lugar de origen, «Brunetti se dijo que el exilio sigue siendo exilio aun en la ciudad más bella del mundo».

Las reflexiones de Brunetti, ya apuntaban en 1993 al enorme problema que hoy sufren las ciudades más turísticas y sus habitantes, «un lugar apto sólo para ser visitado y no para ser habitado».

Donna Leon no deja títere con cabeza, la corrupción urbanística, la superficialidad de la clase alta, la impunidad de aquellos que chantajean valiéndose de dinero o de poder, el machismo y su unión directa al capitalismo, el afán de los altos cargos por atribuirse el mérito de los subalternos, las diferentes informaciones según la ideología de los medios de comunicación. Y lo bueno no es solo esto. Lo mejor es cómo nos lo hace llegar, con un humor irónico, sarcástico o totalmente blanco, según a quien vayan dirigidos sus dardos. Narración desenfadada y ágil en una trama perfecta.